LA SAGRADA LITURGIA: ELEMENTOS LITÚRGICOS

Conservando los restos

ELEMENTOS LITÚRGICO

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La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”

EL CICLO SANTORAL

1. Conveniencia del culto de los Santos

Alrededor del Sol de Justicia que es Jesucristo, centro del Año Litúrgico y de todo el Culto Católico, giran la Luna y una multitud incontenible de Estrellas. La Luna es la Santísima Virgen, y las Estrellas son los Ángeles y los Santos; luna y estrellas que, como las del firmamento, cantan, en el transcurso del Ciclo Litúrgico, la gloria de Dios y hermosean a la Iglesia con variadísimos matices de virtudes.

Durante los tres primeros siglos del cristianismo fue conveniente que la Divinidad de Jesucristo campeara con todo su esplendor sobre el mundo idólatra, para que eclipsara a todas las falsas deidades y, por consiguiente, fue necesario celebrar primero con extraordinaria pompa la Pascua, la Epifanía y aquellas fiestas que más directamente se referían al misterio de la Redención.

Pasado el peligro politeísta y arriano, la Iglesia empezó a llamar más la atención sobre la Persona misma del Redentor, y al efecto estableció fiestas relativas a la Humanidad de Jesús, como Navidad, la Presentación, etcétera.

Dando un paso más, se atrevió ya, a favor del movimiento mariano iniciado en el concilio de Éfeso (431), a honrar con fiestas litúrgicas a la Santísima Virgen y, simultáneamente, a los Ángeles y a los Santos Mártires.

Con esta base fue ya muy fácil extender el culto a los grandes Pontífices, luego a los Confesores y, por fin, a las Vírgenes y a las Santas.

De esta forma, las fiestas de los Santos fueron intercalándose una a una en el calendario litúrgico, dando origen al llamado Ciclo Santoral.

2. Defensa del culto de los Santos

Inculpan los protestantes —dice Dom Guéranger— a la Iglesia Católica por rendir a los Santos un culto que sólo se debe a Dios, olvidando que el culto de los Santos se refiere, en, último término, a Dios mismo, y que nuestra liturgia, a pesar del culto de los Santos, tributa al Señor más actos de adoración, en una sola semana, que el protestantismo en todo un año”.

El Cardenal Gomá, en su obra Valor educativo de la Liturgia, enseña que “La crítica moderna ataca el culto de muchos Santos bajo el punto de vista histórico, diciendo que no es más que el culto de los múltiples dioses del paganismo, al que se ha sustituido el de los héroes cristianos. Media un abismo entre el culto de dulía que a los Santos se rinde, y la idolatría pagana. Es ésta tan irracional como supersticiosa e impía, es el supremo acto de adoración rendido a un fetiche. El culto de dulía no es de adoración: es un obsequio, de valor relativo, que tributamos a un Santo, por la manifestación que en él tuvo la vida divina. El Santo no es un dios; es un siervo de Dios; su culto recae, en último término, en Dios mismo, Santo por esencia y origen de toda santidad”.

3. Canonización de los Santos

Desde una Constitución del Papa Alejandro III, de 1170, confirmada por una Bula de Inocencio III en 1200, la canonización, de los Santos, que hasta entonces corría por cuenta del obispo diocesano correspondiente, pasó a ser facultad exclusiva del Sumo Pontífice.

El procedimiento a seguir lo fijó definitivamente Sixto V por la Constitución Apostólica Inmensa æterni Dei, del 22 de enero de 1587, instituyendo la Sagrada Congregación de Ritos y confiándole a ella el proceso de beatificación y canonización de los Santos.

El primer culto que se tributó en la Iglesia a los Santos fue el de los mártires. Se erigían altares sobre sus tumbas, se celebraba el aniversario de su glorioso martirio, se inscribían sus nombres en los dípticos, y hasta en el Canon de la Misa.

Todo eso, aprobado y, a menudo, autorizado y aun promovido por la autoridad episcopal, equivalía a la “canonización”.

Para llegar a eso, examinábase con cuidado la ortodoxia del mártir y sus actas de martirio, hasta averiguar con toda certeza si las actas eran sinceras y auténticas y si el héroe había sufrido por la fe cristiana. Es lo que se llamaba entonces vindicatio o exploración oficial del martirio y del mártir.

Según San Agustín, éste era el procedimiento de la vindicatio, en su tiempo: El obispo, en cuya diócesis había sufrido el martirio, incoaba un proceso canónico minucioso, cuyas actas eran remitidas al Metropolitano o Primado, quien examinaba la causa, asesorándose de los obispos de la provincia, y decidía si el difunto era digno del título y culto de mártir. En caso afirmativo, su fiesta era celebrada tan sólo en la diócesis correspondiente.

Tal fue la disciplina que rigió en la Iglesia hasta el siglo X. Desde entonces el derecho de canonización pasó al Papa, aunque todavía los obispos siguieron ejerciéndolo, algunas veces, en sus diócesis, y también los Sínodos, por delegación pontificia.

La canonización es la sentencia definitiva, por la cual el Papa declara y ordena a todos los fieles honrar como Santo a un Beato. A esto se llama canonización formal.

Hay todavía otra clase de canonización, que recuerda la “vindicatio” primitiva, y se llama canonización equivalente. Esta es una sentencia por la cual el Papa ordena honrar como Santo, en la Iglesia universal, un siervo de Dios, cuya causa no ha sido introducida ni seguídose un proceso en forma, pero de quien, desde tiempo inmemorial, se le viene dando un culto público.

Es necesario, para ello, que consten en historias sinceras y verídicas, su vida, virtudes y milagros, aunque no se hayan comprobado jurídicamente. Con esta canonización equivalente figuran en el calendario muchos santos y santas, mártires y no mártires, de la antigüedad, que en algunos casos, cuando existía el reconocimiento y traslación de sus Reliquias a otro lugar más digno, llevaba el nombre de “elevatio corporis”.

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Catacumbas

EL CULTO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

1. Después de Jesús, María

Después de Dios y de la sagrada Humanidad de Jesucristo, nada hay en el cielo ni en la tierra tan grande y tan digno de veneración y de amor como la Santísima Virgen. Toda la grandeza y todas las perfecciones le vienen a María de su divina Maternidad.

Dios —dice San Buenaventura— puede hacer un mundo mucho mayor que el que existe, pero una Madre mayor que la Madre de Dios no puede hacerla” (Specul., cap. VIII).

Lo cual explica Santo Tomás de esta manera: “La Bienaventurada Virgen María, por el hecho de ser la Madre Dios, posee una cierta infinidad del bien infinito que es Dios, y por esta razón no puede crearse una cosa mejor, que ella, como tampoco puede hacerse nada mejor que Dios” (Suma Teológica, I, q. XXV, a. 6, ad. 3).

El Papa Pío XII, en su tan citada encíclica, se expresa así: “Entre los Santos del cielo se venera de un modo preeminente a la Virgen María, Madre de Dios; pues su vida, por la misión recibida del Señor, se une íntimamente con los misterios de Jesucristo; y nadie, en verdad, siguió más de cerca y más eficazmente las huellas del Verbo encarnado, nadie goza de mayor gracia y de poder cerca del Corazón Sacratísimo del Hijo de Dios, y, por su medio, cerca del Padre celestial. Ella es más santa que los querubines y los serafines, y goza de una gloria mucho mayor que los demás moradores del cielo, como quiera es la llena de gracia, y Madre de Dios, y la que con su parto feliz nos ha dado al Redentor…” (Mediator Dei, 3ª Parte, II).

2. El culto de hiperdulía

Segurísimos los cristianos de que esto es así, al culto litúrgico del Hijo unieron muy pronto el culto de la Madre, reservando para Dios el culto de latría o de suprema adoración y tributándole a María el culto de hiperdulía.

Dicho culto de hiperdulía comprende tres actos principales:

a) la invocación y reverencia a la Santísima Virgen, a causa de su dignidad de Madre de Dios, y de su eximia santidad;

b) la invocación y confianza, por ser poderosa y a la vez misericordiosa Mediadora ante Cristo;

c) el amor filial y la imitación, por cuanto es nuestra Madre espiritual, y Madre adornada de todas las virtudes.

Este culto de hiperdulía tributado a la Virgen por la Iglesia Católica, lejos de ser —como pretenden los protestantes— supersticioso e idolátrico, es razonable y legítimo.

Pruébase:

a) Por el ejemplo del mismo Dios, quien, por el Arcángel San Gabriel, manifestó la veneración que la Virgen le merecía, llamándola “llena de gracia”, y por Santa Isabel la proclamó “Bendita entre todas las mujeres”.

b) Por el ejemplo de Jesucristo, que quiso inculcarnos un gran amor y una confianza suma en la Santísima Virgen, obrando por Ella su primer milagro en las bodas de Caná, y entregándonosla por Madre nuestra en el momento de expirar.

c) Por la tradición eclesiástica, contenida en todas las liturgias, en los monumentos arqueológicos y pictóricos, y en los escritos de los Santos Padres.

Todo esto nos persuade de que un culto insinuado, como se ve, en el Evangelio, confirmado por una venerable tradición y practicado desde la más remota antigüedad, no puede ser sino muy legítimo y reportar a los hombres bienes incalculables.

3. Origen del culto de la Virgen

Aunque la devoción a la Santísima Virgen nació entre los cristianos con el mismo cristianismo y se manifestó desde el principio de diversas maneras y principalmente mediante imágenes, altares y templos dedicados a su memoria, es difícil probar con documentos la existencia de un culto litúrgico mariano anterior a la paz de la Iglesia.

Quizá fue el primer paso, al menos en Occidente, el inscribir su nombre en el Canon de la Misa, entre el siglo IV y el V. En este mismo siglo V, en Oriente se celebra ya una fiesta global, en los alrededores de Navidad, en honor de la Virgen, y en el siglo VI es un hecho real, en Occidente, la celebración litúrgica de la Dormitio o Asunción, primera fiesta del calendario mariano, a la cual siguieron luego la Anunciación, la Natividad y todas las demás.

El culto de la Virgen, lo mismo que otras prácticas legítimas de la religión, tardó tanto en oficializarse por miedo a la superstición, entonces tan arraigada en el pueblo. Temía la Iglesia que fueran a confundir a la Madre de Dios con la diosa Cibeles, que era adorada como la Madre de los dioses, y por eso prefirió que el culto se fuese imponiendo por sí mismo, paulatinamente.

Así sucedió que, a mediados del siglo IV, tenía ya la Virgen en Roma dos hermosos templos (Santa María la Antigua y Santa María in Transtevere) y pinturas y mosaicos en abundancia, y no tenía todavía un culto reconocido.

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Santa María in Transtevere

En cambio, del siglo VI en adelante, la fiesta de la Asunción abre la serie de las fiestas marianas, las que en lo sucesivo se multiplican prodigiosamente.

Con estas fiestas se van creando otras formas populares de devoción, tales como la del Oficio Parvo, cuyo rezo, hasta la propagación del Rosario, en el siglo XIII, constituyó las delicias del clero y del pueblo cristiano.

4. El ciclo mariano actual

Actualmente, la Santísima Virgen ocupa en la liturgia el segundo lugar, después de Nuestro Señor.

Todo el ciclo cristológico podemos decir que es a la vez un ciclo mariano, ya que no se pueden celebrar los misterios del Hijo sin recordar y venerar a la Madre. Desde Belén hasta el Calvario, y desde el Calvario hasta el monte de Sión, la Madre no se separa del Hijo; de ahí que Navidad, Reyes y todas las demás fiestas de Nuestro Señor, hasta su última de la Ascensión, sean simultáneamente fiestas de Nuestra Señora. Con eso sólo estaría María bien cumplida por la, Iglesia, mas en el deseo de realizar debidamente su gloriosa figura y de proponerla al amor de los cristianos, ha querido dedicarle fiestas especiales.

Cabe distinguir en la liturgia actual una triple manifestación del culto mariano, correspondiente:

a) al culto diario;

b) al culto sabatino;

c) al culto anual.

a) El culto diario. Todos los días y en todas las horas canónicas del día litúrgico, recibe María algún homenaje de la santa Iglesia. Por de pronto, todas las horas comienzan con el rezo del Avemaria y se terminan con una de las cuatro Antífonas clásicas; todos los días se la menciona e invoca varias veces en el Confiteor y especialmente en el Canon de la Misa, dándole siempre los títulos más honoríficos y anteponiéndola a los nombres de todos los Ángeles y Santos.

Al proceder así, quiere la Iglesia imprimir al día cristiano un marcado sello mariano, para enseñar a los hombres que, como no pueden pasarse ni santificarse sin Jesús, tampoco lo pueden sin María.

En los siglos felices de la Edad Media, sobre todo a partir del siglo XI, estuvo en boga en la Iglesia el rezo diario del Oficio Parvo de la Virgen, el cual se convirtió en un apéndice obligado del oficio canónico de cada día.

Imitando a la Iglesia, el pueblo cristiano rinde tradicionalmente a María un tributo diario de piedad, rezando en común: el Ángelus, tres veces al día; el Rosario con las Letanías lauretanas; y, en algunos países, un Avemaria a cada hora del reloj de la torre.

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b) El culto sabatino. La costumbre de dedicar el sábado de cada semana a la Santísima Virgen y de santificarlo con una Misa y un oficio litúrgico, era práctica corriente en la Iglesia a mediados del siglo XIII; pero ya mucho antes existía un “sabatismo” litúrgico mariano, por lo menos circunstancial y de carácter privado y local.

En el siglo VIII aparece, en el Sacramentario del famoso monje Alcuíno, la primera Misa de Santa María, para el sábado, y en el X, en el monasterio suizo de Einsiedeln, hallamos por primera vez unido a esta Misa un oficio de Beata, oficio y Misa que parece extendió el Papa Urbano II a toda la Iglesia, en el concilio de Clermont (1095), para atraer las bendiciones de la Reina del Cielo sobre la primera de las Cruzadas.

Hoy toda la Iglesia rinde a María este tradicional culto sabatino, con oficio y Misa propios, a menos de estar ocupado el sábado por una fiesta favorecida por las rúbricas. De esta forma, el sábado resulta ser el día de Nuestra Señora, como el domingo es el día del Señor.

Las razones que indujeron a nuestros padres a dedicar el sábado a la Santísima Virgen, son varias y muy valederas.

Durando de Mende († 1296) aduce cinco en su célebre Racional. Movidos por ellas, la Iglesia y los pueblos tributaron a María este culto sabatino; ella introduciendo en el Breviario y en el Misal el Oficio y la Misa votivos, y los fieles inventando en su honor diversas prácticas de devoción. Las más comunes fueron: el ayuno y la abstinencia; el rezo del Oficio Parvo y de otras preces marianas; la comunión, y, en algunos países, el descanso sabatino, durante todo el día o por lo menos por la tarde.

Véase, de paso, cómo antes de la invención del llamado “sábado inglés”, pretexto para excursiones y deportes y para trasnochadas atentatorias contra la santificación del domingo, existía el “sábado cristiano”, que servía a la vez para honrar a María y para prepararse a la digna celebración del domingo.

c) El culto anual. Pero este culto litúrgico diario y sabatino, que en la intención de la Iglesia aspira a crear en los individuos y en la sociedad un ambiente mariano tan necesario en la vida cristiana, explota periódicamente en extraordinarias manifestaciones de devoción. Tales son las numerosas fiestas, universales unas y otras particulares, que forman el Ciclo anual de María.

Las fiestas generales son las siguientes, por orden litúrgico:

1. La Inmaculada Concepción (8 de diciembre, con octava).

2. La Purificación (2 de febrero), una de las más antiguas, pero que no asumió el carácter dominantemente mariano que ahora tiene hasta fines del siglo VII, bajo el Papa Sergio († 701).

3. La Anunciación (25 de marzo), que acaso se remonte al siglo IV, y de seguro al siglo V, siendo, por lo mismo, sino la primera, la segunda fiesta mariana celebrada en la Iglesia.

4. La Visitación (2 de julio), que nos viene del siglo XIII.

5. La Virgen del Carmen (16 de julio), hasta el siglo XVIII fiesta privativa de los carmelitas.

6. Nuestra Señora de las Nieves (5 de agosto), antigua también.

7. La Asunción (15 de agosto), conocida primitivamente con los nombres de Natale Mariae, Dormitio y Pausatio, y establecida, a más tardar, en el siglo V, disputándose la primacía con la Anunciación. Pío XII le añadió el mejor florón, proclamando, el 1º de noviembre de 1950, la Asunción de María a los cielos, en cuerpo y alma, como dogma de fe.

8. El Inmaculado Corazón de María (22 de agosto), establecida por Pío XII en 1944.

9. La Natividad (8 de septiembre), que no fue muy posterior a la de la Anunciación.

10. El Dulce Nombre de María (12 de septiembre), que data de 1683.

11. Los Siete Dolores (el Viernes de Pasión una, y otra el 15 de septiembre), que datan, como fiestas universales, de 1727 y de 1814, respectivamente.

12. La Virgen del Rosario (7 de octubre), extendida a toda la Iglesia en 1716.

13. La Maternidad de la Santísima Virgen (11 de octubre), instituida en 1931 por Pío XI como recuerdo del XV centenario del concilio de Éfeso.

14. La Presentación (21 de noviembre), celebrada en algunas partes desde el siglo XI y extendida a toda la Iglesia en el XVI.

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A estas fiestas principales y universales, verdadera corona de estrellas, acompañan las otras, tales como la Merced, Lourdes, María Mediadora, etc., etc., a las que han de agregarse innumerables advocaciones de todos los tiempos y de todos los países.

Cada fiesta tiene por lo regular su oficio propio, oficio hermosísimo y rebosante de poesía y de piedad, y cuando no, se le completa con un oficio común, de venerable antigüedad.