P. CERIANI: SERMÓN PARA EL DOMINGO INFRAOCTAVA DEL CORPUS CHRISTI

DOMINGO INFRAOCTAVA DEL CORPUS CHRISTI

Un hombre hizo una grande cena y convidó a muchos. Y cuando fue la hora de la cena, envió uno de los siervos a decir a los convidados que viniesen, porque todo estaba aparejado. Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: He comprado una granja y necesito ir a verla; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He comprado cinco yuntas de bueyes, y quiero ir a probarlas; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He tomado mujer, y por eso no puedo ir allá. Y volviendo el siervo, dio cuenta a su señor de todo esto. Entonces airado el padre de familias dijo a su siervo: Sal luego a las plazas y a las calles de la ciudad, y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares. Y dijo el siervo: Señor, hecho está como lo mandaste y aún hay lugar. Y dijo el señor al siervo: Sal a los caminos, y a los cercados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa. Mas os digo, que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena.

El Evangelio de este Domingo, Infraoctava de la Fiesta del Corpus Christi, Segundo de Pentecostés, presenta a nuestra consideración la parábola de la Invitación a la Gran Cena: Un hombre hizo una grande cena y convidó a muchos

El Señor acababa de enseñar a invitar para un convite a los que no pudieran retribuirlo, a fin de recibir la recompensa en la resurrección de los justos:

“Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y que esto sea tu pago. Antes bien, cuando des un banquete, convida a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos. Y feliz serás, porque ellos no tienen cómo retribuirte, sino que te será retribuido en la resurrección de los justos. A estas palabras, uno de los convidados le dijo: ¡Bienaventurado el que pueda comer en el reino de Dios!”

Nuestro Señor prosigue su enseñanza por medio de la presente parábola, en la cual el que convida es el Padre Celestial, la Cena es figura del Reino de Dios.

Jesús, siervo de Yahvé, según Isaías, se retrata aquí admirablemente como tal, es el enviado por el Padre (envió uno de los siervos), y muestra que venía a la hora del festín, es decir, cuando todo estaba dispuesto para el cumplimiento de las profecías.

Bien sabía Él que lo iban a rechazar y por eso anuncia la entrada del nuevo pueblo.

En efecto, los primeros convidados fueron los hijos de Israel, que, por no aceptar la invitación, han sido reemplazados por los pueblos paganos.

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El convidado que exclamó ¡Bienaventurado el que pueda comer en el reino de Dios! era todo carnal, no comprendió lo que Jesús había dicho y creía que los premios de los Santos son materiales; y como suspiraba por el pan que estaba lejos, no veía el verdadero pan, que tenía delante.

El Pan del Reino de Dios, es el mismo Jesús, que ha dicho: Yo soy el pan vivo que he bajado del cielo… Pan vivo y vivificante, como hemos visto el jueves pasado, en la Fiesta del Corpus Christi.

Por eso el Señor en la parábola proclama que la indiferencia no es digna del Banquete Celestial que el Padre de la gloria preparó y dispuso.

Podemos distinguir tres Banquetes: el de la Redención, el de la Gracia y el de la Eucaristía.

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Banquete de la Redención

La Cena de que habla el Salvador, es ante todo la gracia de la Redención. A ella estaban llamados, como por título natural, los miembros del Pueblo de Dios. Éstos eran los convidados.

Pero, por un misterio de iniquidad incomprensible, la mayor parte de aquellos despreciaron, en su arrogancia, la humildad y mansedumbre del enviado del Padre, y se negaron a tomar parte en el Banquete de la Redención.

El Padre había preparado en Jesucristo los bienes ofrecidos por Él al mundo: el perdón de los pecados, la participación del Espíritu Santo y el brillo de la adopción. A todo esto invitó Jesucristo por medio de las enseñanzas de su Evangelio.

Previamente los llamó por los Profetas, enviados con este fin en varias ocasiones al pueblo de Israel… Pero no aceptaron el convite… Y finalmente rechazaron y mataron al Cristo, al Mesías.

Y entonces, sin ni siquiera darse cuenta de ello, transfirieron esa Cena para nosotros.

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Banquete de la Gracia

Indignado el Padre, borra sus nombres del puesto honorífico que ocupaban, y dirige su invitación a los pobres y desgraciados, es decir, a la gente humilde y sencilla del pueblo: Sal luego a las plazas, y a las calles de la ciudad y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares

Dios nos ofrece, pues, y quiere dar la Cena de la Gracia, lo que casi no podía esperarse; y, sin embargo, muchos se excusan y no aceptan la invitación.

Mas no hallándose todavía la sala llena de invitados, el Padre manda llamar a los forasteros, a los extranjeros: Sal a los caminos, y a los cercados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa

Y con ellos se completó el número de comensales y comenzó el festín.

Si en los convidados al banquete están representados los judíos, en los desgraciados, y sobre todo en los extranjeros, estamos figurados nosotros, los que no pertenecíamos al Pueblo de Dios, los que no podíamos alegar título alguno al Banquete de la Redención.

La magnanimidad del Padre es tan grande, que hasta para nosotros ha dispuesto un lugar en su Cena; hasta a nosotros ha hecho llegar su invitación; hasta nosotros hemos podido sentarnos junto a los hijos de Abrahán en la gran Cena. Aun más, hemos llegado a formar el grupo de los preferidos.

¡Oh inmensa bondad la del Padre! ¡Oh dicha incomparable la nuestra!

No lo meditamos como es nuestro deber. No nos damos cuenta del particularísimo favor que importa el haber recibido las aguas bautismales. Porque, ¿qué méritos hicimos antes de nacer, para venir a la existencia en un país católico y de padres piadosos?

¿No estaba en lo posible y hasta en lo probable, que nuestros padres fueran herejes o paganos, siendo relativamente tan reducido el número de católicos en el mundo?

¿Por qué, pues, tengo la dicha de figurar entre los bautizados en Cristo? Por pura misericordia.

Respondamos, pues, a esa misericordia con un canto de gratitud…

En la gran cena de la parábola está, entonces, también figurado el Festín de la Gracia y de todos los favores sobrenaturales de que el Señor nos ha hecho partícipes.

¡Cuantísimas gracias las que ha derramado sobre nosotros desde el primer momento de nuestra existencia!

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Banquete de la Eucaristía

Finalmente, el banquete de la parábola puede ser referido, en sentido místico, al Banquete Eucarístico.

Cristo Señor Nuestro al terminar el curso de esta vida mortal, bajo el exceso de su inmensa caridad para con los hombres, dejó la Sagrada Eucaristía como poderoso auxilio para la vida del mundo.

Conocer con fe íntegra la eficacia de la Santísima Eucaristía, es lo mismo que conocer cuál sea la obra que, para perfeccionar al género humano, realizó con su poderosa misericordia el Dios hecho hombre.

El que atenta y religiosamente considere los beneficios que emanan de la Sagrada Eucaristía, entenderá ciertamente que Ella excede y sobrepuja a todas las demás cosas, cualesquiera sean los beneficios que se contienen en las mismas; pues de Ella procede para los hombres la vida, que es la verdadera vida: El pan que yo les daré, es mi Carne por la vida del mundo.

Cristo es vida; y para esto vino y vivió entre los hombres, para darles abundancia de vida más que humana: He venido para que tengan vida y la tengan abundantemente.

Mas como quiera que ésta que llamamos vida tiene manifiesta semejanza con la vida natural del hombre, así como ésta se sostiene y robustece con el alimento, así aquélla conviene tenga también un alimento o comida que la sustente y fortalezca.

Este pan, advierte Nuestro Señor, no es aquel maná celestial de la peregrinación por el desierto; sino que Él mismo es este pan: Yo soy el pan de vida.

Y de esto mismo nos induce más ampliamente invitándonos y mandándonos: Si alguno comiere de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi Carne por la vida del mundo…

Y les mostró la gravedad del precepto de este modo: En verdad, en verdad os digo si no comiereis la carne del hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.

¿Qué más puede desearse, que ser hechos en cuanto sea posible, participantes de la vida divina? Pues esto es lo que principalmente nos da Cristo en la Eucaristía, por la cual el hombre, con el auxilio de la gracia, es elevado al consorcio de la divinidad y unido a Cristo íntimamente.

Esta es, precisamente, la diferencia que existe entre el alimento del cuerpo y el del alma, que, así como aquél se convierte en nosotros, así éste nos convierte a nosotros en él; a este propósito San Agustín pone en boca de Cristo estas palabras: Tú no me transformarás en ti, como si fuese el alimento de tu cuerpo, sino que tú te transformarás en mí.

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Tres fueron las excusas que se dieron para no asistir al banquete.

En la granja comprada se da a conocer el dominio; luego el vicio de la soberbia es el primer castigado.

Así, pues, se prescribe al varón de la santa milicia que menosprecie los bienes de la tierra. Porque el que atendiendo a cosas de poco mérito compra posesiones terrenas, no puede alcanzar el Reino del Cielo. Por eso dice el Señor: Vende todo lo que tienes y sígueme.

Las cinco yuntas de bueyes son los cinco sentidos corporales. Se llaman yuntas de bueyes porque por medio de estos sentidos carnales se buscan todas las cosas terrenas, y porque los bueyes están inclinados hacia la tierra. Y los hombres que no tienen fe, consagrados a las cosas de la tierra, no quieren creer otra cosa más que aquellas que perciben por cualquiera de estos cinco sentidos corporales.

Y como los sentidos corporales no pueden comprender las cosas interiores y sólo conocen las exteriores, puede muy bien entenderse por ellos la curiosidad, que examinando la vida ajena desconoce la suya íntima y cuida de verlo todo por el exterior.

El que ha tomado mujer se goza en la voluptuosidad de la carne, y en eso se ve la pasión carnal que estorba a muchos.

Aunque el matrimonio es bueno y ha sido establecido por la Divina Providencia para propagar la especie, muchos no buscan esta propagación, sino la satisfacción de sus voluptuosos deseos; y, por lo tanto, convierten una cosa justa en injusta.

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Se dieron por excusado; prefirieron las cosas materiales y desdeñaron las espirituales.

Entre las delicias corporales y las espirituales hay por lo común esta diferencia:

Las corporales, antes de gozarlas, despiertan un ardiente deseo; mas después de gustarlas ávidamente no tardan, por su misma saciedad, en causar hastío.

Las espirituales, por el contrario, causan desagrado mientras no se han gustado; mas después de gozarlas se despierta el apetito de las mismas; y son tanto más apetecidas por el que las prueba, cuanto mayor es el apetito con que las gusta.

En los corporales, el deseo agrada, mas la posesión desagrada.

Las espirituales, en cambio, apenas se desean, mas su posesión es sumamente agradable.

En las corporales, el apetito engendra la saciedad y la saciedad produce el hastío.

Pero en las espirituales, el apetito engendra también la saciedad, mas la saciedad produce apetito.

Las delicias espirituales al saciar el alma fomentan su apetito, porque cuanto más se percibe el sabor de una cosa, tanto mejor se la conoce, por lo cual se la ama con mayor avidez; por esto, cuando no se han experimentado no pueden amarse porque se desconoce su sabor.

¿Quién, en efecto, puede amar lo que no conoce? He ahí por qué dice el Salmista: “Gustad y ved cuán suave es el Señor”. Como si dijera abiertamente: No conoceréis su suavidad, si no la gustáis; pero tocad con el paladar de vuestro corazón el alimento de vida, para que, experimentando su suavidad, seáis capaces de amarle.

El hombre perdió estas delicias cuando pecó en el Paraíso; salió de él cuando cerró su boca al alimento de eterna suavidad.

De aquí proviene que, habiendo nacido en las penas de este destierro, lleguemos aquí abajo a tal hastío, que ya no sabemos lo que debemos desear.

Esta enfermedad del hastío se aumenta tanto más en nosotros cuanto más el alma se aleja de este alimento lleno de suavidad.

Llega hasta el punto de perder todo apetito por esas delicias interiores, a causa precisamente de haberse mantenido alejada de ellas, y haber perdido de mucho tiempo atrás el hábito de gustarlas.

Es, pues, nuestro hastío el que hace que nos debilitemos; es esa funesta y prolongada inanición la que nos agota. Y, por cuanto no queremos gustar interiormente la suavidad que se nos ofrece, preferimos, insensatos, el hambre a que nos condenan las cosas externas.

Hay, pues, una gran diferencia entre los goces del mundo y los goces de la religión.

Se desean ardientemente los primeros, antes de que se los posea, porque no se conoce todo su vacío y la impotencia que hay en ellos para hacernos felices; y después de haberlos obtenido con mucha solicitud y penas, traen el fastidio, porque la experiencia hace sentir su vanidad.

Lo contrario sucede con los goces de la religión: antes de gustarlos no se desean, porque no se han conocido sus encantos; pero, una vez que se los ha gustado, que se ha sentido su excelencia y dulzura, se los desea más vivamente, y cuanto más se gustan, más se les desea, porque se conoce más su alto precio.

La virtud es tan bella, se aviene tan bien con el corazón del hombre, que cuanto más se la practica, más celo hay por ejercitarla.

Quien beba de esta agua, dice Jesucristo, más sed tendrá de ella, es decir, que deseará siempre avanzar más en la práctica de la virtud; el mundo y sus falsos goces le serán insípidos; y le disgustarán, según esta otra palabra del Señor: Quien beba el agua que Yo le daré, no tendrá jamás sed, de los vanos placeres de la tierra, se entiende.

Todos sus deseos se dirigirán a los puros goces de la virtud y quedará a la vez saciado y hambriento, sediento y refrigerado; porque tal es la propiedad de los bienes espirituales, que sacian y excitan el hambre, calman y avivan la sed.

Uno se sacia, porque encuentra en Dios todos los bienes; siente hambre, porque, en gustando estos bienes, se les encuentra tan deliciosos que se les desea siempre más.

El corazón regocijado canta las alabanzas de Dios y de la virtud; pero ello es un cántico siempre nuevo, porque siempre halla nuevas bellezas que admirar y amar.

Juzguemos, pues, por la medida de nuestros deseos en qué grado de virtud estamos.

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Cristiano, a ese Banquete Celestial, de la Redención, de la Gracia y de la Eucaristía, has sido invitado. Aunque pobre y desgraciado como eres, se ha dignado el Padre recibirte en su sala. Humíllate y contéstale agradecido.

Pero ten en cuenta que el afán de riquezas y de placeres es lo que impide la percepción del fruto de este Banquete.

Procura, pues, mortificar en ti esas bajas tendencias. No seas tú de los que no pudieron tomar parte en la gran cena, porque habían comprado una granja o unos bueyes, o porque habían tomado esposa.

Sé de los pobres de espíritu, y así tendrás la dicha de albergar en tu corazón al Rey de Cielos y tierra y de poseer el Reino de los Cielos.

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Terminemos con las dos oraciones previstas para después de la Comunión, la de este Domingo y la de la Fiesta del Corpus Christi:

Habiendo recibido estos sagrados dones, Te suplicamos, Señor, que con la frecuente participación de los Sagrados misterios se aumenten en nosotros los efectos de nuestra salvación.

Te rogamos, Señor, nos sacies con el sempiterno goce de tu divinidad; prefigurado en la recepción temporal de tu Preciosísimo Cuerpo y Sangre.

¡Aumenten en nosotros los efectos de nuestra salvación…!

¡Nos sacies con el sempiterno goce de tu divinidad…!

Que Nuestra Señora del Santísimo Sacramento nos obtenga estas gracias.