FIESTA DEL CORPUS CHRISTI
En aquel tiempo: Dijo Jesús a las turbas de los judíos: Mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente bebida, quien come mi carne y bebe mi sangre, en mi mora y yo en él. Así como vive el Padre que me envió, y yo vivo por el Padre; así, el que me come, también vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del celo. No sucederá como a nuestros padres, que comieron el maná, y murieron. Quien coma este pan, vivirá eternamente.
Después de festejar el adorable misterio de la Santísima Trinidad, al solemnizar hoy la Fiesta del Corpus Christi, nuestra inteligencia se dirige hacia el misterio de la Encarnación redentora de Jesucristo.
El símbolo de San Atanasio, después de haber expuesto claramente el dogma de la Santísima Trinidad, enuncia el de la Encarnación redentora en estos términos:
El que quiera salvarse debe creer también fielmente la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo. La verdadera fe es esta: que creamos y confesemos que Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre. Es Dios por la substancia del Padre, engendrado antes de los siglos; y es hombre por la substancia de la madre, nacido en el tiempo. Es perfecto Dios y perfecto hombre, subsistente de alma racional y de humana carne. Igual al Padre según la divinidad, es menor al Padre según la humanidad. Y aun cuando sea Dios y Hombre, no son dos, sino un solo Cristo. Y uno, no por la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios. Es perfectamente uno, no por confusión de substancia, sino por la unidad de persona. Y así como el alma racional y la carne son un solo hombre, así Dios y el Hombre son un solo Cristo. El cual padeció por nuestra salvación.
Jesucristo, en virtud de su doble naturaleza, es, en verdad, Hijo de Dios e Hijo del hombre; y, por la unidad de Persona, las acciones humanas de Jesucristo tienen dignidad y valor divino, porque son las acciones de la Persona divina.
Es éste el punto esencial que hay que advertir: nuestras acciones tienen un valor humano, limitado, finito; las del Hombre-Dios, al contrario, tienen un valor infinito. La importancia de un acto depende de la dignidad de la persona que lo ejecuta.
Y no entenderemos jamás nada del misterio de Jesucristo, sino cuando estemos profunda, íntima, e intensamente convencidos de esta verdad: todo pequeño gesto, todo pensamiento, toda palabra, toda aspiración, el menor sufrimiento, toda plegaria, en fin, todo acto de su naturaleza humana, tiene valor infinito, por razón de la subsistencia divina del Verbo.
Acerquémonos, pues, con devoción a nuestro Salvador bendito, que ha libertado a nuestra pobre humanidad.
Por amor nos ha creado Dios; por amor nos ha elevado al estado sobrenatural; por amor se hizo hombre el Hijo de Dios para divinizar a los hombres. Dios ha amado tanto al mundo, dice el Apóstol San Juan, que nos dio a su Unigénito para que todos los que creyesen en Él no perecieran, sino alcanzaran la vida eterna.
Y los Santos Padres no vacilan en proclamar que Dios se hizo hombre para que el hombre fuese divinizado por la gracia que mana de la única fuente, Cristo.
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Históricamente, esta manifestación del amor divino se derramó sobre una humanidad caída; de modo que el fin de la Encarnación —de hecho— fue la reparación del pecado; y la gracia de Cristo fue, por lo tanto, gracia reparadora.
El amor que Dios nos profesa resuelve el problema, que de otro modo hubiera sido insoluble para el hombre.
Por un lado, la justicia divina exigía una reparación de la culpa; por otro, la debilidad humana era impotente para satisfacer de un modo adecuado, ya que, siendo la culpa de una gravedad infinita, no podía ser reparada por el hombre, cuyos esfuerzos son sólo de eficacia natural y finita.
Interviene entonces la misericordia: Dios quiso ayudar al hombre, quiso otorgarle el perdón.
Dios podía redimirnos de mil maneras; pero su Amor eligió una con la cual quedaría perfectamente satisfecha la justicia, y la misericordia tendría su máxima manifestación; y este recurso fue la Encarnación redentora.
Jesucristo dio al Padre una reparación de un valor infinito por nuestros pecados; por su intermedio la misericordia y la justicia se abrazaron entre sí, unidas por el Amor.
El amor explica por qué Jesucristo quiso reparar a la justicia divina con su Pasión y su Muerte en la Cruz.
Por sí, la menor acción o sufrimiento, la más leve humillación, aun más, un solo deseo del Corazón de Cristo hubiera bastado para rescatarnos, siendo todos sus actos de un valor infinito.
Pero el Padre, para hacer resplandecer más el amor de su Hijo, quiso que fuéramos santificados con la Sangre de Jesús, y reclamó como expiación del pecado las penas, la pasión y la muerte de Cristo.
Sólo cuando Jesús desde el madero de la Cruz exclamó: «todo está consumado», sólo entonces se completó la satisfacción, y la obra de nuestra salvación llegó a su término.
¿Quién lo sujetó a la Cruz? No fueron los clavos…; ni la piedra, ni la tierra tuvieron en pie a la Cruz, porque no eran suficientes para sostener al Hombre-Dios; fue el amor que profesaba por la gloria del Padre y por nuestra salvación.
Es lo que el mismo Jesús había dicho: Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos.
La Redención consiste, pues, en que el Verbo se encarnó, aceptando tomar sobre sí todos nuestros pecados; voluntariamente se puso en nuestro lugar; y satisfizo nuestra deuda sobreabundantemente.
El Padre cargó toda nuestra iniquidad sobre el Hombre-Dios, y Él ha sufrido y muerto por todos los hombres, por los que le habían precedido y por los que habían de venir.
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De esta manera llegamos a la memorable y bendita noche en que Jesucristo tomó pan en sus santas y venerables manos, y levantando los ojos al cielo en dirección a Dios, su Padre Omnipotente, dándole las gracias, lo bendijo, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: tomad y comed todos de él, pronunciando las palabras de la consagración, que transubstancian el pan en su Cuerpo adorable.
De igual modo, al terminar la cena tomó también el precioso Cáliz en sus santas y venerables manos, y dándole de nuevo gracias al Padre, lo bendijo, y se lo dio a sus discípulos, diciendo: tomad y bebed todos de él, pronunciando asimismo las palabras de la consagración, que transubstancian el vino en su preciosísima Sangre.
E inmediatamente agregó, cuantas veces hiciereis esto, hacedlo en memoria de Mí, consagrando Sacerdotes a sus Apóstoles.
Así quedaba instituida la Sagrada Eucaristía, como Sacrificio y como Sacramento, y también el Orden Sagrado.
Hasta el fin de los tiempos Jesús va a permanecer con nosotros en nuestros altares.
Una vez ascendido a los Cielos Nuestro Señor, los Apóstoles, a imitación de su Maestro, continuaron con la celebración del Santo Sacrificio de la Misa; acto que en las generaciones cristianas se tuvo como cosa indispensable para el culto que se debe tributar a Dios y para la misma vida de la Iglesia.
La Santa Misa fue así justamente considerada como el acto principal y más importante de la religión, al que todos se consideraban obligados a asistir.
La Sagrada Eucaristía fue y sigue siendo el punto de contacto divino, alrededor del cual se mueven y se desarrollan todas las almas redimidas por la Sangre de Jesús, que quieren conseguir la herencia de la vida eterna.
Desde aquella noche bendita, la Santa Hostia y el Sacrosanto Cáliz fueron y son ensalzados hasta el Cielo en toda la tierra.
En torno al Altar se aglomera el pueblo creyente, para asistir al Sacrificio que la Iglesia ofrece por medio del Sacerdote. Hacia el Tabernáculo vuela el pensamiento de todas las almas cristianas.
Jesús, Sacerdote y Hostia todo lo explica… Alabado sea, en todo momento y lugar, el Santísimo Sacramento del altar…
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Todo pueblo y toda religión tuvieron sus sacrificios. Y el sacrificio, si se investiga su naturaleza, se presenta en primer lugar como ofrenda y destrucción de la víctima. Con ello reconoce el hombre su sujeción a Dios y la nada de su ser frente a las perfecciones infinitas del Creador.
El acto de la destrucción es un verdadero acto de adoración, al que se juntan los otros significados, esto es, el agradecimiento a la divinidad por los beneficios recibidos, la súplica para obtener favores y protección, la propiciación, que invoca piedad por los pecados cometidos.
Si nos detenemos en la verdadera Revelación, todos los sacrificios de la Antigua Ley eran la figura del gran Sacrificio del Hombre-Dios sobre la Cruz, significaban el acto más sublime, que rendiría al Padre el homenaje más perfecto.
Y Nuestro Señor Jesucristo quiso instituir el Sacrificio de la Santa Misa por los siguientes motivos:
a) Para renovar su Sacrificio, inmolándose de manera incruenta sobre nuestros altares, ofreciéndose a sí mismo al Padre en toda Misa.
La doble Consagración del pan y del vino, realizada con dos actos separados, significa la inmolación sacramental del Salvador, de modo que la Misa es un verdadero y propio Sacrificio, aunque incruento.
Cada vez que se celebra una Misa, es Jesucristo quien se sacrifica; el Sacerdote no es más que el ministro.
b) Para recordar el Sacrificio del Calvario. En el Sacramento admirable —utilizando el lenguaje de la Iglesia— Jesús nos ha dejado la memoria de su Pasión. Y todas las veces que asistimos a una Misa, debemos evocar el drama divino del Gólgota.
c) Para aplicar a los fieles los frutos de la inmolación cruenta sobre la Cruz. De modo que entre el Calvario y el Altar existe un nexo esencial.
«El sacrificio que se realiza en la Misa —hace resaltar el Catecismo Romano— y el que fue ofrecido en la Cruz, no son ni pueden ser más que un solo e idéntico Sacrificio».
Y si nosotros queremos llegar a las fuentes de la gracia, debemos participar, aunque sea espiritualmente si no tenemos otra manera, de la Santa Misa, con la que nos es dado ofrecer a Dios un homenaje de valor infinito, una adoración perfecta, un himno de agradecimiento digno de Él, una reparación adecuada a nuestras culpas y una súplica de inmensa eficacia.
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En los sacrificios de la antigüedad no había solamente la ofrenda y la destrucción de la víctima; existía también la participación al mismo sacrificio, o sea, la comunión.
En la destrucción, el hombre se volvía a Dios. En la comunión, Dios se volvía al hombre, en cuanto que el hombre, al comer parte de la víctima que se había hecho santa y sagrada, en cierta manera se apropiaba la virtud divina.
También en el Sacrificio de la Santa Misa la comunión es el último acto que cierra la acción del Sacrificio.
Y como la víctima es el Hombre-Dios, recibimos en nuestro corazón a Jesucristo, que se inmoló en el Calvario y cada día se inmola sobre nuestros Altares.
La enseñanza de Jesús no podía ser más clara. En el discurso de la promesa y en la institución de la Eucaristía ha usado palabras que son de una claridad absoluta: Mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente bebida, quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora y yo en él. Así como vive el Padre que me envió, y yo vivo por el Padre; así, el que me come, también vivirá por mí.
El dogma católico no hace más que aplicar las expresiones del Señor cuando nos obliga a creer que, después de la Consagración, el pan ya no es más pan y el vino ya no es más vino, sino que la substancia del pan y del vino, en virtud de las palabras consagratorias, se ha transubstanciado en la substancia del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo.
En la Sagrada Comunión, Dios viene a nuestra alma precisamente para divinizarla cada vez más, para conservar en ella la vida de la gracia sobrenatural, para acrecentarla, para reparar las culpas veniales y para llenarnos de toda bendición celestial y de alegría.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él, ha dicho Jesucristo. Con la Comunión, ya no somos nosotros los que vivimos, es Jesucristo quien vive en nosotros. Él nos transforma en Él, y nunca como entonces estamos unidos a Nuestro Dios.
Nuestra divinización por medio de Jesucristo nos explica por qué Nuestro Redentor, no contento con haberse sacrificado por nosotros, ha querido hacerse nuestro alimento.
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El Santo Breviario nos ofrece un resumen de todas estas verdades en la enseñanza de Santo Tomás de Aquino, quien, en su Opúsculo 57, dice:
“Los inmensos beneficios de la divina largueza concedidos al pueblo cristiano le confieren una dignidad inestimable. En efecto, no hay, ni hubo jamás ninguna nación que tuviese sus dioses tan cerca de ella, como nuestro Dios está cerca de nosotros. El Hijo único de Dios, queriendo hacemos participes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres.
Además, todo cuanto tomó de nosotros, lo entregó por nuestra salvación. Porque, por nuestra reconciliación, ofreció su Cuerpo como víctima a Dios, su Padre, sobre el altar de la cruz; derramó su Sangre, ya como precio de nuestra libertad, ya como el baño sagrado que nos lava, para que fuésemos rescatados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.
Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y vino, su Cuerpo para que fuese nuestro alimento, y su Sangre para que fuese nuestra bebida.
¡Oh convite precioso y admirable, convite saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este convite en el cual se nos ofrece para comer, no la carne de becerros o de machos cabríos, como antes bajo la Ley, sino Jesucristo, verdadero Dios?
¿Qué de más admirable que este Sacramento? En efecto, substancialmente el pan y el vino se cambian en el en Cuerpo y Sangre de Jesucristo, de tal modo que Jesucristo, Dios y hombre perfecto, está allí contenido bajo la apariencia de un poco de pan y de un poco de vino. Es, pues, comido por los fieles, sin que en manera alguna sea dividido en trozos; por lo contrario, si se divide el Sacramento, permanece entero en cada una de las partes después de la división.
Subsisten en Él los accidentes sin su sujeto o sustancia, a fin de que se ejercite la fe al recibir de un modo invisible este Cuerpo, visible en sí mismo, pero oculto bajo una apariencia extraña; y para que los sentidos sean preservados de error, ya que los sentidos juzgan de accidentes, cuyo conocimiento les pertenece.
Ningún Sacramento es más saludable que éste; por Él se borran los pecados, se aumentan las virtudes, y el alma se nutre de la abundancia de todos los dones espirituales.
Se ofrece en la Iglesia por los vivos y por los muertos, para que sirva a todos lo que ha sido establecido para la salud de todos.
Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este Sacramento, en el cual gustamos en su misma fuente la suavidad espiritual, en el cual celebramos la memoria del exceso de caridad que Jesucristo manifestó en su Pasión.
Por eso, para que la inmensidad de esta caridad se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando después de celebrar la Pascua con sus discípulos iba a pasar de este mundo a su Padre, instituyó este Sacramento como el memorial perpetuo de su Pasión, el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.
Conviene pues, a la devoción de los fieles celebrar solemnemente la institución de un Sacramento tan saludable y admirable, a fin de venerar el modo inefable de la presencia divina bajo un Sacramento visible, para alabar el poder de Dios, que tantas maravillas obra en un mismo Sacramento, y también a fin de tributar a Dios, por un beneficio tan saludable y tan suave, las acciones de gracias que le son debidas.
Pero, si bien en el día de la Cena, en el que, como es sabido, fue instituido este Sacramento, se hace una mención especial de su institución en la Misa, todo el resto del Oficio del mismo día se refiere a la Pasión de Jesucristo, en cuya veneración se ocupa entonces la Iglesia.
Por consiguiente, a fin de que el pueblo fiel honrase la institución de tan gran Sacramento mediante todo el Oficio de un día solemne, el Pontífice Romano Urbano IV, penetrado de devoción por este Sacramento, piadosamente ordenó que el primer jueves después de la Octava de Pentecostés celebrasen todos los fieles la memoria de esta institución de que hemos hablado, ofreciendo así, a los que recibimos para nuestra salvación este Sacramento durante todo el curso del año, el medio de honrar especialmente su institución en el tiempo mismo en que el Espíritu Santo, iluminando el corazón de los fieles, les da pleno conocimiento de Él. Y también porque en este tiempo empezaron los fieles, a frecuentar este Sacramento”.
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Honremos, pues, la Institución del Santísimo Sacramento del Altar con las palabras mismas del Santo Doctor que, en la Secuencia de la Misa, nos hace rezar de esta manera:
Alaba, alma mía, a tu Salvador; alaba a tu Guía y Pastor con himnos y cánticos.
Pregona su gloria cuanto puedas, porque Él está sobre toda alabanza, y jamás podrás alabarle lo bastante.
El tema especial de nuestros loores es hoy el pan vivo y que da vida.
El cual se dio en la mesa de la sagrada cena al grupo de los doce apóstoles sin género de duda.
Sea, pues, llena, sea sonora, sea alegre, sea pura la alabanza de nuestra alma.
Pues celebramos el solemne día en que fue instituido este divino banquete.
Y con la Oración Colecta, pidamos:
¡Oh Dios!, que, bajo un sacramento admirable, nos dejaste el memorial de tu pasión; te pedimos, Señor, nos concedas celebrar de tal manera los sagrados misterios de tu Cuerpo y Sangre, que sintamos constantemente en nosotros el fruto de tu redención.

