Conservando los restos
DOMINGO DE PENTECOSTÉS
Hemos escuchado el milagro de Pentecostés en la Epístola y la última promesa del Espíritu Santo en el Evangelio al levantarse Cristo para ir a padecer: «Para que vea el mundo que amo al Padre, levantaos, vámonos de aquí.«
El Espíritu es la gracia: a Él se le atribuye su permanencia en las almas fieles y la producción de la gracia y la oración.
Son las tres Divinas Personas las que moran en el alma en gracia; y en realidad, todas las obras de Dios «ad extra» las hacen las tres Personas de la Trinidad; pero la Iglesia atribuye al Padre la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu la Santificación.
Las funciones que Cristo el primero atribuye al Espíritu Santo son funciones maternales: de hecho, cuando Cristo decía «el Espíritu Santo» decía «la Espírita Santa», pues «espíritu» es femenino en arameo.
En la primitiva Iglesia era usual comparar la Trinidad Divina con la Trinidad humana, Padre, Madre e Hijo.
Surgió una herejía grosera que ponía cuerpo, y, por ende, sexo en Dios, y la Iglesia prohibió esa comparación popular por peligrosa; y más tarde San Agustín inventó la comparación refinada que usamos ahora, a saber: en el alma humana hay tres cosas que son una, Intelecto, Voluntad y Autoconciencia: «Yo entiendo, yo quiero, yo siento que soy un Yo.»
Por supuesto, todas las comparaciones cojean, sean populares o refinadas.
Como quiera que sea, Santo Tomás se pregunta: «El Amor en Dios ¿es el Espíritu Santo?» y responde: «Sí», en el «Compendio de Teología» (Capítulo 46); el Hijo es la Sabiduría y el Padre es el Poder.
El Espíritu Santo es la gracia. ¿Qué es la gracia? Es una realidad sobrenatural que informa nuestra alma, una realidad accidental, no substancial, proveniente de la presencia o el contacto de Dios en nosotros; que nos habilita a hacer todos nuestros actos buenos, todos absolutamente («Sin mí nada podéis», dijo Cristo), hasta el «initium fidei», el comienzo de la fe, hasta el primer movimiento en busca de Dios –contra lo que enseñaron los semipelagianos–; a saber, enseñaban que nuestra voluntad empieza el bien y después Dios nos ayuda, «a quien se ayuda, Dios lo ayuda.»
San Agustín, que había refutado victoriosamente a Pelagio, refutó luego a Casiano y Cesáreo de Arlés, los semipelagianos o «marselleses»; estableciendo que en realidad la gracia previene la voluntad en todos absolutamente los actos buenos, todos ellos los hacen a la vez Dios y nuestro albedrío; Dios, el primero (en la importancia, no en el tiempo), y merecemos el Cielo por nuestra cooperación a la gracia. Dios corona en nosotros sus propios dones, aceptados; como esos padres que dan al chico el regalo que el chico les tiene que dar el día del papá; y después le dan las gracias al chico.
El pelagianismo negaba de un modo u otro la gracia; y es importante por ser el padre del Naturalismo o Modernismo actual.
Pelagio, que era un espléndido inglés residente en Roma, una especie de Maritain de aquel tiempo (siglo IV), enseñó primero que la gracia de Dios, de que tanto habla San Pablo, era simplemente la naturaleza que Dios dio al hombre; y más tarde añadió que sí había una ayuda de Dios, pero no era necesaria sino solamente facilitante, «adjuvante», ayuda; no para poder salvarnos sino para poderlo más fácil.
Negando la gracia, negaba el Pecado Original y, lógicamente, también la Redención de Cristo, que se volvía superflua; aunque él nunca lo dijo así.
El Naturalismo actual es Pelagianismo radical y es la gran herejía moderna; y la última herejía (según creo), que será el nido del Anticristo; pues no se puede ir más allá en línea de herejía; pero toda ella deriva de la negación de la gracia; por tanto, la negación de lo sobrenatural; por tanto, el vaciamiento de todos los dogmas cristianos, que se convierten en simpáticos mitos, que naturalmente comienzan a rellenarse de la adoración nefanda del Hombre; que dijo San Pablo sería el pecado del Anticristo, »la abominación de la desolación «.
Esto, que en muchos es más bien una actitud mental que un dogma explícito (por ejemplo, en los idólatras de la técnica), permea hoy día todo el ambiente en forma contagiosa y tiene en su apoyo la mayor parte de la literatura del mundo entero; y, por ende, de los diarios, la radio, el cine y la Tele.
«El hombre puede hacer muchas cosas sin Dios» –predicó hace poco el hermanito Paoli; es diametralmente opuesto a lo que dijo Cristo: «Sin mí no podéis hacer NADA”.
Anteayer me habló por teléfono un redactor de la revista «Panorama» diciendo que tenía que hacerme una «interviú» o entrevista acerca de «La búsqueda de Dios en la Argentina».
Éste decía que la entrevista era urgente y que ya 20 católicos (entre ellos Atilio Dell’Oro Maini) le habían respondido.
Yo le dije: «No se moleste en venir, por teléfono no más se la voy a dar. Escriba: la búsqueda de Dios es el movimiento de la gracia; la búsqueda de Dios en la Argentina, yo no la sé y ninguno la sabe, porque la gracia es invisible. Creo en la gracia porque no la veo. Punto final».
El redactor cortó con una pequeña zafaduría.
De poco valdría refutar ahora a Macedonio, que negó la divinidad del Espíritu Santo (o la Espírita Santa) cuando ahora niegan la divinidad de todo, excepto el Hombre con mayúscula; y de hecho las tilingas hoy día llaman divino a Carlitos Gardel y a Clark Gable.
«¡Hay que desacralizar al mundo!», predicaba el hermanito Pauli; en muy mal castellano, por cierto, pues en castellano lo contrario de «consagrar» es «desecrar».
«Hay que desecrar el mundo, porque el hombre puede hacer muchas cosas sin necesidad de Dios.»
Dios nos libre.
Al contrario, hay que consagrar a Rusia y al mundo al Inmaculado Corazón de María –dijo ella misma en Fátima– para evitar la Tercera Granguerra.
María es el Tabernáculo del Espíritu Santo; y Ella lo atrajo cuando estaba en el Cenáculo con los Apóstoles en Pentecostés.
«Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida perdurable. Amén.»
Éstos son los oficios del Espíritu Santo, que, como dije, son oficios maternales: el Espíritu Santo es el alma de la Santa Madre Iglesia. No vayan a creer que la Iglesia es solamente Monseñor Caggiano y Monseñor Copello; principalmente ella es la unión invisible producida por la gracia y que hace della el Cuerpo Místico de Cristo, y que efectúa una especie de solidaridad en méritos y en faltas entre todos los cristianos.
Por esa gracia se efectuará la resurrección de la carne y la vida hiperdurable, superdurable, por encima del tiempo y la duración. Amén.

