SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre le amará y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras. Y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió. Estas cosas os he hablado, estando con vosotros, y el Consolador, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas; y os recordará todo aquello que yo os hubiere dicho. La paz os dejo: mi paz os doy: no os la doy yo como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Ya habéis oído que os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amaseis, os gozaríais ciertamente, porque voy al Padre: porque el Padre es mayor que yo. Y ahora os lo he dicho antes que sea, para que lo creáis cuando fuere hecho. Ya no hablaré con vosotros muchas cosas, porque viene el príncipe de este mundo, y no tiene nada en mí. Mas para que el mundo conozca que amo al Padre, y cómo me dio el mandamiento el Padre, así hago.
Hemos llegado a la gran Solemnidad de Pentecostés.
Para nuestra edificación y formación, resumo y comento la Encíclica Divinum illud munus, del Sumo Pontífice León XIII, sobre la presencia y virtud admirable del Espíritu Santo, del 9 de mayo 1897, hace un poco más de 126 años.
Decía León XIII: Aquella divina misión que, recibida del Padre en beneficio del género humano, tan santísimamente desempeñó Jesucristo, tiene como último fin hacer que los hombres lleguen a participar de la vida bienaventurada en la gloria eterna; y como fin inmediato que durante la vida mortal vivan la vida de la gracia divina, que al final se abre en la vida celestial.
Mas, según sus altísimos decretos, no quiso Él completar por sí sólo dicha misión, sino que, como Él mismo la había recibido del Padre, así la entregó al Espíritu Santo para que la llevara a perfecto término, como Abogado, Consolador y Maestro.
Para que en las almas se reavive y se vigorice la fe en el augusto misterio de la Santísima Trinidad, y especialmente crezca la devoción al Divino Espíritu, consideremos la admirable acción que Él ejerce en la Iglesia y en las almas merced al don de sus gracias y celestiales carismas.
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Antes de entrar en materia será conveniente y útil tratar algo sobre el misterio de la Sacrosanta Trinidad que, Dios mediante, desarrollaremos el próximo Domingo.
Este misterio, el más grande de todos, pues de todos ellos es principio y fin, se llama por los doctores sagrados sustancia del Nuevo Testamento.
Para revelarlo y enseñarlo con más claridad, Dios mismo envió a su Hijo: Nadie vio jamás a Dios; el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, Él nos lo ha revelado.
La fe católica nos enseña a venerar un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.
Ahora bien, como existe el peligro de confundir entre sí a las divinas personas o de multiplicar su única naturaleza, Inocencio XII no accedió a la petición de quienes solicitaban una fiesta especial en honor del Padre.
Y, si bien hay ciertos días festivos para celebrar cada uno de los misterios del Verbo Encarnado, no hay una fiesta propia para celebrar al Verbo tan sólo según su divina naturaleza.
Incluso la misma Solemnidad de Pentecostés no se refiere simplemente al Espíritu Santo por sí, sino que recuerda su venida o externa misión.
Todo esto fue prudentemente establecido para evitar que nadie multiplicara la divina esencia, al distinguir las Personas. Más aún, la Iglesia, a fin de mantener en sus hijos la pureza de la fe, quiso instituir la Fiesta de la Santísima Trinidad.
Ciertamente, todas las perfecciones y todas las obras ad extra son comunes a las tres divinas Personas, pues indivisibles son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia, porque, así como las tres Personas divinas son inseparables, así obran inseparablemente.
Sin embargo, por una cierta relación y como afinidad que existe entre las obras externas y el carácter “propio” de cada Persona, aquellas se atribuyen o apropian a una más bien que a las otras.
Así como de la semejanza del vestigio o imagen hallada en las criaturas nos servimos para manifestar las divinas Personas, así hacemos también con los atributos divinos. Y esta manifestación deducida de los atributos divinos se dice apropiación.
La Santa Iglesia acostumbra atribuir al Padre las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor.
De esta manera, el Espíritu Santo es la causa última de todas las cosas, puesto que, siendo la bondad y el amor del Padre y del Hijo, da impulso fuerte y suave y como la última mano al misterioso trabajo de nuestra eterna salvación.
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Entre todas las obras de Dios ad extra, la más grande es, sin duda, el misterio de la Encarnación del Verbo; en él brilla de tal modo la luz de los divinos atributos, que ni es posible pensar nada superior ni puede haber nada más saludable para nosotros.
Este gran prodigio, aun cuando se ha realizado por toda la Trinidad, sin embargo se atribuye como propio al Espíritu Santo, y así dice el Evangelio que la concepción de Jesús en el seno de la Virgen fue obra del Espíritu Santo; y con razón, porque el Espíritu Santo es la caridad del Padre y del Hijo, y este gran misterio de la bondad divina que es la Encarnación fue debido al inmenso amor de Dios al hombre.
Por obra del Espíritu Divino tuvo lugar no solamente la concepción de Cristo, sino también la santificación de su alma, puesto que en Él hubo una abundancia de gracia singularmente plena y con la mayor eficacia que puede tenerse; en Él están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las gracias gratis datas, las virtudes y los dones, ya anunciados en las profecías de Isaías y simbolizados en aquella misteriosa paloma aparecida en el Jordán.
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La Iglesia se manifestó a los hombres por vez primera de modo solemne en el día de Pentecostés con aquella admirable efusión que había sido vaticinada por el profeta Joel.
Y en aquel mismo día se iniciaba la acción del divino Paráclito en el Cuerpo Místico de Cristo, posándose sobre los Apóstoles.
Así se cumplió la última promesa del Señor a sus Apóstoles, la de enviarles el Espíritu Santo, para que con su inspiración completara y en cierto modo sellase el depósito de la Revelación.
El Espíritu Santo, que es espíritu de Verdad, comunica toda la Verdad a la Iglesia, asistiéndola para que no yerre jamás.
Y como la Iglesia, que es medio de salvación, ha de durar hasta la consumación de los siglos, precisamente el Espíritu Santo la alimenta y acrecienta en su vida y en su virtud.
Por último, basta saber que, si Cristo es la cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma; lo que el alma es en nuestro cuerpo, lo es el Espíritu Santo en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
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No menos admirable, aunque en verdad sea más difícil de entender, es la acción del Espíritu Santo en las almas, que se esconde a toda mirada sensible.
Y esta efusión del Espíritu es de tanta abundancia que el mismo Jesucristo la asemejó a un río abundantísimo: Del seno de quien creyere en Mí, como dice la Escritura, brotarán fuentes de agua viva; testimonio que glosó el mismo Evangelista: Dijo esto del Espíritu Santo, que los que en Él creyesen habían de recibir.
Cierto es que no fue en Pentecostés cuando el Espíritu Santo comenzó a inhabitar en los Santos, pues incluso en los mismos justos del Antiguo Testamento ya lo hizo, según lo sabemos de los Profetas, de Zacarías, del Bautista, de Simeón y de Ana. Pero, en aquel día aumentó sus dones, mostrándose más rico y más abundante en su largueza.
En efecto, la justicia en los justos del Antiguo Testamento era en virtud de los méritos previstos de Cristo; y la comunicación del Espíritu Santo hecha después de Jesucristo es mucho más copiosa, como la realidad excede en mucho a su figura.
Inmediatamente que hubo tomado posesión de su Reino, con divina munificencia Nuestro Señor abrió sus tesoros, repartiendo a los hombres los dones del Espíritu Santo. De este modo, por medio de su Unigénito, Dios restituyó al hombre a la noble altura de donde había caído, y aun le realzó con más abundante riqueza de dones.
Ninguna lengua puede expresar esta labor de la divina gracia en las almas de los hombres, por la que son llamados regenerados, criaturas nuevas, participantes de la divina naturaleza, hijos de Dios, deificados…
Ahora bien, beneficios tan grandes los debemos propiamente al Espíritu Santo.
Para declarar lo cual es muy oportuna aquella observación de Santo Tomás, de que hay cierta semejanza entre las dos obras del Espíritu Santo; puesto que, por la virtud del Espíritu Santo, Cristo fue concebido en santidad para ser hijo natural de Dios, y los hombres son santificados para ser hijos adoptivos de Dios.
Y así, con mucha mayor nobleza aún que en el orden natural, la generación espiritual es fruto del Amor increado.
Esta regeneración y renovación comienza para cada uno en el Bautismo, sacramento en el que, arrojado del alma el espíritu inmundo, desciende a ella por primera vez el Espíritu Santo, haciéndola semejante a sí: Lo que nace del Espíritu, es espíritu.
Con más abundancia se nos da el mismo Espíritu en la Confirmación, por la que se nos infunde fortaleza y constancia para vivir como cristianos. Es el mismo Espíritu el que venció en los mártires y triunfó en las vírgenes sobre los halagos y peligros.
Y en verdad, no sólo nos llena con divinos dones, sino que es autor de los mismos, y aun Él mismo es el Don Supremo porque, al proceder del mutuo amor del Padre y del Hijo, con razón es Don del Dios altísimo.
Para mejor entender la naturaleza y efectos de este Don, conviene recordar que, si bien Dios se halla presente a todas las cosas y que está en ellas (por potencia, en cuanto se hallan sujetas a su potestad; por presencia, en cuanto todas están abiertas y patentes a sus ojos; por esencia, porque en todas se halla como causa de su ser), sin embargo, en la criatura racional se encuentra Dios de otra manera; esto es, en cuanto es conocido y amado, ya que, por naturaleza, el hombre ama el bien, lo desea y lo busca.
Por sobre esto, por medio de su gracia, Dios está en el alma del justo en forma más íntima e inefable, como en su templo.
Y de ello nace aquel mutuo amor por el que el alma está íntimamente presente a Dios y goza de Él con la más regalada dulzura.
Esta admirable unión se llama propiamente inhabitación; y se diferencia de la que constituye la felicidad en el Cielo sólo en la condición o estado, mas no en la esencia.
Ahora bien, como ya sabemos, esta se atribuye, como peculiar, al Espíritu Santo.
De este modo, el Apóstol, cuando llama a los justos templos de Dios, nunca les llama expresamente templos “del Padre” o “del Hijo”, sino “del Espíritu Santo”.
A la inhabitación del Espíritu Santo en las almas justas sigue la abundancia de los dones celestiales, entre los cuales se hallan aquellos ocultos avisos e invitaciones que se hacen sentir en la mente y en el corazón por la moción del Espíritu Santo; de ellos depende el principio del buen camino, el progreso en él y la salvación eterna.
Pero el hombre justo, que ya vive la vida de la divina gracia y opera por las virtudes, tiene necesidad de aquellos siete Dones que se llaman propios del Espíritu Santo.
Gracias a éstos el alma se dispone y se fortalece para seguir más fácil y prontamente las divinas inspiraciones; merced a ellos el Espíritu Santo nos mueve y eleva a desear y conseguir las Bienaventuranzas; y muy regalados son, finalmente, los Frutos enumerados por el Apóstol, que el Espíritu Santo produce y comunica a los hombres justos.
Y así, el Divino Espíritu, que procede del Padre y del Hijo, luego de haberse manifestado a través de imágenes en el Antiguo Testamento, derrama la abundancia de sus dones en Cristo y en su Cuerpo Místico, la Iglesia; y con su gracia y saludable presencia eleva a los hombres de los caminos del mal, cambiándolos, de terrenales y pecadores, en criaturas espirituales y casi celestiales.
Pues tantos y tan señalados son los beneficios recibidos de la bondad del Espíritu Santo, la gratitud nos obliga a volvernos a Él, llenos de amor y devoción.
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Por todo esto, es necesario que se fomente el conocimiento y devoción del Espíritu Santo.
Acaso no falten en nuestros días algunos que, de ser interrogados como en otro tiempo lo fueron algunos por San Pablo “si habían recibido el Espíritu Santo”, contestarían a su vez: “Nosotros, ni siquiera hemos oído si existe el Espíritu Santo”. Que, si a tanto no llega la ignorancia, en una gran parte de fieles es muy escaso su conocimiento sobre Él, mientras su fe está llena de crasas tinieblas.
Insistimos en esto, no sólo por tratarse de un misterio que directamente nos prepara para la vida eterna y que, por ello, es necesario creer firme y expresamente, sino también porque, cuanto más clara y plenamente se conoce el bien, más intensamente se le quiere y se le ama.
Debemos amar al Espíritu Santo, porque es Dios, y porque es el Amor sustancial eterno y primero, y no hay cosa más amable que el amor.
Y tanto más le debemos amar cuanto que nos ha llenado de inmensos beneficios que, si atestiguan la benevolencia del donante, exigen la gratitud del alma que los recibe.
Este amor tiene una doble utilidad, ciertamente no pequeña:
Primeramente, nos obliga a tener en esta vida un conocimiento cada día más claro del Espíritu Santo: El que ama, dice Santo Tomás, no se contenta con un conocimiento superficial del amado, sino que se esfuerza por conocer cada una de las cosas que le pertenecen intrínsecamente, y así entra en su interior.
En segundo lugar, que será mayor aún la abundancia de sus celestiales dones, pues como la frialdad hace cerrarse la mano del donante, el agradecimiento la hace ensancharse.
Este amor debe ser operante, huyendo del pecado, que es especial ofensa contra el Espíritu Santo.
Además, el que por malicia se opone a la verdad o la rehúye, comete gravísimo pecado contra el Espíritu Santo. Pecado tan frecuente en nuestra época que parecen llegados los tristes tiempos descritos por San Pablo, en los cuales, obcecados los hombres por justo juicio de Dios, reputan como verdaderas las cosas falsas, y al príncipe de este mundo, que es mentiroso y padre de la mentira, le creen como a maestro de la verdad.
En efecto, escribía el Apóstol: Dios les enviará espíritu de error para que crean a la mentira…, En los últimos tiempos se separarán algunos de la fe, para creer en los espíritus del error y en las doctrinas de los demonios…
Y por cuanto el Espíritu Santo habita en nosotros como en su templo, repitamos con el Apóstol: No queráis contristar al Espíritu Santo de Dios, que os ha consagrado.
Para ello no basta huir de todo lo que es inmundo, sino que el hombre cristiano debe resplandecer en toda virtud, especialmente en pureza y santidad, para no desagradar a huésped tan grande, puesto que la pureza y la santidad son las virtudes propias del templo.
Por eso exclama el mismo Apóstol: Pero ¿es que no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno osare profanar el templo de Dios, será maldito de Dios, pues el templo debe ser santo y vosotros sois este templo… Amenaza tremenda, pero justísima.
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Conocimiento y amor… Por último, conviene acudir al Espíritu Santo, cuyo auxilio y protección todos necesitamos en extremo. Somos pobres, débiles, atribulados, inclinados al mal…; por lo tanto, recurramos a Él, fuente inagotable de luz, de consuelo y de gracia.
Cuál sea la manera conveniente para invocarle, aprendámoslo de la Iglesia, que suplicante se vuelve al mismo Espíritu Santo y lo llama con los nombres más dulces de Padre de los pobres, Dador de los dones, Luz de los corazones, Consolador benéfico, Huésped del alma, Aura de refrigerio; y le suplica encarecidamente que limpie, sane y riegue nuestras mentes y nuestros corazones, y que conceda a todos los que en Él confiamos el premio de la virtud, el feliz final de la vida presente, el perenne gozo en la futura.
En resumen, debemos suplicarle con confianza y constancia para que diariamente nos ilustre más y más con su luz y nos inflame con su caridad, disponiéndonos así por la fe y por la caridad a que trabajemos con denuedo por adquirir los premios eternos.
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Finalmente, interpongamos la poderosa y eficaz mediación de la Santísima Virgen.
Bien sabemos cuán íntimas e inefables relaciones existen entre Ella y el Espíritu Santo, pues que es su Esposa Inmaculada.
Con su oración, la Virgen Santísima cooperó muchísimo, tanto al misterio de la Encarnación, como a la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles.
Que Ella continúe, pues, realzando con su Patrocinio nuestras comunes oraciones, para que, por la Parusía de su Divino Hijo, se renueven los divinos prodigios del Espíritu Santo, celebrados ya por el profeta David: Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra…

