LA INHÓSPITA TRINCHERA

Conservando los restos

LOS MACABEOS

(Tercera Entrega)

Como vimos al terminar la Segunda Entrega, después de la derrota, los extranjeros que escaparon fueron a llevar la noticia a Lisias, el cual quedó consternado y como fuera de sí por no haber salido las cosas según él se había prometido y conforme el rey había mandado.

La derrota de Lisias tuvo lugar viviendo todavía Antíoco Epífanes. Tenía Lisias suficiente amor propio para organizar otra expedición de castigo contra Judas. El año de los seléucidas 148, el 164 antes de Jesucristo, reclutó un imponente ejército, capaz, según sus cálculos, de aplastar a los judíos. Reunió, pues, sesenta mil hombres escogidos, y cinco mil de a caballo, con el fin de exterminar a los judíos.

Mientras tanto, Judas Macabeo, una vez liquidado el ejército de Gorgias, quiso castigar la insolencia de los idumeos, que molestaban a los judíos ortodoxos y acogían a los que desertaban de su ejército. Por motivos de seguridad pensó en aprovechar el descanso para arrebatar algunas plazas fuertes a los idumeos.

Lisias corrió en ayuda de sus fieles aliados, y entrando en Judea sentó los reales en Bethorón, plaza fuerte que dominaba el camino de Hebrón a Jerusalén, distante veintiocho kilómetros de esta última.

Judas le salió al encuentro con diez mil hombres; pero conociendo que era poderoso el ejército, oró, y dijo:

Bendito seas, oh Salvador de Israel, Tú que quebrantaste la fuerza de un gigante por medio de tu siervo David, y que entregaste el campamento de los extranjeros en poder de Jonatás, hijo de Saúl, y de su escudero. Entrega ese ejército en poder de Israel, pueblo tuyo, y queden confundidas sus huestes y su caballería. Infúndeles miedo, y aniquila su osadía y coraje, y despedácense ellos mismos con sus propias fuerzas. Derríbalos con la espada de aquellos que te aman, para que todos los que conocen tu nombre te canten himnos de alabanza”.

En su oración hace notar Judas que la actual desproporción de fuerzas existía también entre Jonatás y los filisteos, entre David y Goliat; pero Dios entregó a los filisteos en poder de uno y otro.

Trabada luego la batalla, quedaron en ella muertos cinco mil hombres del ejército de Lisias. Viendo éste la fuga de los suyos, y el ardimiento de los judíos, y que éstos estaban resueltos a vivir o a morir valerosamente, se fue a Antioquía, y levantó nuevas tropas escogidas para volver con mayores fuerzas a la Judea.

Dios y Judas derrotaron al regente Lisias, que se retiró, avergonzado y queriendo saldar su derrota con el reclutamiento de nuevos mercenarios.

Las fuerzas del regente Lisias habían evacuado Palestina; los idumeos habían sido humillados; los sirios de Jerusalén, sitiados en el Acra. Había llegado la ocasión propicia para purificar el templo y restablecer el culto legítimo. Los hermanos Macabeos subieron con el ejército a fin de tener a raya la guarnición de la ciudadela. La vista del templo arrancó lágrimas a sus ojos:

Judas y sus hermanos dijeron: Ya que quedan destruidos nuestros enemigos, vamos ahora a purificar y restaurar el Templo. Y reunido todo el ejército, subieron al monte Sion donde vieron desierto el lugar santo, y profanado el altar, y quemadas las puertas, y que en los patios habían nacido arbustos como en los bosques y montes, y que estaban arruinadas todas las habitaciones de los ministros del Santuario.

Al ver esto rasgaron sus vestidos, y lloraron amargamente, y se echaron ceniza sobre la cabeza; y se postraron rostro por tierra, e hicieron resonar las trompetas con que se daban las señales, y levantaron sus clamores hasta el cielo.

Con un piquete de soldados que vigilaban los movimientos de la guarnición del Acra, procedieron los sacerdotes a la purificación del templo.

Se eligieron aquellos ministros sagrados que no tuvieran mancha alguna que les inhabilitara para ejercer su oficio pastoral (Lev. 21: 17-21; 22: 3).

Las piedras del altar de Júpiter Olímpico se arrumbaron a un lugar impuro, que acaso fueran las pendientes del Cedrón en donde se encontraba el cementerio, el Tofet (Jer. 19: 13).

¿Qué destino debía darse a las piedras centenarias del altar de los holocaustos? (Ex. 29: 25; Lev. 4: 34). Por muchos años fueron inmoladas víctimas al Señor sobre las mismas; por su origen no cabe dudar de que eran santas. Pero las mismas fueron el soporte de un altar idolátrico; la sangre de los cerdos inmolados contaminó lo que era santo.

Por el momento resolvieron demoler el altar, pero pusieron las piedras a buen recaudo hasta el advenimiento de un profeta que decidiera del destino de las mismas. Después de Zacarías y Malaquías no surgió ningún otro profeta.

El resultado de las deliberaciones se concretó en la construcción de un nuevo altar con piedras sin labrar, tal como prescribía la Ley (Ex. 20: 25; Deut. 27: 5-6), y construyeron un altar nuevo semejante a aquel que había habido antes.

Puesto que en el recinto del templo tuvieron lugar orgías y bacanales, se procedió a purificar incluso el pavimento (II Mac. 6: 4).

Reedificaron el Santuario, y aquello que estaba de la parte de adentro de la Casa, y santificaron el Templo y sus atrios. E hicieron nuevos vasos sagrados, y colocaron en el Templo el candelero y el altar de los inciensos y la mesa. Y pusieron después incienso sobre el altar, y encendieron las lámparas que estaban sobre el candelero, y alumbraron el Templo. Y pusieron los panes sobre la mesa, colgaron los velos, y completaron todas las obras que habían comenzado.

El texto sagrado relata el primer sacrificio en el nuevo altar de la siguiente manera:

“Se levantaron antes de amanecer, el día veinticinco del noveno mes, llamado Casleu, del año ciento cuarenta y ocho, y ofrecieron el sacrificio, según la Ley, sobre el nuevo altar de los holocaustos que habían construido. Con lo cual se verificó que en el mismo tiempo, y el mismo día que este altar había sido profanado por los gentiles, fue renovado al son de cánticos, de cítaras, de liras, y de címbalos. Y todo el pueblo se postró, hasta juntar su rostro con la tierra, y adoraron a Dios, y levantando su voz hasta el cielo, bendijeron a Aquel que les había concedido aquella felicidad”.

El día 25 del mes de Casleu del año 167 antes de Jesucristo sacrificaron los gentiles la primera víctima, probablemente un cerdo, sobre el altar asentado sobre el antiguo de los holocaustos; el mismo día del año 164 se ofreció el sacrificio prescrito por la Ley en el nuevo altar. Al rayar el alba, los sacerdotes ofrecieron un cordero de un año, recogiendo su sangre y rociando con ella el altar (Núm. 28: 3).

Por ser el primer sacrificio en el nuevo altar, la ceremonia revistió gran solemnidad, con acompañamiento de instrumentos músicos (I Crón. 7: 4; 16: 42). Las fiestas duraron ocho días (I Re. 8-66; II Crón. 7: 8), durante los cuales el público ofreció holocaustos y sacrificios pacíficos (Lev. 7: 11-12 y16). En señal de fiesta se adornó la parte frontal del templo con guirnaldas y coronas.

Celebraron la dedicación del altar por espacio de ocho días, y ofrecieron holocaustos con regocijo, y sacrificios de acción de gracias y alabanza. Adornaron también la fachada del Templo con coronas de oro y con escudetes, y renovaron las puertas, y las habitaciones de los ministros, y les pusieron puertas. Fue extraordinaria la alegría del pueblo; y sacudieron de sí el oprobio de las naciones. Entonces estableció Judas y sus hermanos, y toda la iglesia de Israel, que en lo sucesivo se celebrase cada año con grande gozo y regocijo este día de la dedicación del altar por espacio de ocho días seguidos, empezando el día veinticinco del mes de Casleu.

Fortificaron entonces mismo el monte Sion, y le circuyeron de altas murallas y de fuertes torres, para que no viniesen los gentiles a profanarle, como lo habían hecho antes. Y puso allí Judas una guarnición para que le custodiase, y le fortificó para seguridad de Betsura, a fin de que el pueblo tuviese a esta fortaleza en la frontera de Idumea.

Las naciones circunvecinas oyeron que el altar y el Santuario habían sido reedificados como antes, se irritaron sobremanera; y resolvieron exterminar a los de la estirpe de Jacob que vivían entre ellos, y comenzaron a matar y perseguir a aquel pueblo.

Entretanto, batía Judas a los hijos de Esaú en la Idumea, y a los que estaban en Acrabatane, porque tenían sitiados a los israelitas, e hizo en ellos un gran destrozo.

También se acordó de la malicia de los hijos de Beán, los cuales eran para el pueblo un lazo y tropiezo, armándole emboscadas en el camino. Y los obligó a encerrarse en unas torres, donde los tuvo cercados; y habiéndolos anatematizado, pegó fuego a las torres y las quemó con cuantos había dentro.

De allí pasó a los hijos de Ammón, donde encontró un fuerte y numeroso ejército, con Timoteo, su caudillo. Tuvo diferentes choques con ellos, y los derrotó, e hizo en ellos gran matanza. Y tomó la ciudad de Guécer con los lugares dependientes de ella, y se volvió a Judea.

Los gentiles que habitaban en Galaad se reunieron para exterminar a los israelitas que vivían en su país; mas estos se refugiaron en la fortaleza de Datemán. Desde allí escribieron cartas a Judas y a sus hermanos, en las cuales decían: “Se han congregado las naciones circunvecinas para perdernos; y se preparan para venir a tomar la fortaleza donde nos hemos refugiado, siendo Timoteo el caudillo de su ejército. Ven, pues, luego, y líbranos de sus manos, porque han perecido ya muchos de los nuestros; y todos nuestros hermanos, que habitaban en los lugares de Tubín, han sido muertos, habiéndose llevado cautivas a sus mujeres e hijos, y saqueándolo todo, y dado muerte allí mismo a cerca de mil hombres”.

Aún no había acabado de leer estas cartas, cuando he aquí que llegaron otros mensajeros que venían de Galilea, rasgados sus vestidos, trayendo otras noticias semejantes. Pues decían haberse coligado contra ellos los de Tolomaida, y los de Tiro y de Sidón, y que toda la Galilea estaba llena de extranjeros, con el fin de acabar con ellos.

Luego que Judas y su gente oyeron tales noticias, tuvieron un gran consejo para deliberar qué era lo que harían a favor de aquellos hermanos suyos que se hallaban en la angustia, y eran estrechados por aquella gente. Dijo, pues, Judas a su hermano Simón: Escoge un cuerpo de tropas, y ve a librar a tus hermanos que están en Galilea, y yo y mi hermano Jonatás iremos a Galaad.

Y dejó a José, hijo de Zacarías, y a Azarías por caudillos del pueblo, para guardar la Judea con el resto del ejército. Les dio esta orden: Cuidad de esta gente, les dijo; y no salgáis a pelear contra los gentiles, hasta que volvamos nosotros.

Se dieron, pues, a Simón tres mil hombres para ir a Galilea, y Judas tomó ocho mil para pasar a Galaad. Partió Simón para Galilea; y tuvo muchos encuentros con aquellas naciones, las que derrotó y fue persiguiendo hasta las puertas de Tolomaida; dejando muertos cerca de tres mil gentiles, y apoderándose del botín. Tomó después consigo a los que había en Galilea y en Arbates, como también a sus mujeres e hijos, y todo cuanto tenían, y los condujo a la Judea con grande regocijo.

Entretanto Judas Macabeo, con su hermano Jonatás, pasaron el Jordán, y caminaron tres días por el desierto. Y les salieron al encuentro los nabuteos, los cuales los recibieron pacíficamente, y les contaron lo que había acaecido a sus hermanos en Galaad; y cómo muchos de ellos se habían encerrado en Barasa, en Bosor, en Alimas, en Casfor, en Maget, y Carnaim, todas ellas ciudades fuertes y grandes; y cómo quedaban también cercados los que habitaban en otras ciudades de Galaad, y que los enemigos querían arrimar al día siguiente su ejército a aquellas ciudades, y prenderlos, y acabar con ellos en un solo día.

Con esto partió Judas inmediatamente con su ejército por el camino del desierto de Bosor, y se apoderó de la ciudad, y pasó a cuchillo a todos los varones, y después de saqueada la entregó a las llamas.

Por la noche salieron de allí y se dirigieron a la fortaleza; y al rayar el día, alzando los ojos vieron una tropa innumerable de gentes, que traían consigo escalas y máquinas para tomar la plaza, y destruir a los que estaban dentro. Luego de que Judas vio que había comenzado el ataque, y que el clamor de los combatientes subía hasta el cielo como trompeta, y la grande gritería en la ciudad, dijo a sus tropas: Pelead en este día en defensa de vuestros hermanos.

Y marcharon en tres columnas por las espaldas de los enemigos; tocaron las trompetas, y clamaron orando. Entonces conocieron las tropas de Timoteo que era el Macabeo el que venía, y huyeron su encuentro; sufriendo un gran destrozo, y habiendo perecido en aquel día al pie de ocho mil hombres.

De allí torció Judas el camino hacia Masfa, la batió y se apoderó de ella; pasó a cuchillo todos los varones, y después de haberla saqueado, la incendió. Partiendo más adelante tomó a Casbón, a Maget, a Bosor y a las demás ciudades de Galaad.

Después de estos sucesos juntó Timoteo otro ejército, y se acampó frente a Rafón, a la otra parte del arroyo. Judas envió luego a espiar al enemigo, y los emisarios le dijeron: Todas las naciones que nos rodean se han juntado con Timoteo; es un ejército sumamente grande. Han tomado también en su auxilio a los árabes, y están acampados a la otra parte del arroyo, preparándose para venir a darte la batalla. Y Judas marchó contra ellos.

Ahora bien, Timoteo había dicho a los capitanes de su ejército: Cuando Judas con sus tropas llegare al arroyo y pasare el primero hacia nosotros, no le podremos resistir, y nos vencerá infaliblemente. Pero si temiere pasar, y pusiere su campo en el otro lado del arroyo, pasémoslo nosotros, y lograremos victoria.

No pensaba Timoteo que los judíos se atrevieran a vadear el profundo lecho del torrente, calculando que aquel obstáculo natural frenaría el ímpetu que solía poner Judas en sus ataques bélicos. Quizá tuvo éste noticia de la concepción estratégica de su adversario, por lo que dio órdenes severas a los escribas (grammateis) de que nadie quedara en el campo. Entre los oficiales del ejército había escribas encargados de pasar revista a las tropas, cuidar de los registros, transmitir órdenes y amonestar a los soldados. Así lo ordenaban antiguas leyes (Deut. 20: 5-8; Jos. 1: 10; 3: 2).

Dadas las órdenes, pasó él el primero hacia los enemigos, y en pos de él toda la tropa, y así que llegaron, derrotaron a todos aquellos gentiles, los cuales arrojaron las armas, y huyeron al templo que había en Carnaim, a unos quince kilómetros al sudeste de Er-Rafeh.

El santuario recibía este nombre del culto que se tributaba allí a la diosa Atergates, Astarté, que se representaba con cuernos de vaca. Ningún respeto sentían los judíos por este lugar idolátrico, por lo cual lo condenaron a sufrir la suerte del herem. Sobre este episodio habla largamente el Segundo Libro (II Mac. 12: 20-26).

Judas tomó la ciudad, pegó fuego al templo y le abrasó con cuantos había dentro; y Carnaim fue asolada, sin que pudiese resistir a Judas. Entonces reunió Judas todos los israelitas que se hallaban en el país de Galaad, desde el más chico hasta el más grande, con sus mujeres e hijos, formando de todos ellos un ejército numerosísimo para que viniesen a la tierra de Judá.

Llegaron a Efrón, ciudad grande situada en la embocadura del país, y muy fuerte; y no era posible dejarla a un lado, echando a la derecha o a la izquierda, sino que era preciso atravesar por medio de ella. Mas sus habitantes se encerraron, y tapiaron las puertas con piedras. Les envió Judas un mensajero de paz, diciéndoles: Es nuestro deseo pasar por vuestro país para ir a nuestras casas, y nadie os hará daño; no haremos más que pasar. Sin embargo, ellos no quisieron abrir.

Entonces Judas hizo pregonar por todo el ejército, que cada uno la asaltase por el lado en que se hallaba. En efecto, la atacaron los hombres más valientes, y se dio el asalto, que duró todo aquel día y aquella noche, cayendo al fin en sus manos la ciudad. Pasaron a cuchillo a todos los varones, y arrasaron la ciudad hasta los cimientos, después de haberla saqueado, y atravesaron por toda ella, caminando por encima de los cadáveres.

En seguida pasaron el Jordán en la gran llanura que hay enfrente de Betsán. E iba Judas en la retaguardia reuniendo a los rezagados, y alentando al pueblo por todo el camino, hasta que llegaron a tierra de Judá. Y subieron al monte Sion con alegría y regocijo, y ofrecieron allí holocaustos en acción de gracias por el feliz regreso, sin que hubiese perecido ninguno de ellos.

La llegada a Jerusalén, que coincidió con la fiesta de Pentecostés (2 Mac 12:31), fue apoteósica y emocionante.

Pero mientras Judas y Jonatás estaban en el país de Galaad, y Simón, su hermano, en Galilea delante de Tolomaida, José, hijo de Zacarías, y Azarías, comandante de las tropas, tuvieron noticia de estos felices sucesos, y de las batallas que se habían dado. Y dijo aquél: Hagamos también nosotros célebre nuestro nombre, y vamos a pelear contra las naciones circunvecinas. Y dando la orden a las tropas de su ejército, marcharon contra Jamnia.

Pero Gorgias salió con su gente fuera de la ciudad, para venir al encuentro de ellos y presentarles batalla. Y fueron batidos José y Azarías, los cuales echaron a huir hasta las fronteras de Judea; pereciendo en aquel día hasta dos mil hombres del pueblo de Israel; habiendo sufrido el pueblo esta gran derrota, por no haber obedecido las órdenes de Judas y de sus hermanos, imaginándose que harían maravillas.

Mas ellos no eran de la estirpe de aquellos varones, por medio de los cuales había de ser salvado Israel.

Por el contrario, las tropas de Judas se adquirieron gran reputación, tanto en todo Israel como entre las naciones todas, adonde llegaba el eco de su fama. Y la gente les salía al encuentro con aclamaciones de júbilo.

Este desgraciado episodio de los dos lugartenientes de Judas sirve al autor para poner más de relieve el valor de los hermanos Macabeos, a quienes parecía acompañar la victoria. Este revés aconteció, no tanto por la calidad y número de los combatientes, como por haberse arrogado ellos un privilegio que solamente estaba reservado a la familia de los Macabeos.

Sirve asimismo para enseñarnos que la guerra de los Macabeos era una guerra santa y que la victoria correspondía solamente a los llamados por Dios. Es Dios quien llama y no nosotros. Véase San Juan XV, 16: “Yo soy el que los he elegido a vosotros.”

Como vemos en el Magnificat, la vanagloria se castiga a sí misma al incurrir en la reprobación divina.

Marchó después Judas con sus hermanos al país del mediodía a reducir a los hijos de Esaú, y se apoderó a la fuerza de Hebrón, y de sus aldeas, quemando sus muros y las torres que tenía alrededor. De allí partió y se dirigió al país de las naciones extranjeras, y recorrió la Samaria.

En aquel tiempo murieron peleando unos sacerdotes por querer hacer proezas, y haber entrado imprudentemente en el combate. Estos sacerdotes, imitando el ejemplo de José y Azarías, «quisieron dar pruebas de su valentía», atacando a los habitantes del lugar, que repelieron la agresión, dejando en el campo de batalla el cadáver de algunos de ellos. Este hecho prueba, una vez más, que cualquiera que se arrogara el privilegio de salvar a Israel por medio de las armas, no perteneciendo a la familia de los Macabeos, sería vencido fatalmente.

Judas torció después hacia Azoto, país de los extranjeros, y derribó sus altares, quemó los simulacros de sus dioses, saqueó las ciudades, y con sus despojos se volvió a tierra de Judá.