La armadura de Dios
EL ACUERDO ENTRE LOS JÓVENES ESPOSOS

No se puede hablar del amor sin que esto nos lleve en seguida a hablar de unidad. Es un hecho universalmente reconocido que el uno llama a la otra. Cuando se ama, se desea la unión con el amado. Ahora bien, la unión de los esposos sólo se realizará si se logran vencer las dificultades naturales que la obstaculizan. Por eso, es una ilusión creer que la unidad conyugal surgirá espontáneamente.
Cuando unos novios se disponen a llegar al estado conyugal, se figuran que van a vivir en lo sucesivo en una «unidad» completa… Habiendo entrado dos en el matrimonio, esperan llegar a ser uno; durante todo el período del noviazgo, se han afanado por establecer entre ellos, unidad de opiniones, unidad de sentimientos, unidad de proyectos. Además ¿no es el matrimonio el sacramento de la unidad? Por él, serán dos en uno.
Estas esperanzas no carecen de fundamento. Hay que decir, sin embargo, que es raro ver realizarse en el curso de la vida matrimonial, una unión que, en ciertos momentos, no sufra eclipses. Dos jóvenes se aman, se casan y se imaginan —en los primeros tiempos— que son ya uno, y en breve plazo, se encuentran dos; un hombre y una mujer divergentes en tantos puntos que llegan a preguntarse entonces si todas esas esperanzas de unidad no eran más que una ilusión sin fundamento.
La unidad conyugal no es cosa fácil; no se exagera al decir de ella que es difícil de realizar, y tarda en llegar. Que se deba tender a ella como a un ideal elevado cuya ardua persecución ha de ser constante, es cosa evidente. Sin embargo, como todo ideal no se podrá conseguir la unidad afectiva más que superando múltiples obstáculos.
Éstos no vendrán todos del exterior. Algunos estarán, sin duda, ligados a las circunstancias, a los acontecimientos imprevisibles, a las fluctuaciones de la suerte. Pero la mayoría tendrán su origen en el interior mismo del ser y dependerán de la personalidad de los cónyuges. Entran tantas cosas en cuenta cuando se trata de conducir dos seres a que se unan hasta fusionarse; surgen tantas disparidades imprevistas; chocan tantas semejanzas que se creyó iban a facilitar el acuerdo.
Todo esto se interpone entre ambos cónyuges desde los primeros meses, de tal modo que apenas han entrado ellos en la vida común, y ya ésta plantea problemas. Esto es normal, sin duda; pero no por ello deja de defraudar a los jóvenes esposos. ¡Habíase anticipado imaginativamente tanto y en tal forma lo que debería ser la vida en común, cuando no eran más que novios llenos de esperanza! Y luego, la realidad resulta muy diferente, tanto que, a veces, algunas parejas llegan a preguntarse si no habrán errado el camino.
No, no se han equivocado. No hay que ceder a la sorpresa alimentando la decepción con todos los pequeños choques que van a producirse. Éstos son la moneda corriente de un matrimonio que comienza. La unidad más profunda llegará, pero será preciso dejar pasar tiempo y poner en ello buena voluntad; una buena voluntad inteligente que se detendrá a observar la naturaleza de los obstáculos más frecuentes, de tal modo que se pueda ver de qué lado debe uno dirigirse para evitarlos. Lo esencial aquí es darse la mano y unirse tanto más estrechamente cuanto que las disensiones se produzcan sobre puntos más importantes. Antes de fusionarse, los jóvenes esposos deberán avenirse a pasar por esta prueba.
El choque de dos personalidades
Porque el matrimonio implica inevitablemente un choque de personalidades. Este choque no se produce súbitamente a la manera de un trueno anunciador de que muy pronto el cielo estará desgarrado por las aguas de una lluvia diluviana. El choque de las personalidades se prepara paulatinamente y se produce primero por cuestiones de detalle.
A lo largo del noviazgo los novios han hecho un esfuerzo para moldearse cada uno según la personalidad del otro; han procurado evitar, en la medida de lo posible, sostener opiniones que chocarían con las del otro; han ocultado a veces los propios gustos e inclinaciones. Sin darse cuenta de ello, bajo el efecto de una coacción que se imponían espontáneamente, han falseado la propia imagen, por lo menos en parte.
Una vez contraído el matrimonio y pasada la euforia de las primeras semanas, la coacción se afloja y cada cónyuge vuelve a ser él mismo. Entonces reaparecen las costumbres de todo género contraídas en la época del celibato; se revalorizan opiniones antes atenuadas, cuya intransigencia absoluta se deja ahora ver; en una palabra, la personalidad se afirma con su verdadero rostro despojada de todos los artificios que eran posibles en el período del noviazgo, pero que la vida en común, compartida por entero, hace de allí en adelante imposible.
No hay que engañarse. Estas observaciones no quieren en modo alguno insinuar que se haya mentido o que se haya disimulado la verdad de una manera deliberada en la época del noviazgo. Los novios más rectos, incluso aquellos y aquellas que han intentado reflejar la realidad con la mayor exactitud, no pueden liberarse de la inevitable ilusión de esa temporada. Aun sin querer engañar, pero presentándose los novios bajo su mejor aspecto, lo cual es completamente normal, se inducen el uno al otro a forjarse una idea más o menos exacta de su manera de ser.
Sea como fuere, es un hecho que ya en los primeros meses de vida en común se plantea el problema de la aclimatación a ese nuevo género de existencia. Deslastradas de la excesiva buena voluntad de la época del noviazgo, las personalidades se enfrentan a veces con viveza, a veces sordamente. Con viveza, en cuantas ocasiones se cruzan las espadas abiertamente en asaltos, tan pronto pacíficos como violentos. Sordamente, todas las veces que, sin hablar, descubren los cónyuges, en ciertos casos con sorpresa y a menudo con despecho, que son diferentes de lo que parecían ser.
No es raro que se entreguen entonces a una agresividad mal contenida y que acumulen en sí un hervidero de represalias. ¿Será necesario decir que semejante actitud es nefasta, porque no puede llevar más que a conflictos multiplicados que estallarán, tarde o temprano, en violencias verbales? Ahora bien, éstas son siempre deplorables porque siembran la discordia y resultan a menudo irreparables. Importa saber distinguir dos elementos, quizá muy unidos y, sin embargo, muy diferentes, de la vida conyugal: el conflicto de personalidad y la guerra entre cónyuges.
Que surja conflicto entre dos seres que han vivido hasta entonces desconocido el uno para el otro y que, después de un año o dos de trato, se unen para vivir en común su existencia, no puede sorprender.
El distinto ambiente familiar ha desarrollado en cada uno una mentalidad particular; ciertas amistades han influido sobre los novios en diversos sentidos; cada una tiene su carácter particular, su temperamento propio, sus reacciones personales. Por tanto, sería preciso un milagro para que no surgieran conflictos. Al no producirse éste habitualmente, las personalidades se enfrentan.
El porvenir conyugal entero, la felicidad de los esposos y del hogar, se basan sobre el resultado de tal enfrentamiento. Podrán salir de él unidos real y profundamente, no con la unión superficial de los comienzos, sino con esa unión profunda, probada, sólida que es el camino normal que toma el amor. Esta supone que no se han dejado arrastrar por el pánico y que han sabido orientarse cuando surgen los conflictos iniciales. Estos, que hay que saber prever desde el noviazgo para evitar amargas decepciones, se resuelven entonces para el mayor beneficio de la pareja. Además, con esta perspectiva, deben considerarse como normales.
Se convierten en anormales cuando, de conflictos que eran al principio, se transforman en guerra conyugal. Este es el resultado trágico en que terminan muchas parejas que han vivido su noviazgo ligeramente. Se imaginaban sumidas, sin más ni más, en una vida que la unidad de su amor haría serena: rechazaban la posibilidad de todo conflicto entre ellos como si esto fuera una ofensa a su amor. Pero al entrar en la realidad de una vida conyugal que les sorprende por las dificultades que le son inherentes, asombrados por los conflictos que brotan bajo sus pasos de recién casados, se sienten desconcertados ante unos choques imprevistos.
En vez de intentar con calma evitar los primeros desacuerdos aprendiendo a manejar el uno al otro, adaptarse a él, interpretarle sin falsear sus pensamientos o sus sentimientos, abren fuego y se abruman con reproches mutuos. Y en seguida, comienza la guerrilla del matrimonio: se hostigan recíprocamente hasta que uno de los dos pierde la paciencia y, harto ya, abandona pasivamente la lucha y busca evasiones. Es ya una ruptura que, aun no siendo siempre patente, no por esto deja de ser menos grave y dolorosa.
Así como hay que considerar normal el conflicto de personalidades que se produce al comienzo de una vida conyugal, y por lo tanto no debe sorprender en modo alguno, así también hay que condenarlo cuando se transforma en guerra interna. Cuando el conflicto se agrava de este modo y las personalidades, al endurecerse, se alzan una contra otra, el equilibrio del hogar se rompe, así como la felicidad, que se deshace entonces en un estallido con frecuencia irremediable.
A fin de evitar una evolución tan peligrosa, que los novios se preparen a esos conflictos, que aprendan a anticiparse a ellos, a resolverlos, a evitarlos, efectuando desde la época del noviazgo un serio trabajo de armonización de las personalidades. Que sepan prepararse con la mayor lucidez posible a los inevitables desacuerdos que surgirán a pesar de su buena voluntad.
El papel del amor
Tienen, además, a su disposición la mayor riqueza: su amor. En efecto, es evidente que ese difícil acuerdo de las personalidades, esa función interior de dos seres que van a esforzarse por encontrar un ritmo común en su manera de pensar, de sentir y de vivir, no puede realizarse más que por la fuerza del amor. Este, se ha dicho, «es el camino que lleva al descubrimiento del secreto de un rostro, de la comprensión de la persona hasta la profundidad de su ser».
Realmente, sólo puede comprenderse lo que se ama. Es más, no se comprende sino en la medida en que se ama. ¿No es, además, la mejor prueba del amor esta delicada adaptación de los comienzos? Prueba reveladora de la calidad de un amor serio, capaz de renuncia, de paciencia, de dulzura ante un ser imperfecto y al que debe amarse a pesar de sus imperfecciones.
Sólo un gran amor puede alcanzar esta altura. El sentimentalismo no es el amor; éste es un propósito firme de hacer feliz a quien es su objeto. No es cierto sino en la medida en que es efectivo, y no es efectivo más que cuando los jóvenes esposos, apoyándose en él, llegan a comprenderse, a corregirse, a unirse más estrechamente con el pensamiento y el corazón, eliminando ambos los elementos de desunión.
Solamente un amor semejante hará posible el acuerdo de las personalidades, porque únicamente él aportará a los cónyuges las bases mismas de ese acuerdo: la delicadeza y la perseverancia. Son inútiles, en efecto, todas las tentativas de acuerdo y de unión que no se basen sobre esas dos cualidades indispensables.
Primero, la delicadeza. Más concretamente, con la perspectiva del tema tratado aquí, habría que decir: el tacto. Este es un arte de los más preciados, absolutamente indispensable entre los esposos. Rige todos los intercambios entre ellos, delimitando lo que conviene decir u omitir, proponiendo el modo con que conviene hablar u obrar, determinando el momento mejor para hacer una confidencia o para dirigir un reproche. El tacto no sigue reglas rígidas y fijas; es esencialmente un arte de adaptación. Es, en suma, la expresión concreta de la delicadeza, que debe presidir las relaciones entre marido y mujer.
Es preciso, al entrar en la vida conyugal, aprender a suprimir toda brutalidad, incluso esa a la cual, a menudo se llama, franqueza. «Ser muy franco» no es siempre el modo más acertado de entenderse con su cónyuge. Toda verdad puede decirse, pero no debe decirse toda verdad, en cualquier momento y de cualquier manera.
Constituirá el primer paso en el camino del acuerdo el aprender a proceder siempre con tacto. Esto es tanto más importante de observar, y hay que insistir en ello aún más, cuanto que tenemos todos la tendencia a dejarnos dominar por el temperamento o a perder la paciencia ante las imperfecciones de otra persona. En estas circunstancias, hablar es exponerse a decir tonterías o a ofender con un lenguaje apasionado a aquel o a aquella a quien se pretende invitar a reformarse. ¿Será preciso repetir aquí que en la época de los primeros años de vida en común, a fortiori en la época de los primeros meses, se deberá repetir la antigua fórmula: «Hay que morderse la lengua antes de hablar»?
Digamos, en otros términos, que el tacto indispensable para la buena armonía conyugal impondrá a ambos cónyuges la necesidad de emplear las formas precisas para exponer sus agravios, para expresar su descontento. La preocupación por proceder con tacto conducirá, además, a no hablar nunca bajo el efecto de la emoción violenta que acompaña habitualmente la primera reacción. Le sucede a nuestro espíritu lo que al agua: cuando ésta se enturbia ya no se ve nada en ella; no hay más que dejarla reposar para que recobre su limpidez. De igual modo después de un rapto de malhumor subsiguiente a una torpeza del cónyuge debe uno esperar a recuperar la calma, y al propio tiempo la aptitud para juzgar objetivamente, antes de levantar la voz. Esta manera de proceder es, con seguridad, la regla de oro de que debe proveerse toda pareja juvenil cuando inicie su vida en común. Por no haberla seguido ¡cuántos han visto transformarse su hogar en una palestra cerrada en donde la pareja llegó a zamarrearse recíprocamente a la primera ocasión!
En toda observación, evitar las palabras agrias; en toda crítica; evitar las palabras ultrajantes; en todo reproche, evitar la aspereza; tales son las condiciones que se requieren previamente para el acuerdo conyugal. Éste no puede realizarse más que en un clima en que el afán de comprensión recíproco sea evidente; este ambiente se creará si de una parte y de otra se emplea la destreza necesaria para hablarse con provecho.
A este elemento primordial, habrá que agregar también un segundo: la perseverancia. Unos esposos pueden tener la mejor voluntad del mundo, pueden sentir un deseo vivísimo de adaptarse el uno a la personalidad del otro y pueden estar dispuestos a sujetarse a los más duros esfuerzos para conseguirlo. Perdura, sin embargo, el hecho de que, cuando un joven o una muchacha ingresan en el matrimonio, llegan a él con ciertas costumbres adquiridas y que han tardado una veintena de años en desarrollarse. Por tanto, resulta evidente que, pese a la buena voluntad, es imposible suprimirlas en unos meses. El cónyuge que sufre por una deformación cualquiera del carácter del otro no podrá exigir de éste que realice un cambio completo y repentino. Deberá soportar con paciencia unas imperfecciones que el otro tardará forzosamente cierto tiempo en superar.
La paciencia y la perseverancia deben aliarse para crear el ambiente favorable a la armonía. Si no es fácil soportar las costumbres de gentes extrañas que, sin embargo, viven lejos de nosotros, con mucha mayor razón será difícil soportar las costumbres de una persona con quien se comparte la vida entera.
Saber repetir una corrección, repetirla sin dejar traslucir que está uno harto y a punto de estallar. Repetirla, por el contrario, con incansable afabilidad, con una pizca de buen humor incluso, pero nunca fuera de tiempo. Por ejemplo, nunca delante de extraños. No se reprende a la esposa o al esposo como se reprende a los niños. Vale la pena tenerlo en cuenta porque no hay medio más seguro de llegar a un desacuerdo completo como amonestando al cónyuge delante de amigos, inoportuna e intempestivamente. Una actitud semejante procede casi siempre de un egoísmo bien cultivado que quisiera que el otro fuera instantáneamente perfecto, de tal modo que no hubiera más que placer en su compañía.
Domeñar esta impaciencia, esta precipitación, e imponerse contar con el tiempo esperando que poco a poco se efectúe la evolución requerida, éste es el comienzo de la cordura conyugal. «El tiempo destruye siempre lo que se hace sin él», enseña el proverbio. En esta verdad se basa todo el secreto del acuerdo conyugal. La precipitación es en esta cuestión un enemigo muy peligroso que hay que vencer desde la época del noviazgo.
Exigir del otro que se adapte, que procure mejorar su personalidad, querer que luche contra sus defectos y consolide sus cualidades, bien está. Nada más sensato ni más legítimo. Pero exigir que eso se realice en seguida, y que la transformación sea inmediata o poco menos, sería nefasto. Se obligaría entonces al cónyuge a contentarse con cambiar las apariencias, se le induciría a adoptar unas «actitudes» que serían forzosamente superficiales; el resultado no tardaría en manifestarse con un retorno a las costumbres antiguas y un mutuo desengaño. Si hay algo que debe evitarse, es eso.
Más vale proceder gradualmente, contar con el tiempo y obtener resultados ciertos. Esta paciencia será, sin discusión, una de las formas superiores del amor y un testimonio irrecusable de desinterés. Saber esperar a que el cónyuge logre superar sus defectos, animándole sin, hostigarle, ayudándole sin desquiciarle, éste es uno de los primeros pasos en el camino del acuerdo de las personalidades. Este acuerdo se efectuará con tanta mayor seguridad cuanto con más calma se proceda. Excitarse no servirá de nada; lo más que se conseguirá es exasperarse uno mismo y por ende exasperar al otro. En tal ambiente, el acuerdo, en vez de progresar, retrocedería multiplicando los roces y exacerbando los choques.
Todo esto no quiere decir que se encierre uno en la pasividad esperando que el cónyuge se decida, de una vez, a realizar un esfuerzo para adaptarse, sino que significa que al exigir de él unas manifestaciones de buena voluntad, se impondrá uno a sí mismo una paciencia a toda prueba, respetando el curso del tiempo y contando con la lentitud normal de toda evolución humana.
La aplicación de esta doble regla: «tacto y perseverancia» proporcionará el clima necesario para un trabajo gradual de perfeccionamiento y de adaptación, que llevará a los esposos a una feliz fusión de sus personalidades.
Digamos ahora que es preciso que el uno y el otro tengan empeño en conseguirlo. Se dirá que mencionar esto es superfluo. Todo lo contrario. Porque no es raro encontrar este extraño e ilógico fenómeno por el cual los esposos se niegan a evolucionar en el sentido que exige su unión. Es el caso de todos los que se aferran a sus manías, a su manera de ver, de hablar, de obrar, con el pretexto de que seria debilitar su personalidad el hacerla cambiar en lo que fuera.
Sin tomarnos el trabajo de refutar todo lo que puede haber de sofisma necio y de reacción enfermiza en semejante razonamiento, diremos que la actitud que define hace radicalmente imposible la vida en común de una pareja. Quienquiera que la sostenga se condena a la discordia constante e impone a su cónyuge un verdadero suplicio. La vida conyugal es esencialmente una marcha de dos seres emparejados: es preciso que de una parte y de otra, sepan obligarse a adoptar el paso que se necesita. En caso contrario, la unión será sólo exterior, y la felicidad se verá comprometida sistemáticamente.
Imposible vivir juntos si los cónyuges no tienden a la armonía interior procurando eliminar en ellos lo que pueda desagradar al otro. Se trata, en suma, de intentar hacer que desaparezcan los obstáculos que traen el riesgo de impedir al marido y a la mujer «unirse», es decir agradarse.
Algunos obstáculos importantes
Sin recorrer aquí toda la lista de las dificultades que pueden surgir entre marido y mujer, lista que sería además inagotable dada la complejidad de la naturaleza humana, nos detendremos, sin embargo, en algunos puntos principales cuya importancia no se le oculta a nadie. Existen, en efecto, ciertos escollos de los que deben precaverse los novios, incluso antes de iniciar su vida matrimonial.
Individualismo
Entre éstos el primero es el individualismo, gusano roedor de la unidad conyugal. Este mal, sólidamente arraigado en cada uno de nosotros, remonta siempre a la superficie, por más que se preste atención. Cada cual, impulsado por el individualismo, se dedica a pensar primero en sí mismo, a buscar su comodidad en detrimento ajeno, a facilitarse la vida, aunque sea a costa de unas complicaciones muy desagradables para los otros. Esta mentalidad llevada a la vida conyugal no tarda en minar el amor. Porque ¿cómo amar a un ser que vive sin cesar replegado sobre sí mismo, preocupado de sí mismo, un Narciso cuya actitud de autocontemplación hace de él un aislado en el seno de la pareja? El amor es una corriente bilateral; no puede vivir en sentido único sino por excepción, y no se debe nunca contar con esa excepción.
¡Cuidado, pues, con el individualismo! Los esposos deben desconfiar de él como de la peste, porque puede insinuarse sutilmente y minar las uniones más sólidamente instauradas. Y con mucha mayor razón si se trata de una unión que comienza. Renace la mayoría de las veces con virulencia después de unos cuantos meses de matrimonio. El yugo de la vida en común empieza entonces a dejarse sentir un poco más; las responsabilidades se multiplican, y por una reacción espontánea se tiende a reafirmar los propios derechos.
En general, el proceso principia por el lado del hombre, a quien sus actividades exteriores empujan fuera del hogar. Poco a poco se deja dominar de nuevo por una tarea acaparadora, se ve invadido por preocupaciones ajenas al hogar, y bajo la fuerza siempre tan perniciosa de la costumbre, se dedica a pensar y a reaccionar… como si siguiese todavía soltero. Ha vuelto a ser el «individuo» que era antes de su matrimonio.
Esto resulta, más agudo e indignante para la joven esposa, cuando ésta descubre después de breve tiempo que las atenciones de su marido hacia ella coinciden con los momentos en que él ansía la unión carnal. De aquí a inferir la conclusión que el matrimonio es para él una cuestión de interés fisiológico y no amoroso, no hay más que un paso. Raras son las que, en estas circunstancias, no lo dan.
Y es entonces, del lado de la mujer, la caída en la soledad con todo lo que ésta implica de riesgos desconocidos. Se desprende psicológicamente de su marido, se repliega sobre sí misma y vive de sus recuerdos, de sus añoranzas o de sus sueños. Se endurece también contra aquel en quien nota que vuelve a ser un extraño, y por poco temperamento que ella posea, la ruptura se efectúa de manera cierta, al menos interiormente.
Se rompe entonces la unidad, y cada uno se halla en situación defensiva o de agresión con respecto al otro. Es el triunfo del individualismo y el fracaso del amor. Cuando se ha desarrollado el proceso descrito en las líneas precedentes, hay motivo para creer que los esposos acaban de dar la espalda a la felicidad. Ésta, una vez contraído el matrimonio, no es posible más que en la unidad. Ahora bien, la unidad resulta imposible allí donde triunfa el individualismo; esto es evidente.
Por eso los esposos deben dar muestra de una vigilancia siempre viva. No bien asoma la oreja el individualismo, es decir, en cuanto se vuelve a hablar con demasiada frecuencia sólo en primera persona, en cuanto procura uno aislarse del otro en sus ocios, en sus actividades sociales, y a recobrar su libertad de acción, desde ese momento es preciso reaccionar a toda prisa.
Hay que esforzarse en seguir siendo una pareja, unida con tanta frecuencia como sea posible y en todos los terrenos posibles; ciertamente, habrá, tanto del lado del hombre como del lado de la mujer, ciertas formas de actividad en las que se encuentra uno solo. Esto es normal y ahí no está el mal. Éste comienza cuando se suscitan esas ocasiones y se las provoca sistemáticamente, con el fin, inconfesado, pero sin embargo indiscutible, de liberarse. Hay que ser entonces lo bastante lúcido para comprender que se arriesga uno en una pendiente que someterá rápidamente el amor a una ruda prueba. Hay que reaccionar no bien esa tendencia aparece y volver entonces a esa preocupación del «nosotros dos» que es la salvaguardia primera de la armonía.
Sería ridículo e inconsecuente, después de haber escogido el amor y optado por el matrimonio, mutilar la unión por el solo motivo de negarse a vivir realmente en compañía del otro. Vivir con él en el sentido estricto de la palabra, con toda la solicitud atenta que ello supone.
El culto del nosotros es la clave primera del acuerdo entre esposos. Al aceptar el amor —y su consecuencia final que es el matrimonio— el uno y el otro han aceptado oficialmente el construir un nosotros en detrimento de su yo. No se debe, desde los primeros meses de vida en común, recuperar lo que acaba apenas de darse. Volver entonces a su yo para protegerle contra las invasiones legítimas del nosotros, intentar multiplicar las estratagemas para retirar con la mano izquierda lo que la mano derecha acaba apenas de ofrecer, reservarse terrenos intocables donde pueda uno aislarse y olvidar sus responsabilidades, esto se llama atacar seriamente la unidad conyugal.
Cuando unos esposos comienzan a poner un cuidado exagerado en su propia personilla, cuando se aplican a reducir sus obligaciones al mínimo estricto, ¿cómo podría conservarse vivo el amor? Hay para todos los esposos un dilema inevitable: o desarrollan el culto del yo, o se consagran al culto del nosotros. No hay término medio entre estas dos actitudes; hay que adoptar la una o la otra.
Ahora bien, quien se repliega sobre sí mismo y deja que el yo se hinche en él, verá muy pronto a éste ocupar todo el sitio. Volverá a ser un individuo preocupado sólo de su persona; y el hogar estará tras él como la jaula detrás del pájaro. Huirá de él. Será el final del amor. El final de la paz. El final de la felicidad. No hay acuerdo posible entre el individualismo y la vida en común. Bajo pena de ver que ésta se hace insostenible, hay que consagrarse a un culto constante y atento del nosotros. Pues de otro modo, no se logrará nunca la armonía conyugal.
El individualismo es el enemigo acérrimo de todo amor, el combate que se entabla entre los dos es siempre decisivo allí donde triunfa el individualismo, el amor fenece; cuando se desea la victoria del amor, hay que domeñar el individualismo.
Los celos
Por otra parte, se evitará el desarrollar, en sentido contrario, un espíritu de posesión demasiado acaparador. ¿Quién no conoce esa mentalidad tan enojosamente mezquina con la cual el marido o la mujer tienden a considerar al cónyuge como «su cosa»?
Ciertamente existe, ligado a todo amor, un exclusivismo sano, y cuya ausencia sería inquietante en quien dijese que ama. Pero de ahí a adoptar una actitud recelosa basada en una desconfianza suspicaz hacia el cónyuge, hay un margen considerable. Esto equivaldría a mostrar todos los síntomas de esa llaga perdurable de la vida conyugal: los celos.
Nadie duda que éstos sean un estado morboso de los mejor caracterizados. Están constituidos por un conjunto de complejos que se recortan en las divagaciones de una imaginación cuyos tinglados llegan a veces al delirio. No se puede hacer razonamientos a un celoso; no hay más que resignarse a soportarle. Ahora bien, tal resignación, con todo lo que contiene de disgusto y de lasitud, sería difícil de mantener durante toda la vida. Por eso no vacilamos en advertir a los novios a quienes, están destinadas estas páginas que en caso de que los celos hagan su aparición desde la época del noviazgo, no hay más que una solución, por dura que sea: la ruptura.
¿Tal vez se piense que esta solución es demasiado radical? Se intentará entonces reformar al celoso inspirándole una confianza a la cual no puede llegar, se esforzará el otro en evitar toda actitud equívoca que pudiera prestarse a una falsa interpretación. Toda esta buena voluntad será, sin embargo, trabajar en balde porque el demonio de los celos es de los más tenaces; no abandona fácilmente a aquel en quien mora. No hay quizá para el amor un extravío más comprometedor que éste. Y es que, bajo el influjo de tal pasión, el clima de armonía, que se basa por completo en la confianza mutua, se altera rápidamente. Las escenas se suceden: se acusa, se implora el perdón, y, apenas concedido éste, se vuelve a empezar con más fuerza, entregándose de nuevo a la estratagema de las suposiciones gratuitas.
Estos cambios no pueden durar indefinidamente sin que la vida llegue a hacerse insoportable. Ahora bien, ¿quién querría empeñarse en una existencia tal? Nadie, seguramente. Y, sin embargo, hacia esta situación infernal se encaminan el novio o la novia cuando aceptan casarse sabiendo que el otro es celoso. Después, es ya demasiado tarde; no hay más que zafarse de la situación intentando mejorarla con la mayor habilidad posible. En caso necesario, no hay que temer en recurrir a un tratamiento psiquiátrico. El celoso es un enfermo y hay que saber considerarle como tal.
Por lo demás, los esposos deben ser siempre circunspectos y cuidar de corregir la menor desviación en ese sentido, en cuanto aparezca. Como ya hemos dicho, existe un exclusivismo de buena calidad, exigido por el mismo amor; pero no bien se entregue ese exclusivismo al juego de la imaginación y se cree problemas con exceso frecuentes o demasiado violentos, sin causa proporcionada, hay que contenerlo. Una pareja no puede vivir más que de confianza mutua; sin ésta la tortura será segura con las rebeldías brutales que forzosamente originará.
Hay, podría decirse, una higiene del amor que se denomina confianza. Ésta se desarrolla por intercambios periódicos de opiniones, que deben mantenerse a fin de que la imaginación, sobrecargada en ciertas horas, se modere y recobre su aplomo. Por eso es preciso que todo cónyuge desarrolle en sí mismo un reflejo defensivo contra las sospechas que puedan surgir eventualmente en su interior. Saber probar el fundamento de aquéllas es absolutamente necesario, y la regla prescribe que, en caso de duda, se confíe en el cónyuge. Es ésta la primera manera de ser justo con él.
Humor detestable
Siempre dentro del capítulo de los obstáculos que se alzan en el camino del amor, y contra los cuales viene a estrellarse con frecuencia la armonía de la pareja, hay que señalar además el malhumor crónico.
¡Poco importan todas las explicaciones que se aporten para justificarlo! Ya provenga de un hígado averiado o de un estómago enfermizo, ya sea simplemente efecto de un mal carácter, o ya dependa de un sistema nervioso fuertemente quebrantado, en cualquier caso el malhumor lo estropea todo. Actúa como pantalla en el amor, a semejanza de las nubes que se interponen entre la tierra y el sol. Éste, sigue estando allí y brilla en el firmamento, pero ni su luz, ni su calor consiguen atravesar la densa capa de nubes que lo aíslan de la tierra.
En un hogar donde impera el malhumor, el amor puede muy bien existir e incluso ser profundo, pero no brilla y se olvidará muy pronto que existe, disimulado como está detrás del biombo estanco de las caras desabridas.
Cuando el mal se revela constante, lleva por lo general a aquel de los cónyuges que debe soportar la irritación del otro, o bien a responder en la misma moneda, o bien a huir. La primera solución engendra, sin duda, roces multiplicados cuya intensidad se hace más peligrosa cada vez. Entonces, es la cólera la que hace su aparición y lanza a uno contra otro, a un hombre y a una mujer, que deberían procurar entenderse pero que, por exaltarse, acabarán muy pronto por injuriarse y ofenderse.
Contra tal peligro conviene cultivar la serenidad. Una atmósfera en calma favorece mucho más la armonía que las actitudes obstinadas; hay un gran peligro en entregarse a esos modales por medio de los cuales muestra uno su descontento enojándose. En realidad, enojarse es una puerilidad que resulta intolerable en los adultos.
Que la mujer, sobre todo, se guarde de manejar esa arma de dos filos; la tentación es quizá mayor en ella a causa de su sensibilidad tan propensa a la influencia. Una mujer adulta no se enoja; si alguna vez lo hace, será accidentalmente. Pero si, por desgracia, a causa de una falta de madurez flagrante se entregase a esa costumbre tan desagradable, ¡qué amenaza significaría para el hogar! En efecto, en tales circunstancias, éste llega a ser inhabitable para el marido, que no sabe nunca lo que va a encontrar en su casa: una cara sonriente o un «rostro de palo». Cuando éste último es desde luego más frecuente, el esposo busca disculpas para huir de un hogar que, por ese motivo, no tiene nada de atrayente. Es la evasión, con los riesgos innumerables que implica. Casi siempre la evasión del esposo es fruto del malhumor de la esposa. Por tanto, hay que hacer lo posible por conservar la serenidad que permite a los esposos complacerse en su compañía mutua.
Además, con mucha frecuencia, en el origen del enojo, está el orgullo. Algunas torpezas inconscientes y repetidas traen como consecuencia que la mujer ofendida se refugie en una protesta silenciosa pero virulenta. Se encierra en sí misma, negándose a avanzar más por el camino de la comprensión. Y no admite el perdón. Pensando que ha iniciado ella demasiadas veces los pasos para la reconciliación, se repliega ahora a la defensiva y manifiesta su protesta con una terquedad irreducible.
Aparte de que esta manera de comportarse es anticonyugal, ¿no resulta evidente que es también, simplemente anticristiana? Con el pseudónimo de Heylem, un autor que se dirigía precisamente a las esposas y a las madres, subrayando el peligro que hay para ellas en eludir el esfuerzo, transcribía brevemente el discurso que se dirige una para sus adentros en esos casos: «No, no cederé. Estoy ya harta de hacer el papel de la “buena chica” que da siempre el primer paso, el primer beso, la primera sonrisa. Si fuese mía la culpa, estaría justificado. Pero… no transigiré. Es una cuestión de justicia. Y también de amor propio. Además, no me gusta perder prestigio, ni siquiera ante mi marido».
A modo de respuesta a esta actitud agresiva, tan peligrosa para la armonía conyugal, el autor recordaba la parábola del hijo pródigo en la que el padre está a punto de perder prestigio ante el hijo. El perdón es una de las piedras de toque del verdadero cristianismo; debe, pues, extenderse a toda la vida y a toda persona. Con mucho mayor motivo se impone, como una necesidad, a los esposos que, además de amarse con caridad, comparten un amor humano por el cual se han entregado el uno al otro sin reserva.
Hay que insistir en este aspecto. Hablábamos antes de la mujer que se refugia con frecuencia en el «enfado» y se niega a perdonar. Si esto se produce a menudo en ella, es que su sensibilidad, mucho más vulnerable que la de su marido, la expone aún más a heridas internas.
No posee ella, sin embargo, el monopolio del malhumor. Hay que reconocer que el hombre, a su vez, lo utiliza con frecuencia, impulsado por su orgullo. Se ha ofuscado por un motivo o por otro, y entonces se apoya en su soberbia sublevada, decidido a no hacer ninguna concesión. En él también, la fobia a dar el primer paso puede triunfar.
Semejante política es, evidentemente, anticonyugal. Si hay una manera de hacer la vida en común insostenible, es realmente ésa. En este caso, el triunfo de la terquedad, del orgullo y del malhumor, significa la ruptura del acuerdo entre los esposos; prepara el terrible empuje de un egoísmo que se desarrollará sobre el amor como un cáncer, royendo todas las facultades de entrega, minando todas las generosidades.
Es necesario, a todo precio, vencer el malhumor, y para conseguirlo, cultivar el arte del perdón recíproco. Que no se tema ir demasiado lejos en ese sentido, porque si es peligroso perdonar demasiado, mucho más peligroso es no perdonar lo suficiente. De tener que elegir entre los dos excesos, habría que optar sin titubeo por el primero, porque un exceso de bondad sólo puede servir al amor, mientras que, por el contrario, éste no podría sobrevivir a una negativa de perdón. En la vida conyugal es donde tiene mejor aplicación la respuesta de Cristo: ¿Cuántas veces hay que perdonar? Setenta veces siete… Es decir, ¡siempre! Solamente en la medida en que el uno y el otro hagan de esta ley cristiana norma de su vida cotidiana florecerá la vida en común en la comprensión.
Cualquier otra orientación sólo puede acarrear endurecimientos y choques que acabarán por destruir la felicidad. Para que la vida en común sea bella, para que sea armoniosa y reine en ella la alegría, para que el amor sea fácil, es preciso que marido y mujer se traten con toda caridad, concediéndose recíprocamente un perdón renovado sin cesar.
Muy cercana al malhumor del que acabamos de hablar está —igualmente nefasta— la taciturnidad. El malhumor se caracteriza por cierta agresividad que se deja sentir hasta en los silencios y que se trasluce en los menores gestos. La taciturnidad se caracteriza, al contrario, por la pasividad. Es un estado de espíritu en el cual no se encuentra nada que decir; se encierra en un silencio que confina con la indiferencia y se atrinchera en sí mismo.
Este defecto es, la mayoría de las veces, patrimonio del hombre. Aun no siendo siempre consecuencia de mala voluntad, no por ello debe dejar de ser corregido. Hay maridos que no comprenden que imponen así a su mujer un verdadero suplicio.
A lo largo de todo el día, ésta queda confinada en su hogar donde no tiene nadie con quien conversar, ¡como no sea con sus pequeños! Cuando llega el marido, siente ella una necesidad muy comprensible de «comunicarse» con él. Pero éste, cansado, rendido, no se encuentra con ganas de conversar. Unos cuantos monosílabos revelan en seguida a la esposa que el silencio es norma fija. Cuando esta se repite con regularidad, cuando el marido no piensa más que en arrellanarse beatíficamente en un sillón para leer la reseña de los actos deportivos o concentra toda su capacidad de atención en los comentarios que difunde la radio, la mujer se siente rechazada. Si el marido se contenta con un breve saludo para encerrarse después en un mutismo desconcertante, ¿cómo podrá él llegar nunca a comprender a su mujer?
Por seguir este sistema bastante simplista más de un marido ha llegado a ser un extraño para su esposa hasta el punto de no saber ya nada de ella: de sus pensamientos y de sus sentimientos; de sus esperanzas y de sus decepciones, de sus alegrías y de sus penas. Ahora bien, cuando unos cónyuges llegan a ser extraños el uno para el otro, cualesquiera que sean los beneficios que puedan lograr por otra parte, están al borde del fracaso. La situación es tan falsa, en efecto, que no puede durar, y tarde o temprano, un acontecimiento vendrá a arrancar la máscara para dejar aparecer la triste realidad de un amor desengañado.
Que el marido sepa, pues, hacer un esfuerzo para salir de sí mismo y para dedicar a su esposa, por lo menos, tanta atención como prestaba en otro tiempo a su novia. ¿No es extraño, en efecto, que en la época del noviazgo haya uno tenido tantas y tantas cosas de que tratar, hasta el punto de no acabar nunca de conversar durante las tres o cuatro tardes en que los novios estaban juntos? Es un contrasentido sorprendente pensar que una vez casados, no se pueda encontrar medio de conversar juntos seriamente, de cuando en cuando. Por eso, así como hay que combatir el malhumor, hay también que luchar contra la taciturnidad, a fin de que el hogar brille siempre con la luz de la alegría. Ésta, solamente, prepara el clima necesario para una comprensión honda y duradera; es, indiscutiblemente, la mejor salvaguardia del amor.
El alcohol
Por último, entre los obstáculos que pueden comprometer irremediablemente la armonía conyugal, no puede dejarse de mencionar el alcohol como uno de los más perniciosos.
Es obvio que el alcoholismo enfermizo que transforma el marido en un beodo inveterado es enemigo del amor. No insistiremos en ello, pues ningún hombre sensato pretenderá lo contrario.
El peligro llega a ser más especioso en aquella situación en que el alcoholismo no es todavía enfermizo. Se infiltra poco a poco con los aperitivos que se multiplican, los licores, los vinos, etc. Se sostiene entonces que no se trata de un exceso sino de un uso moderado que no puede alterar en nada la paz del hogar. A esto, y no por dar crédito a una teoría cualquiera y sin otro fin que prevenir las dificultades en las que se hunden numerosos amores juveniles, responderemos que un uso, aun moderado, no bien se hace un poco intensivo y sobre todo habitual, es siempre un abuso. Si no en sí mismo, al menos en las consecuencias que ocasiona.
Para ilustrar esta idea hay que recordar la observación del doctor Massion-Verniory: «Para manifestarse la desarmonía no requiere que el marido vuelva borracho perdido o excitado hasta el punto de llegar a vías de obra con los que le rodean. Se manifiesta ya en el matrimonio en el cual el marido, agente comercial, funcionario o empleado, le gusta entretenerse con un compañero al regreso de un viaje o a la salida de la oficina, antes de volver a su domicilio. Se va al bar o se acomoda en un café. Con el número de camaradas aumentan las rondas, así como el tiempo pasado lejos del hogar». El cuadro no es imaginario; está tomado del natural y describe con exactitud unos hechos de los que todos han sido testigos.
De igual modo, las siguientes líneas señalan las consecuencias desastrosas que esa manera de proceder puede acarrear en el ámbito conyugal: «El marido vuelve eufórico, un poco excitado, y se siente en vena de probárselo a su mujer. Irritada ya por su retraso y asqueada por su aliento, ella se muestra reacia a ciertas insinuaciones, sobre todo si éstas se efectúan en medio de una ocupación absorbente. La cólera ruge en ella; y los reproches se profieren en un tono amargo y agrio. Si el marido no tiene fuerza de voluntad para dejar de beber, puede surgir un conflicto agudo, cargado de consecuencias para la estabilidad del hogar, porque la esposa acaba a la larga por sentir repulsión y desprecio hacia el ser al que amaba intensamente».
Repulsión, desprecio, asco, tales son las consecuencias inmediatas del alcohol. La pareja se ve arrastrada rápidamente a unas rupturas que al principio se superan, pero que se hacen cada vez más hondas, para acabar siendo irreparables.
Por eso conviene insistir ante los novios para que ese peligro quede descartado desde el principio. Será necesaria, por encima de todo, una constante energía para que el joven marido no se deje captar por incitaciones que las costumbres de nuestra época multiplican, sin que se advierta. Y necesitará la joven esposa mucha habilidad para apartar a su esposo de esa tendencia.
Aceptar las imperfecciones del otro
A todos estos obstáculos que hemos señalado por ser los más frecuentes, se añaden otros. Cada pareja deberá descubrir los que le sean particulares para superarlos lo antes posible. El amor es hermoso y entusiasmador, pero no llegará a sobrevivir si no se le asegura una atmósfera sana.
Ahora bien, la salud del amor es la armonía. Se realizarán, pues, todos los esfuerzos precisos para conseguirlo, y se aplicará la pareja a efectuarlo desde los primeros meses. Para llegar a un acuerdo perfecto, a una armonía definitiva, se recordará que ésta requiere una larga temporada y, por consiguiente, se pondrá en ello la paciencia necesaria. Pero desde el período del noviazgo, se preocuparán de depurar su personalidad para que ésta presente la menor cantidad de asperezas. Y se trabajará conjuntamente en preparar una unión que sea realmente inquebrantable: ¡No de palabra sino de verdad!
Convivir dos personas no es un modo de existencia fácil. Porque si hay, de una parte, numerosas cualidades, elementos seguros de armonía, hay también, de la otra, en cada uno de los esposos, unas imperfecciones no menos ciertas, unos defectos no menos numerosos. Por consiguiente, la convivencia de dos seres, para desarrollarse armoniosamente y llevar a la felicidad, deberá construirse teniendo en cuenta esas deficiencias.
Aplicarse, sobre todo, a superarlas será indispensable; en otros términos, cada uno de los esposos deberá entablar consigo mismo un combate diario, a fin de hacerse más maleable extirpando de su persona todo lo que pudiera engendrar conflictos y producir el desacuerdo, a más o menos breve plazo. Sentirse consciente de esta necesidad verdaderamente vital para el amor, aceptar concretamente el conformarse a ella, no incurrir, en el curso de los años, en la desatención a fin de que el otro no se entregue a la indiferencia, esto aparece como la ley fundamental del acuerdo entre los esposos.
A lo cual podría añadirse que es preciso, además, aceptar las imperfecciones del cónyuge; aceptarlas, no como una molestia a la que está uno, a su pesar, condenado y que sólo se soporta a regañadientes, sino aceptarlas como la prueba misma del amor que dice consagrar al otro. Porque sería fácil amar a un ser perfecto; pero ¿semejante amor no pararía en el egoísmo? Por el contrario, amar a un cónyuge imperfecto, vivir con él en la más profunda comprensión, esforzarse en hacerle feliz sin tener con él más que exigencias, matar en sí la tentación del reproche constante, esto es verdaderamente una prenda de amor. Sólo puede alcanzarse la felicidad, en la vida conyugal, cuando el amor llega hasta ahí.
