PADRE JUAN CARLOS CERIANI: DOMINGO DE SEXAGÉSIMA

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DOMINGO DE SEXAGÉSIMA

En aquel tiempo: Como se juntase una gran multitud, y además los que venían a Él de todas las ciudades, dijo en parábola: El sembrador salió a sembrar su simiente. Y al sembrar, una semilla cayó a lo largo del camino; y fue pisada y la comieron las aves del cielo. Otra cayó en la piedra y, nacida, se secó por no tener humedad. Otra cayó en medio de abrojos, y los abrojos, que nacieron juntamente con ella, la sofocaron. Y otra cayó en buena tierra, y brotando dio fruto centuplicado. Diciendo esto, clamó: ¡Quien tiene oídos para oír, oiga! Sus discípulos le preguntaron lo que significaba esta parábola. Les dijo: A vosotros ha sido dado conocer los misterios del reino de Dios, en cuanto a los demás se les habla en parábolas, para que “mirando, no vean; y oyendo, no entiendan”. La parábola es ésta: La simiente es la palabra de Dios. Los de junto al camino, son los que han oído; mas luego viene el diablo, y saca afuera del corazón la palabra para que no crean y se salven. Los de sobre la piedra, son aquellos que al oír la palabra la reciben con gozo, pero carecen de raíz; creen por un tiempo, y a la hora de la prueba, vuelven atrás. Lo caído entre los abrojos, son los que oyen, mas siguiendo su camino son sofocados por los afanes de la riqueza y los placeres de la vida, y no llegan a madurar. Y lo caído en la buena tierra, son aquellos que oyen con el corazón recto y bien dispuesto y guardan consigo la palabra y dan fruto en la perseverancia.

La Parábola del Sembrador, que trae el Evangelio de este Domingo de Sexagésima, es bien conocida y ya la he comentado de diversos puntos de vista en años anteriores. Hoy quiero detenerme en la respuesta que dio Nuestro Señor a sus discípulos. Tomo el texto de San Mateo, que es más amplio y preciso que San Lucas y explica bien esa frase fuerte “mirando, no vean; y oyendo, no entiendan”:

Se aproximaron sus discípulos y le dijeron: ¿Por qué les hablas en parábolas? Les respondió y dijo: A vosotros es dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero no a ellos, porque a quien tiene, se le dará y tendrá abundancia; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni comprenden. Para ellos se cumple esa profecía de Isaías: “Oiréis, pero no comprenderéis, veréis, y no conoceréis. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, y sus oídos oyen mal, y cierran los ojos, de miedo que vean con sus ojos, y oigan con sus oídos, y comprendan con su corazón, y se conviertan, y yo los sane”. Pero vosotros, ¡felices vuestros ojos porque ven, vuestros oídos porque oyen! En verdad, os digo, muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.

Comencemos por ubicar la parábola en su contexto. Hacia la mitad de su vida pública, el Señor cambió de método en su predicación. Para exponer los misterios del Reino de Dios, en vez de aquel lenguaje transparente que empleó en el Sermón del Monte, adoptó un lenguaje más velado y, a veces, casi enigmático.

¿Cuál fue el motivo que indujo al Señor a cambiar de sistema? Los escribas y los fariseos, celosos de la preponderancia del divino Maestro, a quien, además, consideraban como blasfemo, endemoniado, amigo de pecadores y corruptor de la ley, soliviantaron contra Él a las multitudes, que se pusieron en guardia contra sus enseñanzas.

En concreto, Jesús, en el concepto de aquel pueblo, desviado por las predicaciones y la influencia política y religiosa de sus enemigos, ya no era el Maestro de verdad infalible.

Fue entonces cuando Jesús cambió de procedimiento pedagógico en sus predicaciones. Sus milagros se hicieron menos frecuentes y su predicación, sin perder nada de su fuerza, dejó de ser la exposición clara y propia de los conceptos, se revistió del ropaje de la parábola, escondiendo su doctrina espiritual bajo el envoltorio de este género de apólogo.

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San Mateo nos dice que esta predicación y explanación de esta parábola la realizó Jesús el mismo día de una de sus acérrimas disputas con escribas y fariseos.

Nuestro Señor, antes de dar la explicación de esta parábola, da la razón de su pedagogía; y ella radica en que hay dos clases de hombres con respecto al Reino de Dios:

— Unos, protervos, que no quieren reconocer los títulos que Cristo exhibe de su misión mesiánica (su doctrina y sus milagros), aferrándose más bien al equivocado concepto de un reino material y glorioso en la tierra; éstos no merecen se les expliquen los misterios del Reino de Dios.

— Otros, en cambio, como los Apóstoles, que creen en la legación de Jesús, y a éstos explicará claramente su pensamiento.

Ya hemos dicho muchas veces que los judíos conservaban una indiscutible fe en el Mesías; pero la noción sobre éste había sido tergiversada: si hubieran reconocido la misión de Jesús, aquella fe se hubiese desarrollado con el don mayor de su entrada en la Iglesia; pero, a partir de su apostasía, aquella primera gracia les resulta inútil.

En cambio, los discípulos de Jesús pasarán de aquella fe a la abundancia del Reino de Dios.

Esta mala disposición de los fariseos, sacerdotes y levitas –se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado– motivó un cambio en la pedagogía de Jesucristo; la cual Él mismo sintetiza con estas tremendas palabras: Por eso les hablo en parábolas, para que “mirando, no vean; y oyendo, no entiendan”…

Ven con los ojos de su imaginación y de su entendimiento el contenido material de la parábola, y oyen con sus oídos las cosas indicadas en su descripción; pero no penetran su profundo sentido.

Es la pena que ha merecido su incredulidad: si no han creído en la doctrina, confirmada con tantos milagros, menos creerán las profecías del Reino de Dios, que se encierran en las parábolas.

En esta conducta del pueblo judío para con Jesús, se manifiesta el cumplimiento de una antigua profecía transmitida por el Profeta Isaías, que el mismo Jesús cita y aplica (Is. 6, 8-10):

Y oí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Respondí: Heme aquí; envíame a mí. Y dijo Él: Ve y di a este pueblo: Oiréis con cuidado, y no entenderéis: miraréis con atención y no conoceréis [veréis la imagen, el enigma, no la realidad que contiene]. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido [imagen de la insensibilidad, de la indiferencia], y con los oídos pesadamente oyeron, y cerraron sus ojos, por miedo a que vean con los ojos y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón, y se conviertan y yo los sane, y les sean perdonados los pecados.

Lo que esta traducción dice aquí en futuro, en el hebreo de Isaías está en imperativo: Oyendo, oíd, y no entendáis; y viendo, ved y no conozcáis.

La versión de los Setenta y San Mateo, traducen por futuro, porque el imperativo tiene aquí valor de futuro, como en otros muchos lugares.

De todos modos, de las dos maneras viene bien en este lugar. Porque, si lo leemos en futuro, se significa no lo que Dios quiere que hagan, sino lo que ellos de hecho harán; y, si leemos en imperativo, el sentido es verdadero y elegante, aunque más difícil, porque parece que Dios manda que oigan y no escuchen.

Pero la frase, a pesar de todo verbal, no es imperativa, ni declara lo que quiere Dios, sino lo que ellos habrán de hacer.

En la frase, Porque se ha embotado (o endurecido) su corazón, es Dios quien habla, no el Profeta; y Dios no iba a decir Endurece el corazón de este pueblo, etc., porque Él sólo puede hacerlo; además de que el corazón del pueblo ya estaba endurecido y sus ojos ciegos.

No es, pues, que Dios ahora mande, o el Profeta ruegue, que se cieguen los que ya estaban ciegos, sino que da la razón por la que no habían de entender, que era estar ciegos.

Es el terrible castigo de uno de los pecados contra el Espíritu Santo: La impugnación de la verdad conocida.

Dios no ciega más que indirectamente, apartando poco a poco a los impíos de la luz de la verdad y de la gracia, a fin de castigarlos por su malicia. Es por esta razón que ven y no ven, oyen y no entienden.

Que uno vea y entienda es por gracia de Dios. Pero que uno vea y no entienda consiste en que no quiere recibir la gracia, cerrando los ojos; y, fingiendo que no ve, no admite la verdad. Y así no se corrige de sus pecados por lo que ve y oye; y sufre, por lo tanto, el efecto contrario.

Dios da, pues, vista e inteligencia a los que ruegan; en tanto que ciega a los demás, para que no les sirva de mayor condenación el que, entendiendo, no quieran hacer lo que les conviene.

Y, sin embargo, la misericordia divina les ha concedido que lo conociesen, para que, convirtiéndose, mereciesen el perdón.

Por el contrario, a los discípulos, que han sido dóciles a sus enseñanzas, los trata Jesús con predilección especial, abriéndoles de par en par los misterios del Reino de Dios. Es para ellos el comienzo de la bienaventuranza: ¡Pero felices vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen! En verdad, os digo, muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.

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Parece que esta sentencia es contraria a aquella otra: Porque me viste, Tomás, creíste. Bienaventurados los que no vieron, y creyeron.

Aquellos Profetas y Justos, a los que Cristo pospone a los Apóstoles, parece que habían de ser más bienaventurados que los Apóstoles, porque, sin ver, creyeron.

Jesucristo quiere decir aquí que los Apóstoles son más bienaventurados que aquellos Profetas, porque, siendo creyentes tanto unos como otros, y deseando unos y otros ver lo que creían, aquéllos no lo consiguieron y éstos sí.

Y la verdad es que se ha de tener por gran bienaventuranza la gracia de conocer personalmente al Hijo de Dios, por tanto tiempo esperado.

En la otra frase, Bienaventurados los que creyeron sin ver, Cristo los prefiere a aquellos que miden su fe por lo que ven los ojos, y no creen sino lo que ven.

Y no cabe duda de que Cristo quiso anteponer los Apóstoles a los Profetas, porque lo que éstos vieron de lejos, aquellos lo contemplaron de cerca; lo que éstos obscuramente, aquéllos con toda claridad; lo que los Profetas en espíritu, los Apóstoles con los ojos de la cara, y lo palparon con las manos, como dice San Juan: Lo que vimos con nuestros ojos y contemplamos y nuestras manos palparon del Verbo de vida, esto atestiguamos y os anunciamos.

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Llama Jesucristo misterios del reino de los cielos a la doctrina del Evangelio que no es dado conocer a los que están fuera y no quieren creer en Él.

Para los que están fuera, las palabras y los hechos del Salvador no son sino parábolas, porque ni por los milagros que obraba, ni por los misterios que anunciaba, quieren reconocerle por Dios; y por tanto, no merecen alcanzar la remisión de sus pecados.

Ellos creen que ven, pero no ven; y oyen ciertamente, pero no entienden. Jesucristo les ha ocultado esto para que no reciban un daño mayor, si llegan a despreciar estos misterios divinos después de conocerlos, pues el que primero entiende y después desprecia, merece mayor castigo.

Así oyen sólo en parábolas, cuando cerrados los sentidos de su alma, no se cuidan de conocer la verdad, olvidándose de lo que dijo el Señor: Quien tiene oídos para oír, oiga…

Que no les hablase más que por parábolas, y que, no obstante, no cesara de hablarles, demuestra que a los que están cerca del bien, aunque no lo posean, se les manifiesta lo oculto.

Cuando se acerca alguno con reverencia y corazón recto, consigue abundantemente la revelación de las cosas ocultas; pero el que no tiene estas sanas disposiciones, no es digno de las cosas que son fáciles para otros.

Es un don de Dios y una gracia que viene del Cielo el conocer los misterios divinos; y los que no han recibido ese don son ellos mismos la causa de todos sus males.

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Pero el Señor, a fin de no desesperar a éstos, ni dejar en la pereza a los que han recibido este don, hace ver que el principio de estos dones viene de nosotros. Por eso añade: Porque al que tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará.

Como si dijera: a aquel que tiene deseo y celo se le dará todo lo que viene de Dios; por el contrario, a aquel que está privado de este deseo y no pusiere de su parte cuanto puede para conseguirlo, ése no recibirá los dones de Dios, y lo que tiene se le quitará, no siendo Dios el que se lo quita, sino el hombre que se hace indigno de poseerlo.

De aquí es que, si vemos nosotros que oye alguno con pereza la santa doctrina y que, a pesar de nuestros esfuerzos, no podemos persuadirlo a que atienda, no tenemos más remedio que callar, porque, si insistimos, aumentaremos la pereza y la culpa.

Por eso San Lucas trae más abajo esta interesante variante del texto: Al que parece tener, porque el mismo no posee lo que tiene.

Por el contrario, al que desea aprender lo atraemos con facilidad y lo hacemos capaz de recibir muchas cosas.

A los Apóstoles, que creyeron en Jesucristo, les fue dado lo que les faltaba en virtudes; y a los judíos, que no creyeron en el Hijo de Dios, se les han quitado hasta los bienes naturales que poseían, y perdieron hasta la Ley que habían tenido.

La fe en el Evangelio tiene la plenitud de los dones, porque, una vez recibida, nos enriquece con nuevos frutos; mientras que, si se rechaza, nos quita los dones que hemos recibido en el primer estado.

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Y para expresar con más claridad lo que ha dicho, añade Jesús: Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden.

Esto significa que esta ceguera es voluntaria; porque, si ellos no pudieran abrir los ojos, esta ceguedad sería natural; por eso no dijo: No ven, sino: viendo, no ven…

Ellos vieron lanzar a los demonios, y dijeron: Lanza los demonios en nombre de Belcebú

Veían que atraía a todos a Dios, y dijeron: No viene este hombre de Dios

Y puesto que publicaban lo contrario de lo que veían y oían, por eso se les quitó la facultad de ver y de oír.

De la verdad predicada y atestiguada por milagros no sacan utilidad alguna, sino que se precipitan a una condenación mayor.

Por esta razón, al principio no les habló el Señor en parábolas, sino con toda claridad; y, si luego les habló en parábolas, es porque pervirtieron lo que habían oído y visto.

En seguida, a fin de que no pudieran decir: «Nos calumnia este enemigo nuestro», cita el pasaje del Profeta Isaías que dice lo mismo acerca de ellos. Por eso prosigue: En ellos se cumple la profecía de Isaías: “Oiréis, pero no comprenderéis, veréis, y no conoceréis”.

Esto es, oiréis con el oído las palabras, pero no entenderéis el sentido que encierran. Viendo veréis, esto es, la carne; y viendo no veréis, esto es, no comprenderéis la Divinidad.

Todo esto lo dijo el Señor porque se les quitó a los judíos la facultad de oír y de ver; y no sólo no oían, sino que oían mal. Por eso dice: Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, y sus oídos oyen mal, y cierran los ojos.

Es una consecuencia de su mala voluntad, pecado hijo de su libertad…

Y a pesar de todo esto, las palabras no sea que se conviertan, y yo los sane demuestran que, si se convirtiesen, serían sanados. Dan a entender, además, la voluntad de reconciliarse con ellos, y demuestran la posibilidad de que se convirtiesen, hiciesen penitencia y se salvasen.

De donde resulta que merecieron por sus pecados el no entender; y aun en esto brilla la misericordia de Dios, porque de este modo podían conocer sus pecados, convertirse y merecer el perdón.

Si ellos no han creído, es porque Dios les ha cerrado sus ojos; pero siendo imposible que Dios sea culpable, nos vemos precisados a confesar que merecieron, por ciertos pecados anteriores, quedar de tal manera ciegos, que quedaron incapaces de creer.

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Y quedaron ciegos para que no comprendiesen las parábolas del Señor; y no comprendiéndolas, no creyesen en Él; y no creyendo en Él, le crucificasen; para que así, después de la resurrección, se convirtiesen y amasen más con la humillación y arrepentimiento. Pero a algunos de ellos aquella ceguera no sirvió para que se convirtiesen.

Los ojos de los que ven y no creen son desgraciados; mas los vuestros: “Bienaventurados vuestros ojos porque ven, y vuestras orejas porque oyen”.

También habla aquí de la dicha del tiempo de los Apóstoles, cuyos ojos y oídos tuvieron la felicidad de ver y comprender la salvación de Dios, cosa que los Profetas y los Justos desearon ver y comprender, y que estaba reservada para la plenitud de los tiempos. Por eso sigue: En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.

¿Cómo entender lo que dice en otro lugar: «Abraham deseó ver mi día, lo vio y se alegró”? Porque Abraham vio en figura, en enigma; pero los Apóstoles tuvieron y poseyeron al Señor entre las cosas presentes.

Ni siquiera Abrahán vio a Cristo de la manera que los Apóstoles le estaban viendo.

Lo que vieron y oyeron los Apóstoles fue su presencia, sus milagros, su voz y su doctrina.

Aquellos solamente contemplaron a Cristo con la fe, y éstos lo vieron con sus ojos y con más claridad.

Vemos aquí cómo se enlaza el Antiguo Testamento con el Nuevo; porque si los Patriarcas y Profetas hubieran sido servidores de un dios extraño o contrario a Cristo, jamás hubieran deseado verlo.

Retengamos, pues, que la simiente es la palabra de Dios. … La que cayó en buena tierra; estos son, los que oyendo la palabra con corazón bueno y muy sano, la retienen, y llevan fruto con paciencia.