PABLO EUGENIO CHARBONNEAU: NOVIAZGO Y FELICIDAD

La armadura de Dios

VUESTRO AMOR

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Lo que hemos dicho hasta aquí nos lleva ahora a tratar del amor.

Conocerse mejor para amarse mejor, hemos escrito anteriormente.

Un muchacho y una joven creen que se aman y creen en el amor, ésta es la razón de ser del noviazgo.

Unos novios no podrían definirse de otra manera: son los que tienen fe en el amor. Quien dice «novios» evoca, en efecto, una pareja juvenil, entusiasta, radiante, disponiéndose a apostar por su amor de veinte años, la existencia entera.

En tal estado de espíritu, los novios que comprenden, aquellos a los que la vida ha enriquecido o empobrecido con una experiencia que quieren compartir, repetirles que hay que ser prudentes… que el amor tiene sus peligros… que el mañana puede reservarles sorpresas… todo eso les crispa de rabia. Piensan que se trata de consejos de viejo chocho, y piensan interiormente que el fuego de su amor los preserva y los preservará siempre de los ataques de la vida. ¿Qué pueden importarles a ellos esas recomendaciones que juzgan derrotistas, pesimistas, y que atribuyen, con una hermosa inconsciencia, a aquellos que no tienen ya que vivir porque han vivido demasiado?

Y, sin embargo, sin mostrar ninguna tendencia enfermiza al pesimismo, sin sentir ninguna inclinación mórbida por los vaticinios amenazadores, por las profecías de desdicha, sino basado sobre la sola realidad innegable de los múltiples fracasos matrimoniales, no puede uno dejar de pronunciar un desagradable «¡Cuidado!». Desagradable, tal vez; útil, con toda seguridad.

Útil, porque es una puesta en guardia prudente contra la irreflexión y contra la imaginación. Porque son esas desviaciones las que deben temerse cuando se entra en el universo embriagador del amor.

La irreflexión, primero. Es asombroso ver parejas juveniles aventurarse en el matrimonio sin reflexionar acerca de las obligaciones que esto implica. Si se tratara de invertir dinero en algún negocio, qué cuidado no tendrían en medir el riesgo, por miedo a perder su capital. Sin embargo, lo que se arriesga en el matrimonio es de un alcance mucho más considerable, porque se trata de la felicidad, y cuando ésta se ha perdido, no se puede ya recobrar por ningún medio.

El amor es esencialmente un compromiso recíproco que encadena uno a otro, al hombre y a la mujer que se aman; quedarán ligados de un modo tan estrecho que desde aquel momento les será imposible ser felices más que el uno por el otro. Proclamar su amor es adquirir el compromiso de dedicarse a conducir al otro al país maravilloso de la felicidad, cualesquiera que sean los sacrificios impuestos, las renuncias exigidas. ¿Son conscientes de esto los jóvenes cuando, a los veinte años poco más o menos, entran en el amor como en la alegría, y creen haber encontrado ya el camino de la felicidad? Tendrán un despertar amargo los que no han suscitado en sí mismos la gran inquietud del amor. La vida común deshará los sueños puerilmente optimistas a los que se habían entregado, y no les quedará más que deplorar con estériles lamentaciones, el no haber sabido escuchar a quienes les invitaban a la reflexión.

El amor se venga terriblemente de los que han ignorado sus dimensiones y sus exigencias. Cuando se desploma lo arrastra todo consigo entre el estruendo aterrador de dos vidas que se vienen abajo; todo, es decir, todas las esperanzas, todas las alegrías, todas las posibilidades de felicidad; y provoca, en cambio, un sufrimiento que invade el alma y la vida entera de los desdichados que se han equivocado.

Musset tenía razón, mucha más de lo que él creía: «No se juega con el amor». Unos novios que, en cierta medida, no fueran unos inquietos, correrían a su pérdida. Deben examinar su amor a fin de probar su calidad.

¿Se aman de verdad?

Sería preciso que todos los novios aceptasen cultivar esta inquietud en ellos: la inquietud del amor. O, más exactamente, la inquietud de su amor.

No es que deban abandonar sus esperanzas, lo cual sería desastroso, porque ¿quiénes han de vivir de esperanzas sino un joven y una muchacha que entran en la vida a impulsos del amor? A ellos más que a nadie les está permitida la esperanza, les está incluso impuesta.

Pero esta esperanza será tanto más sólida cuanto que habrá sabido guardarse de toda ceguera, tanto más seria cuanto que habrá preferido la inquietud al arrebato irreflexivo. Unos novios pasionales se hallarán al borde del abismo si se adentran en el matrimonio sin preocuparse de sondear la profundidad, las posibilidades y los límites de su amor.

Matrimonio y amor son, en efecto, las dos caras, muy diferentes, de un mismo amor. Y es que el amor es una cosa del presente, mientras que el matrimonio, que se erige sobre un amor actual, compromete también el porvenir. Aquí aparece la principal dificultad a la cual han de hacer frente los novios. Jacques Madaule sintetiza con mucha exactitud ésta difícil situación cuando escribe: «El matrimonio está basado en la duración, mientras que el amor está edificado sobre el instante».

En el umbral de un matrimonio indisoluble, en el momento de contraer una unión caracterizada por lo irrevocable, a punto de pronunciar un «sí» cuya verdadera significación es «siempre», hay que tener el valor de ir más allá de las apariencias para situarse en el corazón de la pregunta. Ahora bien, ésta se formula esencialmente del modo siguiente:

1º ¿Nos amamos verdaderamente?

2º ¿En qué condiciones puede durar nuestro amor?

Unos novios que no se comprometan el uno ante el otro hasta el punto de intentar responder sistemáticamente a esas preguntas, se arrojarían de cabeza en la más irremediable necedad. Porque sería realmente una necedad el crearse unas obligaciones tan cargadas de consecuencias como las que surgen de un «sí» cuyas repercusiones se prolongan durante toda la vida terrena hasta la eternidad, sin preocuparse de conocer la fuerza de que se dispone para asumir esas responsabilidades.

Hay que decirlo y repetirlo una vez más, repetirlo con una insistencia fastidiosa, en caso necesario, porque hay demasiados que siguen ignorando esta verdad: Decirse enamorado es una cosa; estar enamorado es otra. De igual modo, estar enamorado hoy, es una cosa; seguir enamorado, durante toda su vida, es otra.

Los espejismos

Decirse enamorado es una cosa; estar enamorado es otra. Después de todo, es la vieja muletilla que se repite. ¡Vieja, sí! Pero siempre actual, porque la ilusión crece sobre el amor como las setas venenosas sobre ciertos árboles.

Cada novio es un personaje nuevo que ha heredado la ilusión de su antiguo personaje. Este último que, durante los años de la adolescencia, ha nutrido su alma en las fuentes del ensueño idealista y de la ilusión sin cesar renaciente, deja en el hombre un sedimento, semejante al limo que descubre una corriente de agua cuando se retira; sobre ese suelo arcilloso, al verdadero amor puede serle difícil crecer, mientras que pulularán fácilmente sus falsificaciones. El adolescente tarda en morir por completo en nosotros. Por eso hay que desconfiar de él, sobre todo cuando se penetra en el universo misterioso del amor.

El grito: «¡Cuidado con las ilusiones!», por desagradable que sea de oír (y, además, de proferir), debe, sin embargo, lanzarse con energía. Todos los que se dicen enamorados y creen estarlo, no siempre lo están de verdad. Algunas inclinaciones, nacidas espontáneamente y mantenidas por la costumbre, tienen todas las apariencias de un amor auténtico. Presentan ciertos signas que engañan y hacen creer a los que se contentan con vivir superficialmente que la hora de los compromisos ha sonado.

La atracción física, esta especie de llamada violenta que brota del fondo del ser para unir —según las exigencias más normales y con tanta frecuencia ultraimperativas de la sexualidad— a un joven y una muchacha que se gustan, no es amor. Acompañará al verdadero amor; pero, por sí sola, no es un signo de él.

Muchos de los que se descarrían podrían salvarse del error fatal, con sólo saber descubrir en ellos el juego de la pasión. La fogosidad del deseo ardoroso que consume un corazón juvenil no debe confundirse con el amor. Este sería muy precario si sólo se midiese por el ardor de la codicia y si no poseyese otra expresión que la voluntad ciega de dos cuerpos que se atraen. Hacer esa partición en sí mismo es el deber imperioso de todos los novios. Reencontrar su alma más allá de los movimientos superficiales que la agitan, nunca es tan indispensable como en ese momento.

La mistificación más diabólica que amenaza a los jóvenes es la que consiste en volcar tanta violencia en la carne que las almas no puedan ya siquiera medirse. Una especie de fascinación al nivel de lo carnal viene entonces a destruir toda lucidez, y conduce a irremediables errores a los que no han sabido preservarse de ese canto de sirenas. Para que no se confunda el amor con los deseos pasajeros del cuerpo, los jóvenes no deben dejar que se encienda en ellos el fuego de una codicia exacerbada. Cuando la carne adquiere tanta fuerza ¿cómo puede uno escuchar su alma y ver surgir en ella la luz del verdadero amor?

A esta primera desviación se añade una segunda, la fuerza de la costumbre. La necesidad de presencia que crea la costumbre y que el poeta ha expresado muy románticamente en su nostálgico «Nos falta un ser y todo se despuebla», puede también engañar a su vez. Sobre todo, cuando las relaciones han durado bastante tiempo. Ha surgido entonces un universo cargado de costumbres precisas, las cuales se han hecho hasta tal punto necesarias que, cuando faltan, se provoca el mayor desconcierto. Ante ese malestar experimentado durante una separación temporal, es fácil llegar a la conclusión de que no se puede prescindir del otro; sin él, sin ella, dicen, estoy desarmado. En realidad, han confundido el amor con la costumbre. Aburrirse lejos del otro no quiere decir forzosamente que se le ame.

A este respecto, hay que saber desconfiar de las soluciones demasiado simplistas. No se casa uno porque crea que no puede ya prescindir del otro. Es oportuno recordar aquí que la costumbre crea siempre una necesidad. Esta regla, que la observación psicológica más elemental descubre fácilmente, se aplica lo mismo al terreno de las relaciones humanas que a cualquier otro sector. La costumbre de verse periódicamente, de compartir juntos las horas de ocio, de intercambiar sus pensamientos, todo esto puede ligar lo suficiente a unos seres para que sientan cierta pena en separarse. Sépase bien que nada hay más normal y no vaya a imaginarse que es ése el signo irrefutable de un amor firme. Debe uno incluso desconfiar de sí mismo en ese caso, y saber sentir más sólidamente su amor, si ha surgido alguna duda. En modo alguno el dolor consecutivo a una separación puede ser considerado como prenda de un afecto intenso y serio. Hay que aprender a soportarlo, aunque sea con esfuerzo, y buscar otros baremos con los que reconocer el valor del amor y las posibilidades de felicidad, por consiguiente, defenderse contra la costumbre, cuando las circunstancias lo requieran es tan necesario como luchar contra la ilusión.

Por último, otro espejismo que causa también sus víctimas: el deseo de tener su propio hogar. El deseo de tener un hogar, de experimentar ese nuevo modo de vida que la posesión de un hogar implica, las nuevas responsabilidades llenas siempre de atractivo cuando se enfocan desde lejos, la independencia total con respecto a los padres con quienes se permanecerá ligado por el amor filial, pero de cuya tutela se habrá uno liberado definitivamente; otras tantas luces centelleantes que bailan ante los ojos de los jóvenes y de las muchachas; éstos pueden imaginarse fácilmente que les hace arder la luz esplendorosa del sol e inferir en conclusión que se trata del amor, cuando, sin embargo, no lo es en absoluto.

Es un gran error sustituir el amor por el deseo de evasión. El hecho es, por desgracia, más frecuente de lo que se cree. Este peligro se revela más solapado aún en las muchachas. Dependiendo en mayor grado del hogar donde viven, más sensibles que los jóvenes a una atmósfera de desacuerdo o de coacción, buscan a veces en el matrimonio un refugio contra un medio familiar que ha llegado a hacerse insoportable. Invierten ellas entonces los problemas y no se deciden por el matrimonio después de haber adquirido la certeza de amar, sino que se creen en pleno amor a causa de su deseo de casarse. Es inútil insistir en los desastres que prepara semejante actitud. Es lanzarse a la propia desgracia fingir amor, aunque sea inconscientemente, sin maldad, para evadirse del medio en que se vive. Es una política bastante poco fructuosa crear una desdicha para huir de otra.

Aquí también, permítasenos invocar la necesidad que se impone a los novios de sondear seriamente los motivos que les conducen a resolverse por el amor… y de aquí al matrimonio. Tantos y tantos espejismos, que tenían todas las apariencias del amor, han dado origen a fracasos tan lamentables, que ninguna prudencia será poca.

Lo que es el amor

Pero entonces, se dirá, ¿en qué se reconocerá el verdadero amor y cómo podremos saber que el sentimiento que nos une no es hijo de la ilusión?

La cosa es sencilla: hay una medida que no engaña, un signo que es infalible, y que desenmascarará, por una parte, todos los amores quiméricos ocultos detrás de las falsas ternuras de una pobre pasión destinada a fenecer pronto, medida que indicará por otra parte el alcance profundo de un amor seguro.

Este signo se denomina sacrificio, o si se prefiere, renuncia de sí mismo.

La palabra es austera; quizá por esta razón no agrada oírla. No por ello ninguno de los que se detienen a reflexionar sobre el amor, consigue definirlo sin pasar por ahí.

Se dirá que el amor es un don, que es un impulso, que es una atracción espontánea entre dos seres que se avienen.

Ciertamente, todo esto es verdad, pero cuando se quiere ir más allá y proyectar estas nociones ideales en la vida concreta, se vuelve siempre a esta simple palabra: sacrificio.

Amar, es sacrificarse por lo que se ama. Sacrificarse por alguien es ofrecerse a él. De aquí se puede inferir con todo rigor que para una pareja que afirma amarse, el problema está en ver hasta qué punto ambos están dispuestos a ofrecerse el uno al otro; ofrecerse con una ofrenda total que desprenda a cada uno radicalmente cíe sí mismo, para consagrarse al servicio del otro.

Todos los amores que no alcanzan esta cima y no pueden aceptar ese estado de sacrificio no son más que mentiras falaces, son puro engaño. No siempre conscientes, pero comedias al fin y al cabo. Y la gran tragedia de esas comedias, es que conducen a una tragedia irreparable: la del matrimonio desgraciado.

Los novios deben comprender que el amor no es un juego y que todos los arrullos del mundo no preparan en absoluto un hogar. Los corazones sólo están ligados cuando han sufrido el uno por el otro, y nadie tiene derecho a proclamar el amor, o a invocar la felicidad del amor, mientras no haya probado ese amor sobre la piedra del sacrificio.

Como el hombre ha sido creado a imagen de Dios, así el amor del hombre está hecho a imagen del amor de Dios. Ahora bien, Cristo nos ha enseñado que el grado de amor se mide por la altura del Calvario que puede subirse por la felicidad del ser amado. «No hay mayor prueba de amor que el dar su vida…». No es ésta una frase huera que conviene dejar a unos predicadores faltos de inspiración. Es la esencia del amor, de todo amor, del amor humano que une el novio a la novia y los lanza a los dos, ligados así para siempre, en la dura lucha por la felicidad.

No hay que mentirse alegremente y contentarse, despreocupado, con palabras. Rómpase la envoltura de sentimentalismo grotesco con que siglos innumerables han rodeado la palabra amor, y que se le restituya su sentido, el único que tiene.

Cuando unos viejos esposos han terminado de recorrer su camino y se vuelven en la última noche para contemplar la línea de su existencia conyugal, ¿qué encuentran detrás de ellos? ¿Un camino regio, triunfal y alegre, sembrado de risas cristalizadas y de grandes gozos luminosos? No. Vuelven a ver un camino difícil, en donde las alegrías y las risas no faltan ciertamente, pero en donde sólo aparecen como altos en un trayecto lleno de renuncia, de abnegación, de sufrimiento. La vida, consiste en esto; la vida de amor no puede eludir esta ley.

Que el sacrificio sea el amor mismo; basta, además, con mirarlo de cerca para comprenderlo. La vida en común impone el adoptar las ideas del otro, de adaptarse a sus costumbres, de ligarse a su persona, de trabajar por su felicidad. Ahora bien, todo esto ¿no implica el renunciar a sí mismo, otorgando su confianza al otro, y sin deseo de retractarse?

Todas las compensaciones que el amor puede aportar no hacen variar en nada este dato. Se dirá que debe haber reciprocidad: ¡sea! Pero esto no hace cambiar en nada el hecho de que deba uno mismo sacrificarse cuando dice que ama. Seguramente, el sacrificio del otro facilita la renuncia. La novia se sentirá más valiente, se entregará con más generosidad si sabe que su novio hace cuanto puede por contribuir a la felicidad de ambos. Y viceversa. Pero el don seguirá siendo el don, el sacrificio seguirá siendo el sacrificio, la muerte de uno mismo seguirá siendo la muerte de uno mismo. Y esta muerte es la vida del amor.

Por consiguiente, la pregunta: «¿Nos amamos verdaderamente?», significa: «¿Nos sacrificamos verdaderamente el uno por el otro?»

Una ternura que no llega hasta ahí, pero que surge siempre para recibir más que para dar, es un engaño malvado. Y no vaya a creerse que se trate aquí de esos cambios de regalos, de esos dones materiales que se cruzan entre novios según la costumbre establecida. Dar algo no es darse uno mismo. Por eso tales dones materiales no tienen otro valor que el de signos. La realidad que recubren es de una hondura muy diferente. Se encuentra en lo más íntimo del ser: requiere esta renuncia radical por la cual el que ama acepta libremente no pensar ya en su propia felicidad, no preocuparse ya de ella, para dedicarse a hacer feliz al objeto de su amor.

El egoísmo, enemigo principal del amor

Quien se niega a semejante absoluto es incapaz de amor. Porque el que permanece replegado sobre su propia persona y corre hacia el otro como hacia un medio que piensa utilizar para alcanzar la felicidad, éste se entrega por entero a un egoísmo que es la negación misma del amor.

La equivalencia no deja subsistir ninguna duda: Cuanto más se ama, menos egoísta será uno, y cuanto más egoísta se sea, menos se amará. Cuando el yo predomina y reina como amo en un alma, ésta es estéril y el amor humano no puede arraigar en ella.

El amor sólo es verdadero en la medida en que se da; no vive más que de intercambios. Cuanto más intensa sea la corriente de esos intercambios, más rico y bienhechor será. Todos los que hayan amado gozarán de los beneficios del amor; pero sus mayores beneficiarios serán los que más hayan dado. Por lo tanto, quiere esto decir que el amor es inversamente proporcional al egoísmo.

Cuanto menos piense uno en sí, cuanto menos se preocupe de sí, cuanto menos se reserve unos islotes intocables, cuanto menos se pretenda aferrarse a sus derechos… más enamorado estará porque entonces habrá reducido su egoísmo a servidumbre. No existe otra alternativa: o reduzco el egoísmo a servidumbre y renuncio a las exigencias orgullosas y al mismo tiempo rígidas de un yo al que adoro, y entonces puedo decir al otro: «Te amo»; o no renuncio a mi egoísmo, que cultivo bajo cuerda, disimulándole tras unas sonrisas y unas carantoñas, y entonces no tengo derecho a decir al otro: «Te amo». Si lo digo, es que soy un mentiroso.

¡El egoísmo! Este es, por tanto, el monstruo que se alza entre los dos novios. Si pueden domeñarlo, es que hay amor; amor verdadero y promesa cierta de felicidad. Si no, se hacen creer cosas y se engañan a porfía; y al hacerlo, preparan una desgracia cierta.

Será, pues, procurando suprimir en sí mismos el egoísmo, como el joven y la muchacha cultivarán el amor. No se tratará entonces de un amor de estufa, que se abre en un universo de ensueño y que vive del solo calor de los cuerpos, sino un amor de bella contextura, cincelado en la renuncia y acuñado en sacrificios.

¿Quiere esto decir que hay que renunciar a conseguir la felicidad? ¡Claro que no! Precisamente ése es el mejor camino para lograrla. Por otra parte, la voluntad de alcanzar la felicidad es además demasiado normal, está demasiado anclada en la naturaleza humana para pretender extirparla de ella con el pretexto de que el amor es un don. Se trata simplemente de canalizar ese deseo que todo ser humano lleva en sí como primera aspiración de su naturaleza. Por extraño que pueda parecer, la única manera de llegar a la realización de ese deseo de ser feliz que cada cual recibe con la vida, es transformarlo en un constante querer hacer feliz. El amor se expandirá entonces de un modo maravilloso, de tal suerte que los esposos que viven en esta perspectiva verán la felicidad llamar en la puerta de su hogar.

Hace ya veinte siglos que Cristo esclareció esta extraña ley de la felicidad, formulando la paradójica advertencia: «El que busca su vida la perderá… Pero el que consiente en perder su vida por mí, vivirá eternamente». Esta regla sorprendente que rige nuestras relaciones con Dios se aplica, muy adecuadamente, al amor humano. Quienquiera, ligado a otro ser por el amor, que busque ante todo su propia felicidad la perderá, pero quienquiera que consiente en perder su propia felicidad (es decir en no preocuparse ya de ella), encontrará la felicidad más extraordinaria que existe.

Por eso hace falta mucha generosidad para vivir en el amor. Éste no es fácil; no se trata, para unos novios que están a punto de sellar para siempre su vida con el sello de ese amor que creen sentir el uno por el otro, de entrar en un festejo de placer sin fin en donde el gozo reinará eternamente.

El amor es siempre doloroso, y no conduce nunca a la alegría sino después de haber avanzado por el camino de la cruz. La luz fulgurante de pascua no llega más que a través de las tinieblas opacas del viernes santo. Esto es lo que ocurre en la vida de los que han escogido el amor humano. No hay otro camino. La luz no brillará entre vosotros, novios y pronto esposos, sino como consecuencia de la aceptación del sufrimiento con que vais a arder interiormente al realizar todos los sacrificios requeridos para hacer la felicidad del otro. La alegría que sentiréis entonces será tanto más profunda y deslumbrante cuanto más os haya costado.

En resumen, el verdadero concepto del amor lleva a afirmar con arreglo a la extraña pero indiscutible lógica que le es peculiar, que el amor es lo que reúne y liga inseparablemente la acción de entregar y la de recibir. Y para precisar más aún, añadiremos que no se puede recibir, en amor, más que en la medida misma en que ha entregado uno algo de sí mismo.

El amor no es un juego

Se comprenderá ahora el sempiterno estribillo que se repite a todos los jóvenes. Es motivo de inquietud verlos, «llevados en alas del amor», disponerse alegremente al matrimonio. Es de temer que se hayan imaginado que el amor es un juego.

Un juego epidérmico. Porque los novios de la modernidad pertenecen a un mundo en el que la noción de amor ha sido envilecida. El fenómeno es ahora social, y como tal, influye más o menos hondamente, pero casi de un modo infalible, sobre las ideas de los novios de hoy.

Hagamos notar aquí que no se trata de vilipendiar nuestra época comparándola con otras consideradas superiores, sino simplemente de situarse ante un hecho, ante un dato que no se puede dejar de reconocer: hay, sin ningún género de duda, una violenta crisis moderna del amor. «Que el amor del hombre y de la mujer, fuente de la vida y base de todo otro amor, atraviesa en este momento una crisis temible —ha escrito Thibon— basta abrir los ojos para darse cuenta de ello. Esclerosis y fragilidad de la pareja clásica, poligamia vergonzosa del cínico, pérdida del sentido del hogar, disminución de la natalidad y aumento del aborto, mecanización de los gestos y sentimientos del amor, son otros tantos síntomas de un mal que se insinúa poco a poco en todas las capas sociales» (La crise moderne de l’amour).

Aunque no sea tranquilizador, el cuadro, no por ello es menos exacto. Ahora bien, estas desviaciones atraen, unas veces con todo descaro y otras sutilmente y con rodeos, a los jóvenes que se orientan hacia el amor. El resultado de semejante estado de cosas es la existencia de muchas parejas de novios cuyo amor no es más que un juego y cuyo porvenir conyugal se asienta sobre la base ruinosa de la epidermis humana.

Para unos, la belleza. A los veinte años, cuando se acaban apenas de descubrir los valores carnales y el cuerpo adquiere tanta importancia, no se piensa en el tiempo que pasa. Se olvida que la belleza, por sorprendente, por atractiva, por arrobadora que aparezca, es efímera. Terriblemente efímera. Hay apenas unos años de tregua entre los veinte y los treinta; luego, comienza aquélla a traicionar y a sufrir el inexorable marchitamiento del tiempo.

Porque es peculiar, podría decirse, de la esencia de la belleza el pasar, mientras que el amor requiere la duración. Basar el amor sobre la belleza, es, por tanto, predestinarlo a que se marchite con ella; con la misma certeza y la misma rapidez que ella. La ecuación es evidente. Por tanto, el amor profesado a un ser, fundándose en su sola belleza desaparecerá cuando desaparezca la belleza.

Pascal, implacablemente irónico, advertía a aquellos a quienes fascina la belleza hasta tal punto que la condicionan a su amor: «Quien ama a alguien a causa de su belleza, ¿le amará? No, porque las viruelas que matan la belleza sin matar la persona harán que no le ame ya».

Ese futuro es digno de notarse: ¿le amará? Para unos novios, se trata de futuro, porque el noviazgo no es sino una breve transición entre el celibato y el matrimonio. El problema del amor a los novios se les plantea, tanto, o acaso más, en términos de futuro como en términos de presente. Se trata, para ellos, de ver si el amor de hoy contiene realmente la promesa del amor de mañana. Ahora bien, es evidente que, si está ligado a la belleza, pasará como ésta, y el futuro no será más que una huida desatinada hacia otras bellezas llamadas a encubrir la ausencia de una belleza ajada. ¿Y quién no ve que esto implica la desgracia de la pareja?

No quiere ello decir que el amor que se siente por una persona deba pasar por alto la belleza de ella. No hay inconveniente en que la belleza de la novia, por ejemplo, haga el amor más grato, más fácil, más sonriente. Y tanto mejor si esa belleza puede durar, por excepción, toda la vida. Pero que no se base en ella el amor, porque éste tendría entonces la misma fragilidad que aquélla. Que sea un rayo de sol; y si llega a no brillar más, no por ello se apagará la luz del sol. Pero que no se convierta la belleza en el sol del amor, porque al extinguirse, no habría ya más que tinieblas y habría muerto el amor.

Por consiguiente, podemos afirmar que el amor debe liberarse de la belleza si quiere durar más de un día.

A esta primera fórmula de amor epidérmico que nuestro siglo propone, viene a añadirse una segunda —que no deja por lo demás de tener relación con la primera—: la idolatría de la carne.

En un mundo en que el sexo ha llegado a ser un dios, cuyos libidinosos profetas predican con gran acompañamiento de pornografía brutal o literaria el evangelio pseudofreudiano, ¿puede sorprender que el amor haya llegado a ser, para muchos, una obsesión sexual? Se confunden entonces con el amor los impulsos enfermizos de una carne en constante erupción. Porque se «desea» un ser, porque se le codicia, porque se aspira violentamente a saciar la pasión, se dicen invadidos de un amor loco. Si se trata de locura, concedido, hasta la evidencia. Pero si se trata de amor, la cuestión es muy discutible.

También respecto a esto, precisemos bien que todo amor humano establece, entre los que se aman, cierta atracción de la carne y aspiran a comulgar en ella como comulgan en su alma. Tal es, en efecto, la tendencia totalmente normal y sana de la naturaleza humana que une en un mismo impulso el alma y el cuerpo.

Pero, así como ese impulso carnal que incluye el amor es normal y compatible con él, e incluso es una expresión auténtica del mismo, la fogosidad exasperada que rebasa todo control y devasta literalmente el espíritu, puede ser una negación de todo amor. Porque el amor humano, como tal, debe conducir al triunfo del espíritu y no a la esclavitud. Quien llama «amor» al fuego lúbrico que le consume se engaña lamentablemente: en vez de llamarse «hombre», él reconoce que no es más que un «macho» y en vez de amar a su novia, proclama con su actitud que codicia a una «hembra», ¿Y quién llamará amor a eso? Es más, quien no se sienta desconcertado por lo que las anteriores expresiones, en su brutalidad misma, contienen de indignante, es un asiduo ya embrutecido de la abyección en que nuestro mundo ha sumido el amor.

¿Será necesario añadir aquí que si unos novios confunden amor y deseo carnal y se ilusionan hasta el punto de prometerse el uno al otro fidelidad en nombre de su amor, cuando se trata todo lo más de atracción sexual, son vanas sus esperanzas? Gozarán, durante una temporada al menos de unos placeres violentos, pero no conocerán nunca el gozo profundo que irradia la felicidad del amor. Porque, en realidad, están movidos por un egoísmo sórdido que les impulsa a ligarse uno a otro para aprovecharse el uno del otro; no se consagran al otro, sino todo lo contrario. Se apropian como una cosa de la que se hace un medio útil para conseguir fines estrictamente provechosos a uno mismo.

Hacer intervenir la razón en el amor

De esas dos deformaciones que la mentalidad general ha infligido al amor, los novios se preservarán impregnando su amor de razón.

Aunque la fórmula, pueda parecer seca a primera vista, no por ello deja de ser la única orientación a seguir. Dios sabe lo que cuesta introducir la razón en la esfera del amor.

Con el pretexto de que el amor debe ser espontáneo, se ha adoptado como fórmula ideal, como regla superior, el falaz: Love at first sight (algo parecido al flechazo: «Ama a la primera mirada»), con el cual los propagandistas contemporáneos de un matrimonio tan frágil como un castillo de cristal, nos atruenan los oídos.

Para legitimar esta ridícula teoría, intentan apoyarse en el pensamiento de Pascal: «El corazón tiene razones que la razón no conoce». Por otra parte, no se toman el trabajo de indagar qué sentido daba Pascal a esa afirmación. Infieren simplemente como conclusión, con una flagrante falta de Lógica, que la razón no tiene nada que ver con el amor. Lo cual está tan lejos del pensamiento de Pascal como el color negro está alejado del blanco.

En prueba de esta afirmación citaremos lo que ese célebre genio escribió sobre el mismo tema, en otro pasaje de su obra: «Le han quitado desacertadamente el nombre de razón al amor, y los han opuesto sin un buen fundamento, porque el amor y la razón no son más que una misma cosa… No excluyamos, pues, la razón del amor, puesto que es inseparable de él».

Decir que el corazón tiene razones que la razón ignora es afirmar simplemente lo que hay de imponderable en todo amor. Hay, en efecto, de modo innegable, unas preguntas a las cuales no puede responder el amor. Pero no por eso hay que suprimir toda parte de razón en el amor. Sería una excepción bastante singular la que sustrajera a la razón (siendo ésta lo peculiar del hombre) el fenómeno clave de su alma, y le prohibiese intervenir en el momento en que, en el matrimonio, va a empeñarse el porvenir entero del hombre.

Hay que convenir en que el matrimonio es una decisión cuya importancia primordial no ofrece duda. Ahora bien, esta decisión, no se adopta súbitamente al final del noviazgo en un momento en que el amor ha dispuesto ya de todo. Esta libre decisión que es el matrimonio forma cuerpo con el amor. El amor, por muy espontáneo que se muestre, debe ser libre para ser verdaderamente humano. Libre como la decisión en la cual encuentra su resultado y que imprime sobre él el ello de la indisolubilidad matrimonial. Ahora bien, de no estar el mundo al revés, la libertad va unida a la razón. Por consiguiente, sólo en la medida en que la razón sea admitida a juzgar el amor, o mejor dicho, a fecundarle, será éste realmente libre y plenamente humano. Kierkegaard lo comprendió al juzgar con lucidez el problema de las relaciones amor – razón – espontaneidad en estos términos, henchidos de tan hondo valor:

«La dificultad consiste en que el amor y la inclinación amorosa son completamente espontáneos, el matrimonio es una decisión; sin embargo, la inclinación amorosa debe ser recogida por el matrimonio o por la decisión: querer casarse quiere decir que lo que hay de más espontáneo debe al mismo tiempo ser la decisión más libre, y lo que origina la espontaneidad debe al mismo tiempo efectuarse en virtud de una reflexión, y de una reflexión tan agotadora que de ella provenga una decisión. Además, una de estas cosas no debe seguir a la otra, la decisión no debe llegar por detrás a paso de lobo, todo ello debe realizarse simultáneamente, las dos cosas deben encontrarse reunidas en el momento del desenlace» (Étapes sur le chemin de la vie).

El amor debe, pues, acoger la razón, cuyo papel no consistirá aquí, como se teme con harta frecuencia, en estorbar la espontaneidad para conducir a un amor dirigido; la razón no interviene en el amor más que para comprobar la naturaleza de esta espontaneidad tan característica, tan inexplicable también, que lanza a dos seres el uno contra el otro, ligándoles con una fascinación recíproca.

Si esta espontaneidad descansa sobre brillantes falsos, sobre imitaciones de riqueza, la razón ciertamente la reprobará negando el nombre de amor a lo que no es en realidad más que un capricho. Pero si esta espontaneidad tiene su origen en una riqueza interior auténtica, si ese impulso no es la expresión falaz de un egoísmo henchido de deseo explosivo, si aporta con ella la evidente generosidad que es su única garantía verdadera, entonces la razón no podrá sino reconocerla, y luego aprobarla con alegría y entusiasmo, En estas condiciones, la razón se convertirá, por lo demás, en la servidora, la guardiana y la protectora del amor.

Para hacerlo, cuidará de que no desaparezca jamás, envuelto en las circunstancias, ligado por la fuerza de las costumbres, o desgastado por los años, el deseo de hacer feliz, que es la expresión vital del amor.

La expresión «Te quiero bien» refleja admirablemente el estribillo de amor que la razón no cesará de murmurar al oído de los novios, y más adelante de los esposos: «Te quiero bien». Es la única forma de diálogo —sea cual fuere el tema que se trate— que debe escucharse entre dos personas que se aman. Como ya hemos subrayado, en este «amor del otro», activo y efectivo, es donde se realizará inmejorablemente el «amor de sí» de cada uno de los esposos.

Desde ese momento, ese amor de sí, legítimo y necesario, se traducirá por un triple proceso al que el amor servirá admirablemente: conocerse, dominarse, guiarse.

Conocerse a fin de saber lo que se ofrece al otro. Muchos de los que se figuran, en efecto, que ofrecen un Potosí, llegan con las manos casi vacías. Otros sufren creyendo que no tienen nada para dar porque desconocen su propia riqueza. Conocerse, a fin de valorizar en sí mismo los dones recibidos de Dios y de franquearse por completo al otro para que pueda éste extraer esos dones que enriquecerán su amor.

Nada nos desvía más fácilmente que el amor propio. Hasta el punto de que la mayoría de los hombres se aman demasiado a sí mismos, o se aman mal. De este modo caen en un amor de sí mismos que mina el amor conyugal en su base, porque ¿cómo se podrá conseguir conciliar un amor propio exorbitante, que acapara todos los sectores de la vida, con el amor del otro que exige el don y el olvido de sí mismo? Para evitar esta desviación es preciso que cada cual aprenda a conocerse a fin de moderar el amor que siente por sí mismo conforme a la cualidad de su ser. Cada uno tiende a considerarse como un pequeño fénix en el que abundan cualidades y virtudes, de tal manera que a priori se imagina digno de ser amado.

La verdad está, sin embargo, muy alejada de eso: si en cada persona hay una indudable parte de virtudes y de cualidades, hay también en cada una lo que San Pablo llamaba el «hombre viejo». Un hombre viejo al que se puede y se debe amar, pero, sobre todo, al que se debe conocer… a fin de no amarle más allá de lo que conviene, y asimismo a fin de hacerle más amable a los otros. Podar el propio «yo» de lo que hay en él de desagradable, es trabajar para facilitar el amor del otro y asegurar su constancia. Pero una poda tal supone que cada uno haya llegado a ser seriamente consciente de las proporciones de su personaje, es decir, eso supone que cada uno se conozca. Descubrirse a sí mismo es, por tanto, indispensable; hay que hacerlo con cuidado recordando que ésta es una tarea mucho más difícil de lo que parece. En realidad, es una de las más difíciles que deba el hombre cumplir.

El doctor Allers, al estudiar este extraño fenómeno que es el desconocimiento de sí, dice: «Así pues, conocemos mal o superficialmente nuestro propio espíritu y nuestro yo; estamos lejos de conocernos a nosotros mismos tan bien como nos conoce el prójimo, puesto que comprobamos que existen en nuestra alma fuerzas ignoradas, móviles insospechados, deseos contra los cuales nos defendemos, y que, en un oscuro rincón de nuestro espíritu, duermen unas energías ocultas, que pueden servir tanto al mal como al bien…». Podría añadirse aplicando ésta a nuestro tema: … que pueden servir para fortalecer o para destruir el amar. Por consiguiente, trabajar para conocer la fuerza misteriosa que puebla el alma y que será según los casos veneno o alimento para la vida conyugal es proteger el amor.

Así se reúnen y se coordinan estos elementos cuyo buen equilibrio asegura la victoria del amor conyugal: por parte de uno y de otro de los jóvenes esposos, un conocimiento de sí que conduce a un amor de sí legítimo y ponderado, que se abre y se expande en un amor del otro intenso y absoluto.

Además de este conocimiento de sí inicial, es preciso —como hemos dicho antes— preparar el amor por medio del dominio de sí. Dominarse: es decir conservar el control de sí, a fin de contener las erupciones de todo género, las violencias de todo calibre, que amenazarían con atacar la firmeza del amor. Se ha hablado ya de la urgencia que hay para el hombre y la mujer en comprenderse bien, a fin de que de esta mutua comprensión nazca un amor más profundo y total. Ahora bien, ningún esfuerzo de comprensión y de adaptación es posible más que en la medida en que cada uno pueda conservar el dominio de sí y jugar las cartas precisas en el momento en que sea necesario, para reforzar la unidad del amor.

El matrimonio, para ser viable, requiere, en efecto, el ajuste de las dos personalidades que han aceptado el fundirse en la unidad. Si ese ajuste se efectúa mal, la unidad resultará evidentemente muy precaria, amenazada siempre por explosiones de egoísmo y sacudida sin cesar por crisis internas a causa de las cuales la armonía quedará cada vez más comprometida.

No hay más que un solo camino que permita no envenenar nunca la vida conyugal por unos desacuerdos que son infaliblemente una semilla de discordia: y es el dominio de sí. Mantener sujeto su carácter sin dejarle correr a rienda suelta por el camino de las recriminaciones ásperas, a fin de que conserve el hogar la serenidad requerida para el florecimiento del amor; controlar, también, lo más perfectamente posible todos los impulsos del universo pasional propio a fin de no herir al cónyuge con arrebatos desordenados y ofensivos; por último, domeñar en sí los apetitos de todo género: los del espíritu y los de la carne, a fin de instaurar un clima de equilibrio que favorezca la paz; éstos serán los frutos del dominio de sí.

¿Quién no ve, en esta sola enumeración, hasta qué punto será un poderoso auxilio para los que quieren realmente disponerse a entrar en la vida conyugal consagrándose a un amor definitivo? Éste no adquirirá todo su peso más que en la medida en que esté servido por un enérgico dominio de sí que permitirá a cada uno de los cónyuges ofrecerse al otro, conforme a las exigencias de las circunstancias.

Conocerse, dominarse. Y, luego, conducirse. Es decir, fijarse una finalidad de la que no habrá que desviarse después de haberla establecido con la más clara lucidez y el más ardiente amor. No salirse de este camino, evitar los resbalones peligrosos o los vuelcos súbitos, mantenerse en plena tensión hacia el fin asignado. Sin detenerse, sin retozar, sin desandar lo andado.

No les faltarán tentaciones a la pareja, que vendrán a batir en brecha las resoluciones más firmes y a volver a plantear las opciones más decisivas. Seguramente es más fácil decirse, a los veinte años, que se seguirá tal orientación, que se sujetará uno a tales reglas, que adaptarse fielmente a esos propósitos cuando los años se han acumulado, y, con ellos, las dificultades.

Conducirse con arreglo a las normas preestablecidas teniendo en cuenta que se trata ante todo de salvar el amor: esto es lo esencial. Nadie debe dejar intervenir aquí al amor de sí hasta el punto de trastornar las orientaciones necesarias para la felicidad de la pareja. El amor tiene exigencias imperativas que no toleran ni los retrocesos, ni las desviaciones. Una vez fijados, en el fervor del comienzo, los fines que quieren conseguir conjuntamente, una vez definidas las actitudes que quieran imponerse a fin de que conserve el amor su fuerza y su juventud, una vez trazada la Línea que se compromete uno a seguir, no debe haber ya dilaciones.

Hay que seguir su camino en derechura, sin permitirse contrariar las ocasiones, solicitar excepciones, tolerar debilidades. Ir rectamente al objetivo, obligándose a respetar las normas fijadas por las exigencias de un amor compartido, todo esto será, tal vez, coactivo para el yo. Esta dura disciplina es, sin embargo, necesaria, porque de lo contrario el amor se vendría abajo, hundiéndose en los abismos de egoísmo que se abren en todo individuo, no bien tolera en él el impulso siempre violento del yo invasor. Conducirse, es para cada uno de los cónyuges tener domeñado su yo a fin de dirigirle en derechura hacia la unidad conyugal.

He aquí, pues, lo que debe entenderse por «hacer intervenir la razón en el amor». Haciéndolo, se garantiza la calidad del amor y al mismo tiempo se asienta la base inquebrantable de la felicidad humana. Esta ¿podría lograr de otra manera su perfecta realización?

Perspectiva de eternidad

Pero cómo no recordar aquí que no puede haber más que un doble objetivo en el amor: hacer la felicidad del otro, en la tierra y más allá de la tierra.

En la tierra: esto no requiere explicación, y nadie que pretenda amar podría olvidar este objetivo importante. Pero más allá de la tierra también, es decir en la eternidad. Porque el amor humano llega hasta allí.

No hay que olvidar nunca esta verdad esencial: «El fin del amor es infinitamente elevado y su punto de partida, infinitamente bajo. ¡Entre la nada y Dios! Tal es el itinerario inconmensurable del amor humano». Olvidar esta última resultante del amor, sería no comprender su grandeza. Hay en él un peso absoluto que no permite apartarse de la faz de Dios. Cuando por desgracia el hombre se aparta de ella el amor retrocede y está a punto de extinguirse.

Todo amor desemboca en la eternidad; la prueba perentoria de esta verdad fulgurante (y, sin embargo, tan olvidada) es la muerte misma que viene a separar los esposos para devolverlos a Dios. Es preciso que, en el desenvolvimiento del amor en el curso del tiempo, los esposos recuerden esa finalidad hacia la cual caminan. Los novios, por su parte, deben verlo con claridad antes de iniciar su partida. Acuérdense de que deben juzgar su amor con esa perspectiva, pues no podrán decir jamás que se aman en tanto en cuanto no se acerquen a Dios en y por ese amor. El amor, en efecto, «ese relámpago de un instante que ha brillado entre dos seres, es el signo de otra luz. La llama del hogar perpetúa ese ardor hasta el día en que los velos de la carne se apartan y el instante fugaz se convierta en eternidad».

Esta presencia de Dios en el amor ¿no es por lo demás la sola razón de su duración? Porque no se puede hablar de lo eterno sino en relación con el Eterno. La regla es absoluta, y su lógica lo engloba todo, hasta el amor mismo. El amor humano no será, pues, eterno más que por haberse elaborado ante el Eterno.

Lo cual quiere decir que es precisa una cierta dosis de espiritualidad en todo amor para que resista al tiempo y se fije realmente en el corazón de los que él anima. Sólo por estar basado en ese espíritu religioso que da a las cosas su verdadero alcance es por lo que «la palabra “siempre”, pronunciada con tanta imprudencia en la aurora de todo amor, deja de ser la traducción engañosa del éxtasis de un instante» (Thibon, La crise moderne de l’amour).

En estas condiciones, no hay que temer ligarse audazmente por la fe en el amor, pues las palabras «siempre», «nunca», que estallarán como promesas de felicidad, gozarán de la verdad misma de Dios. Los que se aman, si se aman de verdad, no deben temer arriesgar el porvenir; y unos novios pueden llegar a ser esposos alegres, animados de esperanza y henchidos de una gran confianza, si, en la época de su noviazgo, han sabido tomar así la medida de su amor.

No hay manera más segura de amarse en la tierra que armarse en Dios. No hay manera más cierta de asegurar la duración del amor a lo largo del tiempo que vivirlo en función de la eternidad.

La cordura soberana de los que tengan que iluminar su vida entera por el amor humano, estará en recurrir a la luz de Dios. Entonces, las tinieblas serán vencidas y con ellas las tristezas tan pesadas de los amores que decaen. La alegría y la paz se heredan siempre de Dios. No pueden florecer en el amor humano sino en la medida en que los novios, y después los esposos, abran su vida al Señor. Y Él es también quien podrá velar con mayor seguridad por los que ha llamado en la tierra a vivir de amor, puesto que Él es Amor.