FRAY MARIO JOSÉ PETIT DE MURAT: EL BUEN AMOR

La armadura de Dios

CAPÍTULO III

LA MUJER, EL VARÓN

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Publicamos este capítulo como complemento del sermón del Padre Ceriani sobre el matrimonio (ver aquí).

¡Cómo está la humanidad! El hombre desconoce su grandeza, pisotea sus prerrogativas. Está tan embotado, que no sabe lo que hace. ¡El hombre y la mujer ya no son hombre y mujer! ¡Cuánta carne entremezclada y descompuesta!

Somos una urdimbre maravillosa, un hombre es una joya de Dios, es una obra maestra de las manos divinas, cada hombre.

Y así cada uno de nosotros, somos amorosamente arrullados por todas las cosas, y por todas las sangres, y por todas las raíces.

El mundo sensible es el cuerpo total del hombre. Se necesitan mutuamente.

La mujer se continúa muy bien en un jardín o un paisaje; sobre todo, el clarísimo misterio del agua, la reclama. Así lo entendieron los griegos y sus escultores en sus obras, la envolvieron con ropajes de mar, con los risos de los arroyos. Hay una ajustada congruencia entre sus manos y las alas; sus cabellos y los flotantes follajes o el oro de las auroras que levantan en festividad y gloria la faz del mundo. Sus pechos llaman hermanos a los castos manantiales y su rostro a las flores; en su figura toda, rutilan las órbitas del cosmos: ella es la corola suprema de la tierra donde se condensa, inmediata, la ansiedad de todo el orden sensible por la racionalidad del varón. La mujer es profundamente telúrica. Ella está para meter la vida racional en los ríos de las sangres, de los troncos, de las raíces. Sus dedos son reconocidos por el interior de las cosas en cuanto que la respiración y el latido de ellas ascienden en una ansiedad que es más que su propia sangre y su propia savia.

La figura del varón, en cambio, ha sido trazada por el dedo divino con el movimiento ascendente del fuego. No es cíclica como la de la mujer. No queda en la tierra: la visita. Se explica como eje y compone una cruz con la línea precisa del horizonte. Sus pies apenas rozan la tierra; las líneas de sus piernas y su vientre se levantan con el movimiento incoercible de las saetas; se abre luego en la desplegada nobleza del tórax, cuyo diseño sugiere el de una campana de alabanza, echada a vuelo. Más allá la cabeza y las pupilas son cimas de majestad porque en ellas asoma la inteligencia.

El varón está para discernir: tarea suprema ésta, que le permite separar el ser de la nada, la vida del pecado. Está para dar una última precisión y forma a la mujer, al mundo, a la materia según las definiciones originales que sólo él puede leer en Dios. Es la inteligencia de la tierra que mira hacia la claridad de las causas. La mujer también lo es; mas ella constituye la faz que se hunde en el misterio de existir en la contingencia de la criatura que puede perder el ser a cada instante y la sirve.

Por eso el varón es ante todo racional y la mujer sobre todo intuitiva. La misión de aquel es conquistar el orden del Cielo para la tierra; la de la mujer absorberlo y meterlo en la red esencial del alma y la sangre.

A la mujer hay que prepararla como una verdadera corola de la tierra, convertida en vida de la tierra. Es la fuerza eminente.

No sé si será un poco cursi, pero es necesario: es la corola eminente de un mundo sensible. Por eso la mujer queda tan bien en un jardín, en un paisaje. El hombre, no. El hombre queda como una llamarada que siempre se levanta. La mujer concluye muy bien en una rosa y en una paloma. El hombre adquiere y la mujer plasma.

Os ruego que me deparéis la mayor atención posible porque volaremos muy alto, a regiones desconocidas.

¿Hay algo de común y algo de distinto en el varón y la mujer?

Dos opiniones extremas resumen todas las que se han formado en este campo tan turbado por los intereses de la pasión:

Una es la del común de las gentes, expresada de hecho, no de palabra, con toda una actitud en la vida: que mientras al hombre pertenece con propiedad la definición de «animal racional», la mujer no pasa de ser un animalito vistoso, agradable a ratos.

Esta es la convicción que corre en los cafés, en los clubes, incluso los aristocráticos; y lo más asombroso es que no la profesan tan solo los hombres sino también el común de las mujeres.

Otra es la del feminismo, el cual enseña que no hay ninguna diferencia entre varón y mujer.

Lo cierto no está ni en una ni en otra, ya que ambas son frutos de intereses o resentimientos más que de una sincera inquisición de la verdad.

Esta se encuentra, como siempre, en un ser, o mejor dicho su justo equilibrio entre ambos elementos. Es decir que hay algo de común y algo de distinto.

Lo común: la mujer, ante todo, es criatura racional como el varón. Debe compenetrarse profundamente de esta verdad. Es ante todo una persona humana, y no la concupiscencia del hombre como enseñaron los cultores que ignoraron a Cristo.

Jesús es el único que enseña a la mujer su dignidad de persona, y, de hecho, se la devuelve. Esta liberación es uno de los tantos sentidos profundos, implícitos en la exaltación de la virginidad.

Lo distinto son las dotes, modales y aptitudes exclusivas de la mujer, cuyo conjunto constituye la femineidad.

Lo interesante es averiguar y precisar si esas diferencias se agregan accidentalmente a la naturaleza humana o si la modifican esencialmente.

Siendo lo femenino un género, pertenece a la categoría de la sustancia y por tanto afecta a toda la esencia.

A éste punto quería llegar para proclamar una admirable verdad casi desconocida: La última perfección, la especificante de la sustancia humana: lo racional, se suma a un género inmediato, el animal. Este género es doble: masculino y femenino. La criatura racional-masculina y racional-femenina. Por consiguiente, igualdad y diferencias las encontramos en las raíces mismas de nuestro ser.

Lo femenino es de una modalidad que afecta a toda la esencia y por tanto a todas las potencias que brotan de esa esencia. La mujer tendrá inteligencia con una modalidad propia, femenina, y así todas las otras facultades propias de la naturaleza humana.

Encontramos que hay diferencias con el varón y diferencias esenciales. Ahora tenemos que alcanzar nuevas precisiones.

No se trata de cualquier diferencia sino de una oposición de relación.

Más aún, lo masculino y femenino, comportan una de las relaciones más íntimas que puedan darse, cual es la de complementación, complementación mutua, en toda la amplitud de la naturaleza.

La inteligencia del varón debe complementarse a la de la mujer y viceversa; cada una en aquel aspecto para el cual tiene aptitud que falta de alguna manera en la otra; otro tanto sucede con todas las otras facultades.

La investigación llevada a cabo, arroja una importantísima conclusión: si bien la unidad de persona la tiene en la especie humana, cada individuo, la de naturaleza en el orden operativo está integrada por la acción conjunta del varón y la mujer, ya en el orden general de la sociedad, ya en el particular del matrimonio.

Varón y mujer forman una naturaleza humana: la naturaleza total humana.

He aquí otra razón de la indisolubilidad del matrimonio.

Hay que averiguar la misión propia del varón frente a la mujer y viceversa, en esa mutua y total complementación.

Lo más importante de esto es que no se trata de una misión privada del uno hacia el otro. Consiste en una misión cósmica. La acción del varón en la mujer excede los términos de la mujer y perfecciona o destruye al mundo sensible. La mujer es el engarce del hombre con la tierra. Cumple su misión respecto del mundo sensible, mediante la mujer, o mejor, en la mujer.

Mediante ella, se infunde de manera concreta, en la realidad telúrica.

La cogitativa femenina, o sea la «razón de lo particular», es bastante más fuerte que la del varón e incluso, que la del artista; constituye la clave de su complexión psíquica ya que todas las estructuras que le son peculiares, concurren a sustentar la preeminencia de dicha facultad. La prueba está en su facilidad para la conjetura, la sugerencia, la sospecha, la sugestión, la telepatía, actos, todos ellos, propios de la cogitativa.

En cambio la racionalidad es débil: su nivel potencial notablemente inferior al de la cogitativa, permite la franca primacía de ésta. De inteligencia profundamente humana, cuando se le entrega un primer principio lo comprende a fondo y se le hace carne hasta el punto de vivirlo en sus últimas consecuencias; pero por otra parte, el poder argumentativo, esto es, el de adquirir por sí misma verdades desconocidas, es pobre en ella.

La mujer carente de principios verdaderos habla y obra por instantes sin nexo, los cuales generalmente resultan caprichosos, veleidades que disgregan su vida.

Cuando conversa pinta hechos; puede llegar a ser una gran narradora, vivaz, pero nunca, sino por excepción, descubre la causa de lo que aprecia o lamenta.

La racionalidad femenina es receptiva de la masculina: ella bebe en profundidad la expresión de éste cuando está animada de grandes verdades o, también, de mimetismos de las mismas, bien fraguados.

Para que se haga patente dicha relación, basta comparar la conversación de un varón con un amigo y de éste con una mujer. La de los primeros avanza con argumentaciones paralelas que se estimulan y ayudan mutuamente en la obtención de un fin. La comunicación difiere notablemente en el segundo caso; si él es un varón logrado, la mujer se embebe en su palabra, el razonamiento de ella cesa y, al fin, queda frente a aquél sólo una inteligencia desvelada, en profunda comprensión.

Esta subordinación es tal que cuando ella no está compenetrada de principios morales fuertes y no ha alcanzado sazón de virtudes, el varón si es persuasivo, puede conducirla tanto al bien como al mal.

La mujer, a su vez, injerta al hombre en la tierra; equilibra la tendencia de éste hacia lo universal y abstracto. Su caudal psíquico es rico en aptitudes para compenetrarse íntimamente con gamas, matices, modulaciones, todo lo significativo del ser y las intenciones latentes en las cosas. Por eso el trabajo manual sazona el sentido común femenino. Es el otro extremo que la hace sabia y sensata: y lo es cuando sus manos hablan. Lleva sobre el hombre el gran honor de que, cuando trató las cosas, las enalteció. La mujer completa tiene manos de artista que entablan diálogo con las cosas; los movimientos de sus dedos tienen la virtud de revelar las cualidades de las materias que trata. Mujeres así dieron origen a artesanos y artistas.

Distribuidas de esa manera las dotes humanas en la profundidad psíquica del varón y la mujer, ambos, si crecen en la verdad, se complementan del modo más estable en zonas anteriores al sexo.

A la mujer le corresponde también una posesión pronta e inmediata de la realidad concreta. Por el lugar que Dios le ha dado, tiene, como el niño intuición aguda de las personas y situaciones concretas que la rodean. Difiere en que, mientras la del niño es intemporal de manera que las más significativas se estabilizan en su alma configurándola, las de la mujer la injertan en el devenir del tiempo y están condicionadas por su propia experiencia y pasión. Experiencias generalmente no superadas al menos por ella misma, se convierten en principios de juicio hasta el punto de que una impresión particular, intensa, la retraerá si es mala, o bien la volcará en aquello, si le fue subjetivamente agradable o benéfica.

Depende del hombre el que alcance un justo equilibrio, pues él tiene aptitud adquisitiva de los principios inmutables de la praxis y aquélla, capacidad racional para recibirlos y asimilarlos hasta hacerlos profundamente suyos. Por eso se podría decir que la mujer es la palabra viviente del varón: ella nombra con su pasión y su vida la luz que éste haya adquirido o los errores que haya fraguado.

La aguda intuición de la mujer pareciera hoy, que se ha de extinguir. Se mueve casi automáticamente sin que el caudal afectivo de su alma intervenga demasiado en nada. Ejerce su función de sorprender al varón con un fondo de derrota gustada de antemano. Desde que éste la ignora y la ha localizado en categorías niveladoras, animales, y en un mundo de números, comercio y especializaciones, ella también se ha perdido de vista y, como criatura vacante, se aplica con desgano a cualquier cosa como diciendo con todo: «No sé para qué vivo».

Es receptiva en grado sumo. Sus percepciones prontas le invaden de inmediato sensibilidad y espíritu. Se podría decir que es el espíritu más próximo a la sensibilidad, no porque sea sensual por naturaleza sino porque toda ella arraiga profundamente en el misterio de comunicar vida a la carne: aflora del seno de ese misterio y su psiquis encuentra allí su última explicación.

Por eso vibra con exceso en las circunstancias eventuales, y por causa del trato que no esté en diapasón con la delicadeza aprehensiva de sus nervios, sin poder pesar por lo general el grado de importancia o gravedad de lo percibido; no alcanza por sí misma los principios inmutables, donde descansa con certeza el juicio humano y, por consiguiente, carece de referencias firmes para justipreciar los estímulos e impresiones que la convivencia y el mundo le ofrecen.

En cambio, por esa misma proximidad de su espíritu a la sensibilidad, lo bello, lo poético y la música encuentran pronto eco en ella y le producen fácil catarsis.

Asombra ver cómo esa estructura esencial de la mujer, si no está calibrada por virtudes de resistencia y compensación, la desposa de inmediato con la realidad que la rodea, sin evasión posible.

El hombre se refugia con facilidad en ideologías, oficios, artes, construcciones mentales que satisfacen sólo en el plano mental sus aspiraciones humanas, mientras a expensas de esa satisfacción ficticia, su vida va perdiéndose en días vulgares, de frustraciones.

La mujer, no. Si encuentra ocupación deshumanizante sin contenido real como lo es, por ejemplo, un empleo burocrático, se entrega íntegramente a él hasta el punto de que la esterilidad propia de dicho empleo, la plasma, matando paulatinamente su rica plasticidad expresiva, la femineidad de su espíritu y de su cuerpo hasta convertirla, aunque esté casada y con hijos, en la imagen de un árbol seco, sin frutos.

Los criterios igualitarios en boga la han lesionado profundamente. Varón y mujer no son iguales sino distintos y mutuamente complementarios en vista a componer una naturaleza humana total en un determinado orden. El hombre no puede tratar a la mujer con los modos que trata a los otros hombres. Al cabo de ellos, la naturaleza se retrae inconscientemente dentro de la mujer y ésta, aunque esté actuando junto al hombre, se ausenta del mundo de los hombres: se disloca, por una parte, retraída; por otra, anhelando el lugar perdido, se recubre de artificios, busca ser novedad y sorpresa cada día, con lo cual parece clamar a la desesperada: “Véanme, yo también existo”.

Visto desde este fondo psíquico, no extraña el hecho de que, cuando se decretó su libertad y equiparación de derechos con el hombre, no se le haya ocurrido otra cosa que, usarlos para ratificar públicamente su depender de él. Por primera vez en la historia de todos los tiempos las parejas pasean, el varón imponiendo a modo de yugo su brazo -signo de poder- sobre los hombros de la mujer; o bien, abraza su cintura proclamando posesión.

¿Qué puede significar un hecho tan contradictorio con respecto de la marcha de la sociedad occidental? Parece ser una de tantas protestas de la naturaleza real, la cual impone de manera casi salvaje la textura esencial de la naturaleza humana en contradicción con las ideologías superficiales de que son capaces los occidentales, despojados de la sabiduría que caracterizó los tiempos de su apogeo.

Varón y mujer son cada uno sin duda una naturaleza humana completa y una unidad subsistente propia, persona en posesión de sí de manera íntima e incomunicable; pero a la vez en cuanto a las aptitudes para que esa naturaleza se realice en el ingente devenir de la materia, ambos entretejen una sola naturaleza, no porque estén informados por una única sustancia, sino porque una admirable distribución modal los ensambla.

Masculinidad y femineidad son modos entitativos, son géneros, no accidentes, que afectan a la sustancia humana en toda su extensión, entablando de esa manera complementación mutua y total entre varón y mujer.

Es error de consecuencias trágicas pensar que ellos se complementan en la sola región de las glándulas genitales.

Inteligencia e inteligencia; voluntad y voluntad; sensibilidad y sensibilidad con todo su bagaje de facultades cognoscitivas, apetitos y pasiones, se llaman mutuamente en vocación de ser una sola cosa, no por confusión ni mezcla, no por dominio despótico de uno sobre otro; tampoco por inexplicables urgencias fisiológicas, a las cuales se las encuentra tanto más exigentes cuando el ser humano está más caído por debajo de su perfección normal (Gregorio Marañón), sino por complementación por la cual ambos se nutren mutuamente con la aptitud que el otro no tiene.

La distribución de aptitudes es admirable. La inteligencia del varón es sobre todo racional y abstractiva; la de la mujer, intuitiva. Aquél, por tendencia natural, mira los principios y leyes que rigen el ser y el obrar; ésta aplica a las circunstancias concretas de las personas y las cosas las consecuencias de esos principios y leyes; incorpora al torrente de la vida, sin saberlo, lo que el varón ha adquirido o fraguado en su mente.

Tal relación es tan natural y necesaria que la cumple aun cuando aquellos principios versen acerca de ella misma y le sean nocivos. Hoy, por ejemplo, mientras las ideologías que corren en zonas de ficción proclaman la liberación de la mujer, las convicciones reales transmitidas a ella por el varón en el diario vivir, la rebaja de su condición de persona humana a carne subsidiaria del apetito del hombre y, la mujer, tan receptiva como es de la mentalidad del varón, las vive y las ejecuta como si fueran suyas propias.

No discrimina modas, ni tratos, ni “diversiones”, sabe que está en derroteros de ruina, es consciente de que día tras día como mujer-persona pierde pie, que va hundiéndose en el légamo anónimo de ser considerada nada más que un poco de carne codiciada por breves instantes y, sin embargo, extorsiona su naturaleza, la decora con atuendos y actitudes estridentes con tal de entrar en la zona de esa codicia, la única que le han dejado para existir.

Lo que hemos dicho de la inteligencia, lo podemos afirmar de la voluntad y la sensibilidad. Las mismas modulaciones complementarias matizan a ambas, de tantas maneras. Sobre todo a la sensibilidad, mediante la cual el espíritu de la mujer desemboca prontamente en la irisada contingencia de las situaciones en que se puede encontrar el ser humano. Sus nervios son como finas cuerdas tendidas entre la realidad y la mente del varón.

Las convicciones motrices que el hombre concibe a modo de primeros principios de la conducta, recaen de inmediato, con toda su fuerza en el espíritu y la carne de la mujer, la cual plasma en sí, como nadie, lo que tienen de verdadero, falso o perverso; las concordancias entre realidad y mente, la sazonan y agudizan; los conflictos, la quiebran en multitud de angustias, iras y neurosis.

En fin, si nos internáramos más en estas dos naturalezas, cada una completa como persona y a la vez provistas, ambas, de modos esenciales complementarios entre sí, al descubrir las compensaciones y armonías internas con que se podrían fundir en una entrañable unión, la más íntima que puede darse en el orden natural, quedaríamos deslumbrados.

Una mutua vocación de esencias es la que llama a esa fusión interior, estable, sin orillas, cuando novios y esposos movidos por verdadero amor total logran encontrarse, el uno al otro, en el dilatado seno que llamamos alma.

Y es este mismo llamamiento el que se descarga y arrasa en aquellos que se aproximan creyendo que la cita varón-mujer se consuma nada más que en la epidermis y en las glándulas.

A dichas disposiciones profundas interiores se debe la especial hondura trágica que acompaña la búsqueda de tal unión cuando el pecado la quiebra e impide de mil maneras.

Ni las “exigencias” glandulares, ni presuntos “instintos reprimidos” -que no existen- ni la sórdida e implacable “libido” -particularmente imperante en el mismo Freud- explican la intensidad conflictiva que caracteriza los “problemas sexuales” multiplicados con espesa grosería por el hombre occidental, ahora precisamente, cuando navega como nunca en la pleamar de su “progreso”, y vuela en las diecisiete estratosferas superpuestas de su cielo “Humanista”.