PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS

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SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el Ángel antes de ser concebido en el seno materno.

De nuevo asistimos a la emocionante escena de la Circuncisión del Niño Dios, pero esta vez para escuchar el Santísimo Nombre que se impuso al Hijo del Eterno en el ambiente piadoso de la gruta bendita de Belén.

Atendamos con devoción a este nuevo misterio.

El Evangelista habla incidentalmente de la Circuncisión, y como para indicarnos en qué circunstancias se le impuso al divino Niño el Nombre sagrado de Jesús.

Nuestro Señor se somete a la ley de la circuncisión para honrar a su Padre y mostrarse como hombres; recibe el Nombre de Jesús para indicar el papel de Salvador que vino a llenar en la tierra… Es circuncidado como hijo de Abraham, dice San Bernardo, y es llamado Jesús como Hijo de Dios.

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¿Por qué Nuestro Señor toma el Nombre de Jesús?

El nombre debe ser expresión de la esencia de las cosas. En conformidad con este principio, antiguamente se designaban las personas con nombres que decían relación a sus cualidades, oficios, circunstancias de nacimiento, etc.

Comprendemos por esto que el nombre del Mesías no se dejase al arbitrio de los hombres.

El Ángel que llevó a María Santísima la embajada de su augusta elección como Madre de Dios, le dijo: Le pondrás por nombre Jesús.

Y a San José se le da a conocer, además, la significación del Nombre del Hijo de María: Le pondrás por nombre Jesús, pues Él es el que ha de salvar a su pueblo de sus pecados.

Jesús es, pues, el Nombre que corresponde al oficio del Mesías.

El mundo yacía en estado de postración cual «masa condenada». El Señor vino como piadoso Salvador a tenderle la mano y levantarlo de su miseria.

Por eso el Cielo le llama Jesús, Salvador.

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Isaías había profetizado que sería llamado Emmanuel, es decir Dios con nosotros. Pero debe prevalecer el Nombre que el Ángel trajo del Cielo y reveló a María Santísima y al Buen San José.

Emmanuel marca la excelencia de este divino Niño; pero el significado admirable del Nombre de Jesús, al recordarnos siempre lo que este mismo Niño se dignó ser y hacer por nosotros, pobres pecadores que cayeron en la desgracia de Dios, tuvo que dar preferencia a este dulce Nombre; porque, a través de él, estamos constantemente llamados a multiplicar los testimonios de nuestra gratitud a este divino Salvador.

Este Nombre, que vino del Cielo y significa Salvador, se adaptaba maravillosamente al Verbo Encarnado, y sólo a Él podía ser aplicado, sólo el Verbo Encarnado podía salvar a los hombres en su calidad de Dios-Hombre.

El hombre ha podido provocar su ruina, ha sido capaz de acarrearse la condena eterna; pero es absolutamente impotente para redimirse.

Por el otro lado, siendo Dios impasible por naturaleza, no podía sufrir para salvar al hombre.

Por lo tanto, se necesitó al Salvador del mundo, por una parte ser un hombre, para soportar la pena del pecado; y, por otra parte, al mismo tiempo ser Dios, para ofrecer una satisfacción proporcionada a la ofensa y desprecio.

Nuestro Señor, el Verbo Encarnado, abarcó admirablemente en su Persona divina y sagrada esta doble condición y, en consecuencia, mereció, y sólo Él, este Nombre que está por sobre todo nombre.

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Profundicemos esta enseñanza.

Jesucristo es el Verbo Encarnado, que se manifiesta entre los hombres; siendo a la vez verdadero Dios y verdadero hombre. Posee dos naturalezas inseparablemente unidas en una sola persona, que es la Persona del Verbo.

Nuestra fe y nuestra piedad lo adoran como Dios; proclamando, al mismo tiempo, la realidad tangible de su humanidad.

Todo el valor de la misión y de la obra de Jesucristo radica en su divina Persona; y, a su vez, la misión y la obra de Jesús nos revelan la Persona del Verbo eterno.

Y debemos destacar que los Nombres atribuidos a la Persona del Verbo encarnado declaran su misión y caractericen su obra.

En efecto, estos Nombres no son como los nuestros, que ordinariamente nada significan. Vienen del Cielo y entrañan hondos y misteriosos sentidos.

Se cuentan muchos nombres; pero la Iglesia, heredera en esto de San Pablo, ha conservado principalmente dos: Jesús y Cristo.

Todos sabemos que Cristo significa el ungido y consagrado. Ya en la antigua Ley se consagraba frecuentemente a los reyes; más raramente a los profetas, y siempre al sumo sacerdote.

El nombre de Cristo, designa la misión de profeta, pontífice y rey, y nadie realizó cumplidamente su significado como Nuestro Señor.

Jesucristo es el Cristo por excelencia, pues sólo Él es el Profeta, el único Pontífice supremo y universal y el Rey de los siglos.

Jesucristo es Rey. Procede este título de su divinidad. Jesucristo domina sobre todas las criaturas, que sacó de la nada por su poder infinito.

Jesucristo es Rey también en cuanto Verbo Encarnado. El Padre Eterno le había prometido el cetro del mundo.

El Verbo toma nuestra pobre naturaleza para establecer en el mundo el Reino de Dios. Jesucristo organiza su Reino al elegir a los Apóstoles, y funda su Iglesia, a la cual confía su doctrina, autoridad y sacramentos.

Jesucristo es también Profeta, y no un profeta cualquiera, sino el profeta por excelencia, pues es el Verbo en persona, la luz del mundo. Es aquél que, viviendo siempre en el seno del Padre, conoce perfectamente todos los secretos divinos; y vino a revelarlos a la humanidad entera.

Finalmente, el Verbo Encarnado realiza enteramente el significado de su nombre de Cristo por su cualidad de Pontífice y de Mediador, pontífice supremo y mediador universal.

Llegados aquí, debemos unir al Nombre de Cristo el de Jesús.

Jesús quiere decir Salvador, como lo declaró el Ángel a San José: Le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de todos sus pecados.

Ésa es su misión esencial: El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

En efecto, Jesús realiza plenamente la significación de su nombre divino por su sacrificio, cumpliendo su obra de pontífice: El Hijo del hombre vino para dar su vida en rescate por una multitud.

Estos dos nombres, Cristo y Jesús, se completan mutuamente y son inseparables. Jesucristo es el Hijo de Dios, hecho Pontífice Supremo, que salva a la especie humana pecadora, mediante su sacrificio.

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Antiguamente, esta consagración se hacía de ordinario por una unción especial para significar que el Espíritu Santo habitaba en el elegido, señalándolo por este rito particular para la altísima misión de pontífice.

En el sacerdocio humano, este carácter sacerdotal es una cualidad que se agrega, por decirlo así, a la persona del hombre.

Sin embargo, en Cristo Jesús, este carácter es enteramente trascendental, como es también única la mediación que Él ejerce sobre los hombres.

Jesús es el Pontífice desde el instale de su encarnación y por su encarnación. El sacerdocio de Cristo comenzó en el momento mismo de la encarnación del Verbo; en ese mismo instante, se unieron las dos naturalezas.

Por el misterio de la encarnación, la humanidad de Jesús fue consagrada, ungida; y no con una unción exterior, como es la que estilan los hombres, sino con unción espiritual.

Dada una unción tan penetrante, y el modo con que la humanidad ha sido consagrada a Dios, no podemos imaginar unión más estrecha que ella, puesto que la naturaleza humana ha venido a ser la propia humanidad del Hijo de Dios.

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Si reflexionamos acerca de las circunstancias en que se le impuso este Nombre, hallaremos todavía más profundos misterios, se nos descubrirá algo acerca del modo cómo realiza el Señor la salvación que su Nombre promete.

Jesús recibe su Nombre en el momento en que derrama la primera gota de su Sangre redentora, como declarando que no sólo es Salvador, sino también Redentor; que nos salvará redimiéndonos al precio de su Sangre.

¡Qué consolador es para nosotros el doble oficio de Salvador y Redentor, que predica el Nombre de Jesús!

Gracias infinitas sean dadas a la Santísima Trinidad por haberse apiadado de nuestra miseria y habernos dado un Salvador tan poderoso y un Redentor tan amoroso en Jesús…

Y Tú, dulcísimo Jesús, Salvador nuestro, no permitas que sea en vano para nosotros redención tan copiosa. A pesar de nuestras flaquezas, más aún, precisamente por ellas, sé para nosotros Jesús.

¿Quién podrá decir con qué respeto, con qué devoción y amor, María Santísima y San José le impusieron al divino Niño este Nombre celestial de Jesús?

¡Qué sagrado debía ser este Nombre para ellos!

Los dos entendieron las magnitudes y propiedades inefables de este divino Nombre. La luz divina les hizo ver que este Niño divino, por el sólo hecho de ser Jesús, posee todas las perfecciones divinas; que en Él están todas las virtudes y la plenitud de la gracia; y que finalmente Él es el Maestro, el Padre, el Juez, el Doctor, el Pastor, el Abogado de los hombres. Y ambos dijeron con amor: Jesus meus et omnia

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Comprendemos también que los Santos experimentasen extraordinaria dulzura al pronunciar el Nombre augusto de Jesús.

Si escribes —decía San Bernardo—, sabe que yo no encuentro sabor alguno en las páginas en que no leo el Nombre de Jesús. Si disputas o conferencias, no encuentro gusto alguno en tus palabras, si no oigo pronunciar el Nombre de Jesús. Jesús es miel en los labios, dulcísima armonía en los oídos, júbilo inefable para el corazón.

Sabiendo que el nombre es la expresión de la esencia de una cosa, llegamos a concebir la razón del entusiasmo de San Bernardino de Siena y de San Juan de Capistrano, junto con la pléyade de apóstoles del Nombre de Jesús que su espíritu despertó en la Italia del siglo XV, por ver esculpido tan dulce Nombre en las Iglesias, en el frontispicio de las casas y en cualesquiera lugares; comprendemos el fervor de Santos como Santa Juana Francisca de Chantal y el Beato Enrique Susón, que grabaron sobre su corazón el Santísimo Nombre de Jesús.

Jesús es, además, la insignia que derriba a todos nuestros enemigos; al oírlo nombrar, los espíritus infernales se espantan, y, aunque rugiendo de ira, doblan las rodillas.

Dice el Introito de hoy: Al nombre de Jesús doblen las rodillas todas las criaturas del cielo, de la tierra y del infierno; y toda lengua confiese que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre.

No apartemos, pues, de nuestros labios Nombre de tanta virtud. El mismo Señor nos lo encarece al decirnos: Ponme como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo.

Y así como el cuño indica el dueño a quien pertenece la cosa signada, así también el Nombre de Jesús, grabado sobre nuestras almas, manifiesta que es a Jesús a quien tenemos entregado todo el amor, que es Jesús el dueño de nuestro corazón.

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Debemos acostumbrarnos a pronunciar con respeto y amor el Santísimo Nombre de Jesús, con los mismos sentimientos que tenían María Santísima y el Buen San José: Sit nomen Domini benedictum; sea bendito el Nombre del Señor.

Los Soberanos Pontífices atribuyeron indulgencias a la piadosa recitación de este sagrado Nombre.

El Gradual de la Fiesta nos hace rezar así: Salvadnos, Señor Dios nuestro, y reunidnos de entre las naciones, para confesar vuestro santo Nombre, y gloriarnos en cantar vuestras alabanzas.

Y el Ofertorio dice: Os alabo, oh Señor Dios mío, con todo mi corazón, y glorificaré eternamente vuestro santo Nombre, porque Vos, Señor, sois manso y suave; y de mucha misericordia para los que os invocan.

Por todo esto, la Santa Liturgia nos hace pedir en la Oración de hoy:

Oh Dios, que constituisteis a vuestro Unigénito Hijo Salvador del género humano, y ordenasteis que se llamase Jesús, concedednos propicio, que gocemos en los cielos de la vista de Aquel cuyo Nombre veneramos en la tierra.