PADRE JUAN CARLOS CERIANI: MISA DE MEDIANOCHE

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MISA DE MEDIANOCHE

En aquel tiempo salió un edicto de César Augusto, ordenando que se inscribiera todo el orbe. Esta primera inscripción fue hecha siendo Cirino gobernador de Siria. Y fueron todos a inscribirse, cada cual en su ciudad. Y subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén, porque era de la casa y familia de David, para inscribirse con María, su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y sucedió que, estando ellos allí, se cumplieron los días de dar a luz. Y dio a luz a su Hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada. Y había unos pastores en la misma tierra, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre el ganado. Y he aquí que el Ángel del Señor vino a ellos, y la claridad de Dios les cercó de resplandor, y tuvieron gran temor. Mas el Ángel les dijo: No temáis, porque os voy a dar una gran noticia, que será de gran gozo para todo el pueblo; es que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, el Salvador, que es Cristo, el Señor. Y ésta será la señal para vosotros: hallaréis al Niño envuelto en pañales y puesto en un pesebre. Y súbitamente apareció con el Ángel una gran multitud del ejército celeste, alabando a Dios, y diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Esta página de San Lucas es admirable y verdaderamente divina en su simplicidad y delicadeza.

En la primera parte, nos muestra cómo el emperador de la tierra coopera, sin saberlo ni pretenderlo, con los planes de Dios: Salió un edicto de César Augusto, ordenando que se inscribiera todo el orbe. Esta primera inscripción fue hecha siendo Cirino gobernador de Siria. Y fueron todos a inscribirse, cada cual en su ciudad.

También nos manifiesta cómo el Rey del Cielo, el Todopoderoso, entra al mundo escoltado por la pobreza, el sufrimiento y la humillación: Dio a luz a su Hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada.

En la segunda parte, el recitado presenta al Cielo invitando a la tierra a regocijarse por el nacimiento del Salvador; vemos, pues, a los Ángeles que traen esa canción celestial, que la Iglesia cantará hasta el final de los siglos: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

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¡Qué admirables y hermosos son los caminos de Dios! Este emperador pagano, al ordenar el censo de los súbditos de su vasto imperio, sólo pensaba en satisfacer su vanidad y en conocer las riquezas de las provincias sometidas a su dominio.

Pero Dios, que dispone todo suaviter et fortiter, hace que los cálculos humanos de este príncipe entren en su plan redentor.

Los Profetas habían predicho que el Mesías nacería en Belén, y el edicto del César allí lleva a José y María desde las profundidades de Galilea; y justo en el momento en que los oráculos divinos debían cumplirse.

Adoremos siempre en los eventos humanos las visiones secretas de la Divina Providencia, esa mano invisible que dirige y ejecuta todo con sabiduría infinita.

El hombre se agita, y Dios lo guía…

José, descendiente y heredero directo de David, debía ir a Belén, de donde era originario este Rey. María, habiendo llegado al término de su embarazo, lo acompañó en este viaje, porque debía inscribirse como hereditaria de su familia y último brote de la rama de Natán.

Admiremos su pronta obediencia a las órdenes de un príncipe pagano, a pesar de la longitud y de las dificultades del camino, en una estación rigurosa.

Ensalcemos también su paciencia para soportar el cansancio y las molestias del viaje, las privaciones y, especialmente, las humillaciones que encontraron en Belén.

Cuando llegaron al pequeño poblado, no se abrió ninguna puerta ante estos dos nobles pero pobres descendientes de David; no fueron recibidos en ninguna parte, e incluso no pudieron encontrar un lugar en la posada que servía a los extranjeros; y se vieron obligados a buscar refugio en una gruta pobre utilizada como establo y donde la Tradición nos enseña que esa noche se encontraban en ella un buey y un asno.

Al ver cómo se trata a los personajes más santos del mundo, San José, el hombre justo, y María Santísima, llevando en su seno al Dios de toda santidad, el Redentor de la raza humana, ¿quién de nosotros se atrevería a quejarse, cuando sucede que nos encontramos con alguna pena, desprecio o humillación?

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Dios se sirvió, pues, del decreto del César para conducir a José y María a Belén, y para que el Mesías prometido, el Salvador del mundo, naciese allí, conforme a la profecía.

Con esto quiso dar a los hombres una doble señal para reconocer a Jesús como el Mesías:

1ª) Su nacimiento en Belén, según la famosa profecía de Miqueas, conocida por todos los judíos.

2ª) La inscripción del recién nacido en los registros públicos de Belén y de Roma, como prueba auténtica de que descendía de David.

El Profeta Miqueas había anunciado:

Pero tú, Belén de Efratá, pequeña para figurar entre los millares de clanes de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser dominador de Israel, cuyos orígenes son desde los tiempos antiguos, desde los días de la eternidad.

Grandiosa profecía mesiánica, que reúne los fundamentos de la doctrina cristológica: la eternidad y divinidad del Mesías; su consubstancialidad al Padre, su realeza y su reinado.

La grandiosa trascendencia de este glorioso pasaje mesiánico se ve en la interpretación terminante que los príncipes de los sacerdotes y los doctores de la Ley dieron a Herodes de este anuncio de un dominador que había de regir a Israel, y a quien los Reyes Magos llamaron Rey de los judíos.

Jesús vino a cumplir las profecías que lo anunciaban como Mesías, Rey de los judíos. Siendo rechazado por la violencia, ofreció a los que creyeren hacerlos hijos de Dios y jueces con Él en el día de su venida para el juicio.

Cuando haya triunfado de todos sus enemigos, entregará el reino a su Dios y Padre, a quien se sujetará también el mismo Hijo para que el Padre sea todo en todas las cosas.

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Por las palabras dio a luz a su Hijo primogénito, el Evangelista simplemente quiere afirmar que la Virgen Madre María no tuvo ningún otro hijo antes de Jesús, que Jesús nació primero, y que en esta calidad es el verdadero y propio heredero de David.

Jesús bien puede ser llamado el Primogénito en relación con nosotros, a quienes hizo hermanos y a quienes María debió dar a luz en el dolor en el Calvario. Primogénito entre muchos hermanos, lo llama San Pablo.

El nacimiento de Jesús fue prodigioso y divino como su concepción. María Virgen, habiéndolo concebido sin voluptuosidad, es decir, sin perjuicio de la inocencia y de la virginidad, lo dio a luz sin dolor, con alegría inefable, sin dejar de ser virgen.

Mientras María estaba transportada por un éxtasis de amor, Jesús emergió de su seno como un rayo de luz que atraviesa el cristal, no sólo sin dañarlo, sino haciéndole brillante y magnífico.

¿Quién podrá expresar los actos de adoración, alabanza, gratitud y amor de esta bendita Madre? ¡Con qué alegría lo tomaría en sus brazos y lo ofrecería al Padre celestial! ¡Con qué transportes de ternura lo abrazaría y amamantaría!

Envuelto en pañales lo recostó en el pesebre preparado por el Buen San José; quien, avisado por la Virgen Madre, se acercó con respeto y devoción para adorar postrado al divino Niño, que lo había elegido para hacer las veces de su Padre adoptivo.

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¡El Rey del Cielo y de la tierra, el Hijo de Dios, el Todopoderoso, rechazado por los hombres, nace en un pobre establo y es recostado en un pesebre!

Años más tarde dirá: Los zorros tienen sus guaridas, y las aves del cielo sus nidos, mas el Hijo del hombre no tiene lugar donde descansar la cabeza; y, finalmente, morirá sobre una cruz…

Jesús entra al mundo como saldrá de él, en la pobreza y la humillación…

Jesús quiso nacer en humillación tan profunda para sanar nuestro orgullo; en desnudez tan grande, para separar nuestro corazón de las riquezas de este mundo; en condiciones tan duras y dolorosas, para enseñarnos a renunciar a los engañosos placeres de este mundo y a nuestra tranquilidad…

Y deseando mostrar su predilección por los pobres y los pequeños, llama primero a los pastores.

Se manifiesta a estos pastores, porque eran pobres, humildes, rectos y simples.

Dios revela sus misterios sólo a los humildes y a los pequeños; y los esconde a los sabios y orgullosos.

Se manifiesta a ellos porque eran vigilantes. Los cobardes, los tibios, los descuidados no son dignos de ver las maravillas de Dios.

A la aparición del Ángel, quedan rodeados por una luz divina, pues viene a anunciarles el nacimiento de Aquél que es la Luz del mundo, el Esplendor del Padre eterno.

Escuchemos, con gratitud y amor, las palabras del Ángel a los Pastores. Es el anuncio de la salvación de Israel y del mundo entero, prometido a los Patriarcas, esperado y deseado por cuatro mil años: No temáis, porque os voy a dar una gran noticia, que será de gran gozo para todo el pueblo; es que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, el Salvador, que es Cristo, el Señor

Dulces palabras, que deberían acabar con todos los males y todas las penas de la tierra, pues anuncian a los hombres su liberación de la esclavitud del diablo y del pecado.

La Buena Nueva, que los Apóstoles y sus sucesores llevarían hasta los confines de la tierra, para iluminar y moralizar a los pueblos, hacerlos hijos de Dios y dignos de la herencia celestial…

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Dios, al mostrarles a los pastores el nacimiento del Salvador, les hizo una gran gracia; pero quiso hacerlos merecedores de ella; y les exigió un acto de fe a estos primeros adoradores, como lo exigirá a todos los que vengan en el futuro.

Las gracias sobrenaturales son siempre la recompensa de una fe extraordinaria…

Aquí está la señal, que es, al mismo tiempo, una prueba para la fe de los pastores: Y ésta será la señal para vosotros: hallaréis al Niño envuelto en pañales y puesto en un pesebre.

¡Oh infinita grandeza de Dios!, ¿dónde estás?

¿Quién pensó alguna vez que tales signos abyectos serían elegidos y dados para reconocer la suprema majestad de Dios?

Mientras el Verbo de Dios nació en este pobre establo, todas las jerarquías celestiales estaban admiradas al ver a la Divina Majestad en tal anonadamiento.

Fue entonces cuando el Padre eterno les dio esta orden, de la cual habla San Pablo: Al introducir al Primogénito en el mundo dice: Adórenlo todos los ángeles de Dios.”

Al mismo tiempo, emitieron al aire una canción celestial y divina: Súbitamente apareció con el Ángel una gran multitud del ejército celeste, alabando a Dios, y diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Este cántico angélico es una doxología admirable, que proclama que la Encarnación es la obra maestra de Dios, digna de ser exaltada y cantada sin cesar en lo más alto del Cielo, debido a la gloria que le da al Señor.

Al mismo tiempo, contiene una magnífica promesa para los hombres: la paz.

Ofrecida por Dios a los hombres debido a los méritos de su divino Hijo, quien aparece hoy entre ellos; ofrecido a todos, pero que sólo podrán disfrutar aquellos que tengan buena voluntad, es decir, cuya voluntad esté completamente en conformidad con la de Dios.