PADRE JUAN CARLOS CERIANI: MISA DE LA AURORA

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MISA DE LA AURORA

En aquel tiempo los pastores decían entre sí: Vayamos hasta Belén y veamos eso que ha sucedido, que el Señor nos ha manifestado. Y se fueron presurosos; y encontraron a María, y a José, y al Niño acostado en un pesebre. Y, al verlo, conocieron ser verdad lo que se les había dicho acerca de aquel Niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron, y de lo que los pastores les decían. Y María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores, glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, según se les había dicho.

¿Qué hicieron los pastores después de escuchar el concierto de los Ángeles?

Animados por esta admirable aparición, llenos de fe y ardor, y completamente dóciles a la gracia, se incitaron mutuamente para ir lo antes posible a Belén, para ver con sus propios ojos las maravillas que Dios les había dado a conocer, y decían entre sí: Vayamos hasta Belén y veamos eso que ha sucedido, que el Señor nos ha manifestado. Y se fueron presurosos…

Su obediencia fue pronta, sin demora, fervorosa y generosa; dejaron sus rebaños y fueron de prisa, sin temor a la fatiga ni a la burla de los demás…

Nos enseñan a ser fieles a la gracia de Dios y a nunca descuidar las inspiraciones divinas. El Espíritu Santo odia la tibieza, la negligencia y la resistencia a sus gracias.

Nada es más peligroso que el abuso de la gracia; y, sin embargo, es lo más común entre los cristianos, e incluso entre las personas piadosas.

Pidamos a los santos pastores nos alcancen la gracia de ser siempre dóciles a las santas inspiraciones y dejar todo para cumplir la divina voluntad en todas las cosas.

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¿Cuál fue el premio de su diligencia? Encontraron a María, y a José, y al Niño acostado en un pesebre.

¡Felices pastores! Se apresuraron a ir al establo, y allí encontraron a María Santísima, al Buen San José, y también, como les había dicho el Ángel, al Niño Jesús.

No dudan ni un momento; y su fe, simple e ingenua, pronto les hace reconocer en este pobre Niño a su Salvador y su Dios: Y, al verlo, conocieron ser verdad lo que se les había dicho acerca de aquel Niño.

Debemos tener una fe simple e inquebrantable, como la de los pastores.

Según la palabra del Ángel, ellos creen que este Niño es Dios. Nosotros, según la palabra de Nuestro Señor, debemos creer que Él está en el Santísimo Sacramento; el mismo Jesús, Dios hecho hombre, nacido en el establo, muerto en la cruz y hoy glorioso e inmortal en el Cielo.

Adoro te devote, latens Deitas, quæ sub is figuris vere latitas…

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Esta es una de las escenas más conmovedoras del nacimiento del Salvador.

Por un lado, admiramos el amor infinito de Dios llamando, en primer lugar, a los pobres y a los pequeños al conocimiento de su divino Hijo.

Por otro lado, ensalzamos la fidelidad, la fe y el amor de estos simples pastores…

¡Qué fuente tan abundante de lecciones para nosotros!…

El Hijo de Dios, el Rey de la gloria, nació en un pobre establo en Belén. ¿Quién vendrá primero a adorar a este dulce Salvador?

Había en el mismo lugar pastores que cuidaban sus rebaños durante las vigilias nocturnas. Y cuando un Ángel del Señor apareció cerca de ellos, un resplandor divino brilló a su alrededor, y fueron cautivados de un gran temor.

Y el Ángel les dijo: No temáis, porque os voy a dar una gran noticia, que será de gran gozo para todo el pueblo; es que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, el Salvador, que es Cristo, el Señor. Y ésta será la señal para vosotros: hallaréis al Niño envuelto en pañales y puesto en un pesebre.

¡Qué anuncio tan maravilloso!

¿Y por qué son tan favorecidos los pastores?

Porque son pobres; y ellos reciben los primeros favores de Jesús, y serán objeto de sus predilecciones durante toda su vida.

Porque son humildes y simples. Jesucristo lo dirá más tarde: Gracias te doy, Padre, porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños… Sus preferencias siempre serán para los pequeños y los humildes.

Porque estaban vigilantes, aplicados para cumplir con sus deberes, velando por sus rebaños.

De estos ejemplos aprendamos que, para merecer los favores de Jesús, debemos:

Apreciar y practicar la pobreza de acuerdo con nuestra condición; nunca quejarnos, antes bien alegrarnos en las privaciones que Dios nos envía.

Estimar y practicar la humildad y la simplicidad, sin permitir nunca que nuestro corazón ceda ante el orgullo, la vanidad y la ambición.

Ser vigilantes y aplicados a nuestros deberes, pues Dios rechaza a los perezosos, los cobardes, los somnolientos, los tibios, a todos aquellos que son descuidados en la oración y los ejercicios de piedad, en la práctica de obras de caridad y sus deberes estado.

Y los pastores respondieron al llamado divino con el fervor y la diligencia que corresponden a la vocación divina.

Su respuesta fue sin demora, sin vacilación; fue simple, sin dudas ni reflexiones, sin peros…, ni cómos…, ni cuándos…, ni dóndes…; dejando sus rebaños partieron decididamente, sin preocuparse por la noche, ni el cansancio, ni lo desconocido…

Es así como debemos ser fieles a la gracia de Dios, a las inspiraciones de su amor…

Muchos cristianos, hoy en día, resisten a la gracia… Escuchan la voz de Dios, pero, como Adán en el paraíso terrenal, se esconden, sin tener la conciencia tranquila; o posponen, disculpándose por las dificultades, las ocupaciones, las preocupaciones, por el cuidado de las cosas de la tierra…

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Dios no deja sin recompensa la fidelidad a la gracia y el piadoso entusiasmo de los pastores.

Llegaron a la gruta y encontraron a la Virgen Madre y a San José, quienes los recibieron con afabilidad, invitándolos a entrar y acercarse para ver al Divino Niño.

¡Bienaventurado quien encuentra a María y José!

Admiremos la fe de los pastores. Sólo tienen delante de ellos un niño débil y llorando; pero allí están los signos dados por el Ángel, y no dudan, ni por un momento, reconocerlo por su Salvador y su Dios, postrándose a sus pies, para adorarlo y ofrecerle sus modestos presentes…

Bienaventurados pastores… ¿Quién podrá expresar las gracias, las luces, los consuelos de que fueron inundadas sus almas en aquella bendita noche?

Estos pastores regresaron felices, glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto.

Agradecen a Dios por el favor que les acaba de dar y por la salvación que otorga al mundo. Sus corazones están llenos de alegría, gratitud y amor, y están ansiosos por compartirlos con todos, sus padres, amigos y vecinos… Se convierten en apóstoles y dan a conocer a Jesús a quienes los rodean.

Iluminados por Dios e inflamados de amor, se convirtieron, pues, en anunciadores de Cristo Redentor.

Regresaron llenos de admiración y de gratitud por la gracia que acababan de recibir; no podían cansarse de glorificar a Dios y de alabarlo por lo que habían visto.

Nosotros, a ejemplo suyo, debemos alabar y agradecer a Dios por las innumerables gracias que nos otorga, especialmente la Santa Misa y la Sagrada Comunión; y guardar el recuerdo de sus bendiciones, para entusiasmarnos, para servirlo mejor y hacer que todos lo conozcan y lo amen.

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Y todos los que lo oyeron se maravillaron, y de lo que los pastores les decían.

Se trataba, ciertamente, del círculo muy pequeño de parientes, amigos o vecinos de los pastores; personas simples y temerosas de Dios, que sin duda vinieron para adorar al Divino Niño.

¡Pero cuántas personas en Belén prestaron poca o ninguna atención a todos estos prodigios, y tal vez, incluso, llegaron a burlarse de los pastores y su confesión…!

Por orgullo y de acuerdo con las pretenciosas ideas que tenían sobre el Mesías, estos indignos descendientes de Israel se negaron a reconocerlo en un niño tan pobremente nacido y de aspecto tan humilde.

Vino a los suyos…; y los suyos no lo recibieron…

Pero a todos los que lo recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios…

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Para terminar, saboreemos las deliciosas palabras del Evangelio: Y María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su Corazón

¿Qué nos dicen estas palabras?

Nunca podremos agradecer demasiado a San Lucas, y al Espíritu Santo que se las inspiró, por haber transmitido este rasgo precioso y conmovedor.

La Santísima Virgen, totalmente recogida en Dios, meditaba en su Corazón las maravillas que presenciaba.

Su alma experimentaba sentimientos de indescriptible gratitud, impulsos de fervor y de amor que deleitaban a los Serafines.

Sin duda, en su Corazón repetía su himno sublime: Magnificat anima mea Dominum, et exultavit spiritus meus in Deo salutari meo, quia respexit humilitatem ancillæ suæ. Ecce enim ex hoc beatam me dicent omnes generationes, quia fecit mihi magna qui potens est, et sanctum nomen eius…

Sin duda, también, en su Corazón refrendaba su Ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum verbum tuum.

¡Oh Virgen Santísima, Madre admirable!, enséñanos a meditar como Tú las maravillas de la encarnación, nacimiento, vida, muerte, resurrección y gloria de tu Divino Hijo, para disfrutar de todas las preciosas lecciones que nos da.

Que a ejemplo tuyo, lo conozcamos, lo amemos y lo sirvamos con todo nuestro corazón; y vivamos sólo para Él, según su voluntad, esperando que Tú nos obtengas la gracia y misericordia de compartir su gloria y bienaventuranza eterna…