Año Litúrgico
Dom Próspero Guéranger
Rociad, cielos de arriba; nubes, lloved al Justo; ábrase la tierra y germine al Salvador.
Los cielos cuentan la gloria de Dios; y el firmamento pregona las obras de sus manos.
Hénos ya en la Semana que precede inmediatamente al Nacimiento del Mesías: dentro de siete días lo más tarde le tendremos entre nosotros; tal vez, este Advenimiento tan deseado ocurra dentro de seis, de tres días, o mañana mismo según la extensión del Adviento que varía cada año.
La Iglesia cuenta ya las horas de espera; día y noche está vigilante y sus Oficios toman una extraordinaria solemnidad a partir del 17 de diciembre. En Laudes varía diariamente las antífonas; en Vísperas exterioriza con majestad y ternura al mismo tiempo sus ansias de Esposa por medio de ardientes exclamaciones al Mesías, en las que le da todos los días un título magnífico tomado de los Profetas.
El Cuarto Domingo de Adviento es llamado también Rorate a causa del Introito; pero con más frecuencia se le da el nombre de Canite tuba, por las primeras palabras del primer Responsorio de Maitines y de la primera antífona de Laudes y Vísperas.
Hoy la Iglesia va a dar el último golpe para conmover a sus hijos. Con ese fin los transporta al desierto; les muestra a Juan Bautista, de cuya misión les ha hablado ya en el Domingo Tercero. La voz de este austero Precursor traspasa el desierto y se ha hecho oír en las ciudades. Predica la penitencia, la necesidad de purificarse en espera del que va a venir.
Hagamos unos días de retiro; y si, por nuestras ocupaciones externas, no lo podemos hacer, apartémonos a lo más recóndito de nuestro corazón y confesemos nuestros pecados, como aquellos verdaderos Israelitas, que llenos de compunción y fe en el Mesías, acudían a los pies de Juan Bautista para concluir su obra de preparación a un digno recibimiento del Mesías.
Pues bien, he ahí a la Santa Iglesia que, antes de abrir el libro del Profeta, nos dice como de ordinario, pero con una mayor solemnidad:
El Señor está ya cerca: venid, adorémosle.
Del Profeta Isaías, XXXV, 1-10.
Liberación y triunfo de Israel
El desierto y la tierra árida se alegrarán, saltará de gozo la soledad y florecerá como el lirio; florecerá y saltará de gozo entre júbilos y cantos de triunfo. Les serán dadas las galas del Líbano, la magnificencia del Carmelo y del Sarón.
Verán la gloria del Señor, la magnificencia de nuestro Dios. Fortificad las manos débiles, robusteced las rodillas flojas.
Decid a todos los que tienen el corazón turbado: ¡ánimo, valor, he ahí a vuestro Dios! Se acerca la venganza, el castigo de Dios; ¡El mismo viene para salvaros!
Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y las orejas de los sordos; entonces el cojo saltará como el ciervo, y la lengua de los mudos entonará cánticos de triunfo.
Santo camino, abierto ante los desterrados libres
Porque en el desierto brotarán fuentes de agua viva, y los arroyos correrán por la soledad; la tierra árida se trocará en estanque, y el suelo seco en manantiales; las cuevas que eran guarida de chacales será un jardín de cañas y de juncos.
Habrá allí un camino expedito que se llamará el Camino santo; ningún impuro transitará por él. El Señor mismo conducirá al viajero; y ni los lerdos se perderán. No habrá allí leones, ni pondrá allí el pie bestia alguna feroz; por allí caminarán los que hayan sido libertados, los rescatados por el Señor.
Vendrán a Sión entre cánticos de triunfo; una eterna alegría coronará sus cabezas. Les invadirá él gozo y la alegría; y huirán la tristeza y el llanto para siempre.
“Las grandiosas promesas de este capítulo se realizaron parcialmente a la vuelta del destierro (siglo VI antes de J. C.) y la restauración política de Israel; pero la idea del profeta sube más alto y llega más lejos; esta restauración nacional no es más que el punto de partida y el símbolo de la conversión del mundo al Dios verdadero y del Reino del Mesías sobre la tierra, sobre todo al fin de los tiempos. Muchos rasgos de esta descripción se han realizado al pie de la letra en Jesucristo (S. Mat., XI, 5); todos se realizarán completamente en la nueva creación que reemplazará a la antigua, al fin de los tiempos» (Crampón, Les Prophétes, II, 121).
Muy grande será, pues, oh Jesús el gozo de tu venida, si ha de resplandecer en nuestra frente por siempre como una corona. ¿Y cómo no ha de ser así? Hasta el desierto, al acercarte, florece como un lirio, y del seno de la tierra más estéril saltan arroyos de aguas vivas.
¡Oh Salvador, ven cuanto antes a darnos este Agua que mana de tu Corazón y que es la que con tanta insistencia te pedía la Samaritana, imagen de nosotros pecadores.
Este Agua es tu gracia: rocíe nuestra sequedad y también nosotros floreceremos; apague nuestra sed y correremos con fidelidad tras tus huellas por el camino de tus mandamientos y de tus ejemplos, ¡oh Jesús!
Tú eres nuestro Camino, nuestro sendero hacia Dios; y Tú mismo eres Dios; eres, por tanto, también el término de nuestro camino. Habíamos perdido el camino, nos habíamos alejado como ovejas errantes: ¡cuán grande es tu amor en venir a buscarnos!
Para enseñarnos el camino del cielo, te dignas bajar desde allá arriba y quieres también acompañarnos. En adelante no desfallecerán nuestros brazos, ni temblarán nuestras rodillas; nos consta que es el amor quien le ha movido.
Sólo una cosa nos apena: el ver que nuestra preparación no es perfecta. Tenemos todavía ataduras que romper; ayúdanos ¡oh Salvador de los hombres!
Queremos escuchar la voz de tu Precursor y enderezar todo lo que te podría hacer tropezar en el camino de nuestro corazón ¡oh divino Infante! bauticémonos nosotros en el Bautismo de la penitencia, y luego vendrás Tú a bautizarnos en el amor y en el Espíritu Santo.
