MEDITACION XVIII
San Alfonso María de Ligorio
Qui proprio Filio suo non pepercit, sed pro nobis omnibus tradidit illum. (Rom. VIII, 32).
El que aun á su propio Hijo no perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros.

SANTO CRISTO DE LA AGONÍA. LIMPIAS, ESPAÑA.
Considera que habiéndonos dado el eterno Padre á su mismo Hijo por mediador, por abogado cerca de él mismo, y por víctima en satisfacción de nuestros pecados, nosotros no podemos ya desconfiar de alcanzar de Dios cualquiera gracia que le pidamos, valiéndonos del medio de un tal intercesor: ¿Cómo no nos donó con este Redentor todas las cosas? añade san Pablo. ¿Qué cosa nos negará ya Dios, no habiéndonos negado á su Hijo? Ninguna de nuestras súplicas merece ser oída ni atendida del Señor; porque no somos dignos de gracias, sí es de castigo por nuestros pecados; pero ciertamente merece ser oído Jesucristo que intercede por nosotros, y ofrece todos los padecimientos de su vida, su sangre y su muerte.
No puede negar cosa alguna el Padre á un Hijo tan amado, que le ofreció un precio de infinito valor. Él es inocente, y aunque paga á la divina justicia es para satisfacer nuestras deudas; y su satisfacción es infinitamente mayor que todos los pecados de los hombres. No seria justo que pereciese un pecador, el cual se arrepiente de sus culpas, y ofrece á Dios los méritos de Jesucristo, quien las ha satisfecho por él sobreabundantemente. Démosle, pues, gracias á Dios, y esperémoslo todo en los méritos de Jesucristo.
Afectos y súplicas.
No, mi Dios y mi Padre, no puedo ya desconfiar de vuestra misericordia; no puedo temer que me neguéis el perdón de todas las ofensas que os he hecho, y que no me deis todas las gracias que necesito para salvarme, cuando me habéis dado á vuestro Hijo á fin de que os lo ofrezca por mí. Vos puntualmente para perdonarme y hacerme merecedor de vuestras gracias, me lo habéis donado y me mandáis que os le ofrezca, y que por sus méritos espere mi salvación.
Yo os ofrezco, pues, los merecimientos de vuestro hijo Jesús, y por ellos espero la gracia que repare mi debilidad, y todos los daños que me he acarreado con mis pecados.
Me arrepiento, bondad infinita, de haberos ofendido; yo os amo sobre todas las cosas, y de hoy en adelante os prometo no amar á otro que á Vos; pero éste mi propósito ¿de qué servirá, si Vos no me ayudáis? Por el amor de Jesucristo dadme la santa perseverancia y vuestro amor; dadme, luz y fuerza para seguir en todo vuestra santa voluntad. Fiado en los méritos de vuestro Hijo, espero que me oiréis. María, madre y esperanza mía, también os suplico por amor del mismo Jesucristo que me alcancéis estas gracias. Madre mía, escuchadme.
