SAN EUSEBIO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

EPSON MFP image

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN EUSEBIO OBISPO Y MÁRTIR (286?-371)

unnamed (1)

 

EN tiempos de San Atanasio, invencible defensor de la divinidad de Jesucristo contra los herejes arrianos, la Providencia suscitó también para consuelo de la Iglesia al célebre obispo de Verceli, San Eusebio. Este nombre que significa «piadoso» lo recibió —según algunos autores— en el bautismo que le administró el papa San Eusebio. Los que tal afirman fijan su nacimiento en el año 286, pero otros opinan que el mencionado Pontífice había muerto ya (308) cuando vino al mundo el futuro obispo de Verceli, cuya fecha de nacimiento ponen hacia el 315. De su existencia sólo dos fechas son ciertas: la de 328, en que fue enviado a desempeñar una misión en Egipto, y la de 371, en que Eusebio falleció siendo ya de edad muy avanzada. Había nacido en Cerdeña. Desde pequeñito, Restituta, su madre, encaminóle por la senda del bien y encendió en su corazón la lumbre de la cristiana piedad. La historia de su vida calla cuanto hizo antes de los veinticinco años, pero cuando uno ha mamado con la leche el pan sustancial de la divina palabra, es de suponer que haya conseguido vigor y fortaleza para despreciar el mundo y vivir según Dios.

Pocos años contaba Eusebio cuando tuvo el sentimiento de perder a su noble y virtuoso padre. Consolóle de tan terrible golpe lo que había aprendido en el regazo materno, a saber, que en el mundo tenia dos padres: el autor de su vida corporal y el Papa, padre común de todos los cristianos. Partió, pues, hacia Roma acompañado de su madre y ambos fueron a echarse a los pies del sucesor de San Pedro; Eusebio experimentó suma alegría en tal ocasión. En aquella época surgían de todas partes herejes que intentaban desgarrar la túnica inconsútil del Divino Maestro introduciendo cismas en la Iglesia. Eusebio, que no podía comprender que un hijo se levantara contra su madre, aprestóse a la defensa de la mística esposa de Jesucristo consagrándose asiduamente al estudio y a la oración, y llevando una vida tan pura que, más que hombre, parecía un ángel inflamado en el amor divino. Como se verá más adelante, dio asombrosa fecundidad a su apostolado la pureza virginal que guardó siempre intacta. Nuestro Señor se dignó librarle, sin que él lo advirtiera, de las persecuciones de una mujer de mala vida. Estudió con asiduidad y aprovechamiento las artes liberales y las Sagradas Letras, y luego San Silvestre I le confirió los sagrados órdenes, excepto el sacerdocio. Pronto fue la admiración de los fieles de Roma aquel clérigo de virtud consumada que con tan extraordinaria devoción ayudaba en las sagradas ceremonias, hacía de lector y anunciaba la divina palabra con el canto del Evangelio. Prendados de su exquisita y amable santidad, escuchábanle todos como a un oráculo y le veneraban como a escogido del Señor.

EL PRIMER OBISPO DE VERCELI

SAN Marcos, sucesor de San Silvestre, prendado de la virtud y extraordinaria sabiduría del piadoso clérigo confirióle el sacerdocio en 339; la muerte impidió al santo Pontífice ver realizadas las esperanzas que en su diácono había fundado. Estaba reservado al pontífice San Julio I ser testigo de las tareas apostólicas de Eusebio. Ya por aquel tiempo empezaba a sonar el nombre de Arrio, que más tarde había de ser pronunciado con estremecimientos de horror. El infame heresiarca iba propagando sus abominables doctrinas entre las gentes amigas de novedades peligrosas. Arrio profería a la faz del orbe que Jesús no era Dios. La herejía se propagó como un incendio y Verceli, ciudad del Piamonte, era presa de la furia de los herejes. Tratábase por tanto de poner dique al torrente devastador por medio de un varón verdaderamente apostólico que contuviera y destruyera error tan pernicioso. El sumo Pontífice designó a Eusebio para la difícil misión.

Los cristianos de Verceli fieles a sus creencias conocieron muy luego la santidad del enviado pontificio, desearon tenerlo por obispo y así se lo pidieron al Papa. Su solicitud fue acogida benignamente y, en 15 de diciembre de 340, la entonces populosa ciudad piamontesa lo aclamaba por Pastor. Eusebio se sentía con ánimos para el combate. Conocedores sus adversarios del ardor que le caracterizaba, cerráronle las puertas de la iglesia principal, pero Dios desbarató sus planes y las puertas se abrieron al impulso de una mano invisible y el santo Prelado entró en el templo sin que hombres ni demonios pudieran impedírselo. Era su primera victoria contra los disidentes.

UN SEMINARIO MODELO

LA conducta del nuevo obispo demostró con cuánta razón se le había juzgado apto para gobernar aquella afligida iglesia. Habíase propuesto como único fin, el cumplimiento de la voluntad de Dios y, conocida ésta, nada ni nadie era capaz de hacerle retroceder. Llegó a tal grado de santidad que los ángeles le cercaban mientras celebraba el Santo Sacrificio y acompañábanle con suavísimas armonías. El agua con que se purificaba después de la sagrada Comunión, sirvió muchas veces, según afirman sus contemporáneos, para curar toda suerte de enfermedades. Eusebio, inspirado por lo que había visto en Egipto cuando fuera delegado allá en 328, fundó en su propio palacio episcopal un seminario para jóvenes clérigos cuya piedad y santa vida le eran manifiestas. Dios bendijo aquella obra y no tardaron sus discípulos en ocupar sillas episcopales. En Occidente fue el primero que hermanó la vida monástica con la clerical, ejemplo que inspiró a San Agustín la regla por la que durante tantos siglos se han hecho célebres multitud de comunidades apostólicas. Los discípulos de Eusebio, aunque vivían en Verceli, llevaban vida tan retirada como la de los monjes del desierto. Las oraciones del santo obispo y de sus clérigos atraían numerosas vocaciones, y los sacerdotes de la población se decidieron a imitarlos de suerte que, sin dejar de velar con solicitud por las almas confiadas a su ministerio, vivían en comunidad y eran dechados de virtudes religiosas y apostólicas. San Ambrosio, admirador de Eusebio y de su seminario, escribía: «Es admirable ver cómo en su Iglesia ha hecho monjes a los que hiciera clérigos y de qué manera ha sabido aunar el ejercicio de las funciones sacerdotales con las observancias de la vida religiosa, de modo que en unos mismos hombres se pueden contemplar a la vez la abnegación monástica y el celo del ministerio; los dormitorios de este cenobio os harían pensar en las instituciones orientales, y, considerando la devoción de estos clérigos, creeríais contemplar a miembros de la Orden angélica. Es una milicia celestial y evangélica ocupada día y noche en cantar las alabanzas del Señor, para apaciguar su cólera e implorar su misericordia sobre los hombres».

LEGADO EN LAS GALIAS.  CONCILIO DE MILÁN

CON esta vida de recogimiento y oración preparábase nuestro Santo a los combates en que muy pronto había de entrar en defensa de la fe católica. Llegó el año 354. Ocupaba el trono pontificio el papa Liberio. So pretexto de impugnar al gran Atanasio, combatíase la doctrina de la Iglesia por toda clase de sectarios, en vista de lo cual Liberio envió legados a las Galias, a fin de obtener del emperador Constancio favor para reunir un Concilio en Milán; y, conocedor del celo del obispo de Verceli, escribióle para que se juntase con Lucifer, obispo de Cagliari, y con Pancracio e Hilario, diáconos de la Iglesia de Roma. Llegados a las Galias, acudieron los comisionados a entrevistarse con el emperador, que a la sazón se hallaba en Arlés, y expusiéronle puntualmente los deseos del Sumo Pontífice. Recibiólos Constancio amablemente y les concedió cuanto pedían. Los arríanos, temerosos de que pudieran peligrar los intereses de su secta por el alcance de aquellas concesiones, dieron en halagar al emperador a fin de ganarlo para su causa. En su inicuo afán, no titubearon en rebajarse hasta el punto de darle los títulos de eterno y señor del mundo, ellos que precisamente negaban a Cristo el de su divinidad. Celebróse al año siguiente el Concilio de Milán, en el que por desgracia dominaron los arríanos y el emperador. Las tropas custodiaban las puertas del edificio en provecho de los que pensaban como ellos. El obispo de Verceli se dio cuenta del ningún fruto que habría de resultar de aquella asamblea y se negó al principio a asistir; mas luego, a instancias de los demás legados del Papa y del mismo emperador, acabó por ceder. Los herejes llevaban bien concertado su plan de ataque, pero Eusebio no se dejó sorprender. «Haré cuanto queráis —dijo a sus adversarios—; pero, ante todo, deseo saber cuál es vuestra fe. He aquí el Símbolo de Nicea: si no lo suscribís, me retiro». El obispo de Milán accedió en seguida a su demanda, pero Valente de Murso le arrebató de las manos el pergamino y la pluma con que se disponía a firmar, y levantó precipitadamente la sesión. El emperador reunió entonces la asamblea en su palacio. Presidióla en persona; mas, aunque empleó toda clase de astucias para vencer la firmeza de Eusebio y de los otros legados, no se dejaron éstos seducir. Furioso Constancio ante este fracaso, entrególos a los herejes.

DESTIERRO DE EUSEBIO

EUSEBIO, después de ser maltratado y azotado, vióse desterrado a Eseitópolis de Frigia; pero aun en medio de los tormentos, no cesó de bendecir al divino Maestro; y, como los Apóstoles, se regocijaba al poder sufrir algo por su causa. Soportó el destierro —dice el Breviario— como una carga de su ministerio. Un cristiano, llamado José, le hospedó en su casa, adonde fueron a visitarle San Epifanio y varios clérigos. Súpolo Petrófílo, obispo de la ciudad y uno de los más terribles jefes arrianos, y mandó prender al noble perseguido. Los verdugos que le apresaron tratáronle cruelmente y le encerraron en un aposento tan bajo que no se podía estar de pie en él. Para ver si le rendían, maltratábanle de continuo. Le arrastraron medio desnudo por el suelo, le hicieron bajar cabeza abajo una altísima escalera y le molieron a golpes; nunca dejó oír una palabra de queja. Imaginó Petrófilo que quizá doblegaría a Eusebio convidándole a sentarse a su propia mesa, pero el santo desterrado rehusó la hipócrita invitación y prefirió estarse varios días sin probar alimento alguno. Por entonces envió al indigno obispo un acta de protesta con esta dedicatoria; «Eusebio, siervo de Dios, y los demás siervos que padecen conmigo por la fe, a Petrófilo, el carcelero, y a los suyos». Después de relatar brevemente sus padecimientos y de afirmar una vez más la divinidad de Jesucristo, declara a Petrófilo y a sus cómplices que no tomará alimento alguno mientras no le prometan por escrito que dejarán a sus hermanos que le visiten y le lleven lo necesario. «Si no —añade—, seréis culpables de mi muerte, y toda la Iglesia sabrá lo que los arrianos hacéis padecer a los católicos… Te conjuro, a ti que lees esta carta, por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no la destruyas, sino que la des a leer a los demás». Después de haber pasado cuatro días sin tomar ninguna clase de alimento, logró el santo obispo de Verceli volver a su alojamiento, al que fue acompañado por el pueblo, que iluminó con antorchas su casa; pero los arrianos, no contentos con lo que le habían hecho sufrir durante su prisión, volvieron al cabo de un mes a su morada, y, después de azotarle con varas, sepultáronle de nuevo en un estrechísimo calabozo juntamente con un sacerdote llamado Tegrín. El lugar de su destierro fue cambiado con frecuencia, y tan pronto era conducido a Capadocia como llevado a Egipto, sin que en todas las penalidades que sus enemigos le hicieron sufrir se doliese de otra cosa que de tener huérfana a su diócesis. Para suplir su ausencia, comunicábase frecuentemente con ella por medio de cartas, las cuales hacía a veces extensivas a todas las iglesias de Italia, y por las que exhortaba a los fieles a permanecer firmes en medio de las contradicciones que les suscitaba la herejía. Al fin, tras tormentos inauditos, soportados con inalterable paciencia y santa alegría, el obispo de Verceli recobró la libertad; pues, habiendo muerto Constancio, Juliano el Apóstata, sucesor de aquél, levantó el destierro (361) a todos los obispos que lo padecían, a reserva de perseguir a la Iglesia usando de medios menos violentos, aunque con hipocresía aún mayor.

VISITA LAS IGLESIAS DE ORIENTE Y VUELVE A SU CIUDAD EPISCOPAL

LOS crueles y bárbaros sufrimientos que soportó el obispo de Verceli, no pudieron abatir su esforzado ánimo. Al contrario, su alma se sentía aún más vigorosa y más dispuesta a los grandes combates; su amor a la Iglesia era más ardiente, y su celo de las almas mayor que nunca. Antes de regresar a su diócesis, fue Eusebio a encender de nuevo, en las iglesias de Oriente, la antorcha de la fe apagada por las herejías. Visitó en primer lugar Alejandría, donde tuvo la dicha de abrazar al gran San Atanasio; concertado con él, reunió un Concilio en aquella ciudad el año 362. La docta asamblea le encargó que recorriera las principales ciudades de Oriente para volver al seno de la Iglesia a todos los que de ella se habían apartado por temor a las persecuciones. Recorrió, pues, el Oriente promulgando a su paso las misericordiosas providencias del Concilio alejandrino para con los obispos semiarrianos. El resultado que obtuvo en su santa misión fue extraordinario, pues su palabra persuasiva, fecundada por la divina gracia, atraía a sí los corazones, y no se pasó mucho tiempo sin que aquellas ovejas descarriadas retornaran contritas al redil del Buen Pastor. El biógrafo de San Basilio nos describe como sigue este período de la vida de San Eusebio de Verceli: «Sabemos por Teodoreto que este ilustre y generoso prelado, al ver la mayor parte de las iglesias faltas de pastores, se vestía de soldado y recorría con aquel disfraz Siria, Fenicia y Palestina, en donde ordenaba sacerdotes, diáconos y demás ministros; y, si se encontraba con obispos católicos, se concertaba con ellos a fin de designar prelados para las iglesias que no los tenían, en lo cual consultaba más la soberana ley de la caridad que las reglas de detalle de la Iglesia. Y aunque donde ordenaba era jurisdicción de San Melecio, hacíalo con toda libertad en vista de la necesidad y sin pretender usurpar los derechos del obispo desterrado, quien, a su regreso, ratificaría seguramente lo que el celo y el amor de Dios y del prójimo habían inspirado a Eusebio en su ausencia.»

También Italia había padecido bajo el poder del arrianismo y era necesario libertarla. Aunque agotado por la persecución y los trabajos apostólicos, el celoso confesor de la fe dirigióse con nuevo ardor hacia el glorioso campo de batalla. Antes había ido a postrarse a los pies del Sumo Pontífice para darle cuenta de su misión. El Papa, satisfecho, otorgóle su bendición, y Eusebio encaminóse nuevamente a Verceli. Cuando el pueblo supo que llegaba, salió a su encuentro y le recibió con entusiasmo indescriptible. En poco tiempo, y a fuerza de lágrimas, oraciones, ayunos, vigilias, mansedumbre e incansable energía, consiguió el Santo volver a su redil las ovejas extraviadas e infundió en sus diocesanos un intenso amor a Nuestro Señor tan inicuamente ultrajado por los herejes.

ÚLTIMOS AÑOS Y SANTA MUERTE

EL primer cuidado de Eusebio, una vez vuelto a su ciudad episcopal, fue reanudar la vida monástica con sus discípulos. Luego hizo edificar una iglesia en honor de San Teonesto, mártir, iglesia que erigió en catedral. Mas esto no bastaba a su infatigable actividad de apóstol. Tradujo al latín, purgándolos de ciertos errores, los Comentarios de Orígenes sobre los Salmos, y lo mismo hizo con los escritos de Eusebio de Cesarea. Mereció por todo ello que San Jerónimo lo colocara en el número de los escritores más célebres de la Santa Iglesia. Ferrario, obispo de Verceli, hablando más tarde de su glorioso predecesor, decía: «Eusebio, defensor de la fe católica, custodio fiel de su grey, protector de los errantes, padre de huérfanos y pobres, sostén celoso de viudas y huésped de peregrinos, hízose todo a todos y condujo a Cristo muchas almas». Existen dos versiones respecto al fin de Eusebio de Verceli. Según la primera de ellas, el siervo de Dios tuvo revelación del cielo de su próxima muerte y del martirio que iba a coronar su carrera. Lleno de alegría, dio efusivas gracias al Señor y esperó la hora de la recompensa en el recogimiento y la oración. El obispo intruso de Milán, llamado Auxencio, promovió en aquella época una sedición y ordenó a sus secuaces los arríanos que hiciesen desaparecer a toda costa al obispo de Verceli, su implacable adversario. Sin más tardanza, encamináronse los herejes al palacio episcopal, apoderáronse del heroico anciano, lo arrastraron por las calles y, finalmente, lo apedrearon hasta dejarlo exánime. A estar con la segunda versión, hoy día más aceptada, Eusebio, en 369, habíase trasladado a Milán para sostener controversia con el hereje Auxencio, protegido de Valentiniano I, pero un edicto imperial mandó expulsarlo de dicha ciudad y tuvo que volver a Verceli, donde, venerado por los fíeles, entregó su alma a Dios el 1.° de agosto de 371. La primera versión parece más conforme con el título de mártir que la Iglesia da a San Eusebio, pero también sabemos que la Iglesia confiere este título a otros confesores de Cristo que padecieron por la fe sin hallar la muerte en el tormento.

LA CORONA DE SAN EUSEBIO. CULTO DEL SANTO

CUANDO murió San Eusebio, algunos discípulos suyos gozaban ya de la visión de Dios; más tarde acudieron a recibir el premio eterno muchos otros discípulos del Santo que habían de formar en torno suyo una corona de gloria. Entre éstos se contarían San Dionisio, obispo y mártir, de Milán; San Limenio y San Honorato, obispos de Verceli, y San Gaudencio, obispo de Novara. De San Ambrosio se conservan dos sermones sobre la fiesta de San Eusebio; pruébase en ellos que, apenas muerto, fue ya venerado como santo. Dicha fiesta celebróse en un principio el 1.° de agosto, su dies natalis; pero Clemente VII, a fin de dejar la citada fecha libre para los Santos Ma-cabeos, trasladó la conmemoración al 15 de diciembre, día en que San Eusebio fue consagrado obispo. Cuando Benedicto XIII, en 1728, señaló octava a la fiesta de la Inmaculada Concepción, trasladó la fiesta de San Eusebio al 16 de diciembre, con rito semidoble. Finalmente, Pío XI, en 1924, la elevó a rito doble para Italia. En el tesoro de la catedral de Verceli se halla un manuscrito de los Evangelios que se cree obra de mano de nuestro santo obispo. Se invoca a San Eusebio contra las posesiones diabólicas y contra los incendios, sobre todo desde que Gregorio Turonense refirió haber salido ileso él mismo por intercesión del santo obispo, de uno que amenazaba destruir su casa.

EL SANTO DE CADA DÍA

EDELVIVES

Leer el Santo Evangelio del día y catena aurea