EN HONOR A LA VERDAD

El poder judicial, ¿le conviene a Cristo en cuanto hombre?
SÍ
Fundamento Teológico
Santo Tomás
Suma Teológica
III Parte
Cuestión 59
Artículo 2
Objeciones por las que parece que el poder judicial no le conviene a Cristo en cuanto hombre:
1ª. Porque dice Agustín que el juicio se atribuye al Hijo por ser la misma ley de la verdad primera. Ahora bien, esto le corresponde al Hijo en cuanto Dios. Luego el poder judicial no le conviene a Cristo en cuanto hombre, sino en cuanto Dios.
2ª. Es propio del poder judicial premiar a los que practican el bien, lo mismo que castigar a los malos. Pero el premio de las obras buenas es la bienaventuranza eterna, que nadie otorga fuera de Dios, pues dice Agustín que el alma se hace bienaventurada por la participación de Dios, y no por la participación de un alma santa. Luego parece que el poder judicial no le corresponde a Cristo en cuanto hombre, sino en cuanto Dios.
3ª. Al poder judicial de Cristo corresponde juzgar los secretos de los corazones, conforme a aquellas palabras de I Cor., 4, 5: No juaguéis antes de tiempo, hasta que venga el Señor, que iluminará los escondrijos de las tinieblas y hará manifiestos los propósitos de los corazones. Pero esto pertenece sólo al poder divino, según Jer., 17, 9-10: Depravado e inescrutable es el corazón del hombre; ¿quién lo conocerá? Yo, el Señor, que escudriño el corazón y pongo a prueba los riñones, que retribuyo a cada uno según sus caminos. Luego el poder judicial no conviene a Cristo en cuanto hombre, sino en cuanto Dios.
Contra esto está lo que se dice en Jn., 5, 27: Le dio el poder de juzgar, por cuanto Él es el Hijo del hombre.
Respondo que el Crisóstomo da la impresión de pensar que el poder judicial no le conviene a Cristo en cuanto hombre, sino exclusivamente en cuanto Dios. Por lo que expone así el texto alegado de Juan (5, 27): Le dio el poder de juzgar. Por cuanto Él es el Hijo del hombre, no os maravilléis (v. 28). No recibió, pues, el poder de juzgar por ser hombre; sino que, al ser Hijo del Dios inefable, por ese motivo es juez. Y por ser esta prerrogativa superior a la condición humana, con el fin de solucionar ese parecer, dijo: No os admiréis porque es el Hijo del hombre, pues también es el Hijo de Dios. Y lo prueba por los efectos de la resurrección; de donde añade Jesús (Jn 5, 28): Porque llega la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios.
Sin embargo, debe tenerse en cuenta que, si bien reside en Dios la autoridad suprema de juzgar, el propio Dios confiere a los hombres el poder judicial respecto a aquellos que están sometidos a su jurisdicción. Por lo cual se dice en Dt., I, I6: Juzgad lo que es justo; y después se añade (v. 17): Porque de Dios es el juicio; lo cual quiere decir: Con su autoridad juzgáis vosotros.
Ya se dijo antes que Cristo, también en su naturaleza humana, es la cabeza de toda la Iglesia, y que Dios ha puesto todas las cosas bajo sus pies (cf. Salmo 8, 8).
En consecuencia, también le pertenece, aun en cuanto hombre, tener el poder judicial.
Por este motivo parece que el pasaje evangélico alegado (Jn 5, 27) debe entenderse así: Le dio el poder de juzgar porque es el Hijo del hombre, y no por la condición de su naturaleza (humana), porque, en ese caso, todos los hombres poseerían un poder semejante, como objeta el Crisóstomo. Esa prerrogativa pertenece a la gracia capital que recibió Cristo en la naturaleza humana.
De este modo, el poder judicial compete a Cristo por tres motivos:
Primero, por su unión y afinidad con los hombres. Así como Dios obra por las causas intermedias como más próximas a los efectos, así también juzga a los hombres por medio de Cristo hombre, con el fin de que el juicio sea más llevadero a los hombres. De donde dice el Apóstol en Heb., 4, 15-16: No tenemos un Pontífice que no pueda compadecerse de nuestras flaqueras; antes fue tentado en todo a semejanza nuestra, excepto en el pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de su gracia.
Segundo, porque en el juicio final, como dice Agustín, tendrá lugar la resurrección de los cuerpos muertos, que Dios resucita por medio del Hijo del hombre, lo mismo que resucita las almas por el propio Cristo en cuanto que es el Hijo de Dios.
Tercero, porque, como escribe Agustín, era justo que viesen al juez los que iban a ser juagados. Y los que iban a ser juzgados eran los buenos y los malos. Quedaba que en el juicio se manifestase a los buenos y a los malos la forma de siervo, reservándose la forma de Dios sólo para los buenos.
Respuesta a las objeciones:
1ª. El juicio pertenece a la verdad como a la regla del juicio; pero le pertenece al hombre formado por la verdad en cuanto que, en cierto modo, es una sola cosa con la verdad, como una ley y una justicia animada. De donde, también en el mismo lugar, Agustín introdujo lo que se lee en I Cor., 2, 15: El espiritual juzga de todo. Ahora bien, el alma de Cristo estuvo más unida a la verdad y más repleta de la misma que todas las criaturas, conforme a las palabras de Jn., 1, 14: Le vimos lleno de gracia y de verdad. Y, por consiguiente, el juzgar todas las cosas pertenece al alma de Cristo en sumo grado.
2ª. Sólo a Dios pertenece hacer bienaventuradas a las almas por la participación de sí mismo. Pero conducir a los hombres a la bienaventuranza es propio de Cristo en cuanto cabeza y autor de la salvación de aquéllos, según aquel pasaje de Heb., 2, 10: Convenía que aquel que había llevado muchos hijos a la gloria, perfeccionase mediante el sufrimiento al Autor de la salvación de los mismos.
3ª. Conocer los secretos de los corazones y juzgarlos, de suyo, compete exclusivamente a Dios; pero, por la redundancia de la divinidad en el alma de Cristo, también a Él le conviene conocer y juzgar los secretos de los corazones. Y, por este motivo, se dice en Rom., 2, 16: En el día en que Dios juzgará las acciones secretas de los hombres por Cristo Jesús.
De un total de 53 respuestas:
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Según esta estadística la mayoría contestó CORRECTAMENTE.
Insistimos en la importancia de conocer la doctrina de nuestra Iglesia para conservar intacta nuestra fe como nos ha sido mandado por Nuestro Señor y, de esta manera, no correr el riesgo de ser engañados por los errores, que pueden llevarnos a una eternidad sin Dios.
