
TERCER DOMINGO DE ADVIENTO
Y éste es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron a él de Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Tú, quién eres?» Y confesó y no negó: y confesó: «Que yo no soy Cristo». Y le preguntaron: «¿Pues qué cosa? ¿Eres tú Elías?» Y dijo: «No soy». «¿Eres tú el Profeta?» Y respondió: «No». Y le dijeron: «¿Pues quién eres, para que podamos dar respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?» Él dijo: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías profeta». Y los que habían sido enviados eran de los fariseos. Y le preguntaron y le dijeron: «¿Pues por qué bautizas si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?» Juan les respondió, y dijo: «Yo bautizo en agua; mas en medio de vosotros está a quien vosotros no conocéis. Este es el que ha de venir en pos de mí, que ha sido engendrado antes de mí; del cual yo no soy digno de desatar la correa del zapato». Esto aconteció en Betania, de la otra parte del Jordán, en donde estaba Juan bautizando.
El Evangelio de este Tercer Domingo de Adviento relata que los judíos de Jerusalén enviaron a San Juan Bautista fariseos, sacerdotes y levitas, a preguntarle: ¿Tú, quién eres?
¿Qué significa esta delegación oficial de los judíos?
En el momento en que San Juan estaba bautizando, los judíos eruditos sabían por las Profecías, especialmente por la famosa Profecía de las Setenta Semanas de Daniel, que el tiempo del Mesías estaba cerca.
Por otra parte, en toda la Judea sólo se hablaba de Juan el Bautista, de su nacimiento y de su extraordinaria vida, de sus virtudes divinas y humanas, de su predicación y bautismo a orillas del Jordán; el pueblo sencillo y fiel, viendo en él un ser superior, corría en multitudes para escucharlo.
Por el testimonio de los que presenciaron su persona y actividad, muchos se inclinaron a creer que él era el Mesías tan esperado y deseado.
El gran Sanedrín de Jerusalén, a quien cabía examinar todas las cuestiones religiosas, se conmovió ante la creciente reputación de Juan; pero no se atrevía a censurarlo por temor a la gente, y resolvió enviarle una solemne delegación de sacerdotes y levitas, guardianes e intérpretes oficiales de la ley y de la religión, para interrogarlo públicamente sobre su misión y el ministerio que se atribuía.
Este Sanedrín estaba compuesto en gran parte por fariseos, que odiaban a San Juan, ya sea por celos, ya sea porque, desde los primeros días de su predicación, había atacado vigorosamente sus vicios: Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la cólera que viene? Producid, pues, frutos propios del arrepentimiento. Y no creáis que podéis decir dentro de vosotros: “Tenemos por padre a Abrahán”; porque yo os digo: Puede Dios de estas piedras hacer que nazcan hijos a Abrahán.
Así, el verdadero motivo de esta delegación fue menos el celo por la religión que los celos y el odio contra el Santo Precursor y el deseo secreto de desacreditarlo ante el pueblo.
Pero Dios, cuyos caminos son infinitamente sabios, quería que esta delegación fuera la ocasión de un testimonio solemne y oficial del cumplimiento de los oráculos proféticos sobre la venida del Mesías y la llegada del Redentor tanto tiempo esperado; y así sirvió tanto para la confusión de los fariseos, como para la glorificación de Nuestro Señor y su Precursor.
Observemos que las respuestas de San Juan Bautista son admirables por la franqueza y la humildad, al mismo tiempo que por la firmeza y la sabiduría.
A la primera pregunta general ¿Tú, quién eres?, responde, no directamente a las palabras, sino al pensamiento íntimo de quienes lo interrogan y a la opinión general de la gente: Y confesó y no negó: y confesó: «Que yo no soy Cristo».
Esta repetición tiene como objetivo aumentar la franqueza, la energía, la agudeza, la nitidez y la rapidez con la que Juan rechaza el título que querían asignarle. Como un servidor leal, se niega a usurpar el honor que sólo se debe a su Señor.
+++
La segunda pregunta de los delegados fue: ¿Eres tú Elías?
Tú no eres el Cristo; pero, ¿quién eres? ¿No serás Elías?
Esta nueva pregunta refleja muy bien la naturaleza de las preocupaciones religiosas de los judíos, con respecto a las expectativas del Mesías.
Confundiendo los dos Advenimientos, las dos Venidas, creían que, según el Profeta Malaquías, el Profeta Elías regresaría a la tierra poco antes de la aparición del Cristo, tal como los mismos discípulos indagarían a Nuestro Señor más adelante.
Leemos en el Profeta Malaquías, III, 1 y IV, 5-6:
He aquí que envío a mi Ángel, que preparará el camino delante de Mí; y de repente vendrá a su Templo el Señor a quien buscáis, y el ángel de la Alianza a quien deseáis. He aquí que viene, dice Yahvé de los ejércitos.
He aquí que os enviaré al profeta Elías, antes de que venga el día grande y tremendo de Yahvé. Él convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres; no sea que Yo viniendo hiera la tierra con el anatema.
Leemos en San Mateo, XI, 10-14 y XVII, 10-13:
Éste es de quien está escrito: “He ahí que Yo envío a mi mensajero que te preceda, el cual preparará tu camino delante de ti.” En verdad, os digo, no se ha levantado entre los hijos de mujer, uno mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos padece fuerza, y los que usan la fuerza se apoderan de él. Todos los profetas, lo mismo que la Ley, han profetizado hasta Juan. Y, si queréis creerlo, él mismo es Elías, el que debía venir.
Los discípulos le hicieron esta pregunta: “¿Por qué, pues, los escribas dicen que Elías debe venir primero?” Él les respondió y dijo: “Ciertamente, Elías vendrá y restaurará todo. Os declaro, empero, que Elías ya vino, pero no lo conocieron, sino que hicieron con él cuanto quisieron. Y así el mismo Hijo del hombre tendrá que padecer de parte de ellos”. Entonces los discípulos cayeron en la cuenta de que les hablaba con relación a Juan el Bautista.
Jesús no niega, antes bien confirma que la misión de San Juan es la de Elías. Pero hace notar que su misión mesiánica sería rechazada por la violencia, y entonces Elías tendrá que volver al fin de los tiempos como precursor de su triunfo.
Se distingue, pues, esa venida de Elías en persona para preparar el pueblo a la Parusía del Señor, de la venida de San Juan Bautista, “con el espíritu y la virtud de Elías”, como precursor de Jesús en su primera venida, cuando “los suyos no lo recibieron”.
La labor de Elías consistirá en llevar a sus contemporáneos a la piedad de los días antiguos y a la imitación de los padres y patriarcas.
Además, San Juan tenía más de un rasgo de semejanza con Elías, ya sea por la austeridad de su vida, o por su celo por la verdad, o por la firmeza y severidad de sus reproches a los pecadores y príncipes de los fariseos.
San Juan, con admirable humildad y simplicidad, responde en verdad y categóricamente: No, tampoco soy Elías.
San Juan no era Elías en persona, sino que tenía el espíritu, las virtudes, las funciones de Elías.
+++
La tercera pregunta formulada por los delegados fue: ¿Eres, tú, el Profeta? Y respondió: No.
La mayoría de los intérpretes entienden por esta palabra Profeta, no sólo un profeta en general, sino el Profeta por excelencia, es decir, ese extraordinario Profeta anunciado por Moisés en el Deuteronomio, quien en verdad no es otro que el mismo Mesías, pero que los judíos pensaban que se trataba de otra persona, que sería su cooperador.
Moisés escribió:
Yahvé, tu Dios, te suscitará un Profeta de en medio de ti, de entre tus hermanos como yo; a él escucharéis.
Oráculo famoso, del cual el Nuevo Testamento trae varias interpretaciones auténticas. San Pedro y San Esteban lo aplican directamente a Nuestro Señor Jesucristo. Cuando San Felipe fue llamado al apostolado, dijo: “Hemos encontrado a Aquel de quien escribió Moisés”.
El mismo Salvador se refiere a esta profecía de Moisés, tal como leemos en el capítulo V de San Juan:
No penséis que soy Yo quien os va a acusar delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quien habéis puesto vuestra esperanza. Si creyeseis a Moisés, me creeríais también a Mí, pues de Mi escribió Él. Pero, si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?
No cabe duda de que la profecía se cumplió en Jesucristo. Así como Moisés fue el legislador de la Ley Antigua, Jesucristo lo es de la nueva.
Por eso San Juan responde a los fariseos nuevamente con la misma simplicidad, y aún más breve y categóricamente: ¡No!
Como no obtuvieron nada positivo de estas preguntas particulares, ya que el Santo Precursor simplemente les respondió lo que no era, insistentemente repiten su primera pregunta y lo instan a que les dé una respuesta formal, para que puedan dar cuenta de su misión al gran Consejo, que tiene derecho a saber de qué se trata: ¿Pues quién eres, para que podamos dar respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?
Interpelado en nombre de la autoridad religiosa legítima, Juan les da una respuesta breve y modesta, pero bastante positiva y absolutamente clara para aquellos hombres que se enorgullecían de conocer el Santas Escrituras.
Para definir adecuadamente quién es y cuál es su misión, Juan se apropia de un pasaje bien conocido del profeta Isaías: Ego vox clamantis in deserto: Parate viam Domini.
Os dije que no soy el Cristo; simplemente soy la voz de su precursor, es decir, el heraldo predicho por el Profeta, encargado de anunciar su venida, preparar sus caminos y disponer los corazones por la penitencia para recibirlo bien.
De este modo, busca sólo llamar la atención sobre el cumplimiento de la imponente profecía de Isaías, que anuncia la venida del Redentor. Esto era de gran interés para la nación; y los delegados, sin duda, se sentirían conmovidos, y por ello piden información más precisa.
+++
Recordemos que los delegados del Sanedrín eran fariseos y, por lo tanto, mal dispuestos respecto de San Juan, descuidados de la verdad y del honor de Dios y de su Cristo. Si hubieran venido con intenciones justas y pacíficas, la respuesta del Bautista hubiese sido para ellos una revelación, un verdadero motivo de alegría; y se hubieran apresurado a anunciar esta buena noticia al Sanedrín.
Pero afectan no entender el significado de las palabras de San Juan, y tienen la descarada impertinencia de pedirle cuenta de lo que hace, y por eso le preguntan: ¿Con qué derecho bautizas? ¿Quién te permitió instituir un nuevo rito?
Veamos su mala fe y su susceptibilidad odiosa. La respuesta de Juan lo explicaba todo; pero la pasión los hizo ciegos y sordos… Ya los encontraremos nuevamente contra Jesús, el Mesías, Hijo de Dios…
San Juan Bautista, sin turbarse por su malicia, respondió con admirable calma y mansedumbre. Su respuesta, siempre breve, contiene tanto la explicación de la legitimidad de su bautismo como el anuncio explícito del Mesías y sus grandezas.
Se presiente que el Santo Precursor se complace en aprovechar esta circunstancia para rebajarse y para dar un testimonio más esplendoroso de su Señor: Yo bautizo en agua; mas en medio de vosotros está a quien vosotros no conocéis. Este es el que ha de venir en pos de mí, que ha sido engendrado antes de mí; del cual yo no soy digno de desatar la correa del zapato.
Yo bautizo en agua; mi bautismo, simplemente ceremonial, no purifica las almas; es sólo una señal de penitencia destinada a purificar y preparar para otro bautismo más excelente, que santificará y comunicará la gracia del Espíritu Santo; es sólo un rito externo, un símbolo, una preparación.
Ya os dije que sólo soy el precursor, la trompeta, la voz que anuncia a Cristo. Pero Aquél a quien anuncio, no es necesario esperarlo todavía, ni ir a buscarlo lejos. Él ya está presente en medio de vosotros, como hombre y como Dios; y no lo conocéis, a pesar de jactaros de conocer las Escrituras…
Si viene después de mí, tened cuidado de pensar que es por una causa de inferioridad; es todo lo contrario, porque Él es el Señor; y ha delegado a su sirviente para advertir de su próxima llegada.
Pero existe antes que yo, y es infinitamente superior por su excelencia, su nobleza, su poder y su autoridad.
Sólo soy como una humilde lámpara, destinada a mostrarte a Aquél que todavía se esconde en medio de vosotros, y que es el Sol de justicia, la verdadera Luz que ilumina el mundo.
Me siento tan poca cosa frente a Él, que ni siquiera soy digno de desatar la correa de su calzado.
+++
Admiremos nuevamente la humildad y el celo de San Juan. ¡Con qué amor proclama la venida y la excelencia de Aquél que anuncia! ¡Con qué sinceridad se considera a sí mismo como nada ante Él, como indigno de cumplir el cargo del último de sus sirvientes!
Pero, ¿qué pensar del orgullo y del endurecimiento de los fariseos, a quienes el Salvador se anuncia con tanta claridad y a quienes no parece importarles nada?
Son los hijos dignos de aquellos que, treinta años antes, durante el reinado de Herodes, no parecían estar muy preocupados por ese Niño maravilloso buscado por los Reyes Magos.
Conocían las Profecías, podían indicar a extraños el lugar exacto del nacimiento del Mesías esperado, y, sin embargo, no fueron para adorarlo.
¡Cuántos cristianos hoy, a pesar de tanta iluminación y gracia recibidas, son ciegos y sordos voluntarios como los fariseos! También se les podría repetir En medio de vosotros está a quien vosotros no conocéis…
¡Plegue a Dios no permitir que caigamos en tal ceguera!
Los judíos merecieron este reproche… Ciertas profecías ya cumplidas en Jesús lo designaban como el Mesías… Pero su vida no respondía a las ambiciosas ideas de este pueblo; por ahora lo ignoran, y pronto lo perseguirán y crucificarán…
¡Cuántos cristianos de hoy son más ignorantes, más endurecidos y más culpables que los judíos fariseos, y merecen aquel mismo reproche: En medio de vosotros está a quien vosotros no conocéis…!
¿Y por qué Jesús es tan incomprendido y dejado de lado?
Es necesario buscar la múltiple causa en las pasiones humanas:
– en el orgullo, que se niega a rebajarse, a creer, a obedecer, a servir;
– en la búsqueda desenfrenada y sin sentido de los bienes terrenales, que producen dureza de corazón, insensible e incapaz de pensar en los bienes celestiales, de saborear las cosas de Dios;
– en la voluptuosidad, los placeres culpables, que impiden ver a Dios.
Para conocer y reconocer a Jesús es necesario excitar en nuestro corazón una fe viva y una profunda humildad. Y para ello:
– Aceptar con gran sencillez y sumisión respetuosa las enseñanzas de la Iglesia.
– Leer con respeto y amor, y meditar constantemente en las palabras de la Sagrada Escritura, que nos hacen conocer, amar e imitar a Jesucristo.
– Yendo a menudo a visitar, adorar, estudiar a Jesús en el Santísimo Sacramento.
Tenemos todavía diez días para preparar la venida en gracia del Niño Jesús en Navidad…
Debemos ir disponiendo nuestra alma y nuestro corazón para recibir a Jesucristo cuando venga en gloria y majestad…
