SAN ROMARICO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN ROMARICO ABAD Y CONFESOR (573P-653)

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EN el limite de los siglos VI y VII, brillaba como foco radiante de civilización cristiana la abadía de Luxeuil, cuyos resplandores se extendieron hasta los confínes de las Galias y de Germania. De todas partes acudían a este centro almas ansiosas de santificación y deseosas de encontrar en su seno asilo contra los peligros del mundo y una norma para el apostolado. Por su parte, los Padres de Luxeuil no se daban punto de reposo para atraer a los hombres de notoria austeridad y virtud para que les sirvieran de ejemplo. Databa esta abadía del año 586. San Columbano, su fundador, llegado de tierras de Irlanda en 573 con doce compañeros suyos, había establecido su residencia en el país de los borgoñones, cuyo rey Gontrán le dispensara favorable acogida. La regla que observaban estos santos varones era aún más severa que la de San Benito. Columbano tenía proscritos el vino y la carne y no permitía más que una sola comida diaria, que tenía lugar poco antes del crepúsculo vespertino; los infractores de la regla, según costumbre de entonces, sometíanse a la disciplina.. Luxeuil fue en realidad plantel de obispos, abades y fundadores de monasterios; de su martirologio, extremadamente abundante, citaremos los nombres de Rañacario, obispo de Augusta y Basilea; Hermenfrido, de Verdún; Cañoaldo, de Laon; Acario, de Noyón y Toumai; Omer, de Terouanne; Mom- molino, de Noyón, y Teofrey, de Amiéns, probablemente. En la sede abacial del mismo Luxeuil, además de San Columbano, encontramos a los santos Eustasio, Walberto e Ingofroy. En las otras abadías afluyen los nombres, como los de los primeros abades de Besa, Disentís, Granfeld, Leuconas, Maur- múnster, Rebais, etc…; tres abades de Bobbio, monasterio fundado por San Columbano y en el cual acabó el Santo sus días en 615; y, en fin, los fundadores de las abadías de Remiremont, Amado y nuestro Romarico.


JUVENTUD. MATRIMONIO

ROMARICO nació en Austrasia hacia el año 573. Al decir de un biógrafo suyo, sus padres se llamaban Romulfo y Romulinda. El padre, noble y afortunado, era, sin duda, personaje importante de la corte. Desde su juventud no tenía mayor dicha que visitar frecuentemente los monasterios y las basílicas de los Santos, así como socorrer asiduamente a los pobres de Jesucristo; y consideraba perdido el día en que no había podido realizar algún acto de religión o consolar con sus limosnas la miseria de algún indigente. Más tarde ocupó un puesto importante en la corte del rey Teodoberto, hijo de Chilperico, y trabó amistad con un hombre digno de él, Arnulfo, venerado hoy con el nombre de San Arnoldo. Parecían hechos el uno para el otro; se entendían a las mil maravillas; del primero había de sacar la Providencia un monje; del segundo, un obispo de Metz. Pero aun no había sonado esta hora. Romarico se desposó con una noble doncella de nombre desconocido de la que tuvo tres hijas: Aselberga, Adzaltrudis y Segeberga. Las tres recibieron la misma educación cristiana; dos se consagraron al Señor; Aselberga se casó con un señor distinguido llamado Betilino. Se supone, no sin razón, que Romarico sobrevivió a su mujer.


UNA GRAN VICTORIA SOBRE Sí MISMO

HABIENDO estallado una guerra encarnizada entre Teodoberto II, rey de Austrasia, y su hermano Teodorico II (Thierry), rey de Borgoña, el primero fue vencido en Tolbiac (612), hecho prisionero y muerto en Chalóns de Saona. Las consecuencias de esta lucha resultaron desastrosas para Romarico, que perdió todos sus bienes y sufrió las amarguras del destierro. Cuéntase de él que, hallándose en la miseria, presentóse a un personaje muy influyente en la corte del rey Teodorico, y suplicóle humildemente interpusiera su valimiento para que se le devolvieran los bienes perdidos. Recibióle el cortesano de modo inicuo, llenóle de insultos y arrojóle de su presencia con malos tratos. No podía inferirse mayor ofensa a un príncipe franco. Romarico, lejos de vengarse, armóse de paciencia, entró luego en una iglesia dedicada a San Martín y rogó confiadamente al Santo: «¡Oh bienaventurado Martín!: me he puesto bajo vuestra protección. ¿Dónde estáis? ¿Qué hacéis? Venid a ayudar a un infortunado, si queréis que se siga teniendo confianza en vos.» Aquella breve oración trajo nuevamente la paz a su espíritu. Ya sereno y reposado, recordando los ultrajes inferidos a Nuestro Señor durante su sagrada Pasión, ofreció la humillación en reparación de sus pecados y echó en olvido la desagradable escena. Al cabo de algún tiempo, y como consecuencia de la victoria alcanzada por Clotario II sobre Teodorico, vino a recobrar sus bienes y los honores correspondientes a su alcurnia. No por ello se envaneció ni quiso sacar partido de las nuevas circunstancias, sino que, manteniéndose en su resolución primera, mostróse ampliamente generoso y perdonó a sus ofensores. Dios nuestro Señor había de premiar tan noble proceder con gracias especialísimas haciendo del antiguo cortesano un dechado de santidad.


ROMARICO Y SAN AMADO

EL haber recuperado su antigua posición, no fue impedimento para que Romarico se sintiera entusiasmado y atraído por la santidad y elocuencia de un monje de la abadía de Luxeuil, de nombre Amado, hombre insigne a quien la Iglesia venera hoy como santo. Durante sus correrías apostólicas por varias ciudades de Austrasia, Amado había sido huésped de Romarico. El contacto entre estas dos almas elegidas renovó el recuerdo de las conversaciones tenidas en la corte entre el funcionario real y su amigo Amoldo; ambos sentían la misma preocupación por la salvación y el anhelo de entregarse al servicio de Dios en la práctica de los consejos evangélicos. Entonces —como dice el biógrafo de Romarico— «quiso el Señor arrancar a su soldado de las luchas obscuras del siglo, para conducirlo a campos de batalla más gloriosos». Romarico, decidido a imitar el ejemplo del monje de Luxeuil a quien hospedaba en su casa, renunció voluntaria y espontáneamente a la mayor parte de sus bienes, concedió la libertad a sus esclavos, y, seguido de algunos de ellos que quisieron imitarle en su nueva vida, partió para Luxeuil, a cuyo monasterio ofreció grandes recursos.

A la sazón regía los destinos de la abadía San Eustasio, cuya mano paternal, aunque firme, parecía dulcificar la regla un tanto rígida del severo irlandés San Columbano. La vida de los santos nos ofrece con frecuencia el ejemplo de altos varones que, habiendo ocupado en el siglo brillante posición, cortaron las alas de su propia libertad encerrándose en el claustro, y fueron en él modelos de virtud por el celo ardiente que los impulsaba a buscar la perfección. Tal sucedió con Romaneo. Su humildad era tan grande que recibía gustoso las órdenes de los que habiendo sido antes sus esclavos eran entonces hermanos en religión; tenía preferencia por las ocupaciones más bajas y modestas, como trabajar la tierra, labor penosa para el cuerpo, pero que deja libre al espíritu para remontarse hacia Dios. Así, pues, mientras con su trabajo material aseguraba el alimento de los monjes, complacíase en repetir de memoria y en meditar los salmos, con gran contento de su corazón.

UN CISMA EN LUXEUIL.  ROMARICO Y SAN AMADO

EL monasterio de Luxeuil, de sí tan fervoroso, vio turbada su paz por intromisiones de un tal Agrestino, ex notario del rey Teodorico II. Después de una larga estancia en Italia, donde se contagiara de los errores de algunos herejes, Agrestino había tenido graves disensiones con San Eustasio, disensiones agravadas con motivo de la implantación de la regla de San Columbano. Sucede con frecuencia que la verdad y el error andan tan parejos que resulta harto difícil distinguirlos. Es asunto históricamente incuestionable que Agrestino nunca gozó de la confianza de los que le trataban, aunque en esta ocasión encontrara entre sus hermanos almas rectas que, por falta del necesario discernimiento para conocer la verdad, apoyaron sus manejos. Uno de éstos fue San Amado; y tal confianza había puesto en él Romarico que, sin titubear un instante, pasó a su lado en defensa de Agrestino. A veces permite el Señor estos momentáneos extravíos para hacer resplandecer con mayor eficacia su santísima voluntad y avivar la humildad y el fervor de sus predestinados, ya que, con la necesidad de reconocer sus yerros, les ofrece pie para confiar sólo en la obediencia. El abad de Luxeuil no podía por menos de condenar a estos dos religiosos por el inesperado apoyo que prestaban al monje hereje, y lo hizo con tono enérgico cual convenía a la causa de la verdad. Apesadumbrados y arrepentidos, Amado y Romarico resolvieron abandonar el partido tomado sin menoscabo de su dignidad. Fuera de esto conviene saber que en aquel tiempo los monjes podían libre mente cambiar de monasterio; por eso era frecuente Ver un grupo de religiosos que se trasladaban de un convento a otro. La comunidad de ideas entre Agrestino y otros monjes respecto de la vida religiosa, no implicaba, ni mucho menos, la adhesión a su doctrina; tal es el caso de Amado y Romaneo, los cuales abandonaron tales ideas apenas fue condenada por la autoridad competente la doctrina propugnada por aquél.

EL CASTILLO DE HABENDI. REMIREMONT

ANTES de su ingreso en Luxeuil, y probablemente por consejo de San Amado, Romaneo, que se había desprendido de sus bienes, harto considerables, había reservado para sí el castrum o castillo de Habendi o Habundi, emplazado en una montaña que refleja sus laderas en las tranquilas agua del Mosela. No estaba de más aquella providencia, ya que la amplia y bien situada construcción podía servirles más adelante para los proyectos de fundación en que andaban. Así resultó, en efecto; pues fueron muchas las personas que acudieron a recibir de ellos dirección y a ponerse bajo sus órdenes. Convinieron ambos religiosos en fundar en lugar tan apacible un monasterio de mujeres, idea que pronto se convirtió en realidad, siendo su primera superiora una santa religiosa llamada Mactefelda o Maflea. Dos hijas del mismo Romaneo, Adzaltrudis y Segeberga, encontraron en el recinto de dicho claustro los medios adecuados para alcanzar la perfección. El director espiritual del convento era Amado, que vivía en una humilde gruta retirado del mundo; pero el gobierno de la casa corría a cargo de Romarico, que gozaba de gran prestigio. Tal fue el origen de una abadía que después se hizo famosa y que, de su primer emplazamiento, tomó el nombre de Romarici Montis o Monte de Romarico, en alemán Romberg; de él derivó el nombre francés de Remiremont, que es el de una población importante edificada posteriormente en el valle. La hija mayor de Romarico, Aselberga, esposa de Betilino, veía con malos ojos las santas prodigalidades de su padre, y creyó torcer las intenciones paternas enviándole su propia hija Tecta o Gebetrudis. El abuelo recibió a la niña con ternura, pero con un propósito muy diferente del que tenía Aselberga, por lo que encomendó la custodia de Gebetrudis a sus dos tías. Sirviéronle éstas con cariño maternal y, bajo sus solícitos cuidados, creció la niña en edad y en virtud, y llegó a ser la sucesora de Maflea, cargo en el que logró reputación de santa. La historia de la abadía aparece muy movida en el transcurso de los años. Destruida por los hunos, fue reconstruida a orillas del Mosela, y sus moradores adoptaron la regla de San Benito; en los albores del siglo XVI, sus ocupantes se habían convertido en canonesas regulares de San Agustín. Al estallar la Revolución francesa, el monasterio fundado por San Amado y regido por Romarico, se había transformado en lugar noble y fastuoso que gozaba de grandes privilegios seculares, reservados a las hijas de los príncipes; las canonesas no emitían votos y vivían como meras devotas. La última «abadesa», princesa Luisa de Borbón Condé, dejó un recuerdo muy edificante; después de una tragedia privada y de varios ensayos de vida religiosa, había profesado la Regla de San Benito en un convento de Polonia y, luego de llevar una vida muy ejemplar, murió en 1824, siendo superiora de las Benedictinas del monasterio de San Luis del Temple, en París. Posteriormente habíase erigido otro monasterio para hombres. San Amado fue inspirador y alentador del mismo, aunque había confiado la dirección a Romarico, mientras él se entregaba por completo a la vida contemplativa y a la maceración de su cuerpo sin salir de su retiro más que los domingos para dirigir a sus hermanos paternales exhortaciones. La muerte de Amado, acaecida el 13 de septiembre del 625 o 627, privó a los dos monasterios de un modelo viviente de santidad, cuyos ejemplos habían constituido como una escuela práctica de perfección evangélica; sin embargo, gracias a la incansable dedicación de Romarico, no se modificó en nada la vida de estas casas.

SAN ADELFO.  ÚLTIMOS AÑOS Y MUERTE DE ROMARICO

HUMANAMENTE hablando, Aselberga no tuvo mejor suerte con su hijo Adelfo que con su hija Gebetrudis. Entre los francos, la descendencia masculina se consideraba como una gran ventura y por esto era objeto de un amor de predilección. Movida por este sentimiento, la mujer de Betilino envió a su hijo a Romarico, quien le acogió con gozo, haciéndolo educar por su amigo San Amoldo, que había renunciado a la mitra de Metz para retirarse a la soledad. Más tarde, Adelfo, al suceder a su abuelo en la silla abacial, compartió con él su gloria. Fue, pues, el tercer abad de Remiremont. Romarico acabó sus días a edad muy avanzada, edificando a sus religiosos por su vida austera y penitente. En 643 fue a recibir el último suspiro de su amigo San Amoldo. En alas de un santo celo y de un gran amor por el prójimo, procuraba emplear, cuando la caridad lo requería, la influencia que sus dignidades pasadas le habían merecido en la corte, y no vacilaba en salir de su retiro siempre que el bien común lo exigía así. Precisamente cuando volvía de uno de estos viajes, se sintió acometido de una recia calentura y comprendió que su muerte se aproximaba. Preparóse a ella con tranquilidad santa, recibió el Viático y expiró poco después, el 8 de diciembre del año 653. Tanto su nieto como su nieta que estaban al frente de las respectivas comunidades, rivalizaron en celo para continuar su obra. Se ignora la fecha en que murió Gebetrudis. Acaeció la muerte de Adelfo el 11 de septiembre, hacia el año 670. Sus cuerpos fueron depositados cabe la tumba de su abuelo, el cual yacía junto a los restos mortales de San Amado, a quien eran deudores, después de Dios, de su santa vocación.

LOS cuatro personajes últimamente citados recibieron los honores de la santidad a poco de su muerte. Sus preciosos restos fueron trasladados, el 20 de agosto del año 910, por insinuación de Drogón, obispo de Toul, a otro monasterio edificado al pie de la montaña, aunque en la orilla opuesta del río. El papa San León IX, gran admirador de sus cuatro ilustres compatricios, designó, el 13 de noviembre de 1051, a Hugo el Grande, arzobispo de Besanzón, para que levantara acta oficial respecto a las virtudes y milagros de los santos Amado, Romarico, Adelfo y Gebetrudis. Sus reliquias, reconocidas por el arzobispo, fueron colocadas en una urna relicario y expuestas en un altar que el Papa quiso consagrar personalmente. Disposiciones éstas que, prácticamente, venían a ser como una especie de canonización.

TRABAJOSO RECONOCIMIENTO DE LAS RELIQUIAS

SE ignora cómo pudieron juntarse y confundirse las reliquias de los cuatro santos y si estaban ya mezcladas cuando se hizo el reconocimiento en 1051 o lo fueron más tarde, ya sea en la época del protestantismo, ya en tiempos de la Revolución francesa de 1789. Lo cierto es que en el siglo XIX aparecen hacinadas en la misma urna. La piedad de monseñor Caverot, a la sazón obispo de Saint-Dié y más tarde arzobispo de Lyón y cardenal, no pudo resignarse a dejar las cosas como estaban e inspiróle proceder a un científico reconocimiento. Prestáronle valiosa ayuda algunos famosos médicos que llevaron a cabo sus trabajos de investigación con la mayor escrupulosidad. Por el carácter de los procedimientos que se emplearon, podrá deducirse el exquisito cuidado que pone la Iglesia en asegurarse de la identidad de las reliquias que expone a la adoración de los fieles.

Se sabía que San Amado andaba inclinado hacia un lado por defecto natural; dos vértebras anormalmente soldadas indicaban la desviación de la columna vertebral; púdose así reconstruir progresivamente el esqueleto. La estatura elevada que, según los cronistas, correspondía a San Romarico, se reconoció por la longitud de los huesos de la pierna, los cuales dieron base para integrar el de este Santo metódicamente. Igual procedimiento se siguió con el de Santa Gebetrudis, quedando así aislado el cuerpo de San Adelfo. Este trabajo, concebido y ejecutado con precisión de método y con cuidado exquisito, hace honor a los médicos que lo llevaron a cabo. Así se ha podido llegar a la veneración particular de cada uno de estos cuatro santos de Remiremont, y se ha comprobado la exactitud de los relatos de sus biógrafos acerca de su retrato físico. Y como para juzgar de la buena fe de un historiador, se ve uno muchas veces precisado a recurrir a los argumentos de la lógica, fuerza es reconocer que aquella comprobación depone en favor del relato de los antiguos biógrafos respecto de los cuatro Santos.

REPRESENTACIÓN DE SAN ROMARICO

EN la iconografía, Romarico huella bajo sus plantas el báculo y el cetro; se le representa afeitado, con la tonsura al estilo de Irlanda, es decir, en la parte alta de la cabeza, tal como la llevaban los primeros luxovienses, a ejemplo de su padre San Columbano, conforme a la tonsura tradicional de San Pedro. Tiene el cetro bajo sus pies para indicar que renunció al poder y a los honores del mundo; y aplasta con su pie el báculo para darnos a entender que su humildad le mantuvo bajo la autoridad de San Amado, cuando éste fue su huésped en la casa que poseía en Habendi. Por fin, aparece con una cadena de cuentas en sus manos, tal como se usaba en aquellos tiempos para contar los Padrenuestros y Avemarias, cadena que más tarde fue sustituida por los rosarios actuales.

EL SANTO DE CADA DÍA

EDELVIVES

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