Año Litúrgico
Dom Próspero Guéranger
Excita, Señor, nuestros corazones a preparar los caminos de tu
Unigénito: para que podamos servirte con nuestras
almas purificadas con la venida de Aquel que contigo
vive y reina por los siglos de los siglos.
En el Oficio de este Domingo dominan completamente los sentimientos de esperanza y alegría que comunica al alma fiel la feliz noticia de la próxima llegada de Aquel que es su Salvador y Esposo.
El Advenimiento interno, el que se opera en las almas, es el objeto casi exclusivo de las oraciones de la Iglesia en este día: abramos, pues, nuestros corazones, preparemos nuestras lámparas y esperemos alegres la voz que se oirá en medio de la noche: ¡Gloria a Dios! ¡Paz a los hombres!
La Iglesia Romana celebra hoy la Estación en la Basílica de Santa Cruz de Jerusalén. El Emperador Constantino depositó en esta venerable Iglesia una parte notable de la Vera Cruz, con el Rótulo que mandó fijar en ella Pilatos y que proclamaba la Realeza del Salvador de los hombres.
Todavía se conservan allí estas preciosas reliquias; enriquecida con tan glorioso tesoro, la Liturgia Romana considera a esta Basílica de Santa Cruz de Jerusalén como si fuera Jerusalén misma, como se puede observar por las alusiones que hace en las distintas Misas estacionales que allí celebran.
En el lenguaje de la Sagrada Escritura y de la Iglesia, Jerusalén es el tipo del alma fiel; ésta es también la idea fundamental que ha presidido la composición del Oficio y de la Misa de este Domingo.
Sentimos no poder desarrollar aquí todo este magnífico conjunto, contentándonos con abrir cuanto antes el libro del Profeta Isaías, para leer allí con la Iglesia el pasaje de donde saca hoy el motivo de sus esperanzas en el reino suave y pacífico del Mesías.
LECCIÓN DEL PROFETA ISAÍAS
Aparece el Mesías, animado del espíritu de Dios, su justicia.
Saldrá un tallo del tronco de Jesé y de su raíz se elevará una flor. Sobre él reposará el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, espíritu de temor de Dios.
No juzgará por las apariencias, ni condenará sólo por lo que oye decir, sino que juzgará a los débiles en justicia, y defenderá con rectitud a los pobres de la tierra. Con la vara de su boca herirá al tirano y con el aliento de sus labios matará al malvado. El cíngulo de sus caderas será la justicia, y la fidelidad como un ceñidor sobre las mismas.
Habitará entonces el lobo junto al cordero y el leopardo se acostará junto al cabrito; juntos comerán el león y el toro y un niño pequeño los conducirá. El becerro y el oso pacerán juntos y sus crías estarán echadas en el mismo sitio. El león y el buey comerán paja; el niño que mama todavía jugará junto a la cueva del áspid, y el recién destetado meterá su mano en la madriguera del basilisco. ¡Basta ya de males y destrucción en el santo Monte! Porque la tierra está llena del conocimiento del Señor, como el mar rebosante de agua.
En aquel día el tallo de la raíz de Jesé, que está puesto como estandarte para los pueblos, será buscado por las naciones y su sepulcro será glorioso, (Is., XI, 1-10).
¡Cuánto que considerar en estas magníficas frases del Profeta! El Tallo, la Flor que sale de él; el Espíritu que reposa sobre esta flor; la paz y la seguridad restablecidas sobre la tierra; una fraternidad universal bajo el mando del Mesías.
San Jerónimo, de quien la Iglesia toma hoy las palabras en las lecciones del segundo Nocturno, nos dice «que este tallo sin nudo alguno que sale de la rama de Jesé es la Virgen María, y que la Flor es el Salvador mismo, quien dijo en el Cántico: Yo soy la flor de los campos y el lirio de los valles”.
Todos los siglos cristianos han celebrado con entusiasmo la gloria del Tallo maravilloso y de su Flor divina. Durante la Edad Media, el Árbol de Jesé extendía sus proféticas ramas por las portadas de nuestras catedrales, brillaba sobre sus vidrieras, y aparecía bordado en los tapices del santuario; la voz melodiosa de los sacerdotes entonaba a su vez el suave Responso compuesto por Fulberto de Chartres y puesto en canto gregoriano por el rey Roberto el Piadoso:
V. La rama de Jesé produjo un tallo y el tallo una flor; y sobre esta flor reposó el Espíritu divino.
— La Virgen, Madre de Dios, es el tallo y su hijo la flor: y sobre esta flor reposó el Espíritu divino.
El piadoso San Bernardo, al comentar este Responsorio, en su segunda Homilía sobre el Adviento, decía «El Hijo de la Virgen es la flor, flor blanca y escarlata, única entre millares, flor cuya vista regocija a los Ángeles y cuyo aroma devuelve la vida a los muertos; Flor de los campos, como ella lo dice de sí misma, y no flor de jardín, porque la flor del campo vive por sí misma, sin ayuda del hombre, sin procedimientos de agricultura. De este modo el seno purísimo de la Virgen, como un campo de verdor eterno, produjo esta flor divina cuya belleza no se marchita y cuyo brillo no palidecerá nunca. ¡Oh Virgen, tallo sublime, cuán grande es tu altura! Llegas hasta el que está sentado sobre el Trono, hasta el Señor de la majestad. Y esto no me llama la atención; es que te apoyas en las profundas raíces de la humildad. ¡Oh planta celestial, la más hermosa y santa de todas! ¡Oh árbol verdadero de la vida, el único que ha sido digno de llevar el fruto de la salvación!”
¿Hablaremos también del Espíritu Santo y de sus dones, que, si se derraman sobre el Mesías, es sólo para después venir sobre nosotros, que tenemos más necesidad de Sabiduría e Inteligencia, de Consejo y de Fortaleza, de Ciencia, de Piedad y de Temor de Dios? Roguemos con insistencia a este Espíritu divino, por cuya obra fue concebido y formado Jesús en el seno de María, y pidámosle que lo forme también en nuestros corazones. Oigamos también con alegría estos admirables relatos que nos hace el Profeta, de la felicidad, de la armonía, de la dulzura que reinan en la santa Montaña. Después de tanto tiempo el mundo ansiaba la paz: por fin llegó. El pecado había creado la división en todo, la gracia va a unirlo todo. Un tierno niño va a ser la garantía de la alianza universal. Los Profetas, lo anunciaron, lo declaró la Sibila, y aun en Roma, sepultada todavía en las sombras del Paganismo, el príncipe de los poetas latinos, haciéndose eco de las antiguas tradiciones, entonó el célebre canto en el que dice: «Va a abrirse la última era, la era predicha por la Sibila de Cumas; una nueva raza de hombres baja del cielo. Los rebaños no tendrán que temer del furor de los leones. Perecerá la serpiente y será destruida toda hierba venenosa.»
Ven, pues, oh Mesías, a restaurar la armonía primitiva; pero dígnate recordar que, sobre todo, esta armonía quedó destruida en el corazón del hombre; ven a curar este corazón, a tomar posesión de esta Jerusalén, objeto indigno de tu predilección. Durante mucho tiempo ha estado cautiva en Babilonia; sácala ya de la tierra extranjera. Reconstruye su templo; y que la gloria de este segundo templo sea mayor que la del primero, por el honor que tú le harás habitándole, no en imagen sino en persona. El Ángel se lo dijo a María: El Señor Dios dará a tu hijo el trono de su padre David; y reinará por siempre en la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin. ¿Qué podemos hacer nosotros, oh Jesús, si no es decir como el discípulo amado al fin de su Profecía: ¡Amén! ¡Así sea! ¡Ven, Señor Jesús!?
