
INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA
Proverbios VIII, 22-35: El Señor me poseyó al principio de sus caminos, antes de sus obras más antiguas. Desde la eternidad fui constituida, desde los orígenes, antes que existiera la tierra. Antes que los abismos fui engendrada yo; no había aún fuentes ricas en aguas. Antes que fuesen asentados los montes; antes que los collados fui yo dada a luz, cuando aún no había creado la tierra ni los campos, ni el primer polvo del orbe. Cuando estableció los cielos, allí estaba yo; cuando trazó el horizonte sobre la faz del abismo; cuando fijó las nubes en lo alto, y dio fuerza a las aguas de la profundidad; cuando señaló sus límites al mar, para que las aguas no traspasasen sus orillas; cuando puso los cimientos de la tierra, entonces estaba yo con Él, ordenándolo todo, deleitándome todos los días y me regocijaba delante de Él continuamente. Me holgaba en el orbe de la tierra, teniendo mi delicia en los hijos de los hombres. Y ahora, hijos, oídme: Dichosos aquellos que siguen mis caminos. Escuchad la instrucción, y sed sabios; y no la rechacéis. Bienaventurado el hombre que me oye, y vela a mis puertas día tras día, aguardando en el umbral de mi entrada. Porque quien me halla a mí, ha hallado la vida, y alcanza el favor del Señor.
En este día de la Fiesta de la Inmaculada Concepción contemplemos aquella maravillosa criatura, en cuya formación Dios desplegó toda la sabiduría de su inteligencia, todo el poder de su brazo, todo el amor de su corazón.
¿Quién es María?
Antes de todo tiempo…, antes que nacieran los mundos; aún no existían las cosas, sólo era Dios, rey y soberano, felicísimo y santísimo…
Si indagamos por la Virgen…, la hallaremos magníficamente aposentada en la mente y en el corazón de Dios.
Allí tiene su lugar desde toda la eternidad (ab æterno ordinata sum).
Ella fue la primera criatura que ocupó el pensamiento de Dios, antes que los Ángeles, primero que los Serafines.
La Santa Liturgia, utilizando el sentido acomodaticio de la Sagrada Escritura, pone en labios de Nuestra Señora, como si fuesen sus propias palabras: Yo nací primogénita de la boca del Altísima; aún no eran los mundos, ni los cielos, ni los montes, ni las fuentes…, y ya existía yo.
¡Qué honra para la Virgen, ser Ella la primera criatura que el Señor concibió en su mente!
Y como el Señor se retrata en las criaturas, fue María el primer espejo, el primer troquel y vaciado de Dios…, pues, dice San Bernardo, la Virgen no fue hecha al acaso, sino que fue elegida fue desde toda eternidad y preparada por Dios para sí mismo.
¡Cuántas grandezas se descubren para María Inmaculada a la luz de estos principios!
María tuvo el sitial de honor en la mente divina, y por ello la primacía de la santidad y de la gloria; pues, en efecto, el Dios omnipotente, que se recreaba en su mente y corazón con la idea de la Virgen, la predestinó para la gracia antes y sobre todas las criaturas, para que fuese Santa de los Santos y Reina de todos ellos; e igualmente la predestinó para la gloria, es decir, para que sobrepujase en gloria a todos los Ángeles y Santos juntos.
Pero lo que pone el sello a tanto ensalzamiento, es, saber que fue predestinada para ser, junto con Jesús, causa de la predestinación de las otras criaturas.
De aquí nace la verdad consoladora que la devoción a María es señal de predestinación, pues en efecto, Ella, junto con Jesús, es obradora de nuestra salvación.
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Si grande es María por ser la criatura que primero ocupó el entendimiento divino, grande es también por haber gozado de las primicias del amor de Dios, amada fue por Dios antes y mucho más que los Ángeles.
El torrente de amor divino, encerrado por una eternidad en Dios, se desbordó con ímpetu soberano sobre María.
Aquellos raudales de la gracia inundaron el Corazón de la Virgen.
Imposible imaginar cuán bella la tornaron aquellos carismas, dones y privilegios…
Si el Criador sembró de estrellas el firmamento, vistió los astros de luz y la tierra de flores variadísimas, ¡cuánto más ennoblecería el alma de aquella su bien amada criatura, que tiene lugar de honor en su Corazón!
Para apreciarlo de alguna manera, pensemos que los privilegios y finezas del amor de Dios están en razón directa de los destinos a que Dios predestina a sus criaturas…
Y ¿cuáles son los destinos de María? Aquí también tuvo la primacía, y han sido los más nobles, los más augustos, los más santos, Dios la escogió para que fuera su verdadera Madre…
¡Grande excelencia!
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La Maternidad Divina de María es fuente y origen de todos sus privilegios; porque es ése precisamente el título que elevó a la Virgen a una dignidad sobre toda ponderación, por razón de la cual le fueron concedidas las gracias excelentísimas que admiramos en esa criatura incomparable.
Cuando el Altísimo hacía brotar las criaturas de la nada, sus ojos se dirigían continuamente al prototipo de toda belleza, al Verbo humanado, corona de la creación.
Pero en aquella primera intención se incluía ya la predestinación de la Mujer que había de darle carne mortal.
María Santísima no venía, pues, encuadrada en el plan de la creación como una simple criatura, sino que estaba asociada al misterio de glorificación de la Trinidad por la Encarnación del Verbo.
Por la elección que de Ella hiciera Dios, a su título de Hija predilecta del Padre añadió el de Madre del Hijo; nombre por el cual entraba a participar de la fecundidad de la primera Persona de la Santísima Trinidad.
Añadió, asimismo, el de Esposa del Espíritu Santo, al cual prestaría la materia necesaria para la obra de amor de la Encarnación y un seno purísimo en el que sería alimentado el Redentor de la humanidad caída.
¡Misterio admirable, que una pura criatura entre como parte activa en la intimidad de la vida trinitaria…!
¡Dignidad sin nombre, la de una mujer que puede atribuirse el acto propio de la Paternidad divina, consistente en engendrar al Hijo…!
¿Qué de extraño, que Dios enriqueciese su alma con privilegios extraordinarios?
Desde la Concepción Inmaculada de la Virgen hasta su Coronación como Reina de cielos y tierra el día de su Asunción gloriosa, todas las excelencias de María reconocen por fuente y origen el privilegio de la Maternidad divina.
En el primer momento de la existencia de María la previno el Señor con gracias incomparables, para preparar el trono en que debía sentarse el Verbo; y cuando en el Cielo se concedió a la Bendita entre todas las mujeres la potestad suprema junto al trono de su Hijo, aquella ceremonia no fue sino la declaración solemne de su título de Reina y Madre.
Llenos, pues, de regocijo, y, asombrados por tanta sublimidad, ensalcemos a la Inmaculada Madre de Dios, sin poner medida a nuestras alabanzas.
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Y junto con la Maternidad divina, la predestinó Dios a ser Corredentora del mundo, Restauradora del reino de la gracia, Vencedora del demonio, Emperatriz de los Ángeles, Señora de la Creación, Madre de los hombres, su Abogada y Salvadora…
Y estos destinos, los más gloriosos para una criatura, ¿qué privilegios, qué gracias no exigen?
Por eso Dios, derogó en obsequio de María casi todas las leyes universales… Y así, la hizo hija de Adán, pero Inmaculada; doncellita humilde, pero llena de gracia; Virgen purísima y Madre dichosísima; Madre de Dios, pero conservando la flor de la virginidad; Esclava rendida, pero Reina de los mundos; su cuerpo no conoció la corrupción del sepulcro, sino que por manos de Serafines fue llevado a los cielos, adonde reina eternamente gloriosa.
Es María la obra admirable de Dios…
Para la formación de los otros seres, le bastó a Dios un deseo, una palabra; mas para la formación de María, fue necesario la ciencia de su inteligencia, el esfuerzo de su brazo omnipotente, el amor de su corazón.
Esta es la verdadera medida para comprender cuántas son las gracias de María la bien amada… Ella es obra de la sabiduría de Dios, de su poder infinito, de su inmenso amor.
¿Qué no haría un amor omnipotente? ¿De qué no sería capaz una sabiduría amantísima y un poder sapientísimo?
Rindamos dignos homenajes ante esta criatura prodigiosa, que eternamente está cantando: “Ha hecho en mí cosas grandes el que es Todopoderoso, Todo sabiduría, Todo amor”.
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Y la Santa Iglesia canta en su Fiesta: Toda hermosa eres, María y no hay mancilla en Ti”.
Habiendo contemplado cuáles son los gloriosos destinos a que la Trinidad Beatísima predestinó a María Santísima, contemplemos ya a esta Virgen prodigiosa en su ser real.
Ella va a hacer entrada en este mundo…; y a él sólo se entra por la puerta ignominiosa del pecado original… Todos los hombres vienen con la frente señalada con la marca de la esclavitud del demonio, todos gimen con el Profeta Rey: “Concebido fui en pecado”, y así todos aparecen enemigos de Dios.
¿Qué será de María? ¿Cómo bordeará el abismo del pecado? ¿También la bienquerida de Dios será avasallada por el demonio?
¡Nunca lo consentirá el Señor!
¿Que son menester numerosos milagros? Omnipotente es Dios, y los hará gustoso; pero María será Inmaculada y entrará en el mundo a través del arco triunfal de la gracia.
Así lo reclama el honor de las tres Personas de la Trinidad adorable. Dios Padre no puede tolerar que su Hija predilecta sea mancillada por el demonio. Ignominia del Hijo fuera que su Madre quedase avasallada del demonio. Nunca permitirá el Espíritu Santo que su Esposa sufriera menoscabo en su honor… Y, en consecuencia, porque era conveniente a la dignidad de las tres Personas que no prevaleciera Satanás contra María, María será Inmaculada.
Fuera de esto, reclaman que la Virgen sea inmaculada los nobles oficios que en nombre del mundo viene a desempeñar ante Dios.
María es la Embajadora de la humanidad, que en favor nuestro aplacará la Justicia de Dios irritada por los pecados. Ella será reconciliadora del Altísimo y del hombre. Ahora bien, ¿cómo pudiera ser admitida gustosamente por Dios para firmar alianzas de paz y negociar amistades, si Ella fuera objeto de desprecio para el Señor?
Debía, pues, ser Inmaculada; y el Dios inefable y providente, que todo lo dispone con sabiduría ejemplar, la creó pura, santa e inmaculada.
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Toda hermosa apareció María en su Concepción Inmaculada; pero con ser tan admirable en ese privilegio gloriosísimo, es la Concepción sin mancha el lado negativo de su pureza.
Junto con el privilegio de la Concepción Inmaculada, recibió María el uso perfecto de razón y, comprendiendo con luz sobrenatural las excelencias de la Virginidad en el primer instante de su vida formó el propósito de conservar lozana y lustrosa tan brillante flor.
Esta es la virtud predilecta de María; este es el título que más grato suena en sus oídos, el de Virgen, y por eso la Iglesia no cesa de llamarla Virgen prudentísima, y veneranda, y predicanda, y poderosa, y fiel, y castísima, y en un rapto de amor llega a llamarla la misma Virginidad…
Es que, en efecto, María es la Virgen por excelencia, portaestandarte de la virginidad, sembradora de pureza, capitana de las vírgenes, que con el perfume de su candor atrajo en pos de sí legiones de almas santísimas que, a imitación de Ella, conservaron sus corazones como lirios inmaculados.
Dice San Ambrosio: “Tan abundante era en la Señora la gracia de la virginidad, que sólo su vista comunicaba el don de pureza a cuantos la contemplaban”. Y Gersón: “Su fisonomía era tan modesta, majestuosa y angelical, que en cuantos la veían imprimía profundo respeto hacia su persona, y afecto muy subido a la pureza”.
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De los privilegios gloriosísimos con que la Trinidad Beatísima distinguió a María en el instante de su Concepción, fue el privilegio de la impecabilidad.
Privilegio precioso en gran manera, que ponía a la Virgen en el estado y disposición de no cometer ningún pecado, por pequeño que se le suponga.
Con esto, el Señor la rodeó de providencia singular y de gracias tan extraordinarias que, conservando su libertad, la libraba del triste poder de manchar su alma.
Efectivamente, reclama y exige la gloria Divina que la Madre de Dios fuese impecable; y el Señor extinguió en Ella la raíz del pecado, la inclinación o propensión al mal, que los Teólogos llaman, “fomes peccati”. Así María, nunca podrá cometer la más ligera imperfección.
De tal modo fijó el Señor el entendimiento de la Virgen en la Verdad, que ni una sombra de duda empañara el decoro de su alma; tan perfectamente radicó su voluntad en el bien, que ni un deseo pueda asaltarle de nada pecaminoso; encendió en su Corazón tan vivo amor a lo santo, que ni la más tenue desviación tuvieran sus afectos hacia las criaturas; templó sus pasiones de tal arte, que en nada contradirían los dictámenes de la fe y los imperativos de la razón.
Confirmada en gracia, nada podrán conseguir de María las más fieras embestidas del infierno, ni las seducciones del mundo ni las exigencias de las pasiones.
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De este modo, cuando el Arcángel San Gabriel bajó del cielo, al contemplar con su vista angélica el alma de María Inmaculada, atónito, viendo un tal cúmulo de dones, hablando con la Virgen no la llamó por su nombre, sino que la apellidó Llena de gracia… Ave, gratia plena…
Así lo reclamaba la honra del Altísimo. Dios quería hacerse hombre en su seno; pero, ¿de qué gracia no tapizaría aquella venturosa criatura, que debiera ser su Madre? ¡Cuán pura y santa la haría, para hacerla digna de Él!
Tres santificaciones principales ponen los doctores en María; santificaciones que se realizaron por medio de grandes infusiones de gracia.
Primero, la santificación en el instante de su Concepción purísima.
Tan grande fue la primera gracia de María en aquel momento feliz, que superó con mucho, a la suma o reunión de las gracias que tuvieron y tendrán todos los Ángeles y Santos juntos el día del juicio.
Segunda santificación, en el misterio de la Encarnación. María estaba predestinada para ser Madre del Hijo de Dios, y aunque admirablemente dispuesta por las gracias que Dios la había otorgado, todavía el Señor la preparó inmediatamente, enriqueciendo su Corazón con nuevas avenidas de gracia pues, como dice San Bernardino: “El Padre Eterno debía elevar a la Virgen a cierta igualdad con El”; y al efecto, el Espíritu Santo vino sobre Ella, y vertiendo en su Corazón mares de gracias, sin número ni medida, realizó la obra más grande, la Encarnación del Hijo de Dios.
Tercera santificación, ocurrida en el gran día de Pentecostés.
Descendió el Divino Paráclito sobre los Apóstoles, y los hizo gigantes en santidad, comunicándoles dones admirables, santificándolos y confirmándolos en gracia. Pero todos aquellos dones pasaron previamente por María, y el Espíritu Santo se comunicó a Ella más largamente que a los discípulos.
Fuera de estas tres ocasiones soberanas de la vida de la Virgen, ¿en cuántas otras no recibiría gracias abundantísimas?
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Al contemplar los Santos y teólogos la muchedumbre de gracias, por Dios atesoradas en María, no salen de su admiración y llaman a la Virgen abismo de portentos, prodigio celestial, milagro de la gracia, que tiene más dones y carismas que estrellas el firmamento…
Ahora bien, ¿qué hará María con ese tesoro, casi infinito? La Virgen no se cruzó de brazos, durmiéndose en inercia espiritual, ni se contentó con guardar tan rica dote de cualquier posible menoscabo, sino que, Virgen prudentísima, vigilaba noche y día, y supo negociar con ella, y aumentarla prodigiosamente por su propia industria.
Ella, mejor que San Pablo, pudo decir: “La gracia de Dios, no ha sido ociosa en mí”.
¿Adónde llegaría en sus ganancias la excelsa Madre de Dios? No hay entendimiento creado que lo pueda comprender.
Mas para que podamos formarnos alguna idea, los teólogos nos proporcionaron estas reglas:
1ª) María jamás tuvo ocioso el tesoro de la gracia; aumentándolo continuamente, aun durante el sueño; y esto por todo el tiempo que vivió sobre la tierra.
2ª) Con tal fervor obraba la Virgen, que realizaba sus actos con toda la intensidad y fuerza del amor divino que la abrasaba.
3ª) Obró siempre con todo el caudal de gracias recibidas.
De estos principios deducen los teólogos que María, a cada instante de su vida, doblaba las gracias que poseía…
¿Cuáles serían sus progresos en la gracia cuando fue constituida Madre de Dios, y cuáles al final de su larga vida?
¿Cuál habrá sido el valor de sus actos, cuando, hallándose próxima a dejar esta tierra, con un sólo suspiro dobló todo el inconmensurable caudal de su vida pasada…?
No nos cansemos, que no habrá artista, aunque fuera un Serafín, que pueda pintarnos tanta hermosura, perfección y gracia tan prodigiosa…
En verdad, María Santísima es un mar de gracias y portentos; y en punto a la gracia nadie la supera; no hay más allá entre las puras criaturas, sólo Jesucristo la aventaja, siendo Él fuente de la gracia y Ella su real distribuidora.
Solicitemos a la Inmaculada Virgen Madre de Dios nos alcance la gracia de amarla y honrarla como Ella merece.
Ave María Purísima, sin pecado concebida.
Ave María Purísima, en gracia concebida.
