PADRE JUAN CARLOS CERIANI: PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

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PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Y habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y se abatirán las gentes en la tierra, por la confusión del rugido del mar y de las olas; quedando los hombres yertos por el temor y expectación de lo que sobrevendrá a todo el universo; porque las virtudes de los cielos se conmoverán, y entonces verán al Hijo del hombre que vendrá sobre una nube con gran poder y majestad. Cuando comenzaren, pues, a cumplirse estas cosas, mirad y levantad vuestras cabezas, porque cerca está vuestra redención. Y les dijo una semejanza: Mirad la higuera y todos los árboles: Cuando ya producen de sí el fruto, entendéis que está cerca el estío. Así también vosotros, cuando viereis hacerse estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. En verdad os digo que no pasará esta generación hasta que todas estas cosas sean hechas. El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.

El Evangelio de este Primer Domingo de Adviento nos presenta la última parte del discurso escatológico, es decir lo referente a la Parusía, la Segunda Venida de Nuestro Señor.

En un primer momento, San Lucas detalla las señales de la naturaleza, que se verán tanto en el cielo como en la tierra: Y habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y se abatirán las gentes en la tierra, por la confusión del rugido del mar y de las olas; quedando los hombres yertos por el temor y expectación de lo que sobrevendrá a todo el universo; porque las virtudes de los cielos se conmoverán…

En la profecía revelada sobre el fin de la historia se anuncia, pues, claramente, un fin catastrófico dentro de la historia. Quien acepta por la fe esta profecía, no puede ignorar que el fin de los tiempos, en el seno de la historia, será una ruina, una catástrofe.

Sin embargo, su actitud ante el porvenir no puede ser la desesperación; y no puede serlo por razón de esa misma fe, que nos revela la Venida de Jesucristo en gloria y majestad: Y entonces verán al Hijo del hombre que vendrá sobre una nube con gran poder y majestad. Cuando comenzaren, pues, a cumplirse estas cosas, mirad y levantad vuestras cabezas, porque cerca está vuestra redención… Cuando viereis hacerse estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios…

La finalización intratemporal de la historia de la humanidad no tendrá lugar mediante una victoria del Cristianismo, sino que se realizará mediante una catástrofe, el Dominio del Anticristo, lo que equivale a decir dominio mundial del mal, pseudo-orden mantenido por la fuerza.

Si se acepta esta concepción o, al menos, se la considera con seriedad, se plantea inmediatamente estas cuestiones:

– En lo que toca a las esperanzas humanas, ¿no habrá, sencillamente, que desesperar de la historia de la humanidad?

– ¿Cuál es el fundamento de la esperanza humana, si hay que contar al mismo tiempo con un final catastrófico intratemporal de la historia?

– ¿No es ésta una idea que necesariamente paraliza y devalúa toda actividad histórica?

– ¿Cómo se puede reclamar que hombres, especialmente los jóvenes, pongan siquiera manos a la obra?

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El Domingo pasado anticipé que consideraría dos puntos de extrema importancia:

— Nuestro Señor Jesucristo, Supremo Juez, domina toda la historia de la humanidad, también el fin de los tiempos y la época del Anticristo. Lo cual vimos hace una semana.

— ¿En qué consiste nuestra Esperanza? Que nos corresponde abordar hoy como complemento de lo ya estudiado.

Entrando en tema, decimos que el fin catastrófico de los tiempos no significa necesariamente perdición. Es ésta una de las razones por las cuales, no sólo no se opone a la Esperanza, sino que la presupone, la fundamenta y la confirma.

Pero la Esperanza del que cree en la “transposición” como salvación, no es, de ningún modo, una esperanza orientada solamente al “más allá”. Es más bien una esperanza que capacita y dispone a actuar aquí y ahora dentro de la historia, incluso a ver en la misma catástrofe una posibilidad de actuación histórica plenamente dotada de sentido.

Es por eso por lo que hay que meditar en la permanente posibilidad y en la constante cercanía de un fin catastrófico de los tiempos.

Aquí reside, como lo ha formulado Donoso Cortés, la especial posibilidad que se ofrece a las épocas catastróficas: los tiempos inciertos son los más seguros, pues se sabe a qué atenerse respecto al mundo.

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Debemos profundizar el tema; y por eso es útil recordar, lo más claramente posible, la naturaleza de la Esperanza Cristiana y su relación con las esperanzas humanas.

Hay una muchedumbre de bienes muy importantes, perfectamente honestos y deseables, sobre los cuales Jesús no hizo ninguna promesa a sus discípulos. ¿Qué conclusión extraer? ¿Qué estos bienes no cuentan? ¿Qué no debemos esperar ni trabajar por obtenerlos?

Las promesas que se nos hacen se refieren a bienes de la gracia, y son infalibles; son promesas que no pueden ser más formales, y Jesucristo las selló con su propia Sangre.

Jesús no nos da a esperar los bienes terrestres, incluso el mejor de entre ellos; nos da a esperar los bienes celestiales; y respecto de los bienes terrestres, pone en nuestros corazones algunas disposiciones para esperarlos, poseerlos o renunciar a ellos.

Después del primer pecado, la armonía que existía entre el hombre y los bienes terrestres ha sido profundamente contrariada. Es normal que cada uno de los hombres intenta restablecerla. Pero no hay ninguna certeza de que se restablecerá.

Es natural esperarla y trabajar por lograrla. Pero es mucho más importante esperar este restablecimiento teniendo el corazón fijo más arriba.

Es necesario esperar estos bienes terrestres cristianamente; es decir, esperarlos ni como suficientes, ni como definitivos; y comprendiendo que ellos piden ser conectados con la esperanza de los bienes eternos.

La gran cuestión para el cristiano con respecto a los bienes pasajeros es saber si se ajustan a la voluntad de Dios, y si son queridos por Dios aquí y ahora.

Si la respuesta es afirmativa, la consecuencia será desearlos según Dios, y, si es necesario, dar su vida para defenderlos.

La Esperanza Cristiana puede subsistir en medio de la privación de los bienes pasajeros, incluso los más humanos, los más normales, los más conformes al derecho natural.

Si la Esperanza Cristiana tiende hacia los bienes eternos, ella no impide desear los bienes conformes al derecho natural; pero los hace desear sin furia.

Si por la Esperanza Cristiana nuestros deseos tienden hacia el Cielo, cuando incluso todo lo que teníamos derecho a esperar para esta tierra venga a faltarnos, seremos capaces de no enfurecernos, porque esperamos que lo principal no nos faltará… Lo principal es para después de la muerte.

Intentaremos, si es posible, que estos bienes terrestres no se nos escapen, o que se nos devuelvan, pero no caeremos en la desesperación; y, si no se nos devuelve nada y si todo se nos escapa, no nos lanzaremos en empresas revolucionarias; ya que la parte fundamental sigue siendo inalcanzable en esta tierra.

Es por falta de verdadera Esperanza y porque trasladan inconscientemente la Esperanza Eterna sobre bienes terrestres, incluso justos y buenos, es debido a tal descenso de la Esperanza, que tantos cristianos oscilan entre la revolución y la inercia, las tentativas absurdas de subversión y la instalación cómoda en injusticias que producen beneficio.

El verdadero discípulo de Jesucristo no se desalentará de la tierra: tal actitud sería cobardía y no fidelidad. Pero el verdadero discípulo siempre será elevado por una esperanza que está más allá de la tierra.

De la misma manera, no es insensible cuando la tierra, indiferente o pérfida, traiciona las justas promesas que hizo; pero es capaz de no enloquecer ni enfurecer por causa de esta ruptura y de esta decepción. Antes bien, más que nunca espera en Jesucristo para no desesperar de volver la tierra, aunque más no sea en un punto minúsculo, menos indigna del Reino de Dios.

Y todo esto porque espera en las promesas del Hijo de Dios, crucificado, resucitado, y que volverá en gloria y majestad.

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Volviendo al tema del Evangelio de hoy, la capacidad de no desesperar ante la vista de un catastrófico final intratemporal de la historia es algo muy importante.

Supuesta esta capacidad, incluso en medio de la catástrofe sigue siendo posible una actividad histórica de signo afirmativo.

Es claro que existen esperanzas perfectamente legítimas, como las que atienden a la prosperidad de las jóvenes generaciones o a la paz del mundo.

No obstante, ¿se puede afirmar que un hombre que pierda una de estas esperanzas (en plural) deje de estar en orden precisamente por ello?

Estar en orden, significa la orientación hacia la auténtica consumación del hombre; la cual se dará más allá de la existencia corporal-histórica, que sólo se conoce por la fe.

Sin embargo, lo que se espera, en la esperanza sobrenatural del cristianismo, no debe considerarse como algo completamente separado de la actual existencia del hombre.

Es cierto que radica en algo más allá del límite de la muerte, lo cual lo hace inalcanzable a los hombres por sus propias fuerzas, no solamente en la existencia individual, sino también en la historia universal.

Pero tiene que ver realmente, no sólo con las esperanzas del hombre, sino también con sus propias realidades intrahistóricas.

Cuando la profecía apocalíptica habla de la resurrección de los muertos y de los nuevos cielos y nueva tierra, da a entender que absolutamente nada se perderá de lo que aquí sea bueno, correcto y justo, verdadero y bello, bien intencionado y sano.

Pero, cuando la esperanza de los cristianos se orienta a instituciones y estructuras terrenas, buscando en ellas seguridad y protección, Dios se dedica a destruir lo que los hombres construyen, para que no caigan en la tentación de conceder más honor y valor a sus propias seguridades que a la salvación del alma, para que no se olviden de que la gran tarea del cristiano es hacer que Cristo arraigue y crezca en los corazones, fomentar su honor y la salvación de los hombres, para que llegue el Reino y Reinado de Dios.

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Jesucristo venció realmente los poderes malignos del demonio, del pecado y de la muerte; en Él se cumplió la esperanza del Antiguo Testamento; pero ese cumplimiento no tiene todavía su estructura definitiva.

A los cristianos les ha sido dada la bienaventuranza celestial, pero sólo en germen; están santificados, pero sólo de raíz; la figura de este mundo está pasando, pero no ha terminado aún.

Caminamos hacia la meta, pero no hemos llegado a ella. Vivimos en el reino intermedio que se alarga desde la Resurrección de Cristo hasta su Segunda Venida.

Nuestro estado de cristianos tiene carácter escatológico. A este hecho responde la Esperanza; en ella fundamentamos nuestra existencia de peregrinos.

La Esperanza tiene tres momentos:

– espera del futuro

– confianza en Dios

– paciencia en la espera de lo venidero.

La Esperanza tiende hacia los bienes invisibles del futuro con paciencia y confianza.

La Esperanza del cristiano no se apoya en el mundo de lo visible, que incluso habla contra su Esperanza, y que continuamente intenta demostrar que la Esperanza del cristiano es una ilusión.

El cristiano espera «contra toda esperanza», contra todos los poderes y sucesos; justamente por eso, su confianza es imperturbable; no se apoya en poderes terrestres, sino en Dios.

Más concretamente, en la Esperanza en la Venida del Señor hay una continua exigencia de santificación y de conversión, conforme a la vocación que los cristianos han recibido de Dios.

La esperanza en el futuro no desvaloriza lo presente. El mundo es valorado por los cristianos como una realidad transitoria; a pesar de todo, lo toman más en serio que los mundanos; en las formas de este mundo se configura ocultamente el futuro definitivo ya presente; a ellas dedica todo su esfuerzo y atención; no se aparta de ellas resignado y resentido, sino que intenta configurarlas conforme a la voluntad de Dios, sin excluir ninguna de ellas.

Pero no se pierde en esa tarea; al dedicarse al tiempo y al trabajar por él, nunca se deja tragar por el presente, sino que conserva su libertad y potencia para el último y definitivo futuro.

Ahora se ve claramente que la Esperanza no es una sorda y aburrida espera, sino que es actividad viva.

El Cardenal Newman llama a esa actitud espera y vigilancia

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Por último, según la Sagrada Escritura y la Tradición, el estado final dentro del tiempo lleva el nombre de reinado del Anticristo.

Esto implica, pues, la lucha en torno a Cristo. Le guste o no le guste, lo quiera o no lo quiera, el demonio y sus bestias actúan siempre en dependencia de Jesucristo…

Debe tenerse en cuenta que la descripción hecha por San Lucas sucederá inmediatamente después de la gran tribulación, es decir, una vez que haya sido destruido el reinado del Anticristo.

La última época, como todas las épocas, estará inequívocamente relacionada con Cristo.

Por esta razón, es un error pretender plantear el combate a nivel de lo cultural…, a nivel de una cultura puramente profana, “profana” en el sentido de la neutralidad, donde no se habla del cristianismo, ni positiva ni negativamente.

Pero es olvidar o hacer oídos sordos a la advertencia del Evangelio: El que no está con Cristo, está contra Cristo…

Por todo esto, cuando comenzaren, pues, a cumplirse estas cosas, mirad y levantad vuestras cabezas, porque cerca está vuestra redención… Cuando viereis hacerse estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios… Entonces verán al Hijo del hombre que vendrá sobre una nube con gran poder y majestad…