MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.
Hoy nos encomendamos a:
SANTA CATALINA DE ALEJANDRIA
VIRGEN Y MÁRTIR, PATRONA DE LAS DONCELLAS Y DE LOS FILÓSOFOS (290P-308?)
ES Catalina una de las santas más universalmente populares, como lo atestigua la iconografía: ella sola se halla circundada, en las antiguas vidrieras, con triple aureola: la blanca de las vírgenes, la verde de los doctores y la roja de los mártires. La vida de la Santa sugirió a los primitivos y a los más afamados pintores del Renacimiento, inmortales obras maestras.
Conocidísimos son, a lo menos por el nombre, o por haberlos popularizado el grabado, los innumerables Desposorios místicos de Santa Catalina, firmados por celebérrimos pintores como Hans, Memling, Correggio, Rubens, Ticiano, Bernardo Luini y Filippo Lippi. Desde fines de la Edad Media hasta el Renacimiento eligiéronla por patraña más de treinta gremios:, molineros, carreros, afiladores, torneros, alfareros, cordeleros, hilanderas, curtidores, guarnicioneros, zapateros, espejeros, estañeros, plomeros, pañeros, etc. También juzgaron tener derecho a su protección los filósofos, nombre en el que se comprende a los estudiantes. Y buena razón hay para ello, ya que la Santa, con la oportunidad y tino de sus respuestas —indudablemente asistidas por la sabiduría del cielo—, dejó confusos a no menos de cincuenta filósofos y controversistas.
Es, sobre todo, patrona de las doncellas cristianas; primero, por haber sido para ellas dechado de virtudes —su mismo nombre, Catalina, significa pura—; además, por haberse Cristo desposado místicamente con ella.
TRES CAPÍTULOS DE UNA HISTORIA
NO obstante la popularidad de la historia de Santa Catalina, preciso es confesar que no hay vida menos conocida entre las de los primeros siglos que siguieron a las persecuciones. Los bolandistas declaran que nadie puede afirmar con derecho nada probable de su biografía. Lo único cierto es que el culto de la Santa tuvo origen en el monte Sinaí, adonde, según testimonio del jesuíta Bolando, fue trasladado su cuerpo, sin que sepamos cuándo ni por quién. Dícese que fue hija de Costo, rey de Cilicia, y de Sabinela, hija de un príncipe samaritano. Nació por los años de 290. Es cuanto puede conjeturarse respecto de la vida de esta Santa. Pero la maravillosa leyenda que manos desconocidas tejieron amorosamente ya desde el siglo VIII, nos da pie para escribir tres capítulos de la vida de esta Santa; capítulos que son como las tres partes de un poema tan divino y tan humano, que parece más cierto que la misma historia.
EL ANILLO
CATALINA fue educada en Alejandría, a la sazón muy floreciente en las ciencias humanas. Habían dado nombre y fama a esta ciudad su célebre escuela de filosofía, llamada Escuela de Alejandría, y la importante biblioteca fundada por los Tolomeos. Catalina, de muy agudo ingenio, aprendió en breve la filosofía y las ciencias profanas. Habiendo muerto su padre Costo, la reina Sabinela, madre de nuestra Santa, pasó a residir en Armenia, donde vivía a la sazón un viejo ermitaño llamado Ananías. Catalina, que admiraba ya la fe cristiana, anhelaba conocer la verdad; pero era aún altiva y discutídora, por lo que defendía la causa del paganismo, empleando para ello silogismos sutiles e insidiosos con los que deslumbraba presto a su madre, más piadosa que letrada.
Ya por entonces, pretendían la mano de Catalina muchos nobles y aun príncipes, maravillados de su hermosura y de su raro saber. Pero solía ella responderles con altanería: —El esposo de que me habláis, ¿es acaso tan letrado y hermoso como yo? Habiéndole sido presentada al ermitaño Ananías, declaró él que también quería proponer ventajoso matrimonio a la doncella.
—Antes de empeñar mi promesa, quiero ver al esposo que me destinas —le respondió la joven. —Hija —repuso el santo anciano— , la más hermosa criatura es vil y despreciable comparada con él. —No importa, quiero verlo. —Conforme —dijo Ananías—; quédate sola esta noche en tu aposento, arrodíllate, invoca a la Virgen y dile: «Señora, Madre de Dios, mostraos graciosa conmigo permitiéndome ver a vuestro Hijo». Este consejo dio mucho que pensar a Catalina. Llegada la noche, encerróse en su habitación y encendió veinte antorchas para acoger dignamente al huésped que esperaba. Arrodillóse luego, y empezó a rezar con fervor, empleando las palabras que le aconsejara el ermitaño. Apareciósele al punto radiante la Virgen María. —Hija mía —le dijo— , ¿qué me pides? —Déjame ver a tu Hijo —respondió extasiada la joven. —Sí, hija; te lo mostraré. La Madre de Dios levantó entonces el manto y descubrió a su Hijo. —Aquí lo tienes, Catalina, ¿lo amas? —¡Oh, Madre! —exclamó ella como arrobada—; cuánta hermosura; no soy digna de ser su esclava. La Virgen preguntó entonces a Jesús: —Tú, Hijo mío, ¿la quieres por esposa? —No —respondió el Niño—; es demasiado fea. Desaparició la visión y Catalina se quedó sola, muy afligida por aquellas palabras. ¡Ella que se imaginaba ser la doncella más hermosa del mundo!
Al despuntar el alba fuése al ermitaño y le contó lo ocurrido. El anciano sonrió con la noticia. —Escucha, hija mía —añadió— ; tu cuerpo será quizá muy hermoso, pero tu alma es feísima, porque está llena de soberbia. Enseñóle luego las verdades de la fe y, no bien estuvo preparada, la bautizó. Finalmente, le aconsejó que se humillase y volviese a intentar ver a Jesús. Otra vez se le apareció la Virgen con su Divino Hijo. —¿La quieres ahora? —preguntó María al Niño. Miróla Él con infinita ternura y respondió: —Sí, ahora sí; porque se ha trocado en doncella purísima y hermosa. Ofreció entonces la Santísima Virgen a Catalina un anillo de oro en señal de la alianza contraída y como prenda de las espirituales bodas. Tal es la tradición de los «desposorios místicos de Santa Catalina», tema bellísimo que ha dado lugar a un sinfín de comentarios espirituales o literarios, y que ha servido de inspiración a obras maestras de muchos y renombrados pintores.
CATALINA Y LOS FILÓSOFOS
TENÍA esta santísima doncella dieciocho años cuando se publicó el siguiente edicto: «El emperador Maximino, a todos cuantos están sujetos a nuestro imperio, salud. Habiendo nosotros recibido grandes beneficios de la benignidad de los dioses, juzgamos que en reconocimiento de su gran liberalidad debemos ofrecerles sacrificios; por tanto, os exhortamos y mandamos que vengáis a nuestra presencia, para que mostréis con las obras el amor y reverencia que tenéis a nuestros grandes dioses. Prevéngoos que quien no obedeciere a este nuestro mandato y siguiere otra religión contraria a la nuestra, además de perder la gracia de los dioses inmortales, caerá en nuestra indignación, y lo pagará con la vida».
La intención aparente de estos decretos con que solían los emperadores justificar su autoridad en materia religiosa, servía sólo para ocultar su verdadero propósito de lanzarse a la persecución. Y así sucedía que, a poco de haberlos dado a publicidad, con uno u otro pretexto, desatábase el furor de los jefes paganos contra la Iglesia. A poco de publicado este edicto, llenóse de gente la ciudad de Alejandría. Allá, desde su palacio, oía Catalina los aplausos y alborozo de la muchedumbre. Movida del amor a su divino Esposo, determinó hablar por sí misma al emperador y reprenderle aquel desatino con que engañaba a su pueblo y lo llevaba al infierno tras sí. Acompañada de muchos criados, fue al templo donde estaba Maximino II Daza, y vió en él algunos cristianos que obedecían al edicto por temor de los tormentos. Afligióse sobremanera, y no pudiendo ya contener su indignación, acercóse al emperador y díjole con noble franqueza: —Me gustaría honrarte como a príncipe si no fueses tan celoso del culto de los falsos dioses. Y luego empezó a conversar con él y a proponerle multitud de consideraciones alegóricas y místicas. El emperador quedó admirado de tanta ciencia y hermosura. Catalina daba razón de sí y de su fe con tan singular sabiduría, gracia y peso de razones, que el emperador, embobado, estaba mirando sin saber qué responder. Empezaba ya a impacientarse cuando le dijo la santa doncella: —Suplicóte, ¡oh César!, que no te dejes llevar de la cólera. Citó luego a un poeta y añadió: —No es propio de varones prudentes el turbarse. Si en ti manda el espíritu, eres rey; si la impresión, eres esclavo.
—Ya veo —repuso el emperador— que pretendes engañarme con astucia, trayendo testimonios de filósofos autorizados. Mandó al punto que acudiesen a la corte de Alejandría cincuenta grandes oradores y filósofos, y prometióles ricos premios si llegaban a convencer a Catalina. Presentáronse ellos, aunque de mala gana, por parecerles que no convenía a su reputación el hacer tanto caso de una doncella que, por mucho que supiese, no dejaba de tener entendimiento y ciencia de mujer. Juego de niños juzgaban ellos el vencerla. Juntáronse los cincuenta filósofos dando por descontado el triunfo a vista de su número y de su gran saber; toda la ciudad de Alejandría concurrió a un espectáculo tan nuevo y maravilloso, en que cincuenta hombres tenidos por la flor de las grandes escuelas universitarias y oráculos de sabiduría, habían de disputar con una doncella de dieciocho años. Catalina se encomendó al Señor; un ángel del cielo vino a estarse a su lado para tranquilizarla y fortalecerla.
Entablóse la disputa acerca de la Encarnación. Sostenían los filósofos ser imposible que Dios se hiciera hombre y padeciera. Respondióles la Santa con aquella famosa página del filósofo griego Platón, en la que atribuye a Dios forma de cuerpo humano; también les recordó la palabra de la Sibila: «Dichoso el Dios pendiente de un alto leño». Dijo todo ello con tanta claridad y gracia, que los filósofos, antes soberbios e hinchados, quedaron confusos y persuadidos de todo cuanto les decía la santa virgen y empezaron a dudar de la propia ciencia. Hubo sin embargo unos cuantos que, armados hasta los dientes con copia de argumentos que juzgaban incontrovertibles, quisieron entrar a discutir con la joven. Las razones menudeaban y cruzaban como relámpagos, astutas y solapadas por una parte, sosegadas y convincentes por otra. El emperador y el auditorio presenciaban la lucha; pero los filósofos acabaron declarándose vencidos. Maximino, ciego de furor, mandó que se encendiese una grande hoguera en medio de la ciudad, y fuesen quemados en ella los cincuenta filósofos. Catalina los instruyó en la fe y los alentó a morir por Cristo. Sólo una cosa los afligía, y era el morir sin haber recibido el bautismo. Mas ella con rostro amoroso y blando los consoló diciéndoles que el fuego les serviría de bautismo y purificaría sus almas. Haciendo la señal de la cruz fueron puestos entre las llamas y dieron sus almas a Dios. Muy rabioso quedó Maximino con aquella derrota, pero mostróse empedernido y obstinado, y así probó de rendir a la Santa ablandando su pecho esforzado con halagos y promesas. Le ofreció darle en la corte el primer puesto después de la emperatriz, levantarle una estatua en medio de la ciudad y hacerle honrar como a diosa, pero todo fue en balde. Renunció, pues, a sus artes y mañas, y mandó desnudarla y azotarla con nervios de bueyes. Después de este tormento la echaron en una oscura cárcel, con orden de que no se le diese cosa alguna de comer. Pero los ángeles la visitaban y regalaban, y una paloma le llevaba el sustento cada día. La emperatriz Constancia, que amaba entrañablemente a Catalina, hízose acompañar por el edecán imperial, Porfirio, y fue a visitarla cierta noche. Al entrar en la cárcel, viéronla iluminada con claridad sobrenatural. Catalina empezó a hablarles de los goces eternos con elocuencia tan arrebatadora, que los ganó a ambos para Jesucristo, y acabaron recibiendo corona de mártires.
Doscientos soldados siguieron valerosamente su ejemplo. Antes de morir, vieron a los cincuenta filósofos mártires sentados alrededor de Catalina. Uno de ellos entregó una corona a la Santa, y ella la puso en la cabeza de la emperatriz. Los cincuenta mártires decían: —Perla preciosa, gema de Cristo, pronto llegará tu vez; el divino Esposo te recibirá a la puerta de la Iglesia del cielo, donde las arpas angélicas recrearán tus oídos con suavísimas y alegres armonías. Vas a entrar ya en este paraíso, donde la nobilísima compañía de las vírgenes, entre albas azucenas y encendidas rosas, siguen al Cordero doquiera que va.
CONDENADA AL TORMENTO DE LA RUEDA
ENTRETANTO andaba buscando el cruel emperador Maximino cómo saciar su enojo. Un hombre lleno de espíritu satánico, el preboste de Alejandría, llamado Cursato, fue a ofrecerle sus servicios. Había imaginado un instrumento dé suplicio horroroso y nunca visto; a su juicio, aquel nuevo género de tormento preparado con refinamiento infernal acabaría pronto con la obstinación y terquedad de la joven cristiana. Era una máquina de cuatro ruedas cuyas llantas estaban sembradas de clavos y agudas puntas, de tal manera encajadas y trabadas entre sí, que puesta la virgen en una de ellas, y moviéndose dos ruedas en un sentido y las otras dos en sentido opuesto, fuese despedazado el cuerpo de la santa doncella. Pero sucedió que al intentar los sayones mover aquel instrumento horrible, atada ya en él la valerosa virgen, un ángel del Señor lo desbarató, destrabando unas ruedas de otras con tan grande ímpetu, que al salir de lugar mataron a muchos de los gentiles allí presentes. Es evidente que la Leyenda áurea embelleció la historia en esta circunstancia de la vida de la Santa. Los pintores bizantinos habían representado a Santa Catalina en una esfera, para honrar sin duda a la doncella letrada. ¿Cómo transformó la imaginación popular aquella esfera en cuatro ruedas dentadas? Tarea dificilísima la de querer separar de la leyenda el fondo de verdad histórica.
Sea de ello lo que fuere, puede asegurarse que de todos los incidentes dramáticos de esta maravillosa historia, ninguno impresionó tanto como éste la fantasía de las gentes en la Edad Media. De ahí que nombrasen patrona a Santa Catalina todos los gremios donde la rueda tiene alguna importancia, como el de torneros y afiladores. Los zapateros y guarnicioneros tomaron pie de estar sembrada la rueda de afiladas cuchillas, para pedir favores y protección a la virgen de Alejandría. Otras adaptaciones parecen más difíciles de explicar. Pero poco les importaba la exactitud del símbolo a aquellos cristianos de fe profunda y activa de la Edad Media, si en él hallaba alimento adecuado su piedad. ¿No es, además, admirable que la patrona de las sociedades cultas lo haya sido al mismo tiempo de los más humildes oficios y de los más oscuros artesanos?
ORACIÓN POSTRERA DE LA SANTA. SU MUERTE
CON la muerte de la emperatriz Constancia, degollada por la causa de la fe junto con Porfirio, creyó Maximino que le sería empresa harto más fácil conquistar para los dioses a la invencible doncella. Pensando seducirla, ofrecióle el puesto que la emperatriz mártir acababa de dejar vacante en el palacio. En el caso de renunciar a su religión para abrazar el culto idolátrico, se le perdonaría haber sido causa de la muerte de Constancia, y la tomaría él por esposa. De no aceptar, sería condenada. Ya podía suponer el tirano cuál iba a ser la respuesta de la valerosa joven. Cuando llegó Catalina al lugar del suplicio, pidió a los verdugos unos instantes para orar. Ésta fue su postrera plegaria:
«¡Oh Jesús!, gracias te doy por haberte dignado enderezar mis pasos en este mundo. Extiende ahora esas manos clavadas por mí en la cruz, y recibe mi vida en sacrificio. Acuérdate que somos carne y sangre, y no permitas que las culpas que cometí por ignorancia me sean echadas en rostro ante el tribunal de tu justicia; ni toleres tampoco que el cuerpo de tu esposa venga a manos de estos malvados. Mira también con clemencia a este pueblo que me rodea; tráelo, Señor, a la luz de tu conocimiento y amor. Suplicóte, ¡oh Jesús!, que todos cuantos hagan conmemoración de mi muerte y me invoquen en la suya o en cualquier otra necesidad, sean de ti favorecidos y alcancen cuanto pidieren».
Prometióle una voz celestial que cuantos invocasen su valimiento ante el Señor lograrían el auxilio divino. Uno de los soldados le cortó luego la cabeza, y corrió de la herida leche en lugar de sangre. Para que su sagrado cuerpo no fuese profanado, lleváronle los ángeles al monte Sinaí, que está a veinte jornadas de camino de Alejandría.
De esta circunstancia echó mano la Iglesia para componer la oración litúrgica de la fiesta de la Santa, que es como sigue:
«¡Oh Dios!, que diste la ley a Moisés en la cumbre del monte Sinaí, y por ministerio de tus ángeles trasladaste al mismo lugar el cuerpo de la bienaventurada virgen y mártir Catalina; suplicámoste que por sus méritos e intercesión consigamos llegar al monte celestial que es Jesucristo.»
Santa Catalina fue martirizada el 25 de noviembre por los años de 308.
CONCLUSIÓN
EXCEPTO la parte que se refiere al «desposorio místico», suceso que sólo aparece en la hagiografía de la primera mitad del siglo XV, el anterior relato trae su origen casi en su totalidad de la Leyenda áurea, famosa recopilación de Vidas de Santos compuesta en el siglo XIII por Santiago de Vorágine, arzobispo de Génova. Siglo y medio más tarde, el insigne orador popular San Vicente Ferrer, fraile dominico, al igual que Santiago de Vorágine, a menudo la propuso como ejemplo a sus oyentes. Juan XXII inscribió la fiesta de Santa Catalina en el calendario por los años de 1335; San Pío V la mandó celebrar con rito doble el año de 1568. No se nos pasa por alto que en esta biografía entra por mucho la leyenda; no faltan quienes por ello se han escandalizado. Nos parece criterio harto débil el de quienes sólo se fijan en el pormenor anecdótico y en su alcance crítico, mientras ladean la esencia doctrinal y las lecciones subsiguientes. Dos sucesos históricos obligan con todo a los críticos a reconocer que Santa Catalina ha desempeñado importante papel en la Iglesia. Fue el primero el milagroso auxilio que por su intercesión lograron los cristianos en la época de las Cruzadas. El otro suceso también estrictamente histórico, es el de las apariciones de Santa Catalina a Santa Juana de Arco, la cual hablaba siempre con entrañable amor de las que ella llamaba sus queridas Santas, y a quienes, decía, siguió siempre fielmente en sus consejos.
EL SANTO DE CADA DÍA
EDELVIVES
Leer el Santo Evangelio del día y catena aurea
