CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
La Epístola de este Domingo está tomada de la Carta de San Pablo a los Romanos, capítulo octavo, versículos 18 a 23. Pero voy a comentar todo el pasaje que sirve de contexto, desde versículo 14 hasta el 30:
Porque todos cuantos son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios, dado que no recibisteis el espíritu de esclavitud, para obrar de nuevo por temor, sino que recibisteis el espíritu de filiación, en virtud del cual clamamos: ¡Abba! esto es, Padre. El mismo Espíritu da testimonio, juntamente con el espíritu nuestro, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, si es que sufrimos juntamente con Él, para ser también glorificados con Él.
Estimo que esos padecimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros. La creación está aguardando con ardiente anhelo esa manifestación de los hijos de Dios; pues si la creación está sometida a la vanidad, no es de grado, sino por la voluntad de aquel que la sometió; pero con esperanza, porque también la creación misma será libertada de la servidumbre de la corrupción para participar de la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Sabemos, en efecto, que ahora la creación entera gime a una, y a una está en dolores de parto. Y no tan sólo ella, sino que asimismo nosotros, los que tenemos las primicias del Espíritu, también gemimos en nuestro interior, aguardando la filiación, la redención de nuestro cuerpo. Porque en la esperanza hemos sido salvados; mas la esperanza que se ve, ya no es esperanza; porque lo que uno ve, ¿cómo lo pueble esperar? Si esperamos lo que no vemos, esperamos en paciencia.
De la misma manera también el Espíritu ayuda a nuestra flaqueza; porque no sabemos qué orar según conviene, pero el Espíritu está intercediendo Él mismo por nosotros con gemidos que son inexpresables. Mas Aquel que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, porque Éste intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios.
Sabemos, además, que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio. Porque Él, a los que preconoció, los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que Éste sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a esos que predestinó, también los llamó; y a esos que llamó, también los justificó; y a esos que justificó, también los glorificó.
En este pasaje, San Pablo describe a los fieles de Roma las profundas realidades de la vida cristiana y la certeza de que esas realidades llegarán a su plenitud.
Manifiesta primero una afirmación fundamental: los que viven bajo el impulso del Espíritu, ésos son hijos de Dios.
La expresión hijos de Dios ya se había utilizado en el Antiguo Testamento; sin embargo, después de la redención operada por Jesucristo, dicho enunciado adquiere un significado mucho más profundo.
En efecto, antes Dios podía ser invocado como Padre, y, de hecho, así lo hicieron a veces los israelitas; pero la primera y principal disposición de ánimo hacia la divinidad, lo mismo entre judíos que entre gentiles, era el temor, no el amor, idea esta que quedaba muy en segundo plano.
Ahora, en los tiempos del Evangelio, es al revés. Aunque seguimos reconociendo la omnipotencia y terrible justicia de Dios, prevalece totalmente la idea de amor. Lo que regula nuestras relaciones con Dios, no es el espíritu de siervos con su Amo, sino el de hijos con su Padre.
Y se trata de un sentimiento que no procede de nosotros, sino que lo hemos recibido, y está íntimamente relacionado con la presencia del Espíritu en nosotros.
Ese sentimiento o espíritu de adopción se debe al nuevo nacimiento que se ha operado en nosotros a raíz de la justificación, al hacernos Dios partícipes por la gracia de su misma naturaleza divina, entrando así a formar real y verdaderamente parte de la familia de Dios.
Y San Pablo concluye: Si hijos, también herederos.
La eterna glorificación es, pues, para el cristiano, no una simple recompensa, sino una herencia; a la que tenemos derecho, una vez que hemos sido adoptados como hijos de Dios.
Con ello nos convertimos en coherederos de Cristo, el Hijo natural de Dios, que ha ingresado ya también como hombre en la posesión de esos bienes, para nosotros todavía futuros.
San Pablo, más que hablar de herederos de la gloria, habla de herederos de Dios, insinuando de este modo que poseeremos al mismo Dios por la visión beatífica.
Pero el Apóstol no se olvida de recordar una doctrina muy importante, es decir, que nuestra suerte está ligada a la de Jesucristo, y hemos de padecer con Él, si queremos ser con Él glorificados…
Para ser glorificados con Cristo, antes hemos de padecer con Él… Esto podría asustar a alguno. Por eso, la afirmación inmediata de San Pablo es que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros…
Es la respuesta cristiana más sencilla al problema del sufrimiento; es decir, no debemos detener nuestra consideración en lo presente, sino que debemos mirar hacia el futuro.
A continuación, el Apóstol va señalando las razones, especie de garantías divinas, que corroboran, en continuo crescendo, la certeza de esa nuestra esperanza:
– primeramente, el presentimiento de las cosas creadas;
– después, nuestros propios gemidos suspirando por la glorificación;
– luego, la intercesión del Espíritu Santo a nuestro favor;
– por fin, los planes mismos de Dios, que todo lo endereza a la salvación de sus escogidos.
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En primer lugar, entonces, el presentimiento de las cosas creadas.
Comienza el Apóstol fijando su atención en el mundo creado, sometido contra su voluntad a la vanidad y corrupción; en espera anhelante de la manifestación de los hijos de Dios, momento en que también él será liberado de su servidumbre para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios.
¿Qué clase de servidumbre es ésta a que ha sido sometido el mundo sensible, inferior al hombre, y cuál es la liberación que espera?
Para responder debemos remitirnos a dos textos del Génesis: la sujeción que Dios hace al hombre de todos los seres inferiores a él; y el pecado de éste, que afectó también a esos seres inferiores, al menos en su relación hacia el hombre.
El pecado de Adán produjo, pues, un desequilibrio en las cosas, un desorden, un modo de ser que no es el establecido primitivamente por Dios.
Y este modo de ser les ha venido a las cosas no de grado, sino por razón de quien las sometió, es decir, no por responsabilidad directa, sino en virtud de aquel lazo moral que Dios estableció entre el hombre y los seres inferiores, de modo que éstos siguiesen la suerte de aquél.
Precisamente, debido a tener su suerte ligada a la del hombre, la esperanza de liberación que Dios dejó entrever al ser humano ya desde el momento mismo de la caída es también esperanza para las mismas criaturas.
En realidad, es la misma idea que encontramos ya en Isaías, cuando Dios promete cielos nuevos y tierra nueva para la época mesiánica; idea que se recoge en el Nuevo Testamento, fijando su realización en la Parusía.
La diferencia está únicamente en que San Pablo dramatiza aún más las cosas, y habla no sólo del estado glorioso final, sino también de la etapa anterior, etapa de expectación anhelante…, de gemidos y dolores de parto…, suspirando por ese estado glorioso final, que tiene como centro al hombre, lo mismo que lo tuvo la caída.
Por eso se expresa de esta manera, sabemos, en efecto, que ahora la creación entera gime a una, como indicando que se trata de doctrina conocida.
Muchos autores, siguiendo a San Cirilo de Alejandría, interpretan los términos vanidad y corrupción en sentido moral, no en sentido físico, y lo aplican a las criaturas irracionales en cuanto que, a raíz del pecado de Adán, quedaron sometidas a hombres vanos y corrompidos, que se valen de ellas para el pecado. Por eso suspirar por verse liberadas de tan degradante esclavitud.
Notemos que el Apóstol atribuye dimensiones cósmicas a la redención de Cristo, siendo el hombre el centro de todo el drama, cumpliéndose en él ambos aspectos de vanidad y corrupción.
Por lo que nada tiene de extraño que el Apóstol emplee esos mismos términos refiriéndose a las criaturas irracionales, cuya suerte ligó Dios a la del hombre.
En otros tres pasajes de sus cartas San Pablo atribuye también dimensiones cósmicas a la obra salvadora de Cristo:
I Corintios, XV, 15, 24-28: Es preciso que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo reducido a la nada será la muerte, pues ha puesto todas las cosas bajo sus pies. Cuando dice que todas las cosas están sometidas, evidentemente no incluyó a Aquel que todas se las sometió; antes cuando le queden sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo se sujetará a Aquel que ha sometido a Él todas las cosas, para que sea Dios todo en todas las cosas.
Efesios, I, 7-10: En Él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia, que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad según el benévolo designio que en Él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: recapitular todas las cosas en Cristo, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra.
Colosenses, I, 19-20: Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud, y reconciliar por Él y para Él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos.
Pues bien, ¿qué clase de transformación o redención del cosmos podemos ver aludida en estos pasajes, aparte de la de nuestros cuerpos mortales?
Aunque San Pablo no retoma la expresión de «cielos y tierra nuevos», es claro que los textos citados están dentro de la misma línea de pensamiento. La misma expresión de San Pablo: «todo lo creado gime y siente dolores de parto», está dando a entender que el mundo futuro habrá de salir de las propias entrañas del actual, que está como en gestación.
La Iglesia alcanzará su consumada plenitud cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas y cuando, junto con el género humano, también la creación entera, que está íntimamente unida con el hombre, y por él alcanzará su fin, será perfectamente renovada en Cristo.
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Luego del presentimiento de las cosas creadas, una segunda razón, complementaria de la anterior, la ve el Apóstol en nuestros propios gemidos, suspirando también por la glorificación: Y no tan sólo ella, sino que asimismo nosotros, los que tenemos las primicias del Espíritu, también gemimos en nuestro interior, aguardando la filiación, la redención de nuestro cuerpo.
Son gemidos por parte de quienes poseen ya las primicias del Espíritu; por tanto, tenemos una nueva garantía de que esa expectación anhelante no puede quedar frustrada.
San Pablo habla de primicias del Espíritu, a decir, de que tenemos ya el Espíritu, pero no tenemos todavía todo lo que esa posesión nos garantiza.
Dicho de otra manera, estamos salvados en esperanza, pues la plenitud de esa salvación aparecerá sólo más tarde; de momento debemos esperar en paciencia, o, lo que es lo mismo, con espera sufrida y constante.
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A continuación, indica San Pablo un tercer motivo de confianza. No son ya sólo los gemidos del mundo creado y nuestros propios gemidos, sino la intercesión del Espíritu Santo a nuestro favor.
El mismo Espíritu Santo, viniendo en ayuda de nuestra flaqueza, aboga por nosotros con gemidos inefables.
Esa flaqueza o deficiencia de parte nuestra está relacionada con la glorificación futura por la que suspiramos.
Estos gemidos no pueden dejar de ser atendidos. El Apóstol los llama inefables, no sólo porque se trata de algo interior, sin palabras, sino más bien porque no pueden ser expresados adecuadamente en lenguaje humano, resultando incomprensibles a los hombres, pero no a Dios.
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Por fin viene la cuarta, última y suprema razón de nuestra confianza: los planes mismos de Dios, que todo lo endereza a la salud de sus escogidos: Sabemos, además, que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio. Porque Él, a los que preconoció, los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que Éste sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a esos que predestinó, también los llamó; y a esos que llamó, también los justificó; y a esos que justificó, también los glorificó.
Son tres versículos que contienen en síntesis la razón última de la esperanza de salvación.
Se distinguen claramente dos partes principales, enlazadas entre sí mediante la conjunción causal porque, que convierte a la segunda parte en una explicación de la primera, en la que ha de buscarse, por consiguiente, la afirmación fundamental del Apóstol.
Pues bien, ¿cuál es esa afirmación fundamental? Trata de infundir ánimo a los cristianos ante la certeza de nuestra futura glorificación. La razón alegada ahora es que Dios, en cuyas manos están todas las cosas, todo lo endereza a nuestro bien. En otras palabras: Dios lo quiere, y a Dios nada puede resistir.
Es éste, desde luego, el primer y radical principio del optimismo cristiano.
En la segunda parte indica el Apóstol los diversos actos o momentos en que queda como enmarcada la acción salvadora de Dios.
Dentro de ese marco quedan incluidos todos los accidentes que pueden afectar la vida de cada cristiano, los cuales van dirigidos por Dios a la ejecución de sus planes hasta llegar a la glorificación final.
De los cinco actos divinos enumerados por San Pablo (presciencia, predestinación a ser conformes con la imagen de su Hijo, vocación a la fe, justificación y glorificación, los dos primeros pertenecen al orden o etapas de la intención, y son actos eternos; los otros tres pertenecen al orden o fases de la ejecución, y son actos temporales.
La presciencia es un previo conocimiento que Dios tiene de aquello de que se trata; aquí, concretamente, un previo conocimiento de aquellos que aman a Dios.
La presciencia no es aún la predestinación; y San Pablo distingue ambos actos, pues escribe: a los que de antemano conoció, a esos los predestinó.
Los destinatarios de ese beneficio son los mismos que fueron objeto de la presciencia; y el beneficio a que Dios los ha predestinado es a ser conformes con la imagen de su Hijo, es decir, a reproducir en sí mismos los rasgos de Cristo, de modo que Éste aparezca con las prerrogativas de primogénito entre muchos hermanos al frente de una numerosa familia, con la consiguiente gloria que ello significa.
He ahí el fin último que Dios pretende en toda esta obra de la predestinación: la gloria de Cristo, cuya soberanía se quiere hacer resaltar.
Mas ¿cuándo adquirimos los cristianos esa configuración con Cristo que constituye el objeto real de la predestinación? Puede referirse al estado de gracia y de filiación adoptiva que tenemos ya aquí en la tierra a raíz de la justificación, y que constituye una verdadera transformación que nos asemeja a Cristo; y puede aludir al estado glorioso en el cielo, cuando incluso nuestro cuerpo será transformado a semejanza del de Cristo.
La transformación por la gracia nos asemeja ya a Jesucristo, pero no es aún esa imagen perfecta y consumada por la que suspiramos, y sobre cuya consecución precisamente quiere San Pablo tranquilizar a los cristianos.
Lo que a continuación añade el Apóstol: a los que predestinó, a ésos también llamó, y a los que llamó, justificó, y a los que justificó, glorificó, ha de interpretarse en consonancia con lo anterior. Se trata simplemente de señalar, en el orden de la ejecución, los principales actos con que Dios lleva a cabo esa predestinación: vocación a la fe, justificación y glorificación en el cielo.
El concepto de predestinación, tal como este término está tomado aquí por San Pablo, aplicándolo a todos los cristianos, no coincide exactamente con el concepto en que suele tomarse en el lenguaje teológico, restringiéndolo a aquellos que, cierta e infaliblemente, conseguirán de hecho la vida eterna, incluso aunque de momento sean grandes pecadores.
La predestinación de que habla San Pablo supone, por parte de Dios, una voluntad seria y formal (no veleidad), pero no necesariamente con eficacia efectiva, pues ésta se halla condicionada a nuestra cooperación.
De esta cooperación el Apóstol no habla, contentándose con señalar la parte de Dios, quien ya nos ha llamado a la fe y justificado, y ciertamente nos llevará hasta la glorificación final, de no interponerse nuestra libertad frustrando sus planes.
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Debemos mantenernos junto al Señor; Él tiene en sus manos las riendas del gobierno del mundo; Él hará que el curso del mundo camine para nosotros pacíficamente, y que nosotros podamos servirle a Él confiada y alegremente, como se lo pedimos en la Oración Colecta.
Sobrevendrán dolores y miserias; pero, para los que pertenecen a Cristo, todo eso es nada, comparado con la gloria que les será revelada un día; así nos lo asegura San Pablo en la Epístola.
De igual modo que toda la creación gime y espera ansiosamente el ser liberada de la cautividad del pecado y de su maldición, así debemos esperar también nosotros el momento en que se nos descubra la filiación divina en toda su gloria y claridad; es decir, hemos de ansiar la hora de nuestra entrada en la eterna bienaventuranza y de nuestra futura resurrección.
Este anhelo sólo puede ser colmado por el Señor. Permanezcamos, pues, a su lado.
El Padre no nos separará nunca de su Hijo. Dondequiera que Él se encuentre, allí estaremos también nosotros, hijos de Dios, con Él y en Él.
Del mismo modo que llegó para el Señor el día de su gloria, en la vida eterna del Cielo, con esa misma seguridad llegará también para nosotros el día de nuestra gloria en el alma y en el cuerpo.
Esperamos lo que ha de venir: la inmensa y eterna gloria que se manifestará en nosotros, en los hijos de Dios.
Levantemos, pues, nuestro espíritu y nuestro corazón y convenzámonos de que los dolores de esta vida no son nada, comparados con la futura gloria que se revelará en nosotros, cuando, después de esta vida, poseamos nuestra herencia eterna.
¡Ver a Dios, poseer a Dios, gozar de Dios: he aquí nuestra eterna felicidad!
En Cristo Jesús, Señor nuestro. Aquí radica todo. Sobre Él, sobre nuestra comunión con Él, descansan la certeza y el gozo de nuestra esperanza.

