Padre Juan Carlos Ceriani: SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas de los judíos: El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, así también el que me come, él mismo vivirá en mí. Este es el pan que descendió del cielo. No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron. Quien come este pan, vivirá eternamente.

Jesucristo se proclama a sí mismo El pan de vida.

Es Pan de vida, en el sentido que Él causa y dispensa la vida, tanto la del alma, por la gracia, como la del cuerpo, por la futura resurrección y vida eterna.

Le habían argüido los judíos con el prodigio del maná, que Dios hizo en favor de los padres en el desierto. Y Nuestro Señor recoge aquella alusión para decirles, una vez más, que aquel pan no era el pan verdadero. Era sólo un alimento temporal. Por eso, los padres comieron de él, pero murieron.

Hay, en cambio, un pan verdadero. Y éste es el que baja del Cielo, precisamente para que el que coma de él no muera. No morirá en el espíritu, ni eternamente en el cuerpo. Porque este pan postula la misma resurrección corporal.

Y este pan encuentra de pronto su concreción: Yo soy el pan vivo que bajó del cielo.

Antes se definió como el Pan de vida, señalando el efecto que causaría su manducación en el alma; ahora se define viviente: tiene en sí mismo la vida.

Y la tiene, porque ese pan es el mismo Cristo, que bajó del cielo en la Encarnación. Es el Verbo que tomó carne. Y, al tomarla, es pan vivo; porque es la carne del Verbo, en Quien, en el principio, ya estaba la vida que va a comunicar a los hombres.

Y Nuestro Señor determina aún más la naturaleza de este pan: Y el pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo.

Doctrinalmente, este pasaje es muy importante. Se trata, manifiestamente, de destacar la relación de la Sagrada Eucaristía con la muerte de Cristo, como lo hacen los sinópticos y San Pablo.

San Juan utiliza el término más primitivo de «carne»; el que emplean los sinópticos y San Pablo es “cuerpo».

Claramente se comprueba que este pan que Cristo dará es la carne de Cristo, pero no de cualquier manera, como estaba en su nacimiento, el día de su bautismo o el de la transfiguración, sino en cuanto entregada a la muerte, inmolada, para provecho del mundo.

Se introduce, pues, manifiestamente una nueva idea. Hasta ahora el pan de vida era dado, en pasado, por el Padre. A partir de ahora, será dado, en el futuro, por el Hijo mismo.

Además, el pan que hasta aquí podía ser tomado en un sentido metafórico espiritual, es identificado a la carne en Jesús.

Ahora bien, para la vida del mundo, ¿se refiere al pan o a la carne?

Parece quedar claro que San Juan ha querido establecer la identidad existente entre el pan eucarístico y la carne de Cristo en su estado de Víctima inmolada por el mundo.

En esta frase se hallan implicadas la predicción de la Pasión y la promesa de la Eucaristía, pues, como sabemos, la Sagrada Eucaristía es, al mismo tiempo que un Sacramento, un verdadero Sacrificio, memorial y representación del Sacrificio de la Cruz.

La Sagrada Eucaristía es la carne de Cristo, pero en cuanto está sacrificada e inmolada por la vida del mundo.

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Por todo esto, el Santísimo Sacramento es, por excelencia, el Misterio de Fe.

El día de la Promesa de la Institución, en Cafarnaúm, Jesús dijo Hoc est opus Dei ut credatis in eum: Esta es la obra de Dios, que creáis en él, refiriéndose a sí mismo.

San Agustín comenta: Y no dijo, para que le creáis a Él, sino para que creáis en Él. Pues el que le cree a Él, no cree en seguida en Él. Por lo tanto, creer en Él es amarlo creyendo; y, creyendo, adorarle; y, creyendo, ir a Él e incorporarse con sus miembros.

Luego, concluye San Agustín, creer en Él es comer aquel alimento que permanece hasta la vida eterna.

Nuestro Señor Jesucristo quiere que recordemos continuamente todo lo que ha hecho por nosotros aquí en la tierra, y que honremos su presencia en el Santísimo Sacramento por la meditación de todos los misterios de su vida mortal.

Para reproducirnos más al vivo el misterio acaecido durante la Última Cena, no sólo nos ha conservado el relato de los Evangelistas, sino que, además, se ha constituido Él mismo en recuerdo vivo y personal, dejándonos su divina Persona.

Aunque Nuestro Señor Jesucristo se halla en medio de nosotros, claro está que no podemos verle, ni representarnos el modo como se encuentra en la Eucaristía.

Con todo, Nuestro Señor se ha aparecido frecuentemente. ¿Por qué no ha permitido que se sacasen y guardasen algunos retratos de estas augustas apariciones? Es que Jesucristo sabía muy bien que todos estos retratos no servirían, en definitiva, más que para ocasionar el olvido de su actual y real presencia, oculta bajo los santos velos de la Eucaristía.

Sin embargo –dirá alguno–, si yo viera, aumentaría mi fe. Se aman mejor las cosas que uno ve por sus propios ojos.

Los sentidos pueden servir para confirmar mi fe vacilante, pero Jesucristo resucitado no quiere ponerse al alcance de estos pobres órganos del cuerpo; exige una fe más pura.

Como en Él no hay solamente Cuerpo, sino también Alma, no quiere que le amemos con un amor sensible, sino que lleguemos hasta su Alma por medio de nuestro espíritu y de nuestro corazón, sin descubrirle con los sentidos.

Porque, aunque Jesucristo está verdadera, real y substancialmente presente en la Sagrada Eucaristía, lo está sacramentalmente, fuera del alcance de los sentidos.

Jesucristo supo muy bien armonizarlo todo. Las santas especies, que no le tocan ni forman parte de su divino ser, a pesar de estar inseparablemente unidas a Él, sirven para indicarnos el lugar donde se halla: le localizan.

Jesucristo hubiera podido adoptar un estado puramente espiritual; pero entonces, ¿cómo le hubiéramos encontrado? ¡Demos gracias a este nuestro buen Salvador!

No está propiamente escondido, sino velado. Cuando una cosa está escondida, no se sabe dónde se halla, y es como si no existiese; mas si está velada, puede decirse que se la posee, que uno está seguro de tenerla, aunque no la vea.

Es mucho para un amigo saber con seguridad que tiene a su lado al amigo íntimo. Esta seguridad la podemos tener todos: todos podemos ver con claridad el lugar donde está el Señor; contemplemos, miremos la Hostia Santa, y tengamos la certeza de que allí se encuentra, pues la fe nos lo dice.

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¿Por qué quiso ocultarse Nuestro Señor Jesucristo? Él ha querido velarse de esta manera por nuestro bien, por interés nuestro, para que nos veamos obligados a estudiar en Él mismo sus intenciones y sus virtudes.

Si le viéramos con los ojos corporales, su belleza exterior cautivaría toda nuestra atención y no tendríamos para Él más que un amor puramente sentimental; mientras que Jesús quiere que le amemos con amor de sacrificio.

¿Quién duda que cuesta mucho trabajo a Nuestro Señor ocultarse de esta manera? Preferiría manifestar sus divinas perfecciones y atraerse así los corazones de todos los hombres; pero no lo hace por nuestro bien.

Con este procedimiento consigue que nuestro espíritu ejercite su actividad en la consideración de este misterio augusto; y aguijoneada la fe con estas consideraciones, nosotros penetramos en Nuestro Señor Jesucristo…, penetramos en el misterio de Jesucristo… Misterio de Fe…

En vez de aparecer visible a los ojos del cuerpo se da a conocer a nuestra alma, iluminándola con su luz divina. Se manifiesta a nosotros por su propia luz. Él mismo se muestra luz y objeto de nuestra contemplación, el objeto y medio de nuestra fe.

Sucede aquí que el que más ama y el que es más puro, ve más claramente.

El mismo Jesucristo lo ha dicho: El que me ama será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él yo mismo.

A las almas que se dan a la oración les comunica Jesucristo luces abundantísimas sobre sí mismo, y de esta manera se hace conocer por ellas sin peligro de inducir a error.

Esta luz divina tiene variadísimas fases, según que Nuestro Señor Jesucristo quiera alumbrarnos con ella, ya acerca de una circunstancia de su vida, ya acerca de otra, de modo que por la meditación de la Eucaristía, que es la glorificación de todos los misterios de la vida de Jesucristo, viene a ser Él, siempre, el objeto de nuestras meditaciones, cualquiera que sea el punto elegido para meditar.

¡Quién los hubiera podido presenciar!, exclamará alguno…

Pero, en presencia de Jesús sacramentado, ¿qué podemos echar de menos? ¿Qué más podemos desear? Todos sus misterios recobran nueva vida en el Salvador allí presente.

Nuestro corazón experimenta las satisfacciones de un gozo actual.

Sea que pensemos en su vida mortal, o en su vida gloriosa, sabemos que Jesucristo está aquí presente, en Cuerpo, Sangre Alma y Divinidad.

Por esto, es más fácil meditar en presencia del Santísimo Sacramento que en otro lugar. En todo lugar estamos en presencia de la inmensidad divina; delante del Sagrario, estamos en presencia de Jesucristo mismo, que está muy cerca de nosotros.

Y como el corazón va siempre a donde le lleva el espíritu, y el afecto a donde va el pensamiento, resulta más fácil amar delante del Santísimo Sacramento.

El amor que aquí tenemos es un amor actual, puesto que se dirige a Jesús vivo, presente y renovador en la Eucaristía de todos los misterios de su vida.

Quien medite esos misterios en sí mismos, sin darles vida relacionándolos con la Eucaristía, notará en su corazón, a pesar suyo, un gran vacío y sentirá cierta pena.

Penetrémonos bien de estos pensamientos.

Podemos representarnos todos los misterios de la vida de Jesús que nos plazcan; pero el pensamiento de su presencia real en la Eucaristía sea siempre el que dé fortaleza y vida a todas nuestras representaciones.

Tengamos muy en cuenta que Jesús está en la Hostia Santa con todo su ser, y que todos los estados de su vida pasada tienen allí realidad actual.

Activemos en nosotros la fe y procuremos llegar hasta la delicadeza de la misma: puede decirse que en esto estriba nuestra felicidad.

Nuestro señor Jesucristo quiere hacernos bienaventurados, por Sí mismo.

Ya sabemos cuán incapaces son los hombres de proporcionarnos la felicidad.

Tampoco nos la puede proporcionar la piedad por sí sola, si no va apoyada en la Eucaristía.

La verdadera felicidad consiste en la posesión de Dios, y la Eucaristía es Dios totalmente nuestro.

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Por lo tanto, Jesucristo Nuestro Señor no ha querido permanecer con nosotros aquí en la tierra sólo por medio de su gracia, de su verdad y de su palabra, sino, que también quiso quedarse en Persona. Así que nosotros poseemos al mismo Jesucristo que vio la Judea, aunque bajo otra forma.

Entre nosotros reviste el ropaje sacramental; mas no por eso deja de ser el mismo Jesucristo, el mismo Hijo de Dios e Hijo de María.

Ahora bien, lo que Jesucristo procuró mientras vivió en la tierra fue la gloria de Dios; y esto es lo que, en el Santísimo Sacramento, constituye el fin principal de todos sus deseos.

Puede decirse que Jesucristo tomó el estado sacramental para seguir honrando y glorificando a su Padre.

El Verbo divino reparó, por la Encarnación, y restauró la gloria del Creador, oscurecida en la creación por el pecado del primer hombre, a que le arrastró la soberbia.

Para ello se humilló el Verbo eterno hasta unirse a la naturaleza humana; tomó carne en el purísimo seno de María Santísima y se anonadó a sí mismo tomando forma de esclavo.

Devuelta a su Padre una gloria infinita con todos los actos de su vida mortal y purificada la tierra con su presencia personal, Jesús subió glorioso al Cielo, pues su obra quedaba terminada.

Pero, si la reparación obrada por Jesucristo y la gloria devuelta a su Padre con tantos trabajos y sufrimientos las dejase en manos de los hombres, ¿no habría que temer por su mal resultado? ¿No sería a todas luces arriesgado encomendar la obra de la glorificación de Dios a hombres siempre tan incapaces e inconstantes?

¡No se abandona así un Reino conquistado a costa de tan inauditos sacrificios como son la Encarnación, Pasión y Muerte de Dios! ¡No se expone a tales riesgos la ley divina del amor!

Entonces, ¿qué hará el Salvador? Permanecerá sobre la tierra. Continuará para con su eterno Padre el oficio de adorador y glorificador. Se hará Sacramento para la mayor gloria de Dios.

Jesús está sobre el altar…, en el Sagrario… Está allí… Y, ¿qué hace? Adora a su Padre, se ofrece a Él como víctima, como hostia propiciatoria para reparar la gloria de Dios, que sufre menoscabo continuamente.

Y el Padre, satisfecho y glorificado cuanto merece, exclama: Mi nombre es grande entre las naciones; desde el oriente al ocaso se me ofrece una hostia de olor agradable.

¡Oh maravilla de la Eucaristía! Jesús por su estado sacramental rinde homenaje a su Padre de manera tan nueva y sublime que nunca jamás recibió otro igual de criatura alguna; ni aun pudo, hasta cierto punto, recibirlo tan grande del mismo Redentor aquí en la tierra.

¿En qué consiste este homenaje extraordinario? En que el Rey de la gloria, revestido en el Cielo de la infinita majestad y poder de Dios, inmola exteriormente en el Santísimo Sacramento, no solamente su gloria divina, como en la Encarnación, sino también su gloria humana y las cualidades gloriosas de su cuerpo resucitado.

No pudiendo honrar a su Padre, en el Cielo, con el sacrificio de su gloria, Jesucristo desciende a la tierra y se encarna de nuevo sobre el altar; el Padre puede contemplarle todavía tan pobre como en Belén, tan humilde y obediente como en Nazaret; puede verle sujeto no sólo a la ignominia de la cruz, sino a la más infamante de las comuniones sacrílegas y sometido a la voluntad de sus amigos y profanadores…

Mas, ¿para qué todo esto? Para glorificar a su Padre en el Santísimo Sacramento, por el sacrificio de su libertad, de su omnipotencia y de su gloria inmoladas por puro amor, hasta la consumación de los siglos.