Conservando los restos
ELEMENTOS LITÚRGICOS
(Parte III)

“La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”
VASOS Y UTENSILIOS DEL CULTO
El templo todo y el Sagrario en especial son santos; santos y dignos de todo respeto son los Vasos sagrados.
Los Vasos sagrados propiamente dichos son cuatro. Dos de ellos: el Cáliz y la Patena, se usan para la celebración del Santo Sacrificio de la Misa; y los otros dos: el Copón y la Custodia, sirven para conservar, trasladar o exponer el Santísimo Sacramento.
Son también vasos del culto: las crismeras, las vinajeras y el vasito de las abluciones; a los que podemos agregar algunos otros utensilios, a saber: el acetre, el incensario con la naveta, el portapaz, las campanas y las campanillas y las diferentes clases de bandejas.
1. El Cáliz
El primer Cáliz fue el que usó Nuestro Señor en la gran Cena. Éste y los que usaron los Apóstoles y sacerdotes primitivos, fueron reservados para el Altar una vez que entraron al servicio del templo.
La legislación actual prescribe, con el Misal (título I, n. 1), que los cálices o cuando menos sus copas sean de oro o plata, y en caso de notable pobreza o en tiempo de persecución de estaño; pero siempre dorados por dentro.

Por lo que hace a la forma, la orfebrería antigua nos suministra muchos y muy variados modelos de cálices: con asas y sin ellas, con pie y sin pie, de copas anchas y profundas, con base esférica, cónica y puntiaguda. Algunos están rodeados de campanillas colgantes destinadas probablemente a llamar la atención de los fieles, al alzar de la Misa y en los demás movimientos del cáliz, que hoy anuncian con repetidos toques los acólitos. Por lo general, ostentan ricos y muy prolijos adornos: esmaltes, filigranas, perlas, figuras simbólicas, bajorrelieves, medallones e inscripciones con textos eucarísticos.
Antes de ser dedicados al culto, los cálices deben ser consagrados por el obispo con el Santo Crisma, y cuando se quiebran o agujerean notablemente o de algún modo se profanan, quedan al instante execrados e inhábiles, por lo tanto, para el altar, hasta no ser de nuevo consagrados.
2. La Patena
La Patena, tal como hoy se usa, es una especie de bandeja redonda y un tanto cóncava, consagrada por el obispo y destinada para contener la Hostia.
No se dice que Nuestro Señor usase la patena en la última Cena, pero de la Liturgia de Santiago se infiere que la usaron los Apóstoles, por más que el “Liber Pontificalis” asegure que fue el Papa San Ceferino quien la introdujo.
Hoy sólo se admiten de oro o plata dorada, y, excepcionalmente, de estaño puro, pero doradas por dentro.
Las sacristías de las antiguas iglesias y catedrales atesoran en sus armarios patenas preciosísimas. Cada cáliz célebre tiene su correspondiente patena célebre: si él es bello y de oro o plata macizos, lo mismo ella; si incrustado de perlas y pedrerías, también ella; si afiligranado el cáliz, esmaltado o adornado de bajorrelieves, medallones y figuras simbólicas, igual la patena.
Entre las antiguas no se encuentra un tipo uniforme: las hay completamente redondas y casi planas; profundamente cóncavas, cuadradas y rectangulares, con bordes salientes, y del todo lisas; con asas y sin ellas.
3. El Copón
Sirve para conservar el Santísimo en el Sagrario y para distribuir a los fieles la Sagrada Comunión. Se guarda en el Sagrario, cubierto con un conopeo o velo blanco.
Para la reserva del Santísimo se fabricaron vasos especiales y multiformes de materia rica y de exquisita hechura. Tres fueron los tipos dominantes: las torrecillas o arquetas preciosas en forma de torre; las palomas eucarísticas, de metal hueco, las cuales se suspendían encima del altar y debajo de un baldaquino, descubiertas o enfundadas, y los copones propiamente dichos, que son los que han prevalecido.



4. La Custodia u Ostensorio
El papel de las Custodias u Ostensorios es poner de manifiesto al Santísimo, ora en los templos mediante la exposición, ora en las calles por medio de las procesiones eucarísticas.

El origen de la Custodia es muy posterior al de los otros vasos sagrados, pues las custodias, como tales, empezaron con las procesiones y exposiciones del Santísimo, las cuales no se remontan más allá del siglo XIV.
La forma más usual de las custodias antiguas fue la de una torre abierta por los cuatro costados y como sostenida por cuatro áureos pilares, forma de la que salió una infinita variedad de tipos. Hubo otras en forma de cruz, otras que eran estatuas de Jesús o de la Virgen, etcétera.
Andando el tiempo, la piedad inspiró a los artistas un nuevo tipo más manejable y no tan monumental como las torres y las estatuas, pero no menos simbólico. Tal es la custodia esférica o a manera de sol que esparce sus rayos en todas direcciones. Es la que ha prevalecido y hemos heredado nosotros.

OTROS VASOS Y UTENSILIOS DEL CULTO
Además de los cuatro vasos sagrados o eucarísticos propiamente dichos, de que acabamos de tratar, hay otros dos que merecen especial mención aquí, y son: Las Crismeras y las vinajeras. A éstos hay que agregar otros utensilios del culto, como el acetre, el incensario, etcétera.
5. Las Crismeras
Son tres vasos o ampollas de estaño, o mejor de plata, destinados a conservar los tres óÓleos Santos, a saber: el Santo Crisma, el Óleo Santo u Óleo de los Catecúmenos y el Óleo de los Enfermos. Cada crismera lleva grabadas las iniciales del Óleo que contiene.

6. Las vinajeras
Pueden pueden ser de cristal o de metal, sirven para suministrar el vino y el agua necesarios para el Sacrificio. Se las presenta al altar en un platillo, que es su complemento.

7. El acetre
Es el calderillo que suministra agua bendita para las bendiciones y aspersiones del culto. Lleva adentro un hisopo, que es una especie de manzana de metal agujereada, con su correspondiente mango, con la que se distribuye por gotas el agua necesaria para las aspersiones.

8. El incensario
Que también se llama turíbulo, es una especie de hornillo con su cobertor, que sirve para sostener vivo el fuego necesario para las incensaciones litúrgicas.

Se maneja por medio de unas cadenillas, que también sirven para correr el cobertor a la altura conveniente. Complemento del turíbulo es la naveta, que suministra el incienso en polvo o en grano.
De incensarios y navetas hay ejemplares muy ricos y muy artísticos en las sacristías y de formas mil y de todos los estilos.
9. El portapaz
Es una placa de metal, casi siempre repujado, con la efigie de Cristo, la Cruz u otro asunto piadoso, que sirve para transmitir, en las Misas solemnes, el ósculo de paz del Celebrante al clero. A tal efecto, está provisto de un asa.

Durante mucho tiempo el ósculo de paz se lo transmitía el clero directamente, mediante un ligero roce de las mejillas y el saludo litúrgico: “Pax tecum” (la paz sea contigo). Luego se introdujo el uso del porta-paz, el cual se lo iban pasando de mano a mano, cambiándose a la vez el saludo consabido.
El uso del portapaz está hoy reducido, donde todavía se estila, a poco más que a transmitir el ósculo litúrgico del altar al coro.
10. Las Campanas
La Iglesia las considera como vasos litúrgicos. Las más grandes las suspende en las torres y campanarios, para el esplendor del culto y la alegría de los pueblos; las más pequeñas, las campanillas, las reserva para el interior del templo.
Difícilmente podía la Iglesia haber encontrado instrumentos más a propósito para herir la fibra religiosa de los pueblos y para adorno de sus solemnidades.
El uso de las campanas es tan antiguo casi como el mundo. Han existido en todas las épocas y en todos los pueblos, utilizándolas ora para usos profanos o religiosos, ora como elemento decorativo de las personas o de los edificios, ora como amuletos supersticiosos.
Como muchos de los objetos del ajuar litúrgico, la Iglesia trasladó las campanas del uso familiar y casero y del culto pagano, y santificándolas, las introdujo en el templo, poniéndolas al servicio de Dios. Reemplazaron con ventaja a las tabletas, trompetas, simandras, matracas y otros instrumentos usados para dar la señal de los oficios religiosos en iglesias y monasterios.

Las campanas más antiguas de hierro remontan al siglo V y VI. Las primeras de bronce pertenecen al siglo IX. En el siglo XIII son ya de grandes dimensiones y casi de la forma actual. Van agrandándose de siglo en siglo, hasta fabricarse ejemplares monumentales. Una de las mayores del siglo XVIII es la de Toledo, con sus 18 toneladas, y la mayor hasta el día de hoy es la del Kremlin, de Moscú, que pesa 196 toneladas. Menos colosales que ésas, pero muchísimo más armoniosos son los carillones o campanálogos, hoy ya muy extendidos, que ejecutan con perfección piezas musicales.


Muchas de nuestras campanas suelen llevar grabados los nombres de los donantes o bien jaculatorias o dedicatorias pintorescas.
Una de Metz reza así:
Laudo Deum verum, plebem voco, congrego clerum, defunctos ploro, pestem fugo, festa decoro.
Otra dice:
Funera plango, fulmina frango, sabbata pango. Excito lentos, dissipo ventos, paco cruentos.
Donde se describe el papel múltiple de las campanas que se usan para alabar a Dios, reunir al pueblo, convocar al clero, plañir a los muertos, alejar las pestes, adornar las fiestas, atajar las tempestades, despertar a los soñolientos, apaciguar a los violentos, etcétera.

Antes de dedicarlas al culto, la Iglesia las santifica con una bendición llena de poesía y de lirismo, llamada vulgarmente bautismo de las campanas, por su semejanza con el de los niños. Además del consabido exorcismo, del lavatorio, de los padrinos, de la imposición de un nombre y de las santas unciones, hay en este rito larga salmodia, incienso abundante y el canto de un pasaje del Evangelio por el diácono.
De las oraciones usadas en esta bendición se desprende el bello simbolismo de las campanas.
Son, en primer lugar, un eco de la voz de Dios, voz terrible unas veces, voz dulce y atrayente las más.
Son además, símbolo de la vigilancia y de la Providencia Divina sobre la Iglesia y sobre los hombres, ya que la liturgia les atribuye cierto mágico poder para atraer a la tierra las lluvias y las bendiciones del cielo y para conjurar las tempestades.
Son finalmente, símbolo de la contemplación, por cuanto, suspendidas en los altos campanarios entre la tierra y el cielo, no llega a ellas el tráfago de las cosas humanas, sino tan sólo en cuanto dicen relación a Dios, ni las distraen ni turban las vicisitudes de los tiempos.
Por eso se canta en el acto de la bendición el Evangelio alusivo a Magdalena, la contemplativa.
