SAN BEDA EL VENERABLE

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

EPSON MFP image

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN BEDA EL VENERABLE

MONJE BENEDICTINO, PADRE Y DOCTOR DE LA IGLESIA (673 – 735)

San-Beda-Mosaico-en-la-Abadía-de-Westminster1

 

TODAVÍA no había transcurrido un siglo desde que San Agustín de Cantorbery, el enviado del papa San Gregorio Magno, había llegado de Roma a la Gran Bretaña para echar la semilla de la palabra evangélica, y ya había madurado abundante cosecha de santos.

En esa falange escogida, se destaca una figura que resume aquella época de florescencia cristiana: Beda el Venerable, el primero entre los descendientes de razas bárbaras que conquistara un puesto de honor al lado de los Doctores de la Iglesia.

Vió la luz primera en 673, en una humilde aldea de Jarrow, en el condado de Durham. Huérfano, el pobre niño fue presentado a los siete años por sus allegados al santo y sabio abad Benito Biscop, el cual acababa de fundar (674) la abadía benedictina de San Pedro, en Wearmouth. Beda fue admitido en la abadía, y formó parte del grupo de niños que la piedad en aquella época ofrecía a los monasterios para que aprendieran las primeras letras, con lo que quedaban preparados para seguir, en el siglo o en el claustro, su verdadera vocación.

EL ESTUDIANTE

BEDA, cuyo nombre anglosajón significa «oración», apenas hubo ingresado en el monasterio de Wearmouth, fue un dechado acabado para todos sus compañeros. En 682, la colmena monástica, excesivamente llena para permitir la admisión de nuevos aspirantes, envió al abad Ceolfrido con unos cuantos monjes para fundar la abadía de San Pablo, en Jarrow. Beda formaba parte de la colonia. En la región pantanosa, que lograron transformar con su incesante labor, estos monjes corrieron la suerte de casi todos los primeros colonizadores. La peste acabó en pocos días con dieciocho de ellos: quedaron solos para el oficio canónico, el abad Ceolfrido y el joven Beda.

Con el corazón partido de dolor, Ceolfrido continuó con él la salmodia sagrada, omitiendo tan sólo el canto de las antífonas. Y así fue por espacio de una semana. Pasados los ocho días, Ceolfrido y el joven monje volvieron, no sin gran fatiga, a cantar el oficio completo y continuaron de este modo ayudados por los fieles de la vecindad, hasta que fueron otros monjes a repoblar el desierto claustro.

Las normas del canto gregoriano habían sido introducidas en Inglaterra por un discípulo de San Gregorio, Juan, chantre de San Pedro del Vaticano, legado apostólico. A ruegos de Benito Biscop, el legado fue a Jarrow y, en un curso público que dio, expuso el orden de la liturgia tal como se practicaba en Roma, los ritos prescritos para las ceremonias, las normas del canto y de la salmodia. Bajo la dirección de este ilustre maestro, el joven estudiante se apasionó por las melodías gregorianas y por la majestad y grandeza de la liturgia sagrada. Su ingenio claro y despierto era apto para toda clase de estudios.

Aprendióse de memoria la Sagrada Escritura merced a las lecciones del monje Tumberto, y, en la Historia de los Ingleses, que escribió más tarde, recuerda este nombre con gratitud filial. El griego, la poesía, las ciencias exactas, fueron asimismo disciplinas que estudió con mucha aplicación y aprovechamiento. Pero el pensamiento de la gloria de Dios presidió todas las ocupaciones del piadoso estudiante.

A los diecinueve años. Beda había recorrido el ciclo completo de la ciencia sagrada y profana; la piedad habíase acrecentado en su alma a proporción de su ciencia. Por una honrosa excepción, fue ordenado de diácono en 691, por el obispo de Exham, San Juan de Beverley, varón doctísimo, maestro de nuestro Santo, y bajo cuya jurisdicción estaba la abadía de Jarrow. A los treinta años, en 702, recibió del mismo pontífice la ordenación sacerdotal y, a partir de aquel día hasta su muerte, todos los días sin excepción, cantó la misa conventual.

EL MAESTRO. OBRAS LITERARIAS Y CIENTÍFICAS

EL discípulo pasó a ser maestro, y pronto los seiscientos discípulos de las comunidades de Jarrow y de Wearmouth, sin contar los que en masa acudían de diferentes lugares de Inglaterra, asistían diariamente a sus lecciones. Para formarse idea de lo que fue su enseñanza, bastaría enumerar los tratados que compuso sobre toda clase de disciplinas, desde las reglas de ortografía, hasta los estudios más elevados de literatura y de ciencia.

Hacíase todo para todos, distribuyendo la leche de la doctrina a los principiantes, y el pan substancial de la ciencia a las inteligencias más esclarecidas. Beda fue el verdadero «pedagogo» no solamente de Inglaterra, que oyó su voz, sino de Alemania, adonde llegó el eco por medio de San Bonifacio, y de Francia, donde Alcuino (735-804) vulgarizó su enseñanza en la escuela palatina de Carlomagno. Tres años antes de su muerte, Beda dio a conocer un índice de sus obras que son en número de cuarenta y cinco, entre las cuales pueden mencionarse dos colecciones de poesías, un libro de himnos y otros de epigramas. Entre las obras poéticas, figura un tratado, de la naturaleza de las cosas, que es un compendio de los conocimientos de la época, acerca de la Astronomía, Cosmografía y Geografía. Es muy de notar que Beda ya admite la redondez de la Tierra. Todas estas obras son como manuales para uso de los alumnos.

BEDA, DOCTOR

APENAS cumplió los treinta años, este doctor, «más fácil de admirar que de alabar dignamente» — como dice su historiador— , había dado cima a su enciclopedia literaria y científica, y emprendió acto seguido una gigantesca labor de exégesis patrística, donde resumió todo lo que los Padres más acreditados de Oriente y Occidente habían escrito sobre los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento. Un perfume de poesía y sencillez exhalan todos sus escritos espirituales. Su doctrina es la de San Agustín, es decir, la de la Iglesia. Sus homilías, de las cuales sólo quedan cuarenta y nueve, y que iban dirigidas a los religiosos de Jarrow, se extendieron a todos los demás monasterios benedictinos, y particularmente al de Monte Casino. La liturgia ha utilizado unos veinte extractos suyos para los oficios del Breviario romano.

Ocho siglos antes de la Reforma, respondiendo a los errores de su tiempo, ofrecía ya argumentos en contra de la misma. Se ve que juzgaba como la Iglesia romana acerca de los puntos de controversia entre católicos y protestantes, tales como la oración por los difuntos, la invocación de los santos, la veneración de las reliquias y de las imágenes, etc., y aun atribuye milagros a esas piadosas prácticas. Demuestra que las imágenes no están proscritas por el Decálogo, y que Dios prohibió solamente los ídolos, puesto que mandó levantar la serpiente de bronce, etc.

BEDA, HISTORIADOR

EN en el año 731 dio remate a la obra magna que le hace acreedor, aun hoy día, a la admiración y al agradecimiento del mundo sabio y erudito, y que fue mina explotada por multitud de historiadores y hagiógrafos de la Edad Media. Nos referimos a su Historia Eclesiástica de la Nación de los Ingleses. Esta obra inmortal, por la que merece nuestro Santo el honroso título de «padre de la historia inglesa», coronó su prodigiosa carrera.

Beda fue para la Gran Bretaña el cronista nacional. Emprendió este gran trabajo a instancias del piadoso y culto rey de Northumberland, Ceolwulfo, a quien se había juntado Albino, primer abad anglosajón del monasterio de San Agustín de Cantorbery. El humilde autor ofrendó su obra al príncipe con esta dedicatoria: «Al gloriosísimo rey Ceolwulfo, Beda siervo y sacerdote de Cristo». Poco después, en 738, el santo rey Ceolwulfo, renunció al trono y se retiró al monasterio de Lindisfame, donde llevó vida ejemplarísima de monje, hasta que entregó su alma a Dios.

La mencionada Historia Eclesiástica, que comprende cinco tomos, empieza por la vida de San Cutberto, obispo de Lindisfarne, muerto en 687, en la cual abundan curiosos pormenores que dan a conocer las costumbres de la época. Luego, partiendo de las primeras relaciones entre bretones y romanos, prosigue el relato hasta el año 731, encuadrando los asuntos eclesiásticos y civiles, las tradiciones religiosas y los demás acontecimientos, en una sola narración. La biografía de los cinco primeros abades de Wearmouth y de Jarrow, a quienes Beda conoció, da fin a la obra. Beda escribió también la Vida de San Félix de Ñola, la Vida y Pasión de San Anastasio, hoy extraviada, y un célebre Martirologio que, juntamente con los nombres de los Santos, trae ciento catorce relatos históricos.

En su Martirologio, los compendios históricos y las biografías de los Santos completan la exposición teórica de las enseñanzas de la fe, y de la demostración del gobierno de Dios, por los hechos y por los hombres. Prueba que la conversión de Inglaterra es obra exclusiva de los Papas, y que sólo la Iglesia posee el secreto de la verdadera civilización.

CORRESPONDENCIA DEL SANTO

LAS dieciséis cartas que nos quedan de la Correspondencia de Beda nos muestran claramente su corazón. El alma que se descubre a través de sus escritos, es un alma santa. Los sentimientos afectuosos y las ternuras de la intimidad, se asocian, como naturalmente, en él a la sed de ciencia, al amor al estudio, a la laboriosidad, a la práctica de las virtudes y a la noble inquietud por las cosas divinas y celestiales, por todo lo cual es modelo perfecto del religioso.

Cítase especialmente una carta que escribió en 734. poco tiempo antes de su muerte, a su discípulo Egberto, con motivo de su promoción al obispado de York. Es una especie de tratado acerca del gobierno espiritual del gran Doctor, y en ella da a conocer perfectamente el estado en que se hallaba la Iglesia anglosajona por aquel tiempo. Beda empieza por exhortar a su discípulo a que medite y estudie la Sagrada Escritura, para encontrar en la misma los consuelos de que nos habla San Pablo. Luego le trae a la memoria los deberes de todo obispo: «Ten presente que lo más esencial de tu deber es poner en todas partes sacerdotes ilustrados y virtuosos; dedicarte tú mismo con celo infatigable a instruir a tu grey; hacer todo lo posible para que el vicio desaparezca; laborar sin descanso por la conversión de los pecadores; cuidar de que todos los diocesanos sepan la Oración Dominical y el Símbolo de los Apóstoles, y que estén perfectamente instruidos en los diferentes artículos de la religión». Habla seguidamente de la comunión frecuente de los fieles: «Se halla ya establecida — dice— en toda la Iglesia de Cristo, en Italia, en las Galias, en África, en Oriente. En nuestra tierra, este acto de religión, el más importante de todos, el más necesario a la santidad de las almas, es casi desconocido de los seglares. Muchos fieles se contentan con comulgar dos o tres veces al año, siendo así que, con un poco de preparación, podrían acercarse a los sagrados misterios a lo menos cada domingo, y las fiestas de los Apóstoles y de los mártires».

Entre las cartas hay una que es un verdadero opúsculo científico acerca de los equinoccios; otra, trata de la celebración de la Pascua; siete, van dirigidas a un amigo suyo, San Occa, y tratan cuestiones de exégesis; en otra, finalmente, da gracias al abad de Cantorbery, Albino, por su aportación a la redacción de la Historia Eclesiástica.

Esta; vida diáfana y gloriosa tuvo, sin embargo, sus nubes y sus tristezas. Como sucede a todos los hombres de virtud, también San Beda mereció la hostilidad de algunos espíritus mezquinos. Llegaron hasta tratarle de hereje porque en su cronología Había combatido la opinión, entonces muy en boga, de que el mundo no debía durar más de seis mil años. Esta acusación de herejía tomó tales proporciones, que aun en las canciones grotescas de la gente del campo se aludía a ella. Lo cual afligió sobremanera a Beda y, para justificarse, compuso una verdadera apología, dirigida a un monje, en forma de carta en la que se alzaba contra la manía de fijar el fin del mundo. Este escrito, extendido con bastante rapidez por toda Inglaterra, puso fin a las calumnias. Por otra parte, Beda no cesa de suplicar a sus numerosos amigos que le encomienden al Señor. Esta piadosa ansiedad de asegurar a su alma el auxilio de la oración después de su muerte, la hallamos a cada paso en sus cartas; y ella da particularísimo y ejemplar carácter de humildad y piedad a este gran sabio, cuya vida fue tan útilmente empleada en servicio de Dios y de la ciencia.

No faltan historiadores que afirman que Beda en sus últimos años se quedó ciego, lo cual no fue obstáculo para que continuara enseñando y predicando.

ÚLTIMOS AÑOS DEL MAESTRO

SUS últimos momentos fueron descritos, hasta en sus menores detalles, por un testigo ocular, Cutberto, fiel discípulo suyo, que fue más tarde abad de Jarrow y cuyas lágrimas, sin duda, regaron más de una vez el pergamino en que nos relata esta memorable escena. «Me instáis — escribe— a que os diga cómo salió de este mundo Beda, nuestro Padre y Maestro, el hijo predilecto del Señor. Pues bien, sabed que es un consuelo a mi dolor, al mismo tiempo que una pena más, el tener que daros gusto… Dos semanas, poco más o menos, antes de Pascua — 17 de abril de 735— , sintió gran dificultad para respirar, sin por eso experimentar grandes dolores, y así fue viviendo hasta la fiesta de la Ascensión, siempre jovial y contento, dando gracias a Dios con mucha frecuencia. Diariamente, según su costumbre, nos daba lección, y lo restante del día dedicábalo a cantar salmos; y las noches, después de un corto sueño, manteníase despierto hasta el amanecer sumido en acciones de gracias al Señor. A esa hora empezaba su oración con los brazos en cruz, y cantaba, unas veces, los textos de San Pablo y varios otros pasajes de la Escritura; otras, los versos que había compuesto en nuestra lengua y algunas antífonas… Otras veces, leíamos; pero las lágrimas interrumpían la lectura, y nunca leíamos sin llorar. Los cuarenta días de Pascua a la Ascensión transcurrieron así. Repetía con San Pablo: «El Señor azota al hijo que va a recibir». También solía decir aquello de San Ambrosio: «No he vivido de modo qué me sonrojara de estar entre vosotros, y no temo morir, porque tenemos un Dios que es la bondad por esencia.» Durante estos días, además de las lecciones, que nos daba, emprendió dos nuevas obras: una traducción del Evangelio según San Juan, en nuestro idioma, y algunos extractos de San Isidoro de Sevilla. Pues, decía, «no quiero que mis discípulos lean falsedades, y que después de mi muerte se entreguen a una labor inútil».

El martes antes de la Ascensión, la respiración se le hizo más difícil y se notó un poco de hinchazón en los pies, lo cual no le impidió dictar con gran alegría, añadiendo a veces: «Apresuraos, pues no sé el tiempo que podré estar entre vosotros, ni si mi Creador me llamará muy pronto.»

Temando la hinchazón de sus pies como aviso de próxima partida, quiso recibir la Extremaunción y seguidamente el santo Viático. «Pasó la noche en acción de gracias. A la mañana siguiente, miércoles, vigilia de la Ascensión, ordenó transcribiéramos lo que estaba empezando, y trabajamos hasta la hora de Tercia. Celebróse luego la procesión acostumbrada en este día con las reliquias de los santos, y tomamos parte en la misma. Con todo, uno de nosotros se quedó a la cabecera del enfermo y se aventuró a decirle: — Amantísimo maestro, todavía falta un capítulo del libro que habéis dictado; -¿os causaría gran molestia el hablar un poco más? —No — respondió— . Toma la pluma y escribe pronto. A la hora de Nona, me encargó que fuera a llamar a todos los sacerdotes del monasterio; se despidió de sus hermanos y les suplicó rogasen por él, y en esas conversaciones se entretuvieron hasta la hora de Vísperas. Y el discípulo de quien he hecho mención anteriormente, le dijo todavía: — Muy querido maestro, queda un versículo por escribir. — Escríbelo, pues —replicó Beda. Y cuando el discípulo hubo terminado, exclamó: — jYa está acabado! — Verdad dices — respondió el maestro— , acabado está. Ahora gira mi cabeza, pues siento gran consuelo al dirigir las miradas hacia el Lugar Santo, donde tanto he rezado. Y así, echado en el suelo de su celda, y vuelto de cara al Santuario, se puso a cantar por última vez: «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo». Luego se durmió tranquilamente en la paz del Señor.

Íbase a terminar en la eternidad la doxología interrumpida en sus labios por el ángel de la muerte».

Contaba a la sazón setenta y dos años. Esto ocurría el miércoles por la tarde, 25 de mayo de 735. Como toda fiesta empieza con las primeras Vísperas. varios autores escribieron que San Beda murió el día de la Ascensión, lo cual ha dado pie para fijar la fecha de su muerte en 26 de mayo.

SU TÍTULO DE VENERABLE

AL igual que todos los santos de aquella época, Beda fue canonizado por la voz popular, tácitamente aprobada por la Iglesia, y la Orden benedictina ha celebrado siempre su memoria de Santo y de Doctor. Este último título lo solicitaron los obispos de Inglaterra desde el año 1855. En 1890, bajo el pontificado de León XIII, renovóse la petición y, gracias al celo constante del futuro cardenal Vives y Tutó, encargado de esta causa, se consiguió lo que tanto se anhelaba, y por decreto del 13 de noviembre de 1899, San Beda fue declarado Doctor, fijándose su fiesta en 27 de mayo, extendida a la Iglesia universal. El título de Venerable, con el cual se le designa, ya se lo daban durante su vida, a causa de sus virtudes, y como públicamente se leían en la Iglesia sus sermones y homilías, no se pronunciaba su nombre sin acompañarlo de dicho título.

Esta costumbre persistió después de su muerte, y vino a ser consagrada, por decirlo así, por el Martirologio romano, que le respeta este título.

Su sagrado cuerpo fue sepultado al principio en la capilla del monasterio de Jarrow, donde numerosos peregrinos acudieron a visitar su tumba. Los diversos milagros que obró confirmaron la fama de santidad. Levantáronse luego varios altares en su honor y sus restos fueron durante largo tiempo objeto de culto por parte de los fieles.

EL SANTO DE CADA DÍA

EDELVIVES

 

Leer el Santo Evangelio del día y catena aurea