J De Driesch- La Perfecta Contrición

LA ARMADURA DE DIOS

La llave de oro del Cielo

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Introducción

Al apreciar el librito “La Llave de oro del cielo” , usted observará, querido lector, experimentará, me supongo, la curiosidad de ver si el contenido corresponde a su título.
Posiblemente, la desconfianza lo inspirará y usted se preguntará con duda si esto se trata de fragmentos literarios llenos de sensacionalismo, de esos que han sido calificados: fragmentos infalibles de valor literario y que han circulado en el mercado.

No, querido lector, esto se refiere a una llave genuina y tangible y por supuesto, fácil de manejar: es la perfecta contrición. Esta le puede abrir el Cielo, cada día y en cada momento; si usted ha sufrido la desgracia de que se le haya cerrado la puerta del Cielo por causa del pecado mortal, especialmente si a la hora de su muerte, no tiene a su lado a un sacerdote quien es repartidor de la divina misericordia. La perfecta contrición será la
última llave, que por la gracia de Dios, le abrirá el Cielo.

Sin embargo, para hacer esto, usted debe desarrollar la costumbre de emplearla con eficacia durante su vida. Cúantas almas, gracias a la perfecta contrición, han obtenido la seguridad del Cielo, que sin esta garantía sus almas, irremediablemente, se hubieran perdido! “Si yo fuera capaz de atravezar los campos predicando la palabra divina”, dijo el muy ilustrado y piadoso Cardenal Franzelin, “mi tema de predicación favorita, sería sobre la perfecta contrición”.

V
¿Por qué es tan importante la perfecta contrición y aún a veces tan necesaria?

Esta es importante a través de toda nuestra vida y en el momento de nuestra muerte.

Primero que todo, ésta es muy importante durante nuestra vida. Es en realidad mas importante que la gracia? Esta embellece nuestra alma; la penetra y la transforma en una criatura de un nuevo orden, convirtiéndola en hijo de Dios y heredero del Cielo. Esta concede al alma las obras y sufrimientos del cristiano, haciéndolo digno de la vida eterna. Es la varita mágica que todo lo transforma en oro, en el oro de los méritos
sobrenaturales.

Por el contrario, es muy triste que un cristiano se halle en estado de pecado! Todos sus sufrimientos, todas sus oraciones, esfuerzos se mantienen áridos, sin ningún mérito para ganarse el Cielo. Es un enemigo de Dios y si muere se va al Infierno.

El estado de gracia, por consiguiente, es de primordial importancia y necesaria para el cristiano.

Sí usted ha perdido la gracia la puede recobrar de dos maneras:

(1) con la confesión
(2) con la perfecta contrición.

Supongamos que un día usted tiene la mala fortuna de cometer un pecado mortal. Después de las preocupaciones del día, durante la tranquilidad de la noche, su conciencia despierta; le pesa la conciencia y usted experimenta mucha agonía. Qué debe hacer? Nuestro Señor pone a su disposición, en sus manos, la llave de oro, la cual le abrirá las puertas del cielo.

Arrepiéntase de sus pecados con sinceridad y remordimiento por amor a Dios que es tan bueno y tan generoso.

Por lo contrario, qué tristeza y pesar que un cristiano ignore la práctica de la perfecta contrición! Se acuesta y se levanta en estado de pecado mortal.

Vive en este estado dos, tres, cuatro o quizás más tiempo; de año en año.

La noche obscura en la cual se encuentra envuelto puede ser interrumpida en un abrir y cerrar de ojos por la confesión. Qué situación tan triste es la de vivir casi siempre en pecado mortal, como un enemigo de Dios, sin mérito alguno del Cielo y en peligro de condenación eterna!

Otro beneficio: Si antes de recibir un Sacramento, dígamos que sea la Confirmación o del Matrimonio por ejemplo, usted se acuerda de un pecado el cual no ha sido perdonado; la perfecta contrición le permite recibir este Sacramento, dignamente. Solo para recibir la Comunión la Confesión es requerida.

Aún para un cristiano en estado de gracia, la práctica frecuente de la perfecta contrición es de gran utilidad.

Primero, nunca estamos totalmente seguros de estar en estado de gracia.

Ahora, cada acto de perfecta contrición, aumenta en nosotros esta seguridad.

Nos pasa a menudo que nos preguntamos si hemos sucumbido a la tentación.

Estas dudas retrazan y desaniman el alma en el camino de la virtud. Qué debemos hacer? Escudriñar y seguir preguntándonos si hemos sucumbido a la tentación?
Esto sería inútil. Haga un Acto de Contrición y quede en paz.

Dígamos que poseemos la seguridad de encontrarnos en estado de gracia, aún siendo así, la perfecta contrición le sería muy útil. Cada acto de perfecta contrición aumenta la gracia y una onza de gracia vale más que todos los tesoros del mundo. Cada acto de perfecta contrición borra el pecado venial que desfigura el alma; por consiguiente ésta adquiere más y más belleza.

Cada acto de perfecta contrición remite el castigo temporal causado por el pecado.

Recordemos las palabras del Salvador en relación a María Magdalena:

“Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le quedan perdonados, por el mucho amor que ha manisfetado”. (San Lucas 7:47) Si el perdón del castigo temporal nos hace apreciar y valorar las indulgencias, buenas obras, limosnas, actos de caridad hacía Dios, la cual es la reina de todas las virtudes, el acto de contrición sobresale a primer plano entre todas las buenas obras.

Finalmente, cada vez que se hace un acto de perfecta contrición y de amor, nuestra alma se refortalece en lo bueno y por consiguiente, posee la firme confianza de obtener la gracia de suma importancia, la cual es la perseverancia hasta el final.

La práctica de la perfecta contrición es muy importante durante nuestras vidas, pero más especialmente a la hora de la muerte y por encima de todo, si estamos en peligro de afrontar una muerte repentina.

Un día, ocurrió un gran incendio en una ciudad muy poblada y muchos perdieron sus vidas. Entre los muchos que estaban presentes en el patio de su casa, los cuales suplicaban entre sollozos, se encontraba un niño de doce años de edad. De rodillas este niño imploró por la gracia de la contrición, le recordó e invitó a los que estaban allí presente que oraran con él. A lo mejor estas personas desventuradas, le deben su salvación a este niño.

En estos momentos, peligros similares constantemente nos acosan y pueden suceder a la hora menos pensada.

Usted puede ser víctima de algún accidente, de una caída de un árbol, puede ser atropellado por un tren o por un bus; puede ser cogido desprevenido por un incendio nocturno estando en su alcoba; puede dar un mal paso en una escalera, puede sufrir una caída estando en el trabajo. Se lo llevan casi  agonizando. Corren a buscar a un sacerdote pero el sacerdote se demora en llegar y el tiempo apremia.

Qué puede hacer?

Haga un acto de perfecta contrición. Arrepiéntase con todas sus fuerzas, por amor y gratitud hacía Dios y hacía Jesucristo crucificado. La perfecta contrición le ha proporcionado la llave del cielo.

Este no es el caso, en el cual es permisible o lícito, que cada uno espere hasta el momento de la muerte con la esperanza de ser librado del pecado con hacer un solo un acto de perfecta contrición. De hecho, es muy dudoso que la perfecta contrición pueda ser inútil o en vano para aquellos que la hayan empleado de un modo erróneo con el propósito de pecar.

Los beneficios detallados son principalmente para todos aquellos de buena voluntad.

“Pero,” usted me preguntará: “tendré la oportunidad de hacer un acto de perfecta contrición?” Sí! con la gracia de Dios. El hacer un acto de perfecta contrición no requiere mucho tiempo, especialmente si durante su vida, usted lo haya hecho a menudo. Solo se requiere un instante para hacerlo desde lo mas profundo de su alma. Además, la gracia de Dios es más eficaz en el momento en que nos encontremos en peligro y también nuestra mente se encuentra mas activa. En el umbral de la muerte, los segundos parecen horas. Yo le hablo por experiencia propia.

El 20 de Julio de 1886, estuve al borde de la muerte. Se trataba de unos ocho a diez segundos de intenso dolor; el tiempo que se requiere para recitar un Padrenuestro. En estos breves momentos, miles de pensamientos cruzaron por mi mente.

Toda mi vida pasó enfrente de mí con una velocidad difícil de imaginar. Al mismo tiempo pensé en lo que me esperaría después de la muerte. Todo esto, repito, ocurrió en un breve momento; se puede decir hasta la mitad del Padrenuestro. Afortunadamente, mi vida fue salvada. Dios decretó que esto sucediera para que mas tarde pudiera escribir “La llave de oro del cielo”.

Bueno, lo primero que tuve que hacer al verme ante tan gran peligro fue lo que me habían enseñado en el Catecismo: hacer un acto de contrición buscando la protección de Dios.

Verdaderamente que aquí fue que aprendí a amar y valorar, como es lo propio, la perfecta contrición. Posteriormente, la hice conocer y la hice valorar cada vez que se me presentaba la oportunidad. Qué pérdida que la gente no entienda mejor su importancia en el momento final!

Todos se encuentran muy ocupados, se desconciertan con las lágrimas y los sollozos, pierden la cabeza, corren a buscar al sacerdote y al doctor, traen agua fresca y ponen en práctica todas las soluciones que secretamente poseen. Y mientras que el enfermo está agonizando, seguramente nadie tiene piedad de su alma inmortal; nadie le sugiere hacer un acto de perfecta contrición.

Sí usted se encuentra algún día en similar circunstancia, corra al lado de la persona agonizante y con mucha calma y serenidad, muéstrele, si es posible, una estampa de Jesús crucificado; con voz firme y segura, pídale que reflexione y que repita desde lo mas profundo de su corazón lo que usted a continuación le va a decir. Proceda a recitar el Acto de Contrición de una manera clara y lenta, aún cuando usted crea que el agonizante no lo esté escuchando ni pueda entenderle. Usted habrá hecho una obra súblime la cual ganará para usted su eterna gratitud.

Inclusive si se trata de un hereje; de la misma manera ayúdelo en sus últimos momentos. No es necesario que se le hable acerca de la Confesión.

Alíentelo para que haga un acto de amor a Dios y a Jesús crucificado, recitando lentamente el Acto de Contrición.