ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
DOMINGO CUARTO DE CUARESMA
En aquel tiempo, pasó Jesús a la otra parte del mar de Galilea, que es de Tiberíades. Y le seguía una grande multitud de gente, porque veían los milagros que hacía sobre los enfermos. Subió, pues, Jesús, a un monte, y se sentó allí con sus discípulos. Y estaba cerca la Pascua, día de gran fiesta para los judíos. Y habiendo alzado Jesús los ojos, y viendo que venía a Él una gran multitud, dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para que coma esta gente? Esto decía por probarle; porque Él sabía lo que había de hacer. Felipe respondió: Doscientos denarios de pan no les alcanzan para que cada uno tome un bocado. Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces: mas ¿qué es esto para tanta gente? Pero Jesús dijo: Haced sentar a esas gentes. En aquel lugar había mucha hierba. Y se sentaron a comer, como en número de cinco mil hombres. Tomó Jesús los panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los que estaban sentados; y asimismo de los peces, cuanto querían. Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los trozos que han sobrado, para que no se pierdan. Y así recogieron y llenaron doce canastos de trozos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. Aquellos hombres, cuando vieron el milagro que había hecho Jesús, decían: Este es verdaderamente el profeta que ha de venir al mundo. Y Jesús, notando que habían de venir para arrebatarle y hacerle rey, huyó otra vez al monte Él sólo.
Estamos en el Domingo Lætare … La razón de ser de ese preludio de la alegría pascual es porque hemos llegado ya a la mitad de la Cuaresma, y nuestra bondadosa Madre quiere reanimarnos con este día de descanso espiritual para que continuemos con bríos la carrera emprendida.
El Evangelio del día es todo un símbolo: Y estaba cerca la Pascua… dice, recordándonos el motivo de la alegría de hoy.
Y como la Eucaristía es uno de los Sacramentos pascuales, la Santa Liturgia nos propone en el milagro de la multiplicación de los panes una figura de nuestra Pascua, una imagen del verdadero milagro pascual, explicado por el mismo Jesucristo en el sermón que le siguió.
En efecto, al día siguiente del milagro, habiendo hallado a Jesús al otro lado del mar, las turbas le dijeron: Rabí, ¿cuándo has venido aquí? Les contestó Jesús, y dijo: En verdad, en verdad os digo, vosotros me buscáis, no porque habéis visto los milagros, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado; procuraos, no el alimento perecedero, sino el alimento que permanece hasta la vida eterna, el que el Hijo del hombre os da.
Ellos le dijeron: Pues tú, ¿qué señales haces para que veamos y creamos? ¿Qué haces? Nuestros padres comieron el maná en el desierto. Jesús responde: En verdad, en verdad os digo: Moisés no os dio pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.
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¿A quién se refiere este pan que baja del cielo y da la vida al mundo? Es Jesucristo, que se identificará luego, explícitamente, con este pan. En efecto, más adelante les dijo: Yo soy el pan de vida.
Cristo comienza proclamándose Pan de vida. Y lo es, porque es el pan que confiere y nutre la vida espiritual.
Yo soy el pan de vida; vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que baja del cielo, para que el que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo.
Disputaban entre sí los judíos diciendo: ¿Cómo puede éste darnos de comer de su carne?
Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él. Así como me envió mi Padre vivo, y vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo, no como el pan que comieron los padres, y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.
Le habían argüido antes los judíos con el prodigio del maná, que Dios hizo en favor de los padres en el desierto. Y Cristo recoge ahora aquella alusión para decirles, una vez más, que aquel pan no era el pan verdadero. Era sólo un alimento temporal. Por eso, los padres comieron de él, pero murieron.
Hay, en cambio, un pan verdadero. Y éste es el que baja del cielo, precisamente para que el que coma de él no muera.
No morirá en el espíritu, ni eternamente en el cuerpo. Porque este pan postula la misma resurrección corporal.
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Dijimos que el Evangelio del día es todo un símbolo, porque dice Y estaba cerca la Pascua…, recordándonos el motivo de la alegría de hoy.
Estamos en el Domingo Lætare …
El pan del cual hablaba Cristo es la Eucaristía. Y ésta es la carne de Cristo en cuanto está sacrificada e inmolada por la vida del mundo.
Así se ve que, en este sermón, Nuestro Señor enseña el valor sacrificial de la Sagrada Eucaristía, así como el valor redentor de su muerte.
La enseñanza trascendental que aquí se hace es la de la realidad eucarística del Cuerpo y Sangre de Cristo como medio de participar de su Sacrificio; necesidad absoluta para el cristiano.
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Todos los misterios de Cristo son esencialmente misterios de fe; tanto que sin ella no podríamos ni aceptar ni contemplar ninguno de ellos. No obstante, es distinto en cada uno el grado de luz que alumbra nuestra fe.
En cada misterio de Cristo, hay bastantes sombras y bastante oscuridad para que la fe resulte meritoria. Esto no obstante, una luz intensa nos ayuda; por lo cual, en todos esos misterios vemos que se manifiesta la unión de la divinidad con la humanidad.
Existe, sin embargo, un misterio, el misterio de la Sagrada Eucaristía, en el cual, en vez de revelarse la divinidad y la humanidad de Cristo, se eclipsan ambas ante nuestros sentidos.
¿Qué hay en el altar antes de la consagración? Un poco de pan con un poco de vino. ¿Y después de la consagración? Para el tacto, el ojo y el gusto, no hay sino el mismo pan y vino de antes. Sólo la fe, traspasando esos velos, penetra hasta las realidades divinas que allí yacen ocultas. Sin la fe, sólo veremos pan y vino, jamás veremos a Jesucristo, verdadero Dios.
Pero es que ni siquiera vemos al hombre. Como dice Santo Tomás en el himno Adoro te devore: In cruce latebat sola deitas; at hic latet simul et humanitas, esto es: En la cruz sólo estaba escondida la divinidad; pero aquí está velada también la humanidad.
Al afirmar Cristo durante su vida mortal que era Hijo de Dios, daba muestras claras de serlo; cierto que se presentaba como un hombre, pero un hombre cuya doctrina sólo podía venir de Dios; un hombre que obraba maravillas y portentos que sólo Dios puede hacer. La fe era necesaria, pero los milagros de Jesús y la sublimidad de su doctrina ayudaban a la fe de los judíos.
En la Eucaristía, sólo cabe la fe pura, y basada únicamente en las palabras de Jesús: Esto es mi cuerpo, Esta es mi sangre, porque, ante todo, es un misterio de fe.
Por eso, en este misterio, más aún que en los demás, sólo debemos escuchar a Cristo, pues, de lo contrario, deberíamos decir como muchos de sus discípulos cuando Jesús les anunciaba la eucaristía: Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?
Vayamos nosotros a Jesús, como lo hicieron en esta ocasión los Apóstoles fieles, y digámosle con San Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios.
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Cuando el Salvador instituyó este misterio con objeto de perpetuar los frutos de su sacrificio, dijo a sus Apóstoles: Haced esto en conmemoración mía.
De este modo, además del fin primario de renovar su inmolación y hacernos partícipes de este misterio por medio de la Comunión, quiso Nuestro Señor dar también a la Eucaristía un carácter de memorial.
Pero, ¿cómo conserva este misterio el recuerdo de Cristo y lo perpetúa entre los hombres?
La eucaristía conserva el recuerdo de Jesús, primero en cuanto que es sacrificio.
No hay más que un sacrificio pleno y perfecto, por el cual quedó saldada y expiada toda la deuda. Él es causa de todo mérito y fuente de toda gracia. Hablamos, pues, del sacrificio del Calvario. Dice San Pablo: Todo sacerdote está ejerciendo día por día su ministerio, ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, los cuales nunca pueden quitar los pecados. Éste, empero, después de ofrecer un solo sacrificio por los pecados, para siempre se sentó a la diestra de Dios, aguardando lo que resta hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies. Porque con una sola oblación ha consumado para siempre a los santificados.
Mediante una sola oblación, Él ha perfeccionado para siempre a los que santifica…
Ahora bien, para que los méritos de este sacrificio se aplicasen en todo tiempo a todas las almas, quiso Cristo que fuese renovado en el Altar. El Altar es como otro Calvario que recuerda, representa y reproduce la inmolación de la Cruz.
Por eso, donde quiera que haya un sacerdote para consagrar el pan y el vino, allí está el memorial de la Pasión.
Lo que se ofrece e inmola sobre el Altar es el Cuerpo de Cristo entregado por nosotros y su Sangre derramada por nuestra salvación. El Pontífice es el mismo Jesucristo, el cual se ofrece valiéndose del ministerio de sus sacerdotes.
Cuando asistimos al Santo Sacrificio del Altar hemos de pensar en la Pasión, porque en todo es idéntico al de la Cruz, salvo en el modo incruento con que se realiza la oblación eucarística.
Enseña el Concilio de Trento: En este divino sacrificio que se realiza en la misa, está contenido y es inmolado en forma incruenta aquel mismo Cristo que en la cruz se ofreció a sí mismo en forma cruenta (Sesión XXII, capítulo 2).
Donde quiera que se ofrezca el Santo Sacrificio de la Misa, allí se hace presente el sacrificio de Cristo: Haced esto en conmemoración mía.
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Sólo a costa de su sangrienta inmolación Jesús nos mereció esta gracia, verdaderamente inaudita, de unirnos íntimamente a sí, dándonos a comer su sagrado Cuerpo y su Preciosísima Sangre.
Por eso, quiso instituir este Sacramento la víspera de su Pasión, como para darnos la prueba más elocuente del exceso de su amor.
Cristo se entrega en alimento para conservar en nosotros la vida divina de la gracia. Además, por este Sacramento se establece la unión entre nuestras almas y la persona de Jesús, Él permanece en nosotros y nosotros en Él.
Cristo se entrega para ser nuestro alimento espiritual; pero, al revés de lo que sucede con el sustento corporal, en este caso, somos nosotros los asimilados a Cristo, y Él se hace nuestra vida.
Venido a nosotros, Jesucristo nos comunica esta gracia para realizar, poco a poco, la transformación de nuestra vida en la suya, efecto propio del Sacramento.
Al asistir a la Santa Misa y comulgar, nos asociamos vitalmente al misterio de lo que sucede en el Altar. Durante la Misa, estamos unidos a Cristo, pero a Cristo inmolado.
Jesucristo quiere asociarnos a su Sacrificio. Después de la consagración, el sacerdote junta las manos y las apoya sobre el Altar. Este gesto significa la unión del sacerdote y de todos los fieles con el Sacrificio de Cristo. Mientras tanto, ora de este modo: Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo.
La Iglesia pone aquí en relación dos Altares: el de la tierra y el del Cielo. La Iglesia quiere indicar con eso que no hay más que un Sacrificio. La inmolación realizada sacramentalmente en la tierra es una con la ofrenda que Cristo, nuestro Pontífice, hace de sí mismo en el seno del Padre.
Así que, en este solemne momento después de la consagración, somos introducidos en el santuario de la divinidad; pero lo somos por Jesús y con Jesús; y allí, delante de la majestad infinita, en presencia de toda la corte celestial, somos presentados con Cristo al Padre para que al participar aquí de este Altar, tengamos también parte en la plenitud de su Reino.
San Gregorio Magno dice: Entonces, solamente entonces, Cristo es nuestra hostia, cuando nos ofrecemos nosotros mismos con Él para participar, con nuestra generosidad y nuestros sacrificios, de su vida de inmolación.
Por la Comunión, pues, entramos plenamente en los pensamientos de Jesús y realizamos totalmente los deseos de su Corazón al instituir la Sagrada Eucaristía: «Tomad y comed». En, verdad, en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis la sangre del mismo, no tenéis vida en vosotros. El que de Mi come la carne y de Mí bebe la sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día.
He aquí resumida toda la enseñanza de este Cuarto Domingo de Cuaresma:
Alégrate, Jerusalén… Y alégrense con ella todos los que la aman; gócense con alegría los que estuvieron en la tristeza; para que se regocijen y se sacien de las ubres de su consolación.

