ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA
Y tomó Jesús aparte a los doce, y les dijo: Mirad, vamos a Jerusalén y serán cumplidas todas las cosas que escribieron los profetas del Hijo del hombre. Porque será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y azotado, y escupido. Y después que le azotaren le quitarán la vida, y resucitará al tercer día. Mas ellos no entendieron nada de esto, y esta palabra les era escondida y no entendían lo que les decía.
Y aconteció, que acercándose a Jericó estaba un ciego sentado cerca del camino pidiendo limosna. Y cuando oyó el tropel de la gente que pasaba, preguntó qué era aquello. Y le dijeron que pasaba Jesús Nazareno. Y dijo a voces: Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí. Los que iban delante le reñían para que callase. Mas él gritaba mucho más: Hijo de David, ten misericordia de mí. Y Jesús parándose, mandó que se lo trajesen. Y cuando estuvo cerca le preguntó, diciendo: ¿Qué quieres que te haga? Y él respondió: Señor, que vea. Y Jesús le dijo: Ve, tu fe te ha hecho salvo. Y luego vio, y le seguía glorificando a Dios. Y cuando vio todo esto el pueblo, alabó a Dios.
Previendo el Salvador que su Pasión turbaría el espíritu de sus Apóstoles, les predijo mucho tiempo antes lo que había de sufrir en la pasión, así como la gloria de su Resurrección.
Dios mediante, desde este domingo vamos a considerar y meditar la Pasión de Nuestro Señor, su Sacerdocio, su Sacrificio y la perpetuación del mismo mediante la Santa Misa.
+++
El Evangelio de hoy nos presenta la tercera ocasión en que Jesucristo anuncia su Pasión a los Apóstoles, camino de Jerusalén, donde morirá. La escena es ya subiendo a Jerusalén; y la proximidad de su ingreso mesiánico indica una cierta cercanía de la Ciudad Santa.
Esta es la descripción más precisa que se hace de la Pasión, aunque se omite el detalle del tormento de la crucifixión. Excepto en la tercera predicción según San Mateo, no se anuncia nunca en los sinópticos expresamente el tormento de la crucifixión.
San Lucas es el único que en los tres anuncios dice que va a tener lugar el cumplimiento de las Escrituras, con la pasión, muerte y resurrección.
Jesucristo camina delante, mientras los discípulos le siguen medrosos.
Nuestro Señor va consciente de su muerte y de su resurrección.
Los Apóstoles, en cambio, aparecen en una situación semejante a la que tuvieron en las dos primeras predicciones, las cuales sucedieron antes y después de la Transfiguración, la cual debería iluminar, como vértice, la grandeza de Cristo… Pero la incomprensión y el asombro estaban aún en ellos por no poder compaginar la realidad de un Mesías terreno y triunfador con la perspectiva de muerte que Cristo les ponía como exigencia de su mesianismo. Sabían que lo que el Maestro decía tenía cumplimiento; y, aunque no querían creerlo, lo temían.
Una vez más se resalta, pues, que los Apóstoles no entendían lo que se les decía. No es que no comprendiesen lo dicho; lo que no comprendían era que, siendo Él el Mesías, que, conforme a las ideas ambientales, sería un triunfador político y glorioso, había de ser condenado por las jerarquías de Jerusalén y morir.
Esta incomprensión de los Apóstoles sobre la muerte del Mesías es una prueba de la necesidad de esa insistencia en inculcarles y persuadirles tanto el mesianismo, como la pasión y muerte.
+++
La Pasión señala la cima de la obra que vino a realizar en el mundo; para Jesús es la hora en que consuma el sacrificio que ha de dar a su Padre gloria infinita, que redimirá la humanidad, y abrirá al hombre las fuentes de la vida eterna, antes selladas.
Por eso, Jesús, que se entregó enteramente al beneplácito del Padre desde el primer instante de su encarnación, ansia ver llegar lo que Él llama su hora, la hora por excelencia; suspira Jesús por ver llegar la hora en que pueda anegarse en los padecimientos y arrostrar la muerte para darnos la vida.
Cuando suena esta hora, Cristo se entrega con valor, incluso conociendo muy bien los dolores y padecimientos que pronto se van a descargar sobre su cuerpo y su alma.
Contemplemos a Jesús en esa hora.
El misterio de la Pasión es inefable, y todo en ella es grande, aun los menores detalles; y nos pone en los umbrales de un santuario en que no podemos entrar sino con fe viva y profunda reverencia.
Todo es perfecto en el sacrificio de Jesús: el amor que lo inspira y la libertad con que lo ejecuta; perfecto también el don ofrecido: Cristo se ofrece a sí mismo. Su alma y su cuerpo son abrumados y destrozados por los padecimientos; no hay dolor por el que Jesús no haya pasado.
Si se lee detenidamente el Evangelio, se verá que los dolores de Jesús fueron dispuestos y ordenados de tal modo que alcanzaron a todos los miembros de su cuerpo, que todas las fibras de su corazón fueron desgarradas por la ingratitud de las turbas, el desamparo de los suyos y los dolores de su Madre Santísima; y que su alma sufrió cuantas afrentas y humillaciones pueden abrumar a un hombre.
El sacrificio de Cristo, comenzado en la Encarnación, termina sobre la Cruz; del costado abierto de Jesús brotan raudales de agua viva que van a purificar y a santificar a la Iglesia. Ése es el fruto sazonado de esa perfecta inmolación.
Nuestra santificación consiste esencialmente en participar de la naturaleza divina, mediante la gracia. Esa gracia nos hace hijos de Dios, amigos suyos, justos a sus ojos y herederos de su gloria.
Por el pecado estábamos privados de la gracia y excluidos del cielo, por ser sus enemigos. Con su sacrificio, Cristo destruyó el pecado y nos devolvió la gracia.
San Pablo afirma que Cristo canceló el acta de condenación que nos era contraria con todas sus cláusulas, y la hizo desaparecer, clavándola en la Cruz, y fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.
+++
La muerte de Jesús es la fuente de nuestra confianza. Para que ésta sea del todo eficaz, es preciso que nosotros mismos participemos de su Pasión. En la Cruz, Cristo padecía por todos; pero si padeció por todos, no nos aplica los frutos de su inmolación sino en cuanto nos asociamos a su sacrificio.
¿Cómo, pues, participaremos de la Pasión de Cristo? De varias maneras.
La primera es contemplando a Jesús, con fe y amor, en las diversas fases de la vía dolorosa. Cada año, la Iglesia vive con Jesús en la Semana Santa, día por día y hora por hora, los diversos pasos del sangriento drama del Calvario, y pone, ante los ojos de todos sus hijos, el horrible cuadro de esos dolores que salvaron a los hombres.
Contemplemos, pues, unidos con la Iglesia, los diferentes pasos de ese santo misterio. En él hallaremos una fuente inagotable de gracia.
La Pasión de Cristo ocupa un lugar tan preferente en su vida, es de tal modo su obra, y tal la importancia que le dio, que quiso que su memoria se recordase entre los hombres, no sólo una vez al año, en los días de Semana Santa, sino todos los días.
Con este fin instituyó Él mismo un Sacrificio que perpetuase, en el curso de los siglos, la memoria y los frutos de su oblación en el Calvario: es el Santo Sacrificio de la Misa: Haced esto en conmemoración mía.
Asistir a este Santo Sacrificio y ofrecerlo con Cristo es uno de los mejores y más eficaces medios de participar de la Pasión redentora.
En el altar se hace nuevamente presente el mismo Sacrificio del Calvario. Es el mismo Pontífice, Jesucristo, quien se ofrece a su Padre por manos del sacerdote. La víctima es la misma, y la única diferencia está en el modo de ofrecerlo.
+++
Cuando Jesús subía el camino del Calvario, doblado con la carga de la pesada Cruz, cayó en tierra con ella; y a ese a quien la Escritura llama Fuerza de Dios, lo vemos humillado, abatido y arrastrándose por el suelo.
No tiene fuerzas para llevar la Cruz. Es éste un obsequio que su naturaleza humana tributa al poder de Dios. En aquel trance, quiere la divinidad que, a trueque de salvarnos, sienta la humanidad asumida su flaqueza, y así nos merezca la fuerza de soportar nuestros dolores.
Dios nos da también a todos una cruz que llevar. Debemos aceptarla sin andar cavilando, ni diciendo: «Dios habría podido cambiar tal o cual circunstancia de mi vida». Pero Cristo nos dice: Si alguno quiere ser mi discípulo, tome su cruz y sígame.
Aceptando generosamente nuestra cruz es como hallaremos la unión con Nuestro Señor; pues es de advertir que, llevando nuestra cruz, participamos realmente de la de Jesús.
En la ayuda que recibió del Cireneo, quiso mostrarnos que cada uno de nosotros debe ayudarlo a llevar la Cruz. A todos nos dice el Señor: «Acojan gustosos la parte de padecimientos que en mi divina providencia les reservé el día de mi Pasión».
¿Cómo rehusaríamos aceptar de la mano del Señor un dolor, una prueba, una adversidad, una contradicción? ¿Nos negaríamos a beber algunas gotas de ese cáliz que Él mismo nos ofrece y del cual Él bebió primero?
Tomemos nuestra cruz, como Cristo tomó la suya, por amor suyo y en unión con Él. La virtud y la unción de su Cruz se comunicarán a nosotros, y hallaremos en ella, junto con la fortaleza, esa paz y esa alegría interior que pone la sonrisa en los labios, aun en medio de los más acerbos dolores.
Ahí están las gracias que Cristo nos mereció. En efecto, cuando subía a Jerusalén con sus Apóstoles, y luego al ascender al Calvario, ayudado por el Cireneo, Jesucristo, Dios Hombre, pensaba en todos cuantos, en el transcurso de los siglos, le habían de ayudar a llevar la Cruz, aceptando decididamente la suya…
En esos instantes, merecía para ellos gracias inagotables de fortaleza, de resignación y de conformidad, que les harían decir lo que Él expresó: Padre, hágase tu voluntad y no la mía.
¿Por qué? Se deriva de aquí una verdad que debemos ponderar mucho.
El Verbo encarnado, Cabeza de la Iglesia, cargó con la parte más pesada de los dolores, pero quiso dejar a la Iglesia, que es su Cuerpo Místico, otra parte de padecimientos.
San Pablo nos lo enseña con palabras tan profundas que parecen algún tanto extrañas: Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia.
¿Acaso falta algo a los padecimientos de Cristo? Nada, ciertamente. Fueron superabundantes, inmensos; su mérito es infinito. En Él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia. Nada falta a los dolores con que Cristo nos redimió.
Pues ¿por qué San Pablo habla del “complemento” que él les presta?
Nos lo explica San Agustín: El Cristo total está formado por la Iglesia unida a su cabeza y a su jefe que es Cristo. La cabeza padeció cuanto tenía que padecer; falta que los miembros, si quieren ser dignos de la cabeza, sufran también su parte. (Ennarationes in Psalmos, 86, 5).
Como miembros de Cristo, debemos, pues, unirnos a sus dolores; Cristo nos reservó una pequeña parte en su Pasión; pero al darnos la cruz, nos da también la fuerza necesaria para llevarla; pues como dice la Carta a los Hebreos: No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades.
+++
Jesucristo, que nos alcanzó gracia para llevar con Él nuestra cruz, nos dará también participación en su gloria, con tal que nos hayamos asociado a sus dolores: Sufrimos con Cristo, para ser glorificados con Él, enseña San Pablo.
Para nosotros, como para Él, la medida de esa gloria será la de nuestra “pasión”.
La gloria de Cristo es infinita, porque, siendo Dios, bajó en su Pasión a los abismos del dolor y de la humillación; y porque se abatió tan profundamente, Dios Padre le dio semejante gloria: Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.
La Pasión de Cristo no remata el ciclo de sus misterios. Cuando Jesús habla de su Pasión a los Apóstoles, añade siempre que “resucitará al tercer día”.
Esos dos misterios se unen y encadenan también siempre en la mente de San Pablo, ora hable de Cristo solo, ora aluda a su Cuerpo Místico; pues con la resurrección, apunta la aurora de la vida gloriosa de Jesús.
+++
La Pasión constituye el «santo de los santos» de los misterios de Jesús. Es el culmen de su vida pública, la cima de su misión en la tierra, la obra hacia la cual se ordenan todas las demás, de la cual sacan todo su valor.
Todos los años, durante la Semana Santa, la Iglesia conmemora este misterio en sus diversas fases; todos los días en la celebración del Santo Sacrificio del Altar renueva su recuerdo y realidad para aplicarnos sus frutos.
A este acto céntrico de la liturgia viene a agregarse una práctica de piedad, que, sin formar parte del culto público y oficial organizado por la Esposa de Cristo, ha llegado a ser, a causa de la abundancia de gracias de que es fuente copiosa, gratísima a los fieles.
Esta práctica de piedad es la devoción a la Pasión de Cristo, más conocida con el nombre de Via Crucis.
La preparación inmediata que Cristo hizo a su oblación de Sacerdote en el Calvario, fue llevar su Cruz desde el pretorio al Gólgota, abrumado de oprobios y dolores.
Más tarde, la Virgen María y los primeros cristianos debieron, más de una vez, renovar este itinerario, orando en los lugares santificados por los dolores del Sumo y Eterno Sacerdote.
También, durante la Edad Media, los cristianos de Occidente emprendieron la larga y penosa peregrinación a los Santos Lugares, con el fin de venerar los pasos y sangrientos recuerdos del Salvador, fuente fecunda de gracias, donde se alimentaba su piedad. Al regresar a sus hogares, tuvieron gran empeño en conservar el recuerdo de los días de oración pasados en Jerusalén.
Ya desde el siglo XV, en casi todos los pueblos, se ven reproducir los santuarios y estaciones de la Ciudad Santa. La piedad de los fieles hallaba un modo de satisfacerse con una peregrinación espiritual renovada a gusto de cada uno.
En una época relativamente reciente, la Iglesia enriqueció esta práctica con las mismas indulgencias que ganan los que recorren las estaciones en Jerusalén.
+++
La contemplación de los dolores de Jesús es sumamente fecunda. Fuera de los Sacramentos y las Celebraciones Litúrgicas, no hay práctica más útil que el Vía Crucis hecho con devoción. Su eficacia sobrenatural es incomparable.
Todo aquí es grande y digno de cautivar nuestra atención, aun cuando se trate de los más leves pormenores, como quiera que son hechos de un Hombre Dios.
Todas estas acciones de Jesús son objeto de las complacencias del Padre, el cual contempla amorosamente a su Hijo, no sólo allá, en el Tabor, cuando aparece radiante de gloria, sino también cuando Pilatos lo presenta a la multitud coronado de espinas y sin forma de hombre, hecho desecho del género humano.
El Padre envuelve a su Hijo en miradas de infinita complacencia, tanto en las afrentas de la Pasión, como en los esplendores de la transfiguración. ¿Por qué? Porque Jesús, durante su Pasión, reverencia y glorifica a su Padre en una medida infinita, ya por ser el Hijo de Dios, ya principalmente por abandonarse enteramente a todo aquello que la justicia y el amor de su Padre reclamaban de Él.
Si pudo decir, en el decurso de su vida pública, que cumplía todo lo que agradaba a su Padre, fue todavía más exacto en aquellas horas en que, por reconocer los derechos de la Majestad divina ofendida por el pecado y por salvar al mundo, se entregó a la muerte, y muerte de cruz: Es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre…
El Padre lo ama con amor sin medida, porque da su vida por sus ovejas, mereciéndonos a todos, por sus dolores y satisfacciones, las gracias que nos granjean la amistad de su Padre.
Al contemplar los padecimientos de Jesús, Él nos da, según la medida de nuestra fe, la gracia de practicar las virtudes que Él mismo reveló en esas santas horas.
Ciertamente Jesucristo otorgó gracias muy señaladas a aquéllos que con amor lo siguieron por el camino del Gólgota o asistieron a su inmolación. Tal poder lo conserva aún; y, cuando en espíritu de fe, por compadecer sus amarguras e imitarlo, lo seguimos del pretorio al Calvario y nos mantenemos al pie de su Cruz, Él nos da esas mismas gracias y nos hace participar de los mismos favores.
Por eso, si durante algunos momentos acompañamos a Nuestro Señor camino del Calvario, con fe, con humildad, con amor y con verdadero deseo de imitar las virtudes que su Pasión nos predica, podemos estar seguros de que recibiremos gracias especiales, que han de transformarnos, poco a poco, a semejanza de Jesús, y de Jesús crucificado.
Toda la santidad estriba en esta semejanza.
Pidamos a Nuestra Señora, Ella que conservaba todas las palabras de Jesús y las meditaba en su Corazón, nos haga comprender la importancia de la Pasión de su divino Hijo…
Que no nos suceda como a los Apóstoles: Mas ellos no entendieron nada de esto, y esta palabra les era escondida y no entendían lo que les decía.

