MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.
Hoy nos encomendamos a:
SAN MATÍAS Apóstol (siglo I)

SAN Matías, uno de los discípulos más fieles de Nuestro Señor, siguió muy pronto al divino Maestro y fue testigo de toda su vida pública, desde su bautismo en el Jordán hasta su Ascensión en el monte Olívete.
Si Jesús no le contó en el número de sus Apóstoles durante su vida mortal, le destinaba, sin embargo, para sustituir al traidor Judas; y en vista de este destino, ¡cuántas veces el Señor debió fijar sus miradas llenas de ternura en aquel miembro del Colegio Apostólico y mensajero de la buena nueva! No sin motivo el Salvador fijó en doce el número de sus Apóstoles. Este número estaba ya simbolizado por los doce patriarcas, padres de las doce tribus; por los doce príncipes que llevaban el Arca del Testamento, por los doce leones del trono de Salomón, etc.
El número doce es número sagrado en la historia del pueblo de Dios. Posteriormente, San Juan, contemplando la Jerusalén celestial, en sus sublimes visiones de Patmos, nos dirá que tiene doce puertas guardadas cada una por un ángel, y doce fundamentos sobre los cuales «están escritos los nombres de los doce Apóstoles» (Apocalipsis cap. XXI, 12-14). San Pablo había llamado ya a los Apóstoles los «fundamentos» de la Iglesia de Cristo. Este número simbólico se deshizo por la prevaricación del traidor.
Los once que quedaban se preocuparon pronto de complementar la vacante. Eligieron un duodécimo apóstol: San Matías. De su vida, tan sólo conocemos con certeza plena su elección, referida por los Hechos de los Apóstoles. Fijemos, pues, la atención, en primer lugar, en esta página de nuestros Libros Santos. Cuando Jesucristo subió a los cielos viéronse los Apóstoles desamparados, «en este valle, hondo, oscuro». Con su vista le habían seguido y no podían apartar los ojos de la «nube envidiosa» que les robó su tesoro. Fue necesario que dos ángeles vinieran a decirles, como para sacarles de su arrobamiento: «Varones de Galilea, ¿qué hacéis aquí mirando al cielo?» A ellos correspondía ahora completar la obra del Salvador. En efecto, apenas estaba esbozada, y aun, humanamente hablando, se hubiera podido decir que el Hijo de Dios, subiendo al cielo, renunciaba al coronamiento de su gran empresa.
Pero los designios de Dios no son los nuestros. Por medio de los Apóstoles, Jesús quería establecer la Iglesia. Al privarlos de su presencia visible, les había dicho: «Permaneced aquí, en la ciudad, hasta que seáis revestidos de la fortaleza de lo alto.» (Luc. XXIV, 49). «Recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén y en toda la Judea y Samaría y hasta las extremidades de la tierra» (Hechos, I, 8). Jesús se había limitado a echar los cimientos del reino de los cielos y encargaba a los Apóstoles su constitución y organización. Conviene saber, además, que ninguno de ellos tenía el valor y arrestos suficientes para tal empresa e incluso parecían carecer aún de una idea clara de la obra que les estaba encomendada.
Verdad es que tenían a la Santísima Virgen como consejera valiosa, mas en ello no tenía parte oficial. No es ella la cabeza, sino Pedro; son los Apóstoles los que deben enseñar y gobernar. Sin el Espíritu Santo, ¿qué podrían? Este divino Espíritu los transformará. «Lo que el alma es al cuerpo del hombre, dice San Agustín, es el Espíritu Santo al cuerpo de Cristo que es la Iglesia» (Sermón CCLXVII).
En la venida del Espíritu Santo, la Iglesia nacerá y vivirá como vivió el cuerpo de Adán al recibir el soplo de la boca de Dios.
Apenas descendieron del monte Olívete, en donde el divino Salvador los había dejado, subieron los Apóstoles al Cenáculo para conformarse con sus instrucciones. Allí estaban Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Celoso y Judas, hermano de Santiago.
Estaban allí con !a Madre de Jesús y numerosos discípulos. Señalemos principalmente la presencia de María en este nuevo Belén, en esta nueva cuna en donde va a nacer la Iglesia. Como María había estado antes junto a la cuna del Salvador, convenía estuviera también hoy, cabe la cuna de la Esposa de Cristo. Perseveraban todos juntos en la oración con las mujeres, y con María, Madre de Jesús y con sus hermanos, es decir, con sus primos, según el modo de hablar de los judíos en aquella época. Los tres Apóstoles nombrados anteriormente en último término eran de éstos. Su oración llamaba con fervor al Espíritu que el Hijo de Dios les había prometido. Mas antes de enviarles el divino Paracleto, queriendo Jesús que el Colegio Apostólico estuviese completo, inspiró a San Pedro que procediese a elegir el duodécimo Apóstol. Y esta elección se hizo mientras esperaban el día de Pentecostés.
ELECCIÓN DE SAN MATÍAS
ASÍ la refieren los Hechos de los Apóstoles (I, 15-26): «Por aquellos días, levantándose Pedro en medio de los hermanos (cuya junta era como de unas ciento veinte personas), les dijo: —Varones hermanos, es necesario que se cumpla lo que tiene profetizado el Espíritu Santo por boca de David acerca de Judas, que se hizo adalid de los que prendieron a Jesús (…)- Así es que está escrito en el libro de los Salmos: «Quede su morada desierta, ni haya quien habite en ella; y ocupe otro su lugar en el episcopado». Es necesario, pues, que de estos varones que han estado en nuestra compañía todo el tiempo que Jesús Señor nuestro conversó entre nosotros, empezando desde el bautismo de Juan, hasta el día en que, apartándose de nosotros, se subió al cielo, se elija uno que sea, como nosotros, testigo de su Resurrección.
Con eso propusieron a dos: a José, llamado Barsabas, por sobrenombre el Justo, y a Matías. Y haciendo oración, dijeron: »¡Oh Señor!, Tú que conoces los corazones de todos, muéstranos cuál de estos dos has destinado a ocupar el puesto de este ministerio y apostolado, del cual cayó Judas por su prevaricación, para irse a su lugar. »Y echando suertes, cayó la suerte a Matías, con lo que fue agregado a los once Apóstoles.» Los dos candidatos propuestos por la asamblea, eran juzgados con iguales méritos a los ojos de todos. Esto fue sin duda el motivo por el que en la perplejidad de la elección Pedro recurrió al nombramiento por la suerte.
Otro motivo debió aún decidirle a emplear ese procedimiento: el deseo de hacer intervenir directamente a Nuestro Señor en un asunto de tal importancia, como lo prueba la fervorosa plegaria que hizo rezar por todos. Jesús, en efecto, había escogido a los Doce; era, pues, conveniente que el sustituto del infiel y traidor fuese también designado por Él. Así, el Colegio de los Doce sería siempre el resultado de la elección divina. Procedióse a la elección en la forma acostumbrada entre los judíos, o sea depositando en una caja o un vaso cubierto con su tapa, las cédulas de los que debían ser elegidos, y la mano invisible de Dios condujo la suerte de modo que cayó sobre Matías, y agregado a los otros once Apóstoles, completó el número de doce.
PENTECOSTÉS
MATÍAS era ya miembro del Colegio Apostólico cuando diez días después de la Ascensión, la mañana de Pentecostés y a la hora de tercia (las nueve de la mañana, según nuestra manera de contar el tiempo), descendió el Espíritu Santo acompañado de extraordinarios prodigios que llenaron de estupor a los habitantes de Jerusalén y a la inmensa muchedumbre de peregrinos que de Palestina y naciones vecinas, habían acudido para celebrar en el Templo la Pascua de Pentecostés, una de las mayores fiestas del año.
Se conmemoraba ese día, entre los judíos, la promulgación de la ley en el Sinaí, y se ofrecían en el Templo las primicias de la cosecha. Esas antiguas ceremonias prefiguraban el nuevo orden de cosas.
En lo sucesivo la ley de gracia sustituirá a la antigua ley de temor, y las primicias de la predicación evangélica reemplazarán a las primicias de los frutos de la tierra. Un ruido tan repentino como violento, que rememoraba los truenos del Sinaí, retumbó como silbido de huracán.
Lenguas de fuego aparecieron sobre la cabeza de los Apóstoles, símbolo de su misión docente y del fervor con que debían inflamar el universo: «y se renovará la faz de la tierra.» «Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas las palabras que el Espíritu Santo ponía en su boca» (Hechos, II, 4). Residían entonces en Jerusalén, judíos venidos de todas las naciones, y estaban atónitos y se maravillaban, diciendo: «¿Por ventura éstos que hablan no son todos Galileos rudos e ignorantes? ¿Pues cómo es que los oímos cada uno de nosotros hablar nuestra lengua nativa? Partos, medos y elamitas, los moradores de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y del Asia, los de Frigia, de Panfilia y de Egipto, los de la Libia, confinante con Cirene, y los que han venido de Roma, tanto judíos como prosélitos, los cretenses y los árabes: los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios» (Hechos, II, 7-11).
Este prodigio los pasmaba. Dios quería dar a entender con ello que habían llegado los tiempos de restablecer la unidad de las naciones dispersadas desde Babel. Mostraba también que en lo sucesivo cualquier lengua podría servir para propagar la doctrina de la fe; así lo hace notar San Agustín: «Si hay lenguas —dice— que la Iglesia aun no habla, las hablará, pues se desarrollará hasta que se apodere de todas las lenguas del universo» (Super Ps. CXLVII, 19).
En este primer día, tomando San Pedro la palabra en nombre de todos los Apóstoles, se dirigió a la multitud; estuvo tan persuasivo y conmovedor, que tres mil personas se convirtieron en aquel mismo momento y pidieron el bautismo. Comenzó San Matías, luego que fue hecho Apóstol, a desempeñar su misión y a predicar a los pueblos el misterio escondido e inefable de la cruz con gran santidad de vida, fervor de espíritu y celestial doctrina; porque además de la que, siendo mozo había aprendido, el mismo Espíritu Santo era su maestro y su doctor, y el que le alumbraba el entendimiento con su luz, le abrasaba el afecto con su ardor, y le daba lengua de fuego divino, para encender los corazones de los que le oían.
DISPERSIÓN DE LOS APÓSTOLES
LOS Doce no debían permanecer juntos. Nuestro Señor les había mandado ir a predicar a todas las naciones de la tierra. Evidentemente empezaron por Jerusalén y Palestina, hasta que llegó la hora de separarse para ir a sus respectivas misiones.
Primero tuvieron que concertarse para fijar las pautas de su enseñanza, naciendo de ahí la tradición que les hace componer juntos el Credo conocido con el nombre de «Símbolo de los Apóstoles», el cual, si no es una fórmula redactada por ellos, es sí el sumario de su predicación. ¿Se repartieron después las naciones que debían evangelizár? Puédese creer, mas la historia nada de positivo nos dice sobre ello.
Obligados estamos a investigar sobre algunas alusiones escapadas a los escritores eclesiásticos primitivos, para determinar en qué regiones diferentes ejercieron los apóstoles su celo. De algunos de ellos, en particular de San Matías, sábese tan poco, que la Iglesia no ha encontrado materiales para redactar una lectura para el Breviario. Mas nos tendríamos por muy felices si poseyéramos algunos pormenores acerca de su apostolado, pero para la mayoría de ellos nos hemos de contentar con vagas probabilidades.
Créese que su salida definitiva de Jerusalén fue el año 42, en la persecusión de Herodes Agripa, durante la cual Santiago el Mayor fue decapitado y San Pedro encarcelado. Éste se libró entonces del martirio gracias a la milagrosa intervención del ángel.
Sabemos de manera cierta que el Príncipe de los Apóstoles fue primero a Antioquía, que evangelizó varias provincias del Asia Menor, y luego a Roma, donde fijó su residencia y fue crucificado. Sabemos igualmente que Santiago el Menor se quedó en Jerusalén y que, veinte años después, el año 62, los judíos le arrojaron de lo alto de los pórticos del Templo y lo lapidaron.
Por lo que concierne a los otros diez Apóstoles, apenas si sabemos nada fijo y determinado. Sin embargo, si hay quien sea merecedor de una amplia biografía, nadie tanto como estos heraldos de la buena nueva. Mas, después te todo, ¿qué importan los pormenores? Su vida sublime se sintetiza en estas palabras que la liturgia canta en honor suyo: «He aquí los campeones y amigos de Dios, que sin prestar homenaje a los mandatos de los príncipes han merecido eternas recompensas. Éstos son los que durante su vida fecundaron a la Iglesia con su sangre. Han bebido el cáliz del Señor. Su voz resonó en todos los confines de la tierra, y la Iglesia ha sido iluminada con su doctrina como la Luna por el Sol» (Oficio de los Apóstoles).
Estas magníficas alabanzas se aplican indistintamente a todos los miembros del Colegio Apostólico.
MISIÓN DE SAN MATÍAS
QUÉ viajes hizo el apóstol San Matías? ¿Qué países evangelizó? Su relato no se ha escrito o, a lo menos, no ha llegado a nuestras manos.
El historiador Nicéforo dice que San Matías predicó la buena nueva en Etiopía y allí padeció el martirio. Clemente Alejandrino refiere algunas particularidades de la predicación del santo apóstol: «Insistía sobremanera —dice— en la necesidad de mortificar la carne, refrenar las pasiones y sus concupiscencias, acrecentar la fe y el conocimiento de las cosas de Dios.» Añadía que esta mortificación exterior, aunque tan necesaria, no basta si no está acompañada de fe viva, de esperanza que avasalle toda duda y de caridad ardiente. Enseñaba que nadie, cualquiera que fuera su edad o condición, estaba dispensado de esta ley y que no había otra teología moral.
Reconozcamos que estas enseñanzas nada tienen de muy particular, pudiendo afirmar que todos los Apóstoles predicaban en la misma forma. Además, Clemente Alejandrino pretende que San Matías murió de muerte natural, así como San Felipe, San Mateo y Santo Tomás, pretensión que se contradice con la tradición comúnmente admitida.
Varios historiadores afirman que en el repartimiento que hicieron los Apóstoles de las provincias en que habían de predicar, a San Matías le cupo la Judea, y en ella convirtió innumerables gentes al Señor; luego, alejándose, llegó hasta Etiopía, donde fue apedreado después de treinta y tres años de apostolado; en cambio otros relatos más circunstanciados nos dicen que fue crucificado, desclavado después de la cruz y por fin decapitado. Lo que parece ser tenido como cierto, entre otras varias contradicciones, es que San Matías fue el apóstol de Etiopía; Existe un evangelio apócrifo que lleva su nombre. Clemente Alejandrino lo cita con el nombre de «Tradiciones de San Matías». Los Philosophumena mencionan «discursos» apócrifos de San Matías, También el historiador Eusebio.
Este evangelio está señalado por el Catálogo gelasiano que le niega todo valor. Hemos de declarar francamente —y ello vale más— nuestra ignorancia sobre el ministerio evangélico de este gran Apóstol y sobre su martirio, que ciertos autores colocan el 24 de febrero del año 60.
SUS RELIQUIAS
ESTAMOS mejor informados acerca de la suerte que han corrido sus reliquias? Está igualmente envuelto en muchas incertidumbres.
El cuerpo de San Matías fue transportado a Roma por Santa Elena; la cabeza y huesos principales se hallan actualmente en Santa María la Mayor, bajo el altar papal. Tréveris se gloría, sin embargo, de poseer el cuerpo de este santo Apóstol, que había sido depositado en la iglesia de San Euquerio, la cual se llamó después iglesia de San Matías. No olvidemos que Tréveris fue residencia del emperador Constancio Cloro, esposo de Santa Elena, y no es inverosímil que la piadosa emperatriz hubiese hecho donación de una parte de las reliquias de San Matías a la iglesia de Tréveris.
Por otra parte, el docto Juan Eck, disputando con Lutero, escribió que de algunas reliquias, y la imaginación popular habrá tomado la parte por el todo. También puede ser que haya confusión con otro San Matías, obispo de Jerusalén en el año 420. Venerábase, asimismo, una parte de la cabeza del santo Apóstol en Barbezieux, en Charente. Los calvinistas la arrojaron al fuego.
SU FIESTA. SAN MATÍAS, COMO SANTO PATRONO
EL nombre de San Matías consta, desde los primeros siglos, en el Canon de la misa; no en la primera lista de los Apóstoles, sino en la segunda, o sea en la de los mártires, después del Memento de los Difuntos. Su fiesta, señalada en el Sacramentario gregoriano para el 24 de febrero, fue mandada celebrar con rito de doble por Bonifacio VIII en 1295, juntamente con la de los demás apóstoles y evangelistas. Desde San Pío V, se celebra con rito de doble de segunda clase. Los griegos rutenos celebran la fiesta de San Matías el 9 de agosto y los copto» el 8 de marzo. Se representa a San Matías con símbolos distintos, según esté solo o en compañía de los otros Apóstoles. En grupo, tiene un hacha o una alabarda, emblema de su decapitación. Solo, tiene, ordinariamente, una cruz en forma de T llamada potenzada o de San Antonio, en memoria de su crucifixión. Seguramente que por representar a San Matías con un hacha, fue escogido por patrón de los carpinteros, carreteros y talladores de hierros.
EL SANTO DE CADA DÍA
EDELVIVES
