CONSERVANDO LOS RESTOS II
Decimoséptima entrega
“La buena educación de los jóvenes es, en verdad, el ministerio más digno, el más noble, el de mayor mérito, el más beneficioso, el más útil, el más necesario, el más natural, el más razonable, el más grato, el más atractivo y el más glorioso”
San José de Calasanz

SEGUNDA PARTE
DEL SISTEMA ANTIGUO
CAPÍTULO VIII
IMPORTANCIA QUE DA EL SISTEMA ANTIGUO A LA FILOSOFÍA Y A LAS CIENCIAS
§ I
Transcurrido el período de las Humanidades, desarrolladas, o mejor, acompañadas en su desarrollo gradual las facultades de la memoria, de la imaginación, de la sensibilidad por medio del trabajo y ejercicio asiduo sobre las literaturas griega, latina y patria, mientras que se educa a la par la voluntad con el influjo de la religión; llega su turno al cultivo pleno y más inmediato del entendimiento, que inició su desarrollo junto con las demás facultades y que, según el sistema antiguo, ha de perfeccionarlo por medio de la filosofía.
De ella nos toca tratar, y así en el presente capítulo haremos ver por qué razones los antiguos daban tanta importancia a este estudio, que tenían por el más necesario; reservando para otro el exponer cuán acertado era el antiguo sistema, tanto en la doctrina, como en el método de aprenderla con provecho.
En cuanto a la importancia de la filosofía se deduce claramente de su objeto que es el estudio de los primeros principios de las ciencias y el examen de las cuestiones sobre Dios, el mundo y el hombre, por lo cual ha sido siempre considerada como guía y maestra de la vida. Y a la verdad, es en primer lugar maestra y guía del entendimiento, el cual perfecciona enseñándole el recto modo de discurrir, y suministrándole con el ejercicio de la lógica medios para descubrir y armas para combatir los sofismas sugeridos por las pasiones o por los hombres interesados en engañarle.
Este nobilísimo título de guía y maestra le cuadra de especial manera por ser el tesoro de donde todas las ciencias sacan o principios para establecerse, o método y auxilio para su desarrollo, porque ciertamente, la filosofía es la ciencia general que estudia los consejos supremos, universales y comprensivos de todos los demás objetos concretos, y las causas en las que todos los conocimientos vienen en último término a resolverse; y por lo mismo, sin el conocimiento previo de esta ciencia general no se puede poseer ninguna otra ciencia.
Tan necesaria es para las facultades profesionales de teología, jurisprudencia y medicina, que sin ella no pueden dar un paso con pié seguro, se reducen a meros estudios empíricos y, como acertadamente se ha dicho, descienden de la categoría de ciencias a la de escuelas prácticas de oficios pro pane lucrando.
Las demás ramas de los conocimientos humanos, las ciencias exactas, físicas y naturales no se revisten tampoco del carácter de ciencia sino en cuanto estriban en la filosofía, de la cual no son más que partes y ramificaciones, y como tales han estado incluidas en su enseñanza, y no sin fruto, por largo espacio de tiempo; pero cuando se apartan de la filosofía, quedan como ramas desgajadas del árbol, que ya no reciben de él la savia que las vivifica, y bien lo manifiestan en que, a pesar de su separación, tienden a volver a injertarse en su tronco, en virtud de la fuerza natural de las cosas.
La filosofía es naturalmente necesaria al hombre, porque le es necesaria la generalización y explicación de los fenómenos subiendo a sus primeras y supremas causas, sin lo cual todos sus conocimientos se reducirían a un agregado informe de hechos sin mutua conexión y sin la unidad que entre sí los enlaza; de donde procede que por una tendencia irresistible, como que está fundada en la misma naturaleza racional del hombre, el químico, el geólogo, el naturalista no se contenta con la simple observación y experimento de los fenómenos por los sentidos, sino que ejercita con respecto a ellos sus potencias superiores, y no sólo para explicar la causa más inmediata, pues no descansa hasta encontrar la última, que es la única con que su ánimo queda plenamente satisfecho.
Entre el que ha estudiado una filosofía sana y sólida, que discute las cuestiones fundamentales, resuelve las que pueden tener solución y establece los principios ciertos para proceder al esclarecimiento de las demás, y otro que ninguna ha estudiado, o solamente una filosofía superficial, existe siempre una notable diferencia: el primero tiene una base maciza y forma de sus conocimientos un sistema, el cual es tanto más probable que alcanzará la verdad, cuanto que descansa en un apoyo inconmovible y en él unos conocimientos sostienen y comprueban los otros; mientras que el segundo, impulsado por el natural deseo de conocer las causas, pero destituido de base y fundamento, corre tras los antojos de su imaginación, adoptando cualquier hipótesis que por el pronto le satisfaga, y así abraza como verdad las mayores quimeras y los más groseros errores.
Es además la filosofía guía y maestra de la voluntad. Nadie ignora cuán grande influjo ejercen en las acciones del hombre las doctrinas de que se nutre su espíritu; puesto que el hombre tiende por naturaleza a proceder según los dictámenes de su razón, y en la generalidad de los casos, obrará conforme a lo que su entendimiento aprehende. Es verdad que en circunstancias extraordinarias o difíciles, la fuerza exterior podrá hacer que sus obras no guarden esta relación de conformidad con sus juicios, y el impío en ocasiones será hipócrita, y el hombre de sanas ideas flaqueará en la práctica de la virtud; pero en las circunstancias ordinarias, la conducta corresponderá a los principios y máximas que cada uno profesa: a principios verdaderos y máximas sanas, una conducta ajustada y correcta; a principios falsos y máximas impías, una conducta perversa.
Ni sólo contribuye la filosofía en general al perfeccionamiento de la voluntad con la solidez de sus principios y elección juiciosa de opiniones, sino que muy en particular dirige al hombre, cuando en la parte moral de esta ciencia le enseña los verdaderos fines para cuya realización le ha puesto Dios en la tierra; cuando le marca las obligaciones que tiene para con el mismo Dios, para con sus prójimos y para consigo mismo; y cuando le mueve a la práctica del bien, proponiéndole la ley natural, manifestación de la voluntad del Supremo Señor y Legislador impresa en la misma mente del hombre, y excitándole más especialmente con la sanción establecida, así para sus guardadores, como para sus transgresores.
Finalmente, la sociedad tiene un firmísimo baluarte en la verdadera y sana filosofía, que sabe declarar y exponer rectamente las nociones de moralidad, de orden, de autoridad, de libertad, de derechos y deberes; nociones de cuya perversión, llevada a cabo con astuto cálculo por los sofistas, han resultado siempre en la vida civil tan espantosos trastornos y revoluciones como hoy más que nunca lamentamos.
Demostrada ya la importancia y necesidad de la filosofía por la trascendental influencia que en el individuo y en la sociedad ejerce, ocurre desde luego la cuestión de cuál es el lugar que a tan importante estudio debe señalarse en los establecimientos de enseñanza.
Los antiguos colocaban la filosofía en la Universidad al principio de los estudios superiores, y a nadie permitían emprender el estudio de ninguna Facultad, sin que antes hubiese echado sólidos fundamentos en la filosofía; y éste era su verdadero puesto. Como ciencia especulativa, que contiene los principios en que se fundan las demás o el método que han de seguir, precedía al estudio de todas ellas, les daba el carácter de ciencia y realizaba la verdadera enciclopedia posible.

Sin embargo, no parece tampoco que sean lugar inconveniente para este estudio los últimos años de la segunda enseñanza, que actualmente se le consagran. Lógrase con esto una ventaja de mucho precio, y es la de que aquellos jóvenes que de la segunda enseñanza no hayan de pasar después a las Universidades, reciban la conveniente instrucción acerca de las principales cuestiones con que irremisiblemente se han de encontrar en medio de la sociedad, para que vivan precavidos contra los asaltos del perverso filosofismo, y no se hallen sin defensa en medio de tantos y tan graves peligros como continuamente se originan de la desenfrenada licencia de hablar y escribir, así en materias sociales como en las religiosas.
Sólo sí es absolutamente indispensable que se mantenga completa la separación entre este segundo período de la enseñanza secundaria y el primero, puesto que ni las letras se avienen con el método simultáneo, como antes hemos demostrado, ni tampoco la filosofía y los otros ramos positivos que la acompañan pueden ser estudiados con fruto en los primeros años, cuando el entendimiento del alumno no se halla todavía bastante desarrollado ni cultivado. Tan fundada en la naturaleza de las cosas y tan universalmente reconocida es esta necesidad de separación, que no solamente los defensores del antiguo sistema, sino también muchos partidarios del nuevo, han propuesto en algunas naciones de Europa la fundación de colegios especiales para la filosofía y materias positivas con el nombre de Liceos, diferentes y separados de los Gimnasios donde se enseñan las Humanidades.
§ II
Mas para que la filosofía lleve los preciosos frutos que hemos enumerado y ejerza su benéfico influjo en el individuo y en la sociedad, es manifiesto que no basta enseñarla de cualquier manera, antes es necesario que su estudio tenga la extensión conveniente y que esté sujeta su enseñanza a ciertas condiciones que aseguren el buen éxito.
Ofrécese, pues, naturalmente preguntar: ¿es acertado el modo que emplea el sistema moderno en la enseñanza de la filosofía? Respondemos que no, ni en la extensión que le señala, ni en la doctrina que adopta, ni en el método en que la explica.
Del método y la doctrina trataremos en el siguiente capítulo, concretándonos a declarar en este, cuanto yerra el sistema moderno en la limitada extensión que fija al estudio de una ciencia, tan importante y de tan vasta y general aplicación a todo género de conocimientos.
¿Qué es, en efecto, la filosofía que hoy se suele enseñar, separada de las Facultades universitarias, en los colegios nacionales o establecimientos análogos? Una clase de puro nombre, por donde forzosamente hay que pasar para obtener el certificado que habilite la entrada en la Universidad, pero en la que apenas se enseñan más que algunas nociones, que, despojadas de la amplificación de que suelen usar los libros de texto en tales clases empleados, se podrían condensar en un centenar de páginas; y aun esos conocimientos quedan prendidos con alfileres, como que ningún ejercicio se exige de los alumnos.
Los tratados de la filosofía, escritos en lengua vulgar para que la difusión oculta la carencia de ideas claras y precisas, están reducidos por lo común a un poco de lógica y de psicología empírica; la metafísica, que es lo más sustancial de la filosofía, está desterrada de las escuelas y su solo nombre es ya mirado con horror, como un objeto de abominación. Es verdad que algunos planes de estudios añaden los nombres de teodicea, ética e historia de la filosofía; pero la teodicea y ética quedan en el aire sin el fundamento de la metafísica; y las tres no son en las clases más que brevísimos capítulos, tanto que, añadidos a la psicología y lógica, se recorren todas con holgura en el exiguo espacio de dos cursos con tres horas semanales de clase; tiempo menor que el que se concede a varias asignaturas secundarias, como la geografía, la historia o cualquiera lengua viva.
Y eso donde la filosofía sale mejor librada, logrando el desdén y el abandono, arrinconada como trasto inútil propio de tiempos más atrasados: porque veces hay que los textos que se adoptan y las doctrinas que enseñan los profesores sirven sólo para infiltrar en el ánimo de los jóvenes el más frío y desolador escepticismo, o el monstruoso panteísmo envuelto en retumbantes e ininteligibles frases, o el más grosero materialismo con todos los delirios de la impiedad.

De tan lastimoso estado, al cual en casi todas las naciones donde se ha introducido el sistema moderno ha llegado la filosofía, nos dan elocuente testimonio entre otras cosas los debates que el año pasado tuvieron lugar en Francia, sobre si se había de conservar o no su estudio en la segunda enseñanza; pues, según las palabras de uno de los miembros más caracterizados del Consejo de Instrucción superior, “es indudable que la filosofía dogmática, que en otro tiempo se enseñaba con confianza y era recibida con docilidad no existe, o a lo menos no domina: nadie piensa en imponer a los profesores otra filosofía que la que bien les parezca. Pero desde el momento en que no se puede enseñar a los alumnos nada de positivo y seguro sobre una ciencia, no existe ya la enseñanza de esa ciencia. Para demostrar que no es posible demostrar a Dios, el alma, la libertad, la inmortalidad, el deber mismo ¿es necesario acaso tomar y perder tanto tiempo y fatigar con ello las inteligencias? Para dar una enseñanza tan profundamente negativa, ¿vale la pena de que se detenga un año más la antigua instrucción clásica y literaria?… Cuanto más deja de ser dogmática la enseñanza filosófica, más larga y fatigosa se hace”.
Y del mismo sujeto dice la reseña de la sesión: “Un miembro ha declarado que era preciso aplazar todos los exámenes hasta el final de la filosofía, precisamente para disminuir la importancia de la preparación filosófica, para restringir el tiempo de que dispone en el último año de estudios clásicos, aliviar los cerebros de la carga fatigosa y estéril que ella les impone a los doce o trece años en la enseñanza de nuestros liceos”.
Ya hemos hecho notar antes, a otro respecto, la inconsecuencia y astucia de este proceder, que tiende a abolir los estudios que forman el fundamento de la educación, alegando por pretexto los mismos daños que con los malos métodos ha causado en su enseñanza; pero, una vez admitido el absurdo y pernicioso principio de que hay libertad de proclamar y enseñar toda clase de doctrina sin sujetarse a norma alguna, estos tristes resultados son lógicos y necesarios. ¡Contradicción providencial! Los mismos que en odio a lo sobrenatural han querido ensalzar la filosofía hasta tratarla como ciencia suprema por la que debían resolverse todas las cuestiones sin reconocerla superioridad de la teología; aquellos que, so pretexto de emanciparla, la arrebataron y separaron de la fe, que la ennoblecía, que aguzaba su vista, dilataba su horizonte y le comunicaba vigor y fortaleza; esos mismos son los que, al tratar de los estudios, dejan la filosofía destituida de medios para poder desarrollarse, o la obligan a hundirse en los más abyectos y repugnantes sistemas.
Con semejante estudio no es posible que se cultive el entendimiento de las generaciones que nos han de suceder, ni hay motivo para esperar, que se cicatricen las heridas de que se resienten todas las naciones que han dejado introducirse en su seno la falsa civilización fundada en los deletéreos principios de la Revolución francesa; antes por el contrario es de temer que se multipliquen los gérmenes del mal, los cuales nuestro Santísimo Padre el Papa, en su Encíclica Aeterni Patris, declara con las siguientes palabras:
“Quien quiera que fije la atención en la triste condición de nuestros tiempos, y registre con el pensamiento el modo cómo se manejan los negocios públicos y privados, hallará indudablemente que la causa fecunda, así de los males que nos afligen, como de los que ya nos amenazan, consiste en que las perversas máximas que, largo tiempo ha, habían salido de las escuelas de filosofía, acerca de las cosas divinas y humanas, admitidas por muchos con aplauso, han cundido por todas las clases sociales”.
Para que la filosofía sea verdadera guía y maestra de la vida, perfeccionadora del entendimiento y de la voluntad, es preciso que se enseñen íntegra y cuidadosamente sus tratados esenciales de lógica, metafísica y ética, porque es muy exacta aquella máxima de Bacon: “Ciertísimo es y averiguado por la experiencia que el estudio superficial de la filosofía, puede a veces conducir al ateísmo; pero que su profundo conocimiento hace retroceder para volver a Dios”; y ciertamente que el conocimiento profundo no se consigue con dos cursos de tres horas semanales cada uno, ni con las reducidísimas nociones que suministran los textos de uso corriente en tales cursos.
Si no se concede su justa extensión a la enseñanza de la filosofía, sobrevendrá un gravísimo daño; pues las cuestiones que trata son tan necesarias al hombre y tan vulgares, que las encuentra, las toca a cada paso, en cada momento de su vida; y si no las aprende fundamentalmente en la clase, las aprenderá en el club, en la logia o en la barricada, donde le enseñarán a llamar tiranía a la autoridad y libertad al desorden; donde aprenderá a proceder en todas sus acciones por miras de egoísmo y de ruines intereses, o por obediencia a tenebrosas potestades; y entonces la sociedad, impotente para oponer un dique a la avenida de las pasiones desbordadas, contemplará, llena de pavor y espanto, la destrucción por único fruto de la educación.
Por eso el antiguo sistema, persuadido como estaba de la necesidad e importancia de la filosofía, y estimando en más un estudio fundamental de la materia de mayor trascendencia que el desflorar superficialmente innumerables asignaturas, tomaba en el período de que tratamos por blanco directo de sus esfuerzos la enseñanza filosófica, alrededor de la cual se agrupaban naturalmente las demás ciencias, formando su honroso y galano cortejo. Ésta era la que se llamaba Facultad menor o Facultad de filosofía, en cuyo fructuoso estudio ocupaba tres cursos, desempeñando en ellos la filosofía el papel que corresponde a las letras clásicas en el período de las Humanidades; y por lo mismo tenía tiempo, holgura y extensión suficiente para tratar despacio y fijar en el ánimo de los alumnos las importantes cuestiones que abarca.
§ III
Al ver que el sistema antiguo insiste tanto sobre la necesidad de la filosofía, puede a cualquiera ocurrírsele que ningún lugar deja en los estudios secundarios para aquellos ramos del saber humano, que son hoy tenidos en grande estima, a saber, las ciencias matemáticas y los conocimientos que versan acerca de la naturaleza, comprendidos entre los antiguos bajo el nombre genérico de física. Bien lejos el antiguo sistema de mirar con desdén estos estudios, reconoce su importancia, puesto que al joven que después del Colegio ha de pasar a la Universidad, a fin de que este tránsito no se le haga demasiado brusco, supone conveniente ejercitarlo en algunos trabajos análogos a los que después ha de emprender; y en beneficio de aquellos que no han de seguir carrera, sino que de la segunda enseñanza han de pasar inmediatamente a diversas ocupaciones, procura comunicarles los suficientes conocimientos de aquellas materias que a cada paso han de oír tratar, y de las cuales se hace constante y ventajosa aplicación a los diversos usos de la vida.
Por lo demás, no es necesario ahora insistir en la importancia de unos estudios que de suyo son en la actualidad tan apreciados. Empero, conviene hacer notar que el sistema antiguo abraza estas materias en tanto en cuanto conviene al logro de su intento. El papel que por su naturaleza pertenece a la filosofía es el de ciencia destinada al desarrollo y perfección del entendimiento y de la voluntad del joven, y la más apta para cumplir plenamente este objeto; por lo cual, el sistema antiguo le da el primer lugar en este segundo período y alrededor de este punto céntrico dispone todos los demás estudios, como asignaturas auxiliares.
Y para que se vea a las claras cómo por el sistema antiguo, ni en extensión ni en profundidad salen desfavorecidos los estudios físicos y matemáticos, vamos a exponer a la vista del lector lo que para este período de la segunda enseñanza dispone el Ratio Studiorum de la Compañía de Jesús, nada sospechoso por cierto en esta materia, ya que algunos lo estigmatizan como símbolo de estagnación y de retroceso, y aun como enemigo de los adelantos modernos.
Y desde luego el buen sentido hará comprender a cualquiera, que ahora no podemos referirnos a lo que en los siglos pasados se enseñaba en las escuelas; pues es a todas luces evidente que entonces al explicar, por ejemplo, la física o la astronomía, era de todo punto imposible dar cuenta de lo que estaba velado en los arcanos del porvenir; ni se pudieron entonces enseñar las cosas que en este siglo se han descubierto, como ni ahora nos es dado adelantar noticias de los inventos que harán nuestros descendientes. Pero esto no obsta para que el sistema de los antiguos sea considerado como muy razonable; pues ninguna verdad rechaza, antes va abrazando cuantas descubre la investigación humana, aumenta con ellas su caudal científico, y marcha siempre al lado del progreso verdadero, adquiriendo el desarrollo que este mismo progreso exige. Bastará para convencernos de esto dar una ojeada a las prescripciones del Ratio, tal como ha sido modificado a consecuencia de los modernos adelantos.
Durante los tres años que señala para este período escolar, dedica dos horas diarias a la filosofía, como materia principal y fundamento de las demás, a excepción de un año en que, para dar más tiempo a los otros ramos, se contenta con una hora. Por lo que toca a las demás materias, establece el principio de que por ningún estilo deben descuidarse, mucho menos en estos tiempos en que la impiedad abusa de ellas para atacar la Religión; y así establece que el profesor debe enterarse de los adelantos que van haciendo continuamente estas ciencias y seguir en sus lecciones aquel progreso.
Cuando trata de lo que debe enseñarse en física, enumera todos los tratados que suelen contener los mejores autores de esta ciencia; menciona además la química, cosmografía e historia natural, previniendo que si en algún lugar exigen las circunstancias cursos especiales de algunos ramos, como de mecánica racional, astronomía, química más ampliada, etc., sin ninguna dificultad pueden abrirse.
En cuanto a matemáticas, el plan de que venimos hablando señala más tratados que los mismos planes oficiales vigentes; pues ordena la explicación del álgebra, geometría, trigonometría rectilínea y esférica; y para los que han mostrado buenas disposiciones y han salido aprovechados en los estudios anteriores, resérvala geometría analítica y el cálculo diferencial e integral.
Finalmente, como a la filosofía no se le dan más que dos horas diarias de clase, y aun en uno de los tres años puede no dársele más que una, cualquiera ve que ha de sobrar tiempo mucho más que suficiente para estudiar con perfección todas las otras ciencias.
Acerca del modo de enseñar estas ciencias, quiere el citado Ratio Studiorum que no se contente el profesor con una mera narración histórica de los fenómenos, sino que use el método científico y demuestre las proposiciones ciertas, aduciendo pruebas experimentales, raciocinando o aplicando el cálculo matemático.
Respecto de la multitud de hipótesis que han formulado los que se dedican a estos estudios, debe el maestro discutirlas, de modo que los alumnos perciban el grado de probabilidad que tenga cada una de ellas, y sepan discernir claramente lo cierto e inconcuso de lo que no pasa de probable; y partiendo del principio de que es intrínsecamente imposible que una verdad esté en contradicción con otra, se debe cuidar de que la doctrina demostrada en filosofía como cierta no se presente como falsa en las clases de ciencias, lo cual cedería sin duda en desdoro de las mismas.
Por último, no ha de olvidar el profesor, que es cristiano, y cristianos son también sus discípulos; por lo tanto debe enseñarles a elevarse del conocimiento de las cosas creadas, cuyas propiedades y maravillas estudian, al conocimiento y amor del Creador; pues, según la sublime doctrina del Apóstol (Rom. I, 20) “las perfecciones invisibles de Dios, con su eterno poder y divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo, por el conocimiento que de ellas nos dan sus criaturas”.
