MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.
Hoy nos encomendamos a:
SAN ANDRÉS CORSINO
Carmelita, Obispo de Fiésole (1302-1373)

LA familia de los Corsini era una de las más nobles de Florencia a fines del siglo XIII. Nicolás Corsini y su esposa Pelegrina señalábanse tanto por su piedad como por su ilustre linaje, pero no tenían hijos.
Habiendo oído a un predicador estas palabras del Éxodo: «No seas remiso en ofrecer al Señor los diezmos y primicias», prometieron a Dios consagrar a su perpetuo servicio al primer hijo, si se dignaba darles alguno. Hicieron este voto cada uno de por sí, ignorándolo el otro, en la iglesia de los Padres Carmelitas, ante una imagen de María llamada Nuestra Señora del Pueblo. Al volver de la iglesia, comunicáronse el uno al otro lo que acababan de prometer a Dios y, admirados de la feliz coincidencia, arrodilláronse y renovaron la promesa.
SUEÑO DE UNA MADRE
NO tardó el Señor en atender a sus deseos, y Pelegrina no cesaba de suplicarle que el hijo que llevaba en el seno agradase toda su vida a la divina Majestad. La víspera de darle a luz tuvo un sueño. Parecióle que de ella nacía un lobo, lo cual la dejó desconsolada. Quejábase de ello a la Santísima Virgen, cuando vio que aquel lobo, entrando en una iglesia, se convirtió al punto en manso cordero. Aquí se despertó, y pasó todo el día averiguando lo que podía pronosticar sueño tan singular, pero no se atrevió a hablar a nadie de ello.
Al día siguiente, 30 de noviembre de 1302, festividad de San Andrés, dio Pelegrina a luz un hijo al que puso por nombre el del santo Apóstol. Mucho se cuidaron los piadosos consortes de encaminar a la práctica de la virtud a aquel hijo que estaba ya dedicado al servicio de la Reina de los Ángeles, pero Andrés no correspondió desgraciadamente a sus cuidados y deseos. A la edad de doce años era ya muy desobediente y rebelde, contrariando en todo la voluntad de sus padres, y en la ciudad todos los días daba ocasión a riñas y pendencias. Sólo mostraba gusto y afición al juego, a las armas y a la caza, importándole muy poco la religión y las iglesias; en una palabra, no pensaba sino en pasatiempos y regalos, sin molestarse lo más mínimo por adquirir virtudes cristianas.
Con razón temían sus virtuosos padres que Andrés tuviera muy desgraciado fin. pero no atinaban en el medio eficaz de hacerle mudar de vida. Siendo de edad de quince años, mostróse cierto día muy descomedido e insolente con su madre. Como le llamase para reprenderle y no quisiese obedecer y aun juntase a la desobediencia palabras desvergonzadas y atrevidas, ella le dijo: «¡Ah!, ya lo comprendo ahora; verdaderamente eres tú aquel lobo que yo vi en sueños.» —«¿Y qué sueño es ése? —preguntó Andrés sorprendido por las palabras de su madre—, y ¿cómo dices que soy un lobo?» —«Sabe, hijo mío —respondió ella—, que tu padre y yo hicimos voto a la Virgen nuestra Señora de dedicarle el primer hijo que tuviésemos. Sabe también que tuve un sueño: parecióme que daba a luz a un lobo, el cual entrando en una iglesia tomó la figura de cordero. Ya ves, hijo mío, que eres de la Virgen y estás dedicado a servirla; te ruego, Andrés, no dejes de amar y servir a Patrona tan poderosa.»
Como dardo divino penetraron en el corazón de Andrés las palabras de su madre. Pidióle perdón muy compungido, y pasó la noche siguiente pensando en la Virgen María a la que dirigió esta sentida súplica: «¡Oh Reina de los Ángeles!, ya que soy tuyo, servirte quiero todos los días de mi vida con todo el fervor de mi corazón. Sólo te pido que ruegues a tu piadosísimo Hijo se digne perdonarme todos los extravíos de mi juventud. Así como hasta ahora no te he dado sino disgustos, en adelante, oh Virgen María, te serviré y agradaré mudando de vida.»
ENTRA EN LA ORDEN CARMELITANA
PASÓ Andrés toda la noche entretenido con estos sentimientos de arrepentimiento y amor a María, y al amanecer el día siguiente, corrió a la iglesia de los Padres Carmelitas.
Arrodillado ante la imagen de Nuestra Señora del Pueblo, le dirigió esta súplica: «¡Oh gloriosísima Virgen María! Aquí tienes a tus plantas al lobo feroz y repleto de culpas que a Ti acude humildemente. Ya que eres Madre del Cordero sin mancha cuya sangre nos ha lavado y redimido, ruegote que me limpie y de tal manera convierta mi cruel naturaleza de lobo, que de hoy en adelante sea yo mansísimo y fidelísimo cordero digno de serle ofrecido como víctima y servirle basta mi muerte en su santísima Orden carmelitana.»
Así estuvo en oración y deshecho en lágrimas hasta la hora de Nona. Levantóse luego y se fue al prior del convento que era el provincial de Toscana, Jerónimo Migliorato, y de rodillas le pidió el hábito de aquella sagrada Orden. —¿Y cómo os habéis decidido a ello —preguntóle el Padre—, siendo como sois de noble familia y rico en toda clase de bienes? —Obra es ésta del Señor —respondióle Andrés— y también de mis piadosos padres, los cuales hicieron voto de dedicarme para siempre y en este lugar al servicio de la Reina de los Ángeles. Esperad unos instantes —repuso el provincial—; dentro de poco os daré contestación. Y al punto hizo llamar a los esposos Corsini y juntó a todos sus religiosos.
Los padres de Andrés, que no sabían el paradero de su hijo, oyeron la noticia con inefable gozo. Acudieron a la iglesia, y aquella venturosa madre no pudo contener su alborozo: – ¡Oh Dios mío —exclamó—; por fin mi hijo de lobo se ha convertido en cordero! Recibió, en efecto, el hábito carmelitano en 1318 y sus padres le llenaron de bendiciones. Las pasiones a las que hasta entonces había dado rienda suelta aguijonearon cruelmente su corazón, pero Andrés las castigó con ásperas y frecuentes disciplinas, con ayunos continuos, con la práctica de la obediencia y silencio, con las más humillantes penitencias, en una palabra, con el ejercicio de las virtudes opuestas a sus viciosas inclinaciones.
Mofábanse de él algunos deudos suyos y antiguos compañeros de libertinaje, mas él todo lo aguantaba en silencio. Cierto día, mientras Andrés hacía de portero y los demás frailes comían, llamaron a la puerta con insistencia. Antes de abrir, observó Andrés por una ventanilla y vio que era un señor muy bien trajeado acompañado de varios criados el cual, al verle, le gritó con voz de mando:
—Abre de prisa, que soy tu pariente, y no puedo consentir que permanezcas más tiempo con estos pordioseros; también tus padres quieren que vayas, pues te han buscado y te han elegido una esposa joven y hermosa. —No abriré —le contestó Andrés—, pues tengo mandado por la obediencia no abrir a nadie sin permiso. No creo yo que seas pariente mío, pues no te conozco; y si aquí en el convento sirvo a pobres religiosos, también Jesucristo se hizo hombre para servirnos. Tampoco creo que sea voluntad de mis padres que yo me vaya del convento, pues ellos mismos me dedicaron al servicio de Dios y de María, de lo que yo me alegro infinito. Lo que sí creo es que tú eres algún pariente del demonio. —Oye, Andrés, abre un rato para que hable contigo de ciertos asuntos; abre, que no nos verá el prior. . —Y aunque el prior no nos vea —replicó Andrés—, allá arriba está Dios que ve los corazones y para quien nada hay oculto. Por su santo amor estoy ahora custodiando esta entrada, para que Él me guarde y ampare. Y al terminar esas palabras, armóse con la señal de la cruz. El tentador, que era el mismo demonio, confuso y corrido desapareció al instante con todo su séquito.
Dió Andrés gracias al Señor y sacó de la tentación nuevo vigor y mayores bríos para seguir adelante en el camino de la virtud.
AMOR A LAS HUMILLACIONES Y CELO POR LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS
TRANSCURRIDO algo más de un año de prueba de ejercicios de rigurosísima penitencia, profesó Andrés en la Orden carmelitana el día después de la Epifanía, 7 de enero de 1319, y ya nunca aflojó en el fervor del noviciado. Singular empeño puso en practicar la virtud de humildad. Era su contento poder servir a los pobres y enfermos acordándose de las palabras del Salvador: «Lo que al menor de los míos hicisteis, a mí me lo hicisteis.»
Nunca dejó de asistir a los Oficios, y tanto de día como de noche llegaba el primero al coro. Jamás se le vio remiso para cumplir los mandatos de sus superiores; cuantas más cosas le mandaban, más alegre se mostraba. Conocedor del valor del tiempo, para no desperdiciar un solo momento, diose con ardor y asiduidad al estudio de la Sagrada Escritura.
Supo conciliar el estudio de las ciencias con el ejercicio de las virtudes, mostrándose varón sapientísimo y poderosísimo en obras y en palabras. Pidió cierto día al provincial como especialísimo favor, le dejase ir—como él decía— todos los viernes a la Cruz. En ese día se disciplinaba hasta derramar sangre, y luego, con un cesto colgado al cuello, recorría la calle mayor donde vivían los nobles y algunos de sus propios deudos y mendigaba de ellos pan y otras limosnas.
Sus parientes, avergonzados de ver a Andrés hecho un mendigo, se indignaban contra él, incitando a la gente a que se burlase del Santo y le lanzase injurias y denuestos. Pero Andrés proseguía gozoso, diciéndose a sí mismo: «Mi Señor Jesús, injuriado, no injuriaba; abrumado de dolores, no se enojaba.»
Con el amor a las humillaciones y desprecios, juntaba Andrés extraordinaria abstinencia y austeridad. A más de los ayunos de la Iglesia y de la Orden, ayunaba él a pan y agua los lunes, miércoles, viernes y sábados en honra de Nuestra Señora. Dormía sobre paja y sin quitarse el áspero cilicio que traía a raíz de su carne. Sentía el joven carmelita deseo insaciable y encendido celo del bien de las almas, y Nuestro Señor le favorecía a menudo dándole gracia y eficacia para ayudar a los pecadores y sacarlos del pecado.
Había un deudo suyo que padecía una llaga que le iba comiendo y consumiendo poco a poco la pierna, y para alivio y remedio de su tristeza y dolores, se entretenía todo el día en juegos y pasatiempos, de manera que su casa era un verdadero garito público. Al salir Andrés un viernes a pedir limosnas, se fue a ver a su pariente enfermo y le dijo: «Tío Juan, ¿desea usted curarse?» «Fuera de aquí, mendigo —le contestó Juan—. ¿quieres burlarte de mí? «No se enfade usted, tío —repuso Andrés—. Si quiere usted curarse, siga mis consejos.» El tío Juan se calmó poco a poco. «Haré cuanto me digas —añadió—, con tal que no exceda de mis fuerzas.» «Si desea usted curar —le dijo Andrés—, deje esos juegos durante siete días, ayune otros seis y durante los siete siguientes rece usted siete Padrenuestros y siete Avemarias y una Salve, y le prometo que la Virgen le alcanzará la curación.» No era el tío Juan hombre devoto. Sin embargo, encantado de la sencillez de Andrés, le prometió que cumpliría con todo, como en efecto lo hizo dando de mano a los juegos, rezando y ayunando. El último día, que era sábado, fue Andrés a enterarse de cómo seguía su tío. Éste, al verle, exclamó: «Ciertamente eres amigo de Dios; ya desapareció el mal; antes no podía moverme y ahora camino como un joven.» «Vamos al convento», le dijo Andrés. Y los dos fueron a postrarse a los pies de la Virgen, y juntos rezaron durante un buen rato. Terminada la oración, Andrés dijo a su tío: «Quítese usted las vendas de la pierna, pues ya está usted del todo curado.» Las carnes parecían, en efecto, sanas como las de un niño, siendo así que antes estaban consumidas hasta el hueso.
Juan mudó de vida y vino a ser muy devoto, no cesando de dar gracias a Dios y a la Virgen Santísima.
PROMOCIÓN AL SACERDOCIO. PRIOR DEL CONVENTO DE FLORENCIA
LOS adelantos de Andrés en el camino de la virtud eran continuos. Habiendo adquirido notables conocimientos en la ciencia teológica, fue promovido al sacerdocio en 1328. Sus deudos lo tenían ya todo previsto y dispuesto para festejarle con músicas y banquetes el día en que cantase su primera misa. Pero el humilde religioso desbarató por completo sus planes.
Retiróse a un pobre monasterio distante siete millas de Florencia, y allí, como nadie le conocía, pudo ofrecer al Señor las primicias de su sacerdocio con maravilloso recogimiento y devoción. Para que se entendiese cuán grato había sido al cielo aquel sacrificio, la Reina del cielo, acompañada de innumerables ángeles, se le apareció cuando celebraba, después de la comunión, y le dijo aquellas palabras de Isaías: «Tú eres mi siervo, y yo me gloriaré en ti.» Quedó Andrés con esta visión más humilde y confuso, y procuró hacerse cada día más digno de mayores favores y gracias del Señor.
Predicó Andrés durante una temporada en Florencia, y después fue enviado a la universidad de París, donde estudió tres años la Teología y Sagrada Escritura graduándose de doctor; luego pasó a Aviñón, residencia por entonces del Papa, y en dicha ciudad halló a su tío el cardenal Corsini. En Aviñón devolvió el Santo la vista a un ciego que a la puerta de la iglesia pedía limosna. Volvió al convento de Florencia y curó a un religioso hidrópico.
Por aquel tiempo tuvieron los Padres carmelitas un capítulo provincial y nombraron a Andrés prior del convento de Florencia, en cuyo cargo mostró claramente los maravillosos dones que del cielo había recibido para trabajar eficazmente en la santificación de las almas.
Complacióse Dios nuestro Señor en descubrir más a las claras la santidad de este virtuoso varón con el don de profecía. Habiéndole rogada encarecidamente un amigo suyo que fuese padrino de uno de sus hijos, condescendió el Santo, y al tiempo que tenía al niño en sus brazos durante la ceremonia, Andrés enternecido, lloró copiosas lágrimas. Preguntóle su amigo la causa de aquel llanto, y tanto le instó, que al fin respondióle Andrés: «Lloro porque este niño tendrá desgraciadísimo fin y será la ruina de su familia, a menos que muera joven o abrace el estado religioso.» —«Preferiría que fuese cantinero del ejército o bandolero, antes que verle religioso,» El vaticinio de Andrés se cumplió; su ahijado entró a los veinte años a formar parte de una pandilla de malhechores, se conjuró contra su patria y murió, por sus crímenes, a manos del verdugo. Su familia quedó infamada y fue excluida de cargos y privilegios.
ES NOMBRADO OBISPO. PRODIGIOSA CARIDAD
MIENTRAS Andrés daba a sus hermanos y a las poblaciones de Toscana ejemplo de todas las virtudes, murió el obispo de Fiésolei ciudad situada a tres millas de Florencia. El cabildo catedralicio nombró por unanimidad para sucederle al prior de los carmelitas de Florencia. Pero en cuanto Andrés tuvo noticia de esta elección, huyó secretamente a la Cartuja, para evitar carga tan pesada. Inútiles fueron las pesquisas llevadas a cabo en Florencia para descubrirle, y ya los canónigos de Fiésole iban a proceder a nueva votación, cuando Dios permitió que un niño de tres años indicase dónde estaba escondido el Santo. Presentóse el niño ante la asamblea no obstante la oposición de los electores, y dijo alzando la voz: «El Señor ha escogido a Andrés para obispo nuestro y está orando en la Cartuja; allí le hallaréis.» Al mismo tiempo, un mancebo vestido de blanco apareció al prior de los Carmelitas mientras oraba y le dijo: «No temas, Andrés, porque yo te guardaré y la Virgen María te protegerá y te ayudará en todas tus empresas.» Al fin consintió en serlo, pues no quería oponerse a la voluntad del Señor.
Fue confirmada su elección por el Sumo Pontífice el día 13 de octubre del año 1349. Lejos de aflojar en la mortificación con su nuevo cargo, tratóse más ásperamente que antes; ya no se contentó con traer un cilicio a raíz de sus carnes, sino que añadió una cadena de hierro. Rezaba diariamente los siete salmos Penitenciales y las letanías de los Santos disciplinándose con rigor. Unos cuantos sarmientos esparcidos por el suelo eran su cama.
Repartía el tiempo entre la oración y los trabajos del episcopado, sin dedicar ni un solo momento a recreos o diversiones. Para distraerse a ratos de sus ocupaciones, leía y meditaba la Sagrada Escritura.
Una de las cualidades más salientes del corazón de Andrés fue sin duda la exquisita ternura que le movía fácilmente a compasión a vista de las desgracias y necesidades del prójimo. Su caridad para con los menesterosos y más para con los vergonzantes, era extremada. A éstos buscábalos solícito y procuraba socorrerlos con todo secreto.
Dióle Dios a entender cuánto se agradaba de su caridad y limosnas con ocasión de una terrible hambre durante la cual, habiendo dado Andrés a los pobres todo el pan que tenía en casa, y como llegaban cada vez más, proveyóle el Señor milagrosamente de gran cantidad de panes para dar de comer a todos ellos.
A imitación de Jesucristo, Señor nuestro, lavaba cada jueves los pies a algunos pobres. Unos de éstos no quiso una vez mostrarle sus piernas porque estaban cubiertas de asquerosas llagas; pero venció Andrés la resistencia del pobre, y apenas se las hubo lavado y enjugado cuando se hallaron del todo sanas. Siguiendo las pisadas de San Gregorio Magno, tenía una lista de todos los pobres que conocía para poder mejor socorrerlos, y nunca despachó a ninguno de ellos sin darle alguna limosna.
Esta caridad que le impulsaba a tener tanto cuidado de curar y remediar los cuerpos, llegaba con mayor influjo a las almas. Poseía el don especial de traer a la amistad a los rencorosos y atajó todas las riñas y pendencias que en su época ocurrieron en Fiésole y Florencia.
Envióle el papa Urbano V por nuncio suyo a Bolonia para que pusiese término a las discordias entre la nobleza y el pueblo. El legado pontificio restableció la paz en la ciudad, y ya no hubo contiendas mientras vivió el Santo. No contento con proveer a las almas y a los cuerpos de sus ovejas, que eran para él templos espirituales de Jesucristo, trabajó también en reparar algunos templos materiales y mandó reedificar la catedral que se hallaba en estado ruinoso.
SU MUERTE. VENERACIÓN AL SANTO
EN el año de 1372, estando el santo obispo diciendo misa solemne la noche de Navidad, sintió un ligero dolor y malestar. Fue luego acometido de maligna calentura que aumentó por momentos, llegando a un grado que ya no dejaba lugar a esperanzas de curación.
Andrés, sin embargo, permanecía tranquilo: la Virgen le había avisado que el día de Reyes partiría de este mundo para entrar en la mansión de la gloria. Dio el mejor orden que pudo a las cosas de su obispado, y el día de la Epifanía del año 1373, aniversario de su profesión religiosa, se hizo traer el Salterio y rezó con los circunstantes los tres símbolos: el de los Apóstoles, el de Nicea y el de San Atanasio. Mientras el santo, moribundo, rezaba devotamente este versículo del cántico de Simeón: Nimc dimittis servum tuum Dómine, entregó apaciblemente su espíritu al Señor.
El Martirologio Romano hace el elogio de este Santo en el día 6 de enero. Hay quien señala como fecha de su muerte el día 8 del mismo mes; Bolando la pone en el día 13. Andrés Corsini fue beatificado por Eugenio IV y canonizado por Urbano VIII el 22 de abril de 1629.
Su fiesta, señalada para el día 4 de febrero, fue mandada celebrar con rito de doble por Clemente XII, de la familia Corsini, el 3 de enero de 1731. Su cuerpo, trasladado a Florencia el 26 de octubre después de su muerte, descansa en una capilla de la iglesia de los Padres Carmelitas.
EL SANTO DE CADA DÍA
EDELVIVES
