ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO
En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: Habrá prodigios en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra consternación de las gentes, a causa de la confusión que les causará el sonido del mar y de las olas, consumiéndose de miedo los hombres por la expectación de lo que sucederá a todo el mundo; porque se conmoverán las virtudes de los cielos, y entonces verán venir al Hijo del hombre sobre una nube con gran majestad y poderío. Cuando comiencen a verificarse estas cosas, mirad arriba, y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención. Y les dijo una parábola: Mirad la higuera y todos los árboles, cuando han echado su fruto, sabéis que es porque está cercano el estío; de la misma manera vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. Os digo de verdad que no pasará esta generación sin que sucedan estas cosas. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
Con este Primer Domingo de Adviento comienza un nuevo Año Litúrgico, que nos es concedido para glorificar a la Santísima Trinidad y a toda su Corte Celestial, así como también para nuestra santificación.
Sabemos que Jesucristo es el objeto de la Liturgia; por esta razón, el Año litúrgico es la manifestación de Jesucristo y de sus misterios; es el Ciclo Sagrado donde las obras divinas brillan en torno a su propio centro, Nuestro Señor Jesucristo, desde la inefable Encarnación del Verbo, hasta su Parusía; pasando por su Pasión, su Victoria; la venida del Espíritu Santo; la Santísima Trinidad; para contemplar, entretanto, la Sagrada Eucaristía, las glorias inenarrables de la Madre de Dios, el esplendor de los Ángeles, los méritos y triunfos de los Santos…
Es por eso que la Iglesia celebra cada año los diferentes aniversarios de los principales sucesos de la vida del Salvador, de manera que podamos seguir siempre participando más y más de sus saludables efectos.
De este modo, cada Tiempo Litúrgico representa una fase de la vida de Jesús y nos trae consigo gracias especiales. Importa, pues, y mucho, conocer cuál es el espíritu peculiar que caracteriza a cada Tiempo y mantener siempre en nuestra alma las disposiciones debidas, para aprovecharse de la eficacia propia del misterio celebrado.
Este compendio de la vida de Jesús, el Año Litúrgico, se divide en dos ciclos: el Ciclo de Navidad y el Ciclo de Pascua.
La existencia de Jesús como hombre ha tenido un comienzo: es su venida a la tierra y su nacimiento en Belén.
Pero la Primera Venida tendrá su complemento y continuación en su Vuelta gloriosa al fin de los tiempos.
Por lo tanto, no es extraño que la Liturgia haya pensado aproximar estos dos sucesos del Señor, el uno humilde, el segundo magnífico. Y por eso, el Año Litúrgico, tanto en su comienzo como en su fin, quiere llamar la atención del cristiano sobre el acontecimiento por el cual debe suspirar continuamente, que es la base de su esperanza, y que San Pablo sintetiza así: ¡En el nombre de su aparición y de su reino!
¿Qué debemos hacer, pues, para penetrarnos del espíritu litúrgico y servirnos de él para nuestra santificación?
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El Profeta Isaías ha sido a veces representado en la iconografía con la mirada dirigida hacia lejanías misteriosas, con la mano sobre la frente para permitir a sus pupilas captar las cosas futuras.
Esta actitud representa la del pueblo judío en el Antiguo Testamento, a la espera del Mesías; ella es la que debe tener todo cristiano, esperando su Parusía o Segundo Advenimiento en gloria y majestad.
Pero, ¿en qué consistía exactamente la expectación de los judíos? Ellos esperaban la aparición de un rey poderoso, un jefe que debía restablecer el reino de Israel.
Es fácil seguir en los Santos Evangelios el desarrollo de esta creencia; contraria, sin embargo, a las Profecías. La Sinagoga tenía los ojos cegados, los oídos sordos, el corazón helado por la exégesis rabínica. Ella no pudo, pues, reconocer a Aquél que venía a obedecer hasta la muerte de Cruz, llevando sobre sí el pecado del mundo…
Ahora bien, ¿cuál es la actitud de los cristianos de hoy? Teóricamente, todos esperan, implícita o explícitamente, la vuelta gloriosa de Cristo. Pero, de hecho, fundan mucho más su vida de fe sobre la vida terrestre y pasada de Cristo, que sobre las prodigiosas promesas referentes al futuro.
Rara vez los católicos hacen el gesto del profeta Isaías, colocando la mano horizontalmente sobre su frente, para avistar mejor las maravillas lejanas del Día del Señor…
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Debemos tener en cuenta que Nuestro Señor Jesucristo quiso hacerse conocer en su Primera Venida por señales y profecías. Ahora bien, de la misma manera, su Segunda Venida está anunciada por señales y profecías, que se cumplirán a la letra como la primera vez.
Y conforme a ello, esperamos el Reinado de Cristo y la consumación del Reino de Dios. Y esta es nuestra petición de cada día: Venga tu reino…, pues no se ha establecido todavía el reinado de Dios.
Nuestro Señor quiso que sus contemporáneos tuviesen muy en cuenta las señales que Él ofrecía; pero todas estas señales a los ojos de los judíos sólo fueron señales de contradicción, pues, según su concepción alterada del Mesías, éste debía ser rey, pero no un crucificado y sepultado.
Fe profunda y robusta necesitaban los contemporáneos de Jesús para guiarse en medio de semejante enredo de signos aparentemente contradictorios.
La Virgen María fue la primera que recibió, en lo más íntimo de su ser, el choque del misterio de Cristo. ¡Qué señal de contradicción en el primer día de la vida de Jesús! ¡Y en el último…! ¡Cruel enigma para el alma de María!
Pero, primero que nadie, pudo Ella hacer la síntesis del doble aspecto que revestiría su Hijo: sería un varón de dolores y blanco de la contradicción, y sería Rey.
La Madre pudo entonces percibir, bajo la aparente contradicción de la vida de Jesús, el desarrollo de todo el misterio de la Redención: El Mesías sería primero EL CORDERO DE DIOS, que quitó el pecado del mundo, en su primer Advenimiento; a su vuelta, en su Parusía, será el LEÓN DE JUDÁ; que soltará los sellos del libro y reinará…
Leemos en el Apocalipsis la descripción de esa magnífica visión:
“El León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha triunfado, de suerte que abra el libro y sus siete sellos. Y vi que en medio delante del trono y de los cuatro vivientes y de los ancianos estaba de pie un Cordero como degollado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios en misión por toda la tierra. El cual vino y tomó el libro de la diestra de Aquel que estaba sentado en el trono. Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, teniendo cada cual una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: Tú eres digno de tomar el libro, y de abrir sus sellos; porque Tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda tribu y lengua y pueblo y nación; y los has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes, y reinarán sobre la tierra. Y miré y oí voz de muchos ángeles alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos; y era el número de ellos miríadas de miríadas, y millares de millares; los cuales decían a gran voz: Digno es el Cordero que fue inmolado de recibir poder, riqueza, sabiduría, fuerza, honor, gloria y alabanza. Y a todas las creaturas que hay en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que hay en ellos oí que decían: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Y los cuatro vivientes decían: Amén. Y los ancianos se postraron y adoraron.”
Los Apóstoles, por su parte, participaban de las ideas de los judíos en general acerca del Mesías, Rey y Jefe; y, al igual que ellos, rechazaban la señal de la humillación y del sufrimiento, a pesar de las enseñanzas reiteradas de los Profetas y del mismo Jesucristo.
Es preciso notar aquí que las señales que tienen tanta importancia para reconocer la huella del Señor pueden también conducir al error al espíritu que se aferra a ideas preconcebidas.
Los judíos no pensaban más que en una cierta realeza mesiánica, no en aquella que Jesús les ofrecía; entonces rechazaron a su rey. Dejaron en la penumbra las señales y las profecías de la humillación, del dolor y de la muerte.
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Sin embargo, la profecía tuvo en el curso de la vida del Mesías un cumplimiento permanente; todas las profecías bíblicas vienen a concentrarse sobre la persona del Hijo de Dios. Todo estaba escrito para su Primera Venida y todo está escrito para la Segunda.
Los Profetas han sido los depositarios de los secretos del Padre referente a su Hijo; ellos han escrito toda la vida de Cristo.
Jesús ha desenrollado la primera parte del rollo del Libro, cumpliendo a la letra las Profecías referentes a su Primera Venida; también desenrollará el rollo hasta el fin al venir por Segunda vez, para cumplir, con no menos exactitud, las Profecías referentes a su Vuelta y a su Reino glorioso.
De este modo, es necesario prestar bien atención al hecho de que los secretos de Dios, confiados a los Profetas, están divididos en dos grupos proféticos.
El primero anunciaba el nacimiento del Mesías, su vida humillada, la revelación de la ley de gracia y, sobre todo, las circunstancias precisas de su muerte dolorosa. Jesús mismo ha puesto el sello sobre estas profecías y, a fin de señalar su completa realización, sus últimas palabras sobre la Cruz fueron: Todo está cumplido… Consummatum est.
El segundo grupo profético anuncia un Mesías glorioso y Rey con todos los grandes acontecimientos del fin de los tiempos.
Las Profecías del Antiguo Testamento, han sido completadas por la enseñanza de los Apóstoles y, sobre todo, por la Revelación o Apocalipsis, hecha por el mismo Jesús a San Juan en la Isla de Patmos.
El Apocalipsis es el libro final que pone el sello sobre el segundo grupo profético. Y así como Jesús dijo al morir Todo está cumplido, dice a San Juan para sellar su propia revelación: He aquí, Yo hago todo nuevo. Escribe, que estas palabras son fieles y verdaderas. Se han cumplido. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin…
Comprobamos, pues, que Jesús, por su última palabra sobre la Cruz, confirma las Profecías realizadas en Él: Todo está cumplido; y también confirma que las profecías, no realizadas todavía, se cumplirán; y que entonces dirá: Se han cumplido.
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Los anuncios de la Parusía y del Reino son renovados alrededor de trescientas veinte veces en el Nuevo Testamento, pues, en adelante la atención del cristiano debe estar dirigida hacia ese día: «Helo aquí, ya viene«.
Los Apóstoles hablan a menudo de ese Día del Señor. El Apóstol San Pedro nos propone, en su primera epístola, una síntesis muy viva de la plenitud del misterio de Cristo, pues él ha visto las horas dolorosas de su Señor; y ha visto también su gloria en la Transfiguración, en la Resurrección, en la Ascensión. Dice así:
A Jesucristo amáis sin haberlo visto; en Él ahora, no viéndolo, pero si creyendo, os regocijáis con gozo inefable y gloriosísimo, porque lográis el fin de vuestra fe, la salvación de vuestras almas. Sobre esta salvación inquirieron y escudriñaron los profetas, cuando vaticinaron acerca de la gracia reservada a vosotros, averiguando a que época o a cuáles circunstancias se refería el Espíritu de Cristo que profetizaba en ellos, al dar anticipado testimonio de los padecimientos de Cristo y de sus glorias posteriores. A ellos fue revelado que, no para sí mismos sino para vosotros, administraban estas cosas que ahora os han sido anunciadas por los predicadores del Evangelio, en virtud del Espíritu Santo enviado del cielo; cosas que los mismos ángeles desean penetrar. (I Ped. I, 8-12).
Estas cosas, las cuales los Ángeles desean penetrar con su vista, ¿no son acaso los tiempos misteriosos del Día del Señor?
La primera parte ya está realizada; la segunda permanece en el misterio profético. Y es en este misterio donde los Ángeles desean hundir sus miradas. Como nosotros, esperan su manifestación.
Comprobamos, pues, que los Apóstoles, apoyándose sobre la profecía, creían en la Vuelta del Señor y en el establecimiento de su Reino. Es más, muy deseosos de ver esos días, enseñaban a los cristianos los medios de apresurar la aparición. Escuchemos a San Pedro (II Ped., III, 12):
Carísimos, he aquí que os escribo esta segunda carta, y en ambas despierto la rectitud de vuestro espíritu con lo que os recuerdo, para que tengáis presentes las palabras predichas por los santos profetas y el mandato que el Señor y Salvador ha transmitido por vuestros apóstoles; sabiendo ante todo que en los últimos días vendrán impostores burlones que, mientras viven según sus propias concupiscencias, dirán: “¿Dónde está la promesa de su Parusía? Pues desde que los padres se durmieron todo permanece lo mismo que desde el principio de la creación.” Se les escapa, porque así lo quieren, que hubo cielos desde antiguo y tierra sacada del agua y afirmada sobre el agua por la palabra de Dios; y que por esto, el mundo de entonces pereció anegado en el agua; pero que los cielos de hoy y la tierra están, por esa misma palabra, reservados para el fuego, guardados para el día del juicio y del exterminio de los hombres impíos. A vosotros, empero, carísimos, no se os escape una cosa, a saber, que para el Señor un día es como mil años y mil años son como un día. No es moroso el Señor en la promesa, antes bien —lo que algunos pretenden ser tardanza— tiene Él paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen al arrepentimiento. Pero el día del Señor vendrá como ladrón; y entonces pasarán los cielos con gran estruendo, y los elementos se disolverán para ser quemados, y la tierra y las obras que hay en ella no serán más halladas. Si, pues, todo ha de disolverse así ¿cuál no debe ser la santidad de vuestra conducta y piedad para esperar y apresurar la Parusía del día de Dios, por el cual los cielos encendidos se disolverán y los elementos se fundiran para ser quemados? Pues esperamos también conforme a su promesa cielos nuevos y tierra nueva en los cuales habite la justicia. Por lo cual, carísimos, ya que esperáis estas cosas, procurad estar sin mancha y sin reproche para que Él os encuentre en paz. Y creed que la longanimidad de nuestro Señor es para salvación, según os lo escribió igualmente nuestro amado hermano Pablo, conforme a la sabiduría que le ha sido concedida; como que él habla de esto mismo en todas sus epístolas, en las cuales hay algunos pasajes difíciles de entender, que los ignorantes y superficiales deforman, como lo hacen, por lo demás, con las otras Escrituras, para su propia ruina. Vosotros, pues, carísimos, que lo sabéis de antemano, estad en guardia, no sea que aquellos impíos os arrastren consigo por sus errores y caigáis del sólido fundamento en que estáis. Antes bien, creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A Él sea la gloria ahora y para el día de la eternidad. Amén.
El Apóstol expone aquí la verdadera doctrina sobre el retorno de Cristo.
San Pedro nos enseña cómo podemos apresurar la Parusía, y nos muestra la espiritualidad dichosa y santa que resulta de vivir esa esperanza, pues sabiendo que todo lo ha de consumir el fuego, cuidaremos de no poner el corazón ni en los objetos ni en nuestras obras, sino de conservarnos inmaculados y esforzarnos por anticipar ese día, con la mirada puesta en Cristo, autor y consumador de nuestra fe.
Hace notar San Pedro la atención que también prestó San Pablo en todas sus Epístolas a este sagrado asunto que tanto suele olvidarse hoy.
Nosotros podemos, pues, apresurar la Parusía y el Reino de Cristo. ¡Qué responsabilidad el no vivir en santidad y piedad, o en balbucear con negligencia el Adveniat regnum tuum, o recitar, sin alma, en el Credo: Et iterum venturus est cum gloria…!
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A lo largo del Año Litúrgico, no miremos solamente al pequeño Niño, o al Servidor, o al Varón de dolores sometido al suplicio por amor, sino fijemos los ojos sobre nuestro Vencedor de la muerte, sobre nuestro Triunfador en los cielos, sobre Aquél que volverá y reinará.
Nuestro Salvador es Hombre y Dios, Sacerdote y Profeta, Rey y Juez. Nosotros debemos vivir todo el misterio en su plenitud.
La verdad del rostro del Señor nos aparecerá en la medida en que, humildemente, con Él, hayamos desenrollado «el libro donde está escrito de Él«, y en cuyo encabezamiento resplandece, tanto para la Primera como para la Segunda Venida: «¡Heme aquí, yo vengo!«.
El misterio de Jesucristo puede resumirse así:
En Belén: Heme aquí, yo vengo (Salmo XL, 8).
En el Gólgota: Todo está consumado (Jn. XIX, 30).
En la Vuelta: Helo aquí que viene sobre las nubes (Apoc. I, 7).
En el Reino final: Estas palabras son fieles y verdaderas. Se han cumplido (Apoc. XXI, 6).
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Tal será la conclusión de los oráculos proféticos del libro donde de Él está escrito, cuyos sellos levantará el León de Judá porque primero fue inmolado como Cordero (Apoc. V, 5.9).
Quiera el Señor concedernos el espíritu de los Patriarcas, los cuales esperaron el Primer Advenimiento sin verlo. Su salvación estaba puesta en esa larga expectación: En la fe murieron todos estos sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos y confesando que eran peregrinos y forasteros en esta tierra (…) Y estos todos, con ser que su fe los hizo recomendables, no obtuvieron el objeto de la promesa, proveyendo Dios algo mejor acerca de nosotros a fin de que no obtuviesen ellos sin nosotros la perfección de la felicidad (Heb. XI, 13; 39-40).
Juntamente con nosotros esperan la consumación del misterio de Cristo, pues no dudamos que el Cielo entero, como la tierra, están en una misma expectación del coronamiento de la Redención.
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán…

