SAN PEDRO ALEJANDRINO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a: 

SAN PEDRO ALEJANDRINO, OBISPO Y MÁRTIR.

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San Pedro Alejandrino fue natural de la ciudad de Alejandría y dignísimo patriarca de ella. Sucedió en aquella silla (que era la cabeza de todas las iglesias de Egipto y de otras muchas provincias) a un varón santo, llamado Teónas, que fue decimosexto prelado, después de san Marcos Evangelista. En su tiempo fue la persecución horrible y atrocísima de los emperadores Diocleciano y Maximino contra la Iglesia del Señor, en la cual el santo prelado no dejó cosa por hacer para algún alivio de aquella gravísima tempestad y consuelo de los cristianos. Para poderlo hacer mejor, y para que sus ovejas, muerto el pastor, no se asombrasen y cayesen en las bocas de los lobos que las pretendían tragar, se recogió a lugares apartados y ásperos para huir de las manos de los emperadores que le buscaban. Mas estando escondido no dejaba la cura pastoral, ni de escribir a más de seiscientos y sesenta cristianos que estaban presos en la cárcel, exhortándolos a paciencia y perseverancia; y cuando supo que habían combatido valerosamente y alcanzado la corona del martirio, se regocijó por extremo el santo pontífice, como si él mismo hubiera recibido aquella tan señalada merced de Dios.

Volvió después san Pedro a Alejandría, donde tuvo grandes encuentros con los cismáticos, herejes y gentiles. Porque un obispo de Licópolis, en Egipto, llamado Melecio, habiendo cometido graves delitos y sacrificado a los dioses, fue privado de su silla y depuesto por san Pedro en un concilio. Melecio quedó tan corrido y afrentado, que por vengarse de san Pedro y de los que justamente le habían castigado comenzó a turbar la Iglesia y a causar cisma en ella: porque era hombre docto, astuto y mañoso, y halló quien le siguiese, y entre ellos al desventurado Arrio, que como era inquieto y furioso tomó las partes de Melecio contra san Pedro Alejandrino, su obispo, y por ello fue excomulgado y apartado de la Iglesia.

Vino a tener el cetro de 0riente el emperador Maximino, no menos cruel perseguidor de
cristianos que lo habían sido Diocleciano y Maximiano, y mandó prender a san Pedro y darle la muerte. Prendiéronle los ministros de Maximino y echáronle en la cárcel; y cuando se supo en la ciudad todos a porfía acudieron a ella para librar a  su santo pastor y poner la vida (si fuese menester) en su defensa. En este tiempo el malvado Arrio, entendiendo que san Pedro seria martirizado, procuró que algunos sacerdotes fuesen a él y le suplicasen que le perdonase y le admitiese a la comunión de la Iglesia, pensando que por este camino ganaría las voluntades del clero y del pueblo, y que muerto San Pedro le harían a él obispo.

Fueron con esta embajada dos sacerdotes, llamados Aquilas y Alejandro; entraron en la cárcel donde estaba san Pedro, y propusiéronle a lo que venían, rogándole que se reconciliase con Arrio y le absolviese, pues él se sujetaba a su parecer y corrección. El santo pontífice, dando un gran suspiro, les respondió estas palabras: «No me tengáis, hermanos míos, por inhumano y riguroso, porque yo me conozco por hombre y sujeto a miserias y pecados; pero creed a mis palabras. Arrio es astuto y engañador encubierto, y su maldad excede a todas las maldades; y eso no lo digo de mio, ni de mi cabeza. Mando que no sea admitido a la Iglesia, porque esta noche, haciendo mis acostumbradas oraciones al Señor, se puso delante de mí un niño como de doce años, de inmensa claridad, cubierto con una ropa de lienzo, rasgado de alto a bajo, y con las manos tomaba las partes de aquella vestidura y las aplicaba a sus carnes como quien quería cubrir su desnudez, Quedé atónito con esta visión, y estuve un rato como mudo y sin sentido. Después que volví en mí alcé la voz y dije: Señor, ¿quién es el que ha rasgado vuestra vestidura? Y él me respondió: Arrio me la ha rasgado. Está sobre aviso y mira que no le
admitas a la comunión de los fieles, porque mañana vendrán a rogarte por él; pero tú no te ablandes ni te dejes vencer, antes ordena a Aquílas y Alejandro, tus presbíteros (los cuales te han de suceder en el obispado uno tras otro), que en ninguna manera le admitan; y tú presto acabarás tu curso y serás coronado de martirio.». Todo esto refirió san Pedro a los dos sacerdotes que le vinieron a rogar que perdonase a Arrio, mandándoles en nombre de Dios que ellos cuando fuesen obispos no le perdonasen, ni le admitiesen a la participación de los sacramentos; porque era un infernal ministro de Satanás que había de rasgar la vestidura de Cristo (que es la santa Iglesia) con las herejías que en ella había de sembrar. Porque aunque a la sazón no las había sembrado, sino como cismático seguido las partes de Melecio, pero el Señor, que sabía lo que había de suceder y el estrago que aquel hombre pestilencial había de hacer, y la obstinación en que había de perseverar, quiso tanto antes avisar al santo pontífice Pedro, para que él es
tuviese advertido, y advirtiese a sus dos inmediatos sucesores de lo que habían de hacer con él para que la Iglesia católica no recibiese tan graves daños de su maldad, como recibiera si no estuviera avisada y advertida. De manera que aquella visión que tuvo San Pedro de la vestidura que Arrio había rasgado a Jesucristo, no fue porque ya lo hubiese hecho, como algunos dicen (que esto después sucedió, siendo obispo Alejandro), sino porque andando el tiempo lo había de hacer; ni fue declaración de lo pasado, sino profecía de lo por venir.

Todo lo que Dios reveló a san Pedro y él refirió a sus dos presbíteros, sucedió de la misma manera que él lo dijo. Porque Arrio rasgó la vestidura de Cristo, partiendo y dividiendo la Iglesia, y Aquilas y Alejandro fueron obispos de Alejandría, y Alejandro, como a hereje, le apartó y echó de la Iglesia; y san Pedro dentro de pocos días, después que tuvo la revelación, murió constantemente degollado por el Señor, de la manera que aquí diré.

El tribuno que tenia a cargo la ejecución de la sentencia de muerte dada contra el santo pastor, como vio que la ciudad estaba puesta en armas y mucha gente alrededor de la cárcel para defenderle, temiendo algún alboroto determinó aguardar la noche para que volviéndose a reposar a sus casas él pudiera segura y quietamente hacer lo que le habían
mandado. Mas no le sucedió como pensaba. Porque el pueblo amaba tanto al santo prelado, que no se quiso partir de donde estaba. Entendió esto san Pedro, y con el deseo tan encendido que tenia de morir por Cristo, y por el temor que por su causa no viniesen a las manos los ciudadanos y los soldados, avisó secrétamente al tribuno de lo que debía hacer para ejecutar la sentencia sin ruido. Y por la forma que el mismo santo le dio, secretamente le sacaron de la cárcel y le llevaron al mismo lugar donde san Marcos Evangelista, fundador y primer obispo de la Iglesia de Alejandría, había sido martirizado. Allí hizo oración y se encomendó muy de veras a san Marcos, tomándole por intercesor para derramar su sangre con fortaleza por el Señor, y para que la iglesia de Alejandría fuese amparada y la Iglesia católica restituida a Su antigua paz y unión. Al mismo punto que el santo hacia esta oración, una santa virgen oyó una voz del cielo que decía: «Pedro, principio de los apóstoles, y Pedro, fin de los obispos y mártires de Alejandría.». Y así fue, porque san Pedro fue el postrer obispo que allí murió en la persecución de los gentiles. Mas acabada su oración con grande constancia y alegría ofreció su cuello al cuchillo; y fue tan grande el respeto y reverencia que los soldados le tuvieron, que solamente se halló entre ellos un hombre feroz y atrevido, el cual por precio de cinco ducados le cortó la cabeza, a los 26 de noviembre, al alba del día, habiendo sido doce años obispo, tres teniendo paz la Iglesia, y nueve afligida en la persecución de Diocleciano.

Fue cosa maravillosa que, cortada la cabeza y caída en el suelo, su santo cuerpo quedó de rodillas como estaba, yerto , firme y sin caerse, y así le hallaron los cristianos; los cuales
con muchas lágrimas y sollozos le tomaron, y vestido con las vestiduras sacerdotales, de la misma manera que si fuera vivo, le sentaron primero en la silla de San Marcos, y después con palmas, en señal de victoria, y cirios encendidos en las manos, y olores suavísimos, cantando himnos le llevaron en hombros a un cementerio que el mismo santo había edificado. Allí con gran pompa y honra le enterraron; y nuestro Señor obró en aquel lugar grandes milagros e hizo muchos beneficios a los que se le encomendaban.

Una cosa particular se cuenta de este glorioso pontífice y mártir del Señor, que cuando
estaba en los divinos oficios en su Iglesia no se quería sentar en la silla obispal, sino en una pequeña que estaba debajo de ella, porque se juzgaba por indigno de sentarse donde tantos santos, sus predecesores, se habían sentado, y le parecía que salía de aquella silla un resplandor tan grande que le ponía espanto. Y por esto el pueblo le puso muerto en la
silla de San Marcos, en la cual él, siendo vivo, por su humildad no se había querido sentar.

Fue el martirio de san Pedro Alejandrino el año de 310, imperando en 0riente Maximino. Hacen mención de este santo el concilio efesino y la séptima sínodo general; san Gregorio Nacianceno, Nicéforo Calixto, la Historia Tripartita, Beda, Usuardo y Adon, y el Martirologio romano, y el cardenal Baronio en el tercero tomo de sus Anales.

Leer el Santo Evangelio del día y catena aurea