DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Vigésimo novena entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

VENIDA DEL MESÍAS

EN GLORIA Y MAJESTAD

PARTE SEGUNDA

Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.

Fenómeno VII

BABILONIA Y SUS CAUTIVOS (III de IV)

Continuación…

Párrafo V

Amenazas contra Babilonia

Lo que hasta aquí hemos dicho de los cautivos de Babilonia podemos decir de Babilonia misma. Las profecías que hay contra ella son tan terribles, tan admirables, tan enfáticas, y según parece, tan ejecutivas, que por eso mismo es claro e innegable, que no se han cumplido hasta el presente las que hay en favor de los cautivos.

Yo me imagino (y me sujeto en esto de buena fe al examen y juicio de los sabios) que la Babilonia contra quien hablan directa e inmediatamente los Profetas, es una Babilonia más general que particular, quiero decir, así como los cautivos, en cuyo favor se habla tanto y de tantas maneras, no pueden limitarse de modo alguno a aquellos solos que llevó a Babilonia Nabucodonosor, y que volvieron a la Judea con licencia de Ciro, como acabamos de probar; así la Babilonia contra quien se habla, tampoco puede limitarse a aquella sola e individua Babilonia, que fue en otros tiempos la capital del primer imperio del mundo.

Parece que los Profetas de Dios no hicieron otra cosa que tocar lo uno y lo otro de paso, como un correo, que llegando a una ciudad intermedia, deja en ella algunas órdenes del príncipe, que le pertenecen inmediatamente; mas no para, ni se detiene en ella, sino que al punto pasa adelante hasta el fin y término de su misión. De este modo parece que lo hicieron los Profetas de Dios. No pudiendo parar como en término último, ni en aquellos cautivos de Babilonia, ni tampoco en aquella Babilonia, como que no eran el objeto primario y directo de su misión, aunque tocaron lo uno y lo otro; mas no se detuvieron mucho; pasaron por ambas cosas como por objetos intermedios, hasta dejar enteramente destruida a Babilonia (con toda la extensión de esta palabra) y sus hermanos en plena y perfecta libertad.

El carácter propio del profeta Isaías es andarse casi siempre por las cosas últimas, como que eran éstas su principal ministerio, y su particular vocación: Con espíritu grande vio los últimos tiempos, y alentó a los que lloraban en Sión, dice la misma Escritura. Así, se ve este Profeta ocupado casi siempre, desde el principio hasta el fin, en las cosas últimas, sin olvidarse de ellas, aun cuando parece que debían distraerlo tantos otros asuntos de que trata. Con estas cosas últimas consuela frecuentemente a Sión y a sus miserables hijos en las tribulaciones que él mismo les anuncia. De manera que aunque toca muchos puntos pertenecientes al estado en su tiempo del pueblo de Dios, ya reprendiendo, ya amenazando, ya exhortando, ya instruyendo, etc., y siempre con una viveza y elegancia admirable; aunque habla no pocas veces de la primera venida del Mesías, de su vida, de sus virtudes, de su doctrina, de sus tormentos, de su pasión y de su muerte; aunque habla del estado infelicísimo en que quedaría Israel después de la muerte del Mesías, y en consecuencia de haberlo reprobado; aunque habla clara y expresamente de la vocación de las gentes en lugar de Israel, etc.; mas en estos y otros muchos puntos que toca es fácil observar que casi siempre se pasa insensiblemente, y da un vuelo suave hacia donde lo llama su propia vocación, o el espíritu que lo gobernaba, que era lo último.

Esto que decimos en general de toda la profecía de Isaías, se hace más notable, y casi se toca con las manos, cuando habla de Babilonia en el capítulo XIII. Por ejemplo, le pone por título: Carga de Babilonia, que vio Isaías; y todo el capítulo (exceptuados dos o tres versículos cuando más) es absolutamente inacomodable a la antigua Babilonia; todo él se endereza visiblemente a lo último, como puede verlo quien tuviere ojos.

Lo mismo sucede con el capítulo XIV en que sigue la misma materia. En todo él dice de Babilonia y de su rey cosas tan grandes, tan extraordinarias y tan nuevas, que es imposible acomodarlos a aquella Babilonia, y a su rey Baltasar.

Los expositores más literales, después de haberse fatigado no poco en dicha acomodación, lo confiesan así aunque de paso y en confuso; y muchos son de parecer que aquí se habla del Anticristo, bajo del rey de Babilonia (y por eso tal vez lo hacen nacer de Babilonia, y empezar a reinar en ella, como dijimos en el fenómeno III, artículo II).

La verdad es, que no se habla aquí de cosas ya pasadas, sino de cosas mucho mayores y todavía futuras. Aunque no hubiera otra contraseña que las últimas palabras con que se concluye la profecía, esto sólo bastaba para comprender todo el misterio: Éste es el consejo (dice el Señor), que acordé sobre toda la tierra, y ésta es la mano extendida sobre todas las naciones.

Del capítulo XLVII del mismo Isaías, en que vuelve a hablar de Babilonia, decimos lo mismo y mucho más.

Jeremías en sus dos capítulos L y LI hace lo mismo que Isaías, con más difusión y prolijidad. Esto es, pasa por encima de aquella Babilonia de Caldea, descarga sobre ella una tempestad de rayos, le hace saber las órdenes de Dios, que le pertenecen a ella inmediatamente, después de lo cual desembarazado en breve de un interés respectivamente tan pequeño, pasa luego más adelante hasta llegar en espíritu a otra Babilonia, dicha así por semejanza no por propiedad, de donde finalmente saca libres a todos los cautivos, así de Judea, como también de Israel; y no sólo libres, sino justos, santos, reconciliados enteramente con su Dios, y restituidos con grandes ventajas al honor y dignidad de pueblo suyo; los planta de nuevo en la tierra prometida a sus padres, y les promete de parte de Dios que ya no volverán otra vez a ser dominados por alguna potestad de la tierra.

Para que esto se haga más sensible, hagamos dos o tres observaciones, como por muestra de las que se pudieran hacer.

Primera observación

En el capítulo L, versículo 3 dice así: Porque subió contra ella (contra Babilonia) una nación del Norte, que pondrá su tierra en soledad; y no habrá quien la habite, desde el hombre hasta la bestia; y se movieron, y se fueron, etc.

Si el Profeta habla aquí de la antigua Babilonia Caldea, parece claro que nada de esto se verificó cuando fue contra ella la gente del Aquilón con Darío y Ciro. Esta gente, lejos de destruir a Babilonia, lejos de ponerla a ella y a toda la Caldea en desierto y soledad, no hizo en ella otra mudanza de consideración que poner en el trono del imperio, en lugar del hijo o nieto de Nabucodonosor, primero a Darío Medo, y después a Ciro Persa.

Babilonia después de esta época quedó de corte principal del mismo imperio muchos años, y se mantuvo en pie muchos más sin novedad alguna. Alejandro Magno, que destruyó este primer imperio, doscientos años después de Darío Medo, tampoco destruyó a Babilonia, ni puso su tierra en soledad; antes en ella vivió, y en ella acabó sus días. En tiempo de Antíoco, que empezó a reinar el año ciento y treinta y siete del imperio de los Griegos, Babilonia era todavía ciudad considerable, donde habitaban cuando les parecía los reyes sucesores de Alejandro; pues expresamente dice la Escritura que no habiendo podido el rey Antíoco despojar de sus riquezas el templo y la ciudad de Climaide en Persia: se retiró con gran pesar, y se volvió a Babilonia.

Segunda observación

El mismo Jeremías, en el mismo lugar citado, prosigue inmediatamente diciendo: En aquellos días y en aquel tiempo, dice el Señor: vendrán los hijos de Israel, ellos, y juntamente los hijos de Judá; andando y llorando se apresurarán y buscarán al Señor su Dios. Preguntarán el camino para Sión, hacia acá sus rostros. Vendrán, y se agregarán al Señor con una eterna alianza, que ningún olvido la borrará.

Si se habla aquí de la antigua Babilonia, y de los tiempos en que fue tomada por los Medos y Persas, es cierto cuanto puede caber en la certeza, que en aquellos días, y en aquel tiempo nada de esto se verificó. Después que los Medos y Persas se hicieron dueños de Babilonia, volvieron algunos hijos de Judá; mas no volvieron los que en toda la Escritura se llaman hijos de Israel, a contradistinción de los de Judá; no volvieron ellos, y juntamente los hijos de Judá. De los que volvieron con licencia de Ciro, tampoco se verificó entonces, ni se ha verificado hasta la presente lo que se sigue: vendrán, y se agregarán al Señor con una eterna alianza.

Tercera observación

En aquellos días, y en aquel tiempo, dice el Señor, será buscada la maldad de Israel, y no existirá; y el pecado de Judá, y no será hallado. En aquellos días, y tiempos de Darío y Ciro, ni en todos los que han pasado hasta la presente, ¿cómo podremos verificar estas palabras? Volved los ojos a todos los tiempos pasados hasta tocar con Ciro y Darío, buscando en todos estos tiempos la iniquidad en Israel, y la hallaréis; buscad el pecado de Judá, y también lo hallaréis; ni será necesaria mucha diligencia, ni mucho estudio para hallar lo que ha estado y está patente a los ojos de todos: Duros de cerviz, e incircuncisos de corazones y de orejas, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo, como vuestros padres, así también vosotros; se les dijo con gran verdad más de quinientos años después de Ciro. Con la misma verdad les dijo el Mesías mismo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, diciendo: Este pueblo con los labios me honra, mas el corazón de ellos lejos está de mí, y en otra parte. Así también vosotros, de fuera os mostráis en verdad justos a los hombres, mas de dentro estáis llenos de hipocresía, y de iniquidad.

Podrá decirse lo que sobre este texto de Jeremías dicen comúnmente los intérpretes, es a saber, que el Profeta con estas palabras, maldad de Israel… pecado de Judá, sólo habla de la idolatría; la cual, dicen, cesó enteramente después de la vuelta de Babilonia. ¿Quién creyera que en una cosa tan clara no había de faltar algún efugio? Mas este efugio, si se mira de cerca, se halla muy semejante a una perspectiva. La apariencia se desvanece al punto, si se da algún lugar a la reflexión.

Primeramente, ¿con qué fundamento se asegura en tono decisivo que la iniquidad y pecado de que habla este Profeta es solamente la idolatría? Cierto que con ninguno. Estas palabras, iniquidad y pecado, no solamente en la Escritura divina, sino en todas las naciones y en todas las lenguas, son y han sido siempre unas palabras universales que comprenden todo mal moral, ya respecto de Dios, ya respecto del prójimo; ¿por qué, pues, ve contraen aquí a sola la idolatría? La idolatría es cierto que es iniquidad y pecado gravísimo, ¿mas todo pecado y toda iniquidad deberá reputarse por idolatría?

Lo segundo, expresamente habla el Profeta de Israel y de Judá, como que vuelven juntos a la tierra de sus padres, sin llevar consigo el pecado y la iniquidad que antes los oprimía; y es cierto y claro, que aunque volvió Judá en aquel tiempo sin idolatría, mas Israel no volvió sin idolatría, ni con ella, porque no volvió.

Lo tercero, aun hablando solamente de los que volvieron, éstos no estuvieron tan libres de idolatría, que no fueran idólatras casi todos en tiempo de Antíoco; y Judas Macabeo que los persiguió con tanto celo y fervor, no tuvo gran necesidad de encender lámparas y antorchas para encontrarlos; por todas partes se le presentaban. ¿Y qué diremos del resto de los hijos de Judá? Que no volvieron, sino que quedaron en Babilonia y en toda la Caldea. ¿Qué diremos de los hijos de Israel, o de las diez tribus? Que tampoco volvieron, sino que quedaron dispersos en la Media y en otras provincias del imperio. ¿Sería necesario encender muchas lámparas y linternas, para hallar su iniquidad y su pecado?

Síguese de aquí (y de otras mil observaciones que podrían hacerse sobre estas profecías) síguese, digo, que o las profecías se han falsificado, o no tienen por objeto primario y directo la antigua Babilona de Caldea, sino que en ellas se encierra otro misterio mayor y más general que pide toda nuestra atención.

La antigua Babilonia no parece que entra en dichas profecías, sino como una señal, o semejanza, o parábola de todo lo que ha sucedido, y se ha continuado desde Nabuco hasta ahora, y está todavía por concluirse. En efecto, así se lee expreso en Isaías, capítulo XIV, en que hablando con todo Israel en general, y anunciándole la vuelta de su destierro y el fin de sus trabajos, le dice estas palabras: Y será en aquel día, cuando te diere Dios descanso de tu trabajo, y de tu apremio, y de tu dura servidumbre, en que antes serviste; tomarás esta parábola contra el rey de Babilonia, y dirás: ¿Cómo cesó el exactor, se acabó el tributo? Quebró el Señor el báculo de los impíos, la vara de los que dominaban.

Si este texto seriamente considerado se pudiera aplicar, o acomodar de algún modo razonable a la antigua Babilonia y a su rey Baltasar, y a aquellos pocos cautivos, que sin dejar de serlo volvieron con Zorobabel, etc., parece que no hubiera gran dificultad en creer que la palabra parábola no tiene aquí otro misterio ni otro significado, que el de cántico elegante y festivo, como pretenden insinuarnos; mas el trabajo es, que no siendo posible lo primero, quedamos en nuestra posesión sobre lo segundo.

La palabra, Parábola, debe significar aquí lo mismo que en tantas otras partes de la Escritura, esto es, locución por semejanza, no por propiedad. Así, este cántico que pone Isaías para cierto tiempo en boca de Israel, sin dejar de ser festivo y elegante, es al mismo tiempo una verdadera parábola; y todo lo que se dice en él, se dice por semejanza, no por propiedad.

Por consiguiente, el rey de Babilonia y Babilonia misma, se deben mirar como una verdadera similitud, no como propiedad. ¿Con qué propiedad, y con qué verdad pudo Israel decir este cántico en tiempo de Ciro; ni aun siquiera sus primeras palabras que son éstas: ¿Como cesó el exactor, se acabó el tributo?

Si alguno las hubiere dicho, o al salir de Babilonia, o después de estar en Judea, cierto que no hubiera sido creído sobre su palabra; todos lo hubieran desmentido al punto, diciendo con verdad lo que decían en tiempo de Nehemías: He aquí que nosotros mismos hoy somos esclavos; y la tierra, que diste a nuestros padres para que comiesen su pan, y los bienes que produce, y nosotros mismos somos en ella esclavos. Y sus frutos se multiplican para los reyes que has puesto sobre nosotros por nuestros pecados, y tienen dominio sobre nuestros cuerpos, y sobre nuestras bestias a su voluntad, y estamos en grande tribulación.

Comparad este texto con aquel otro: ¿Cómo cesó el exactor, se acabó el tributo?, y ved si los podéis concordar en un mismo tiempo y personas.

Párrafo VI

Se confirma y aclara más este modo de discurrir

Para entender bien todas las profecías que hay contra Babilonia, y el fin y término verdadero a donde todas se enderezan, paréceme a mí que basta tomar las llaves en las manos, y abrir las puertas. La misma Escritura nos ofrece estas llaves, con las cuales todo se facilita; sin ellas todo queda obscuro, difícil e inaccesible.

Primera llave

El Apóstol San Pedro escribiendo desde Roma a todas las iglesias de Asia, concluye su primera epístola por estas palabras: Os saluda la iglesia, que está en Babilonia.

¿Qué quiere decir esto? San Pedro ciertamente no escribía desde el Eúfrates, sino desde el Tíber, no desde la Caldea, sino desde Roma. En tiempo de San Pedro, la antigua Babilonia ya no existía, ya estaba casi tan olvidada como lo está ahora, ¿pues de qué Babilonia habla? De Roma misma.

Mas, ¿por qué razón le da este nombre a la capital del imperio Romano? Fuera de esto, los cristianos a quienes escribía, debían sin duda estar bien enterados de que Babilonia y Roma no eran dos cosas diversas, sino una misma. Sin esta noticia, la dicha salutación, como de personas incógnitas e inciertas, hubiera sido inútil, y por lo mismo indigna del supremo pastor. Si sabían esto los cristianos, ¿de dónde lo sabían?

A esta dificultad responden comúnmente los intérpretes, que el Apóstol San Pedro puso Babilonia en lugar de Roma, sólo por precaución, esto es, para no ocasionar sin necesidad, alguna persecución, o contra sí, o contra los cristianos, si esta epístola llegase por algún accidente a manos de los étnicos, y a noticia del emperador.

Mas, ¿qué tenían que temer en este caso, ni San Pedro, ni los cristianos? ¿Qué hubieran hallado en ello que reprender, ni por qué perseguir al cristianismo? Antes hubieran hallado mucho que alabar en aquella parte que ellos podían entender, que es la moral, por ejemplo: Someteos, pues, a toda humana criatura, y esto por Dios, ya sea al rey, como soberano que es, ya a los gobernadores… Porque así es la voluntad de Dios… Honrad a todos, amad la hermandad, temed a Dios, dad honra al rey. Siervos, sed obedientes a los señores con todo temor, no tan solamente a los buenos y moderados, sino aun a los de recia condición…; mancebos, obedeced a los ancianos… ¡No sé yo que algún príncipe o república pueda reprender, o no alabar esta doctrina del sumo pastor de los cristianos!

Acaso se dirá, que San Pedro no temía por la moral de su epístola, sino porque en ella habla de Jesucristo, y de la religión cristiana. ¿Y es creíble, digo yo, que San Pedro temiese por esta parte? En la misma epístola exhorta a los cristianos a no temer la persecución que les venga en cuanto cristianos; sino la que puede venirles en cuanto reos y delincuentes: ninguno de vosotros padezca como homicida o ladrón… Mas si padeciere como cristiano, no se avergüence; antes dé loor a Dios en este nombre.

Fuera de que cuando San Pedro escribió esta epístola, no había edicto alguno del emperador contra los cristianos, ni prohibición del cristianismo, pues los mismos autores afirman, que esta epístola la escribió San Pedro el año 13 después de la muerte del Señor, que según parece corresponde a los principios del emperador Claudio, esto es, más de 20 años antes de la primera persecución de la Iglesia, que fue la de Nerón. ¿A qué venía pues en este tiempo el temor y la persecución de San Pedro? Y dado caso que quisiese usar de alguna precaución, ¿no era más natural que dijese a los cristianos, a quienes escribía: os saluda esta Iglesia; sin nombrar a Roma, ni a Babilonia, ni alguna otra ciudad determinada? ¿No sabrían los cristianos en qué parte del mundo se hallaba en aquel tiempo el príncipe de los Apóstoles y el vicario de Cristo?

Segunda llave

Después de algunos años (y no pocos, pues pasaron a lo menos 30) escribió San Juan su Apocalipsis; y en los capítulos XVI, XVII, XVIII, y XIX, habla expresa y nominadamente de Babilonia, profetizando contra ella cosas nada ordinarias. Y para que ninguno desconozca la Babilonia de que habla, para que ninguno se equivoque pensando que habla de la antigua, que ya no existía, le pone tantas señas y distintivos, que es preciso conocerla por más que se repugne. De modo, que aun los doctores más corteses o más apasionados por Roma, se ven en la necesidad inevitable de confesar y conceder en este punto la pura verdad.

Lo que se debe notar principalmente sobre estos lugares del Apocalipsis, es el reclamo, o la alusión clarísima que hacen a todas las profecías que hay contra Babilonia. Todas son llamadas aquí, todas se hacen comparecer, todas son obligadas a servir contra la nueva Babilonia.

No sólo se traen las expresiones vivas de los Profetas, sino tal vez sus mismas palabras, como luego veremos. Y es bien fácil notar, que el amado discípulo se sirve puntualmente de aquellas palabras y expresiones vivísimas de los profetas, que no tuvieron lugar ni pudieron tenerlo en la antigua Babilonia.

Para que no se piense que queremos ser creídos sobre nuestra palabra, será bien poner aquí a algunos ejemplares.

Continuará…

 Primer entrega

Segunda entrega

Tercer entrega

Cuarta entrega

Quinta entrega

Sexta entrega

Séptima entrega

Octava entrega

Novena entrega

Décima entrega

Undécima entrega

Duodécima entrega

Décimo tercer entrega

Décimo cuarta entrega

Décimo quinta entrega

Décimo sexta entrega

Décimo séptima entrega

Décimo octava entrega

Décimo novena entrega

Vigésima entrega

Vigésimo primera entrega

Vigésimo segunda entrega

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Vigésimo octava entrega