Contemplativos en la acción
Señor, dame entereza para sufrir la angustia
de ver consolidarse los designios del mal,
pues marcho por la vida con la mirada mustia
y el ardor de una herida recubierta de sal.
Porque todos los días el odio y el desprecio
a tu Iglesia, a tus fieles, a tu nombre y tu cruz
prosperan como absurdas exigencias del necio
que aspira a abrirse paso de espaldas a la luz.
Me abruma el desenfreno de vicios y de males
en pueblos que, privados de su sana razón,
han hecho de los siete pecados capitales
su pírrica conquista, su abyecta aspiración;
y en medio de una niebla que todo lo ensombrece
–donde es más ciego el ciego y el fatuo más hostil–
me hiere esa jauría que tanto te aborrece
y acosa a dentelladas tu devoto redil.
Yo sé que el Anticristo ha de tener su día
de triunfo y que hará alarde de su perversidad
desde un lóbrego trono, con su mirada fría
y un odio incontenible al bien y a la verdad.
Por eso te suplico Señor, humildemente,
que ante este amargo trance que debo resistir
bendigas tú las armas con las que hoy marcho al frente
de cara a los errores que debo combatir.

