ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ
Vigésimo sexta entrega

“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”
(Félix III, Papa)
VENIDA DEL MESÍAS
EN GLORIA Y MAJESTAD
PARTE SEGUNDA
Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.
Fenómeno V
Los judíos (V de V)
Continuación…
Cuarto aspecto
Se consideran los judíos, después del Mesías y su muerte, como privados de la vida espiritual y divina que estaba antes en ellos solos, por consiguiente como muertos, cuyos huesos, consumidas las carnes, se ven áridos y secos, y dispersos sobre el gran campo de este mundo. Y se pregunta: si este castigo tendrá fin o no.
En este cuarto y último aspecto poco tenemos que observar de nuevo; ya porque las cosas principales que pudiéramos observar, quedan suficientemente observadas en los tres aspectos precedentes; ya también porque nos ahorra todo el trabajo una célebre y admirable profecía que hallamos en los libros sagrados, la cual sola comprende y reúne con admirable simplicidad y claridad, todo cuanto se halla esparcido en las otras profecías que anuncian misericordias a la casa de Jacob.
Así, toda nuestra observación debe convertirse únicamente a esta misma profecía célebre que vamos a copiar aquí.
El estado miserable en que quedó toda la casa de Jacob después del Mesías (el cual debía ser para ella por su malicia e iniquidad piedra de tropiezo como estaba anunciado en Isaías, capítulo VIII, versículo 14, con estas palabras: Mas en piedra de tropiezo, y en piedra de escándalo a las dos casas de Israel, en lazo y en ruina a los moradores de Jerusalén. Y tropezarán muchos de entre ellos, y caerán, y serán quebrantados, y enlazados, y presos. (Isai. VIII, 14-15).
Este estado, digo, en que ve todo el mundo a la casa de Jacob, y juntamente el otro estado todavía futuro, a que debe pasar después de este presente lo mostró Dios en una visión extraordinaria, y bajo unas semejanzas las más propias y naturales al profeta Ezequiel, como él mismo lo refiere en todo el capítulo XXXVII de su profecía por estas palabras:
Vino sobre mí la mano del Señor, y me sacó fuera en espíritu del Señor, y me dejó en medio de un campo que estaba lleno de huesos. Y me llevó al rededor de ellos, y eran en más gran número sobre la haz del campo, y secos en extremo. Y díjome: Hijo de hombre, ¿crees tú acaso, que vivirán estos huesos? Y dije: Señor Dios, tú lo sabes. Y díjome: Profetiza sobre estos huesos; y les dirás: Huesos secos, oíd la palabra del Señor. Esto dice el Señor Dios a estos huesos: He aquí yo haré entrar en vosotros espíritu, y viviréis. Y pondré sobre vosotros nervios, y haré crecer carnes sobre vosotros, y extenderé piel sobre vosotros, y os daré espíritu, y viviréis, y sabréis que yo soy el Señor. Y profeticé como me lo había mandado; mas cuando yo profetizaba, hubo ruido, y he aquí una conmoción; y ayuntáronse huesos a huesos, cada uno a su coyuntura. Y miré, y vi que subieron nervios y carnes sobre ellos; y se extendió en ellos piel por encima, mas no tenían espíritu. Y díjome: Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y dirás al espíritu: Esto dice el Señor Dios: De los cuatro vientos ven, oh espíritu, y sopla sobre estos muertos, y revivan. Y profeticé como me lo había mandado, y entró en ellos espíritu, y vivieron, y se levantaron sobre sus pies un ejército numeroso en extremo. Y me dijo: Hijo de hombre, todos estos huesos, la casa de Israel es; ellos dicen: Secáronse nuestros huesos, y pereció nuestra esperanza, y hemos sido cortados. Por tanto profetiza, y les dirás: Esto dice el Señor Dios: He aquí yo abriré vuestras sepulturas, y os sacaré de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os conduciré a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy el Señor, cuando abriere vuestros sepulcros, y os sacare de vuestras sepulturas, pueblo mío, y pusiere mi espíritu en vosotros, y viviereis, y os haré reposar sobre vuestra tierra; y sabréis que yo el Señor hablé, e hice, dice el Señor Dios (Ezeq. XXXVII, 1-14).
Segunda parte desde el versículo 15:
Me fue dirigida la palabra de Yahvé que dijo: Tú, hijo de hombre, toma una vara y escribe en ella: “Para Judá y los hijos de Israel unidos a él.” Luego toma otra vara y escribe en ella: “Para José, el báculo de Efraím, y para toda la casa de Israel que le está unida.” Y acerca la una a la otra para que sean una sola vara; y se unirán en tu mano. Y cuando los hijos de tu pueblo te pregunten, diciendo: “¿No nos explicarás qué significa esto para ti?” diles: Así dice Yahvé, el Señor: He aquí que voy a tomar la vara de José que está en mano de Efraím, y las tribus de Israel que le están unidas, y las juntaré con la vara de Judá, haciendo de ellas una sola vara; y vendrán a ser una misma cosa en mi mano. Las varas en que tú escribas han de estar en tu mano, ante los ojos de ellos; y les dirás: “Así dice Yahvé, el Señor: He aquí que Yo sacaré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde fueron; los recogeré de todas las partes y los llevaré a su tierra.” Y haré de ellos una sola nación en el país, en los montes de Israel; un solo rey reinará sobre todos ellos; nunca más serán dos naciones ni se dividirán ya en dos reinos. No se contaminarán más con sus ídolos, con sus abominaciones, ni con ninguna de sus transgresiones, puesto que Yo los pondré en salvo sacándolos de todos los lugares donde pecaron, y los purificaré; y ellos serán mi pueblo, y Yo seré su Dios. Mi siervo David será rey sobre ellos; y todos ellos tendrán un solo Pastor; observarán mis leyes y guardarán mis mandamientos y los cumplirán. Y habitarán en la tierra que Yo di a mi siervo Jacob, donde moraron vuestros padres; allí habitarán para siempre, ellos y sus hijos y los hijos de sus hijos; y mi siervo David será para siempre su príncipe. Y haré con todos ellos una alianza de paz, que será para ellos una alianza eterna; los estableceré y los multiplicaré, y pondré mi Santuario en medio de ellos perpetuamente. Y tendré entre ellos mi morada, y Yo seré el Dios de ellos, y ellos serán el pueblo mío. Y conocerán los gentiles que Yo soy Yahvé, el santificador de Israel, cuando mi Santuario esté en medio de ellos para siempre. (Ezeq. XXXVII, 15-28).
§ 1
Lo que se halla sobre esto en los intérpretes
Habéis leído, señor mío, toda esta célebre profecía, y aunque debo pensar que la habéis leído con grande atención, y con no menor admiración, ya os suplico que volváis a leerla, no digo solamente dos o tres veces, sino doscientas o trescientas. Estoy cierto, que mientras más la leyereis, hallaréis más que entender, y entenderéis mejor.
Ésta es una de aquellas muchas profecías, verdaderamente terribles y admirables, en que el Espíritu Santo se explica de un modo tan señoril, tan decisivo, tan claro, tan circunstanciado, que nada queda que hacer al ingenio humano. Todos los esfuerzos que éste hiciere en contra, no servirán para otra cosa, que para dar a conocer su pequeñez o insuficiencia.
En cuantos autores he podido ver sobre este punto, hallo manifiestas señales de embarazo y temor, que no les es posible disimular del todo, por más que lo pretenden.
Empiezan a engolfarse al principio con gran suavidad, como que el mar está quieto, y los escollos, aunque no se ignoran, no se ven tan cerca que amenace peligro; mas apenas han navegado algunas pocas millas, apenas han pasado algunos pocos versículos de la profecía, cuando se hallan rodeados de escollos terribles, que impiden el paso, y amenazan con un naufragio inevitable, empiezan a acomodar la profecía a los judíos en el tiempo de la cautividad de Babilonia.
Estos son, dicen, los huesos secos y áridos, esparcidos por el campo; y estos mismos huesos, vestidos de nervios, de carne y de piel, a quienes se introduce de nuevo el espíritu de vida, son los mismos judíos que volvieron de Babilonia.
Mas como es imposible (cuanto puede extenderse esta palabra) seguir esta acomodación, y llevar adelante esta idea sin que perezca y se aniquile entre tantos escollos, ved lo que hacen para librarla del inminente naufragio.
Paréceme que haré un gran servicio a la verdad, en descubrir o no disimular este artificio.
Lo primero: dar muestra de no ver tal peligro ni tales escollos, o a lo menos no temerlos; pues delante del enemigo no es bueno mostrar flaqueza.
Lo segundo: como, no obstante esta intrepidez, el peligro se ve cierto o inevitable, si se da un paso más adelante, para no dar este paso más, y al mismo tiempo para no volver atrás con deshonor, ved la ingeniosidad.
Fingen (digámoslo así para explicarnos con toda propiedad), fingen prácticamente haber descubierto un enemigo terrible, a quien es preciso presentar la batalla; por consiguiente es necesario mudar de rumbo, porque este asunto es, sin comparación más interesante que los cautivos de Babilonia.
Este enemigo terrible, que obliga a mudar enteramente de rumbo, ¿cuál es? Es aquel error antiquísimo de la secta de los Saduceos, que dicen que no hay resurrección, a quienes siguieron algunos herejes de los más ignorantes y groseros del primero y segundo siglo.
Este error tan perjudicial es preciso combatir aquí hasta destruirlo y aniquilarlo. Por tanto, dejados aparte los cautivos de Babilonia, y con ellos toda la profecía, con todos sus escollos, se ve convertir en un momento toda la explicación en una controversia formal sobre la resurrección de la carne, pretendiendo probar y corroborar este artículo esencial de nuestra religión con este lugar de la Escritura.
No falta quien pase un poco más adelante, y saque de esta misma profecía no solamente la verdad de la resurrección, sino también otra noticia bien singular; es a saber, que poco antes de la resurrección universal tendrán orden los Ángeles de recoger todos los huesos, partículas y cenizas de todos los muertos, esparcidos en todo el orbe, y conducirlos todos al gran campo de Senaar, donde estaba situada Babilonia, y donde el profeta Ezequiel tuvo esta visión.
¿Para qué? Para que todos los hijos de Adán resuciten en un momento, en un abrir de ojo; y puedan desde allí encaminarse todos juntos, y llegar presto al valle de Josafat, que es viaje de pocos días, y entonces será mucho más breve, pues no tendrán que parar a comer ni dormir, etc.
Es verdad que el común de los doctores no pasa tan adelante, ni admite, ni aprueba un despropósito tan solemne; mas también es verdad que el común de los doctores se divierte y se detiene mucho más de lo que era menester, en probar la resurrección de la carne con esta célebre profecía, como si en ella no hubiese misterio directo e inmediato, y por eso digno de sus primeras atenciones.
De aquí se sigue, que como ya fatigados de una disputa tan grave, pasan con suma ligereza, y a no pequeña distancia, por lo que resta de la profecía; señalando algunas cosas sólo en general y confusamente, suponiendo otras sin pensar en probarlas, y omitiendo del todo las más sustanciales, como si fuesen de ninguna importancia.
Aunque esto que acabo de decir me parece la pura verdad (como lo puede examinar por sí mismo el que pensare lo contrario) no por eso pienso acusar de mala fe a los intérpretes de la Escritura.
No ignoro la grande y notable diferencia que hay entre una mala fe y una mala causa, fundada en un principio falso, que se tiene inocentemente por verdadero.
Lo primero supone malicia, artificio y dolo; lo segundo sólo arguye impotencia.
En este principio, pues, en este supuesto no verdadero, en este sistema no bueno, está todo el mal.
¿Qué otra cosa me es posible hacer cuando veo que una profecía (o ciento o mil) falsifica formalmente, destruye, aniquila mi principio, mi supuesto, mi sistema, que yo tengo por único, y por consiguiente por indubitable?
Negar la profecía, o arrancarla de la Biblia sagrada, no es lícito.
Acomodarla toda, o gran parte de ella, a los cautivos de Babilonia, es imposible; porque los escollos que impiden el paso son tantos, y tan unidos entre sí, cuantas son las expresiones y palabras de que se compone la misma profecía.
Alegorizarla toda o a lo menos alguna parte considerable, parece una empresa sumamente ardua e inasequible al ingenio humano.
Pues en este conflicto, en esta situación, en estas circunstancias tan críticas, ¿qué se hará? ¿qué partido se podrá tomar para salvar de algún modo, y librar del naufragio inminente, el principio, el supuesto y el sistema?
Discurrid, amigo, cuanto alcanzare vuestro ingenio; y yo me atrevo a profetizar, que no hallaréis otra cosa mejor que lo que ya está discurrido.
Quiero decir, divertirse en primer lugar (mucho o poco, según el carácter del autor, mas siempre con muestras de un grandísimo celo) a probar y confirmar, y roborar con esta profecía nuestro artículo de fe sobre la resurrección de la carne.
En segundo lugar, para dar una prueba real de sinceridad y buena fe, confesar francamente, que dicha profecía no tiene por objeto, directo e inmediato, la resurrección de los muertos, que creemos y esperamos todos los cristianos; sino que es una pura metáfora o semejanza, tomada de la verdadera resurrección que ha de suceder, para explicar la cautividad de los judíos en Babilonia, y anunciar la salida de esta cautividad; y también (aunque de paso, y en sentido alegórico) la cautividad del linaje humano por el pecado, y la liberación por Cristo de esta misma cautividad.
En tercer lugar, como si ésta fuera la verdadera inteligencia de la metáfora, como si esta inteligencia quedase ya probada, y demostrada, como si no la repugnase abiertamente todo el texto sagrado volver a insistir de nuevo en la disputa de la resurrección; no ya porque la profecía mire directamente a la resurrección de la carne; sino porque esta resurrección de la carne se infiere manifiestamente de la misma profecía; pues no usara Dios de una metáfora tomada de la resurrección, si no hubiera de haber verdadera resurrección: pues nadie confirma lo incierto por medio de cosas que no constan de cierto.
¡Qué lástima que unas cosas tan verdaderas y tan buenas en sí sean tan fuera del caso!
Y la explicación de la profecía, ¿dónde está? ¿No se había empezado a acomodar a los cautivos de Babilonia? ¿Por qué, pues, no se prosigue esta acomodación, hasta dejarla enteramente concluida? ¿Acaso porque lo impidieron los Saduceos enemigos de la resurrección?
Bien, mas ya estos Saduceos han quedado vencidos en la disputa, han enmudecido del todo, han desaparecido. Parece ya tiempo oportuno para seguir quietamente la explicación que se había comenzado.
¡Oh, qué petición tan importuna! ¿Cómo es posible seguir la explicación de una profecía tan difusa después de las fatigas de una batalla tan reñida?
Bastará, pues, decir en general, en pocas palabras, y desde cierta distancia, que los huesos áridos y secos de que se ve lleno todo el campo, son los judíos en el tiempo de la cautividad de Babilonia; y estos mismos huesos vestidos de nervios, de carne y de piel, en quienes se introduce de nuevo el espíritu de vida, son los mismos judíos que salieron de Babilonia y volvieron a su patria.
Luego veremos, como aun esto poco que aquí se dice tan en general, es incompatible con la explicación de la metáfora que se lee en la misma profecía.
Por lo que toca a la segunda parte, que es la principal, y la más llena de escollos, la explicación es igualmente fácil y breve, y mucho más fácil y breve por lo que en ella se omite, que es casi todo.
Las dos varas o cetros que unidos entre sí forman uno solo, el cual se pone estable y perpetuamente en la mano de un solo rey, a quien se da el nombre de David, ¿qué significan?
Significan, dicen, en sentido literal, que después de la vuelta de Babilonia, las dos casas o reinos diversos de Israel y de Judá, se unirán entre sí bajo de un mismo príncipe descendiente de David, el cual, como también dicen y confiesan, no puede ser otro que Zorobabel (no obstante que Zorobabel ni fue rey, ni príncipe, ni tuvo cetro, ni vara, ni autoridad alguna independiente).
Bajo de este príncipe, nos quieren dar a entender, aunque con voz muy baja, que sucedería esta unión de los reinos de Israel y Judá, siendo muy verosímil, añaden, que algunos individuos de todas las otras diez tribus volviesen juntos con los judíos, y se agregasen a la casa y reino de Judá.
Y si nada de esto cuadra, como es cierto que nada cuadra, por confesión inevitable de los mismos doctores, pues lo contradice manifiestamente la historia sagrada y todo el contexto de la profecía; si nada de esto cuadra, significa, en sentido alegórico especialmente intentado por el Espíritu Santo, que Judá e Israel, esto es, los judíos y los gentiles se unirían en una misma Iglesia bajo un mismo rey, hijo de David, el cual reinaría sobre todos ellos por la fe de los creyentes.
Éste es en breve todo el misterio general de la profecía, o a esto se reduce toda la explicación.
Las demás cosas particulares que se leen en ella, y que destruyen visiblemente aquellas generalidades, no merecen especial atención, ni es bien perder el tiempo en cosas de tan poco interés.
Volved, señor, a leer la profecía, y estudiadla con mayor cuidado principalmente desde el versículo 15.
§ 2
Reflexiones
El examen prolijo, y la impugnación formal de esta especie de explicación que acabamos de oír, sería cuando menos un trabajo inútil.
Después de leída y considerada la profecía toda con verdad y con sencillez de corazón, ¿qué necesidad tenemos de otro examen, ni de otra impugnación?
La profecía misma no sólo habla, sino que expresa al mismo tiempo el sentido en que habla; propone enigmas, y al punto los resuelve; usa de metáforas, y las explica.
Con esta explicación abre un camino recto, fácil y llano; y con ella misma cierra todo otro camino o senda diversa, que pudiera tomarse. No deja arbitrio, ni esperanza por ninguno de los treinta y dos rumbos; o habéis de pasar por el camino que halláis abierto; o habéis de volveros a vuestra casa renunciando el empeño inútil de explicar la profecía de otra manera diversa, de la que ella se explica a sí misma.
La prueba más sensible de esta verdad, es el ningún efecto sensible de estas diligencias, practicadas por los mayores ingenios para abrirse otro camino diverso, no queriendo entrar por este que les parece impracticable; y cierto que lo es en su sistema.
Este ningún fruto de tantas diligencias habla todavía más claro y en voz más alta y más sonora, en favor de la verdad de Dios, confirmando prácticamente aquella sentencia divina: ¿Puede por ventura compararse con Dios un hombre, aun cuando fuese de una ciencia perfecta? El ingenio humano limitado y pobre, ¿podrá jamás prevalecer contra la sabiduría divina?
Para hacer esto un poco más sensible, hagamos algunas pocas y breves reflexiones.
Primera reflexión
La resurrección de la carne es una verdad, y una de las verdades o artículos de fe esenciales y fundamentales del cristianismo. Esta verdad está tan sólidamente asegurada en todas las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento que más parece una verdadera injusticia que un servicio real querer asegurarla con puntales postizos y debilísimos en sí: Pues si no hay resurrección de muertos, dice San Pablo, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, luego vana nuestra predicación, y también es vana vuestra fe. Y somos asimismo hallados por falsos testigos de Dios, porque dimos testimonio contra Dios diciendo, que resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe, porque aún estáis en vuestros pecados. Y por consiguiente también los que durmieron en Cristo han perecido.
La profecía que ahora consideramos, no se endereza de modo alguno, por confesión de los mismos doctores, a la resurrección de los muertos; es una pura metáfora, que tiene por objeto real otro misterio muy diverso del cual se habla por semejanza, no por propiedad.
Este misterio particular se señala y se explica claramente en la misma profecía; así, debía considerarse este misterio de propósito, y a fondo, sin divertirse tanto a aquellas otras cosas, de las que se traen estas semejanzas, no propiedades.
Debía examinarse en primer lugar, ¿qué misterio es éste tan grande, a quien pueda competer con toda propiedad, según las Escrituras, una metáfora tan nueva, y tan magnífica, de que el mismo Dios se sirve para anunciarlo?
Debía examinarse en segundo lugar, ¿de qué tiempos se habla aquí, si ya pasados, o todavía futuros?
Ambas cosas debían estudiarse en la misma profecía, atendiendo a todo su contexto, y a todas sus expresiones y explicaciones, sin omitir alguna; atendiendo del mismo modo a todo lo que precede en los tres capítulos antecedentes, y a todo lo que se sigue en los once siguientes.
Por todo lo cual se ve tan claro, así el misterio, como el tiempo, que su misma claridad parece que ha hecho cerrar los ojos, o volverlos hacia otra parte.
Segunda reflexión
La metáfora de los huesos, en más gran número sobre la haz del campo, y secos en extremo, los cuales a la voz de Dios se unen entre sí, se cubren de nervios, de carne y piel, y reciben de nuevo el espíritu de vida, etc., no tiene alguna significación arbitraria, que se haya dejado a nuestro ingenio, ni es algún enigma oscuro, de que se nos pida la solución.
El mismo Espíritu de verdad, que usa de la metáfora, explica al mismo tiempo lo que por ella debemos entender: todos estos huesos (dice), la casa de Israel es; todos estos huesos, sin exceptuar alguno, son los miserables hijos de Israel; ellos dicen: secáronse nuestros huesos, y pereció nuestra esperanza, y hemos sido cortados.
¿Quiénes dicen esto: los mismos huesos áridos y secos, o los significados por esta similitud?
Si son los huesos mismos, luego estos huesos tenían otros huesos propios suyos de que se componían; pues sin esto no pudieran decir: secáronse nuestros huesos.
Si son los significados por ellos, luego a éstos se debe convertir toda la atención, no a la similitud de que se usa; y ya que se atiende a la similitud, y que esta atención no se reprueba, no por eso debe desatenderse también el asunto principal, a donde se endereza la similitud.
Tercera reflexión
Los tiempos de que habla esta profecía, no pueden ser los de la cautividad de Babilonia, y vuelta a Jerusalén.
El texto mismo y todo el contexto, y la grandeza de las metáforas, etc., no sólo repugnan esta inteligencia, sino que la contradicen formalmente, casi a cada palabra; mas desde el versículo 15 hasta el fin.
Ésta parece la verdadera razón por que los intérpretes apenas tocan ligeramente y como de muy lejos, esta segunda parte de la profecía; y algunos, aun de los más difusos, la omiten toda.
Cierto que no había necesidad de tanta prisa, si nada hubiera que temer.
Cuarta reflexión
Los huesos áridos y secos, y secos en extremo, de que se ve lleno el campo, nos dicen los doctores que no significan otra cosa en sentido literal, que los judíos cautivos en Babilonia; y los mismos huesos unidos entre sí, cada uno a su coyuntura, que después de vestidos de nervios, carne y piel, reciben de nuevo el espíritu de vida, etc., tampoco significan otra cosa, en el mismo sentido literal, que los mismos judíos que salen de Babilonia y vuelven a su patria.
De aquí se sigue, digo yo, una consecuencia algo dura; pero justísima e innegable; es a saber, que aun después de verificada la salida de Babilonia, y vuelta de los cautivos a su patria, el campo dicho queda todavía lleno de huesos, en más gran número… y secos en extremo, casi tanto como lo estaban antes de este suceso.
¿Por qué? Porque sabemos de cierto que los cautivos, que, sin dejar de serlo, salieron de Babilonia y volvieron a su patria, fueron como cuatro, respecto de mil; fueron poquísimos, respecto de los que no volvieron; y esto, no solamente comparados con toda la casa de Jacob, o con todas sus doce tribus, de que habla manifiestamente la profecía, diciendo: todos estos huesos, la casa de Israel es; sino aun respecto de sola la casa de Judá, o de los judíos propiamente dichos, que eran los propios cautivos de Babilonia.
Esta casa de Judá aunque sólo se componía de dos tribus, Judá y Benjamín, y del necesario sacerdocio, perteneciente a la tribu de Leví, no era tan pequeña, que no contase algunos millones de individuos. El número preciso yo no lo sé, mas se puede fácilmente computar por lo que se dice en el libro segundo del Paralipómenos, capítulo XVII; esto es, que en tiempo de Josafat, tenía este rey, bajo cinco capitanes generales, un millón ciento y setenta mil soldados, fuera de otros muchísimos que guardaban los presidios o plazas fuertes: Todos éstos estaban prontos a las órdenes del rey, sin contar otros, que había puesto en las ciudades muradas, por todo Judá.
El número de individuos entre hombres, mujeres y niños que resultare del cómputo, se puede comparar con el número de individuos entre hombres, mujeres y niños que salieron de Babilonia, y volvieron a la Judea, los cuales como se dice en el libro primero de Esdras, capítulo segundo, sólo llegaron a cuarenta y dos mil.
Luego estos que volvieron a su patria, aun hablando solamente de la casa de Judá, fueron una parte pequeñísima, respecto de los que no volvieron.
¿Qué sería si se hablara como debe hablarse de toda la casa de Jacob? Todos estos huesos la casa de Israel es.
Luego si los huesos áridos, que se visten de nervios, carne y piel, y reviven, son los que salen de Babilonia y vuelven a su patria, como pretenden los doctores; los que no salen de Babilonia, o del lugar de su destierro, ni vuelven a su patria, deberán quedar en el estado y condición de huesos áridos y secos.
Luego siendo éstos, poco más o menos, como mil, respecto de cuatro (o si se quiere de cuarenta) el campo que vio Ezequiel quedó necesariamente casi tan lleno de huesos áridos y secos, como estaba antes.
Luego cuando el Profeta les dice a todos los huesos en general: Huesos secos, oíd la palabra del Señor. Esto dice el Señor Dios a estos huesos: He aquí yo haré entrar en vosotros espíritu, y viviréis… sólo se habla con un puñado de aquellos huesos, no con todos; sólo un puñado de ellos volvió a su patria, quedando la mayor y máxima parte, no sólo de la casa de Jacob, sino también de la casa de Judá, en su destierro.
A todo esto se debe añadir, lo que añade el Profeta (versículo 10) hablando de todos los huesos: en más gran número sobre la haz del campo.
Es a saber, que después de vestidos de nervios, carne y piel, entró en ellos espíritu, y vivieron; y se levantaron sobre sus pies un ejército numeroso en extremo.
Cuarenta y dos mil personas entre hombres, mujeres, niños, hablando de una nación, que se componía de muchos millones, ¿merece con alguna propiedad el nombre de un ejército numeroso en extremo?
Consideradlo bien, y esto sólo, aun prescindiendo de otros mil embarazos, os hará entrar cuando menos en grandes sospechas.
No me detengo más en esta reflexión, porque espero tratar este punto capital, más de propósito y más a fondo en el fenómeno séptimo; por ahora al buen entendedor pocas palabras.
Quinta y última reflexión
O se cree que la profecía mira directamente, en sentido literal, a la vuelta de Babilonia, o no se cree.
Si lo primero: ¿por qué no se explica toda seguidamente, en este sentido que llaman literal? ¿Por qué no se lleva adelante esta idea hasta hacerla reposar en su fin? ¿Acaso porque ésta es una empresa imposible?
Luego esta misma imposibilidad debía mirarse como una prueba real y demostrativa, de que el sentido no es bueno, ni la idea justa.
Si lo segundo: ¿con qué razón, o con qué equidad se insinúa, más suponiendo que probando, que éste es el sentido literal de la profecía? ¿Cómo es posible que el sentido literal, esto es, el verdadero sentido de una profecía, en que habla el espíritu de verdad, aunque lo repugne, o lo contradiga casi a cada palabra, la misma profecía?
Luego, o el misterio de que habla es otro muy diverso, o no habla en ella el espíritu de verdad: sino que se lo forjó el Profeta por orgullo de su corazón.
Lo que decimos del sentido literal que se pretende o se insinúa, o se tira a suponer, decimos del mismo modo del sentido alegórico, con que se procuran llenar log infinitos vacíos que deja necesariamente el que llaman literal.
Si el sentido alegórico es aquí el especialmente intentado por el Espíritu Santo, explíquese la profecía en este sentido; mas explíquese toda seguidamente, atendiendo a todo y dando razón de todo; a lo menos llénense bien con este sentido alegórico todos los vacíos que dejó el sentido literal.
Si ni aun esto se puede (como es cierto que no se puede, pues si se pudiera, no es creíble que no se hubiera hecho) se podrá conseguir el intento en el sentido mixto.
Acaso me preguntaréis con admiración, qué quiere decir sentido mixto; y yo os respondo, que no lo sé sino por la práctica, es decir, porque veo que se hace de él un gran uso en ciertos asuntos.
Es verdad que no se hallan en la lista de los diversos sentidos que se asientan para la inteligencia de las Escrituras.
Éstos son cuatro principales, y dos menos principales.
El primero de los cuatro principales es el literal, esto es, el verdadero, a que se debe atender ante todo; pues sólo este puede fundar una verdad, y establecer un dogma.
El segundo es el alegórico, esto es, el figurado; porque alegoría y figura significan una misma cosa.
El tercero es el anagógico, que más pertenece al cielo, que a la tierra.
El cuarto es el tropológico o moral, por las buenas y excelentes doctrinas, que se pueden sacar de todas las Escrituras, para arreglar nuestras costumbres y santificar nuestra vida.
Los dos menos principales son el espiritual o místico, y el acomodaticio.
Este último no ignoráis lo que significa, esto es, acomodar a Pedro lo que realmente no es de Pedro, sino de Pablo.
Fuera de estos seis sentidos, queda todavía otro no despreciable; el cual, aunque no se nombra, no por eso deja de usarse en las ocasiones, como que es el más cómodo de todos; éste es el que yo llamo sentido mixto, que a todos los comprende, y de todos se sirve.
¿Qué mayor comodidad, que poder entender una misma profecía, que destruye enteramente mi sistema, parte en un sentido, parte en otro, parte en cinco o seis al mismo tiempo?
No obstante esta gran comodidad, que es fácil concebir en el sentido mixto, yo me atrevo a decir, que para entender esta profecía de que hablamos, y otras muy semejantes, no bastan todos los sentidos (ni todos los ingenios) juntos y unidos entre sí.
Parece necesario, demás de esto, echar mano del último recurso, fácil e indefectible sobre todos; parece, digo, necesario e inevitable omitir y pasar por alto muchísimas cosas, que resisten invenciblemente a todos los sentidos, y son aquellas puntualmente que son inacordables con el sistema.
Por ejemplo, éstas desde el versículo 21: He aquí yo tomaré a los a los de Israel de en medio de las naciones, a donde fueron; y los recogeré de todas partes, y los conduciré a su tierra. Y los haré una nación sola en la tierra en los montes de Israel, y será solo un rey que los mande a todos… Y mi siervo David será rey sobre ellos, y uno solo será el pastor de todos ellos; en mis juicios andarán, y guardarán, y cumplirán mis mandamientos… Y David mi siervo será príncipe de ellos perpetuamente. Y haré con ellos alianza de paz, alianza eterna tendrán ellos… Y estará mi tabernáculo entre ellos; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las gentes que yo soy el Señor, el santificador de Israel, cuando estuviere mi santificación en medio de ellos perpetuamente.
De estas pocas reflexiones que acabamos de hacer, y de muchísimas otras que puede hacer cualquiera con gran facilidad, la conclusión sea: que si la profecía de que hablamos (lo mismo digo de cualquiera otras) no puede entenderse seguidamente en este sentido, ni en el otro, ni en todos juntos; la deberemos entender en aquel sentido único, obvio, natural y sencillo, que muestra la misma profecía, repugne o no repugne a nuestras miserables ideas.
Si Dios ha hablado, Él lo hará aunque a nosotros nos parezca difícil o imposible.
¿Dijo pues, y no lo hará? ¿Habló, y no lo cumplirá?
¿Para qué, pues, nos cansamos inútilmente en buscar otros caminos difíciles e impracticables, cuando tenemos este fácil, llano y seguro? ¿Acaso porque no pueden pasar por este camino ciertas ideas?
Luego ésta es una prueba evidente, no de que el camino no sea bueno, sino de que estas ideas no son buenas, sino de contrabando, pues no pueden pasar seguramente por el camino real.
Y si son de contrabando, luego las deberemos dejar, obedeciendo fielmente a las órdenes del rey supremo, y cautivando nuestro entendimiento en obsequio de la fe.
Con esto sólo, ya nada tenemos que temer; el camino queda fácil, llano y seguro; y la profecía que se imaginaba tan obscura, se ve al punto llena de claridad, y se entiende toda entera, desde la primera hasta la última palabra.
No puedo detenerme más en este punto particular, porque me llaman con gran instancia otros muchos de igual o mayor importancia, que tienen con éste una gran relación, y que por consiguiente deben aclararlo y fortificarlo más.
Todos ellos pertenecen y se encaminan directa e inmediatamente a un mismo asunto principal, esto es, a la consumación del gran misterio de Dios, que encierran, en sí las Santas Escrituras, o a la revelación de nuestro Señor Jesucristo, o a su venida segunda en gloria y majestad, que todos creemos y esperamos.
