Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

 

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ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Canta el Salmista:

Como anhela el ciervo llegar a las fuentes de agua así mi alma suspira por Ti, Dios mío. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente. ¿Cuándo iré y compareceré en la presencia de Dios? Las lágrimas son mi manjar de día y de noche, mientras cada día me dicen: — ¿Dónde está tu Dios? Recuerdo y lloro mi suerte, desde el tiempo en que marchaba hacia el tabernáculo de Dios, entre los cantos de júbilo y las acciones de gracias de una multitud en fiesta. ¿Por qué estás triste alma mía? ¿Por qué te conturbas? Espera en Dios, que aún me será dado alabarlo. Él es mi salud y mi Dios (Salmo 41, 2-6).

¿No son éstas las voces que salen del Purgatorio? Difícilmente se podría expresar mejor los sentimientos de aquellas Benditas Almas, las cuales, a pesar de estar en gracia, no se unirán a Dios en la visión beatífica hasta que no se hayan purificado por completo.

Como anhela el ciervo llegar a las fuentes de agua así mi alma suspira por Ti, Dios mío… Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente. ¿Cuándo iré y compareceré en la presencia de Dios?…

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Haremos algunas consideraciones acerca del Purgatorio y sobre la Benditas Almas que allí residen.

Para comprender bien la noción del Purgatorio es necesario, en primer lugar, distinguir en todo pecado entre la culpa y la pena.

Aun en un tribunal humano, no hay que confundir esas dos cosas. Si alguien mata a una persona, el acto constituye una culpa, la que luego es castigada con una pena.

De allí derivan nuestras deudas…, deuda de culpa y deuda de pena…, de las cuales pedimos a Dios nos perdone en el Padrenuestro…, al menos en el tradicional, no adulterado…

Ahora bien, la Culpa, como sabemos, puede ser mortal o venial, según nos quite o no la gracia santificante, que es la vida del alma.

La Pena que nos impone Dios por nuestras culpas, puede ser pena eterna (el Infierno, por la culpa mortal que implica el pecado mortal), o bien pena temporal (por la culpa venial que entraña el pecado venial).

Pero hay algo más todavía, muy fino y delicado… Cuando, después de haber caído en una culpa grave, nos confesamos con las debidas disposiciones del alma, obtenemos el perdón de la culpa y de la pena eterna; pero, casi siempre queda por satisfacer una pena temporal en reparación del mal hecho.

Por esto el confesor, al absolvernos, nos impone la satisfacción o penitencia; por eso también ofrecemos en expiación el bien que hacemos o la mortificación que practicamos; por la misma razón tratamos de ganar Indulgencias.

Las Indulgencias son la aplicación de los méritos de Jesucristo y de los tesoros espirituales de la Iglesia, concedidas al que practica determinadas obras, y sirven para satisfacer la pena temporal que queda después de la remisión de la culpa y de la pena eterna, así como de las culpas veniales no perdonadas.

En virtud de estas premisas, resulta evidente que:

Si uno muere en pecado mortal, tiene que cumplir una pena eterna y va al Infierno.

Si muere después de haber expiado sus culpas, mortales y veniales, y después de haber satisfecho todas las penas debidas por sus faltas, tiene merecido el Paraíso.

Si, en cambio, muere teniendo sobre la conciencia solamente pecados veniales —los cuales no quitan la gracia— o debiendo todavía purgar una pena temporal por culpas graves perdonadas o por culpas leves no perdonadas, no puede ser condenado al Infierno, pero tampoco puede entrar en el Paraíso; tiene que pasar por el lugar de la purificación, que precisamente se llama Purgatorio.

Lo que no se purifica aquí en la tierra, debe ser purificado después de la muerte…

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Son dos los tormentos de las Almas del Purgatorio. Sufren:

a) La Pena de daño, ya que permanecen separadas de Dios. Sin embargo, esta separación no debe ser confundida con la de los condenados, porque las Benditas Almas del Purgatorio poseen la gracia, están unidas a Dios por el afecto y un vivísimo deseo, aunque estén afligidas por no poder lanzarse en brazos de su Señor, a quien no verán sino después de una completa expiación y purificación.

Como veremos a continuación, las Benditas Almas no están desesperadas, sino que sufren con conformidad y con esperanza.

b) La Pena de sentido, ya que es justo que, habiendo participado los sentidos en la culpa, el alma y el cuerpo seas castigados también de esta manera.

Puesto que en la otra vida ya no se puede adquirir mérito alguno, las Benditas Almas del Purgatorio no pueden obtener la liberación con sus propios esfuerzos. Pero estando nosotros unidos a ellas mediante la gracia de Jesucristo, que nos une a todos en una familia y en un solo organismo, podemos sufragar por ellas, no aplicándoles nuestros méritos, que son siempre personales, sino las satisfacciones necesarias.

Nosotros, mediante las plegarias, las mortificaciones, las obras buenas, la aplicación de las indulgencias y especialmente del Sacrificio de la Misa, rompemos las cadenas de estas Almas prisioneras y les damos alas para volar hacia el Dios suspirado.

Esta es la doctrina de la Iglesia, que, siempre como buena Madre, nos invita en la recitación del De Profundis, a pensar en el abismo desde el cual las Almas, nuestras hermanas, suspiran por Dios, y con el Requiem, nos hace orar así: Concédeles, Señor, el descanso eterno; y la luz perpetua brille para ellas.

También en este caso, apresurando la unión bienaventurada de las almas del Purgatorio con Dios, cumplimos un acto de caridad que aumenta la gracia en nuestro corazón, o sea que nos une cada vez más al Señor.

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Haciendo una aplicación práctica, y pensando un poco en nosotros mismos, volvamos sobre lo que anticipamos ayer respecto de las diferencias entre las diversas clases de almas.

En cuanto a los cristianos poco generosos en la mortificación, que habrán hecho muy poca penitencia de todos sus pecados, de todos esos abusos de la gracia, ciertamente las pruebas soportadas en este mundo los habrán purificado un poco; pero, aceptadas con amor muy flaco, habrán perdido mucho del valor que debieran tener.

Sin embargo, las almas generosas y desprendidas pueden tener también sus deudas con la justicia divina, ya que todos hemos de pagar hasta el último pecadillo.

Dios, pues, hace pasar a sus amigos por penas que acaban de purificarlas, pero lo hace, a no poder más, y por eso concede a estas almas, tan tiernamente amadas, consolaciones que suavizan sus penas.

Así, para sus amigos fieles, Dios templa la severidad de su justicia con los favores de su misericordia; si bien los castiga, también los consuela y regocija.

Es bien creíble, pues, que aun en el Purgatorio son consoladas las almas generosas.

Además, las almas perfectas tienen ciertamente menos deudas con la justicia divina, porque pecaron mucho menos y porque expiaron mucho más.

A pesar de aminorar y suavizar sus penas, puede quedarles algo que padecer en ese lugar de expiaciones, pero lo sufren con mucho más amor.

Por el contrario, las almas que en esta vida huyeron el padecer, se encuentran con penas mucho más terribles en el otro mundo, y se apodera de ellas un amargo arrepentimiento, por lo menos al principio de su expiación.

A medida que se van purificando, van conociendo mejor la bondad inefable de Dios, su sabiduría, su santidad enemiga de la más leve fealdad; comprenden mejor todo el respeto, sumisión y adoración profunda que le debemos; y con éso crece en su voluntad el amor de la voluntad divina, y acaban por aceptar muy de corazón las penas que Dios les impone, y que tanto han merecido.

El que amó el sacrificio y abrazó con generosidad la Cruz, y no tiene que expiar sino faltas muy leves, padece mucho menos; y, desde que entra en el Purgatorio, lo padece con amor muy intenso, amor que, no restringido por los impedimentos que en otros producen tantos defectos no expiados, puede ejercitar libre y vigorosamente.

Con este amor, que llega a ser vivísimo en extremo, aman inmensamente la voluntad de Dios, y aceptan con rebosante júbilo los santos rigores de su justicia.

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Para terminar, consideremos la doctrina de un Santo Doctor sobre el Purgatorio.

San Francisco de Sales enseña que de la meditación del Purgatorio podemos sacar más motivos de consuelo que de temor; porque la mayor parte de los que temen tanto el Purgatorio, lo temen porque sólo miran su interés y el amor de sí mismos, más que los intereses y el amor de Dios.

Y agrega que esto nace porque en los púlpitos suelen ponderarse sólo las penas de aquel lugar, y no las felicidades y la paz que gozan las Benditas Almas detenidas en él.

Es cierto que los tormentos son tan grandes que no pueden compararse con ellos los dolores más extremados de esta vida; pero también lo es que los consuelos interiores son allí tales, que no hay prosperidad ni contento en la tierra que pueda igualarse con ellos.

Entre dichos gozos el Santo Doctor cita los siguientes:

Primero: las Almas están allí en una continua unión con Dios.

Segundo: Ellas están perfectamente sujetas y resignadas a la voluntad divina; o por mejor decir, su voluntad está de tal modo transformada en la de Dios, que no pueden querer sino aquello mismo que Dios quiere; de manera que si se les franquease el Paraíso, se precipitarían en el infierno, antes de presentarse delante de Dios con las reliquias de las manchas que todavía tuviesen.

Tercero: Ellas se purifican allí voluntaria y amorosamente, porque ése es el beneplácito de Dios.

Cuarto: Ellas quieren estar allí en aquella misma manera que es del agrado de Dios, y por todo el tiempo que Dios quisiere.

Quinto: Ellas son impecables; y así no pueden sentir el menor movimiento de impaciencia, ni cometer la menor imperfección.

Sexto: aman a Dios más que a sí mismas y más que a todas las cosas, pero con un amor cumplido, puro y desinteresado.

Séptimo: Ellas reciben allí los consuelos de los Ángeles.

Octavo: están seguras de su salvación eterna, con una esperanza tan firme, que no es capaz de confundirse en su espera.

Nono: su amargura, aunque amarguísima, está en medio de una profundísima paz.

Décimo: si padecen una especie de infierno en los dolores, están en un Paraíso en cuanto a la dulzura que derrama en su corazón la caridad; caridad más fuerte que la muerte, y más poderosa que el infierno.

Undécimo: ¡estado dichoso!, más apetecible que temible; pues aquellas llamas son llamas de luz y caridad.

Duodécimo: estado, sin embargo de todo esto, temible; pues se les retarda el fin de toda consumación, que consiste en ver a Dios y amarle, y absortas en esta vista y este amor, alabarle y glorificarle por toda la duración de la eternidad.

Acerca de esto San Francisco de Sales aconsejaba mucho la lectura del admirable Tratado del Purgatorio, que escribió Santa Catalina de Génova.

Pero, si esto es así, se replicará: ¿por qué se recomienda tanto el rogar, a Dios por las Benditas Almas del Purgatorio?

Es porque, no obstante las ventajas referidas, el estado aquellas almas es muy doloroso y verdaderamente digno de toda nuestra compasión; y porque, además de esto, se retarda a Dios la gloria y alabanza que Ellas le han de dar cuando lleguen al Cielo.

Estos dos motivos nos deben obligar a procurarles con empeño una pronta libertad por medio de nuestras indulgencias a modo de sufragio, oraciones, ayunos, limosnas y toda suerte de buenas obras; y especialmente por la ofrenda del Santo Sacrificio de la Misa.

Por eso, como nos enseña la Santa Madre Iglesia en el Memento de los difuntos, recemos por ellos:

Acuérdate también, Señor, de tus siervos y siervas que nos han precedido con la señal de la fe y duermen el sueño de la paz. A todos los que descansan en Cristo, te rogamos los coloques en el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Así sea.