MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.
Hoy nos encomendamos a:
SAN SIMON Y SAN JUDAS TADEO
APÓSTOLES (siglo I)

CELEBRA la Iglesia en el mismo día la festividad de estos dos santos Apóstoles, y no sin razón. Asociados están en las listas evangélicas que traen los nombres de los miembros del Colegio Apostólico, y juntos trabajaron en la viña del Señor en los postreros años de su laborioso apostolado. Juntos colaboraron en la conversión de los persas y, probablemente, el mismo día ciñeron la gloriosa corona del martirio, en la misma Persia o en Armenia. Muy natural parece, pues, que tampoco la Iglesia los separe de su liturgia, y que ofrezca a ambos el culto correspondiente en el aniversario de su nacimiento para el ciclo. I,os fieles gustan de invocarlos por separado, debido a diferentes motivos y circunstancias, por cuanto la devoción de los fieles ha asignado, en el correr de los siglos, un poder especial de intercesión a cada uno.
Poquísimas noticias hallamos en el Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles referentes a nuestros dos Santos, y a ellas hemos de atenemos a lo largo de esta biografía.
Examinando la lista que de los doce Apóstoles traen los evangelistas San Mateo (X, 2-4) y San Marcos (III, 16-19), observaremos que el nombre del apóstol Simón va acompañado, en el texto de la Vulgata, del sobrenombre de Cananeo (en griego, Kananites). Según San Jerónimo y otros exegetas de los primeros siglos, dicho epíteto de Cananeo vendría a significar que Simón era oriundo de Caná de Galilea. Pero no parece admisible, porque ese adjetivo tiene igual significado que la voz aramea quanana, de la que se deriva, y que
significa «inflamado de celo» o Celador. San Lucas lo entendió perfectamente: por dos veces —en su Evangelio (VI, 15) y en los Hechos de los Apóstoles (1. 13)— le llama Simón Zelotes (celoso), y no Simón el Zelotes, si bien tiene esta palabra en hebreo ambos significados. Simón el Celoso o el Celador es, pues, según el Evangelio, el verdadero nombre de este santo Apóstol.
El calificativo de Zelotes debe entenderse en el sentido de celo ardentísimo en pro de la causa de Dios, y no como sinónimo de afiliado a la secta de los Zelotes, apasionados por un celo feroz y desmedido en pro de la independencia absoluta de Israel.
El Evangelio junta el nombre de Simón con el de Judas, a quien San Mateo y San Marcos llaman «Tadeo», esto es: «hombre intrépido o animoso». Opinan algunos exegetas que el apóstol Simón es aquel de quien hace referencia San Mateo cuando dice (XIII, 55): «¿No son sus parientes (de Jesús) Santiago, José, Simón y Judas?» En este caso sería primo de Nuestro Señor y hermano de Santiago el Menor y de San Judas; tal parentesco nos parece, sin embargo, dudoso.
San Simón es, de los Doce, del que menos sabemos. Dícese que compuso el décimo artículo del Símbolo de los Apóstoles: «Creo en el perdón de los pecados.» No podemos afirmar con absoluta certidumbre cuál fue su campo de apostolado. Según la tradición que el Breviario romano acoge, predicó en Egipto y en Cirene, y, más tarde, asociado a San Judas, en Mesopotamia y en Persia, donde, según hemos dicho, conquistó la corona de mártir.
Autores hay que lo presentan embarcándose en uno de los puertos africanos para la Gran Bretaña, antes de pasar al Asia; mas para los Bolandistas, es pura leyenda tal evangelización.
SAN JUDAS, PRIMO DEL SEÑOR
CONÓCESE a este santo Apóstol con varios nombres; el de Judas es el verdadero. Para distinguirlo de su homónimo, el traidor, San Lucas lo nombra de esta manera: «Judas, hermano de Santiago»; y San Juan de esta otra: «Judas, no el Iscariote» (XIV, 22). San Mateo y San Marcos no lo conocen más que por el de Tadeo, y en muchos manuscritos griegos se lee: «Lebeo, llamado Tadeo»; a lo que parece, Lebeo estaría en el original de San Mateo; estos dos sobrenombres vienen a ser sinónimos en lengua hebrea, y dicen tanto como «hombre sabio y generoso». Con esto se ve a las claras que los Evangelistas quisieron evitar que hubiese confusión entre este santo Apóstol y el prevaricador, Judas Iscariote. Por esta causa, añadieron un determinativo al nombre que llevaba al entrar en el Colegio apostólico. Si hemos de dar crédito a las Actas de Tadeo, obra apócrifa de los primeros siglos, el nombre de Tadeo le fue dado por el santo Precursor cuando le bautizó. Según una obra griega del siglo V, San Judas es uno de los setenta y dos discípulos, llamado Tadeo o Adai.
Sea de ello lo que fuere, es cierto que este gloriosísimo Apóstol era hijo de Cleofás o Alfeo —hermano del bendito patriarca San José— y de María, hermana o parienta próxima de Nuestra Señora la Madre de Dios. Hermanos suyos, y primos hermanos de Jesucristo, eran Santiago el Menor, primer obispo de Jerusalén, José y Simón. El Evangelio de San Mateo los llama «hermanos» del Señor, pero hay que saber que entre los hebreos tiene esta palabra un significado muy amplio y puede referirse a grados de parentesco bastante lejanos. Lo cierto es que San Judas y Santiago el Menor eran parientes lejanos del Salvador y descendientes de la real familia de David.
Durante la persecución de Domiciano, hiciéronse pesquisas para hallar a los descendientes de San Judas, porque pertenecían a la familia del Cristo o ungido: así lo consignan los historiadores Eusebio y Hegesipo. Por último los dejaron en paz, pues, aunque descendiesen de sangre real, no los consideraron peligrosos para el imperio romano.
Antes de seguir a Cristo, era San Judas un honrado labriego, según se lee en un escrito de los siglos IV o V, intitulado Constituciones Apostólicas: «Que no haya nadie ocioso entre los fieles —dice—. Que si alguno no quiere trabajar, que no coma. Pedro y demás Apóstoles fueron pescadores; Judas, hermano de Santiago, fue agricultor.» Estaba casado y tuvo dos hijos; de sus descendientes trata Hegesipo, historiador de mediados del siglo II.
EN POS DEL MAESTRO. ÚLTIMA CENA DEL SEÑOR
EN ningún pasaje de los Evangelios hallamos cuándo y cómo fue llamado San Judas al apostolado, y lo mismo podemos decir de sus hermanos.
Este silencio ha sido interpretado por algunos autores de la siguiente manera: Los escritores sagrados creyeron ocioso hablar de lo que todos sabían, porque era muy natural que las frecuentes relaciones de los hijos de Cleofás con Jesús, desde mucho tiempo sostenidas, hiciesen de ellos los primeros discípulos del Salvador. Los evangelistas San Mateo y San Marcos dan a San Judas el décimo lugar entre los miembros del sacro Colegio y le nombran antes que a Simón; San Lucas, por el contrario, le asigna el penúltimo lugar y lo menciona antes del prevaricador. En estas listas, como en la del Canon de la misa, van siempre juntos los nombres de los santos apóstoles Simón y Judas, sin que se sepa de fijo por qué.
El primo hermano del Señor siguió a éste constantemente en sus correrías apostólicas, pero no se hace mención de él hasta la noche de la Cena, mientras pronunciaba Jesús su admirable sermón.
Entremos en el Cenáculo y oigamos al Divino Maestro. Acaba de prometer a sus discípulos su propia asistencia y presencia, juntamente con la del Padre y la del Espíritu Santo.
Él mismo permanecerá con ellos; el mundo no le verá, porque su vida será espiritual, pero sus discípulos sí le verán, porque vivirán esa misma vida espiritual, y entonces conocerán el secreto de esa unión con el Padre: «Conoceréis —dice— que Yo estoy en mi Padre, y que vosotros estáis en Mí, y Yo en vosotros»; pero esta unión no será tan sólo por la fe, sino principalmente por la caridad: «Quien ha recibido mis mandamientos y los observa, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado de mi Padre, y Yo le amaré,
y Yo mismo me manifestaré a él» (Juan, XIV, 21).
Aun cuando Jesús era muy claro en sus exposiciones, tropezaban éstas con la natural rudeza de sus discípulos, acostumbrados, por otra parte, al criterio tradicional del pueblo.
Así, pues, quedóse muy extrañado y sorprendido el bienaventurado primo del Señor, porque tanto él como los demás discípulos y todos los judíos, creían que el Mesías se presentaría con gran pompa y majestad, que iría de triunfo en triunfo conquistando todos los pueblos, y, por último, que todos vendrían a postrarse rendidos a sus pies. Y así, tomóse licencia de preguntar a Jesús: «Señor, ¿qué causa hay para que te hayas de manifestar a nosotros y no al mundo?» A lo que respondió el Divino Maestro: «Cualquiera que me ama observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él» (Juan, XIV, 23). Con palabras tan explícitas, quiso Jesús darle a entender que el Señor se manifiesta con luces interiores a las almas que le aman y guardan su palabra: entonces vienen a ellas las tres personas de la Santísima Trinidad, y en ellas establecen su morada permanente. Pero el mundo no ama a Jesús; de por sí es esencialmente enemigo de Dios y le aborrece; de ahí que Jesús no se puede manifestar a él, porque el amor es condición necesaria para que venga Dios al alma.
A nadie excluye de su reino el Señor, mas para entrar en él es necesario llevar el vestido nupcial de la caridad divina. Son de alabar los deseos de San Judas de que la gloria de Jesucristo brille como el sol esplendente en el mundo entero y su reino se extienda a toda la gran familia humana; pero esta gloria no es visible ni es eficaz más que para los justos, para los que son discípulos del Salvador en espíritu y en verdad, para los que le manifiestan su amor con la práctica de su doctrina y de sus mandamientos.
TRABAJOS APOSTÓLICOS
LOS autores eclesiásticos difieren bastante al transcribirnos las tradiciones referentes a la vida y al apostolado de San Judas. Según Nicéforo Calixto, debió de empezar sembrando la semilla evangélica en Judea, Samaría e Idumea. Otros dicen que predicó primero en África, y siguió después hasta la Libia; pero los más escriben que fue Mesopotamia su primer campo de apostolado, y que después del martirio de Santiago volvió a Jerusalén. Según San Agustín, este bienaventurado apóstol formuló el undécimo
artículo del Credo: «Creo en la resurrección de la carne». Es de creer que después de haber recibido el Espíritu Santo, evangelizaría las comarcas o países vecinos de los que eran adoctrinados por el Príncipe de los Apóstoles, por cuanto en su epístola canónica combate San Judas a los mismos herejes que en su segunda epístola delata San Pedro. El Martirologio romano y el Breviario dicen que predicó el Evangelio en Mesopotamia.
De allí, obedeciendo al impulso de su celo, se fue juntamente con San Simón a llevar la buena nueva al país de los persas.
LA EPÍSTOLA DE SAN JUDAS
NO se limitó nuestro bienaventurado Apóstol a la enseñanza oral del Evangelio, valióse también de la pluma para afianzar la santa doctrina. Entre las epístolas canónicas figura una, la última, que lleva el nombre de «Judas, siervo de Cristo y hermano de Santiago». Pertenece al grupo de las católicas, por haberla dirigido, no a una Iglesia particular, sino a todas en general; en ella habla especialmente a los judíos convertidos.
Debió de escribirla antes de su ida a Persia y también antes de la destrucción de Jerusalén por los romanos, pues no hace en ella alusión alguna a ese terrible castigo que, dado el texto de la misma y su objeto, hubiera mencionado necesariamente si hubiera acaecido ya cuando San Judas escribía.
Supónese que la expediría probablemente hacia el año 70. Tradújose al latín en el siglo II y la citan repetidas veces los escritores eclesiásticos más antiguos, como Tertuliano, Clemente de Alejandría y otros. En la Iglesia romana y en la africana fue considerada como escrito divinamente inspirado.
Dirigióla a las Iglesias de su jurisdicción y a otras por las que tenía especial interés. En ella exhorta a los nuevos judíos conversos a combatir valerosamente por la fe.
Adviérteles que se guarden de ciertos hombres impíos o falsos doctores que se han entrometido con disimulo en la grey del Señor, y cambian la libertad que Dios nos da en desenfrenada licencia. A ejemplo de Sodoma y de Gomorra, entréganse al pecado nefando, reniegan de Jesucristo, nuestro único soberano y Señor, desprecian a la autoridad, blasfeman contra la majestad, muéstranse altaneros, vomita su boca injurias hablando de cosas que no entienden…; y así prosigue desenmascarando a los impostores que el mismo divino Maestro anunciara. Estos herejes, meteoros errantes, nubes sin agua, árboles otoñales e infructuosos, recibirán su castigo; Dios los confundirá como hizo con otros antepasados, según refieren el Antiguo Testamento y las tradiciones judaicas.
Por esta epístola hemos llegado a conocer un interesante pormenor que no consta en ninguno de los demás libros inspirados; y es que, como el demonio pretendiera apoderarse del cuerpo de Moisés, de cuyo sepulcro encargara el Señor a San Miguel, impidióselo el santo arcángel al tiempo que decía aquellas palabras que diariamente repiten los sacerdotes al final de la Misa: «¡Reprímate Dios!»
Esta epístola es, ante todo, una exhortación moral y no un tratado doctrinal. Sin embargo, encierra las verdades fundamentales de la fe cristiana, a saber: necesidad de creer en el Evangelio y en Jesucristo para salvarse, de guardar los mandamientos, y de no seguir las doctrinas y ejemplos de hombres corrompidos y perversos.
EVANGELIZACIÓN DE BABILONIA Y PERSIA
COMÚNMENTE se cree que los dos santos apóstoles Simón y Judas se encontraron en Persia. Allí trajeron juntos gran muchedumbre de pueblos al Señor, acudiendo Dios en su auxilio con muy señalados milagros; juntos también fueron coronados por el martirio. De su apostolado y de su muerte se leen detalles más o menos auténticos en un escrito del siglo VI, intitulado Historias Apostólicas, que viene a ser una recopilación de leyendas referentes a los Apóstoles. Algunas tienen sabor antiguo, y, aunque apócrifas, no dejan de contener cosas verdaderas. La leyenda de San Simón y San Judas habla de un tal Abdías, hebreo, y compañero de los dos Apóstoles, a quien éstos consagraron obispo de Babilonia, y que luego escribió los prodigiosos trabajos que realizaron los dos Santos en el reino de Persiu.
Según el falso Abdías, los misioneros evangélicos entraron en Persiu cuando Baradac, general de los ejércitos babilónicos, salía en guerra contra los indios invasores. Quiso Baradac saber de sus dioses el fin que había de tener la empresa; consultó, al efecto, a los sacerdotes paganos, adivinos y magos que le acompañaban, mas fue en vano, porque luego que llegaron al campamento persa los santos Apóstoles, enmudecieron los demonios que antes daban respuestas a los magos y adivinos. Maravillado de esto, quiso saber la causa, la cual, según declaró un ídolo muy venerado, no era otra que la presencia de los dos extranjeros recién llegados, y añadió ser tan formidable el poder de esos hombres de Dios que ningún demonio podía hablar en su presencia.
Mandó Baradac traer a los santos Apóstoles, pero se convenció de que eran hombres de bien. Dieron éstos licencia a los demonios para que respondiesen, y por boca de sus ministros, aseguraron que la guerra sería larga y sangrienta. Dijeron entonces los Santos a Baradac: «No tienes por qué temer, porque todo esto es pura mentira; mañana a hora de tercia vendrán embajadores de los indios a pedirte paz y ponerse en tus manos, y harán cuanto quisieres.» Cumplióse puntualmente la predicción de los discípulos de Cristo, y Baradac quiso matar a los sacerdotes paganos; mas nuestros bienaventurados intercedieron por ellos diciendo: «No hemos venido a este reino a quitar la vida a nadie, sino a darla a muchos.»
Impresionaron grandemente a Baradac y al rey tales sucesos, a consecuencia de lo cual recibieron los misioneros del Evangelio entera libertad para predicar y organizar la religión cristiana en Babilonia. Con su predicación, vida ejemplarísima y grandes milagros —entre otros, el de volver mansos como corderos a dos tigres ferocísimos— , obtuvieron innumerables conversiones; el propio rey, toda la corte y Baradac recibieron también el bautismo.
Ya organizada la Iglesia en la ciudad de Babilonia, anduvieron predicando por las ciudades principales de Persia, donde, con grandes trabajos y no pocas penalidades y privaciones, ganaron para Dios a muchísimas almas.
Mas acercábaseles la hora de ir a recibir el premio prometido por el divino Maestro a los siervos buenos, a los testigos fieles de su misión divina.
MARTIRIO DE LOS DOS APÓSTOLES
SI hemos de dar fe a las Actas apócrifas, ya mencionadas, su martirio se verificó de la siguiente manera: Llegado que hubieron a la ciudad de Suanir, dos magos, sacerdotes del Sol y de la Luna, amotinaron al populacho contra ellos con engaños y calumnias, y casi arrastrando llevaron a Simón al templo del Sol, y a Judas Tadeo al de la Luna para que adorasen a los ídolos. Negáronse ellos, como no podía menos de suceder; hicieron oración, y para probar a los idólatras que Jesucristo era el único verdadero Dios mandaron a los demonios que saliesen de las estatuas y del templo. Al punto sobrevino un terremoto, cayeron los ídolos y se hicieron añicos.
Fue tan grande la saña que recibieron de esto los sacerdotes y el populacho, que arremetieron contra los Santos con ímpetu y furor, y los despedazaron.
Es tradición que a San Simón le aserraron el cuerpo por la mitad, y de ahí el que en la iconografía cristiana se le represente con una sierra en la mano. En cuanto al santo primo del Señor, parece que fue crucificado y luego muerto a flechazos y golpes de clava.
Ordinariamente se le representa con una cruz invertida, o también con una lanza o machete, y una clava; a veces lleva una imagen de Jesucristo.
No se conoce el año de su martirio, pero ciertamente fue antes de la persecución de Domiciano. El Martirologio romano fija su nacimiento para el cielo a 28 de octubre.
Cuenta la historia de Abdías, primer obispo de Babilonia, que el rey de esta ciudad, que era cristiano, en sabiendo la muerte de los santos Apóstoles, hizo llevar sus sagrados cuerpos a la capital, y les edificó un suntuoso templo, donde estuvieron hasta que fueron trasladados a Roma, probablemente cuando los mahometanos conquistaron a Persia.
Hoy día se veneran en la basílica de San Pedro. San Judas Tadeo es patrono de Magdeburgo y de otras localidades. A San Simón le toman por protector de aserradores; y en Auvernia (Francia) es patrono de los zurradores, lo que se debe a la homonimia de su nombre con el del zurrador de Jope, que hospedó en su casa al Príncipe de los Apóstoles.
A San Judas se le invoca sobre todo en casos urgentes y desesperados; patrocinio extraño del que se han dado muchas y encontradas explicaciones; una de las más aceptables es la oportunidad inesperada con que él y su compañero sacaron de crítica situación al ejército de Baradac.
El oficio de estos Apóstoles, como el de los demás, figura en los antiguos sacramentarios. Si sólo uno de los dos es titular de iglesia, se festeja a los dos separadamente.
SANTOS POR DÍA
EDELVIVES
