DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Vigésimo quinta entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

VENIDA DEL MESÍAS

EN GLORIA Y MAJESTAD

PARTE SEGUNDA

Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.

Fenómeno V

Los judíos (IV de V)

Continuación…

Artículo III

Tercer aspecto

Se consideran los judíos, después de la muerte del Mesías, como la esposa de Dios arrojada por justas razones de casa del esposo, y despojada enteramente de su dignidad; y se pregunta si este castigo tendrá fin, o no.

Este punto tiene grande relación con el antecedente, y aun parece el mismo, a lo menos cuanto a la sustancia, pues todos estos nombres, pueblo de Dios, iglesia de Dios, sinagoga de Dios, esposa de Dios, etc., todos en sustancia suenan y significan casi una misma cosa.

Por tanto, si es cierto y seguro lo que acabamos de probar, esto es, que aquel que, desde Abrahán hasta el Mesías, fue pueblo de Dios, y ahora no lo es, ha de volver a serlo en algún tiempo, podremos asegurar del mismo modo, y en el mismo sentido, que aquella que fue la verdadera esposa de Dios, esto es, la casa de Jacob, y ahora no lo es, sino antes la más vil y despreciable de todas las mujeres, volverá a serlo algún día aunque lo repugne todo el mundo.

El punto, aunque sumamente delicado, es, sin duda alguna, gravísimo e importantísimo por todos sus aspectos.

El ser delicado y crítico por alguna circunstancia extrínseca, no parece razón suficiente para encubrirlo, o disimularlo, si realmente se halla expreso en la Escritura de la verdad.

Para algún fin particular lo mandó escribir el Espíritu Santo; y es claro que su intención no pudo ser, que después de escrito se quedase siempre oculto, y que ninguno se atreviese a tocarlo por su extrema delicadeza.

Hágome cargo que es menester valor, y gran valor, para anunciar prosperidades a la que fue reina Vasti en presencia de la reina Ester, la cual fue llamada graciosamente a ocupar su puesto, en consecuencia de la sentencia terrible que se dio contra la primera: reciba su reino otra, que sea mejor que ella (Esther, I, 19).

La cual sentencia concuerda perfectamente con aquella otra no menos terrible: quitado os será el reino de Dios, y será dado a un pueblo que haga los frutos de él (Mat., XXI, 43).

Mucho más valor sería necesario para avanzar esta proposición en tono de profecía.

Llegará tiempo en que el rey Asuero se acuerde de Vasti, y de lo que había hecho, y de lo que había padecido (Esther, II, 1). Llegará tiempo en que se acuerde de su primera esposa, a quien tanto amó, y a quien apartó de sí por justas razones, y compadecido de sus trabajos, enternecido con sus lágrimas, satisfecho con su larga y durísima penitencia, la llame otra vez a sí, no obstante la oposición de sus siete sabios y de sus ministros (ibid., versículo 3), le restituya todos sus honores, y la corone de mayor gloria que la que tuvo antes de su infortunio.

Si para avanzar esta proposición en presencia de la reina Ester hubiese sido necesario un valor extraordinario, podréis ahora aplicar la consecuencia con gran facilidad.

Se considera todo el capítulo XLIX de Isaías:

¡Oídme, islas, atended, pueblos lejanos! Yahveh desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre. 2 . Hizo mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me escondió; hízome como saeta aguda, en su carcaja me guardó. 3 . Me dijo: “Tú eres mi siervo (Israel), en quien me gloriaré”. 4 . Pues yo decía: “Por poco me he fatigado, en vano e inútilmente mi vigor he gastado. ¿De veras que Yahveh se ocupa de mi causa, y mi Dios de mi trabajo?” 5 . Ahora, pues, dice Yahveh, el que me plasmó desde el seno materno para siervo suyo, para hacer que Jacob vuelva a él, y que Israel se le una. Mas yo era glorificado a los ojos de Yahveh, mi Dios era mi fuerza. 6 . “Poco es que seas mi siervo, en orden a levantar las tribus de Jacob, y de hacer volver los preservados de Israel. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra”. 7 . Así dice Yahveh, el que rescata a Israel, el Santo suyo, a aquel cuya vida es despreciada, y es abominado de las gentes, al esclavo de los dominadores: Veránlo reyes y se pondrán en pie, príncipes y se postrarán por respeto a Yahveh, que es leal, al Santo de Israel, que te ha elegido. 8 . Así dice Yahveh: “En tiempo favorable te escucharé, y en día nefasto te asistiré. Yo te formé y te he destinado a ser alianza del pueblo, para levantar la tierra, para repartir las heredades desoladas, 9 para decir a los presos: « Salid », y a los que están en tinieblas: « Mostraos ». Por los caminos pacerán y en todos los calveros tendrán pasto. 10 . No tendrán hambre ni sed, ni les dará el bochorno ni el sol, pues el que tiene piedad de ellos los conducirá, y a manantiales de agua los guiará. 11 Convertiré todos mis montes en caminos, y mis calzadas serán levantadas. 12 Mira: Estos vienen de lejos, esos otros del norte y del oeste, y aquéllos de la tierra de Sinim”. 13 ¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! Prorrumpan los montes en gritos de alegría, pues Yahveh ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido. 14 Pero dice Sión: “Yahveh me ha abandonado, el Señor me ha olvidado”. 15 ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido. 16 Míralo, en las palmas de mis manos te tengo grabada, tus muros están ante mí perpetuamente. 17 Apresúrense los que te reedifican, y salgan de ti los que te arruinaron y demolieron. 18 Alza en torno los ojos y mira: todos ellos se han reunido y han venido a ti. ¡Por mi vida! -oráculo de Yahveh- que con todos ellos como con velo nupcial te vestirás, y te ceñirás con ellos como una novia. 19 Porque tus ruinas y desolaciones y tu tierra arrasada van a ser ahora demasiado estrechas para tanto morador, y se habrán alejado tus devoradores. 20 . Todavía te dirán al oído los hijos de que fuiste privada: “El lugar es estrecho para mí, Cédeme sitio para alojarme”. 21 Y dirás para ti misma: “¿Quién me ha dado a luz éstos? Pues yo había quedado sin hijos y estéril, desterrada y aparte, y a éstos ¿quién los crió? He aquí que yo había quedado sola, pues éstos ¿dónde estaban?” 22 Así dice el Señor Yahveh: “He aquí que yo voy a alzar hacia las gentes de mi mano, y hacia los pueblos voy a levantar mi bandera; traerán a tus hijos en brazos, y tus hijas serán llevadas a hombros. 23 Reyes serán tus tutores, y sus princesas, nodrizas tuyas. Rostro en tierra se postrarán ante ti, y el polvo de tus pies lamerán. Y sabrás que yo soy Yahveh; no se avergonzarán los que en mí esperan”. 24 ¿Se arrebata al valiente la presa, o se escapa el prisionero del guerrero? 25 Pues así dice Yahveh: “Sí, al valiente se le quitará el prisionero, y la presa del guerrero se le escapará; con tus litigantes yo litigaré, y a tus hijos yo salvaré. 26 Haré comer a tus opresores su propia carne, como con vino nuevo, con su sangre se embriagarán. Y sabrá todo el mundo que yo, Yahveh, soy el que te salva, y el que te rescata, el Fuerte de Jacob”.

§ 1

En la simple lectura de todo este capítulo; primero, lo que se presenta como una verdad, es la persona que habla en él desde la primera hasta la última palabra, la que no puede ser otra por todo el contexto, que el Mesías mismo, o el Espíritu de Dios en persona suya.

Habla en primer lugar de su primera venida al mundo, como si fuese este suceso ya pasado; pues para Dios lo mismo es lo futuro, que lo pasado, y que lo presente: y todas las cosas están desnudas y descubiertas a los ojos de él (Heb., IV, 13).

Habla de la misión que tiene de Dios; del fin primario e inmediato de esta misión; de sus efectos, ya prósperos, ya también adversos; habla de la vocación de las gentes; de la misericordia que conseguirán sin buscarla; de la conversión al verdadero Dios de muchos reyes y príncipes; y junto con ellos de sus reinos y principados, etc.

Después de lo cual como si ya estuviese concluido este gran misterio de la vocación y salud de las gentes; como si ya se llenasen o estuviesen muy cerca de llenarse los tiempos de las naciones (Luc., XXI, 24); como si se hubiese ya conseguido plenamente lo que dijo después a los judíos: Tengo también otras ovejas, que no son de este aprisco; es necesario que yo las traiga (Joan., X, 16); como si ya hubiese conseguido entre las mismas gentes el fruto de su pasión y de su muerte, esto es, morir para juntar en uno los hijos de Dios, que estaban dispersos (Joan., XI, 52); en estas circunstancias, digo, vuelve sus ojos llenos de compasión y de ternura, a sus propios hermanos, a su propia sangre, a su antiguo y miserable pueblo, cuyos padres son los mismos, de quienes desciende también Cristo según la carne (Rom., IX, 5).

Represéntase aquí todo este pueblo, o toda esta familia del justo Abrahán, en figura de una triste mujer viuda, sola, sin consuelo, sin refugio, sin esperanza, abandonada enteramente del cielo y de la tierra; a quien no obstante se le da el nombre de Sión, que es el mismo con que fue conocida y honrada en los tiempos de su mayor prosperidad. Pues esta Sión, verdaderamente… viuda, y desamparada (I Tim. V, 5), oprimida ahora de tristeza, sumergida en un profundo y amarguísimo llanto, a vista de la felicidad del pueblo de las gentes, que han ocupado su puesto, suspira y se lamenta diciendo que su Dios la ha desamparado del todo, que la ha abandonado, que la ha echado en un perpetuo olvido, como si nunca la hubiera conocido: Y dijo Sión: Me ha desamparado el Señor, y el Señor se ha olvidado de mí (Isai., XLIX, 14.)

Esta misma queja y lamento se lee en el capítulo XXXVII, versículo 11, de Ezequiel: ellos dicen: Secáronse nuestros huesos, y pereció nuestra esperanza, y hemos sido cortados.

Mas así como allí los consuela el Señor con las promesas y esperanza cierta, de que los huesos secos y áridos, y esparcidos por el campo, volverán a unirse entre sí, cada uno a su coyuntura, se cubrirán de carne, de nervios, y piel, y se les dará otra vez el espíritu de vida; así los consuela en este lugar con promesas todavía mayores, y con expresiones llenas de amor y de ternura.

Sión se lamenta diciendo: me ha desamparado el Señor, y el Señor se ha olvidado de mí; y el Señor le responde al punto estas palabras, sólo dignas de una infinita bondad: ¿Cómo puede olvidar la mujer a su chiquito, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Y si ella le olvidare, pero yo no me olvidaré de ti (Isai., XLIX, 15).

Desde este versículo 15 hasta el fin del capítulo se ve claramente, sin poder dudarlo, que habla el Mesías, no con otra persona, sino únicamente con la misma Sión, llorosa y afligida, y que todo cuanto habla son palabras de consuelo, de esperanza, de amor; mezclando tantas y tan grandes promesas que su misma grandeza las ha hecho increíbles.

Para hacer digno concepto de estas cosas, y poder observarlas con más exactitud, se hace necesario leer todo el texto, a lo menos desde el versículo 14.

Y dijo Sión: Me ha desamparado el Señor, y el Señor se ha olvidado de mí…

Ésta es la queja y el lamento de Sión, a vista de la felicidad de las gentes que ocupan su puesto, a la cual queja le responde el Señor inmediatamente.

Las palabras no pueden ser más claras, ni más expresivas, ni más tiernas, ni más consolantes. No nos es posible observarlas todas en particular; lo puede hacer cualquiera por sí mismo, después de haber examinado y entendido bien estos dos puntos capitales:

Primero: ¿quién es esta Sión que aquí se lamenta de haber sido abandonada y olvidada de su Dios?

Segundo: ¿de qué tiempo se habla aquí?

§ 2

Lo que sobre estos dos puntos se halla en los doctores

Cuanto a lo primero estamos bien seguros, sin sospecha de temor, que en este lugar los doctores no nos dirán lo que nos dicen en tantos otros, donde se habla de Sión (digo donde se habla a favor), esto es, que Sión significa la Iglesia presente.

Esto fuera decir que la Iglesia presente es la que se lamenta de que Cristo su esposo la ha desamparado, y olvidado del todo: Me ha desamparado el Señor, y el Señor se ha olvidado de mí.

Confiesan pues aquí, como en otros muchos lugares nada envidiables, que la Sión que llora y se lamenta no es otra cosa que la casa de Jacob, en cuanto pueblo, o Iglesia, o esposa, o sinagoga del verdadero Dios.

Confiesan más, aunque en general y confusamente, que a ella le responde el Señor aquellas palabras amorosas, y de tanta consolación.

Preguntadles ahora pidiendo una respuesta categórica: ¿si todas estas palabras consolantes, y todas estas magníficas promesas, que acabáis de leer, hablan con la misma Sión, que llora y se lamenta?, y veréis con admiración y pasmo, la negativa sin misericordia.

No obstante, como por un exceso de bondad, y por el respeto tan debido el sentido literal de la Escritura Santa, se conceden algunas pocas a la misma Sión, que llora, y se lamenta: esto es la vigésima o trigésima parte; las demás no pueden ser para ella, sino para la Iglesia o la esposa presente; aunque ésta no se ha lamentado ni hablado una palabra.

Son estas cosas demasiado grandes, dice un doctor de los más clásicos; y ¿quién no dice lo mismo en la práctica aunque tácitamente? Son estas cosas demasiado grandes para que podamos entenderlas en sentido literal, de la sinagoga o de la nación infiel y reprobada de los judíos, sino solamente en cuanto sombra y figura de la Iglesia presente.

Y esto lo dice el buen hombre con satisfacción, como si fuese el plenipotenciario de Dios, o el dispensador de sus tesoros; como si Dios mismo no pudiese prometer y dar de lo que es suyo propio, sino con el conocimiento y beneplácito del hombre enfermo, escaso y limitado.

¿Puede por ventura compararse con Dios un hombre, aun cuando fuese de una ciencia perfecta? (Job. XXII, 2).

Yo sé que a esto se da comúnmente el nombre honorable y glorioso de celo y de piedad cristiana; mas también sé con mayor certidumbre, que el verdadero celo, y la verdadera piedad cristiana, piden en primer lugar creer no sólo en Dios, sino también a Dios, y esperar que cumplirá infaliblemente lo que dice y promete, aunque yo pobre y limitado no alcance ni entienda cómo podrá ser.

Cuanto a lo segundo; esto es, cuanto a los tiempos de que se habla en la profecía, nos dicen, buscando de algún modo el sentido literal, que el lamento de Sión, y la respuesta consolatoria de Dios (no toda, sino aquella pequeñísima parte que se puede conceder sin perjuicio de las ideas favorables) se verificó, ya durante la cautividad de Babilonia, ya en la salida de esta cautividad; por lo cual le dice Dios a Sión estas palabras, que no se le disputan: He aquí que te he grabado en mis manos; tus muros están siempre delante de mis ojos. Vinieron tus reedificadores; los que te destruían y asolaban, se irán fuera de ti; las cuales palabras, según su explicación literal, tienen este sentido.

Tengo en mis manos, oh Sión, el diseño de tu reedificación; vinieron o vendrán presto los que te han de edificar de nuevo, esto es, Zorobabel, Esdras y Nehemías; y los Caldeos que te han destruido, saldrán de tus confines, y serán castigados.

¿Quién creyera, que ni aun esto poco que aquí conceden a la Sión llorosa, se verificó en la salida de Babilonia? Lo veréis más despacio en el fenómeno VII, a donde me remito por ahora.

Mas no es esto lo más singular. En el versículo antecedente, nos dicen que quien habla, y se lamenta en espíritu es la Sinagoga, es la Iglesia, es la esposa antigua del verdadero Dios; y no obstante la respuesta que le da el Señor, se endereza solamente a la Sión material, o a la ciudad y fortaleza de David; y toda la consolación se reduce a que será reedificada de nuevo materialmente.

Digo toda la consolación, porque lo que se sigue desde aquí hasta el fin del capítulo ya no se puede conceder ni a la Sión espiritual, ni mucho menos a la material, ni a los tiempos de Zorobabel, Esdras y Nehemías.

Son cosas demasiado grandes las que se dicen. Así, deben ser para otros tiempos, y para otra Sión, esto es, para la Iglesia presente.

No hay que preguntar por qué razón, o con qué justicia se quita a una pobre viuda llena de trabajos, aquello poco que le queda, que es la esperanza; y esto para darlo a otra, que no es viuda ni pobre, sino opulentísima, a quien todo le sobra.

Esta razón no se produce o porque no la hay, o porque no es necesaria; son cosas que no pueden entenderse de otro modo, sin gran detrimento del sistema.

§ 3

Se examinan estas ideas a la luz de la profecía

Para conocer con toda certeza, si estas ideas son justas o no, consideremos con alguna mayor atención el contexto de todo este capítulo. Esto es todo lo que precede a la queja de Sión.

Con esto solo entenderemos al punto, así el tiempo de que se habla, como la ocasión y circunstancias de esta queja; por consiguiente, el misterio de la profecía todo entero.

Lo primero que se presenta a los ojos clarísimamente, es, que desde la primera palabra empieza hablando sin interrupción el Espíritu de Dios, en persona del Mesías, y prosigue hablando hasta el fin, y aun hasta el capítulo siguiente.

Habla primeramente con todos los pueblos de la tierra, a quienes pide toda su atención, como que son cosas de suma importancia las que va a decirles: Oíd, islas, y atended, pueblos de lejos… (Isai., XLIX, 1).

Empieza dando una idea general, aunque grande y magnífica, de la excelencia de su persona, de su dignidad, de su ministerio, de los grandes designios que Dios tiene sobre él, para los cuales lo envía a la tierra: El Señor desde la matriz me llamó, desde el vientre de mi madre se acordó de mi nombre. Y puso mi boca como espada aguda, con la sombra de su mano me protegió, y púsome como saeta escogida, escondiome en su aljaba (Isai., XLIX, 1, 2).

Dice luego la misión que tiene de Dios directa e inmediatamente para la casa de Jacob: Y ahora el Señor, que me formó desde la matriz por su siervo, me dice, que yo he de conducir a él a Jacob (Isai., XLIX, 5).

Lo cual concuerda perfectamente con lo que él mismo dijo después, asegurando en términos formales, que no había sido enviado de Dios sino para las ovejas perdidas de la casa de Jacob: No soy enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel (Mat., XV, 24).

Concuerda con lo que dice a las gentes cristianas su propio Apóstol: Digo pues, que Jesucristo fue ministro de la circuncisión por la verdad de Dios, para confirmar las promesas de los Padres (Rom., XV, 8); y con lo que dice en la epístola a los Gálatas: que el Señor eligió a San Pedro, y lo envió directamente para el apostolado de la circuncisión (Galat., II, 8).

Prosigue el Mesías diciendo claramente lo que hemos visto hasta ahora, y veremos después con nuestros ojos, es a saber, que aunque Dios lo enviaba directamente a las ovejas que perecieron de la casa de Israel, o lo que es lo mismo, para conducir a él a Jacob; no se conseguiría por entonces este fin primario e inmediato de su misión: mas Israel no se congregará.

Y como mirando presente la resistencia que le había de hacer este pueblo ingrato, y las terribles consecuencias que debían seguirse contra el mismo pueblo, según las Escrituras, llora y se lamenta de haber trabajado en vano, y de haber consumido sin fruto alguno toda su fortaleza. Y dije yo: En vano he trabajado sin motivo, y en vano he consumido mi fuerza.

Da muestra de aflicción y dolor, por lo que mira a la perdición de Israel, y también de confusión y rubor, por lo que toca a su propia persona; como si tuviese que responder a su divino Padre; ni como excusarse de no haber sido recibido de su pueblo escogido.

Se consuela, no obstante, con haber hecho con este pueblo cuanto estaba de su parte; por lo cual será, no sólo excusado, sino aprobado y glorificado en los ojos de Dios: por tanto mi juicio con el Señor, y mi obra con mi Dios… y glorificado he sido en los ojos del Señor, y mi Dios ha sido mi fortaleza.

Pasa luego inmediatamente a referir el consuelo que le da su Padre en medio de tantas aflicciones; prometiéndole en lugar de Israel, que se perdía por su incredulidad, otro pueblo mayor y mejor; el cual se debía sacar de entre las naciones de la tierra.

Dios me dice, añade el Mesías, poco es que seas mi siervo solamente, o mi enviado para despertar o llamar las tribus de Jacob, y convertir las heces de Israel; en falta de éstos, serás ahora la luz de las gentes, y llevarás mi salud hasta los extremos de la tierra.

Estas últimas palabras, para los judíos las más terribles, les trajo a la memoria el apóstol San Pablo cuando, desesperanzado de su conversión, en que tanto había trabajado, se despidió de ellos diciéndoles: A vosotros convenía que se hablase primero la palabra de Dios; mas porque la desecháis, y os juzgáis indignos de la vida eterna, desde este punto nos volveremos a los gentiles. Porque el Señor así nos lo mandó: Yo te he puesto para lumbre de las gentes, para que seas en salud hasta el cabo de la tierra. (Act., XIII, 46-47).

Y en el capítulo último, versículo 28, Pues os hago saber a vosotros que a los gentiles es enviada esta salud de Dios, y ellos oirán.

En consecuencia de esto, prosigue el Mesías anunciando los efectos admirables de la vocación de las gentes, y el fruto copioso que se recogería de entre ellas; los reyes y príncipes que reconocerían al verdadero Dios, y le adorarían; y la multitud de pueblos, naciones y lenguas, que vendrían de las cuatro plagas de la tierra, a la unidad de una Iglesia, de un culto, y de una religión: Los reyes verán, y se levantarán los príncipes, y adorarán por el Señor, porque es fiel, y por el Santo de Israel, que te escogió. He aquí como unos vendrán de lejos, y otros del Aquilón, y del mar, y aquéllos de la tierra del mediodía.

En este tiempo, pues, y en estas circunstancias en que se mira como presente, y en que se supone ya propagada la fe y establecida entre las gentes la Iglesia de Dios; en este tiempo en que se mira, generalmente hablando, todo el cuerpo de la nación israelítica como no congregado a la voz de su Mesías; y por consiguiente como no suyo, ni digno de sí; mas Israel no se congregará; en este tiempo, vuelvo a decir, es cuando llora y se lamenta Sión, o el Espíritu de Dios en persona suya de que su Mesías mismo la ha abandonado y olvidado del todo, pasándose enteramente a las gentes: Y dijo Sión: Me ha desamparado el Señor, y el Señor se ha olvidado de mí.

Siendo esto así, como lo es, con toda la certeza que cabe en el asunto, ¿a qué viene en este tiempo, de que se va hablando, en que se supone venido el Mesías, arrojada Sión, llamadas las gentes, predicado el Evangelio en las cuatro plagas del orbe, etc., a qué propósito viene en este tiempo el llanto de los cautivos de Babilonia, ni la consolación que se les da, de que Sión, la ciudad o fortaleza de David, será materialmente edificada de nuevo, y los Caldeos castigados?

Y todas las otras cosas, que se le dicen a la misma Sión que llora y se lamenta, ¿por qué no se acomodan también a los cautivos de Babilonia, y a la vuelta de esta cautividad?

¿Acaso porque ésta es una empresa imposible?

Sí, amigo, porque es una empresa imposible. Si fuese de algún modo posible, no se dejara tan presto aquel tiempo, aquella cautividad, aquella Sión; no se diera un salto tan repentino y tan prodigioso, desde lo material hasta lo espiritual; desde aquellos tiempos hasta estos nuestros; desde aquella Sión hasta otra Sión, a quien se le da este nombre graciosamente, la cual ni habla en la profecía ni se habla con ella.

Bien fácil cosa es, acomodar a un párvulo de dos o tres años una pequeña parte de vestido que se hizo para un hombre de madura edad, y de estatura más que mediana; mas el acomodarlo todo justamente, sin artificio ni violencia, esto es, sin cortar ni plegar, parece algo más que difícil, y esta misma dificultad es la prueba más convincente, de que aquel vestido realmente no se hizo para el párvulo.

La semejanza es de bien fácil aplicación.

Fuera de esto, sería bueno examinar aquí con la mayor formalidad posible, hasta saberlo de cierto, si nos es lícito, si se ha dejado en nuestras manos, y a nuestra libre disposición, el cortar, el dividir, el despedazar como nos pareciere, la divina Escritura.

Si somos dueños absolutos de dividir en varias piezas una misma profecía, y disponer de estas piezas, según nos pareciere mejor, dando unas piezas a un tiempo, y otras a otros; unas a los tiempos de la más remota antigüedad; otras (y las mejores que se hallan) a los tiempos en que vivimos; unas como de limosna a los míseros judíos, y éstas absolutamente inservibles; y todas las demás a las gentes, que son las que hacen esta repartición.

Digo que sería bueno saber esto de cierto, porque a mí me parece cosa durísima, y algunas veces intolerable; y no obstante lo veo practicado así, con suma frecuencia en los doctores.

Si la queja de Sión (volviendo a mi proposición) si toda la causa de su lamento no es otra, según todo el contexto de la profecía, sino que Dios la ha desamparado, y su Mesías se ha olvidado de ella, pasándose enteramente a las gentes, ¿qué consuelo es decirle que será edificada materialmente, o que ya lo fue en otros tiempos, o los Caldeos castigados?

Cuando éstos son unos sucesos tan pasados, tan poco dignos de consideración, tan fuera de propósito, tan ajenos de los tiempos de que se habla, ¿qué consuelo es decirle y prometerle tantas otras cosas, si al fin estas cosas no son para ella, como pretenden los doctores, sino para otra nueva dilecta, por quien ella ha sido desamparada y olvidada?

El caso es, amigo mío (y excusad la libertad con que tal vez me es necesario hablar) el caso es:

Lo primero, que los cristianos tienen ahora delante de sus ojos a pérfidos judíos, que éste es su ordinario sobrenombre; ven su estado presente de vileza, de abatimiento y de miseria extrema; ven su dureza, su obstinación, su ceguedad y su ignorancia actual; y les parece imposible que puedan verificarse en ellos unas promesas de tanta dignidad.

¡Como si el que promete no fuese aquel mismo Dios (de quien se dice): Fiel es el Señor en todas sus palabras, y santo en todas sus obras!

¡Como si el que pudo de estas piedras levantar hijos a Abrahán, no pudiese ya hacer otro milagro semejante, y mucho más fácil, haciéndose hijos verdaderos de Abrahán, a los que ya lo eran según la carne!

¡Como si el que anuncia y promete cosas tan grandes a las reliquias de Israel, no fuese aquel mismo Espíritu de verdad, que anunció y amenazó, con términos igualmente claros y expresivos, el estado miserable en que ha visto y ve todo el mundo a todo Israel!

El caso es, lo segundo, y esta parece la principal causa y el verdadero motivo iba a decir…, mas temo sacar a luz una verdad y revelar un secreto antes de tiempo.

Me explicaré plenamente en todo el fenómeno siguiente, cuyo título debe ser: La Iglesia cristiana.

§ 4

Se considera más en particular y más de cerca la profecía de Isaías

Hasta aquí hemos atendido solamente a las circunstancias de esta profecía, es a saber, ¿con quién habla, en qué ocasión, y para qué tiempo?

Hemos concluido, al parecer con evidencia:

Lo primero, que se habla con Sión, antigua esposa de Dios, y que a ella sola se dirigen, no una ni cuatro, sino todas las palabras consolatorias, y todas las promesas que contiene la profecía.

Lo segundo, que se habla con esta antigua esposa de Dios, no en otro estado, sino en el estado de soledad, de viudez, de abandono, en que quedó después del Mesías, y después que otra esposa nueva ocupó su puesto.

Lo tercero, que no habiéndose verificado jamás en la Sión con quien se habla, cosa alguna de cuantas se le dicen y prometen, deberemos esperar otro tiempo, en que todas se verifiquen: la mano del Señor no se ha encogido para no poder salvar.

Esto supuesto, veamos ahora brevemente las cosas mismas que se dicen y prometen a esta antigua esposa de Dios.

Ellas son tan grandes, que por eso mismo se ha pensado que no pueden hablar con ella.

Sin esto no hubiera habido quien se las disputase; puesto que las primeras palabras con que empieza el Señor su consolatoria, son tan amorosas, tan tiernas, tan expresivas, que ellas solas muestran claramente, que debe haber alguna grande y extraña novedad; así de parte de Sión, que llora su soledad y desamparo, como de parte del Mesías, que atiende a su llanto, y se pone de propósito a consolarla.

¿Puede acaso una madre (empieza diciendo) olvidarse de su tierno infante? ¿Puede mirar con indiferencia el dolor y aflicción del fruto de su vientre? Pues más fácil es esto, que no que yo me olvide de ti.”

Después de este primer requiebro sumamente expresivo, para que no piense que son únicamente buenas palabras, pasa luego a decirle toda la gloria y honra que le tiene preparada.

Y en primer lugar le habla de su próxima reedificación siguiendo siempre la metáfora de la ciudad de David, es decir, le habla de su renovación, de su asunción, de su remedio pleno, cuyo diseño o cuyo plan, dice que lo tiene como grabado en sus propias manos (Isai., XLIX, 16).

Y como si ya estuviese concluida esta renovación, de que se habla en todos los Profetas, la convida en espíritu a que levante sus ojos, y mire por todas partes alrededor de sí.

¿Y qué es lo que ha de mirar? Es aquello mismo que es toda la causa de su llanto. Lloras (como si dijera) porque me he pasado a las gentes, y vivido entre ellas tantos siglos, obligado de tu incredulidad, y de tu extrema ingratitud; ved aquí el fruto copiosísimo que se ha recogido por mi solicitud.

Todos estos hijos de Dios, que estaban dispersos, se han congregado en uno; todas estas ovejas, que no eran de este aprisco, han sido traídas a este ovil, o a este rebaño sobre mis propios hombros; y todos se han congregado y venido, no solamente para mí, sino también para ti. No tienes que mirarlos como extraños, tú eres su propia madre, y ellos son tus propios hijos. Yo te juro que de todos ellos te vestirás algún día, y todos te servirán de galas y de joyas preciosísimas: Vivo yo, dice el Señor, que de todos éstos serás vestida como de vestidura de honra, y te los rodearás como una esposa (Isai. XLIX, 18).

Estos hijos tuyos (prosigue diciendo) no obstante que son hijos de tu esterilidad; estos hijos que te han nacido, sin saberlo tú, en aquellos mismos tiempos en que has vivido como viuda, y verdaderamente viuda y desamparada; estos hijos tuyos serán tantos, que no pudiendo caber en tus confines, desde el río de Egipto hasta el grande río Eúfrates (Gen. XV, 18), te pedirán un espacio mayor en que habitar (expresiones todas conocidamente figuradas). Aún dirán en tus oídos los hijos de tu esterilidad: angosto es para mí el lugar, hazme espacio para que yo habite.

Entonces dirás, oh Sión, dentro de tu corazón: ¿quién me ha parido estos hijos? ¡Yo estéril, yo viuda, yo leño seco, incapaz tantos siglos ha de parir hijos de Dios! ¡Yo desterrada, cautiva, abominada de Dios y de los hombres, olvidada, destituida y sola! Y estos hijos míos, ¿de dónde han salido? Y éstos, ¿dónde estaban? Y éstos, ¿quién me los ha criado, sustentado y educado? (Isai., XLIX, 21).

Paremos aquí un momento. Estas palabras ¿quién las dirá, o a quién pueden competer? ¿Acaso a la Iglesia cristiana, a la esposa actual del verdadero Dios? ¿No veis la impropiedad y la repugnancia?

La esposa actual no puede ni ha podido jamás decir con verdad: yo estéril, y sin parir, echada de mi patria, y cautiva… desamparada y sola… Pues, si esto no compete de modo alguno a la esposa actual, luego no se habla con ella de modo alguno; luego se habla con su antecesora.

No hay medio entre estas dos cosas. Sabemos de cierto que Dios sólo ha tenido dos esposas. La primera la apartó de sí por justas razones, con indignación y con grande ira (Jerem., XXI, 5); la segunda, que entró en su lugar, es la que ahora reina; a ésta no le competen las palabras de que hablamos; luego a la primera; luego esta misma es la que las dirá algún día, a vista de los innumerables hijos de Dios que le han nacido en el tiempo mismo de su esterilidad.

Síguese de aquí, lo primero: que esta antigua esposa de Dios, actualmente estéril, desterrada, cautiva, destruida y sola, ha de salir algún día de su estado actual, ha de salir de su destierro, de su cautiverio, de su soledad, de su esterilidad; ha de ser llamada otra vez, y asunta a su antigua dignidad.

Y si no, ¿cuándo, ni cómo podrá decir estas palabras? Y dirás en tu corazón: ¿Quién me engendró éstos? Yo estéril, y sin parir, echada de mi patria, y cautiva; y éstos, ¿quién los crió? Yo desamparada y sola… éstos, ¿en dónde estaban?

Síguese lo segundo: que todos los hijos de Dios que han nacido, y en adelante nacieren y se congregaren de entre las gentes, todos son en la realidad hijos de aquella primera esposa; pues a ella se han de atribuir, a ella se han de agregar, a ella han de reconocer por madre, y le han de servir de ornamento y de gloria: vivo yo, dice el Señor, que de todos éstos serás vestida como de vestidura de honra, y te los rodearás como una esposa.

Se puede ahora temer, no sin gran fundamento, que estas cosas que acabo de decir os causen alguna gran novedad, y tal vez alguna especie de escándalo, pareciéndoos (aunque todavía muy confuso) que ya me acerco al precipicio, y que al fin como judío, no estoy muy lejos de judaizar.

No, amigo mío, no temáis donde no hay que temer; no seáis uno de aquellos de quienes se dice en el Salmo XIII, allí temblaron de miedo, donde no había motivo de temor.

Estoy muy lejos y ajenísimo de esta estulticia. Lo que es judaizar, y lo que únicamente merece este nombre, no ignoro.

Así, creo firmemente como una verdad de fe, definida en el primer Concilio de la Iglesia, que la circuncisión y las otras observancias puramente legales de la ley de Moisés no obligan de modo alguno a los cristianos, ni son necesarias, ni aun conducentes para la salud; mas creemos ser salvos por la gracia del Señor Jesucristo (Act., XV, 11).

El creer alguna cosa contraria a esta verdad es lo que únicamente se llama judaizar. Si fuera de esto hay otra cosa que merezca este odioso nombre, yo la ignoro absolutamente, ni me parece posible señalarla.

En consecuencia de esto, habréis reparado ya, o deberéis repararlo, que cuando digo que la casa de Jacob, la cual fue antiguamente pueblo de Dios y esposa suya, y ya ahora no lo es, lo volverá a ser en algún tiempo; no hablo de otro modo que como habla la divina Escritura, esto es, que volverá a serlo en otro estado infinitamente diverso, y bajo de otro testamento nuevo y sempiterno: Y asentaré con ellos otra alianza sempiterna (Bar., II, 35); haré con vosotros un pacto sempiterno, las misericordias firmes a David (Isai., LV, 3); y haré nueva alianza con la casa de Israel, y con la casa de Judá… (Jerem., XXXI, 31); y haré con ellos un pacto eterno, y no dejaré de hacerles bien; y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí. (Jerem., XXXII, 40).

Si aun con esta limitación os causan todavía novedad y extrañeza las cosas que voy hablando, me será necesario aplicaros aquellas palabras que decía Cristo, en ocasión muy semejante, al legisperito y pío Nicodemus: ¿Tú eres Maestro en Israel, y esto ignoras?

¿Puedes ignorar que todos los hijos de Dios, que después del Mesías se han recogido y se recogerán de entre las gentes, son todos del linaje de aquella mujer?

Y si todos son de su linaje, luego todos son sus verdaderos hijos, y todos realmente le pertenecen; así como hablando según la naturaleza, todos los hombres somos hijos de Eva, y todos pertenecemos a esta común madre de todos.

¿Puedes ignorar que ninguno puede ser salvo, ni ser admitido a la dignidad de hijo de Dios sin la fe?

¿Y puede haber verdadera fe sino en los hijos verdaderos de Abrahán? Reconoced, pues, que los que son de la fe, los tales son hijos de Abrahán… Y así los que son de la fe, serán benditos con el fiel Abrahán (Gal., III, 7-9).

¿Puedes ignorar (Joan., IV, 22) que no hay salud, ni la puede haber en la presente providencia, sino la que ha venido a las gentes por medio de los judíos? Es decir, no hay salud, sino para los hijos verdaderos del fiel Abrahán, que por medio de una fe verdadera y sincera se han agregado a su familia.

¿Puedes ignorar que todos los creyentes de las naciones no son ya en realidad aquellas mismas ramas silvestres, cortadas de los bosques e injertas en buena oliva por la sabia mano de Dios?

¿Puedes ignorar que todo el fruto que han dado y pueden dar estas ramas silvestres, ni es ni son de su propia sustancia, ni de la sustancia de los árboles salvajes de donde fueron misericordiosamente sacadas, sino de la pingüe y preciosa sustancia de la buena oliva donde han sido injertos?

¿Tú eres Maestro en Israel, y esto ignoras?… y tú siendo acebuche, fuiste injertado en ellos, y has sido hecho participante de la raíz, y de la grosura de la oliva (Joan., III, 13; Rom., XI, 17).

Los que pensaren de otro modo deben esperar que luego inmediatamente les diga al oído su propio Apóstol: No te jactes contra los ramos (los propios de la buena oliva, cortados por la incredulidad), porque si te jactas, tú no sustentas a la raíz, sino la raíz a ti (Rom., XI, 18).

No me detengo en lo que resta de la profecía de Isaías, porque algo se ha de dejar a la reflexión de quien lee; ello es tan claro, que no será menester mucho tiempo, ni mucho trabajo.

§ 5

Otros lugares de la escritura

Sin salir de Isaías, hallamos tanto sobre el asunto presente que parece imposible tocarlo todo, ni aun siquiera la centésima parte, sin una prolija y molestísima difusión.

Para suplir esta falta, de algún modo razonable, que nos traiga alguna utilidad, yo sólo quisiera advertir o hacer reparar una cosa, que me parece clarísima en Isaías, sin la cual no alcanzo cómo pueda entenderse este Profeta de un modo seguido y natural.

Lo que deseo hacer reparar es que desde el capítulo XLIX, cuando menos, hasta el LXVI, que es el último, se nota clara y distintamente que todo es una conversación o una especie de diálogo, en que se ven hablar tres personas: esto es, Dios, el Mesías, y Sión; y todo cuanto hablan parece que es sobre un mismo asunto o interés, sin salir de él, ni divertir la conversación a otra cosa.

La primera persona que habla es Dios, y es bien fácil observar que siempre que habla (que es pocas veces, y pocas palabras) o habla con el Mesías, o con Sión.

La segunda es el Mesías mismo, él es el que abre la conversación, y hace en toda ella como el papel principal. Empieza pidiendo atención a todos los países y a todos los pueblos de la tierra; y desembarazado brevemente de todo lo que pertenece a su primera venida al mundo, tan favorable respecto de las gentes, como funesta para Sión, vuelve sus ojos llenos de compasión a la misma Sión, que se representa allí mismo como cubierta de luto y de tristeza, a vista de la felicidad de las gentes, y de su propia infelicidad, diciendo estas solas palabras en medio de su llanto.

Desde este punto para adelante, en los diez y ocho capítulos que se siguen, ya no se ve que hable una sola palabra con otras personas que con Sión; y esto no en cualquiera estado indeterminado, sino precisamente de humillación, de soledad y de abandono, en que quedó después de su primera venida, y en consecuencia de su incredulidad.

Esto es tan claro que casi no es menester otro estudio, que la simple lectura, con esta advertencia.

Así se ve en todos estos diez y ocho capítulos que ya consuela a la infeliz Sión, ya la reprende, ya la exhorta a penitencia, ya le trae a la memoria sus antiguos delitos, ya también el mal recibimiento que le hizo cuando vino al mundo: Porque vine, y no había hombre; llamé, y no había quien oyese (Isai., L, 2).

Ya se muestra algunas veces indignado e incapaz de aplacarse, sin duda para darle a conocer la grandeza de su mal, ya la avergüenza y la confunde más con el ejemplo de las gentes que han oído su voz, lo han conocido, lo han buscado, y lo han hallado: Buscáronme los que antes no preguntaban por mí, halláronme los que no me buscaron. Dije: Vedme, vedme a una nación, que no invocaba mi nombre. Mas Israel por el contrario dice: Extendí mis manos todo el día a un pueblo incrédulo (Isai., LXV, 1, 2).

Ya en fin la consuela, la alienta, le renueva las antiguas promesas, le hace otras de nuevo mucho mayores, se compadece de sus trabajos, se enternece con ella, etc.

La tercera persona que habla es la misma Sión, con quien se habla, en la cual se ve una grande y prodigiosa variedad de afectos, todos buenos, todos santos, todos conducentes para la salud, o que ya la supone.

Se ven en ella afectos de confusión, de penitencia, de llanto, de confesión sincera y franca de sus delitos, de admiración, de agradecimiento, de esperanza, y también de amor y caridad perfecta.

Como una persona que despierta de un profundo sueño, o como un sordo y ciego que empieza a oír y ver, y todo le coge de nuevo.

Entre otras cosas dignas de atención, podéis reparar y comprender al punto por el contexto mismo, que todo el capítulo LIII, que parece una historia abreviada y completa de la pasión y muerte del Mesías, no es otra cosa que lo que dice Sión en medio de su llanto, después que ha conocido al mismo Mesías, que ella reprobó y puso en una cruz: ¿Quién ha creído lo que nos ha oído? (empieza diciendo) ¿y el brazo del Señor a quién ha sido revelado? ¿Quién de nosotros (como si dijera) creyó a sus propios oídos? ¿Y el brazo del Señor (o lo que es lo mismo) el Verbo de Dios o el Mesías, quién lo conoció?

Lo oímos a él mismo que nos habló palabras de vida, y no lo creímos, ni lo conocimos siquiera por la voz, como debíamos conocerlo según las Escrituras, de lo cual se quejaba él mismo, diciendo: ¿Por qué no entendéis este mi lenguaje? (Joan., VIII, 43).

Oímos después a sus discípulos, y lejos de creerlos los despreciamos, y aun los perseguimos del mismo modo. Hemos oído hablar de él en todas las partes del mundo, donde hemos estado dispersos, por espacio de tantos siglos, y no hemos creído jamás a nuestros oídos.

Lo vimos con nuestros ojos cuando fue visto en la tierra, y conversó con los hombres (Bar., III, 38), y tampoco creímos a nuestros ojos, no viendo en él aquella grandeza y majestad mundana, que nos habíamos figurado, y que nos habían anunciado nuestros doctores. Le vimos, y no era de mirar, y le echamos menos. Despreciado, y el postrero de los hombres, varón de dolores, y que sabe de trabajos; y como escondido su rostro y despreciado, por lo que no hicimos aprecio de él… nosotros le reputamos como leproso, y herido de Dios, y humillado. Mas él fue llagado por nuestras iniquidades, quebrantado fue por nuestros pecados… Todos nosotros como ovejas nos extraviamos, cada uno se desvió por su camino; y cargó el Señor sobre él la iniquidad de todos nosotros… (Isai., LIII, 2-6).

Yo no tengo tiempo para detenerme en estas observaciones particulares, que puede hacer cualquiera con sólo una poca de atención.

Entre tantas cosas y tan diversas como dice el Mesías a Sión en esta larga conversación, se deben notar especialmente aquellas que hacen a nuestro propósito actual, esto es, las que son de consuelo y esperanza, y contienen alguna promesa extraordinaria.

Por ejemplo, estas que aquí apunto, como por muestra de otras muchísimas, del todo semejantes, que pudiera mostrar.

Primero: en el capítulo LI, versículo 16, hablando Dios con el Mesías, le dice estas palabras: Puse mis palabras en tu boca, y con la sombra de mi mano te cubrí, para que plantes los cielos, y cimientes la tierra; y digas a Sión: Mi pueblo eres tú.

En consecuencia de esto, toma al punto las palabras el mismo Mesías, y vuelto a Sión, y viéndola tan abatida, y confundida con el polvo de la tierra, le dice así desde el versículo 17: Álzate, álzate, levántate, Jerusalén, que bebiste de la mano del Señor el cáliz de su ira; hasta el fondo del cáliz dormidero bebiste, y bebiste hasta las heces… Tus hijos fueron echados por tierra, durmieron en los cabos de todas las calles, como antílope enlazado; llenos de la indignación del Señor, del castigo de tu Dios. Por tanto oye esto, pobrecilla, y embriagada no de vino. Esto dice el dominador tu Señor y tu Dios, que peleará por su pueblo: Mira que he quitado de tu mano el cáliz de adormecimiento… no lo volverás a beber en adelante. Y lo pondré en manos de aquellos que te abatieron, y dijeron a tu alma: Encórvate, para que pasemos; y pusiste tu cuerpo como tierra, y como camino a los pasajeros (Isai., LI, 17-23).

Segundo: capítulo LII. Levántate, levántate, vístete de tu fortaleza, Sión, vístete de los vestidos de tu gloria, Jerusalén, ciudad del Santo; porque no volverá a pasar por ti en adelante incircunciso ni inmundo. Sacúdete del polvo, levántate; siéntate, Jerusalén; suelta las ataduras de tu cuello, cautiva hija de Sión. Porque esto dice el Señor: De balde fuisteis vendidos, y sin plata redimidos (Isai., LII, 1-3).

Tercero: capítulo LIV. No temas, porque no serás avergonzada, ni sonrojada; pues no tendrás de qué afrentarte, porque te olvidarás de la confusión de la mocedad, y no te acordarás más del oprobrio de tu viudez. Porque reinará en ti el que te crió, el Señor de los ejércitos es el nombre de él; y tu Redentor el Santo de Israel, será llamado el Dios de toda la tierra. Porque el Señor te llamó como a mujer desamparada, y angustiada de espíritu, y como a mujer, que es repudiada desde la juventud, dijo tu Dios. Por un momento, por un poco te desamparé, mas yo te recogeré con grandes piedades. En el momento de mi indignación escondí por un poco de ti mi cara, mas con eterna misericordia me he compadecido de ti, dijo el Señor tu Redentor. Esto es para mí como en los días de Noé, quien juré que yo no traería más las aguas de Noé sobre la tierra; así juré, que no me enojaré contigo, ni te reprenderé. Porque los montes serán conmovidos, y los collados se estremecerán; mas mi misericordia no se apartará de ti, y la alianza de mi paz no se moverá, dijo el Señor compasivo de ti. Pobrecilla combatida de la tempestad, sin ningún consuelo. Mira que yo pondré por orden tus piedras, y te cimentaré sobre zafiros… Y serás cimentada en justicia; ponte lejos de la opresión, pues no temerás, y del espanto, que no llegará a ti (Isai., LIV, 4-14).

Cuarto: capítulo LX. Y vendrán a ti encorvados los hijos de aquellos que te abatieron, y adorarán las huellas de tus pies todos los que te desacreditaban, y te llamarán la ciudad del Señor, la Sión del Santo de Israel. Porque fuiste desamparada, y aborrecida, y no había quien por ti pasase, te pondré por lozanía de los siglos, para gozo en generación y generación. Y mamarás leche de las naciones, y serás amamantada por el pecho de los Reyes; y sabrás, que yo soy el Señor tu Salvador, y tu Redentor, el fuerte de Jacob… No se oirá más hablar de iniquidad en tu tierra, ni habrá estrago ni quebrantamiento en tus términos, y ocupará la salud tus muros, y tus puertas la alabanza (Isai., LX, 14-18).

Quinto: capítulo LXII. De allí adelante no serás llamada desamparada; y tu tierra no será ya más llamada desierta… Y los nombrarán Pueblo santo, redimidos por el Señor. Mas tú serás llamada: La ciudad buscada, y no la Desamparada (Isai., LXII, 4 y 12).

Sexto: capítulo LXVI. Alegraos con Jerusalén, y regocijaos con ella todos los que la amáis; gozaos con ella de gozo todos los que lloráis sobre ella, para que maméis, y seáis llenos de la teta de su consolación; para que chupéis, y abundéis en delicias de toda su gloria. Porque esto dice el Señor: He aquí que yo derivaré sobre ella como río de paz, y como arroyo que inunda la gloria de las gentes, la cual mamaréis; llevados seréis a los pechos, y sobre las rodillas os acariciarán. Como la madre acaricia a su hijo, así yo os consolaré, y en Jerusalén seréis consolados. (Isai., LXVI, 10-13).

Considerad por último todo el capítulo II de Oseas, en que veréis abreviado todo el misterio de que actualmente hablamos, desde el principio hasta el fin.

Lo primero: le anuncia Dios a su esposa infiel que llegará el caso de privarla enteramente de su dignidad, que la arrojará ignominiosamente de su casa, que la abandonará del todo, que la mirará como si no fuera su esposa, ni él su marido, que no hará caso de sus hijos, ni se moverá a compasión. Juzgad a vuestra madre (o como leen los 70, sed juzgados con vuestra madre), juzgadla; porque ella no es mi mujer, ni yo su marido… Y no tendré misericordia de sus hijos. (Oseas, II, 2).

Lo segundo: le anuncia los terribles trabajos y calamidades que padecerá en su soledad y desamparo, y todo de su mano y por orden suya: he aquí yo cercaré tu camino con espinos, y lo cercaré con paredes, y no hallará sus senderos… manifestaré su locura a los ojos de sus amadores; y nadie la sacará de mi mano. Y haré cesar todo su gozo, su solemnidad, su Neomenia. (Oseas, II, 6-11).

Lo tercero: le anuncia y le promete, así en este lugar como en el capítulo II, que después de bien castigada, trabajada, y humillada hasta lo sumo, abrirá finalmente los ojos, y dirá como el hijo pródigo del Evangelio: Iré, y volveré a mi primer marido (Oseas, II, 7).

Lo cuarto, en fin: le anuncia que entonces llamará a su Dios, diciéndole: mi primer marido; y le promete que entonces la recibirá otra vez, y se desposará con ella como de nuevo, y no la apartará jamás de sí: Y te desposaré conmigo para siempre; y te desposaré conmigo en justicia, y juicio, y en misericordia, y en clemencia. Y te desposaré conmigo en fe; y sabrás que yo soy el Señor (Oseas, II, 19, 20).

Estos lugares que acabo de apuntar, omitiendo otros innumerables que se pueden ver en los profetas, parece que prueban, invenciblemente, que aquella primera esposa de Dios (es decir la casa de Jacob), que después de la muerte del Mesías fue arrojada ignominiosamente de la casa del esposo por su iniquidad e incredulidad, ha de ser llamada algún día, y asunta con infinitas ventajas en otro estado y bajo de otro testamento sempiterno, a su primera dignidad, para no perderla jamás, que es todo lo que por ahora pretendíamos probar.

Examinemos en seguida atentamente lo que alega la parte contraria.

§ 6

Se proponen y examinan dos impedimentos

La parte contraria, que sin duda tiene fuertes motivos para oponerse con todas sus fuerzas a la vocación y asunción de Sión, alega contra ella dos impedimentos, en tono de gran seguridad; y cierto que, mirados éstos desde cierta distancia, muestran un semblante verdaderamente terrible, capaz de acobardar y aun hacer temblar al más animoso.

El primer impedimento está o se pretende estar de parte de la esposa actual de Dios; de aquella, digo, que entró en lugar de Sión, y ocupó el puesto que ella dejó vacío por su incredulidad (Rom., XI, 20).

De aquélla de quien dice el Apóstol, citando a Oseas: Llamaré pueblo mío, al que no era mi pueblo; y amado, al que no era amado; y que alcanzó misericordia, al que no había alcanzado misericordia. (Rom., IX, 25).

De aquélla de quien dice San Pedro: en algún tiempo erais no pueblo, mas ahora sois pueblo de Dios; que no habíais alcanzado misericordia, mas ahora habéis alcanzado misericordia. (I Pet., II, 10).

El segundo impedimento está o se pretende estar de parte de la misma Sión, la cual se supone ya incapaz de otra cosa, que de desprecio y vilipendio.

Uno y otro impedimento se presentan en tono tan decisivo, y con tan gran satisfacción, que según ellos parece que no queda lugar a la duda o la sospecha.

No obstante, si nos acercamos un poco más, si los miramos con alguna particular atención, si llegamos a tocarlos con la mano, descubrimos al punto con admiración y pasmo, que el primero estriba únicamente sobre un puro sofisma, y el segundo sobre una insigne falsedad.

Primer impedimento

La sustancia de este primer impedimento se reduce en pocas palabras a este discurso:

Dios no puede tener dos esposas diversas, así como no puede tener dos Iglesias diversas, porque la esencia de la Iglesia y de la esposa de Dios, esto es, de la parte activa de la misma Iglesia (que es la que propiamente se llama esposa madre, etc.) es la unidad; luego Sión no puede ser llamada otra vez y asunta de nuevo a la dignidad de esposa de Dios, que tuvo en otros tiempos.

El antecedente es no sólo cierto sino dogma de fe.

La consecuencia se prueba así:

Para que Sión pueda volver a ser esposa de Dios, es necesario que la esposa actual, que entró en su lugar, caiga en algún tiempo en la desgracia del esposo y en el mismo infortunio en que cayó Sión; así como fue necesario que cayese Sión y fuese arrojada de casa, para que entrase a reinar la esposa actual.

A este propósito se dice en Isaías: Estrecha es la cama, de modo que uno de los dos ha de caer; y una manta corta no puede cubrir al uno y al otro (Isai., XXVIII, 20).

Ahora pues: es cierto e innegable, según las promesas infalibles del esposo mismo, que la esposa actual que entró en lugar de Sión, no puede jamás caer de su gracia, ni ser tratada con el mismo rigor; luego es imposible que Sión vuelva jamás a la dignidad de esposa de Dios.

Si alguno duda de las promesas del esposo, vedlas aquí:

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mat., XVI, 18).

Mas yo he rogado por ti (le dijo el Señor a San Pedro), que no falte tu fe (Luc., XXII, 32).

Y mirad (añade) que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del siglo. (Mat., XXVIII, 20).

¡Oh amigo! ¿No ves ya con tus ojos lo que te decía poco ha? ¿Será posible que pases sobre un sofisma tan grosero sin advertirlo o sin darte por entendido? ¿Ignoras que este mismo sofisma fue el que alucinó a mis judíos, el que les hizo increíbles las amenazas de su Dios, el que les hizo ininteligibles y aun invisibles sus Escrituras?

Óyeme ahora solamente estas dos palabras.

Primera: las promesas del esposo que alega a su favor y contra Sión la parte contraria, ¿a quién se hicieron?

Diréis sin duda, ni podéis decir otra cosa, que se hicieron a la Iglesia que debía establecerse y como fundarse de nuevo desde este punto, y hasta en siglo (Ps., CXX, 8), después del Mesías, y en consecuencia de su doctrina, de sus ejemplos, de su pasión y muerte, de su resurrección, de su ascensión al cielo, y de la efusión del Espíritu Santo.

Yo paso un poco más adelante y pregunto más. Esta Iglesia cristiana fundada por el Mesías, ¿no estuvo mucho tiempo en sola los judíos? La parte activa y principal de esta Iglesia, que es la que llamamos nuestra madre santa, y por consiguiente la esposa de Dios, ¿no estuvo muchos años en Jerusalén y en solos los judíos? ¿No se les dio a éstos solos inmediatamente de mano del esposo, toda la potestad espiritual, toda la jurisdicción de ligar y desatar (Mat., XVI, 19), todo el gobierno y disposición, y dirección de la misma Iglesia? ¿No floreció esta Iglesia en Jerusalén y en solos los judíos con una santidad y perfección tan admirables y tan conformes a la institución de Cristo, cual nunca se ha visto después de ellos en todos los siglos posteriores? Todo esto es cierto e innegable por la historia sagrada.

Con todo esto, la Iglesia santa, fundada por el Mesías en Jerusalén y en solos los judíos, dejó poco después a los judíos (o ellos la dejaron, no queriendo entrar en ella) y se pasó a las gentes, y esto tan del todo, como si para ellas solas se hubiese fundado.

El centro de unidad de la Iglesia cristiana, que el mismo esposo había puesto en Jerusalén, lo sacó de Jerusalén y lo puso en Roma, para mayor bien y comodidad de las mismas gentes.

Todo lo activo de la misma Iglesia se quitó a los antiguos colonos o labradores, y se les dio a otros nuevos en consecuencia de la sentencia que ya estaba dada: arrendará su viña a otros labradores (Mat., XXI, 41).

Ahora bien: ¿en esta conmutación faltó el esposo a su real palabra? ¿No quedaron tan intactas sus promesas como la Iglesia misma a quien se habían hecho? ¿No hubiera sido una insigne estulticia en Jerusalén y en los judíos, alegar estas promesas del esposo, para probar que la Iglesia activa no podía pasarse a las gentes, ni el centro de unidad a Roma?

Se espera con ansia la disparidad, y entre tanto decimos resueltamente, que el primer impedimento que se alega contra Sión, es nulo y de ningún valor, pues se funda en un equívoco o juego de palabras.

Demás de esto se debe observar, que la parte contraria pretende alegar a su favor aquellas promesas generales, hechas a la Iglesia cristiana, formada de las gentes, como si hablasen con ella sola.

Mas las promesas que hablan directa e inmediatamente con Sión, de que están llenas las Escrituras, éstas se miran con otros ojos; éstas son de ningún valor; éstas no pueden entenderse como se leen; éstas, etc. Mas ¿por qué razón? ¿Con qué fundamento? ¿Con qué justicia?

Pero amigo mío, éste es un punto gravísimo que pide una observación particular. Os remito por ahora al fenómeno siguiente donde procuraremos tratarlo más de propósito, y más a fondo, no dejándolo solamente en un puede ser.

Traed a la memoria entretanto, lo que queda dicho de las gentes cristianas en el fenómeno III, especialmente sobre la bestia de dos cuernos, y sobre la mujer sentada en la bestia, etc.

Segundo impedimento

El repudio de Sión

El segundo impedimento se pretende estar de parte de Sión misma.

Ésta, dicen, no puede volver a ser esposa de Dios.

¿Por qué? Porque es una esposa repudiada, y repudiada en toda forma, como prescribía la ley.

Preguntad ahora de dónde consta este repudio, y os remiten por toda respuesta al capítulo L de Isaías, y al capítulo III de Jeremías.

Éstos son los únicos instrumentos que se han podido hallar en todos los archivos.

Examinémoslos con atención y separadamente.

Primer instrumento

Cuanto al primer instrumento que es el primer versículo del capítulo L de Isaías, se debe observar en primer lugar, que este capítulo no puede separarse de modo alguno, sin una manifiesta violencia, del capítulo antecedente; porque no son dos asuntos diversos, sino uno solo el que en ellos se trata.

Ya hemos observado poco ha, lo que se trata en todo el capítulo XLIX.

Hemos notado, que quién habla en todo él, desde la primera hasta la última palabra, es el Mesías mismo, o el Espíritu de Dios en persona suya.

Hemos notado en particular, que primero habla con todos los pueblos de la tierra, y a éstos no les habla de otra cosa que de su primera venida y de todas sus resultas; llegando al versículo 14 vuelve los ojos y toda su atención a otra parte, esto es a Sión, que allí mismo se representa como abandonada de Dios, y de su Mesías, diciendo en medio de su llanto: Me ha desamparado el Señor, y el Señor se ha olvidado de mí (Isai., XLIX, 14).

Se hace cargo de la causa de su dolor; da muestras las menos equívocas de compasión y de ternura; y como olvidado de todo otro interés, empieza luego a consolarla, y prosigue hablando con ella siempre palabras de consuelo hasta el fin del capítulo.

Es visible y clarísimo por todo el contexto que este discurso del Mesías a Sión no se termina aquí, ni se divierte a otro asunto, ni a otra persona. El mismo Mesías prosigue el mismo discurso en el capítulo L.

Solamente se nota esta pequeña diferencia de ningún momento para el caso, que acabando de hablar con la madre Sión en el capítulo XLIX; en el L, se vuelve a sus hijos como si estuviesen allí presente, y les hace estas dos preguntas.

Primera: ¿Qué libelo de repudio es éste, (o cuál es éste) por el cual yo deseché a vuestra madre? (L, 1).

Segunda: ¿o quién es mi acreedor a quien os he vendido?

De estas dos preguntas, si se separan de todo el contexto, o si no quieren mirarse como preguntas, es bien fácil concluir que Dios ha repudiado a Sión y ha vendido a sus hijos por esclavos; mas atendido todo el contexto, como debe atenderse, se concluye evidentemente todo lo contrario, esto es, que no ha habido tal repudio de la madre, ni tal venta de sus hijos.

Los que miran su estado actual de abandono, de abatimiento, de servidumbre, y todo ello tan prolongado, podrán hacerlo o pensarlo así; mas con qué razón, dice el Señor: Si he repudiado verdaderamente a vuestra madre, ¿dónde está el libro o libelo de repudio que le di al despedirla de mi casa? ¿Quién tiene este libelo? ¿Quién lo ha visto jamás?

Naturalmente salta aquí a los ojos la alusión al capítulo XXIV del Deuteronomio.

Mandaba la ley, que si alguno descontento de su legítima mujer quisiese repudiarla (lo cual como explicó después el Mesías mismo, sólo se permitió a los judíos (diciéndoles) por la dureza de vuestros corazones, no lo hiciese, ni pudiese hacerlo sin dar a la mujer antes de despedirla un libelo o una escritura auténtica, en que declarase que aquella mujer quedaba libre; que el contrato matrimonial quedaba disuelto; que él cedía de todo su derecho; por consiguiente, que aquella mujer podía casarse con otro, según su voluntad.

A esta ley alude aquí manifiestamente el Señor, cuando hablando con todos los hijos de Sión, les pregunta por el libro o escritura de repudio que dio a su madre al despedirla de su casa.

Como si dijera: es verdad que yo eché de mi casa a vuestra madre en el momento de mi indignación, por la enormidad de sus delitos; mas no es lo mismo echarla de casa que repudiarla.

Si cuando la eché de casa no le di libelo de repudio, como está mandado en vuestra ley, con esto sólo di a entender que no la echaba para siempre, que no cedía de mi derecho, que no disolvía el matrimonio, que ella no quedaba libre para desposarse con otro Dios, sino del todo sujeta a mi dominio.

Por consiguiente que podía llamarla otra vez, y que en efecto mi intención era llamarla cuando me pareciese, cuando hubiese sufrido su doble confusión, cuando hubiese recibido según su mérito (Isai., XL, 2).

Tampoco os he vendido a vosotros, prosigue el Señor, y si no que comparezca el comprador, muestre la escritura de contrato, o mi recibo, del precio que dio: ¿o quién es mi acreedor, a quién os he vendido? Si os he vendido, ha sido de balde, ha sido sin precio; lo cual no merece con propiedad el nombre de venta.

Por eso les dice en el Salmo XLIII, 12-13: Nos entregaste como ovejas de vianda, y nos esparciste entre las naciones. Vendiste tu pueblo sin precio.

Todo este misterio conforme lo vamos viendo en el texto de Isaías, lo leemos más en breve, y pintado con colores más vivos y más claros en el Profeta más lacónico, que por eso mismo parece el más oscuro de todos.

Mandó Dios al profeta Oseas que buscase una mujer, amada de su amigo, y adúltera (Oseas III, 1), que se desposase con ella, y la amase: así como el Señor ama a los hijos de Israel, y ellos vuelven los ojos a dioses ajenos, y aman el orujo de las uvas.

Hallada esta mujer sin gran dificultad, hecho el contrato y desposado con ella, el profeta tuvo orden de Dios de apartarla de sí, y de ponerla en las manos, no libelo de repudio, sino otra especie de libelo mucho más breve, o una declaración formal en estas precisas palabras: Muchos días me aguardarás; no fornicarás, ni te desposarás con otro; y también yo te aguardaré a ti (Oseas, III, 3).

El Profeta mismo explica luego al punto el enigma, diciendo:

Porque muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, y sin príncipe, y sin sacrificio, y sin altar, y sin efod, y sin terafines. Y después de esto volverán los hijos de Israel, y buscarán al Señor su Dios, y a David su rey; y se acercarán con temor al Señor, y a sus bienes en el fin de los días. (Oseas, III, 4-5).

Veis aquí el estado miserable de soledad, y de verdadera viudez en que quedó Sión después del Mesías, y en que la ha visto y ve todavía todo el mundo. Este estado se representa aquí con la mayor viveza y propiedad posible.

Desde que el Señor la apartó de sí, no ha hecho otra cosa que esperar; y esta esperanza, esta expectación ha sido su único consuelo, en medio de sus grandes tribulaciones (como se le encarga en su especie de libelo): Muchos días me aguardarás.

En estos muchos días, que ya se pueden contar por millares, ni se ha casado Sión con otro Dios, ni tampoco ha caído jamás en alguno de aquellos excesos, que tanto la deshonraron en otros tiempos (como también se le encarga en su libelo): no fornicarás, ni te desposarás con otro.

Aun sus mayores enemigos se ven precisados a confesar la verdad, y dar testimonio de su honradez en este punto particular. Todos la acusan, la reprenden, la condenan por su dureza, por su ceguedad, por su obstinación, y por otros delitos, o verdaderos o supuestos; mas ninguno la acusa, ni la ha acusado jamás, desde el Mesías hasta el día de hoy, de aquel exceso horrible que la Escritura divina llama fornicación, esto es, de idolatría; mucho menos de irreligión, o de ateísmo.

Estas dos cosas, que se le encargan o se le anuncian en su especie de libelo, las ha observado y las está observando con toda aquella fidelidad y perfección, de que es capaz en el estado presente. Primera: Muchos días me aguardarás. Segunda: no fornicarás, ni te desposarás con otro.

Queda la tercera, que no toca a ella, sino a Dios: y también yo te aguardaré a ti; la cual debemos creer que el mismo Dios ha cumplido y está cumpliendo por su parte. Es decir, que la está esperando, y la espera hasta aquellos tiempos y momentos, que puso el Padre en su propio poder (Act., I, 7), los cuales llegados, la llamará, otra vez a sí, y ella oirá su voz dentro de su corazón: Iré, y volveré a mi primer marido (Oseas, II, 7); y tal vez dirá también bajo de otra similitud: Me levantaré, e iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo, y delante de ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como a uno de tus jornaleros.

Volverá, digo, a casa del esposo (el cual se movió a misericordia) la recibirá entre sus brazos, se olvidará de todo lo pasado, la restituirá con infinitas ventajas a su primera dignidad, la fundará y establecerá de nuevo con regocijo de toda la tierra, le dará la posesión de todos sus derechos, le cumplirá tantas promesas, que por tantos siglos han estado suspensas, y en suma, se acabarán todos sus trabajos: Y después de esto volverán los hijos de Israel y buscarán al Señor su Dios, y a David su rey; y se acercarán con temor al Señor, y a sus bienes en el fin de los días.

Y como dice el mismo Profeta en el capítulo antecedente, versículo 15 y siguientes, cantará allí según los días de su mocedad, y según los días en que salió de tierra de Egipto. Y acaecerá en aquel día, dice el Señor: me llamará: marido mío… Y te desposaré conmigo para siempre; y te desposaré conmigo en justicia, y juicio, y en misericordia, y en clemencia. Y te desposaré conmigo en fe; y sabrás que yo soy el Señor.

Yo no ignoro, amigo, ni vos podéis ignorar, que todo este misterio admirable, contenido en el brevísimo capítulo III de Oseas, se tira a acomodar del modo posible a la cautividad de Babilonia, y a los que volvieron con Zorobabel; mas tampoco ignoro, ni vos podéis ignorar, que esta acomodación, por más esfuerzos que se hagan, sólo puede llegar hasta la mitad. La otra mitad debe quedar fuera irremediablemente, así por su enorme grandeza, como por su absoluta inflexibilidad.

Muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, y sin príncipe, y sin sacrificio, y sin altar, y sin efod, y sin terafines.

Esta primera mitad del texto, separada de la otra mitad, es fácil hacerla servir a la cautividad de Babilonia; pues al fin, en todo este tiempo estuvieron los hijos de Israel sin rey propio (y lo están desde entonces hasta ahora) estuvieron sin altar, sin sacrificio, etc.

Mas si se unen las dos mitades, como deben unirse, pues no son dos piezas diversas, sino una misma; con esto sólo se conoce al punto, y aun se toca con la mano que toda entera (la brevísima profecía) mira a otro tiempo, y a otro suceso infinitamente mayor.

Ved aquí la otra mitad, y no queráis separar lo que Dios ha unido.

Y después de esto volverán los hijos de Israel, y buscarán al Señor su Dios, y a David su rey; y se acercarán con temor al Señor, y a su bondad al fin de los días.

Unidas estas dos mitades, acomodad el todo que de ellas resulta a la cautividad de Babilonia y a la vuelta, y tocaréis con las manos la repugnancia e imposibilidad.

En primer lugar, los que volvieron de Babilonia lejos de buscar a su Dios, como lo anuncia la profecía, diciendo: después de esto volverán los hijos de Israel, y buscarán al Señor su Dios, no pensaron en otra cosa, que en buscarse a sí mismos, y en establecerse cómodamente; tanto, que pasados algunos años, fue necesario que Dios les enviase dos profetas, Ageo y Zacarías, para acordarles el fin principal de su venida, que era la reedificación del templo destruido por Nabucodonosor.

Así los reprende el Señor por Ageo, capítulo I: Este pueblo dice: No es llegado aún el tiempo de que la casa del Señor se edifique… ¿Conque tenéis vosotros tiempo para morar en casas artesonadas, y esta casa será desierta?… porque mi casa está abandonada, y la prisa que mostráis cada uno es para su casa. Por esto se prohibió a los cielos que diesen agua para vosotros, y se prohibió a la tierra que diese su fruto.

En segundo lugar, los que volvieron de Babilonia lejos de buscar a su Dios, empezaron luego a quebrantar una de sus leyes más sagradas y más fundamentales, cuya inobservancia había sido siempre funestísima para la mayor parte de la nación, su escándalo, su ruina, y la causa principal de todos sus trabajos.

Empezaron, digo, a casarse con mujeres extranjeras e idólatras, como si ya no les obligase aquella ley que dice: Ni tomarás de sus hijas mujeres para tus hijos.

Esta transgresión fue tan universal en los que volvieron de Babilonia, como se puede ver en el capítulo IX del libro I de Esdras, que empieza así:

Y acabadas que fueron estas cosas se llegaron a mí los príncipes, diciendo: El pueblo de Israel, los sacerdotes y los levitas no se han separado de los pueblos de estas tierras, ni de sus abominaciones… Porque han tomado de sus hijas para sí y para sus hijos… y la mano de los principales y de los magistrados ha sido la primera en esta prevaricación. Y luego que oí estas palabras, rasgué mi manto y mi túnica, y mesé los cabellos de mi cabeza y de mi barba, y me senté triste.

Y es de notar aquí que este santo sacerdote Esdras vino a Jerusalén, enviado de Artajerjes, sesenta años poco más o menos después de Ciro; y por consiguiente, después de la época célebre de la vuelta de Babilonia. Conque todo este largo espacio de tiempo habían buscado admirablemente a Dios, quebrantado sus leyes más sagradas los hijos de Israel (siendo así que de ellos dice Oseas): volverán los hijos de Israel, y buscarán al Señor su Dios.

Nada digo de la observancia del sábado, que apenas había quien respetase este día tan sagrado, como lo lloró y procuró remediar Nehemías, enviado del mismo Artajerjes, trece años después de Esdras: en aquel día, dice el mismo Nehemías, vi en Judá que pisaban lagares en sábado, que acarreaban haces, y cargaban sobre asnos vino, y uvas, e higos, y toda carga, y lo entraban en Jerusalén en día de sábado, etc.

En tercer lugar, ¿cuál sería aquel su rey David que buscaron los hijos de Israel cuando volvieron de Babilonia? Buscarán al Señor su Dios, y a David su rey. ¿Sería acaso Zorobabel hijo de David que volvió con ellos? Sí, éste sería, ni hay otro rey David a quien poder recurrir en aquellos tiempos.

¿Mas para qué buscar a quien tenían consigo? ¿Acaso para sentarlo en el trono de su padre? ¿Para ponerle el cetro en la mano y la corona en la cabeza? ¿Para honrarlo y obedecerlo como legítimo soberano?

¡Oh, cuán lejos estaban en aquel tiempo, así los judíos como el mismo Zorobabel, de semejantes pensamientos!

Y las palabras que se siguen y se acercarán con temor al Señor, y a su bondad, ¿cómo se verificaron en la vuelta de Babilonia?

Y (estas otras) al fin de los días, que son como la llave de toda la profecía, ¿dónde se colocan, ni qué uso pueden tener en aquellos tiempos?

Todas estas cosas son sin duda demasiado grandes, duras, e inflexibles; ni basta la fuerza, ni tampoco el ingenio para hacerlas ceder.

Volvamos ahora a Isaías, a quien dejamos un momento para entenderlo mejor en Oseas.

No habiendo, pues, tal repudio de Sión, ni tal venta de sus hijos (prosigue hablando el Mesías), la razón por qué he usado con vosotros, y con vuestra madre de tanto rigor y severidad, ha sido la muchedumbre y gravedad de vuestros delitos: ved que por vuestras maldades habéis sido vendidos, y por vuestros pecados he repudiado a vuestra madre.

Entre estos delitos, con ser tantos y tan graves, no nombra otro en particular, sino el mal recibimiento que le hicieron en su venida: Porque vine, y no había hombre; llamé, y no había quien oyese.

Otra señal clara de los tiempos de que aquí se habla, hecha esta declaración de no haber repudiado a la madre, ni vendido a los hijos, prosigue inmediatamente la consolatoria diciéndoles: ¿Por ventura se ha acortado, y achicado mi mano, que no pueda redimir? ¿O no hay poder en mí para libraros?

Y para que vean que lo puede hacer, y que lo hará infaliblemente como lo tiene prometido, les acuerda en pocas palabras, así lo que hizo cuando los sacó de Egipto, como lo que está anunciado en las Escrituras para los tiempos de su segunda venida. Ved que a mi amenaza haré desierto el mar, y pondré en seco los ríos; se pudrirán los peces sin agua, y morirán en seco. Vestiré los cielos de tinieblas, y les pondré un saco por cubierta.

Visto, pues, y examinado este primer instrumento, la conclusión sea, que lejos de probar algo contra Sión, antes prueba a su favor.

Prueba que es una esposa penitenciada de Dios, no repudiada, pues cuando el Señor la arrojó de sí aunque con ira, y con grande indignación, no le dio libelo de repudio; por consiguiente no cedió de su derecho, ni disolvió el matrimonio.

Búsquese este libelo en todos los archivos públicos y dignos de fe, que son todos los libros sagrados, y no se hallará otro, que aquel solo de que acabamos de hablar, registrado en el capítulo III de Oseas.

Muchos días me aguardarás; no fornicarás, ni te desposarás con otro; y también yo te aguardaré a ti.

Cuya verdadera inteligencia es la que le da al mismo profeta diciendo: Porque muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, y sin príncipe, y sin sacrificio, y sin altar, y sin terafines. Y después de esto volverán los hijos de Israel y buscarán al Señor su Dios, y a David su rey; y se acercarán con temor al Señor, y a su bondad en el fin de los días.

Se examina en breve el segundo instrumento

Para conocer la insuficiencia y nulidad de este instrumento basta leer el capítulo III de Jeremías, a donde nos remiten. En él hallamos todo lo contrario de lo que se pretende; y hallamos, fuera de esto, que todo este capítulo es una confirmación de lo que hemos dicho hasta aquí sobre los judíos, y también de lo que todavía nos queda que decir.

Se dice comúnmente (empieza el Señor hablando con la casa de Judá, y tratándola de esposa suya, aunque infiel y adúltera): Se dice comúnmente: si un marido repudiare a su mujer, y separándose ella de él, tomare otro marido, ¿acaso volverá más aquél a ella? ¿Acaso no será aquella mujer amancillada, y contaminada? Mas tú has fornicado con muchos amadores; esto no obstante vuélvete a mí… y yo te recibiré (Jerem., III, 1).

Por estas primeras palabras se empieza ya a conocer cuán ajeno estaba el Señor de repudiar a Sión, pues en medio de sus adulterios, con que estaba tan contaminada, la llama, la exhorta, la ruega que se vuelva a Él, prometiéndole de recibirla, y olvidarse de todo: esto no obstante vuélvete a mí… y yo te recibiré. En toda esta exhortación, que sigue haciendo el Señor a la casa de Judá se ve que deseaba su penitencia y enmienda, para no verse precisado a desterrarla a Babilonia.

Entre las cosas que dice el Señor quejándose de la ingratitud de Judá, una es, que aun habiendo visto por sus ojos el castigo terrible que acababa de dar a su hermana mayor (esto es, a la casa de Israel compuesta de diez tribus) a quien había desterrado a la Asiria y Media, dándole libelo de repudio; con todo eso no había escarmentado, ni entrado en temor; antes parece, que esto mismo le había servido de mayor incentivo para soltar la rienda a sus excesos, y multiplicar sus adulterios. Y vio la prevaricadora Judá su hermana, que porque había adulterado la rebelde Israel, la había yo desechado, y dado libelo de repudio; y no tuvo temor la prevaricadora, Judá su hermana, mas se fue, y ella también fornicó… y adulteró con la piedra y con el leño (Jerem., III, 7-9).

¿Quién pensará que estas palabras se trajesen a consideración, y que con ellas se intentase probar que Sión es una esposa repudiada? ¿Con qué justicia? ¿Con qué razón? ¿Con qué apariencia? ¿Acaso por aquellas palabras, la había yo desechado, y dado libelo de repudio? Mas esto ¿de quién se dice? ¿De qué tiempo se habla, y en qué sentido?

Cualquiera que lea este texto seguidamente conocerá al punto:

Lo primero, que no se habla de los tiempos posteriores al Mesías, sino muy anteriores aún a la cautividad de Babilonia, pues Jeremías empezó a profetizar en tiempos de Josías, esto es, más de seiscientos años antes del Mesías, y aquí habla de la idolatría de Judá, que sucedía en su tiempo.

Lo segundo, que se habla del libelo de repudio dado a la casa de Israel adúltera y juntamente cismática, que se había separado de su hermana la casa de Judá, donde estaba Sión, o la corte y centro de unidad de la verdadera religión.

Lo tercero y principal, que se habla de la casa de Israel, no considerada como Iglesia de Dios (pues antes se había salido de la iglesia) sino considerada solamente como reino y como cosa diversa de la casa y reino de Judá.

Estos dos reinos o estas dos casas se llaman en la Escritura dos hermanas, esposas de Dios; una mayor porque comprendía diez tribus, otra menor porque comprendía solas dos; a la primera se le da el nombre de Oolla, a la segunda de Ooliba, mas esto no se dice porque Dios tuviese en aquel tiempo dos esposas o dos iglesias diversas, sino porque las dos hermanas, ambas reinas independientes en cuanto al reino terreno, debían componer una reina, una iglesia, una esposa del verdadero Dios.

Y no obstante, la mayor se había separado de la menor (dejándola la menor con su separación) y esto no solamente en cuanto al reino terreno, sino también en cuanto a la religión, separándose (por pura política mundana, que es la verdadera peste del mundo) separándose, digo, al mismo tiempo, de su Dios, de sus leves, de su culto, de su fe, de su esperanza y de sus obligaciones.

Pues a esta hermana mayor, cismática, adúltera y prostituta de profesión, dice el Señor, que al fin la arrojó de sí, y le dio libelo de repudio; mas no dice esto de la hermana menor, de la casa de Judá, de Sión, donde estaba y debía estar por institución suya la esposa propiamente dicha, esto es, lo activo de la religión, o la corte y centro de la verdadera Iglesia de Dios.

A ésta la desterró también a Babilonia después de algunos años; mas no le dio libelo de repudio, no se disolvió el matrimonio, no la dejó en libertad para casarse con otros dioses; antes por el contrario, deseando ella este libelo de repudio, deseando quedar en plena libertad por la suma corrupción de su corazón, la declara el Señor por el profeta Ezequiel, enviado extraordinario en aquellos tiempos de su destierro, que no conseguiría de modo alguno lo que deseaba y pensaba: Y no se cumplirá el designio de vuestro ánimo, cuando decís: Seremos como las gentes, y como los pueblos de la tierra, para adorar los leños y las piedras. Vivo yo, dice el Señor Dios, que con mano fuerte, y con brazo extendido, y con furor encendido reinaré sobre vosotros. Y os sacaré de los pueblos, y os congregaré de las tierras, en donde habéis sido dispersos, con mano robusta, y con furor encendido reinaré sobre vosotros (Ezech., XX, 32-34).

Ésta parece la verdadera razón porque habiendo vuelto de su destierro la hermana menor, no volvió la hermana mayor, ni se sabe hasta ahora con alguna distinción y claridad dónde se halla; no porque se haya perdido enteramente, ni porque se haya mezclado y confundido con las otras naciones, ni tampoco porque no haya de volver jamás, sino porque todavía no ha llegado su tiempo.

¿Y pensáis, señor, que este tiempo no llegará?

Yo supongo por un momento, que ya no os acordéis de todos aquellos lugares de la Escritura, que quedan notados y copiados en este fenómeno de los judíos.

También quiero suponer por otro momento, que se hayan perdido todas las profecías, y todos cuantos libros o piezas diversas componen la Biblia sagrada, sin quedarnos otra cosa en el día de hoy, sino solamente el capítulo III de Jeremías.

Aun en este caso tan deplorable, y con sólo este instrumento, no podíamos mirar a las diez tribus (mucho menos a Sión) como del todo abandonadas, sin remedio y sin esperanza.

Proseguid leyendo el mismo capítulo, y antes de llegar a la mitad, empezaréis a ver con admiración en lo que para al fin el repudio de la hermana mayor, y la bondad del Señor para con ella.

Anda (le dice a Jeremías versículo 12) anda, y da voces contra el Aquilón (hacia donde había sido ventilada cien años antes esta hermana mayor), llámala, convídala, exhórtala que vuelva a su Dios con todo su corazón. Dile que estoy pronto a recibirla, y la recibiré en efecto, no obstante haberle dado libelo de repudio. Dile en mi nombre, y asegúrale de mi parte, que mi indignación contra ella, aunque grande y justísima, no es irremediable, que no quiero de ella otra cosa, sino que conozca su iniquidad, que conozca y confiese que ha pecado contra su Dios. Anda, y grita estas palabras contra el Aquilón, y dirás: Vuélvete, rebelde Israel… y no apartaré mi cara de vosotros, porque Santo soy yo… y no me enojaré por siempre. Con todo eso reconoce tu maldad, porque contra el Señor tu Dios has prevaricado… Volveos, hijos, que os retirasteis… porque yo soy vuestro marido.

Si esto os parece todavía poco claro en favor de la hermana mayor, seguid leyendo un poco más, y veréis cómo la exhortación pasa luego, aunque insensiblemente, a profecía (lo cual es frecuentísimo en todos los profetas).

Así prosigue el Señor inmediatamente diciendo: Volveos, hijos, que os retirasteis (o rebeldes, como leen otras versiones) porque yo soy vuestro marido; y tomaré de vosotros uno de cada ciudad, y dos de cada parentela, y os introduciré en Sión.

Ya desde aquí empieza la profecía. Éstas son las reliquias preciosas de Israel, de que tanto se habla en los Profetas; de que San Pablo habla en varias partes, especialmente en la epístola a los Romanos, capítulo XI; de que se habla en el Apocalipsis, capítulo VII, cuando se sacan de cada una de las tribus doce mil sellados con el sello de Dios vivo, etc.

De este modo prosigue Jeremías en lo restante del capítulo III, anunciando cosas del todo nuevas, que hasta ahora ciertamente no han sucedido. Por ejemplo, versículo 17: En aquel tiempo llamarán a Jerusalén Trono del Señor; y serán congregadas a ella todas las naciones en el nombre del Señor en Jerusalén, y no andarán tras la maldad de su corazón pésimo.

El misterio que aquí se empieza a divisar, lo observaremos en otra parte. En aquellos días (prosigue diciendo versículo 18) la casa de Judá irá a la casa de Israel, y vendrán a una de la tierra del Aquilón (y de todas las regiones, como se halla en los Setenta) a la tierra que di a vuestros padres.

Esto último, ¿cuándo sucedió? ¿Acaso en la vuelta de Babilonia? Falso y falsísimo por la misma historia sagrada, y por todos los monumentos que nos quedan de este suceso.

La casa de Judá, que fue desterrada a Babilonia en tiempo de Nabucodonosor, ésta volvió de Babilonia con licencia del rey Ciro, sin habérsele pasado por el pensamiento el ir primero a buscar a su hermana mayor (con quien había vivido siempre en suma enemistad) para venir junto con ella a la tierra de sus padres.

Esta hermana mayor quedó en su destierro, en su cautividad, en su dispersión; ni hubo entonces, ni hubo después, quien la fuese a llamar.

Y aunque la hubiese llamado alguno, estaba escusada legítimamente por no haber lugar para ella en la tierra de sus padres, estando tan ocupada, menos Judá y Benjamín, con las naciones que había enviado a poblarla Salmanazar 200 años antes de Ciro (IV Reg., XVII, 24).

En este destierro ha estado hasta ahora como perdida, y lo estará hasta su tiempo. En aquellos días la casa de Judá irá a la casa de Israel, y vendrán a una de la tierra del Aquilón, (y de todas las regiones) a la tierra, que di a vuestros padres.

Es cierto que no sabemos cuándo ni cómo podrá esto suceder; mas esta ignorancia propia nuestra, respecto de lo futuro, no puede ser una razón suficiente para negarlo o despreciarlo, o echarlo a otros sentidos conocidamente violentos, o puramente acomodaticios.

Traed a la memoria aquella trompeta grande, de que hablamos en otra parte, que, como se dice en Isaías, se debe tocar en algún día para este fin. En aquel día resonará una grande trompeta, y vendrán los que se habían perdido de tierra de los Asirios, y los que habían sido echados en tierra de Egipto, y adorarán al Señor en el santo monte en Jerusalén (Isai., XXVII, 13).

También podéis acordaros de aquel otro lugar del mismo Isaías: Y alzará bandera a las naciones, y congregará los fugitivos de Israel, y recogerá los dispersos de Judá de las cuatro plagas de la tierra (Isai., XI, 12).

En suma, no perdamos tiempo inútilmente, todo el capítulo III de Jeremías nada prueba contra Sión, antes confirma y corrobora todos los instrumentos (tantos y tan claros) que tiene a su favor.

Por consiguiente, no hay razón alguna para decir que es una esposa repudiada; sino una esposa penitenciada, que está cumpliendo su penitencia, hasta que acabe de recibir enteramente de la mano del Señor al doble por todos sus pecados (Isai., XL, 2).

Y como ella misma dice en espíritu por Miqueas: No te huelgues, enemiga mía, sobre mí, porque caí; me levantaré cuando estuviere sentado en tinieblas, el Señor es mi luz. Llevaré sobre mí la ira del Señor, porque pequé contra él, hasta que juzgue mi causa, y se declare a mi favor; me sacará a luz, veré su justicia. Y lo verá mi enemiga, y será cubierta de confusión la que me dice: ¿En dónde está el Señor Dios tuyo? (Mich., VII, 8-10).

Considerad, amigo, estas palabras del Espíritu Santo que habló por sus profetas y consideradlas con atención, dando lugar a serias reflexiones. Si las leéis en su propia fuente con todo su contexto, hallaréis ciertamente mucho más de lo que soy capaz de reflexionar.

Continuará…

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