Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA FIESTA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY

 

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ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

FIESTA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY

Pilato entró, pues, de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres Tú el Rey de los judíos?” Jesús respondió: “¿Lo dices tú por ti mismo, o te lo han dicho otros de Mí?” Pilato repuso: “¿Acaso soy judío yo? Es tu nación y los pontífices quienes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Replicó Jesús: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores combatirían a fin de que Yo no fuese entregado a los judíos. Mas ahora mi reino no es de aquí.” Le dijo, pues, Pilato: “¿Conque Tú eres rey?” Contestó Jesús: “Tú lo dices: Yo soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, a fin de dar testimonio a la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.” Pilato le dijo: “¿Qué cosa es verdad?”

Este año, la Fiesta de Cristo Rey se presenta como la consecuencia de lo que hemos meditado el Domingo pasado referente a las cosas del César y las cosas de Dios. Los que no han leído o escuchado esas reflexiones, harían bien en completar con ellas las de hoy.

Jesucristo delante de Pilatos afirmó por tres veces que es Rey; pero negó que sea Rey en el sentido que lo entendían Pilatos y los judíos…, y como lo entienden muchos de católicos de hoy en día…

Es cierto que Jesucristo dijo: Mi Reino no es de aquí…

Pero no dijo: Mi Reino no está o no debe estar aquí…

Jesucristo afirmó delante de Pilatos que su Reino no es de este mundo. Eso significa que su Realeza no es originaria de este mundo…: Mi Reino no viene de este mundo

El Reino de Jesucristo no es de este mundo, pero está en este mundo; y su Realeza se ejerce sobre la tierra.

Jesucristo dijo Mi Reino no viene de este mundo; es decir, no viene de las potencias mundanas, de los soldados, de una elección ejercida por el pueblo o por los banqueros internacionales y las grandes potencias de las Altas Finanzas…

Sus Derechos vienen de su carácter propio, por causa de ser Aquél que es, es decir, el Hijo de Dios. Los hombres no le dieron sus Derechos, y los hombres no pueden retirárselos.

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Ahora bien, en nuestra meditación y reflexión sobre el misterio de Cristo Rey se puede tropezar contra un doble obstáculo:

comprender lo esencial de la Realeza de Jesucristo, pero descuidar la extensión de este Reino a los valores de la civilización;

comprender la extensión del Reino de Jesucristo a los valores de la civilización, pero perder de vista lo esencial de esa Realeza.

Lo esencial de la Realeza de Jesucristo es convertir las almas y unirlas a su Salvador.

La extensión de esta Realeza es construir una civilización cristiana; es el aspecto social del Reino de Nuestro Señor; lo que se llama la Realeza Social de Cristo.

Hay quienes sitúan bien en su lugar la Realeza de Jesucristo, pero no ven que este Reino no puede evitar la propagación de sus beneficios en el orden social de la ciudad.

Otros, en cambio, tienen la evidencia de que la Realeza de Jesucristo debe estar presente incluso en el orden social, pero no entienden que esto es por derivación y por redundancia.

En efecto, el aspecto social de la Realeza de Cristo, que es real e innegable, sigue siendo, sin embargo, derivado.

Pero, esta deducción no es artificial, sino que pertenece a la naturaleza misma de las cosas.

Debido a que es Rey en el interior, Rey en el secreto de las almas, Jesucristo debe ser el Rey en el orden doméstico y profesional, en el orden económico y político, en el orden artístico y cultural, en orden filosófico y teológico…

Aunque pertenezca propiamente al orden interno de las almas, la Realeza de Jesús no deja de extenderse al dominio terrenal, a las autoridades temporales, a las familias y pueblos, a toda institución secular.

Esta verdad es proclamada solemnemente por la Iglesia en la Fiesta de Cristo Rey.

Sin embargo, el reinado de Cristo sobre lo temporal no es el carácter primario de sus prerrogativas reales, es un segundo aspecto. No decimos secundario, insignificante, prescindible. Decimos aspecto segundo, derivado; pero es también aspecto necesario.

Por lo tanto, Jesús, que es el Rey de las almas, es necesariamente, por una extensión inevitable, Rey de las familias y de las naciones.

Sin embargo, esta segunda manifestación de Su Majestad se basa en la primera.

Hablamos de Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo. Esto es normal y legítimo. Pero esta Realeza sobre la sociedad civil, no es semejante al señorío de ningún rey o gobernante… Es distinto al dominio de los grandes de este mundo… Es de naturaleza espiritual, por necesarios e inevitables que sean sus repercusiones sobre las realidades temporales materiales.

Cuanto más nos resolvamos a combatir las ideas y las acciones de los que repiten con los judíos incrédulos: “No queremos que éste reine sobre nosotros”, tanto más tenemos que tratar de convencer a los que van por mal camino, y, por lo mismo, tanto más debemos vigilar para presentar el verdadero rostro de la Realeza de Jesucristo.

En resumen, el término de Rey que se aplica a Nuestro Señor completa el de Profeta y el de Sacerdote; añadiendo las nociones, no sólo de universalidad y de la ley de la gracia, sino también la influencia sobre la sociedad civil.

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Tenemos que tener en cuenta el texto capital, esa respuesta de Jesús a Poncio Pilato, que no deja ninguna duda acerca de la naturaleza interna del Reino que vino a establecer.

Evidentemente, estas palabras significan que el Reino de Jesús no es comparable con ningún otro. No está en el mismo nivel y se encuentra en el interior del hombre, en la profundidad donde el hombre escucha la verdad que viene de arriba, la palabra de vida que ofrece la conversión y salva.

¿Debemos sacrificar, entonces, el edificar o preservar un orden temporal cristiano?

Precisemos la cuestión: si Jesucristo no quiere un reino político y ha rechazado gozar de la potestad del César, ¿un padre de familia debería sacar la conclusión de que tiene que formar a sus hijos en la vida espiritual sin tener que preocuparse acerca de una sociedad que escandaliza?

¡Dios no lo permita!

Ya hemos dicho que las instituciones deben ser conformes a Jesucristo con el fin de ayudar a su Reino en el interior de las almas.

La respuesta es que los hombres no son espíritus desencarnados; la salvación de las almas exige que la Realeza de Jesucristo se extienda a la sociedad.

Quien aspira al reinado de Jesucristo en su corazón y en los corazones de sus hermanos no puede quedar tranquilo ante instituciones y leyes que corrompen y obstaculizan la salvación.

Querer una sociedad que se ajuste a la ley natural y a la ley cristiana es una consecuencia de la vida interior. El hombre que acepta la Realeza de Jesús en el interior, cuando pone los pies y, con más razón, las manos en las actividades seculares, no puede dejar de lado la voluntad de Cristo.

Llevará a cabo sus deberes como padre o empresario, como poeta o médico, de modo que esas tareas rindan homenaje a Jesucristo, que vive en él, que es su Rey y su todo.

¿Cómo hará para obtener esto? ¿Cómo va a demostrar que él reconoce y proclama como Rey a Jesucristo en sus actividades profanas?

No sólo dándoles un marco religioso, no solamente haciendo pender un crucifijo de su cuello y fijando un cuadro de la Virgen detrás de su escritorio, sino realizando sus tareas conforme al derecho natural y a las leyes del Evangelio y de la Iglesia.

Por lo tanto, el Reino de Jesucristo exige, no sólo que las acciones personales se realicen religiosa y piadosamente, sino también en correspondencia con las leyes naturales, con las buenas costumbres y con las leyes cristianas.

Es inevitable que el Reino de Jesucristo sea social; no en el sentido de que sea ejercido por el mismo Cristo o por los ministros que Él hubiese establecido, sino en el sentido de que su Realeza debe orientar las actividades profanas y tender a conformar las leyes y costumbres a las del Evangelio.

Con respecto a la vida social, es decir, la política, la cultura y la civilización, la autoridad de Cristo reviste una fórmula distinta que en el campo de la intimidad de la vida interior.

Es por eso que el Señor se ha negado rotundamente a ser rey como los reyes de este mundo.

Y, sin embargo, la historia política demuestra abundantemente, desde el primer anuncio del Evangelio, que la Santa Iglesia no puede dejar de crear y mantener una cultura y una civilización.

La Iglesia tiende a prolongarse en Cristiandad, en la misma medida en que los miembros de la Iglesia participan en la sociedad civil y ejercen en ella un cargo, o cumplen una responsabilidad.

La Iglesia de Jesucristo tiende a imponer las normas constantes del derecho natural, cualesquiera que sean las vicisitudes de la historia, sumando a ese derecho las leyes católicas.

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Una objeción lógica se plantea: Cristo no ha sido nunca Rey del Mundo, ni lo será nunca.

Dicha objeción corresponde a la pregunta irónica de Pilatos: Entonces, ¿tú eres Rey? Lo veía en una situación bien poco aparente a ser Rey… la misma situación de ahora…

Es un Rey que hoy en día no reina mucho, puesto que si reinara, el mundo andaría mejor.

Pero, como dijo Cristo, si a un Rey se le sublevan los vasallos, no deja de ser Rey mientras conserve el poder de castigarlos y avasallarlos de nuevo. Si no tiene ese poder, es otra cosa.

Una gran parte del mundo, ni siquiera lo conoce.

Otra parte, lo conoce y reniega de Él, como los judíos: No queremos que éste reine sobre nosotros…

Finalmente otra parte, lo reconoce en las palabras y lo niega prácticamente en los hechos; que son los cristianos cobardes.

¿Qué ha pasado?

Me remito a lo dicho el Domingo pasado. Y hoy agrego que, en la década de 1920 apareció públicamente el partido del Mundo Único, que en Francia se llamó de los sinarquistas.

Sinarquía significa un solo Gobierno en el mundo, que gobierne a todos un solo hombre, y desaparezcan las naciones.

Eso estaría bien, eso sería espléndido, que gobierne el mundo un solo hombre… a condición de que ese hombre sea el Hijo de Dios, y no el Anticristo…

El intento de lograr una falsa unificación de la Humanidad es presentado en el Génesis. El escritor sagrado muestra que entonces los hombres no quisieron obedecer al Señor, que les había mandado dispersarse y repoblar la tierra; mas pretendieron edificar una ciudad y una torre cuyo pináculo llegase hasta el cielo y así hacerse famosos.

La torre de Babel encarna la voluntad de crear una civilización laica, opulenta, injusta y promotora de una Religión idolátrica: el Cristianismo adulterado.

El Apocalipsis describe esa civilización mediante la visión de la ciudad de Babilonia.

Además de ser un ideal, es hoy día una tendencia. La ONU con sus onunías, la UNESCO, la UNICEF, la OEA, etc., es hoy día una pretensión de gobierno internacional que se entromete en el gobierno de las naciones particulares.

Pero hay más que una tendencia, hay ya un comienzo de gobierno ANTICRISTIANO del mundo; que se ejerce sobre todo por medio del poder del Dinero.

Esos ocultos poderes son los que hoy en día dicen: No queremos que Cristo reine sobre nosotros.

Mientras tanto, nosotros, no sólo podemos proclamar: Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera, sino que podemos y tenemos que decir con toda verdad: Cristo vive, Cristo reinará, Cristo imperará…

Y entonces…, cuando Él vuelva, según su palabra, les hará cortar la cabeza en su presencia a los que se le sublevaron.

Pero hasta que vuelva, éstos seguirán haciendo de las suyas…

De allí que debemos intensificar nuestra plegaria: Adveniat Regnum tuum…

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En el Padrenuestro pedimos: Venga tu Reino.

Ahora bien, o consideramos que ya vino al mundo el Reino que pedimos, o pensamos que todavía no vino.

Si lo primero, luego ya no tenemos que esperarlo. Pero, lo más importante, ¿dónde está? Y, lo que es obvio, ¿para qué pedimos que venga?

Si lo segundo, debemos explicarnos un poco más…

Por esas palabras entendemos el Reino que ha de venir cuando venga el Rey, según lo anuncian las Santas Escrituras. Por lo tanto, las palabras con que lo pedimos las hallamos claras, simples, propias y escogidas entre millares de otras que pudieran imaginarse.

Y, en este caso, si tenemos verdadero celo del bien del prójimo, si deseamos con verdad que todos los pueblos, tribus y lenguas adoren al verdadero Dios, que todos sean cristianos, que todos sean justos y santos, etc., todo esto debemos abarcarlo en nuestra petición, y todo esto debemos pedirlo confiadamente, sin salir de aquellas tres palabras: Venga tu reino.

Destaquemos el adverbio confiadamente…, pedirlo confiadamente, con esperanza, esperándolo…; porque hemos de ser bien conscientes que las mismas Sagradas Escrituras nos enseñan que este bien que deseamos para nosotros y para todo el linaje humano, no puede ser para el estado presente; pero que será, sin falta, cuando venga el Reino que pedimos.

Por tanto, lejos de temer la venida del Rey en gloria y majestad, antes bien, debemos desearla con las mayores ansias, y tenemos que pedirla con todo el fervor de que somos capaces: ¡Venga tu reino!

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Como decíamos, esta proclamación de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo sobre las naciones se hizo contra el liberalismo, una peligrosa herejía que proclama la libertad y toma su nombre de ella.

Liberales fueron los que en el siglo XIX rompieron con la Iglesia, maltrataron al Papa y quisieron edificar naciones sin contar con Cristo.

Son hombres que desconocen la perversidad profunda del corazón humano, la necesidad de una redención, y el dominio universal de Dios sobre todas las cosas, como Principio y como Fin de todas ellas, incluso de las sociedades humanas.

Ellos son los que dicen:

Hay que dejar libres a todos, sin ver que el que deja libre a un malhechor es cómplice del malhechor.

Hay que respetar todas las opiniones, sin ver que el que respeta las opiniones falsas es un falsario.

La religión es un asunto privado, sin ver que, siendo el hombre naturalmente social, si la religión no tiene nada que ver con lo social, entonces no sirve para nada, ni siquiera para lo privado.

Contra este pernicioso error, la Iglesia proclama que Cristo es Rey; y esto por diversos títulos, cada uno de los cuales es suficiente para conferirle un verdadero poder sobre los hombres.

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Una vez más, el objetante dirá: eso está muy bien, pero es un ideal y no una realidad. Eso será en la otra vida, o en un tiempo muy remoto de los nuestros; pero hoy día…, los que mandan hoy no son los católicos, sino los masones y sus jefes, los judíos…

En parte, tiene razón el objetante…, aunque no todos se atrevan a decirlo tan descaradamente…

Ahora bien, porque Europa se rebeló contra Cristo Rey en estos últimos tiempos, Europa, y con ella el mundo, todo se halla hoy día en un desorden que parece no tener compostura, y que sin Cristo Rey no tiene compostura…

El profeta Daniel, resumiendo los dichos de toda una serie de Profetas, dijo que después de los cuatro grandes reinos que aparecerían, el reino de la Leona, del Oso, del Leopardo y de la Bestia Poderosa, florecería el Reino de los Santos, que durará para siempre. Ese es el Reino de Jesucristo…

En el primer libro de las Visiones de Daniel, narra el Profeta que vio cuatro Bestias disformes y misteriosas que, saliendo del mar, se sucedían y destruían una a la otra; y después de eso vio a manera de un Hijo del Hombre que, viniendo de sobre las nubes del cielo, se llegaba al trono de Dios; y le presentaron a Dios, y Dios le dio el Poderío, el Honor y el Reinado, y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán, y su poder será poder eterno que no se quitará, y su reino no se acabará.

Entonces me llegué lleno de espanto —dice Daniel— a uno de los presentes, y le pregunté la verdad de todo eso. Y me dijo la interpretación de la figura: Estas cuatro bestias magnas son cuatro Grandes Imperios que se levantarán en la tierra, y después recibirán el Reino los santos del Dios altísimo y obtendrán el reino por siglos y por siglos de siglos.

Sabemos que el Mundo Moderno renegó la realeza de su Rey Eterno y Señor Universal; y comprobamos, como consecuencia directa, que se ve ahora empantanado en un atolladero y castigado; y entonces le echa la culpa a Cristo: se queja y se espanta de la crisis, dice que Cristo es impotente, que su sueño de paz y de amor ha fracasado, y le pide que vuelva de nuevo al mundo, pero no a ser crucificado…

El pobre mundo miope no ve que Cristo está volviendo en estos momentos al mundo, pero está volviendo como Rey; está volviendo de donde pisó el lagar Él solo; con los vestidos salpicados de sangre de sus enemigos, como lo pintaron los profetas, y tiene en la mano el bieldo y la segur para limpiar su heredad y para podar su viña.

Y ésta es la respuesta a los que hoy día se escandalizan de la impotencia del Cristianismo y de la gran desolación espiritual y material que reina en la tierra.

Ellos piensan que la crisis actual es una gran desobediencia a Cristo; y en consecuencia dudan de que Cristo sea realmente Rey, como dudó Pilatos, viéndole atado e impotente.

Pero la crisis actual no es una gran desobediencia a Cristo: es la consecuencia de una gran desobediencia, es el castigo de una gran desobediencia y —consolémonos— es la preparación de una gran obediencia y de una gran restauración del Reino de Cristo. “Porque se me subleven una parte de mis súbditos, Yo no dejo de ser Rey mientras conserve el poder de castigarlos”, dice Cristo.

En la última parábola que narra San Lucas, antes de la Pasión, está prenunciado eso: Semejante es el Reino de los cielos a un Rey que fue a hacerse cargo de un Reino que le tocaba por herencia. Y algunos de sus vasallos le mandaron embajada, diciendo: No queremos que este reine sobre nosotros. Y cuando se hizo cargo del Reino, mandó que le trajeran aquellos sublevados y les dieran muerte en su presencia.

Es un Rey de paz, es un Rey de amor, de mansedumbre, de dulzura para los que le quieren; pero es Rey verdadero para todos, aunque no le quieran, ¡y tanto peor para el que no le quiera!

Los hombres y los pueblos podrán rechazar la llamada amorosa del Corazón de Cristo Rey y escupir contra el cielo; pero no pueden cambiar la naturaleza de las cosas. El hombre es un ser dependiente, y si no depende de quien debe, dependerá de quien no debe; si no quiere por Señor a Cristo, tendrá el demonio por dueño.

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Los males que hoy sufrimos, tienen, pues, vieja raíz; pero consolémonos, porque ya está cerca el jardinero con el hacha. Estamos al fin de un proceso morboso que ha durado cuatro siglos.

Y el Hombre Moderno, que había caído en cinco idolatrías y cinco desobediencias, está siendo probado y purificado ahora por cinco castigos y cinco penitencias:

Idolatría de la Ciencia, con la cual quiso hacer otra torre de Babel que llegase hasta el cielo; y la ciencia está en estos momentos toda ocupada en construir aviones, bombas y cañones para matar hombres y voltear casas, ciudades y fábricas;

Idolatría de la Libertad, con la cual quiso hacer de cada hombre un pequeño y caprichoso caudillejo; y éste es el momento en que el mundo está lleno de despotismo, y los pueblos mismos piden puños fuertes para salir de la confusión que creó esa libertad demente;

Idolatría del Progreso, con el cual creyeron que harían en poco tiempo otro Paraíso Terrenal; y he aquí que el Progreso es el Becerro de Oro, que sume a los hombres en la miseria, la esclavitud, el odio, la mentira, la muerte;

Idolatría de la Carne, a la cual se le pidió el cielo y las delicias del Edén; y la carne del hombre desvestida, exhibida, mimada y adorada, está siendo destrozada, desgarrada y amontonada como estiércol en los campos de batalla, cuando no en míseros hospitales y otros de cinco estrellas;

Idolatría del Placer, con el cual se quiere hacer del mundo un perpetuo carnaval y convertir a los hombres en chiquilines agitados e irresponsables; y el placer ha creado un mundo de enfermedades, dolencias y torturas que hacen desesperar a todas las facultades de medicina.

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Preparémonos, pues, para la Venida de Jesucristo, y apresurémosla. Podemos ser soldados de un gran Rey; nuestras pobres efímeras vidas pueden unirse a algo grande, algo triunfal, algo absoluto.

Nuestro Rey es invencible, su Reino no tendrá fin, su Venida y triunfo no están lejos y su recompensa supera todas las vanidades de este mundo, y más todavía, todo cuanto el ojo vio, el oído oyó y la mente humana pudo soñar de hermoso y de glorioso.

Lo hemos dicho ya el Domingo pasado: sabemos que la Iglesia de Jesucristo tendrá una victoria infalible; y que, en virtud de esta futura victoria, siempre se conservará al menos un mínimo de orden temporal cristiano. El reino espiritual del cristiano, es decir, la Iglesia, siempre mantendrá una pequeña parte de la civilización cristiana.

El último efecto del poder real de Jesús será la renovación de todas las cosas, después del último juicio. Sucederá en ese día que el Señor Jesús reinará en plenitud tanto en las cosas de la naturaleza como en su propio orden, el de la gracia.

Si hasta la Parusía, el gobierno del rey Jesús a veces parece impotente o débil, es sólo una apariencia.

Él mismo ha predicho que llegará un día en que en su reino se entronizará la abominación de la desolación en el lugar santo. Y, sin embargo, nos aseguró que incluso en estos tiempos del avance extremo de las fuerzas enemigas, en que será dado a la Bestia el poder de hacer la guerra a los santos y vencerlos, las puertas del infierno no tendrán éxito; nada ni nadie podría quitarle de las manos las almas que el Padre le ha confiado.

¡No! No hay debilidad en el gobierno del Rey Jesús.

Él controla el mal. Lo permite, por supuesto, pero sirviéndose para hacer resplandecer más maravillosamente a su Iglesia, para aumentar la santidad de sus elegidos, para una demostración de su justicia, que permanece oculta por ahora…

Cuando todo le haya sido sometido, entonces también el Hijo remitirá todo a su Padre para que Dios sea todo en todos.