DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Vigésimo cuarta entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

VENIDA DEL MESÍAS

EN GLORIA Y MAJESTAD

PARTE SEGUNDA

Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.

Fenómeno V

Los judíos (III de V)

Continuación…

Artículo II

Segundo aspecto

Se consideran los judíos, después de la muerte del Mesías, como desconocidos de su Dios y honor de pueblo suyo; y se pregunta aquí, si este castigo tendrá fin, o no.

§ 1

Todos saben que la descendencia del justo Abrahán por Isaac, y Jacob, fue más de dos mil años la única entre todas las naciones de la tierra que conociese y adorase al verdadero Dios, la única escogida de Dios, consagrada a Dios, unida a Dios, la única que entrase en comercio y sociedad con Dios, que recibiese leyes, y ceremonias de Dios, que tratase con Dios, que se obligase a Dios, y a quien el mismo Dios se obligase. La única, en suma, que mereciese llamarse con verdad pueblo de Dios; Sólo os conocí a vosotros de todos los linajes de la tierra (Amós III, 2), les decía el mismo Dios por el profeta Amós.

Del mismo modo saben todos, que este pueblo de Dios, tan distinguido, tan honrado, tan amado, tan beneficiado, fue siempre por la mayor y máxima parte el más duro, el más infiel, el más ingrato de todos los pueblos. Para conservar este pueblo, para instruirlo, para ilustrarlo, para santificarlo, ¡qué prodigios no hizo el Señor, qué excesos, qué providencias, qué beneficios, qué promesas, qué amenazas, qué castigos! Pero todo en vano, y tan en vano, que el mismo Dios se quejaba continuamente por sus Profetas, como un buen padre, que ya no halla qué hacer para corregir un hijo perverso… ¿Qué es lo que debí hacer más de esto a mi viña, y no lo hice? (Isai., V, 4) En vano castigué a vuestros hijos, no recibieron la corrección, les decía por Jeremías capítulo II (Jer., II, 30). No escuchó voz, ni recibió amonestación… decía por Sofonías capítulo III (Sophon., III, 2).

Llegando en fin la ingratitud e iniquidad de este pueblo hasta el supremo grado, esto es, hasta desconocer, hasta crucificar a la esperanza de Israel, hasta cerrar voluntariamente los ojos a aquella grande luz que vieron los ciegos de nacimiento, esto es, aun el mismo pueblo de las gentes, que andaba en tinieblas… en la región de la sombra de muerte, llegó también hasta el supremo grado la justa indignación de Dios; esto es, hasta privarlo enteramente del honor y prerrogativas de pueblo suyo; hasta arrojarle de sí, abandonarlo y desconocerlo, como si ya no fuese su padre ni su Dios; hasta reputarlo y mirarlo como cualquiera otro pueblo extraño y salvaje, a quien no tiene obligación alguna, y aun a quien reputa entre sus enemigos.

Así se lo tenía anunciado claramente por Daniel, diciendo: Y después de sesenta y dos semanas será muerto el Cristo; y no será más suyo el pueblo que le negará (Dan., IX, 26).

Así se lo tenía anunciado por Oseas cuando le mandó a este profeta que a un hijo que acababa de nacerle le pusiese por nombre Longhammí, esto es: No pueblo mío (Ose., I, 9); explicando luego el enigma por estas palabras: porque vosotros no sois mi pueblo, y yo no seré vuestro.

Así lo tenía anunciado por Malaquías: no está mi voluntad en vosotros… ni recibiré ofrenda alguna de vuestra mano. Porque desde donde nace el sol hasta donde se pone, grande es mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se sacrifica y ofrece a mi nombre ofrenda pura. (Malach., I, 10-11).

Esta amenaza terrible que los judíos, sabios en sí mismos (II Cor., XI, 19), jamás creyeron plenamente, se empezó a verificar (no obstante su vana confianza y su estulta seguridad) después de la muerte del Mesías, y se ha verificado con tanta plenitud, que más de diez y siete siglos ha que la descendencia del justo Abrahán ni es pueblo de Dios, ni aun siquiera pueblo, habiendo quedado desde entonces en un estado tan singular como lo ha visto y lo ve todo el mundo, y como todo el mundo debiera mirarlo con los mayores sentimientos de religión, si mirase también que todo esto está anunciado en la Escritura, del mismo modo y en la misma forma en que lo ve.

Por lo que el mismo Mesías, anunciando la próxima ruina de Jerusalén, y el castigo inminente del pueblo de Dios, dice que aquellos días serán ya sólo de ira y de venganza, para que se cumplan todas las cosas que están escritas. (Luc., XXI, 22).

Según esto, tenemos en el asunto de que vamos hablando dos cosas ciertas e indubitables, de que nos da testimonio la divina Escritura; de la una en historia, de la otra en profecía.

Mas en profecía ya plenamente verificada en presencia de todo el mundo, y con ciencia cierta de todos los que son capaces de saber.

La primera en historia es que la descendencia del justo Abrahán por Isaac y Jacob, fue por espacio de muchos siglos el pueblo único de Dios, fue la viña de Dios, la heredad de Dios, la iglesia de Dios, la sinagoga de Dios, que todas estas diversas palabras, que usa la misma Escritura, significan una misma cosa.

La segunda en profecía, ya plenísimamente verificada, es que este mismo pueblo de Dios, después de la muerte del Mesías, ha sido despojado enteramente de su dignidad, como estaba escrito, y como el mismo Mesías lo confirmó diciendo: Mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas exteriores (Mat., VII, 12).

Ahora, si fuera de estas dos cosas ciertas e indubitables, de que tanto nos ha hablado la divina Escritura, hallásemos en ella misma otra tercera, que todavía no se ha verificado, y esto no oscuramente, sino con la mayor claridad posible, no una o dos veces, sino innumerables, no en uno o dos profetas, sino en casi todos; en este caso, suponiéndolo cierto e innegable, ¿qué deberíamos hacer?

¿Nos sería lícito dudar de esta tercera, o despreciarla o desfigurarla?

¿Nos sería lícito hacer en esta tercera, lo que no hacemos ni nos es posible hacer con la primera, ni con la segunda?

¿Nos sería lícito pasarla a otros sentidos impropios y violentísimos, y por eso mismo infinitamente ajenos de la veracidad de Dios?

Pues, amigo mío, esta tercera se halla en las Santas Escrituras, no menos que la primera y la segunda; se halla anunciada con la misma y mayor claridad; se halla, no sólo en Daniel, en Oseas y Malaquías, sino en casi todos los Profetas, y en algunos dos veces.

¿Cuál es esta tercera?

Que la misma descendencia del justo Abrahán, por Isaac y Jacob, la que desde Abrahán hasta Cristo fue pueblo único de Dios, y que desde Cristo hasta el día de hoy está privada de este honor, y arrojada en las tinieblas exteriores, esta misma descendencia de Abrahán volverá algún día a ser otra vez pueblo de Dios, infinitamente mayor de lo que fue en otros tiempos; y esto en su misma patria, de que fue desterrada, y bajo de otro testamento sempiterno, que no puede envejecerse, ni acabarse como el primero.

No me preguntéis tan presto en qué sentido hablo, porque yo no soy capaz de explicar muchas cosas a un mismo tiempo. El sentido en que hablo, se irá manifestando por sí mismo sin otra diligencia.

Si esto tercero así como suena (que bien claro está) os parece duro y difícil de creer, daréis con esto una prueba bien sensible de que sólo creéis a Dios en aquellas cosas que ya veis verificadas con vuestros propios ojos; mas no en aquellas otras que no se han verificado, ni se sabe ni se entiende cómo podrán verificarse.

Y en este caso no deberéis extrañar que os apliquemos aquellas palabras de Cristo ya resucitado: Porque me has visto, Tomás has creído; bienaventurados los que no vieron y creyeron.

Esto tercero es lo que vamos ya a mostrar.

§ 2 Se considera el capítulo XI de Isaías

La primera parte de esta profecía, hasta el versículo 10, aunque hacía admirablemente al asunto general de esta obra, mas respecto del asunto particular, de que actualmente hablamos, no viene tan al caso.

En ella hay tanto que observar, que era necesaria una difusa y casi importuna digresión. Por cuyo motivo nos vemos precisados a omitirla por ahora, reservándola para su propio y natural lugar, que debe tener en la tercera parte.

No obstante, parece conveniente advertir aquí, como de paso, mas a grandes voces, que no es cierto, ni aun siquiera probable, con verdadera probabilidad, que se hable en esta profecía de la primera venida del Mesías, ni de la Iglesia presente, a donde tiran los intérpretes, según su sistema, usando para esto, ya de sumo ingenio, ya de suma violencia; sino que habla y manifiestamente de la venida del Señor en gloria y majestad, como es facilísimo, no digo solamente probarlo, sino demostrarlo con suma evidencia, así por el texto mismo, y por todas sus expresiones y palabras, como por todo su contexto, tomado desde el capítulo X, continuado por todo el XI, y seguido hasta el XII.

Confieso ingenuamente que dejo este punto con suma repugnancia; no lo dejara tan del todo, si no tuviera esperanza de volverlo a tomar con más quietud en otra ocasión más oportuna.

Vengamos, pues, a la observación de la segunda parte de la misma profecía, que es la que ahora se ha de menester.

Verso XI: Y será en aquel día: Extenderá el Señor su mano segunda vez para poseer el resto de su pueblo, que quedará de los Asirios, y de Egipto, y de Fetros, y de Etiopia, y de Elam, y de Sennaar, y de Emath, y de las islas del mar. Y alzará bandera a las naciones, y congregará los fugitivos de Israel, y recogerá los dispersos de Judá de los cuatro puntos de la tierra. Y será quitada la emulación de Efraín, y perecerán los enemigos de Judá; Efraín no envidiará a Judá, y Judá no peleará contra Efraín. Y volarán a los hombros de los Filisteos por mar, etc. (Isai,. XI, 11-14).

Os parecerá sin duda a primera vista que esta profecía que acabáis de leer con vuestros ojos no pide interpretación, bastando leerla para entenderla; y no obstante ésta es una de las muchas profecías que no pueden pasar sin grandes precauciones; no puede salir al público, sin haber entrado en el crisol, y dejado en él todo lo que se tiene por escoria; no sea que se entienda como se lee, y con esto sólo se desconcierten, o se pongan en peligro algunas medidas.

Para evitar, pues, este gran peligro, debe interpretarse la profecía, diciendo resueltamente, que aunque en sentido literal anuncia la salida de Babilonia, y en este sentido se verificó entonces, si no en todo, a lo menos en parte; mas en otro sentido más alto anuncia otra cosa mucho mayor.

¿Cuál es ésta? Es, dicen, la conversión de muchísimos judíos, no ya uno a uno, esto es, poquísimos; sino de millares de ellos, y verosímilmente de todas las doce tribus, que sucedió con la predicación de los Apóstoles, así en Jerusalén y Judea, como en todas las otras partes del mundo, por donde discurrieron los mismos Apóstoles (Marc., XVI, 15).

En este sentido altísimo, y por eso especialmente intentado por el Espíritu Santo, se acabó de verificar la profecía, que sólo se había verificado en parte en la salida de Babilonia, y esto como un tipo o figura de la liberación por Cristo de otra cautividad mayor, que era la del demonio y del pecado, etc.

Para ver ahora con los ojos si esta interpretación es justa o no, aunque fuera muy conducente el confrontarla con el texto mismo, y con todas sus palabras; mas por abreviar, reparemos solamente en dos palabras importantes, que contiene la primera cláusula: la una es, segunda; la otra es, para poseer

Y será en aquel día: Extenderá el Señor su mano segunda vez para poseer el resto de su pueblo, que quedará, etc.

De manera, que el Señor promete aquí en términos claros y formales, que para poseer el residuo de Israel, hará segunda vez, en aquel día, aquello mismo que hizo en otros tiempos la primera vez; pues ninguna cosa puede hacerse segunda vez, si no se ha hecho la vez primera.

Se pregunta ahora, ¿a qué suceso anterior alude esta palabra segunda?

Si no recurrimos al Éxodo, o a la salida de Egipto y paso del mar Rojo, parece claro, que nos cansaremos en vano.

El texto mismo de esta profecía nos remite a este primer suceso, concluyendo con estas palabras: Y habrá camino para el resto de mi pueblo, que escapare de los Asirios; así como lo hubo para Israel, en aquel día que salió de Tierra de Egipto. (Isai., XI, 16).

Siendo el primer suceso la salida de Egipto, en la cual sacó Dios su mano omnipotente en favor de Israel, el segundo deberá ser alguna cosa semejante.

Es decir, si la primera vez hizo Dios tan visible y tan admirable su mano omnipotente, en tanta multitud de prodigios, para sacar a Israel de Egipto, y poseerlo como pueblo suyo peculiar, prometiendo el mismo Dios esta mano omnipotente para otra segunda vez, esto es, para poseer el residuo de Israel, deberán renovarse esta segunda vez aquellos mismos prodigios, u otros semejantes o mayores.

Digo mayores, porque parece mucho menos difícil sacar un pueblo del poder de un príncipe solo, y de la pequeña tierra de Jesén, que sacarlo del poder de todos los príncipes, y de todos los cuatro puntos de la tierra, donde está disperso, y prodigiosamente multiplicado. Congregará los fugitivos de Israel, y recogerá los dispersos de Judá.

Si esto no se recibe, si se desprecia como increíble, o como displicente, deberá mostrarse en los siglos pasados este suceso segundo, en que Dios haya hecho manifestar su mano omnipotente, así como la hizo manifestar la primera vez en Egipto.

¿Cuál, pues, habrá sido este suceso? O fue la salida de Babilonia, o la cosa no ha sucedido hasta el día de hoy; porque el sentido espiritual a que se recurre, y con que se tiran a llenar tantos y tan grandes vacíos, apenas parece suficiente para huir la dificultad, dejándola en pie.

Que el segundo suceso de que aquí se habla no fuese la salida de Babilonia, se prueba evidentemente por tres razones sacadas del mismo texto sin salir de él.

Primera: porque aquellos pocos que salieron de Babilonia con licencia de su rey Ciro, no salieron de todas las partes de la tierra, que nombra expresamente la profecía; no salieron de la Asiria, de Egipto, de Fetros, o Arabia, de Etiopia, de Elam, de Emat, que eran todas regiones conocidas de los judíos; mucho menos salieron de aquellas regiones que sólo se nombran en general, como son las islas del mar; mucho menos aun de los cuatro puntos de la tierra, o de los cuatro vientos cardinales.

Lo único que se puede decir de los que salieron de Babilonia es que salieron de Senaar, o Caldea, que también está en esta lista, y tal vez por esto sólo se dice que la profecía se cumplió entonces en parte, y en esta parte pequeñísima sólo como una figura de otra cosa mayor, que debe ser puramente espiritual.

Algunos doctores (creo que no son muchos) dan muestras de quedar poco satisfechos, y aun con grandes escrúpulos de la violencia de su explicación. Así, añaden una palabra con que todo queda remediado; es a saber: que toda esta profecía, y otras semejantes, se acabarán de cumplir con toda su plenitud hacia el fin del mundo, esto es, después del Anticristo, cuando los judíos dispersos entre las naciones sean llamados de Dios, así a la Iglesia de Cristo como a su tierra.

Estas últimas palabras fueran dignas de estimación, si sobre ellas se explicasen un poquito más; el gran trabajo es, que las dicen tan de paso, tan en general, tan en confuso, que nos dejan con el deseo de saber que es lo que nos conceden en realidad; pues aun esto poco que parece que conceden lo deshacen del todo en otras partes.

La segunda razón es porque en la salida de Babilonia no tuvo Dios que hacer milagro alguno extraordinario; no tuvo para qué mostrar públicamente su mano omnipotente, como lo había hecho en Egipto; sólo movió secretamente el corazón de Ciro, inspirándole que permitiese a los judíos, y aun los convidara a que volviesen a Jerusalén, y edificasen de nuevo el templo de Dios.

El mismo Ciro lo dice así en su decreto, o edicto real: Esto dice Ciro rey de los Persas: Todos los reinos de la tierra me los ha dado el Señor Dios del cielo, y el mismo me ha mandado que le edificase casa en Jerusalén, que está en la Judea… y que edifique la casa del Señor Dios de Israel (I Esd., I, 3). ¡Qué cosa tan diversa de lo que sucedió con Faraón!

La tercera razón, y a mi parecer la más decisiva, es la causa, o el motivo, o el fin directo, o inmediato para qué sacará Dios segunda vez su mano omnipotente.

Será, dice el profeta de Dios, para poseer el residuo de su pueblo, que entonces se hallare en todas las naciones de la tierra: para poseer el resto de su pueblo, que quedará de los Asirios…

De aquí se infiere manifiestamente que la profecía no puede hablar ni en todo ni en parte de la salida de Babilonia.

¿Por qué? Porque los que salieron de Babilonia fueron algunos individuos de aquella misma descendencia del justo Abrahán, que todavía era pueblo de Dios, y único pueblo suyo; ni por estar desterrado este pueblo de su patria, y penitenciado de su Dios, dejó de ser pueblo suyo, ni Dios dejó de poseerlo como tal, ni de mirarlo y tratarlo como la única posesión o heredad, que tenía sobre la tierra.

En toda la larga profecía de Jeremías se ve lo que hizo el Señor para no desterrarlo. Se ve, que al fin lo castigó con éste y otros castigos, como con repugnancia y dolor; y hablando a nuestro modo, a más no poder; y todo enderezado a edificación, y no a destrucción; para solicitar por este medio su enmienda, no su ruina; pues la idolatría en unos, y la iniquidad en casi todos, máximamente en el sacerdocio, se habían hecho tan generales que, como decía el mismo Dios por Miqueas, capítulo VII, el mejor entre ellos es como cambrón; y el que es recto, como espino de cerca (Mich., VII, 4).

Después de desterrado, no dejó Dios de asistir a este pueblo suyo, de consolarlo, de protegerlo con providencias no sólo generales, sino bien singulares, y muchas de ellas bien extraordinarias, como un buen padre que por una parte castiga con rigor a un hijo perverso, le muestra un semblante inexorable, lo priva de su presencia, lo aflige, lo destierra, y al mismo tiempo no puede olvidarse de que es padre, no puede disimular su amor y su ternura.

En este tiempo de destierro y de indignación, sucedió aquella providencia milagrosa, en que libró a la inocente Susana de las piedras, que ya iban a oprimirla por el falso testimonio de los jueces inicuos.

En este tiempo sucedió aquella otra providencia admirable, con que libró a todo su pueblo de la tiranía del soberbio Amán, por medio de Ester y Mardoqueo.

En este tiempo sacó sin lesión alguna del horno de fuego ardiendo a aquellos tres justos que resistieron constantemente al impío decreto de Nabucodonosor, que quería adorasen por Dios a una estatua, obra de las manos de los hombres; y esto a vista del mismo rey y de toda su corte.

En este tiempo les envió aquellos dos grandes profetas, Daniel, y Ezequiel, los cuales en todo el tiempo del destierro les hicieron servicios de suma importancia, el uno en lo espiritual, y el otro aun en lo temporal, por el gran crédito que tenían en la corte y en todo el imperio.

En suma, en este tiempo de destierro, de ira, de indignación, les escribió una carta por medio de Jeremías, que había quedado en Jerusalén, en la que les dice, entre otras cosas, estas amorosas palabras, dignas de un verdadero padre: Porque yo sé los pensamientos, que yo tengo sobre vosotros… pensamientos de paz, y no de aflicción, para daros el fin, y la paciencia… Me buscaréis, y me hallaréis; cuando me buscareis de todo vuestro corazón. Y seré hallado de vosotros, dice el Señor. (Jerem., XXIX, 11-14).

Señales todas las más sensibles de que, aun después de desterrados y expatriados, los miraba Dios como pueblo suyo, y que no dejaban de serlo por hallarse fuera de su patria, aunque tan abatidos y humillados, en tierra extraña.

Por abreviar, si se lee toda la Escritura, desde el capítulo XII del Génesis, esto es, desde la vocación de Abrahán, hasta la muerte del Mesías, o algunos años adelante, siempre se hallará a Israel con el honor y dignidad de pueblo de Dios; siempre se hallará en este pueblo la viña de Dios, la heredad de Dios, la iglesia de Dios; por consiguiente, siempre se hallará este pueblo poseído de Dios, no obstante su iniquidad, y los terribles castigos que sufrió por ella.

De otra suerte pudiera decirse que en algún tiempo faltó del mundo la iglesia de Dios; pues no es otra cosa poseer Dios un pueblo, que ser este pueblo la iglesia de Dios.

Este inconveniente, no pequeño, cesó enteramente 40 años después de la muerte del Mesías. Ya en este tiempo se había Dios preparado, por la predicación del Evangelio y por la efusión abundante de su divino Espíritu, otro pueblo nuevo, que se recogía en gran prisa de entre las gentes; ya tenía en él bien asegurada su Iglesia, y por usar de la similitud admirable del Apóstol (Rom., XI, 17), ya había Dios ingerido en aquel mismo olivo, cuyas ramas propias se iban a cortar, otras ramas de oleastro silvestre, las cuales, participando de la virtud de la raíz, y gozando plenamente de todo el jugo nutricio, debían dar excelentes frutos, como ciertamente los han dado, aunque no tantos como se debía esperar.

Con esto se podían ya cortar sin inconveniente alguno las ramas propias del olivo, y en efecto así sucedió, según que estaba escrito; y desde entonces (y solamente desde entonces) toda la descendencia del justo Abrahán dejó de ser pueblo de Dios, y Dios lo dejó de poseer en calidad de pueblo suyo, o heredad suya, o iglesia suya, etc.

De modo que, desde Abrahán hasta el día de hoy, es imposible señalar otra época en que Dios dejase de poseer a Israel (en todo, o en parte), y en que Israel dejase de ser pueblo de Dios, sino solamente después de la muerte del Mesías.

De aquí se sigue una consecuencia legítima y justa:

La promesa que hace Dios de sacar segunda vez su mano omnipotente, como la sacó la primera vez en Egipto, para poseer el residuo de Israel, que en aquel día quedare entre todas las naciones y en todos los cuatro puntos de la tierra, es una promesa que hasta ahora no se ha verificado.

Si hasta ahora no se ha verificado, luego debe haber otro tiempo en que se verifique.

¿Cuándo? Cuando extienda el Señor su mano segunda vez, para poseer el resto de su pueblo que quedará de los Asirios, y de Egipto… y de las islas del mar.

Esta posesión, o esta posesión por segunda vez, es toda la esperanza y el consuelo único de los miserables judíos; aunque las ideas que sobre esto tienen son ciertamente groseras y aun absurdas, conformes al estado de ceguedad y de ignorancia extrema en que actualmente se hallan según las Escrituras.

Mas podían los doctores cristianos corregirles estas ideas, y darles otras más justas y más conformes a sus Escrituras, sin negarles la sustancia misma con tanta dureza y con tan poca razón.

A todo esto se debe añadir lo que añade inmediatamente la profecía, diciendo que en este mismo día de que habla elevará el Señor cierta señal (o real, o metafórica) no ciertamente en favor de las naciones, como se tira a suponer o insinuar con gran disimulo; sino contra las naciones mismas (Et levabit signum in nationes. Isai., XI, 12), y con esta señal congregará los prófugos de Israel, y los dispersos de Judá, de todos los cuatro puntos de la tierra. (Isai., XI, 12).

§ 3 Se confirma todo lo dicho con otros lugares de los profetas

Hasta aquí hemos considerado solamente una parte del capítulo XI de Isaías. Quedan fuera de este lugar otros innumerables en casi todos los Profetas, no menos claros y expresos en el asunto.

Mas porque el considerarlos todos o muchos de ellos sería un trabajo molestísimo, sin especial utilidad, debemos contentarnos con producir y examinar algunos pocos; haciendo sobre ellos y sobre todos los demás en general esta simple y brevísima reflexión.

Es cierto e innegable que en la Escritura divina se halla una promesa de Dios, repetida y confirmada de varios modos en los más de los Profetas, la cual promesa habla expresa y nominadamente con todo el residuo de los hijos de Israel, cuando éstos sean recogidos de todas las naciones, plantados de nuevo en la tierra de sus padres, bañados del Espíritu de Dios, lavados con esta agua limpia de todos sus pecados, iluminados, santificados, etc.; y todo esto, no bajo del Antiguo Testamento, sino debajo del otro nuevo y sempiterno; palabras y expresiones todas de que usan los profetas de Dios.

La promesa de que hablo, se halla no solamente en esta sustancia, sino también en estas formales palabras: En aquel día, en aquel tiempo, yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo.

Por si acaso esto se dudare, ved aquí algunos pocos ejemplares mirándolos juntos y de cerca, los podremos considerar mejor.

Jeremías: Y pondré mis ojos sobre ellos para aplacarme, y los volveré a traer a esta tierra; y los edificaré, y no los destruiré; y los plantaré, y no los arrancaré. Y les daré corazón para que sepan que yo soy el Señor; y serán mi pueblo, y yo les seré su Dios; porque lo convertirán a mí de todo su corazón. (Jerem., XXIV, 6-7).

Del mismo: Y vosotros me seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios. (Jerem., XXX, 22.) El tiempo en que esto sucederá luego lo explica el Profeta, diciendo: en lo último de los días entenderéis estas cosas (Jerem., XXX, 24). En aquel tiempo, dice el Señor: Seré el Dios de todas las parentelas de Israel y ellas serán mi pueblo (Jerem., XXXI, 1).

Baruch: Y asentaré con ellos otra alianza sempiterna, para que yo les sea a ellos Dios, y ellos a mí me sean pueblo; y no removeré jamás a mi pueblo, a los hijos de Israel, de la tierra que les di (Baruch, II, 25).

Este texto clama a voces pidiendo una atención particular.

Ezequiel: Esto dice el Señor Dios: Yo os congregaré de los pueblos, y os reuniré de las tierras, en que habéis sido dispersos, y os daré la tierra de Israel… Y les daré un solo corazón, y un espíritu nuevo pondré en sus entrañas; y quitaré de la carne de ellos el corazón de piedra, y les daré corazón de carne; para que anden en mis mandamientos, y guarden mis juicios, y los cumplan; y a mí me sean pueblo, y yo les sea a ellos Dios (Ezeq., XI, 17-20).

Del mismo: Y sabrán que yo soy el Señor, cuando quebrantare las cadenas del yugo de ellos, y los librare de la mano de los que los dominan. Y no serán más expuestos a la presa de las gentes, ni serán devorados de las bestias de la tierra; sino que morarán confiados sin ningún espanto… Y sabrán que yo el Señor seré su Dios con ellos, y ellos casa de Israel serán mi pueblo, dice el Señor Dios (Ezeq., XXXIV, 27-30).

Del mismo: Por cuanto os sacaré de entre las gentes, y os recogeré de todos las tierras, y os conduciré a vuestra tierra. Y derramaré sobre vosotros agua pura, y os purificaréis de todas vuestras inmundicias… Y moraréis en la tierra que di a vuestros padres; y seréis su pueblo; y yo seré vuestro Dios. (Ezeq., XXXVI, 24-28).

Del mismo: He aquí yo tomaré a los hijos de Israel de en medio de las naciones, a donde fueron; y los recogeré de todas partes, y los conduciré a su tierra. Y los haré una nación sola en la tierra en los montes de Israel, y será solo un rey que los mande a todos… y ellos serán mi pueblo, y yo les seré su Dios. Y mi siervo David será rey sobre ellos (Ezeq., XXXVII, 21-24).

Zacarías: He aquí yo salvaré a mi pueblo de las tierras del Oriente, y de las tierras del Occidente. Y los conduciré, y morarán en medio de Jerusalén; y serán mi pueblo, y yo les seré su Dios en verdad y en justicia (Zacar., VIII, 7-8).

Sería bien observar aquí de paso que Zacarías profetizó después de la vuelta de Babilonia; como también, los que volvieron de Babilonia, volvieron de las tierras del Oriente, mas no de las tierras del Occidente.

Del mismo. Y serán en toda la tierra, dice el Señor; dos partes de ella serán dispersas, y perecerán; y la tercera parte quedará en ella. Y pasaré por fuego la tercera parte, y los purificaré como se quema la plata, y los acrisolaré, como es acrisolado el oro. Él invocará mi nombre, y yo le oiré. Diré: Pueblo mío eres; y él dirá: Señor Dios mío (Zachar., XIII, 8-9).

Parece que estos pocos lugares, aunque no hubiese otros, bastan y sobran para asegurarnos de la promesa divina de que hablamos.

Oídme ahora, amigo, dos palabras, y dadme atención.

Lo que se dice y promete en éstos, y otros lugares semejantes de la divina Escritura, o se cumplió ya plenamente en los tiempos anteriores al Mesías, o no se ha cumplido de modo alguno hasta el día de hoy.

Entre estas dos cosas no hay medio alguno razonable; porque ni en los días del Mesías, ni en los siglos que han corrido después del Mesías, se ha podido esto cumplir, piénsese como se pensare.

Antes por el contrario se ha cumplido en este tiempo posterior al Mesías todo lo que estaba escrito en contra de Israel: Porque éstos son días de venganza, para que se cumplan todas las cosas, que están escritas.

Entre otras cosas, una de ellas es ésta, que también está escrito, y ninguno se la disputa: Israel dejará de ser pueblo de Dios, y Dios mismo dejará de ser su Dios: vosotros no sois mi pueblo y yo no seré vuestro… Será muerto el Cristo, y no será más suyo el pueblo que le negará. (Oseas, I, 9; Dan., IX, 26).

No queda, pues, otra cosa que decir sino que todo se cumplió en los tiempos anteriores al Mesías.

Mas ¿cuándo? ¿Acaso en la vuelta de Babilonia en tiempo de Ciro, o Artajerjes?

Sí, en este tiempo, pues no hay otro recurso en el sentido que llaman literal.

Ved ahora la consecuencia natural y legítima que de aquí se sigue.

Todas estas profecías, decís, hablan literalmente de la vuelta de Babilonia, y en ella se cumplieron literalmente en sentido literal.

Luego, todas estas profecías, digo yo, y tantas otras del todo semejantes, son profecías apócrifas, son fingidas, son falsas, y los que se atrevieron a publicarlas en el nombre santo de Dios vivo, fueron en esto unos verdaderos seductores.

La consecuencia parece legítima y forzosa. Para conocer un profeta falso, por quien no habla el Espíritu Santo, nos da una regla general cierta e indubitable el mismo Espíritu Santo: Tendrás esto por señal, nos dice en el capítulo XVIII del Deuteronomio, versículo 22: Si lo que aquel profeta hubiere vaticinado en el nombre del Señor, no se verificare, esto no lo habló el Señor, sino que se lo forjó el profeta por orgullo de su corazón.

Conque si las profecías de que hablamos anuncian y prometen en el nombre del Señor, para la vuelta de Babilonia, cosas que entonces no se vieron ni se han visto jamás, con esto solo podemos concluir seguramente, que todas son falsas y fingidas; que el Espíritu de Dios no habló, ni pudo hablar en ellas; y que estos que se llaman profetas las fingieron todas por orgullo de su corazón.

Si el decir esto se juzga con suma razón una verdadera blasfemia, sólo digna de algún filósofo Anticristiano, deberemos confesar de buena fe, que dichas profecías no se enderezan de modo alguno a la vuelta de Babilonia; sino que anuncian para otros tiempos todavía futuros.

Si queréis ahora aseguraros más de esta verdad, y quedar plenamente satisfecho, y enteramente convencido, volved a leer las profecías que acabamos de apuntar; en ellas mismas hallaréis al punto, sin otro estudio, la suma improporción y la dificultad insuperable:

Primero: los que volvieron de Babilonia no fueron ciertamente todas las congregaciones o familias, o tribus de Israel, pues las diez tribus pertenecientes al reino de Samaria, que llevó cautivas a la Siria Salmanasar, no volvieron entonces, ni han vuelto jamás.

Apenas se puede colegir de toda la historia sagrada que volviese algún individuo (cuyo padre o abuelo se hallaba verosímilmente en Judea, cuando sucedió el cautiverio de las diez tribus, y después fue llevado a Babilonia junto con los judíos).

Y no obstante las profecías anuncian, en el nombre del Señor, y prometen esta vuelta, y todos los otros bienes que deben acompañarla, y seguirla, a todas las tribus, cognaciones, o familias de Israel: En aquel tiempo, dice el Señor: Seré el Dios de todas las parentelas de Israel, y ellas serán mi pueblo. Esto dice el Señor: Halló gracia en el desierto el pueblo, que había quedado de la espada; irá Israel a su reposo (Jerem., XXXI, 1-2).

Lo segundo: los que volvieron de Babilonia, no volvieron libres, sino del todo sujetos al rey de Babilonia, y a sus ministros, a sus gobernadores, a sus exactores; volvieron cargados del mismo yugo, y arrastrando las mismas cadenas que cargaban en Babilonia, y con que quedaron los que no volvieron, que fue la mayor y máxima parte.

Y no obstante, las profecías anuncian, en el nombre del Señor, y prometen a todas las cognaciones de Israel todo lo contrario: cuando quebrantare las cadenas del yuyo de ellos, y los librare de los que los dominan… no le dominarán más los extraños, sino que servirán al Señor su Dios, y a David su rey, al que levantaré para ellos. (Ezeq., XXXIV, 27; Jerem., XXX, 8-9).

Tercero: los que salieron de Babilonia padecieron grandes oposiciones de todos sus vecinos, siéndoles necesario para edificar el templo y la ciudad trabajar con una mano y pelear con otra. Después de esto, siempre vivieron entre inquietudes, temores y sobresaltos; siempre tuvieron enemigos terribles, que tal vez intentaron exterminarlos enteramente, y poco les faltó para conseguirlo.

Y no obstante, los Profetas anuncian, en el nombre del Señor, y prometen a todo Israel todo lo contrario: morarán confiados sin ningún espanto (Ezeq., XXXIV, 28).

Cuarto: los que volvieron de Babilonia no tuvieron jamás rey propio de la familia de David, pues Zorobabel, que volvió con ellos, ni fue su rey, ni tuvo otro puesto ni otro título que el de mero conductor, y todos sus hijos y descendientes fueron en adelante hombres particulares, de quienes nada se sabe, hasta San José que fue un carpintero.

Y no obstante, las profecías anuncian, en el nombre del Señor, y prometen a todo Israel todo lo contrario: y será solo un rey que los mande a todos… Y mi siervo David será rey sobre ellos. (Ezeq,. XXXVII, 22-24).

Quinto: los que volvieron de Babilonia fueron otra vez arrancados de su patria, y desterrados de nuevo, y esparcidos a todos vientos; en el cual estado perseveran desde Tito, o Adriano, hasta el día presente.

Y no obstante, las profecías anuncian, en el nombre del Señor, y prometen a todo Israel todo lo contrario: Y los edificaré, y no los destruiré, y los plantaré, y no los arrancaré; y no removeré jamás a mi pueblo, a los hijos de Israel, de la tierra que les di.

Últimamente, los que volvieron de Babilonia fueron algunos individuos del pueblo de Dios, los cuales por estar en Babilonia no habían dejado de ser pueblo de Dios, ni Dios había dejado de ser su Dios; por consiguiente volvieron tan pueblo de Dios como habían ido, sin diferencia alguna sustancial.

Y no obstante las profecías anuncian, en el nombre del Señor, y prometen a todos los hijos de Israel, como una cosa nueva y singular, que cuando vuelvan serán pueblo de Dios: Y ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios.

¿Qué significado real puede tener esta promesa, si sólo se habla de la vuelta de Babilonia?

Sabemos de cierto sin sospecha de duda que Israel desde su infancia fue siempre constantemente pueblo único de Dios, sin dejar de serlo un solo momento, y que sólo dejó de serlo después de la muerte del Mesías, o después que ya se obstinó en su incredulidad.

En este supuesto indubitable, ¿qué cosa más impropia puede imaginarse, ni más inverosímil que una promesa de Dios concebida en estos términos?

Cuando volvieron de Babilonia algunos pocos de mi pueblo entonces serán mi pueblo, así estos pocos como todas las cognaciones o familias de Israel, y yo seré su Dios: En aquel tiempo dice el Señor: Seré el Dios de todas las parentelas de Israel, y ellas serán mi pueblo.

Semejante promesa supone evidentemente, que cuando se haya de cumplir, se hallará todo Israel en estado de no pueblo de Dios. Sin esto, así la promesa, como su cumplimiento será una implicación o una verdadera insulsez.

En suma, consideradas seriamente estas seis observaciones, que acabamos de hacer, parece que podremos ya concluir con plena seguridad, que todas las profecías citadas poco ha, y otras semejantes, que hemos omitido, no pueden mirar a la vuelta de Babilonia, ni a todos los tiempos que precedieron al Mesías.

Por consiguiente las cosas que en ellas se anuncian y prometen al residuo de Israel son todas reservadas para otros tiempos que todavía no han llegado, en los cuales se cumplirán plenamente sin faltarles un ápice.

Esto es todo lo que por hora pretendemos. Tiempo tenemos, queriéndolo Dios, para explicarnos más.

Continuará…

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