Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL VIGESIMOSEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

VIGESIMOSEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Entonces los fariseos se fueron y consultaron entre sí, cómo le sorprenderían en lo que hablase. Y le envían sus discípulos, juntamente con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres veraz, y que enseñas el camino de Dios, en verdad, y no te cuidas de cosa alguna; porque no miras a la persona de los hombres: Dinos, pues, ¿qué te parece, es lícito dar tributo al César o no? Mas Jesús, conociendo la malicia de ellos, dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Y Jesús les dijo: ¿De quién es esta figura e inscripción? Dícenle: Del César. Entonces les dijo: Pues dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Y cuando esto oyeron, se maravillaron, y dejándole, se retiraron.

Lo relatado por el Evangelio aconteció el Martes Santo. Por una serie de parábolas, el Divino Salvador había reprochado a los Fariseos su endurecimiento, predicha su condena y anunciado el castigo que caería sobre ellos.

Estos orgullosos sectarios, humillados ante el pueblo, no se atrevían a ejercer abiertamente la violencia contra Él, y le tendían trampas para atraparlo y exterminarlo. Por medio de alguna pregunta capciosa, pretendían comprometerlo y, de este modo, tener la oportunidad para acusarlo y condenarlo a muerte.

Veamos, pues, cómo intentan tomar por sorpresa a Jesús. Envían algunos de sus seguidores, y, para asegurar el éxito de la empresa, adjuntan algunos herodianos. Estos eran los judíos liberales, secuaces de Herodes y partidarios como él de los romanos y de la dominación extranjera. Por esa razón eran especialmente odiados por los Fariseos, que representaban el elemento nacional. Pero, en este caso, todos hacen causa común contra Jesús.

Allá van, pues, fariseos y herodianos; se presentan con un corazón hipócrita, con apariencias de honestidad, de respeto y de plena confianza en la ciencia y la franqueza de Jesús. Comienzan por la alabanza, ya que es por allí que siempre se empieza cuando se desea engañar a alguien; e inmediatamente plantean la consulta comprometedora: Dinos, pues, ¿qué te parece, es lícito dar tributo al César o no?

Nuestro Señor quiere iluminar estas mentes llenas de maldad, y al mismo tiempo desea enseñar a sus discípulos de todos los siglos sobre una cuestión importante, que se refiere tanto a la religión como al orden político y social; dijo, pues: Mostradme la moneda del tributo. Y ellos estuvieron obligados a presentarle el denario de plata, que llevaba el retrato del César.

Cambiando los roles, como le gustaba hacer en tales circunstancias, Jesús pasa de interrogado a indagador; y les pregunta a su vez: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Su respuesta fue: Del César.

A partir de esta declaración, el Redentor fundamentará su doctrina, que establece la distinción de los dos poderes; que sostiene el principio de la armonía entre la autoridad civil y la autoridad religiosa; las cuales no deben confundirse ni separarse, antes bien, deben estar íntimamente unidas, para concurrir juntas al bienestar de los pueblos: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es Dios.

Los fariseos y los herodianos propusieron a Nuestro Señor Jesucristo la delicada cuestión de las relaciones entre los deberes políticos y los deberes religiosos. Nuestro Señor, sabiendo que lo tentaban, contestó yendo más allá de las circunstancias históricas y meramente anecdóticas, y asentó un principio fundamental que rige todas las relaciones del ciudadano con el hombre religioso.

La cuestión es interesante y cobra un particular interés para nosotros, en las actuales circunstancias de la sociedad y de la Iglesia.

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Dios quiso crear una sociedad propiamente religiosa, la Santa Iglesia, distinta de la sociedad civil. El hombre debe pertenecer a estas dos sociedades. Pero el hombre sólo tiene un fin último; él no puede ir en dos direcciones a la vez; y se le da vida temporal para preparar la vida eterna.

El Estado, cuyo dominio propio es lo temporal, no puede, por lo tanto, organizar la vida social y civil terrenal independientemente del fin último, la vida eterna.

La Iglesia y el Estado son dos sociedades distintas. Pero su separación estricta entre ellas es absurda y antinatural. El hombre no está dividido en cristiano por un lado y ciudadano por el otro. No debe ser cristiano sólo en su vida privada, sino en todas las áreas de su vida como ciudadano.

Por lo tanto, el Estado debe seguir una política cristiana, esforzándose por ajustar las leyes civiles a las leyes divinas.

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Ahora bien, el laicismo designa la separación de lo civil y de lo religioso; la disociación de los poderes políticos y administrativos del Estado, por un lado, del poder religioso de la Iglesia, por el otro; la divergencia entre las cosas del César y las cosas de Dios.

Si bien es cierto que el Estado no es, ni puede ser, directamente responsable de la felicidad eterna del ciudadano, no menos cierto es que debe contribuir indirectamente a ella. Si descuida esta misión, abandona la parte más importante del bien común.

¿Cuál debe ser, entonces, la relación entre la Iglesia y el Estado?

En el orden normal de las cosas, el Estado debe ser oficialmente católico. Por lo tanto, debe adherirse a la religión católica y proclamarla religión de Estado; protegerla y promoverla; participar oficialmente, por medio de sus representantes, en las celebraciones litúrgicas, etc.

Entrando en los detalles, el Estado debe asegurar que los mandamientos de Dios se reflejen en las leyes civiles: por ejemplo, permitiendo y promoviendo la observancia del precepto dominical; beneficiando el matrimonio, impulsando las familias numerosas y obstaculizando la anticoncepción; prohibiendo el divorcio; ayudando a las escuelas y organizaciones benéficas católicas; castigando el aborto y la eutanasia… y un largo etcétera…

Es imperioso que las naciones se rijan por la ley natural iluminada por la fe.

Es necesario, a pesar de los abusos atroces de innumerables hombres de la iglesia conciliar (e incluso de la Iglesia propiamente dicha), que las patrias terrestres estén prontas a reconocer las autoridades legítimas y fidedignas de la sociedad instituida por Nuestro Señor Jesucristo.

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La Historia verídica muestra y prueba que todo cambió en el mundo, gracias a la Iglesia Católica y a su doctrina: la teología, el dogma, la moral, las costumbres, la filosofía, la ciencia, las artes (la literatura, la música, la pintura, la escultura, la arquitectura), la educación, el derecho, la política, la economía…, todo…; toda la vida del hombre quedó transformada…

Dice León XIII, en su Encíclica Immortale Dei: “Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época, la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer”.

¡Sí! Hubo un tiempo en que la doctrina católica iluminaba toda la vida del hombre y dirigía todas sus empresas. Existió una época en que las cosas de Dios fertilizaban y enriquecían las cosas del César… De este modo llegó a forjarse la Civilización Cristiana.

Pero contra esa Sociedad Católica se levantó la Revolución Anticristiana, el proceso revolucionario: Humanismo – Renacimiento – Protestantismo – Masonería – Filosofismo – Revolución Francesa – Siglo Estúpido – Revolución Comunista – Concilio Vaticano II…

Las naciones, en conjunto, se habían convertido al Señor, que les trajo, junto con los dones sobrenaturales, los beneficios de una civilización completamente desconocida del mundo antiguo. Pero, desgraciadamente, en el campo fértil se sembró la cizaña en medio del buen grano… Especialmente, hace ya 229 años, un error sumamente pernicioso destroza a todas las naciones: el laicismo.

Consiste éste en la negación de los derechos de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo sobre toda la sociedad humana, tanto en la vida privada y familiar, como, especialmente, en la vida social y política. Es la ruptura y enemistad entre las cosas de Dios y las cosas del César

Los propagadores de esta herejía han repetido el grito de los judíos deicidas: No queremos que este reine sobre nosotros. Y con toda la habilidad, la tenacidad y la audacia de los hijos de las tinieblas, se han esforzado por echar a Cristo de todas partes. Han declarado inmoral a la vida religiosa y expulsado a los religiosos; han intentado imponer a la Iglesia una constitución cismática; han decretado la separación de la Iglesia y del Estado; han negado a la sociedad civil la obligación de ayudar a los hombres a conquistar los bienes eternos; han introducido el desorden en la familia con leyes contrarias a la naturaleza del matrimonio; han suprimido los crucifijos en los tribunales, hospitales y escuelas… y, finalmente, han declarado intangibles sus leyes y han hecho del Estado un Dios…

El liberalismo niega la Realeza de Cristo, su poder de derecho sobre la sociedad humana. El liberalismo eliminó la Realeza de Cristo diciendo una cosa aparentemente inocua: que la Religión es un asunto privado; que, por tanto, las naciones deben respetar todas las religiones; que la Iglesia no debe meterse en los asuntos públicos.

Después de la Revolución de 1789, cuando los poderes temporales dejaron de cumplir su función, los Papas tuvieron que tratar este punto de manera extensa y explícita. Todos los Papas, hasta el nefasto Vaticano II exclusive, son unánimes al respecto.

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Esto nos lleva a plantearnos la acuciante cuestión: hoy en día…, ¿dónde está la Realeza de Cristo, cuya Fiesta celebraremos, Dios mediante, el próximo Domingo?

Sabemos por las profecías que habrá una victoria infalible de la Iglesia de Jesucristo; y que, en virtud de esta victoria futura, se conservará siempre por lo menos un mínimo de orden temporal cristiano. El reino espiritual del cristiano, es decir, la Iglesia, siempre mantendrá una parte, por reducida que sea, de Civilización Cristiana.

El efecto final del poder real de Jesús será la renovación de todas las cosas en Cristo y por Cristo. Vendrá aquel día en que el Señor Jesús reinará en su plenitud, tanto sobre las cosas de la naturaleza, como en el orden propio de la gracia…, tanto sobre las cosas de Dios, su Padre, como sobre las cosas del César

En cuanto a la recapitulación total en Jesús y por Jesús, no va a suceder antes del final de la secuencia completa de las generaciones humanas, y no se hará según el orden de las mortales generaciones sucesivas. Dicha recapitulación, la restauración de todas las cosas en Cristo y por Cristo, será un efecto, el último, de la Segunda Venida del Redentor en gloria y majestad, de su Parusía.

Es, pues, en dos fases bien distintas que Jesús ejerce sus poderes reales:

sea que se trate del desarrollo de la historia.

sea que nos refiramos al término y supresión de la historia.

Tanto en una como en la otra fase, Jesucristo es siempre el Soberano; y su gobierno alcanza el objetivo con la misma infalibilidad.

Sin embargo, hasta la Parusía, durante todo el tiempo de la salvación y santificación, el gobierno del Señor deja a Satanás y a sus secuaces, a los malvados y a sus organizaciones, cada día más perfeccionadas y sofisticadas, una cierta libertad de acción…

¿Que para qué? Pues, ya sea para hacer brillar un día la omnipotencia de su misericordia en la conversión de los impíos y su arrepentimiento…; ya sea para hacer caer sobre ellos los castigos formidables y la solidez de su juicio y de su justicia…

Además, para santificar a los buenos, sometidos a la acción de los malos…

Si hasta la Parusía, el gobierno del Rey Jesús parece a veces indefenso o débil, es sólo una apariencia.

Nos ha dado la certeza de que, incluso en los tiempos en que será dado a la Bestia el poder de hacer la guerra a los santos y vencerlos, las puertas del infierno no prevalecerán; nada ni nadie podrá arrebatarle de sus manos las almas que el Padre le ha confiado.

Y podemos comprobarlo, todos los días, desde el Concilio Vaticano II, e incluso en la crisis actual de la Obra de supervivencia de la Tradición…

¡No! ¡No hay debilidad en el gobierno del Rey Jesús!

Él controla el mal. Lo permite, por supuesto, pero sirviéndose para hacer resplandecer más maravillosamente a su Iglesia, para aumentar la santidad de sus elegidos, para una demostración de su justicia, que permanece oculta por ahora…

Cuando todo le haya sido sometido, entonces también el Hijo remitirá todo a su Padre para que Dios sea todo en todos.

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Sabemos que existen diversas predicciones y propuestas:

a)La ilusoria fantasía revolucionaria: con sus diversos proyectos y nombres.

b)Las esperanzas basadas en revelaciones privadas y/o malas exégesis de la Sagrada Escritura.

c)La Profecía Divinamente Revelada y bien interpretada; según la cual la situación seguirá deteriorándose hasta llegar a la instalación del reino impío del Anticristo; y luego la anunciado por San Pablo y los capítulos XIX a XXII del Apocalipsis.

A esta última nos atenemos en la inhóspita trinchera.

Engañado por las mentiras de teólogos, filósofos, políticos y economistas, el hombre moderno busca una luz que lo oriente. Y no podrá hallarla sino en las Profecías y en la Tradición Católica.

El Apocalipsis del Apóstol San Juan es una profecía sobre la Parusía o Segunda Venida de Cristo, con todo cuanto la prepara y anuncia. Pues bien, también respecto a la interpretación de esta profecía es también desorientado el hombre moderno por los pseudo-profetas y los malos doctores.

Las profecías bíblicas que se refieren al triunfo de la Iglesia en la presente edad señalan un crecimiento de la iniquidad que culminará con la apostasía.

Estamos muy lejos, después de más de veinte siglos de cristianismo, de ver algún país en el cual el Reino de Cristo sea efectivo; y ni siquiera se vislumbra en el futuro una semejante realización, sino más bien todo lo contrario.

Terminantemente se nos enseña, no sólo que el mundo no mejorará poco a poco, sino que, por el contrario, irá obrando el misterio de iniquidad en el seno de la Iglesia y su influencia social.

El misterio de iniquidad va en aumento. Presenciamos tiempos peligrosos, y vendrán aún mayores.

El enfriamiento de la caridad y la creciente apostasía son las señales que nos avisan que tenemos que levantar la cabeza y avivar nuestras esperanzas en la pronta intervención de Cristo.

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¿Qué podemos hacer nosotros, si todo esto depende de una serie de destrucciones sucesivas y forma parte de una destrucción que avanza?

“Conserva las cosas que han quedado, las cuales son perecederas”, le manda decir Jesucristo al Ángel de la Iglesia de Sardes, la quinta Iglesia del Apocalipsis; lo cual quiere decir “atente a la tradición”.

Tenemos que luchar hasta el último reducto por todas las cosas buenas que van quedando, prescindiendo de si esas cosas serán todas “integradas de nuevo en Cristo”, como decía San Pío X, por nuestras propias fuerzas o por la fuerza incontrolable de la Segunda Venida de Cristo.

Es decir, sabiendo y comprendiendo que el único Reinado cierto, firme y duradero de Cristo será cuando Él entregue el Reino al Dios y Padre, cuando haya derribado todo principado y toda potestad y todo poder…

Mientras tanto, es necesario que Él reine “hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies”…

Y mientras Él reina, sentado a la diestra del Padre, nosotros debemos hacerlo reinar en nuestra alma, en nuestro corazón, en nuestra familia, en nuestras actividades y a nuestro alrededor…, en la medida de nuestras posibilidades…

Sabemos que todo esto es poco para el activista, que nos acusa de ser pasivos…

Pues bien, una y otra vez, como en Getsemaní, Nuestro Señor restituirá las “orejas de Malco” que los partidarios de la acción, como el somnoliento Pedro, hayan cortado, democráticamente ¡eso sí!, con sus asambleas, sus congresos, sus simposios, sus marchas y contramarchas… y sus sufragios bien populares…, creyendo así dar al César lo que es del César, cuando en realidad el César se sirve de ellos para seguir despojando a Dios…

Mientras velamos, contemplando a Nuestro Señor reinando sentado a la diestra del Padre, murmuremos, una y otra vez, ese bendito Adveniat Regnum tuum, esperando confiados la hora decretada por el Altísimo…

Después de haber triunfado completamente de todos sus enemigos, Jesucristo cambiará esta manera de reinar, en otra más sublime…

Mientras tanto, Dios no nos dice ni exige que venzamos; Dios nos pide que no seamos vencidos; es decir, que defendamos hasta el final los restos, esas parcelas naturales de la humanidad, esos núcleos primigenios; con la consigna, no de vencer, sino de no ser vencidos; renovando constantemente nuestros esfuerzos, aunque no veamos los resultados; con humildad y confianza para levantarse y perseverar, a pesar de los fracasos; sabiendo que, si somos vencidos en esta lucha, ése es el mayor triunfo; porque si el mundo se acaba, entonces Cristo dijo verdad.

Y entonces el acabamiento es prenda de resurrección.

Cuando las cosas del César estén completamente ganadas por y para el Anticristo, en ese momento…, por supuesto…, ¡pero ya desde ahora!, lo importante es y será dar a Dios lo que es Dios