SANTA BRÍGIDA DE SUECIA

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SANTA BRIGIDA DE SUECIA
VIUDA Y FUNDADORA (1302-1373)

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NACIÓ Brígida hacia el año 1303, en el castillo de Finsta, cerca de Upsala, capital en aquel entonces de Suecia. Era su familia descendiente de los antiguos reyes del país, y unía a la nobleza de la sangre la pureza de vida, pudiéndose decir que la piedad era como hereditaria en ellos, ya que el abuelo, el bisabuelo y hasta el tatarabuelo de nuestra Santa fueron en peregrinación a Jerusalén y demás lugares santificados por la presencia de Nuestro Divino Redentor. Fueron los padres de Brígida, el príncipe Birgerio y la princesa Ingeburga, dignos de sus antepasados. Confesaban y comulgaban todos los viernes y empleaban sus cuantiosas riquezas en construir iglesias y monasterios para que Dios fuera honrado y servido.

Tales virtudes fueron debidamente premiadas por el cielo, que les otorgó bendiciones sin cuento y les concedió cinco hijos, modelos de virtud. Brígida fue la última. Antes de su nacimiento, naufragó su madre en las costas de Suecia, y no pereció por milagro, según revelación de un ángel que se le apareció la noche siguiente al grave percance y le dijo: «Dios te ha guardado la vida en consideración a tu hija; edúcala en el amor de Dios y cuídala como preciosa joya que el cielo te envía.» El nacimiento de esta privilegiada niña fue revelado al santo sacerdote Benito, cura de Rasbo, iglesia próxima a Finsta.

Hallábase en fervorosa oración cuando se le apareció la Santísima Virgen en hermosa nube y le dijo: «Ha nacido a Birgerio una niña cuya voz se oirá en el mundo entero». Sin embargo, y a pesar de tal predicción, la niña, permaneció muda durante los tres primeros años; pero pasado este tiempo comenzó a hablar con la fluidez y soltura de una persona mayor.

PRIMERAS APARICIONES

APENAS contaba siete años cuando en el altarcito que adornaba la cabecera de su cama, vio una mañana a la Santísima Virgen que llevaba una corona en la mano y le decía: «Vente conmigo». La niña obedeció al instante. ¿Ves esta corona? —le preguntó la Virgen—. En señal afirmativa, la niña inclinó su cabecita, momento y ademán que aprovechó la Virgen para coronarla. En esta mística diadema, hemos de ver el símbolo de las virtudes que debían brillar desde aquel instante en la Santa, y que alcanzarían todo su brillo y esplendor en el Paraíso.

Corría la cuaresma del año 1314, cuando un religioso llegó a Finsta para predicar la Pasión de Cristo; los sermones del misionero fueron para Brígida una revelación del místico significado del dolor que, por amor a Jesús, deseaba abrazar desde aquel momento; así mereció ver en revelación al Divino Maestro padecer el suplicio de la Cruz. «Mira —le dijo— cómo me han tratado. —¡Oh dulce Dueño mío! —exclamó la Santa— ; ¿quién os ha causado tanto mal? —Los que desprecian y olvidan mi amor» —fuéle respondido.

Y a partir de aquel día, la imagen de Cristo crucificado se grabó profundamente en el alma y en el corazón de Brígida. Su tía, la castellana de Aspenais, que la había recogido al morir la madre de la niña (1314), entró una noche en el cuarto de Brígida y, en vez de encontrarla dormida, como esperaba, la halló arrodillada a los pies de un crucifijo. Temiendo que su sobrina fuese víctima de alguna peligrosa manía, quiso imponerle una corrección con una verdasca de mimbres, según costumbre de la época, pero la vara se rompió en sus manos dejando admirada a la noble señora. «¿Qué hacía?, preguntó a la niña. —Alabar a quien me asiste. —Y ¿quién es? —El divino Crucificado».

Otro día se encontraba Brígida bordando unos ornamentos para la iglesia parroquial y, sintiéndose incapaz de reproducir con la aguja lo que en su imaginación concebía, imploró la ayuda del cielo, y he aquí que una bella y desconocida joven se acercó a la bordadora, y dio fin al bordado con flores y frutos de perfectísima labor. La tía de Brígida, que atónita y admirada presenciaba el hecho, se apoderó del bordado y lo guardó como preciosa reliquia.

LUCHA CON EL DEMONIO

MUÉSTRANNOS las vidas de los santos, en muchos de sus pasajes, cómo el demonio se complace en atormentar las almas que no puede arrastrar al mal. Una mañana tuvo Brígida una terrorífica visión: se le apareció un monstruo semejante a aquellos con que cándidos artistas, por devoto placer, decoraron los muros de la catedral de Upsala o los capiteles de sus columnas. Perseguíala con saña como intentando aprisionarla entre sus garras, pero la joven corrió a refugiarse a la sombra de la cruz, y el demonio vencido, huyó.

Nuestra Santa dio cuenta de la monstruosa visión a su tía, y ésta le aconsejó encarecidamente que guardase secretas las visiones que había tenido con los seres sobrenaturales, temerosa de provocar la admiración o la burla del mundo en el que iba a entrar. La joven se atuvo prudentemente al consejo.

MARTIRIO DE BRÍGIDA

BRIGIDA y su hermana Catalina habían sido prometidas por su padre a los dos hermanos Ulfo y Magno, príncipes de Nericia, de quienes había recibido hospitalidad en el castillo de Ulfasa. Pareciéronle ambos jóvenes tan valientes caballeros como fervorosos cristianos.

Invitadas por su padre —según costumbre sueca— a «fabricar la cerveza de los desposorios», Catalina obedeció gustosa. Brígida, en cambio, «hubiera preferido cien veces la muerte»; mas no sabiendo todavía por entonces si estaba llamada a la vida religiosa, y aconsejada por su confesor, sometióse al deseo de su padre, a quien tendió su mano para que la enlazara con la del príncipe Ulfo; contaba a la sazón la Santa trece años (1316). El matrimonio, conforme a la costumbre de la época, debía celebrarse el año mismo en que se verificaban los esponsales, por lo que Brígida esperaba en Finsta que Ulfo viniese de un momento a otro a reclamarla. Llegado el caso montó con arrogancia en una jaca blanca de hermosa raza, domada en Gotia, y cabalgó al lado de su futuro esposo hasta el castillo de Ulfasa; en la capilla del castillo, los dos cándidos muchachos recibieron la bendición del sacerdote; y así quedaron unidos por los lazos indisolubles del matrimonio cristiano dos jóvenes corazones, unidos ya por un amor puro y ardiente a Jesús crucificado.

Brígida, tierna y amante esposa, ejerció benéfica influencia sobre el corazón y espíritu de Ulfo. Juntos socorrían a los pobres y, de común acuerdo, gustaron sus riquezas en construir escuelas, fundar hospitales y erigir iglesias.

Los viernes, confesábanse ambos con el mismo sacerdote, y juntos se acercaban los domingos a la Sagrada Mesa. Recíprocamente pedían en sus oraciones la gracia de ser cada día mejores y adelantar más en santidad.

También se mostró Brígida experta y hábil ama de casa. A todos atendía, y procuraba que nadie careciese de lo necesario. Caritativa con los pobres, antes de sentarse a la mesa servía diariamente por sí misma la comida a doce de ellos, y los jueves les lavaba los pies para imitar el ejemplo de Jesucristo.

De continuo cumplió, con gracia encantadora, las leyes de la hospitalidad: recibía contentísima a los parientes y amigos de su esposo Ulfo; con igual esmero atendía a los miembros de la nobleza, al clero, a los viandantes y a los monjes mendicantes; presentábase a todos con semblante jovial y atrayente y a todos trataba con exquisita cortesía y cristiana caridad; sólo para consigo misma usaba maceraciones y penitencias.

Ocho hijos —cuatro varones y cuatro niñas— fueron el fruto de su matrimonio. Llamáronse los primeros: Carlos, Birgerio, Benito y Gudmaro, y las hijas: Marta, Catalina, Ingeburga y Cecilia. Encontramos entre ellos los más variados temperamentos, por lo que, a pesar de los cuidados de su santa madre, hubo algunos que imitaron poco las virtudes de su santa vida. Carlos, por naturaleza impulsivo y apasionado, llevó una vida agitada y borrascosa; pero las oraciones de la madre, desolada por la conducta del hijo más y mejor amado, le alcanzaron la gracia de morir reconciliado con Dios. Birgerio, de carácter dulce y de espíritu reflexivo, y por ende serio, vivió cristianamente en medio de la corrompida corte de Estocolmo. Viudo desde muy joven, ayudó más tarde a su hermana Catalina a trasladar las reliquias de su madre desde Roma al monasterio de Vadstena (Suecia), y Catalina, que llegó a ser abadesa de ese monasterio, le escogió como administrador de las fincas y bienes abaciales. Gudmaro y Benito murieron jóvenes siendo aún estudiantes: el uno en Estocolmo y el otro en el monasterio de Alvastra, donde había vestido el hábito cisterciense. Marta fue una joven veleidosa y casquivana, que no dio más que disgustos a su santa madre: su única afición eran las diversiones mundanas. Ingeburga murió piadosamente siendo religiosa claustrada. Cecilia, a quien Brígida anhelaba también consagrar a Dios, abandonó el claustro, y su hermano Carlos la casó con un joven de la corte; como tal acontecimiento la afligiera en exceso, el Señor se le apareció y le dijo: «Tú me la habías entregado; pues bien, yo la coloco donde me place».

Pero a quien siempre amó la Santa con especial predilección fue a Catalina, la cual, casada con Edgardo de Eggartsnes, persuadió a su esposo a permanecer ambos vírgenes en el matrimonio. En el año 1350 se juntó con su madre en Roma; la acompañó después en sus peregrinaciones, y fue más tarde la primera abadesa del monasterio de Vadstena, fundado por Brígida. Murió en 1387 y fue canonizada hacia el 1476. Hónrasela el 24 de marzo.

EN LA CORTE DE SUECIA

AL casarse el rey Magno de Suecia con Blanca, hija del conde Namur, escogió a Brígida por ama de gobierno de la joven reina. Apenadísima al verse obligada a dejar su vivienda de Ulfasa y a su familia, presentóse en la corte del rey su primo, llevando consigo a Gudmaro, que poco después moría en fistocolmo.

Los soberanos, de carácter inconstante y frívolo, despreciaron los austeros consejos de Brígida y ajustaron su conducta a otros menos rigurosos.

Comprendió entonces el ama de gobierno que su presencia era inútil en la corte, y, de vuelta al seno de su familia, se impuso por espíritu de penitencia, y acompañada de su esposo, Ulfo, una larga romería. Mientras duró ésta, vistieron el hábito pardo y el manto de conchas, y contentáronse con una pobre y frugal comida. Sucesivamente veneraron en Colonia las reliquias de los Magos; en Tarascón, el sepulcro de Santa Marta; la gruta de María Magdalena en Provenza, y vinieron por fin a nuestra Patria a orar ante el sepulcro de Santiago en Compostela. De vuelta hacia Suecia, cayó Ulfo gravemente enfermo en la ciudad de Arras; pero recobró milagrosamente la salud al hacer el voto de retirarse al monasterio de Alvastra para servir a Dios en él como penitente. Tres años más tarde, el 12 de febrero de 1344, después de haber colocado en el dedo de su esposa un anillo de oro, como símbolo de mutua y eterna unión, expiraba en brazos de ella.

Brígida permaneció un año más en este lugar, y en él fue favorecida con prodigiosas revelaciones de los misterios de nuestra santa fe; pero cuando menos lo esperaba, le ordenó el Divino Maestro que abandonase la soledad y se reintegrase a la corte de Suecia. «Y ¿qué diré al rey?» —preguntó la Santa. —«Yo hablaré por tu boca» —le respondió el Señor.

Sumisa y obediente, Brígida se presentó en la corte, vestida con el negro velo de viuda. Sin respeto humano habló con santa libertad y energía al débil monarca. Los campesinos abandonaban el cultivo de los campos, porque el fisco les arrebataba sus salarios y ganancias. Brígida demostró al rey la injusticia que se cometía al transformar en impuestos ordinarios las rentas exigidas en un momento de penuria y extrema necesidad. No contenta con esto echó en cara al rey el falsificar moneda, despojar a los viajeros y permitir que fueran arrebatados a los náufragos los restos de sus bienes. Luego animó y casi obligó al rey a exceptuar de contribución territorial por diez años a cuantos volviesen a labrar y sembrar los campos. Y exigió de parte de Dios que el monarca respetase las costumbres tradicionales de la corte, por creer que podían servir de freno a la voluble fantasía del inconstante y caprichoso príncipe; en virtud de estas costumbres no debía en adelante comer solo, sino en compañía de sus consejeros, con quienes trataría los negocios del Reino. Dichos consejeros debían ser escogidos entre lo mejor.

La muerte de su hijo Benito, acaecida el año 1346, la obligó a salir de la corte de Suecia para trasladarse al convento de Alvastra; pero al año siguiente fue llamada por el soberano, debido a que, habiendo éste preparado una expedición guerrera contra los rusos, quiso darle apariencias de cruzada.

La Santa le aconsejó examinase su conciencia, para ver si verdaderamente atacaba a los rusos por defender la fe. Sin escuchar a Brígida, precipitóse el rey sobre aquéllos; pero la aventura acabó en vergonzosa derrota.

Desde Roma —donde Brígida residía a partir de 1350— intervino en la política de Suecia y de Europa entera, aunque se limitaba a transmitir a los reyes las enseñanzas, profecías y amenazas que Dios le dictaba.

INFLUENCIA DE LA SANTA

BRÍGIDA fue encargada por Dios de comunicar a los Papas sus advertencias y deseos soberanos. Clemente VI, residente en Aviñón, aceptó en materia disciplinaria los consejos de esta mujer inspirada por Dios.

Urbano V fue en Roma primero y más tarde en Aviñón, el confidente principal de las revelaciones de la Santa, y, dócil a cuantas órdenes le dictaba su nombre del cielo, reprimió severamente los desórdenes de la corte pontificia.

A Gregorio XI, sucesor de Urbano V, conjuró muchas veces de parte de Dios para que abandonase Aviñón y volviese a Roma; pero el Papa, de naturaleza indecisa, no se resolvió a ello en vida de la Santa, y fueron necesarías las apremiantes instancias de otra santa —Catalina de Sena— para que, cuatro años mas tarde, obedeciese por fin. El 17 de abril del año 1371 entró solemnemente en la ciudad de los Apóstoles, y Roberto Orsino, sobrino del Pontífice, que gobernaba la Ciudad Eterna, pudo decirle: «Hoy comprendo, Santísimo Padre, la profecía que la bienaventurada Brígida me notificó hace cinco años al anunciarme que no solamente os vería entrar en Roma, sino que precisamente sería yo quien os acompañase en dicha entrada».

Cuando la humilde sierva de Dios residía en la corte de Suecia, hablaba con santa audacia a los Ángeles de las siete Iglesias del reino, como San Juan lo había hecho a los Custodios de las siete Iglesias de Asia, y los obispos escucharon con respeto las severas amonestaciones de la santa viuda.

Recordaba a los sacerdotes y religiosos relajados que pagar las propias deudas es estricto deber de conciencia, y, por lo tanto, que los derechos de los acreedores son antes que los de los pobres. Repetíales también que la pureza es indispensable a los ministros del Señor. De este modo, nada de cuanto se relacionaba con el bien de la Iglesia escapaba a la solicitud de esta alma iluminada por el espíritu de Dios.

Santa Brígida fundó el monasterio de Vadstena y la Orden de San Salvador; la regla por que se rigieron fue recibida por la Santa del mismo Jesucristo.

Diríase que la Orden, esbozada tan sólo a la muerte de la Fundadora, esperaba para su desarrollo y prosperidad que las reliquias de la Santa fuesen depositadas cual fermento en la tierra de Vadstena; desde entonces se propagó rápidamente y fundáronse en poco tiempo cuarenta monasterios. Aun hoy día cuenta con once casas, repartidas entre España y Méjico.

PEREGRINACIÓN A ITALIA Y A TIERRA SANTA

BRÍGIDA y su hija Catalina vivieron catorce años en Roma, desde 1350 a 1364, entregadas por completo a la oración y buenas obras, en las que, siguiendo cada una su inclinación y gusto particular, venían a ser complemento una de la otra. Del año 1364 al 1367, hicieron una larga peregrinación por Italia. Detuviéronse en Asís, para venerar el sepulcro de San
Francisco; en Ortona, que guarda las reliquias del apóstol Santo Tomás; en Monte Gárgano, célebre por la aparición de San Miguel; en Bari y Benevento, que conservan, respectivamente, las reliquias de San Nicolás y San Bartolomé.

Volvieron por fin a Roma camino de Nápoles. En todas partes dejaron la semilla de su edificante palabra, maravillosas revelaciones y milagros.

Después de nueva permanencia de cuatro años en Roma, salió en 1376 para Tierra Santa, acompañada de su hija Catalina y de sus dos hijos Carlos y Birgerio. En Nápoles, Carlos, llevado de su carácter apasionado, preparábase a concertar una culpable unión con la reina Juana I, cuando Dios le llamó a Sí; las lágrimas de su madre le alcanzaron el morir en estado de gracia. Brígida supo por revelación haber obtenido de Dios misericordia para su hijo. Los tres viajeros continuaron su camino y, el 13 de mayo de 1372, entraron en Jerusalén. Mientras permaneció en la tierra en que Jesús dejara las huellas de sus pasos, Brígida asistió en continuados éxtasis a las principales escenas de la vida del Salvador, escenas que describió en términos sorprendentes el libro de sus Revelaciones.

Las Revelaciones de Santa Brígida, escritas por ella misma en lengua sueca, han sido traducidas de un texto latino a todas las lenguas europea». ¿Con qué espíritu debemos leerlas? Véanse sobre este particular las enseñanzas del papa Benedicto XIV: «No hay que dar a las revelaciones de Santa Brígida la misma fe que a las verdades de la religión; sin embargo, sería imprudente temeridad rechazarlas, pues están fundadas en motivos y pruebas suficientes y razonables para que piadosamente se puedan creer».

ÜLTIMOS DÍAS Y MUERTE DE LA SANTA

BRIGIDA murió en Roma poco después de su peregrinación a Tierra Santa. Algún tiempo antes de morir, recibió la visita de Gerardo. Nuncio Apostólico de S. S. Gregorio XI, quien, desde Aviñón, le mandaba en busca de los consejos de la vidente. Ésta le respondió con las siguientes palabras, que no pueden ser ni más claras ni más precisas: «Una mirada imparcial al mundo cristiano dice claramente que, sólo por el retorno del Papa a Italia, volverá la paz y tranquilidad a esta tierra».

Los últimos días de la Santa se vieron turbados por fuertes tentaciones de orgullo y de molicie, tentaciones que no sintió en su juventud. Como Cristo en el Calvario, se creyó un momento abandonada de Dios; pero acudió, sin embargo, a la Comunión y recibió, junto con la gracia del sacramento, fuerza y voluntad para sufrir. Desde este momento, su vida fue un éxtasis no interrumpido; volvió en sí después de recibir la Extremaunción, instante que aprovechó para dar a sus hijos, familiares y amigos sus últimas y supremas
recomendaciones. Murió un sábado, 23 de julio, a los 71 años de edad.

Fue enterrada en Roma en la iglesia de las Clarisas, del monasterio de San Lorenzo «in Panispema», en el Viminal; un año más tarde sus restos fueron trasladados al cementerio de San Salvador, en Vadstena (Suecia).

Venérase en Roma la casa que habitó y la mesa de madera sobre la que quiso morir; su recuerdo perdura aún en las Catacumbas de San Sebastián, adonde iba a orar con frecuencia, y en San Pablo extramuros, donde se conserva el Crucifijo que le habló repetidas veces. Santa Brígida fue canonizada en 1391 por Bonifacio IX, y su fiesta, elevada a rito doble, fue establecida por Benedicto XIII el 2 de septiembre de 1724.

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