DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Vigésimo segunda entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

VENIDA DEL MESÍAS

EN GLORIA Y MAJESTAD

PARTE SEGUNDA

Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.

Fenómeno V

Los judíos (I de V)

Nota: por ser muy extenso este quinto Fenómenos, lo dividiremos en cinco entregas.

En las ideas ordinarias sobre la venida del Mesías en gloria y majestad, parecerá sin duda un despropósito nombrar a los judíos, o traerlos a consideración.

Como estas ideas son todas favorables (ni se admite alguna que de algún modo no lo sea), así como deben quedar excluidas muchísimas cosas, aunque se hallen expresas en la escritura de la verdad, así deben entre ellas quedar también excluidos los judíos; así deben mirarse estos infelices, como absolutamente abandonados del Dios de sus padres; así deben considerarse como un árbol del todo seco, incapaz de reflorecer, y sólo bueno para el fuego; así debe creerse o suponerse que Dios no tiene ya sobre ellos algún designio particular, digno de su grandeza; así debe concluirse en tono de seguridad, que estos semi hombres nada tienen ya que esperar para esta venida de su Mesías; pues no habiendo creído la primera, deberán temer la segunda, no desearla.

Mas los que no admitiendo ciegamente las ideas ordinarias; los que poniendo aparte toda preocupación quisieren ver por sus ojos lo que hay sobre los judíos en la Escritura, a la verdad, parece poco menos que imposible que no entren en otros pensamientos muy diversos, o cuando menos, en grandes y vehementísimas sospechas.

Sí, amigo mío: los judíos, esos míseros, esos vilísimos hombres, mirados apenas como hombres, y casi como hombres de otra especie inferior, deben hacer, según todas las Escrituras, una gran figura, y una de las figuras más principales en el misterio grande de la venida del Mesías, que todos esperamos.

Casi en todas las observaciones que en adelante tenemos que hacer, nos es preciso no perderlos de vista; pues, aunque no queramos, se nos ponen delante.

Por tanto, parece conveniente, y aun esencial al asunto que tratamos, hacer primero algunas observaciones sobre los judíos, considerando atentamente y con toda formalidad, siquiera alguna de las muchas y grandes cosas que sobre ellos nos dicen las Santas Escrituras.

De tres modos, o en tres estados infinitamente diversos entre sí, podemos considerar a los judíos.

El primero es el que tuvieron antes del Mesías, ya se tome su principio desde la vocación de Abrahán, o desde la salida de Egipto, y promulgación de la ley, o desde su establecimiento en la tierra prometida a sus padres.

El segundo es el que han tenido y tienen todavía después de la muerte del Mesías, y en consecuencia de haberlo reprobado, y mucho más de haberse obstinado en su incredulidad.

El tercero es aún futuro, ni se sabe cuándo será.

En estos tres estados los considera y habla de éstos frecuentísimamente la Escritura, y en cada uno de ellos los considera en cuatro maneras, o en cuatro aspectos principales.

En el primer estado, antes del Mesías, los considera:

Primero: como propietarios y legítimos dueños de toda aquella porción de tierra, de que el mismo Dios hizo a sus padres una solemne y perpetua donación. A tu posteridad daré esta tierra; toda la tierra que registras, daré a ti y a tu posteridad para siempre.

Segundo: los considera como pueblo único de Dios, o iglesia suya, que es lo mismo.

Tercero: como una verdadera y legítima esposa del mismo Dios, cuyos desposorios se celebraron solemnísimamente en el desierto del monte Sinaí, con pleno consentimiento de ambas partes, y con escritura auténtica y publica (que se conserva intacta e incorruptible hasta nuestros días) en que constaban las obligaciones recíprocas de ambos contrayentes (Exod. XXXI, 16-17; Ezeq. XVI, 60).

Cuarto: los considera como vivos, con otra especie de vida infinitamente más estimable que la vida natural.

En el segundo estado, después del Mesías, los considera:

Primero: como desterrados de su patria, y esparcidos a todos vientos, y como abandonados al desprecio, a la irrisión, al odio y barbarie de todas las naciones.

Segundo: como privados del honor y dignidad de pueblo de Dios, y como si Dios mismo no fuese ya su Dios.

Tercero: como una esposa infiel o ingratísima, arrojada ignominiosísimamente de la casa del esposo, despojada de todas sus galas y joyas preciosas que se le habían dado con tanta profusión, y padeciendo los mayores trabajos y miserias en su soledad, en su deshonor, en su abandono total del cielo y de la tierra.

Cuarto: los considera como privados de aquella vida que tanto los distinguía de los otros vivientes, cuyos huesos (consumidas las carnes) quedan secos, áridos, y esparcidos en el gran campo de este mundo, como si fuesen huesos de bestias.

En el tercer estado todavía futuro, pero que se cree y espera infaliblemente, los considera la divina Escritura:

Primero: como recogidos por el brazo omnipotente de Dios vivo de entre todos los pueblos y naciones del mundo, donde Él mismo los tiene esparcidos, y como restituidos a su patria, y restablecidos en ella, para no moverlos jamás: y los plantaré (dice por Jeremías) y no los arrancaré… Y los plantaré sobre su tierra; y nunca más los arrancaré de su tierra que les di (Jerem. XXIV, 6; Amós, IX, 15.)

Segundo: los considera como restituidos con sumo honor, y con grandes ventajas a la dignidad de pueblo de Dios, aunque ya debajo de otro testamento sempiterno. He aquí que yo… los volveré a este lugar, y haré que habiten confiadamente en él. Y serán mi pueblo, y yo seré su Dios… Y haré con ellos un pacto eterno (Jerem. XXXII, 37-40).

Tercero: los considera como una esposa de Dios, tan amada en otros tiempos, cuya desolación, cuyo trabajo, cuya aflicción y cuyo llanto mueven en fin el corazón del esposo, el cual desenojado y aplacado, la llama a su antigua dignidad, la recibe con sumo agrado, se olvida de todo lo pasado, la restituye todos sus honores, y abriendo sus tesoros la colma de nuevos y mayores dones, la viste de nuevas galas, la adorna con nuevas e inestimables joyas, más preciosas, sin comparación, que las que había perdido (Isai. XL, XLIX; Oseas II, 18; Miq. VII).

Cuarto en fin: los considera como resucitados, como que aquellos huesos secos y áridos, esparcidos por toda la tierra, se vuelven a unir entre sí por virtud divina, cada uno a su coyuntura (Ezeq. XXXVII, 7); se cubren otra vez de carne, de nervios y de piel, y se les introduce de nuevo aquel espíritu de vida, de que tantos siglos han estado privados.

Estos tres estados de los judíos, corresponden perfectamente a los tres estados de la vida del santo Job, la cual podemos decir o mirar, como una figura, o como una historia en cifra de las mudanzas principales del pueblo de Dios.

Sobre los dos primeros estados, nada tenemos que observar de nuevo. Los doctores los tienen observados con bastante prolijidad. Como en ello no hay interés alguno que se ponga por medio, tampoco hay dificultad alguna en tomar en su propio y natural sentido todas aquellas Escrituras que hablan de ellos, o en historia, o en profecía.

Mas el tercer estado no es así. Éste no puede gozar del mismo privilegio, o del mismo derecho.

Las Escrituras que hablan de él, aunque sean igualmente más claras y expresivas que las que hablan del primero y segundo estado, no por eso se deben ni pueden entender del mismo modo, y en el mismo sentido propio y natural.

¿Por qué razón? Porque se oponen, porque repugnan, porque perjudican, porque destruyen, porque aniquilan el vulgar sistema.

En suma, la razón verdadera no se produce, porque no es necesario; son cosas estas que se deben suponer, y no probar.

La observación, pues, exacta y fiel de este tercer estado de los judíos en los cuatro aspectos arriba dichos en que los considera la divina Escritura, es lo que ahora llama toda nuestra atención.

El punto es ciertamente gravísimo, y puede ser de suma utilidad, no menos para los pobres e infelices judíos, que para el verdadero y sólido bien de muchos cristianos que quisieren entrar dentro de sí, y dar lugar a serias reflexiones.

No extrañéis, señor, si en este punto, como en causa tan propia, me explico con alguna más libertad; ni os admiréis, si acaso me propaso en alguna palabra menos civil; mirad por ahora, no tanto a los accidentes, cuanto a la sustancia, que es lo que principalmente debe mirar un hombre racional.

Soy cristiano, es verdad, y reconozco con el mayor agradecimiento de que soy capaz, este sumo beneficio que he recibido de la bondad de Dios; mas no por eso dejo de ser judío, ni me avergüenzo de serlo.

Como cristiano soy deudor a los cristianos de cualquiera tribu, o pueblo, o gente, o nación que éstos sean; mas como cristiano judío, soy también deudor con particular obligación a aquellos infelices hombres, que son mis deudos según la carne, que son los israelitas, de los cuales es la adopción de los hijos, y la gloria, y la alianza, y la legislación, y el culto, y las promesas; cuyos padres son los mismos, de quienes desciende también Cristo según la carne…

Si las cosas que voy a decir, después de bien examinadas con toda aquella entereza, rectitud y justicia que pide un asunto tan serio, no se hallaren plenamente conformes a las Santas Escrituras (regla única en cosas todavía futuras), en este caso, será justa y bien merecida la sentencia que se diere contra mí. En este caso, yo mismo, después de convencido, pediré esta justa sentencia, y yo mismo seré el ejecutor.

Así como sé y confieso con verdad, que puedo errar en mucho o en poco, en todo o en parte, así también sé, con igual o mayor certidumbre, que estoy muy lejos de querer perseverar un momento en el error, después de conocido: dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo

Discurso previo

El estado futuro de los judíos según se halla ordinariamente en los doctores cristianos

En este punto particular, de que tanto hablan las Escrituras, parece que ha sucedido a varios doctores cristianos lo mismo que sucedió antiguamente a nuestros rabinos o doctores hebreos. Quiero decir: que hablan de la vocación futura de los judíos con la misma frialdad e indiferencia con que éstos hablan de la vocación de las gentes, no obstante que se quejan de ellos, y los reprenden con razón de esta falta tan considerable.

Los doctores hebreos en la lección de sus escrituras debían encontrar no pocas veces (y no despreciar ni disimular) lo que en ellas se dice y anuncia en contra del mismo pueblo hebreo y en favor de las gentes.

Debían encontrar y no disimular el rigor y severidad extrema con que estaba amenazado el mismo pueblo de Dios, el mismo pueblo santo.

Debían encontrar y reparar en ello con un santo y religioso temor, que este mismo pueblo santo, no obstante que vivía y se sustentaba con la fe y esperanza del Mesías, había de ser cuando, éste viniese al mundo, su mayor y más cruel enemigo, que lo había de reprobar, que lo había de perseguir, y lo había de hacer morir en la ignominia y tormento de la cruz.

Debían encontrar y reparar en ello con temor y temblor, que por este sumo delito, el pueblo único de Dios había de dejar de serlo, había de ser esparcido hacia todos los vientos, para que fuese en todas partes el desprecio, el odio y la fábula de todas las naciones, entrando en su lugar otro pueblo de Dios, llamado y recogido de entre las mismas naciones que se pensaban reprobadas.

Debían en suma, encontrar y no disimular, que la verdadera esposa de Dios había de ser arrojada de casa del esposo, con suma ignominia y con suma razón, llevando consigo no otra cosa que el peso enorme de sus iniquidades, entrando en su lugar otra nueva que se había de llevar todas las atenciones, y todos los cariños del esposo.

Estas cosas y otras semejantes, era necesario e inevitable que encontrasen nuestros doctores en la lección de sus Escrituras, especialmente en los Profetas y en los Salmos; mas todas estas cosas que encontraban eran para ellos, y lo son hasta ahora, como las palabras de un libro sellado (Isai. XXIX, 11); como lo que está escrito dentro de un libro (prosigue el Profeta) puesto en manos de quien sabe leer, se le dirá: Lee aquí; y responderá: No puedo, porque está sellado. Y puesto en manos de quien no sabe leer, se le dirá: Léelo; y responderá: No sé leer.

No negaban absolutamente nuestros rabinos, que las gentes habían de ser también llamadas, y entrar en parte de la justicia, santidad y felicidad del reino del Mesías. Esto hubiera sido demasiado negar, tanto, como negar la luz del medio día; mas esta vocación de las gentes, según todos ellos, debía ser sin perjuicio alguno de ellos mismos, antes con mayor honra, y ensalzamiento suyo.

Esta satisfacción de sí mismos, esta confianza desmedida, era puntualmente la que les hacía ininteligibles sus escrituras, la que les hacía increíble lo mismo que leían por sus ojos, pareciéndoles que el solo dudarlo sería una impiedad, o una especie de sacrilegio.

Con todo eso, los anuncios de los Profetas de Dios, al paso que frecuentes, eran clarísimos, y por eso innegables; los anuncios, digo, tristes y amargos, de rigor, de severidad, de ira, de indignación, de furor, de olvido, de abandono; y todo esto general a todo el pueblo de Dios, a todo el pueblo santo.

¿Qué se hace, pues, con estos anuncios? Creerlos y confesarlos, así como se hallan en los Profetas, no se puede.

¿Por qué no se puede? Porque no son a favor del pueblo santo, porque son contrarios al pueblo de Dios, porque son en perjuicio y deshonor del pueblo santo, porque Dios no puede arrojar de sí a su único pueblo, que tiene sobre la tierra, o a su esposa verdadera y única, pues no puede quedar sin pueblo, sin esposa, sin iglesia, etc.

En medio de estas falsas ideas, no quedaba otro partido que tomar, sino el que se tomó, en realidad propísimo y eficacísimo, para que las profecías se verificasen a la letra sin faltarles un ápice.

¿Qué partido fue éste? No fue otro que embrollar las unas y endulzar las otras; interpretándolas todas del modo posible, siempre a favor; dar por cumplidas las unas en tiempo de Nabucodonosor, las otras en tiempo de Antioco, y las que no se pudiesen en estos tiempos contraerlas solamente a algunos culpados más insignes de la nación; mas no a toda la nación en general, porque esto hubiera sido una temeridad, una impiedad, un error, una herejía.

En una palabra, no hubo jamás rabino alguno, o escriba, o legisperito que viese, ni aun siquiera sospechase, que podían verificarse a la letra todas aquellas profecías, tan expresamente contrarias al pueblo santo, después de haber reprobado y crucificado a su Mesías; y en consecuencia de éste y de otros gravísimos delitos, había de ser abandonado de su Dios, privado enteramente del honor de pueblo suyo, de esposa suya, de iglesia suya, etc., arrojado de la herencia de sus padres, y esparcido hacia todos los vientos para ser el desprecio, el oprobio y la fábula de todas las gentes.

Mucho menos les pasó por el pensamiento, que de estas gentes que tanto despreciaban se había de sacar otro pueblo de Dios, otra esposa, otra iglesia, sin comparación mayor, no sólo en número, sino en justicia, en santidad, en dignidad, en fidelidad, infinitamente más agradable a Dios, y más digna del mismo Dios.

Tan lejos estaban de estos pensamientos, y tan ajenos de estas ideas, que aun los primeros cristianos, que tenían las primicias del espíritu, se escandalizaron y reprendieron a San Pedro, porque había entrado en casa del centurión Cornelio, y bautizado a toda su familia. ¿Por qué entraste a gentes que no son circuncidadas, y comiste con ellas? (Act. XI, 3) ¡Oh cuánto daño puede hacer el amor propio y el espíritu nacional!

Os considero, amigo, con gran curiosidad de ver finalmente a dónde va a parar o terminar este discurso contra mis doctores judíos. Yo de buena gana lo cortara aquí, remitiéndome enteramente a vuestro juicio y dictamen. El temor natural de ser notado de incivil, o de poco reverente a nuestros mayores, me hace no pocas veces omitir algunas reflexiones, y aun disimular algunas verdades, si no sustanciales, a lo menos bien importantes. Mas, pues me habéis animado tantas veces, y ahora mismo, sabiendo que voy a tratar de los judíos, me hacéis nuevas y mayores instancias sobre que escriba sin recelo; pues las palabras y expresiones menos justas se pueden fácilmente corregir, en este supuesto voy a explicarme con toda llaneza y simplicidad; sin cuidar ya de otra cosa que de trasladar fielmente al papel aquello mismo que tengo en la mente, y de que estáis íntimamente persuadido.

Parece innegable, y cualquiera puede certificarse de ello por medio de sus propios ojos, que muchos doctores cristianos han seguido a proporción el mismo camino, han correspondido a los judíos en la misma especie, y pagado puntualmente en la misma moneda.

Toda la divina Escritura la interpretan a favor de su pueblo. Todas las profecías, menos las que hablan de rigor, de reprensiones, de amenazas, de castigos, etc., las suponen verificadas en este mismo pueblo suyo, que en algún tiempo era no pueblo… de Dios (I Ped., II, 10).

Nada quieren dejar, o casi nada, para los judíos, sino lo que en ellas se halla duro, áspero y amargo. Si la profecía anuncia rigores, si anuncia tribulaciones, si anuncia plagas, se entiende al punto literalmente de los judíos; no hay en este caso por qué disputarles lo que es suyo; mas si anuncia favores y misericordias, máximamente si éstas son grandes y extraordinarias, entonces ya no puede entenderse literalmente de los judíos, sino alegóricamente de los cristianos.

Y si como sucede frecuentísimamente una misma profecía, hablando nominadamente de los judíos, y con los judíos, anuncia lo uno y lo otro, primero castigos, severidad y rigor, después misericordia y beneficios; en este caso se deberá partir la profecía en dos partes iguales, como se parte una herencia entre dos buenos hermanos, dando la primera parte a los judíos, y la segunda a los cristianos, y todo esto con tanta sinceridad y con tantas muestras de rectitud y justicia, como les parece observan, cuando dan la parte favorable a los cristianos, en conformidad, que algunos doctores católicos muy célebres, para mejor inteligencia de la sagrada Escritura, establecen sobre esto canon o regla general, que los más siguen en la práctica, cuya sustancia es ésta.

Cuando una profecía hable, aunque sea nominadamente de las cosas de Israel, de Judá, de Jerusalén, de Sión, etc., anuncia cosas nuevas, grandes y magníficas, las cuales cosas se sabe, por otra parte, no haberse verificado en Israel antiguo, ni en Judá, ni en Jerusalén, ni en Sión; en suma, se sabe de cierto no haberse verificado en los judíos, o israelitas; se debe pensar que allí se encierra algún otro misterio mucho mayor de lo que suenan las palabras; se debe entender la profecía, sólo en sentido figurado y espiritual, no de aquel Israel antiguo, sino del nuevo Israel; no de aquella Jerusalén o Sión, que mató los Profetas, sino de la figurada por ésta, que es la iglesia presente, no en fin de la sinagoga de los judíos, sino de la iglesia de las gentes.

Ésta regla general, tan recibida, tan seguida, tan usada en todos los intérpretes hasta ahora, no se sabe sobre qué fundamento puede estribar; antes por el contrario, parece que claman contra ella todos los derechos sagrados de la veracidad de Dios, de su fidelidad y de su santidad; todos los derechos de la religión, que se funda en esta veracidad de Dios, y aun también todos los de la sociedad, pues cada uno tiene derecho a que no le quiten lo que es suyo para darlo a otro.

Si el mundo ya se hubiese acabado; si a lo menos se supiese de cierto que ya no hay otro tiempo en que las profecías se puedan verificar en aquellas mismas personas de quienes hablan expresamente, en este solo caso quimérico, ¿qué podremos decir?

Las profecías no se han verificado hasta ahora en aquellas mismas personas de quienes hablan expresa y nominadamente. Esta proposición es cierta e innegable; mas ¿qué se sigue de ahí? ¿Luego no podrán jamás verificarse en estas mismas personas de quienes hablan expresa y nominadamente? ¿Luego no queda otra cosa que decir, sino que las profecías no hablan de aquellas mismas personas de quienes hablan? ¿Luego estas personas de quienes hablan, no podrán ya despertar algún día de su letargo, abrir los ojos llenos de lágrimas, reconocer a la esperanza de Israel, y con todo esto hacerse dignos de todo lo que anuncian las profecías?

¿A quién me habéis asemejado, e igualado, dice el Santo? (Isai. XL, 25) ¿Será Dios semejante al hombre que miente, o al hijo del hombre que se muda? ¿Dijo pues, y no lo hará? ¿Habló, y no lo cumplirá? (Num. XXIII, 19)

Es verdad que los doctores cristianos no niegan a los judíos, antes les conceden sin dificultad otro estado futuro, muy diverso del que han tenido hasta el presente; no niegan que algún día han de ser llamados de Dios; no niegan que ellos han de oír, y también obedecer a este llamamiento, ni que Dios ha de usar con ellos de sus grandes misericordias.

Mas todo esto deberá ser, según nos aseguran, lo primero, un momento antes de acabarse el mundo, como si dijéramos, en artículo de muerte.

Esto deberá ser, lo segundo, sin detrimento ni perjuicio alguno de las gentes, que forman ahora el pueblo de Dios, aunque la Escritura divina anuncie claramente todo lo contrario.

Esto deberá ser, lo tercero, con mayor gloria y honra de este pueblo actual de Dios, al cual deberán agregarse los judíos, y ser recibidos en él, como por pura caridad y misericordia, sin que el pueblo actual pierda un solo grado de su autoridad.

No obstante esta satisfacción y esta falsa y funestísima seguridad, se encuentran por precisión con no pocos anuncios tristes y amargos, al paso que claros e innegables.

Por ejemplo: que las gentes cristianas serán en algún tiempo, o por la mayor parte, no menos infieles a su vocación que lo fueron los judíos; que abundando entre ellas la iniquidad y resfriada la caridad, renunciarán también a su fe; que desconocerán a Cristo; que aborrecerán a Cristo, que perseguirán a Cristo; que cuando vuelva el Señor del cielo a la tierra, apenas hallará entre ellas algún rastro de fe; que las hallará, como… en los días de Noé; que el día de su venida será como un lazo sobre todos los que están sobre la haz de toda la tierra (Lc XXI, 35); que las ramas del oleastro silvestre, injertas con grande misericordia en buen olivo pueden también ser cortadas, como lo fueron las ramas naturales del olivo, cuando no permanezcan en la bondad primera o cuando ya los frutos no correspondan al cultivo ni a las esperanzas.

Por otra parte, encuentran a cada paso, sin poder excusar esta molestia, que los judíos humillados tantos siglos ha, mortificados, abatidos, despreciados, volverán algún día a la gracia de su Dios; que el mismo Dios los recogerá algún día con su brazo omnipotente de todas las tierras o países donde los tiene desterrados y dispersos; que volverán entonces con grandes ventajas a ser otra vez pueblo y esposa de Dios; que su honor, su ensalzamiento, su felicidad, será tan grande, que se olvidarán de todas las angustias pasadas en tantos siglos de tribulación; que Dios se regocijará con ellos, como un buen padre que recupera a un hijo, a quien ya consideraba muerto o perdido; que las gentes mirarán con asombro la gloria y ensalzamiento de este hijo (a quien ahora tratan como a vilísimo esclavo) y se confundirán con todo su poder, pondrán la mano sobre la boca (Mich. VII, 16). En suma, que en aquel tiempo se buscará en ellos la iniquidad pasada, y no será hallada, se buscará el pecado, y no existirá (Jerem. L, 20).

Pues con estos anuncios importunos y otros semejantes, de que tanto abundan las Santas Escrituras, ¿qué harán?

Recibirlos así como se hallan, no es posible, sin detrimento inevitable de las ideas favorables. Negarlos u omitirlos del todo, es una empresa muy difícil y muy peligrosa; aunque el omitirlos no deja de hacerse algunas veces, cuando ya el peligro se ve evidente, e inevitable de otro modo.

No queda, pues, otro partido que tomar, sino el que tomaron nuestros rabinos, esto es, endulzar los unos, alegorizar los otros, o espiritualizarlos, y hacerlos hablar a todos, de modo que no perjudiquen, no hagan mucho daño a las ideas favorables.

Acaso pensaréis que ésta es alguna insigne falsedad, o alguna gran ponderación; y yo, por todo descargo, os remito a los mismos doctores, sobre estos puntos de que hablo. En ellos podréis ver, y quedar plenamente convencido, de que ni miento ni pondero, sino que antes quedo cortísimo en mis expresiones.

Estas cosas que acabo de apuntar, y otras muy semejantes a ellas, son sin duda alguna las que únicamente tienen en mira cuando nos dicen y ponderan el gran peligro que hay en leer las Escrituras, sin la luz y socorro de sus comentarios.

No sea vayamos a creer lo que sobre esto leemos con nuestros ojos.

No sea que, como creemos sin dificultad todo cuanto hallamos en las Escrituras contra los judíos y en favor de las gentes cristianas, así también creamos simplemente lo que hallamos en contra y en deshonor de las gentes cristianas y en favor de los judíos.

No sea que caigamos en el error de pensar o sospechar que aquel gran trabajo que sucedió al mismo pueblo de Dios o a su primera esposa pueda también suceder al nuevo pueblo recogido y formado de varias gentes y naciones o a la segunda esposa tan amada del mismo Dios.

No sea, en fin, que abramos los ojos y miremos aun como posible que la primera esposa de Dios o la casa de Jacob, arrojada con tanta ignominia y castigada con tanta severidad, pueda algún día volver a la gracia de su esposo, pueda algún día ser llamada y asunta con grandes ventajas a su antigua dignidad, pueda algún día ocupar el puesto que ahora ocupa la que entró en su lugar, cuando ésta sea tan infiel y tan ingrata como ella, cuando la supere en malicia y la justifique con la abundancia de su iniquidad.

Todas estas cosas que acabo de apuntar, sólo como en cifra o en diseño, en adelante se irán desenvolviendo poco a poco, pues no es posible explicar en pocas palabras unos misterios tan grandes, y al mismo tiempo tan delicados.

Volviendo ahora a lo que habíamos comenzado, parece cierto e innegable, que el estado futuro de los judíos lo tocan los doctores cristianos (cuando se ven precisados a tocarlo) con tanta indiferencia, con tanta frialdad y con tanta prisa que, si hemos de juzgar por lo poco que nos dicen y por el modo con que nos hablan, casi, casi vienen a parar en nada.

Según lo que nos dicen, y según el modo con que lo dicen, todo cuanto anuncian las Escrituras sobre este asunto, con términos y expresiones tan claras, tan vivas, tan magníficas, debe reducirse solamente a esto: que hacia los fines del mundo, y en vísperas de acabarse todo, los judíos que entonces quedaren conocerán la verdad, abrazarán la fe de los cristianos, y la Iglesia los recibirá benignamente dentro de sí.

Esta gran merced que hacen los doctores cristianos, con tanta liberalidad, a la casa de Abrahán, de Isaac y de Jacob (los hombres más ilustres que ha tenido el mundo), no penséis, señor, que todos la hacen del mismo modo y con la misma generosidad. Los más se contentan con decir en general y en confuso, que al fin del mundo se convertirán o todos o muchos; y San Gregorio da como por supuesto que aun al fin del mundo, apenas recibirá la Iglesia a los judíos que hallare (Sancta namque Ecclesia in primitiis suis multitudine gentium fecundata, vix in mundi fine judæos quos invenerit, suscipiet. l. IV, de mor. c. 4.).

Algunos doctores, como Dionisio Cartujano, Barradas, etc., no atreviéndose a negar del todo, ni tampoco a conceder del todo lo que con tanta claridad y formalidad dice a las gentes cristianas su propio Apóstol (Ad Rom. XI), añaden de suyo que cuando los judíos se conviertan a Cristo serán unos cristianos excelentes; que en los tiempos más calamitosos, cuales deben ser los tiempos del Anticristo, serán el mayor consuelo de la Iglesia cristiana; que defenderán la fe, y aun la propagarán en todo el mundo donde están esparcidos; que por su fervor y celo atraerán contra sí toda la indignación del Anticristo, no obstante de ser éste su propio rey y Mesías, amado y adorado de todos, etc.

¡Oh cuánto mejor fuera delante de Dios, y delante de los hombres que en lugar de las noticias que no se hallan en la revelación tomásemos fiel y sencillamente las que se hallan y nos contentásemos con ellas! Según estos autores (que cuidan poco de guardar otras consecuencias, pues no tratan de toda la Escritura) la conversión de los judíos deberá preceder al Anticristo.

Mas el común sentir de los intérpretes, a quienes es preciso guardar consecuencia de algún modo posible, difiere este gran suceso hasta después de la muerte de este monarca imaginario, como dijimos en otra parte; suponiendo lo que no es posible probar, que ha de ser judío de la tribu de Dan; que los judíos lo han de recibir por su Mesías; que lo han de buscar y unirse con él; que le han de edificar de nuevo, con suma grandeza y magnificencia, la ciudad de Jerusalén para corte de su imperio universal, etc.

Mas después que lo vean muerto, destruido su imperio, y descubiertas sus ficciones diabólicas, desengañados y corridos, se volverán de todo corazón a su verdadero Mesías, y creerán en él.

Preguntad a este común de los intérpretes (dejando por ahora otras preguntas que ya quedan hechas) ¿si en los tiempos mismos del Anticristo, y en medio de su persecución al cristianismo, sucederá la conversión que esperamos de los judíos?

Y veréis como no se atreven a negarlo del todo, ni tampoco a concederlo del todo.

¿Por qué razón?

Porque en este mismo tiempo ponen la venida de Elías, persuadidos que este profeta debe ser uno de aquellos dos testigos, de quienes se habla en el capítulo XI del Apocalipsis.

Y como la Escritura divina, cuando habla de la futura venida de Elías, que sólo es en cuatro únicos lugares, no le señala otro destino u otro ministerio que la conversión de Israel y la restitución de todas sus tribus, como se puede ver en el Eclesiástico (Eccles. XLVIII, 10-11), en Malaquías (Malaq. III, 23-24), en el evangelio de San Mateo (Mat. XVII, 10), y en el de San Marcos (Marc. IX, 11-12: Y le preguntaban: «¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?» Él les contestó: «Elías vendrá primero y restablecerá todo); se hace cosa durísima decir que nada conseguirá Elías, después de más de tres años de ministerio, pues esos dos testigos, como consta expresamente del mismo texto, han de ser muertos por el Anticristo; por consiguiente, han de acabar su ministerio antes del fin del Anticristo.

De aquí se sigue manifiestamente que, o ninguno de los dos testigos es Elías, lo cual es contra la suposición común, o si alguno de ellos es Elías, la conversión de los judíos, su restitución, su asunción y remedio pleno, de que habla San Pablo, y de que habla el evangelio, no puede ser, o suceder después del Anticristo; pues a esto sólo dice la escritura que ha de venir Elías, y que para esto sólo está reservado.

Este embarazo tan visible, que parecía capaz de desconcertar muchas medidas, se ve quitado de por medio con gran facilidad.

¿Cómo?

Diciendo secamente y como de paso, que algunos judíos no dejarán de convertirse, aun en los tiempos del Anticristo, por la predicación de Elías.

¿Y las palabras expresas del Hijo de Dios: Elías, cuando vendrá primero, reformará todas las cosas, no tienen otro significado que la conversión de algunos judíos?

Por aquí podemos ya empezar a divisar lo que en adelante hemos de ver, hasta hartura de vista, esto es, la indiferencia, la frialdad extrema y aun el disgusto con que hablan los doctores cristianos de la vocación futura de los judíos, del mismo modo que lo hicieron éstos respecto de las gentes.

Paréceme que oigo contra mí, cuando menos, aquella queja que dio a Cristo cierto legisperito: diciendo estas cosas, nos afrentas también a nosotros; pues ningún doctor cristiano ha negado jamás la vocación futura de los judíos, ni su verdadera y sincera conversión, antes todos conceden unánimemente que algún día, esto es, al fin del mundo, se han de convertir a Cristo, y han de ser admitidos al gremio de la iglesia.

Bien, ¿mas con esto sólo se piensan verificar todas las profecías? ¿Con esto sólo se podrán contentar y satisfacer plenamente nuestras esperanzas? ¿No podremos todos los judíos clamar a grandes voces y con infinita razón, que no tenemos necesidad alguna de sus concesiones liberales, teniendo para nuestro consuelo los santos libros, que están en nuestras manos (I Mac. XII, 9)?

La conversión futura de los judíos, que admiten y conceden unánimemente todos los doctores cristianos, ¿de dónde la han sacado? preguntamos todos los judíos.

¿Acaso la han sacado de sólo su discurso, o de su ingenio? ¡Pobres de nosotros, si no hubiera más principio que éste!

Deben, pues, responder necesariamente, que la han sacado de la revelación auténtica y pública, esto es, de las Santas Escrituras, pues no hay otra fuente segura de donde poder sacar cosas futuras.

Si la han sacado de las Santas Escrituras se pregunta de nuevo, ¿cómo o por qué no han sacado, ni hecho caso alguno de tantas cosas admirables, que se leen en las mismas Escrituras, tan conjuntas, tan conexas y estrechamente unidas con la conversión futura de los judíos?

¿Cómo o por qué han tomado solamente esta conversión de los judíos, dejando y aun despreciando todas las otras circunstancias gravísimas, que la acompañan y la siguen?

O estas circunstancias son igualmente ciertas y seguras, o no lo es la conversión de los judíos; porque no hay razón alguna, ni la puede haber, para creer ésta, más bien, que aquéllas.

Imagínese por ahora que yo negase contra todos los doctores la conversión futura de los judíos; en este caso ¿cómo podrían convencerme? ¿Con mostrarme textos clarísimos de la Escritura?

Con ellos mismos me defendería yo, con ellos mismos me haría fuerte e invencible, sin oponer otro escudo que este simple discurso. Estos textos clarísimos de la Escritura que se citan a favor de la conversión futura de los judíos, o se deben creer plenamente, esto es, todo lo que cada uno de ellos dice y afirma, o nada debe creerse; porque esto tiene de singular la divina Escritura, sobre todas las escrituras que no son divinas, que o todo cuanto dice y afirma es cierto y seguro, o nada lo es.

Ahora pues, según el sentir casi universal de los doctores (hablo en la práctica) no se debe creer; pues no se cree, ni admite todo lo que dicen y afirman esos mismos textos de la Escritura que se alegan a favor de la conversión futura de los judíos; es un suceso ad libitum, que se puede afirmar o negar, conforme el gusto o genio de cada uno.

De otro modo. Esos textos clarísimos de la Santa Escritura, que se alegan a favor de la conversión futura de los judíos, no sólo afirman dicha conversión, sino que con la misma claridad afirman muchas circunstancias gravísimas, nuevas, admirables y magníficas, que deben acompañar y seguir la misma conversión.

De esto segundo, se ríen universalmente los doctores cristianos (conforme a su sistema favorable) no sólo sin escrúpulo alguno, sino con grandes muestras de rectitud y piedad.

Luego, con la misma razón y con la misma piedad y rectitud, podremos reírnos de lo primero.

El discurso, aunque rústico y simple, por eso mismo me parece justo. Sólo puede quedar alguna duda sobre lo que afirma la proposición mayor, y esto es lo que nos toca ahora probar y demostrar, y lo que luego vamos a hacer.

Ya queda notado al principio de este fenómeno, que cuando la Escritura divina anuncia a los judíos las mayores calamidades, especialmente después de la muerte del Mesías, y en consecuencia de su incredulidad, que también anuncia clarísimamente, los considera bajo de cuatro aspectos principales:

Primero: como desterrados de su patria, esparcidos hacia todos los vientos, y cautivos entre todas las naciones.

Segundo: como degradados de su puesto, despojados de sus prerrogativas, y privados del honor de pueblo de Dios.

Tercero: como esposa de Dios, infiel e ingratísima, arrojada con suma ignominia de casa del esposo, abandonada del cielo y de la tierra, olvidada, deshonrada y humillada hasta lo sumo.

Cuarto en fin: como un cadáver destrozado, cuyos huesos dispersos por todo el campo de este mundo, no ofrecen otra cosa a la vista, que desprecio, aversión, disgusto y horror.

Debajo de estos cuatro aspectos principales quiero yo también considerar ahora a los judíos; pues todo el mundo sabe que éste es puntualmente el estado en que se halla toda esta mísera nación, desde la muerte de su Mesías, o poco después, hasta nuestros tiempos; y todo esto según las Escrituras.

Continuará…

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