ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
NUESTRA SEÑORA DEL SANTÍSIMO ROSARIO
El sábado 13 de octubre de 1917, durante la sexta aparición en Fátima, la Santísima Virgen se presentó de este modo: Yo soy Nuestra Señora del Rosario.
Al igual que en Lourdes, Ella no quiso revelar enseguida su Nombre. Esta demora tuvo por finalidad atraer la atención sobre un Nombre que, como siempre sucede en las cosas celestiales, es la expresión concreta del mismo misterio de la persona.
En Lourdes, Nuestra Señora reveló su Nombre el 25 de marzo, durante la decimosexta aparición: Yo soy la Inmaculada Concepción. En Fátima, dio a conocer su Nombre en la última de sus apariciones: Yo soy Nuestra Señora del Rosario.
Estos nombres configuran todo un misterio, que se esclarece, como ya veremos, en la relación entre la Inmaculada Concepción y el Santísimo Rosario.
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El Santísimo Rosario es una oración, una manera de rezar que, según el testimonio de más de cincuenta Sumos Pontífices, remonta a Santo Domingo, fundador de la Orden de los Padres Predicadores, comúnmente conocidos como Dominicos.
Ahora bien, sabemos que las prácticas piadosas que nacen en la Iglesia son inspiradas por Dios.
A veces, a través de una intervención directa, Dios hace conocer a los fieles los medios más adecuados para llegar hasta Él, los caminos más seguros para acceder al Cielo.
De este modo, Jesús, apareciéndose a Santa Margarita María, reveló la devoción a su Sagrado Corazón y la práctica de los nueve Primeros Viernes de cada mes.
María Santísima, por su parte, en distintas apariciones, nos entregó su Escapulario, la Medalla Milagrosa, el Agua de Lourdes, su Corazón Inmaculado…
De la misma manera, por una serie de intervenciones, tan misericordiosas como milagrosas, Dios ha hecho comprender a la Iglesia que debía adoptar, de un modo oficial, la devoción del Santísimo Rosario.
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San Luis María Grignion de Montfort nos enseña que esta práctica es sin duda la primera oración y la primera devoción de los fieles que, desde los Apóstoles y los Discípulos, ha estado en uso de siglo en siglo hasta llegar a nosotros.
Con todo, agrega el Santo, en su forma y método según el cual se le reza ahora, el Santo Rosario ha sido inspirado a la Iglesia recién en el año 1214, dado por la Santísima Virgen a Santo Domingo de Guzmán para convertir a los herejes albigenses y a los pecadores.
En efecto, viendo Santo Domingo que los crímenes de los hombres obstaculizaban la conversión de los albigenses, entró en un bosque cercano a Tolosa, Francia, y pasó en él tres días con sus noches en continua oración y penitencia. No cesaba de gemir, de llorar y de macerar su cuerpo con disciplina, a fin de apaciguar la ira de Dios; de suerte que cayó medio muerto.
La Santísima Virgen se le apareció y le dijo: ¿Sabes, mi querido hijo Domingo, de qué arma se ha servido la Santísima Trinidad para reformar el mundo?
Respondió él: ¡Oh! Señora, Vos lo sabéis mejor que yo, porque, después de vuestro Hijo Jesucristo, fuisteis el principal instrumento de nuestra salvación.
Ella entonces aclaró: Sabe que el arma principal ha sido el Salterio Angélico, que es el fundamento del Nuevo Testamento; por lo cual, si quieres ganar para Dios esos corazones endurecidos, predica mi Salterio.
En la Bula Consueverunt, del 17 de diciembre de 1569, el Papa San Pío V escribió:
Santo Domingo descubrió un método fácil, asequible a todos, de una incomparable piedad, excelente para rogar a Dios y expresarle nuestras súplicas. Se llama ese método el Rosario o Salterio de la Santísima Virgen María. Consiste en honrar a la Madre de Dios ofreciéndole la recitación de la Salutación Angélica repetida ciento cincuenta veces, por analogía con los ciento cincuenta salmos de David. Tal es el rito creado por Santo Domingo y propagado por él en toda la Iglesia Romana gracias a sus hijos, los religiosos de la Orden de Predicadores.
Nuestra Señora escoge a Santo Domingo, le entrega su Bendito Rosario.
¡Sí!… la misma Madre de Dios entregó a Santo Domingo el Santísimo Rosario y el encargo de predicarlo.
Este ardiente apóstol, devotísimo de la Santísima Virgen, fue elegido para predicar una mayor confianza en el Ave Maria y una mayor devoción mediante los Misterios de la vida de Jesucristo y de María Santísima.
Más tarde, Nuestra Señora aparece a Bernardita en Lourdes con el Rosario en sus manos y desgrana sus cuentas a medida que la vidente lo recita; en Fátima se proclama Señora del Santísimo Rosario, y nos dice que, junto con su Corazón Inmaculado, son las dos últimas tablas de salvación…
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Pues bien, lo que el Rosario ha sido y ha hecho en el pasado, ha de continuar siéndolo y haciéndolo en nuestros días. Y eso depende de todos y cada uno de nosotros.
En estos días de apostasía que estamos viviendo, tenemos que fijar nuestra mirada en la Madre de Dios, la montaña sagrada, y llenarnos de los pensamientos que animaban a Santo Domingo y a San Pío V.
Esta Hora de María en que vivimos está anunciada desde tiempo inmemorial. Son muchos los Santos y videntes que han hablado de ella en todos los tiempos. San Luis María Grignon de Montfort ha escrito a principios del siglo XVIII:
Es principalmente de estas últimas y crueles persecuciones del diablo, que aumentarán todos los días hasta el reinado del Anticristo, de las que se debe entender esta primera y célebre predicción y maldición de Dios, lanzada en el paraíso terrenal contra la serpiente: “Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, y tu raza y la suya; ella misma te aplastará la cabeza y tú pondrás asechanzas a su talón”.
Debe creerse que al fin de los tiempos, y tal vez más pronto de lo que se piensa, suscitará Dios grandes hombres llenos del Espíritu Santo y del espíritu de María, por los cuales esta divina Soberana hará grandes maravillas en la tierra, para destruir en ella el pecado y establecer el reinado de Jesucristo, su Hijo, sobre el corrompido mundo.
Sabemos que por la Inmaculada Concepción, comienza en María la victoria de Cristo sobre el infernal enemigo. Ahora vamos comprendiendo la íntima relación entre Inmaculada Concepción y Santísimo Sacramento…
En María Inmaculada comienza la victoria de Cristo sobre el infernal enemigo; y así tienen aplicación exactísima las proféticas palabras del Paraíso terrenal dirigidas allí por Dios Padre a la serpiente tentadora: Ipsa conteret caput tuum.
Descendencia de esta Mujer preservada somos nosotros cuando, por medio del Bautismo, entroncamos sobrenaturalmente con su Hijo. La universal familia de los que creen, esperan y obran en Cristo y según Cristo, es la descendencia propia de la Mujer.
Somos nosotros los que, por la gracia de Cristo Dios, luchamos y vencemos en Ella; por Ella, nuestro pie, débil, es el que definitivamente ha de asentarse pujante y glorioso un día sobre la cerviz del dragón embravecido.
Así, la raza de Eva, desde que por Cristo pasa a ser la raza de María, está destinada a ser como Ella perpetuamente vencedora.
Pero, ¿vencedora de quién? De la serpiente del paraíso terrenal, no solamente personificada, sino realmente viviente y encarnada en todos los que el odio a Dios y a su Cristo reúne desde entonces, y que constituyen la odiosa descendencia del demonio para sostener el infernal combate.
La sociedad de los regenerados en Cristo y por Cristo es la Iglesia santa.
Y las fuerzas que en todos los siglos ha congregado el infierno contra ella se llama hoy la Revolución.
Claros aparecen los términos del problema de hoy, que no es más que el problema del Paraíso Terrenal y el de todos los siglos hasta la consumación y juicio, que será su solución definitiva.
María, y su descendencia, a un lado con la bandera de toda verdad y de todo bien.
Luzbel, con los que voluntariamente han decidido hacerse raza y ejército suyo, al otro lado con la bandera de todo error y de todo mal…; bandera revolucionaria, sea como ayer y todavía hoy de color rojo, sea con los actuales colores del arco iris, o simplemente los pañuelos blancos, verdes, anaranjados o negros…
La tierra se estremece al choque de estos ejércitos opuestos, que en vano hay quienes sueñan, aún hoy en día, poder reconciliar y fundir en una fórmula común.
Los destinos del mundo están hoy pendientes de este duelo terrible entre la doctrina personificada en la Revolución, y la doctrina representada y como compendiada en el dogma de la Inmaculada Concepción de María, con el Santísimo Rosario en sus manos.
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Asistimos a una de las fases más espantosas de la grandiosa lucha entablada desde el principio del mundo entre el error y la verdad, entre el mal y el bien, entre el infierno y Dios.
En esta batalla, tal vez la postrera que presencien los siglos antes de que resplandezca de lleno sobre ellos la plenitud del Reinado de Jesucristo:
* El infierno ha escrito en su estandarte la palabra REVOLUCIÓN.
* El dedo de Dios ha escrito en el nuestro la palabra MARÍA INMACULADA.
Uno y otro lema son, a la vez, grito de guerra y símbolo de opuestas doctrinas.
Es Nuestra Señora quien, por Jesús, fruto bendito de sus purísimas entrañas, recibió desde toda eternidad el poder de aplastar la cabeza de la serpiente infernal.
Lo que realizó en el siglo XIII por medio de Santo Domingo para exterminar la herejía albigense, lo que hizo en el siglo XVI merced a San Pío V para refrenar el protestantismo y destruir el peligro turco, puede, y aún más, quiere seguir haciéndolo para vencer la herejía modernista, el paganismo actual, la apostasía generalizada…
Y lo conseguirá, por supuesto, por el mismo y único medio: el Santísimo Rosario.
Hay que estar profundamente convencidos de esta verdad fundamental, pues ella determina toda nuestra fe en el Santo Rosario y nuestra actitud respecto de su rezo diario, conforme al pedido de la misma Madre de Dios en innumerables apariciones y revelaciones.
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El Santísimo Rosario es una devoción universal, extendida por toda la Cristiandad; él ha alimentado la piedad de millones de hombres, haciéndolos vivir unidos a Jesucristo y a su Santísima Madre.
El Rosario de María ha mantenido unidas a millares de familias, ha salvado en numerosas oportunidades a la Cristiandad asediada y ha reportado victorias significativas que sólo pueden atribuirse a su intervención.
Por todos estos motivos, la recomendación del rezo frecuente, asiduo e incluso diario del Santo Rosario ha estado, desde Santo Domingo hasta hoy, en boca de todos los predicadores de todos los tiempos.
Igualmente, todos los Sumos Pontífices han exhortado al rezo cotidiano del Santo Rosario, tanto como oración individual como práctica piadosa familiar.
Y es digno de ser destacado (y es lo que pretendo hoy de manera particular) que el rezo del Santo Rosario en familia es el principal baluarte del hogar cristiano.
Baluarte significa obra de fortificación y defensa. En nuestro caso se trata de una fortaleza y una trinchera contra el demonio, contra el mundo y contra la carne.
En efecto, el demonio, valiéndose de la seducción del mundo y de la debilidad de la carne, puede ejercer, y de hecho ejerce, una acción conjunta sobre el jefe de la familia, sobre la madre y sobre los hijos.
El diablo puede muy bien abrir y atender varios frentes al mismo tiempo. Y esto lo hace mediante ideas, slogans, costumbres, modas, diversiones…; sirviéndose de la televisión, el cine, los libros, las revistas…; utilizando a los falsos intelectuales, filósofos, teólogos…; teniendo como aliados a periodistas, educadores, políticos, juristas, militares e incluso eclesiásticos apóstatas…
El Santo Rosario de María, rezado en familia todos los días, es entonces un baluarte, una fortaleza, una trinchera que se erige frente a los ataques modernos que el demonio, el mundo y la carne dirigen contra la santidad del hogar.
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Entre los numerosos males que atacan la vida cristiana de la familia, tres son los más funestos: el disgusto de una vida modesta y laboriosa, el horror al sufrimiento y el olvido de los bienes eternos.
Contra todo esto, el rezo diario del Santo Rosario es un baluarte; es un lugar de fortaleza y de luz.
Cuando la duda y la confusión invaden los espíritus y los transforman en un campo de incertidumbres y de contiendas intestinas, la meditación de los Misterios y la reiteración del Ave Maria levantan en las conciencias criterios seguros de pensamiento y de acción.
De este modo, frente al disgusto de una vida modesta y de duro trabajo, frente al menosprecio de los deberes y las virtudes, que deben ser ornato de una vida obscura y ordinaria, se eleva la casita de Nazaret, ese asilo a la vez terrestre y divino… Los misterios Gozosos…
De la misma manera, contra el horror al sufrimiento, contra la resistencia al dolor, contra el rechazo violento de todo lo que parece molesto y contrario a nuestros gustos…, el Santo Rosario es grandísimo socorro con sus Misterios Dolorosos…
Finalmente, la tercera especie de males a que es preciso poner remedio es, sobre todo, propia de nuestra época. Los hombres de hoy se adhieren de tal modo a los bienes fugaces de la vida presente que olvidan la bienaventuranza eterna y pierden completamente la idea misma de la eternidad, hasta caer en una condición indigna del hombre… Los misterios Gloriosos arrojan luz sobre estos errores…
Estos son los frutos, esta es la virtud fecunda del Santo Rosario de María para curar los males de nuestra época y hacer del hogar mariano un baluarte contra la apostasía.
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Lo que en los tiempos modernos se conoce con el nombre de Revolución no es, hemos dicho, sino un episodio de la gran lucha que desde la cuna del mundo sostienen el mal contra el bien, la mentira contra la verdad, el infierno contra Dios.
Lucha que empezó en los Cielos con la rebelión de Lucifer y de sus ángeles…; que continuó en el paraíso terrestre con la seducción lastimosa del primer hombre…; lucha que llegará a su paroxismo al fin de los siglos con la aparición del Anticristo, y acabará con su derrota total y el encierro del demonio…
Cada época ha presenciado esta lucha con distinto nombre.
Y Dios ha querido presentarnos a su Madre Santísima, como la primera vencedora de nuestro común enemigo, para movernos y alentarnos a las mismas victorias.
Tengamos presente que la lucha colosal que sostiene el infierno contra nosotros, no es propiamente contra nosotros, sino contra Dios.
Los católicos tenemos la necesidad inevitable de la lucha y, al mismo tiempo, la seguridad infalible de la victoria.
¡La causa es de Dios…!
Y a Dios se lo puede combatir, ¡pero no se lo puede vencer…!
Regina sine labe origiali concepta.
Ora pro nobis.
Regina Sacratissimi Rosarii.
Ora pro nobis.

