EL ESTADO SERVIL

CONSERVANDO LOS RESTOS II

 

Décima entrega

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HILAIRE BELLOC

EL ESTADO SERVIL

Traducido por Bruno Jacovella (Buenos Aires 1945)

APÉNDICE RELATIVO A LA ELIMINACIÓN DEL CAPITALISMO

«COMPRÁNDOLE SU PARTE»

Según una impresión generalizada entre los que proponen la expropiación de la clase capitalista en beneficio del Estado pero que perciben también las dificultades anexas al procedimiento de la confiscación directa, aquélla puede efectuarse sin las consecuencias y dificultades inherentes a la confiscación directa extendiendo el proceso durante un número suficiente de años y prosiguiéndolo de tal modo que presente la apariencia exterior de una compra. En otras palabras, se cree que el Estado podría «comprar la parte» de la clase capitalista sin que ésta lo advierta, y que esta clase puede ser neutralizada lentamente hasta su extinción con una especie de procedimiento indoloro.

Esta creencia se manifiesta confusamente en la mayor parte de los que la abrigan, y no resiste a un análisis claro.

No hay malabarismo que haga posible «comprar» a los capitalistas la totalidad de los medios de producción sin recurrir a la confiscación.

Para probarlo, considérese un caso concreto que plantea el problema en sus términos más sencillos.

Una comunidad de veintidós familias vive del producto de dos chacras, propiedad de sólo dos familias de las veintidós.

Las veinte familias restantes son proletarias. Las dos familias, con sus aperos de labranza, sus almacenes, su tierra, etc., son capitalistas.

El trabajo de las veinte familias proletarias, aplicado a la tierra, y el capital de esas dos familias capitalistas, produce 300 medidas de trigo, de las cuales 200 constituyen el sustento anual de las veinte familias proletarias, vale, decir: 10 para cada una; las 100 restantes son el valor excedente que las dos familias capitalistas —cada una de las cuales tiene así una entrada anual de 50 medidas— retienen en concepto de arriendo, interés y ganancia.

El Estado se propone implantar, al cabo de un lapso determinado, un orden tal de cosas que los valores excedentes dejarán de pertenecer a las dos familias capitalistas, y se distribuirán en beneficio de la comunidad entera, en tanto que él, el Estado, se convertirá en el libre poseedor de ambas granjas.

Ahora bien, el capital se acumula con el objeto de lograr cierto rédito como premio de la acumulación. En vez de gastar su dinero, un hombre lo ahorra con el objeto de obtener, como resultado de ese ahorro, un cierto ingreso anual. La medida en que se produce este fenómeno en una sociedad y en una época determinadas no cae por debajo de cierto nivel. En otras palabras, si una persona no puede obtener un cierto premio mínimo por su acumulación, no acumulará, sino que gastará.

Lo que se llama en economía «Ley del rendimiento decreciente» obra de tal manera que el acrecimiento continuo del capital, permaneciendo sin variación los demás factores (esto es, permaneciendo idénticos los métodos de producción), no proporciona un incremento correlativo de las entradas.

Mil unidades de capital aplicadas a un sector dado de las fuerzas naturales producen, por ejemplo, 40 unidades al año, o sea el 4 por ciento; pero 2.000 unidades aplicadas en la misma forma no producirán 80 unidades. Producirán más que las mil unidades, pero no proporcionalmente; no el doble. Producirán, digamos, 60 unidades, o sea el 3 por ciento, sobre el capital.

La acción de este principio universal detiene automáticamente la acumulación del capital cuando ha llegado a un punto en que el rendimiento proporcional es el mínimo que puede aceptar un hombre. Si cae por debajo de ese nivel, el capitalista preferirá gastar a acumular.

El límite de este mínimo en cualquier sociedad y en cualquier época dadas suministra la medida de lo que llamamos bastb. Así, en Inglaterra, hoy día, está un poco por encima del 3 por ciento. El mínimo que limita la acumulación del capital es un rendimiento mínimo de un treintavo aproximadamente del mismo; podemos llamarlo, para mayor brevedad, el «D.E.A.» de nuestra sociedad en nuestros días.

Por consiguiente, cuando el capitalista calcula el valor global de sus bienes, los computa en «tantas rentas anuales.

En virtud de una ilusión que hábiles estadistas pudieron aprovechar en beneficio de la comunidad, el capitalista avalúa las fuerzas naturales que están a su disposición (y que no necesitan acumularse pues están siempre presentes) análogamente a su capital, y se deshace de ellas a «tantas rentas anuales». Aprovechando esta ilusión, hay planes de adquisiciones territoriales que, como los de Irlanda, se llevan a efecto con éxito en beneficio de los desposeídos.

Lo que significa que el capitalista está dispuesto a recibir por sus bienes una suma global equivalente a tantas veces la renta anual que devenga en ese momento. Si su D.E.A, es de un treintavo, aceptará la suma global que represente treinta veces su renta anual. Hasta ahora vamos bien. Supongamos que los dos capitalistas de nuestro ejemplo tengan un D.E.A. de un treintavo. Venderán entonces al Estado, si el Estado puede pagar, treinta veces su excedente o «rédito», vale decir, 3.000 medidas de trigo.

Ahora bien, es evidente que el Estado no puede hacer nada por el estilo. Como las acumulaciones de trigo se encuentran ya en las manos de los capitalistas, y como tales acumulaciones equivalen a mucho menos de 3.000 medidas de trigo, la cosa parece presentarse como un callejón sin salida.

Pero no es un callejón sin salida si el capitalista carece de inteligencia. El Estado puede dirigirse a los capitalistas y decirles «Entréguenme sus chacras y les daré por ellas una garantía de que se les pagará bastante más de 100 medidas de trigo anuales durante treinta años. En realidad, les pagaré un cincuenta por ciento más hasta que estos pagos suplementarios cubran el valor de su capital primitivo».

¿De dónde sale esta cantidad suplementaria? Del poder de imponer contribuciones que tiene el Estado.

El Estado puede establecer un impuesto sobre las ganancias de ambos capitalistas, A y B, y hacerles los pagos suplementarios con su propio dinero.

En un ejemplo tan sencillo, es evidente que las víctimas descubrirían estas «variaciones sobre el mismo tema» y concitarían en su contra precisamente las mismas fuerzas que concitarían contra el procedimiento más sencillo y más directo de la confiscación inmediata.

Pero se arguye que el proceso puede encubrirse en un Estado complejo, en que se entra a tratar a muchos millares de capitalistas distintos y muchos centenares de formas particulares de ganar dinero.

El Estado puede encubrir su acción de dos maneras (de acuerdo con su política). Puede comprar primero a los capitalistas una pequeña extensión de tierra y capital, tomando la cantidad necesaria de rentas generales, y luego otra y otra, hasta que se haya completado la transferencia de todo; o bien, puede gravar con especial rigor ciertas actividades comerciales —que las restantes, exentas de tal gravamen abandonarán a la ruina— y mediante el producido de los impuestos comunes más el de este gravamen especial, adquirir esos infortunados negocios que, naturalmente, se habrán desvalorizado sobremanera bajo la agresión fiscal.

La segunda de estas estratagemas se pondrá en evidencia pronto en una sociedad u otra, por compleja que sea, pues, después de la agresión contra uno de los ramos impopulares del comercio, la aplicación del mismo procedimiento a otro ramo menos impopular en seguida despertará sospechas.

Así, se puede llevar una acometida contra los cerveceros en una sociedad semipuritana, donde hay muchos que consideran inmoral la fabricación de cerveza, pero pásese al capital ferroviario y será otra cosa muy diferente.

El primer sistema, sin embargo, podría tener alguna probabilidad de buen éxito, al menos durante un largo período después de iniciarse su aplicación, en una sociedad numerosa y extremadamente compleja, si no fuera por un obstáculo que se presenta en forma espontánea. Tal obstáculo es el hecho de que el capitalista sólo acepta una suma mayor que su antigua renta anual, porque se propone invertir de nuevo el valor excedente.

Yo tengo mil libras en acciones del Ferrocarril de Brighton, que me reditúan el 3 por ciento 30 libras al año. El Gobierno me pide que le cambie mis papeles por otros papeles que garantizan el pago de 50 libras al año, vale decir, una tasa anual suplementaria, durante tantos años como corresponda a la renta anual de mis acciones, fuera del interés corriente que se paga. El papel del Gobierno promete pagar al tenedor la suma anual de 50 libras durante, digamos, 38 años. Yo estoy encantado con el canje, no porque sea tan tonto como para alegrarme de la perspectiva de que mi propiedad se extinga al término de treinta y ocho años, sino porque espero poder invertir nuevamente las 20 libras anuales suplementarias en alguna otra cosa que me reditúe el 3 por ciento. Así, al cabo de los treinta y ocho años, me encontraré yo (o se encontrarán mis herederos) en mejor situación que antes del negocio, y habré disfrutado lo mismo, durante su ejecución, de mi anterior renta anual de 30 libras.

El Estado puede comprar así en pequeña escala tomando los fondos necesarios de rentas generales, Por consiguiente, puede valerse de la estratagema con buen éxito en pequeña escala y por breve tiempo. Pero desde el momento en que esa escala rebasa un límite muy estrecho, el «mercado de inversiones» se presenta restringido, el capital se coloca automáticamente en estado de alarma, y el Estado no puede ya ofrecer sus papeles con garantía, salvo que mejore el precio. Si trata de resolver el problema mediante ulterior elevación de los impuestos hasta llegar a una tasa que el capital considera «confiscatoria», se dará con la oposición de las mismas fuerzas que se opondrían a la expropiación lisa y llana.

Trátase de una mera cuestión de aritmética, y toda la confusión que ha introducido el complicado mecanismo de las «finanzas» no puede modificar los principios fundamentales y aritméticos implicados, tal como la acumulación de triángulos en un relevamiento topográfico no puede reducir la suma de los ángulos interiores del mayor de los triángulo a menos de 180 grados. En suma si se desea confiscar, se debe confiscar.

Al usar esta metáfora, conste le me apresuro a presentar mis excusas a los que creen en universos elípticos e hiperbólicos, y a la vez confieso ser un parabolista a lo antiguo. Además, reconozco que los triángulos en cuestión son esféricos.

No se puede envolver al enemigo como los financistas en la urbe y los tahures en el hipódromo envuelven a la gente ingenua, ni se puede llevar adelante el proceso general de expropiación fundado en la atolondrada esperanza de que al final algo saldrá de un modo u otro de la nada.

Existen, en verdad, dos procedimientos de que podría valerse el Estado para llevar a cabo sus expropiaciones sin encontrar las resistencias que tienen que suscitarse contra todo intento de confiscación. Pero el primero es peligroso, y el segundo, insuficiente.

Helos aquí:

1º) El Estado puede prometer al capitalista una renta anual mayor que la que recibe con la esperanza de que la gestión oficial del negocio pueda resultar más productiva que la particular del capitalista, o que alguna expansión futura vendrá en su auxilio. En otros términos, si el Estado obtiene de algo mayores ganancias que el capitalista, puede comprarle el negocio a éste tal como puede hacer un particular cualquiera con una propuesta comercial análoga.

Pero el peligro consiste en que, si el Estado ha calculado mal, o tiene mala suerte, se encuentra de pronto con que está pensionado a los capitalistas del futuro en lugar de suprimirlos gradualmente.

En tal forma, el Estado hubiera podido «socializar» sin confiscación los ferrocarriles de este país de haberlos expropiado hace cincuenta años, prometiendo a sus dueños de entonces más de lo que estaban ganando. Pero si hubiera socializado los «hansom cabs» en el novecientos, se encontraría ahora sosteniendo a perpetuidad al gremio meritorio pero extinguido de los dueños de «cabs» (y a sus hijos por los siglos de los siglos) a expensas de la comunidad.

2º) El segundo procedimiento de que puede valerse el Estado para expropiar sin recurrir a la confiscación es el de la renta vitalicia. Puede así decirles a los capitalistas que carecen de herederos o que se preocupan poco por su suerte si es que los tienen: «A ustedes no les queda más que tanto tiempo para vivir y disfrutar sus 30 libras, ¿quieren 50 libras hasta que mueran?» Aceptada la propuesta, el Estado se convertirá con el curso de los años, aunque no inmediatamente después de morir el rentista, en dueño absoluto de los medios de producción que habían constituido la parte del rentista. Pero este procedimiento no puede emplearse sino en escala muy pequeña. No es por sí mismo un instrumento que baste para llevar a cabo la expropiación de ningún sector considerable de la economía.

Estaría casi de más añadir que los llamados «socialistas» y los proyectos confiscatorios de nuestra época no tienen positivamente nada que ver con el problema que aquí se discute. El Estado está confiscando, sin duda, vale decir: está gravando en muchos casos de tal manera que empobrece al contribuyente, y, en lugar de retacear sus entradas, más bien lo descapitaliza. Pero no aplica tales ingresos a la compra de los medios de producción, sino que los invierte inmediatamente creando nuevos cargos públicos, o bien, transfiriéndolos a otro sector de capitalistas.

Así, el dinero recaudado por concepto de impuesto sucesorio a raíz de la muerte de un hacendado no muy rico y representado, digamos, por locomotoras que prestan servicios en la Argentina, se convierte en dos millas de palizadas para los agradables jardines que tienen en los fondos de sus casas un millar de nuevos funcionarios creados por la Ley contra el Alcoholismo, o se lo entrega sencillamente a los accionistas del Seguro Industrial, conforme a la Ley de Seguros.

En el primer caso, las locomotoras fueron devueltas a la Argentina, y después de una larga serie de trueques, terminaron siendo cambalacheadas por una gran cantidad de palizadas de madera del Báltico —que por cierto no constituyen exactamente una riqueza reproductiva.

En el segundo caso, las locomotoras que solían estar en manos del hacendado pasan, ellas mismas o sus valores equivalentes, como medios de producción, a manos de los Sassoon.

Pero estas consideraciones prácticas acerca de la forma en que obran los sendos experimentos socialistas corresponden más bien a la sección siguiente, en la cual trataré de los comienzos positivos del Estado servil entre nosotros.

Primera entrega

Segunda entrega

Tercer entrega

Cuarta entrega

Quinta entrega

Sexta entrega

Séptima entrega

Octava entrega

Novena entrega