MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.
Hoy nos encomendamos a:
SAN REMIGIO
OBISPO DE REIMS, CONFESOR (436-532)

DIOS nuestro Señor, como guía providente de los pueblos, síguelos a lo largo de los siglos con celo amorosísimo y paternal para proveer oportunamente a sus necesidades. Porque si bien son los hombres quienes, en uso de la propia libertad, van escribiendo una a una las páginas de la Historia, descúbrense en ésta evoluciones de carácter general en cuyo punto de origen aparece innegable la divina asistencia.
Y es que, en un momento crítico para los intereses del mundo, el Cielo ha querido retraer a su cauce natural la marcha desviada por el influjo de los humanos errores.
Pero, no rompe Dios nuestra libertad: limítase a poner a nuestro lado algún lazarillo, a fin de que, percatados de nuestro extravío y falsa orientación, podamos seguir los rumbos salvadores en pos de él.
Son incontables los casos en que pudiéramos comprobarlo; y bastaría reducir tales movimientos a su fuente inicial para encontramos con el conductor inspirado, que es, a veces, una figura de mínima apariencia histórica, y otras, en cambio, un personaje de primera magnitud.
Un ejemplo típico de ello lo tenemos en San Remigio, obispo de Reims.
NACIDO PARA GRANDES COSAS
REMIGIO, descendiente de muy noble y antiguo linaje, nació en Laon, ciudad del país de los Suesones, en las Galias, allá por los años de 436. Fueron sus padres Emilio, señor de aquel territorio, y Celina, mujer piadosísima a quien la Iglesia ha concedido el honor de los altares y a quien venera el 21 de octubre. Tanto uno como otra, resplandecían por sus prendas personales de virtud y por su generosidad en favor de los pobres, a los que consideraban como hermanos.
De cómo cumplieron ambos con los deberes que la paternidad les imponía, habla elocuentemente el hecho de haber tenido dos santos entre sus hijos: San Principio, que llegó a ser obispo de Soissons, y nuestro biografiado.
Por aquel entonces, sufría la nación francesa una ruina moral que abarcaba a todas las capas sociales. No había desorden que no apareciera justificado; y aun entre los que, por su carácter o dignidad, debieran ser espejo de costumbres y pureza de vida, aceptábanse los escándalos como necesidades de la época o en categoría de males menores. Hubiérase dicho que pesaban sobre el pueblo las maldiciones de lo Alto.
Las almas buenas clamaban pidiendo para su patria el perdón y la enmienda; temían que el Señor, en respuesta a tanto pecado, apretara aún más en su castigo y se perdieran para la eternidad tantos prevaricadores.
Entre los que con ardiente caridad importunaban al cielo, estaba Montano, solitario fervorosísimo, cuya vida era un ejemplo para la región y un vivo reproche para la perversidad o indiferencia de muchos. Dolíase el santo penitente de aquel abandono en que el Señor parecía haber dejado a los hombres, e imploraba suplicante las misericordias divinas.
Orando estaba cierta noche, cuando tuvo una revelación que le llenó de consuelo. Dios nuestro Señor le indicaba claramente que pronto vendría al mundo el que traía la misión de paz y salvación para el pueblo galo, y cuál sería el hogar honrado con aquel hijo de bendición.
Gozoso San Montano por aquella nueva, corrió a comunicar a Celina que ella sería la madre de aquel vástago glorioso. Aunque de momento no quiso ella creer posible tanta felicidad por ser casi ancianos ambos consortes, rindióse al fin a la palabra del fidedigno mensajero y preparóse a esperar el cumplimiento de los planes divinos. Una prueba le daba Montano: quedaría él ciego, y sólo recobraría la vista por un milagro que la misma Celina habría de realizar en cuanto hubiera terminado la crianza del nuevo hijo. Todo se cumplió exactamente, y los padres de Remigio comprendieron que el cielo tenía grandes designios para la criatura.
OBISPO A LOS VEINTIDOS AÑOS
NO tardaron en revelarse en el niño prendas de su futura santidad.
La dulzura de su carácter, decididamente inclinado hacia cuanto significara amor al prójimo, y el extraordinario apego con que se daba a los ejercicios de virtud, hicieron que se le admirase ya casi desde la cuna. Sus felices padres, ganosos de corresponder al honor que el Señor les hiciera, pusieron de su parte todos los medios a fin de favorecer en Remigio el desarrollo de la rica espiritualidad con que su corazón se manifestaba.
Gracias a esta providencia, pudo el niño crecer rápidamente y sin estorbos en virtud y en santidad.
Completaron su propia obra proporcionándole buenos maestros, y, como el discípulo fuera de por sí aficionado a las letras y al recogimiento, aprovechó grandemente en los estudios, de manera especial en las lecciones de los Libros Santos de los que sacaba razones y fuerzas para afirmarse mas y mas en sus propósitos de lograr la perfección.
Ya por entonces había empezado a cundir la fama de los grandes méritos de Remigio. Y como su categoría social y las gracias de su juventud concurrieran para crear en torno suyo un ambiente de admiración que no le agradaba, decidió cortar con semejante peligro y huyó a una apartada soledad. Permaneció en ella entregado al ejercicio de la presencia de Dios y a penitencia rigurosísima hasta que cumplió los veintidós años.
Era el 458. Había muerto Bennado, arzobispo de Reims, y todos, clero y pueblo, cual si se hubieran convenido, aclamaron para sucederle al joven anacoreta. Alborotóse Remigio con tales noticias y se negó desde luego a aceptar el cargo. Insistieron aquéllos en su decisión sin hacer caso de las razones alegadas por el elegido, que pretendía ser excesivamente mozo y de poca ciencia. Como no le valieran tales pretextos, acogióse a los cánones, los cuales exigían para la consagración episcopal no menos de treinta años.
Tampoco quisieron aceptarle tan legítima defensa, por parecerles que la santidad innegable de Remigio supliría con creces la poca edad, y tomaron a pedirle que, para mayor gloria de Dios y bien del pueblo, tomara sobre sí la pesada carga que le ofrecían.
En estas discusiones andaban uno y otros, cuando un rayo de divina luz vino a posarse sobre la frente del Santo y a iluminarle el rostro, como si el cielo hubiera querido demostrar que también aprobaba la elección.
Al ver aquel maravilloso testimonio, hiciéronse aún más clamorosas las instancias. Entendió Remigio que ya no podía oponerse a lo que el mismo Dios parecía refrendar, e inclinóse a recibir el inesperado yugo.
OBISPO SEGÚN EL CORAZÓN DE DIOS
ASI, pues, fue consagrado obispo cuando corría dicho año de 458. Desde aquel mismo instante, ya no pensó Remigio sino en cumplir con infatigable caridad los deberes que su función le imponía. Y fue un padre para los menesterosos, que acudían a su casa con entera libertad y seguros de hallar en ella excelente acogida. Pastor celosísimo, velaba con exquisita atención por los intereses de su rebaño, sin que hubiera razón ni disculpa alguna que le apartara de su deber. Y, aunque se daba de lleno a sus obligaciones episcopales, jamás se descuidó a sí mismo, porque entendía que la propia santificación, a más de llenar una necesidad personal ineludible, tendría que redundar muy luego en beneficio del prójimo.
Su palabra, briosa y elocuente por naturaleza, volvíase de fuego cuando trataba las cosas de Dios. Y si era espontáneamente eficaz en el corazón de los oyentes, tomábase irresistible por la vehemencia interior que le inspiraba y porque era reflejo de una vida irreprochable y santa.
Nunca es lección perdida la lección del ejemplo. Harto bien lo entendía el santo obispo, y, como fuera aquélla una época de tanta depravación moral y tan escasa en valores espirituales, pugnaba por rehabilitar los derechos de Dios, pero no ya sólo con la fuerza argumental de la razón, palanca deficiente para mover voluntades contrahechas por el vicio, sino con el discurso irrefutable de la propia conducta.
Por disposición divina, habíale tocado en suerte una misión de campo muy extenso, puesto que su ministerio debía llegar mucho más allá de la jurisdicción episcopal propia; y, por tener que llevar tan lejos la luz del divino apostolado, era necesario levantar más y más el edificio de la propia perfección.
Pero, no le dolían prendas al apóstol de Cristo. Acostumbrado a las comodidades de un hogar rico, no había titubeado en elegir como nueva residencia el desierto con todas sus privaciones. Poco había de costarle, ya en plan de adelantamiento espiritual, seguir aquella vía de mortificación que se impusiera. Con tal fin, desterró de su casa cuanto podía servir al regalo de los sentidos; e hizo de la abstinencia un modo de vida; y trabajó con tesonero afán sin darse otro descanso que el indispensable.
Aun en el trabajo de visitar su vasta diócesis, nunca consintió en descargarse en hombros ajenos. Ni las preocupaciones ni los años fueron capaces de rendir su voluntad en este punto, pues, como buen pastor, juzgaba indispensable el personal conocimiento de su grey para mejor orientarla y para proveer atinadamente a sus necesidades.
EL DON DE MILAGROS
DIOS nuestro Señor acompañaba al santo obispó en todas sus obras, como lo demuestra el sinfín de prodigios que por su medio obró.
No ya algunas, sino muchísimas veces fueron testigos, el pueblo y los acompañantes de Remigio, de aquella asistencia divina. Y se hizo proverbial su fama de taumaturgo hasta el punto de que las gentes acudían a él como a seguro remedio. Y el siervo de Dios se vio en apurados trances para salvar su humildad sin menoscabo de la caridad que le reclamaba.
Un hombre de quien el demonio se había apoderado, y que durante mucho tiempo quedara ciego a causa de esta posesión, recobróse totalmente no bien el Santo hizo oración sobre él.
A cierta joven, también endemoniada, lleváronla sus padres a San Benito para que la sanase. Remitióla éste a su vez al obispo de Reims, «porque él —decía— habrá de curarla». No bien leyó Remigio la misiva del santo patriarca, quedó profundamente turbado; y, como de ninguna manera quería acceder por juzgarse indigno de alcanzar de Dios tal favor, rogáronle los padres de la posesa con tan vivas instancias, que acabó por ponerse en oración; y, apenas lo hizo, quedóse ella libre de su atormentador. Pero sucedió que la doncella murió poco después y, ante las lágrimas de los afligidos padres, tornó el Santo a implorar al Señor y volvióla a la vida.
Habiéndose declarado un gran incendio en Reims, al no hallar los vecinos medio de combatirlo, acudieron a su amado pastor, que andaba por entonces ausente de la ciudad, y suplicáronle viniera a poner remedio. Vino él muy luego y, después de haber hecho oración en la iglesia de San Nicasio, antecesor suyo en la sede remense, fuese al lugar por donde el incendio avanzaba. Llegado allí, imploró nuevamente el auxilio de lo Alto, y entróse hacia el fuego. Las llamas, como temerosas de tocar su persona, dieron en retirarse delante de él hasta que se extinguieron del todo.
Otro día, como a sus acompañantes les faltara el vino y vinieran a implorarle, compadecióse Remigio de ellos y, lleno de infinita y amable caridad, púsose en oración. Al punto, las cubas, que estaban completamente vacían, aparecieron colmadas, con no pequeña sorpresa de quienes fueron testigos.
Otros muchos prodigios obró el Señor por la mediación de su siervo, y aun después de su muerte siguieron produciéndose abundantes junto a su sepulcro; que así quería demostrar cuán bien eran recibidas en su divino acatamiento las oraciones y súplicas de quien había hecho de su vida un perfecto holocausto en aras de la caridad, y de todas sus acciones un maravilloso ejemplo digno de perpetua recordación.
CONVERSIÓN Y BAUTISMO DE CLODOVEO
EI, hecho más notable en la vida de Remigio, fue la conversión de Clodoveo al Cristianismo. Y decimos el más notable por las felices y trascendentales consecuencias que de ella se siguieron para la vida de la nación. Clodoveo, rey entonces de los francos, aunque casado con Santa Clotilde, era y vivía como gentil. Su santa esposa, que había trabajado mucho para traerle a la fe, sólo había conseguido de él permiso para bautizar a sus hijos. No obstante, sentíase cada vez más inclinado hacia aquella Religión cuyos principios morales tenía repetida ocasión de admirar en la propia casa. El Señor, siempre propicio para las almas noblemente encaminadas, preparaba así los caminos para aquel a quien pronto aceptaría en su Iglesia.
I.as guerras, efecto natural de la evolución que el mundo sufría por aquellos tiempos, ocupaban gran parte de las actividades de Clodoveo. Por los años de 496, vióse frente a los atamanes, que habían invadido la Galia.
I.os primeros encuentros con ellos habíanle sido desastrosos, y, cuando el duque de Orliens, su consejero —que era cristiano— , le propuso invocar al verdadero Dios, hizo Clodoveo voto de convertirse a nuestra santa Religión si «el Dios de Clotilde» le daba la victoria. Venció y rindió efectivamente a los alamanes, cuyo rey pereció en la batalla.
Fiel a su promesa, no bien regresó de su campaña comenzó a instruirse.
Fue su primer maestro San Vedasto, quien luego le remitió a Remigio para que completara aquella preparación y le administrara el bautismo.
Para la solemne ceremonia, que debía cumplirse en Reims, quiso el Santo obispo desplegar extraordinaria pompa. Profetizó luego lo que había de suceder al rey y a sus descendientes y cómo los acompañaría la felicidad si se mantenían fieles a Dios.
Durante el acto faltaron los santos óleos. Remigio pidió al Señor proveyese
aquella necesidad, y luego apareció una paloma blanquísima. Traía en el pico una ampolla con el crisma, y púsolo en manos del Santo.
Este milagro llenó de admiración a los presentes, que hubieron de reconocer la asistencia divina en aquella solemnidad.
Al mismo tiempo que Clodoveo, bautizáronse una hermana suya y tres mil guerreros francos. Fue aquél el núcleo inicial de un grandioso movimiento que alcanzó a toda la nación. Y, si bien es cierto que el rey no consiguió dominar totalmente su brioso carácter, no lo es menos que, después de su bautismo, cambió fundamentalmente en sus relaciones con las cosas de Dios, como quedó demostrado en su absoluto respeto hacia los prelados.
SOLÍCITO POR EL BIEN DEL PUEBLO
LA inagotable caridad de Remigio llevábale a atender no sólo al bien espiritual de sus fieles sino aún a aquellos aspectos materiales de la vida que se relacionaban con su bienestar. Cualquier punto tenia importancia para su corazón paternal si de él podían derivarse situaciones incómodas; porque, como se observa en la vida de los santos, son ellos tan sobrios y exigentes para consigo mismos como espléndidos y amables para con los demás.
En cierta ocasión, supo por revelación divina que habría de sobrevenir al país gran necesidad y hambre, y púsose en seguida al trabajo, a fin de acopiar trigo en graneros preparados especialmente para aquella ocasión.
No faltaron gentes ruines que, ante aquella inusitada actividad, hicieron correr el ruido de que el Santo, atacado por una repentina codicia, se proponía acumular aquella riqueza para después explotar al pueblo. Y, respaldados en tan infame calumnia, aprovecharon una ausencia del celoso pastor para prender fuego a los almacenes.
Pronto le llegaron correos con el aviso de semejante desgracia. Como andaba de por medio el interés de sus hijos, corrió a ver si aun podía salvarse algo, pero ya el fuego había alcanzado a todo. No se inmutó por ello; antes, acercóse a la inmensa hoguera para calentarse —pues él era anciano y hacía por aquellos días mucho frío— y dijo luego muy sosegadamente:
«Dios se encargará de castigar a los culpables; porque esto que han quemado se lo quitan a los pobres». Y así sucedió, en efecto: los que participaron en el criminal suceso quedaron quebrados, lo mismo que sucedió después con sus hijos.
Otros casos hubo en que gente de poca conciencia se apoderó injustamente de los bienes que, para los pobres y para el sustento de sus ministros iba guardando el Santo. En ninguno de ellos se hizo esperar la divina justicia; y así, algunos de tales desaprensivos vinieron a quedar en total miseria a poco de cometer su fechoría; y a los que se habían adueñado de tierras, o se les volvían éstas estériles para el cultivo, o se encargaban los elementos de arrasar las cosechas antes que pudieran aprovecharlas en nada.
Todos estos ejemplos con que el Señor autorizaba la misión de Remigio, al mismo tiempo que aureolaban al santo pontífice, daban eficacia a su pastoral y enriquecían su influencia. Jamás quiso aprovecharse de ello para su propia gloria, a la que tan gustosamente había renunciado, y lo volcaba en beneficio directo de cuantos vivían encomendados a su caridad.
SU MUERTE. CULTO Y RELIQUIAS
DIOS prueba a sus elegidos cual si el dolor fuera piedra de toque para reconocer la verdadera santidad. Era ya Remigio un venerable anciano cuando le sobrevino la ceguera. Aquella grave dificultad, que él aceptó con ánimo sereno y alegre, no le impidió seguir atendiendo su trabajo en cuanto aquel estado se lo permitía. Como lámpara que se consume hasta el último resplandor, quería él mantenerse en su línea de combate hasta el suspiro final.
Volvió, sin embargo, a recobrar la vista, pero el organismo iba debilitándose más y más.
Cuando sintió próxima su muerte, despidióse de su pueblo, luego de darle los consejos últimos, y pidió enseguida los Sacramentos de la Iglesia. Recibiólos con extraordinaria devoción y, mientras estaba en dulcísimo coloquio con el Señor, voló su alma a la eterna recompensa. Tenía el santo prelado noventa y seis años y había gobernado su diócesis por espacio de setenta y cuatro. Ocurrió su muerte el día 13 de enero de 532.
El cuerpo del Santo permaneció en un principio en la abadía de los benedictinos, donde recibió el fervoroso homenaje de cuantos le conocieran en vida. De allí lleváronle más tarde a la catedral de Reims, solemnidad que, por haber coincidido con el 1 de octubre, hizo se fijara en ese día la fiesta del Santo, si bien Reims sigue festejando el 13 de enero.
Aun después de su muerte cuidó San Remigio de su querida diócesis, a la que libró milagrosamente de una peste que venía extendiéndose por el país.
Las sagradas reliquias fueron legalmente reconocidas en 1803 y 1824.
