CONSERVANDO LOS RESTOS II
Octava entrega
HILAIRE BELLOC
EL ESTADO SERVIL
Traducido por Bruno Jacovella (Buenos Aires 1945)
SECCIÓN SÉPTIMA
EL SOCIALISMO ES LA MÁS FÁCIL DE LAS SOLUCIONES VISIBLES AL ARDUO PROBLEMA CAPITALISTA
Digo que la línea de menor resistencia, en caso de ser seguida, lleva a un Estado capitalista a transformarse en un Estado servil. Me propongo hacer ver que esto proviene del hecho de que el Estado capitalista se inclina a una solución colectivista, como la más fácil, y no a una solución distributiva, y que, sin embargo, basta la tentativa de establecer el colectivismo para determinar la aparición, no del colectivismo, en absoluto, sino de la servidumbre de la mayoría y la confirmación de la minoría en sus privilegios actuales: lo que se llama el Estado servil.
Los hombres que detestan la institución de la esclavitud proponen como remedio del capitalismo una de dos soluciones:
O quieren poner la propiedad en manos de la mayoría de los ciudadanos, dividiendo en tal modo el capital y la tierra que un número decisivo de familias en el Estado resulten propietarias de los medios de producción.
O bien quieren poner tales medios de producción en manos de los agentes políticos de la comunidad, para que los administren como fideicomisarios en beneficio de todos.
Puede designarse la primera solución como la tentativa de establecer el ESTADO DISTRIBUTIVO; la segunda, como la tentativa de establecer el ESTADO COLECTIVISTA.
Preconizan la primera los conservadores o tradicionalistas. Son hombres que respetan y que, de ser posible, conservarían las viejas formas de la vida cristiana europea. Saben que la propiedad estuvo distribuida de esa manera en todo el Estado durante los períodos más felices de nuestra historia pretérita; y saben también que donde ella está distribuida debidamente hoy día, la sociedad goza de una holgura y una salud superiores a las de cualquier otra.
En general, los que querrían restablecer, de ser posible, el Estado distributivo, en reemplazo y como remedio de los vicios y la inquietud del capitalismo, son hombres que trabajan con realidades conocidas y que tienen por objetivo un régimen social cuyas características de estabilidad y bondad fueron puestas a prueba y comprobadas por la experiencia.
De las dos escuelas de reformadores, pues, son los más prácticos, en el sentido de que manejan en mayor medida que los colectivistas (llamados también socialistas) cosas que tienen o han tenido existencia real. Pero son también menos prácticos en otro sentido (como lo veremos de inmediato), en virtud de que la enfermedad que tratan se encuentra en un periodo en que no propende fácilmente a la reacción que ellos aconsejan.
El colectivista, por otra parte, propone colocar la tierra y el capital en manos de los agentes políticos de la comunidad, dando por entendido que éstos administrarán la tierra y el capital como fideicomisarios de la comunidad y en su beneficio.
Al formular esta propuesta, es evidente que hace cálculos sobre un orden de cosas hasta hoy imaginario, y que su ideal no es de los que han sido puestos a prueba por la experiencia, ni tampoco de aquellos de los cuales puedan suministrar antecedentes nuestra raza y nuestra historia.
En este sentido, por tanto, es el menos práctico de los dos reformadores. Su ideal no puede ser localizado en ninguna fase anterior conocida y estudiada de nuestra sociedad. No podemos nosotros examinar al socialismo en una experiencia concreta, ni podemos decir (como decimos de la propiedad bien dividida) «El colectivismo rigió en tal y cual ocasión, en tal o cual período de la historia europea, y proporcionó a la sociedad un orden estable y feliz».
En este sentido, pues, el colectivista es mucho menos práctico que el reformador que desea una buena distribución de la propiedad.
Por otra parte, hay un sentido en que este socialista es más práctico que cualquier otro tipo de reformador, y es por el hecho de que la enfermedad en que hemos caído se encuentra en un período en que aparentemente la medicación aconsejada por aquél provoca una reacción menos violenta que la que suscitaría la que tiende a encaminarnos hacia la buena división de la propiedad.
Por ejemplo: la operación de adquirir hoy día con fondos fiscales una gran extensión de propiedad privada (sea un ferrocarril o una empresa portuaria), de continuar administrándola mediante funcionarios pagados por el erario público y de aplicar su producido a obras de utilidad pública, es una cosa con que estamos familiarizados y que aparentemente podría multiplicarse en forma indefinida. Son corrientes los ejemplos aislados de empresas de aguas corrientes, de gas, de tranvías, organizadas sobre una base capitalista y luego transformadas en empresas de base colectivista, sin que el cambio perturbase ningún mecanismo fundamental de nuestra sociedad. Cuando una ciudad adquiere una compañía particular de aguas corrientes o de tranvías y la administra luego conforme a los intereses del público, la transacción se lleva a cabo sin que ninguna fricción perceptible altere la vida de ningún ciudadano, y se presenta en todos sentidos como normal en la sociedad donde se produce.
Por el contrario, el intento de constituir un gran número de accionistas en tales empresas y reemplazar artificialmente con muchos socios, distribuidos en un vasto sector de la población, a los pocos poseedores capitalistas de antes, resultará demasiado largo y a cada rato suscitará oposición, provocará disturbios, marchará a costa de grandes rozamientos, y se verá amenazado por la facultad de los numerosos dueños nuevos de vender nuevamente la empresa a unos pocos.
En una palabra, el hombre que desea restablecer la propiedad como una institución de normal usufructo por parte de la mayoría de los ciudadanos del Estado, marcha a contramano en nuestra actual sociedad capitalista, mientras que aquel que desea instaurar el socialismo vale decir, el colectivismo —procede siguiendo la mano imperante en tal sociedad.
El primero se parece a un médico que dijera a un hombre cuyos miembros se encuentran semiatrofiados por falta de uso: «Haga esto y aquello, practique tales y cuales ejercicios, y recobrará el uso de sus miembros».
El segundo, a otro médico que dijera: «Usted no puede seguir como está. Sus miembros están atrofiados por falta de uso. Sus intentos de conducirse como si no lo estuvieran son vanos y dolorosos; más bien resuélvase a hacerse llevar en una silla de ruedas adecuada a su enfermedad».
El médico es el reformador; el paciente, el proletariado.
No es propósito de este libro hacer ver cómo y con qué dificultades puede restaurarse un régimen de propiedad bien dividida y reemplazarse con él (inclusive en Inglaterra) ese capitalismo que hoy se ha vuelto ya inestable e insoportable; pero, para acentuar el contraste y destacar mi argumentación, antes de mostrar cómo el colectivista fomenta inconscientemente el Estado servil, pasaré a mostrar las dificultades que acompañan a la solución distributiva, y, en consecuencia, los motivos por qué la solución colectivista atrae mucho más fácilmente a los hombres que viven bajo un sistema capitalista.
¿Cómo habré de proceder yo si deseo reemplazar con una cantidad de pequeños propietarios a unos pocos grandes propietarios?
Podría proceder audazmente confiscando y redistribuyendo de una vez por todas. Pero ¿cómo, elegiría yo los nuevos propietarios? Suponiendo inclusive que hubiera algún mecanismo mediante el cual se asegurase la justicia de la nueva distribución, ¿cómo podría evitar los atroces e innumerables actos diversos de injusticia que no dejarían de acompañar a las redistribuciones generales? Decir «nadie será propietario» y confiscar es una cosa; decir «todos deben ser propietarios» y prorratear la propiedad es otra. Una acción de esta clase perturbaría toda la red de las relaciones económicas al punto de provocar la ruina inmediata de todo el cuerpo político, y en particular de los intereses menores indirectamente afectados.
En una sociedad como la nuestra, una catástrofe que sobreviniera desde el exterior podría ser indirectamente beneficiosa al hacer posible tal redistribución. Pero ningún movimiento emprendido desde el interior del Estado podría provocar esa catástrofe sin perderse a sí mismo.
Si yo procedo, luego, más lentamente y más racionalmente, y encauzo la vida económica de la sociedad en tal forma que la pequeña propiedad vaya constituyéndose gradualmente dentro de ella, ¡contra cuántos obstáculos suscitados por la inercia y la costumbre no tendré que luchar hoy día en una sociedad capitalista!
Si deseo favorecer a los pequeños ahorristas a expensas de los grandes, tengo que dar vuelta toda la economía actual en cuya virtud los depósitos devengan interés. Es mucho más fácil ahorrar 100 libras con una entrada de 1000 que ahorrar 10 libras con una entrada de 100. Y es infinitamente más fácil ahorrar 10 libras con una entrada de 100 que ahorrar 5 con una entrada de 50. Resulta imposible instituir la pequeña propiedad mediante el ahorro cuando la masa de la población ha caído ya en la batea proletaria, a menos que se subvencionen deliberadamente los pequeños ahorros, ofreciéndoles un premio que nunca podrían obtener en un régimen normal de competencia; y en este caso, debe imprimirse marcha atrás a todo el vasto, sistema del crédito.
O bien, empréndase una política que pene las empresas con pocos dueños, grave con altos impuestos los grandes paquetes de acciones y aplique el producido a subvencionar a los pequeños accionistas en proporción a la exigüidad de su parte, y otra vez nos encontraremos aquí con la dificultad de una vasta mayoría que ni siquiera puede hacer una oferta para conseguir la mínima acción.
Podrían multiplicarse indefinidamente los ejemplos de esta clase, pero el obstáculo más poderoso que se opone a la distribución de la propiedad en una sociedad impregnada ya por la mentalidad capitalista es el moral: ¿Querrán ser propietarios los hombres? ¿Podrán los funcionarios, administradores y legisladores sustraerse al poder que bajo el sistema capitalista parece inherente a la riqueza?
Si yo voy, por ejemplo, a la fábrica de uno de nuestros grandes monopolios, la adquiero con fondos públicos, y otorgo, aunque sea como obsequio, las acciones respectivas a sus obreros, ¿puedo contar con que posean una tradición de propiedad que les impida dilapidar la nueva riqueza? ¿Puedo hallar algún resto de instinto cooperativo en tales hombres? ¿Puedo conseguir administradores y organizadores que tomen en serio a un grupo de pobres hombres o los sirvan como servirían a los ricos?
Toda la psicología de una sociedad capitalista, ¿no está dividida entre una masa proletaria que piensa en términos, no de propiedad, sino de «ocupación», y los pocos propietarios que son los únicos familiarizados con el mecanismo de la administración?
He tratado la cuestión sólo muy sucinta y someramente, porque no requiere desarrollo alguno. Aunque es evidente que con voluntad suficiente y vitalidad social también suficiente podría restaurarse la propiedad, es asimismo evidente que todos los esfuerzos para restaurarla presentan en una sociedad capitalista como la nuestra un carácter de rareza, de experimento dudoso, de incoordinación con las demás realidades sociales del medio, que denota la grave desventaja con que debe actuar toda tentativa de esa clase. Es corno recomendar flexibilidad a un anciano.
Por otra parte, el experimento colectivista se adapta completamente (al menos en apariencia) a la sociedad capitalista a la cual se propone sustituir. Trabaja con la maquinaria disponible del capitalismo, habla y piensa con los mismos términos del capitalismo, recurre justamente a los apetitos despertados por el capitalismo, y ridiculiza, calificándolas de fantásticas e inauditas, aquellas cosas de la sociedad cuya memoria mató el capitalismo en el alma de los hombres dondequiera llegó su flagelo.
Tanto es cierto todo esto, que los colectivistas de una clase más estúpida hablan con frecuencia de una «fase capitalista» de la sociedad como antecedente necesario de una «fase colectivista». Se aplaude al monopolio porque «suministra una forma de transición de la propiedad privada a la pública». El colectivismo promete empleo a la gran muchedumbre que sólo piensa en la producción en términos de empleo. Promete a sus obreros la seguridad que una explotación industrial capitalista grande y bien organizada (como uno de nuestros ferrocarriles) puede otorgar mediante un sistema de pensiones, escalafón, etc., pero tal seguridad, sumamente acrecentada en virtud de que es el Estado y no una mera parte de él quien la garantiza.
El colectivismo administraría, pagaría salarios, organizaría empresas, jubilaría, multaría —y así por el estilo— en la misma forma en que lo hace hoy el Estado capitalista. Si se lo coloca al propietario frente al Estado colectivista (o socialista), no percibe nada en el cuadro, salvo una que otra mejora en su situación presente. Si, pongamos, dos de nuestras grandes industrias, la hullera y la ferroviaria, fueran transferidas mañana al Estado, ¿quién es capaz de imaginar que los ejércitos de hombres que las componen habrán de notar algún cambio en el carácter de su vida, salvo algún aumento de seguridad y, posiblemente, alguna elevación muy leve de los salarios?
El plan íntegro del colectivismo no ofrece, por lo que se refiere a la masa proletaria de un Estado capitalista, nada en absoluto que no sea conocido, excepto una promesa de alguna elevación de los salarios y una certeza de tranquilidad interior mucho más grande.
El colectivismo, desde luego, parecerá un enemigo a la exigua minoría que en una sociedad capitalista posee los medios de producción, pero, aun así, es un enemigo que comprenden y con quien pueden negociar en términos comunes a ambos. Si, por ejemplo, el Estado se propone tomar posesión de tal y cual monopolio que rinde en ese momento el 4 por ciento, y cree que bajo su administración hará rendir al monopolio el 5 por ciento, entonces la transferencia asume la forma de un asunto comercial: el Estado no es con los capitalistas expropiados más riguroso que lo que fue el Sr. Yerkes (1) con el Subterráneo. Luego, el Estado, por gozar de más crédito y longevidad, puede (según parecería) (*) eliminar cualquier cuerpo actual de capitalistas «comprándoles su parte» (2) en condiciones favorables. Luego, la disciplina que impondrá el Estado al proletariado que ocupe para hacer cumplir sus normas será la misma que impone hoy el capitalista para hacer cumplir idénticas normas de acuerdo con sus intereses.
(1) Charles T. Yerres (18371905)), magnate norteamericano de los tranvías y subterráneos de Londres.
* Más adelante trataré de hacer ver cómo esto es mera ilusión.
(2) Belloc usa, entre comillas, la expresión familiar «to buy out», que significa eliminar a un competidor comprándole el negocio o pagándole para que lo cierre y se vaya, y también, eliminar al socio de una empresa colectiva «comprándole su parte». No disponiendo, que sepamos, de una expresión castellana que traduzca «to buy out» en su primer significado, emplearemos con este sentido «comprar la parte», expresión que, por lo demás, no es del todo convencional.
En todo el plan que se propone transformar el Estado capitalista en Estado colectivista no hay elemento alguno de reacción, no usa término alguno con que no esté familiarizada una sociedad capitalista, ni recurre a instinto alguno, sea cobardía, codicia, apatía u ordenación mecánica, a que no esté ampliamente habituada una comunidad capitalista.
En general, si por obra de magia la Inglaterra capitalista moderna se convirtiera en un Estado de pequeños propietarios, todos sufriríamos una enorme revolución. Nos admiraríamos de la insolencia del pobre, de la holgazanería del satisfecho, de las curiosas variedades de faenas, de las personalidades rebeldes y vigorosas que se divisarían por todas partes. Pero si, por un proceso suficientemente lento como para permitir el reajuste de los intereses individuales, esta Inglaterra capitalista moderna se transformara en un Estado colectivista, el cambio manifiesto al término de esa transición no se nos revelaría a la mayor parte de nosotros, y la misma transición no habría experimentado ninguno de los choques que puede distinguir la teoría.
Los residuos inseguros y desahuciados existentes por debajo de las filas de los trabajadores regularmente pagados habrían ido a parar a explotaciones aisladas de índole penal, y casi no los echaríamos de menos. Muchas rentas que hoy pagan impuestos considerables al Estado serían reemplazadas por rentas semejantes o mayores, sujetas a los mismos gravámenes, con la única diferencia, de que recibirían el nombre más nuevo de sueldos. La clase de los pequeños comerciantes se encontraría en parte absorbida bajo planes oficiales a cambio de un sueldo, y en parte ocupada en la vieja tarea de distribuir mercancías mediante un ingreso asegurado; y los pequeños propietarios —de barcos, de granjas, inclusive de máquinas— que quedaran no se darían cuenta quizás del nuevo orden de cosas en el cual sobrevivirían sino por la única novedad de algún incremento del irritante sistema de la inspección y de las onerosas mezquindades impositivas, a los cuales están ya bastante acostumbrados.
Esta descripción del tránsito natural del capitalismo al colectivismo parece tan obvia, que muchos colectivistas de la generación inmediatamente anterior creían que nada se interponía entre ellos y la realización de su ideal como no fuera la falta de inteligencia del género humano. No tenían más que argumentar y explicar sistemáticamente y con paciencia para que la gran transformación se hiciese posible. No tenían más que seguir argumentando y explicando para que al fin se realizase.
Digo «de la generación anterior», porque, actualmente, esa concepción ingenua y superficial está sufriendo algunos golpes desastrosos. Los colectivistas más sinceros y derechos no pueden menos de advertir que el efecto práctico de su propaganda no es en absoluto una aproximación al Estado colectivista, sino a algo muy diferente.
Cada día se hace más evidente que con cada nueva reforma —reformas comúnmente iniciadas por algunos socialistas y aclamadas, en modo que desconcierta, por los socialistas en general— surge más y más claramente otro tipo de Estado.
Con el tiempo va aumentando la certeza de que la tentativa de transformar el Estado capitalista en un Estado colectivista no remata absolutamente en el colectivismo, sino en otra cosa distinta, en que ni el colectivista ni tampoco el capitalista soñaron jamás; y esa otra cosa distinta es el ESTADO SERVIL, vale decir, un Estado en que la mayor parte de los individuos serán compelidos por ley a trabajar en provecho de una minoría, beneficiándose, empero, como precio de tal compulsión, con una seguridad que el viejo capitalismo no supo otorgarles.
¿Por qué la acción de la reforma colectivista, tan sencilla e inmediata en apariencia, derivó por un cauce tan inesperado?
Y ¿en qué leyes e instituciones nuevas demuestran la Inglaterra moderna, en particular, y la sociedad industrial, en general, que esta nueva forma de Estado ha comenzado a regir ya entre nosotros?
Trataré de responder a esas dos preguntas en las dos secciones finales de este libro.

